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Star Marx: En vez de normal, es con filósofos

Se hicieron algunas precuelas, pero estaba ese personaje tan molesto, Jar Jar Nietzsche, y no tuvieron muy buena acogida.

¿No lo has pillado?

Después de que la figura de René Descartes adquiriera notoriedad con su dualismo cuerpo y mente, se planteó un problema de suma importancia para la metafísica. Dicho problema ha sido a menudo llamado «el problema de la interacción» (es decir, cómo afecta la mente a la materia, especialmente cuando todos los efectos de una materia física parecen estar causados por algo físico). El problema de la interacción es, de largo, lo que propició las ideas más divertidas de la historia de la filosofía. El propio Descartes fue quien dio el pistoletazo de salida, asegurando que una posible solución era que la glándula pineal (cuya función se desconocía en la época) actuara como una especie de antena para el alma, permitiendo que afectara al cuerpo.

Nicolas Malebranche fue el siguiente en intervenir, y su solución es en algunos aspectos incluso más graciosa. Decía que cuando ejerces tu voluntad, en realidad no produces efecto alguno en tu cuerpo; en cambio, todos los efectos vienen causados directamente por Dios. Por lo que cada vez que intentas hacer algo, Dios ahí que va, y lo hace. Así, si intentas levantar un brazo, no ocurre nada, pero llega entonces Dios y lo levanta.

Leibniz ideó una solución más o menos parecida. Para Leibniz, el problema era incluso más acuciante, pues fue él quien descubrió la energía cinética. Para Leibniz, la solución de Descartes (que estén interrelacionados cuerpo y alma en cierto modo) era todavía más imposible. Decir que algunas cosas no encuentran su causa en causas materiales, sino en la interacción con el alma, es algo que a Leibniz no le cuadraba, porque entonces el «mundo espiritual» estaría añadiendo energía a un sistema cerrado. Leibniz aseguró que el mundo, en realidad, consiste en mónadas, que no tienen causas o efectos, poseen alguna suerte de percepción, y nunca han sido creadas o destruidas. Resolvió el problema cuerpo/mente diciendo que lo mental y lo físico (ambos compuestos sólo por mónadas) habían sido preestablecidos en armonía por Dios. Por lo que si trato de levantar un brazo, no se produce efecto alguno, y resulta que mi brazo se levanta en ese momento tan sólo porque Dios así lo había establecido cuando creó el universo.

A Spinoza se le ocurrió la solución menos graciosa, y sin más aseguró que todo es la misma cosa (Dios o naturaleza). Todo está determinado de antemano por la causalidad, por lo que el libre albedrío que se le supone al alma no constituye más que una ilusión, y sucede en el marco de la causalidad.

Berkeley no aparece en el cómic, pero su solución también tiene su gracia. Quizá podría haber sido Han Solo. Pero en fin… Su solución es similar a la de Spinoza, afirmaba que sólo hay una cosa: ideas. ¡No hay mundo físico en absoluto! La única razón por la que sillas, mesas, etc. están aún por ahí cuando no las miramos es porque están «en la mente de Dios».

Hume fue un empirista radical, como Berkeley, y aseguraba que todas nuestras ideas proceden de la observación. Las ideas que no parecen proceder únicamente de la observación, como las cosas que jamás hemos visto, como una montaña de oro, se forman a partir de la relación entre diferentes ideas que obtenemos a partir de la observación (por ejemplo, oro y montañas).

Kant, como vaticinó la profecía, trajo equilibrio a la metafísica al sintetizar las ideas de idealistas, racionalistas y empiristas. El idealismo trascendental de Kant decía que alcanzamos muchas de nuestras ideas a partir de la experiencia, pero tal experiencia recibe también en buena parte su estructura de nuestras mentes, y ciertas ideas trascienden la observación (como el espacio, el tiempo, la causalidad, etc).

La metafísica de Kant fue extremadamente influyente, y, para muchos, Kant resolvió la metafísica; o bueno, por lo menos hasta que los filósofos del siglo XX decidieron que trabajar en el campo de la metafísica era un empeño ya de entrada yermo e inútil.

Star Wars es una popular saga de películas de ciencia ficción, conocida por no ser tan buena como Star Trek.

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Esta tira es una adaptación al castellano de la original, de la serie Existential Comics, cuyo autor es Corey Mohler.