Stirner responde a sus críticos

Benjamin Tucker comentó en una ocasión de El único y su propiedad que era una obra cuyo redescubrimiento estaba destinado a marcar una época. Envuelta en las pinceladas fantasmales de Léon Spilliaert, la apropiada cubierta a la edición española sugiere la misma impresión estremecedora, como de algo grande. Algunos han querido ver en el autor, Max Stirner, pseudónimo de Johann Caspar Schmidt (1806-1856), a un solipsista, al escritor del individuo replegado sobre sí mismo, amargado. Pero «el tranquilo enemigo de toda coacción», como lo bautizó Engels, apunta en otra dirección: el blanco de sus críticas es el esclavo de sus fantasmas; los hombres-masa dispuestos a morir por la patria o por la revolución, tan comunes en su época; los que someten sus deseos a una idea superior, de la que ellos sólo son medio y no fin. Stirner es, en el siglo en que se pretendía matar al Dios de la religión, la pluma que se levanta contra los nuevos dioses laicos. En la otra margen del precipicio no queda el solipsismo sino el individuo liberado de fantasmas, El único, ligado a sus semejantes por las pulsiones centelleantes del amor, el deseo, lo prohibido, etc. La obra de Stirner, que inspiró a Nietzsche algunos años más tarde y levantó una enorme polvareda tras su publicación en 1844, despertó las más diversas reacciones entre la crítica, incluido un airado Marx que pretendía pasar a la historia como el sepulturero de su ideario disolvente. En el fragmento de las Recensiones que reproducimos a continuación, traducido directamente del alemán, Stirner responde a muchas de las objeciones y malinterpretaciones de sus críticos, descubriéndonos un pedazo del mundo que yace tras su única obra. Genießen Sie.


Contra El Único y su propiedad de Max Stirner han aparecido tres ensayos principales:

1. La crítica de Szeliga (Franz Zychlin von Zychlinski, 1816-1900) en el número de marzo del Norddeutschen Blätter, revista cultural mensual del norte de Alemania.

2. Sobre la esencia del cristianismo en relación a El Único y su propiedad, en la revista trimestral de Wigand (Crítica anónima firmada con el seudónimo de Ludwig Feuerbach).

3. Un folleto, El último filósofo de M. Hess.

Szeliga aparece como crítico, Hess como socialista, y el autor (anónimo) del segundo ensayo como… Feuerbach. Sobre las palabras que resultan más llamativas en la obra de Stirner, es decir, el «Único» y el «egoísta», coinciden los tres adversarios entre sí. Por lo tanto lo mejor será valerse de esa unanimidad y discutir por anticipado los puntos en común.

Después de que Szeliga admitiese con toda seriedad que el Único es «llegar a ser» y lo identifique con el «hombre» («el Único no siempre ha sido Único, no siempre ha sido Hombre, sino que primero fue niño y después adolescente»), hace de él un «individuo de la historia universal» y encuentra finalmente, después de cierta definición de fantasmas (en lo que resulta que «una mente irreflexiva es sólo un cuerpo y el mero cuerpo la irreflexión misma»), que el Único es «en consecuencia el fantasma de todos los fantasmas».

Aunque añade: «Para el crítico, para quien la historia universal no se limita a ideas fijas que se reemplazan entre sí sino de pensamientos creativos que se desarrollan constantemente, para ese crítico, el Único no es simplemente un fantasma sino un resultado de la autoconciencia creativa, que en su tiempo, nuestro tiempo, se manifiesta para cumplir su tarea, una tarea específica»; mas ese «resultado» solo no es más que un «pensamiento», un «principio” y un libro.

Feuerbach no profundiza de forma más detallada en el Único, a quien ve como un «único individuo» al que se «abstrajo de su clase o género y se le puso frente a los otros individuos como sagrado e invulnerable». En ese acto de seleccionar y confrontar «consiste la esencia de la religión. Ese hombre, el Único, incomparable, ese Jesucristo, única y exclusivamente es Dios; ese roble, ese lugar, ese bosque, ese toro, ese día es santo, no los otros». Y concluye: «Quítate de la cabeza al Único que está en los cielos, pero también al Único que pisa la tierra».

Hess sólo hace referencia al Único. Primero identifica a Stirner con el Único y dice de este último que «él es el tronco sin cabeza y corazón, es decir, tiene justo esa ilusión; porque carece no sólo de espíritu sino también de cuerpo, él no es nada más que su propia ilusión»; y finalmente concluye sobre Stirner, el Único: «no hace más que alardear».

El Único aparece por ende como «el fantasma de todos los fantasmas», como el «individuo santo que habría que sacarse de la cabeza» y como un simple «fanfarrón».

Stirner otorga un nombre a El Único, dejando sin embargo claro que los nombres no le denominan; denomina al Único para establecer a continuación que no es más que eso, un nombre; por tanto, quiere decir algo diferente de lo que dice, del mismo modo que quien te llama Luis no lo hace refiriéndose a un Luis cualquiera, en abstracto, sino que se refiere a ti, para quien no tiene otra palabra. Lo que Stirner dice es una palabra, un pensamiento, un concepto; lo que quiere decir no es ninguna palabra, ningún pensamiento, ningún concepto. Lo que dice no es lo que se quiere decir, y aquello que busca decir es indecible.

Quienes hablaban del ser humano siempre se han jactado de estar hablando del «ser humano real e individual», pero ¿era eso posible mientras se intentaba expresar a ese humano mediante un concepto general, mediante un predicado? Para designarlo, ¿no sería necesario recurrir, en lugar de a un predicado, a una designación, a un nombre, en dónde lo más importante sea lo que se quiere decir, es decir, lo que no se dice? Algunos se consolaban [N. de los T.: la traducción literal de ‘beruhigen’ es ‘tranquilizar’] con la «individualidad plena y verdadera», que no se libra, sin embargo, de remitir a la «especie»; otros con el «espíritu», que igualmente es una determinación y no la completa indeterminación.

Sólo en el Único parece alcanzarse esa indeterminación porque se le presenta como el Único que se quiere decir; porque si se le toma como concepto, es decir, como algo manifiesto, aparece como algo enteramente vacío, como un nombre sin determinación, y así apunta a un contenido que está fuera y más allá del concepto mismo. Si se le fija como concepto (y eso es lo que hacen los adversarios aquí) entonces se debe intentar dar una definición del mismo y con ello necesariamente se llegará a algo diferente de lo que se quiere decir; se intentará diferenciarlo de otros conceptos y, por ejemplo, entendiéndolo como «el único individuo perfecto», a través de lo que resultará más fácil poner de manifiesto su falta de sentido. ¿Pero cómo se puede definir uno a sí mismo? ¿Acaso eres un concepto?

«Humano» como concepto o predicado no te define o te agota porque tiene su propia connotación y porque se puede decir lo que es humano y lo que no, es decir, porque es susceptible de ser definido de un modo que quedes excluido. Ciertamente también tú, en tanto que humano, tomas parte en el contenido del concepto de humano, pero no tienes parte en él en tanto que eres tú. El Único, por el contrario, no tiene contenido alguno, es la indeterminación misma; recibe su determinación y su contenido sólo a través de ti. No hay ningún desarrollo conceptual del Único, no se puede edificar ningún sistema filosófico a partir de él, tomándolo como principio, como se ha hecho a partir del Ser, del Pensamiento o del Yo; con el Único acaba todo desarrollo conceptual. Quien lo tome como principio creerá que puede tratarlo filosófica o teóricamente y por fuerza dará en vano golpes contra él. El Ser, El Pensamiento y el Yo son sólo conceptos indeterminados, que reciben su definición por medio de un desarrollo conceptual; el Único, en cambio, es un concepto que no puede ser determinado ni acercarse a ese estado o recibir un «contenido más preciso» mediante otros términos. No es el principio de una serie de conceptos, más bien no admite desarrollo. El desarrollo del Único es el desarrollo propio tuyo y mío, un desarrollo totalmente único, ya que tu desarrollo no es en absoluto mi desarrollo. Sólo como concepto, es decir, como «desarrollo», son una y la misma cosa; en cambio tu desarrollo es tan diferente y único como el mío.

En tanto que eres tú el contenido del Único, no cabe pensar en un contenido propio del Único, es decir, en un contenido del concepto. Con la palabra Único no se pretende decir qué es lo que eres, de la misma forma que cuando en el bautismo te dan el nombre de Luis no se pretende decir qué es lo que eres. Con el Único concluye el reino de los pensamientos absolutos, es decir, de los pensamientos que contienen otros, igual que con un nombre vacío de todo contenido se termina el concepto y el mundo conceptual: el nombre es una palabra vacía de contenido, que puede únicamente recibir un contenido por medio de lo que se quiere decir.

Pero con el Único no sólo se pone de manifiesto la «mentira del mundo egoísta hasta ahora», como lo imaginan los mencionados adversarios; no, en su pobreza y desnudez, en su «franqueza» indecente (citando a Szeliga, página 34) sale a la luz la pobreza y la desnudez de los conceptos e ideas, se pone de manifiesto la vanidosa opulencia de sus adversarios y queda claro que el mayor «palabro» es el que aparenta ser la palabra con más contenido. El Único es la frase franca, innegable, patente; es la clave de bóveda de nuestro mundo de frases, «cuyo principio fue el verbo».

El Único es una expresión de la que se admite con toda sinceridad y franqueza que no expresa nada. El Humano, el Espíritu, el individuo verdadero, la personalidad, etc., son expresiones o predicados que rebosan de contenido, frases con la más alta riqueza de pensamientos; el Único, frente a esas frases sagradas y eminentes, es la frase vacía, modesta y completamente vulgar.

Algo así presintieron los críticos en el Único; se atuvieron al hecho de que era un «palabro». Pero creyeron que su pretensión era nuevamente la de ser una frase sagrada y sublime, y le negaron esa intención. Pero el Único no pretende ser nada más que la palabra vulgar, sólo que con eso mismo es realmente aquello que las frases altisonantes de los adversarios no logran ser, arruinando así su creación de frases.

El Único es una palabra y con una palabra se debería poder pensar algo, una palabra debe tener un contenido de pensamiento. Pero el Único es una palabra carente de pensamiento, una palabra sin contenido de pensamientos. Pero entonces ¿cuál es su contenido si no es el pensamiento? Es uno que no puede repetirse dos veces, y por tanto, tampoco se puede expresar; porque si se pudiera expresar, si se pudiera expresar realmente y completamente, estaría ahí por segunda vez, se repetiría en dicha «expresión».

Dado que el contenido del Único no son pensamientos, es algo impensable y, por tanto, que no se puede expresar; y puesto que es indecible es un término completo e íntegro, al mismo tiempo que no es ningún vocablo. Sólo cuando no se dice nada sobre ti y simplemente se te nombra, se te reconoce por lo que eres. Mientras se diga algo sobre ti, se te reconoce como ese algo (humano, espíritu, cristiano, etc.). El Único no expresa nada porque no es más que un nombre y sólo dice que tú eres tú y nada más que tú, que tú eres el único tú o que tú eres tú mismo. Por lo cual quedas libre de predicado, y al mismo tiempo, libre de determinación, de vocación, de ley, etc.

La especulación aspiraba a encontrar un predicado que fuera tan universal que comprendiera a todos y a cada uno. Semejante predicado, sin embargo, no debía expresar lo que cada uno debe ser, sino lo que cada uno es. Así, si «humano» fuera el predicado, no habría que entenderlo como algo que cada uno debe llegar a ser, pues de lo contrario todos los que no hayan llegado todavía a serlo quedarían excluidos, sino como algo que cada uno es. Pues bien, «humano» expresa realmente lo que cada uno es. Pero ese qué expresa ciertamente lo universal que hay en cada uno, lo que cada uno tiene en común con el otro, pero no es una expresión para «cada uno», no expresa quién es cada uno. ¿Acaso quedas definido completamente con decir que eres humano? ¿Ha quedado dicho así quién eres? ¿Cumple ese predicado «humano» la tarea del predicado, que es expresar completamente al sujeto, o es más bien al contrario y omite del sujeto justamente la subjetividad, sin decir quién sino solamente qué es?

Por tanto, si el predicado ha de comprender en sí a cada uno, entonces cada uno debe figurar en él como sujeto, es decir, no sólo como lo que es sino como quién es.

Ahora bien ¿cómo puedes estar presente como quien eres, si no es estando presente tú mismo? ¿Eres un doble o sólo estás ahí una vez? Tú no estás en ninguna parte fuera de ti, no estás en el mundo dos veces, tú eres ¡único! Sólo puedes estar presente si lo estás en persona.

«Tú eres único» — ¿No es acaso eso un juicio? Si en el juicio «Tú eres humano» tú no estás presente en tanto tú, ¿lo haces acaso en el juicio «Tú eres único» verdaderamente? El juicio «Tú eres único» no significa otra cosa que «Tú eres tú», un juicio al que un lógico llamaría tautología, porque no sentencia nada, no dice nada, porque está vacío, es un juicio que no es un juicio. En el libro [N.de los T.: Stirner se refiere a su única obra El Único y su propiedad], página 232, se toma el contrasentido del juicio como se manifiesta en el juicio «infinito» o indeterminado; aquí, en cambio, se toma en el sentido del juicio «idéntico».

Lo que el lógico trata con desdén, es ciertamente ilógico o simplemente «formalmente lógico”; pero también es, desde el punto de vista lógico, una frase y nada más; es la lógica que termina hecha vocablo.

El Único no pretende ser más que la última y moribunda expresión (predicado) acerca de ti y de mí, la expresión que se vuelca en el pensamiento: una expresión, que es más que una expresión, una expresión que enmudece, una expresión muda.

¡Tú, el Único! ¿Qué contenido de pensamiento queda en eso, qué contenido en el juicio? ¡Absolutamente ninguno! Quien tome al Único por un concepto, quien pretenda deducir de él todavía un concepto propio del pensamiento, quien opine que con lo de «Único» queda expresado qué eres tú, demostraría simplemente que cree en los conceptos porque no sabe reconocerlos como conceptos que son; demostraría que está buscándole al concepto un contenido propio.

Tú, que eres impensable e inexpresable, eres el contenido de la frase, eres el dueño de la frase, la frase en persona, eres el quién y el Él de la frase. En el Único puede brotar la ciencia como si fuera vida, en cuanto vuestro eso se convierte en este y este otro, que ya no se busca a sí mismo en la palabra, en el logos, en el predicado.

Prólogo de Víctor Logos

Traducción de James Arias y Joaquín Padilla

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº1 de la Revista STIRNER.

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