Oficina y denuncia: Notas acerca de Walden

Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.

— Federico García Lorca

I

La noción de que un libro puede llegar a cambiar la vida de una persona está muy arraigada en nuestra cultura, a pesar de que sólo unos cuantos nos revuelvan verdaderamente la sesera. Walden, escrita de la mano del filósofo Henry David Thoreau y publicada en 1854, es una de estas obras. Y no lo digo únicamente tras contrastar mi experiencia personal con la de aquellos que me rodean —que también, para qué vamos a engañarnos—, sino porque la obra es mundialmente conocida por su capacidad de martillear el pensamiento de aquel que la lee, y de abofetear su conciencia: la atemporalidad del libro permite que este nos haga cuestionarnos aspectos esenciales de la vida en el siglo XXI.

No obstante, la forma de actuar de las palabras que se encuentran en Walden es muy particular. El cambio que la obra lleva consigo no se suele dar en forma de revelación, ni a través de la insospechada mutación de nuestra personalidad, ni con la visión de una bombilla encendida. El cambio se produce de forma paulatina, en los días venideros, cuando sin darnos cuenta nos preguntamos qué haría Thoreau, pensamos en el libro a la hora de tomar decisiones, o nos vemos actuando de una manera manifiestamente distinta a como solíamos. Las ideas que la obra recoge son muchas veces pequeñas recomendaciones para alcanzar algo que muchos libros de autoayuda predican y pocas veces logran: encontrar, entender y vivir la esencia de todo lo que nos envuelve. Conseguir que cada acción sea auténtica, pura, verdadera, que se aleje de cualquier apariencia, de cualquier atisbo de frivolidad. Que refleje nuestra personalidad y sea realizada por nosotros, sin intermediarios indeseados, que se torne impermeable ante influencias ajenas que creemos contaminantes, que sea nuestra, que podamos sustentarla en nosotros mismos. Walden es el reflejo de un individualismo en el que, según su autor y sus seguidores, se encuentra la clave de la auténtica felicidad.

II

El individualismo de Thoreau está muy unido al ideal nietzscheano de creación y aplicación de nuestros propios valores, puesto que consideraba que todas las personas debían ser fieles a sí mismas y a sus principios, lo que desembocaría en el desarrollo de una mirada crítica. Respecto a los de Thoreau, estos guardan una intensa relación con la naturaleza; «Voy y vengo en la naturaleza con una extraña libertad, como parte de ella misma» dice, y con el modo de vida del salvaje, quien sobrevive por sí mismo y fabrica sus propios medios de resistencia. «En cada página de Walden —dice su biógrafo Henry Seidel Canby— se percibe la presencia inconfundible de una personalidad, de un hombre semejante a una roca por la solidez granítica de sus principios, a un roble por su reciedumbre inconmovible, a una flor silvestre por su sensibilidad y a un halcón por los vuelos de su imaginación». Thoreau decide irse a vivir dos meses a una cabaña que él mismo construye a orillas de la laguna de Walden y, a través de su obra homónima, nos narra sus experiencias y nos deslumbra con su modo de ver el mundo y la sociedad. Durante su estancia se encuentra envuelto, encandilado y arropado por la naturaleza que le rodea, la cual describe a partir de incontables detalles, haciendo que el lector se traslade a Concord, lugar donde se sitúa la laguna, y que sea partícipe del más mínimo sonido al que Thoreau prestó atención.

«No puede haber melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos», declara el filósofo. Este cuasi íntimo vínculo del autor con la naturaleza contrasta con los valores y principios preponderantes de la sociedad de la época, que ya manifestaba su favor por el lujo y la abundancia material. Thoreau dirá al respecto, recordándonos a un moderno San Juan de la Cruz, que «la mayor parte de los lujos, también llamados comodidades de la vida, no solo es innecesaria, sino que se convierte en impedimento para la elevación de la humanidad […] los más sabios siempre han vivido vidas más simples y austeras que los pobres mismos […] los antiguos filósofos conformaron una única clase, pobre en riquezas externas y rica en posesiones internas». Para Thoreau, la naturaleza se presenta como una fuente de sabiduría y placer infinita, como un pilar esencial para una vida plena y feliz. Él rechaza la progresiva industrialización a la que su época iba doblegándose poco a poco, debido a la multiplicidad de productos que se comenzaban a ofrecer y a las nuevas necesidades que surgían alrededor de ellos; Thoreau opta por una vida austera, simple, pura, una vida que le permitiese disfrutar de aquello que la madre naturaleza le otorgaba, sin pedirle nada a cambio.

III

El libro está dividido en una serie de capítulos, cada uno de los cuales trata un tema en concreto. Las páginas dedicadas a la supuesta soledad que debería experimentar el autor en la cabaña, alejado del contacto social, constituyen uno de los más interesantes, ya que acaban mostrándonos una reflexión acerca de la soledad que siente el individuo que, por el contrario, vive inmerso en una comunidad y cuenta con la compañía constante de las personas.

Thoreau habla del estar solo como si de un privilegio se tratase, considera que no hay nada más valioso que encontrarse rodeado de naturaleza, y que, de todos modos, la compañía humana es de mala calidad en la mayoría de los casos. Las personas acostumbran a estar juntas todo el rato y a verse con demasiada frecuencia, por lo que no les da tiempo a adquirir ningún valor nuevo ni a contarse nada verdaderamente interesante; las conversaciones triviales no aportan nada al intelecto del individuo, son una pérdida de tiempo. Además, demasiado contacto con los demás acaba por volverse pesado y, como es bien sabido, puede deteriorar y ennegrecer de forma radical una relación. Si la soledad acaba siendo molesta para el individuo, lo único que este debe hacer es mantenerse ocupado para que sus melancólicos efectos se esfumen. El trabajo físico o intelectual aparece como antídoto infalible contra la soledad —que como he dicho antes, Thoreau abraza entusiasta—. Todo esto no quiere decir que el filósofo no valorase una buena conversación. En el libro nos da varios ejemplos de cómo intercambiaba largas tardes con diferentes personas a las que apreciaba, ya que su compañía estimulaba su intelecto y elevaba su ánimo. Él mismo llega a declarar que su actitud no es la del ermitaño, y que cuando encuentra a una mujer o a un hombre que vale la pena trata de no perder el contacto.

Por otro lado, y como parte de la crítica de la sociedad de su época, Thoreau utiliza la soledad como instrumento para escapar de lo que le rodea y detesta. Otras veces, la usa para huir de sí mismo, para situarse lejos de su persona y, a través del pensamiento, poder elegir qué es lo que le afecta y qué es lo que ignora. El mundo externo es, en gran medida, la fuente de todas las distracciones y los sentimientos negativos, por lo que la clave para encontrar la paz es saber verlo todo desde una cierta distancia. Thoreau utilizará el término duplicidad para referirse a ello, él es capaz de convertirse en un mero espectador de su propia vida a través de esta desmembración de sí mismo, que le hace verlo todo con una mayor claridad y, para qué engañarnos, frialdad.

IV

Walden ofrece también reflexiones acerca de la lectura de los clásicos, y defiende a ultranza que estos se lean en sus lenguas originales. Es decir, que las personas aprendan lenguas muertas, ya que solo así se podrán captar auténticamente los hechos que la Ilíada o la Odisea narran. Los clásicos son un archivo de los mejores pensamientos que alguna vez cruzaron la cabeza de un hombre, dice Thoreau, por lo que es fundamental abordarlos en toda su pureza. Afortunadamente, para leer Walden no es necesario aprender a hablar griego antiguo, simplemente basta con estar abierto a valores que chocan con los de la cultura occidental actual, y que desmontan las gafas con las que vemos y construimos el mundo.

Ilustración de portada: Qui Be

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº1 de la Revista STIRNER.

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