Mátalos suavemente

Todo comienza con una decisión. Antes de ser conscientes del significado del libre albedrío, antes incluso de tomar contacto con el sentido de la responsabilidad. Antes de eso, alguien que nos gana en experiencia en un mundo que acabamos de conocer debe guiarnos y elegir por nosotros. No podemos escoger a nuestra familia, y por eso mismo, no podemos escoger nuestra educación. Decisiones vitales en boca ajena van perfilando nuestra psique, y así, como en el ciclo de un proceso biológico, los organismos se van construyendo unos a otros y desde el interior, siguiendo patrones que se repiten una y otra vez por el bien de la autoperpetuación de la especie.

Madre común y padre corriente acuerdan las bases de la educación del nuevo vástago. Público, mixto y bilingüe. Su padre invierte los recursos extra en una equipación de primera y una visita obligada cada domingo al campo de fútbol, mientras que su madre busca la mejor escuela de técnicas de estudio para reforzar el tratamiento de un TDAH mal diagnosticado.

Quemarse las rodillas y confundir el sudor con lluvia cada fin de semana no era lo suyo, así que años más tarde, quizás en uno de esos subidones de anfetamina con prescripción médica, el joven decide colgar las botas para siempre. Las tardes de terapia de conducta disfrazadas de clase de psicomotricidad dan paso a unas interminables sesiones de álgebra y trigonometría hasta la llegada del examen final, y con éste, la articulación de las dos icónicas frases que de repetirse sistemáticamente con cada generación de progenitores han acabado convirtiéndose en máximas populares.

Mamá, quiero ser artista.

y

Pero qué hemos hecho mal.

Cuando su pequeño no era más que una máquina de quemar glucosa todo era más sencillo. Vestía colores pastel y hacía amigos con facilidad. Jugaba a ser médico con los instrumentos de su padre y golpeaba con fuerza la calculadora de su hermano como si estuviera a punto de reformular la ley de la gravedad.

En general fue un buen niño, exceptuando pequeñas travesuras como la de llenar alfombra y paredes de pintura o cuando decidió encerrar al gato en una casa de ramas y plástico que había construido en el sótano durante un día entero. Aquello le costó un castigo temporal sin bolis de colores ni acceso a los otros juguetes de manchar.

¿Dónde está el fallo?, ¿quién ha podido meterle en la cabeza la idea de que ser artista es una profesión con futuro? Nunca fueron a ver tocar a la banda de rock de su tío, la bala perdida de la familia que jamás dejó de invitarles a esos pequeños locales del centro cuyas cortinas de humo ofendían nada más cruzar la puerta. Pero no puede ser genético. Tampoco ha podido ser ese amigo suyo de claras tendencias homosexuales, pues sus padres han hecho de él un disciplinado proyecto de ingeniero que esperemos no arruine cualquier noche de copas y clandestinidad en la gran ciudad.

Ese aterrador momento para un padre ha llegado. Aquel germen de una noche de verano ya puede tomar decisiones por sí mismo, y ha elegido dejar caer su pesada mochila y bailar, sentir y volver a mancharse como cuando era un niño. De mayor quiere ser artista. Lo ha sabido desde que vio aquella serie en Netflix, desde que jugó a aquel videojuego en su nueva XBOX y desde que escuchó aquel CD de Pink Floyd tumbado en su cama. El enemigo siempre estuvo en casa.

Ésta sigue siendo una muestra actual demasiado corriente, con raíz en una ausencia casi total de la educación artística, la gran asignatura pendiente de un modelo educacional que puede sentirse haciendo aguas de un lado a otro del planeta, no sólo desde la institución, sino desde la más común de las ideologías de nuestra sociedad.

Son pocos los países del primer mundo en los que la educación integra el arte como competencia académica de primer nivel, y son muchos los que no consiguen entender por qué deberían hacerlo. Un concepto indefinible, actividad, producto, noción, que no es ciencia ni es exacto y cuya presencia es absoluta, mágica y casi imperceptible como el propio olor. Parece lógico pensar que podría ser una tarea demasiado complicada la de impartir pura abstracción.

Existe hoy día anclado a este dilema semántico un país que sella alarmantemente cada grieta por la que el arte quiere colarse en nuestras vidas desde los primeros años; Estados Unidos, la tierra de los libres y el hogar de los valientes.

La cuna del capitalismo ha acabado adaptando su sistema a cada aspecto de la sociedad y la educación ha sido una de las primeras heridas en sangrar. Son muchos los motivos que han llevado a la actual América a tener uno de los sistemas educacionales de más dudosa reputación del primer mundo, pero sin duda el más grave ha sido la industrialización del aprendizaje.

Las escuelas han aceptado el modelo corporativo por excelencia para medir los logros: las cifras. Alrededor de esto, las políticas educacionales han crecido siguiendo un modelo de sostenibilidad del negocio y han descentralizado la figura del estudiante como cliente último del sistema.

El paradigma de este declive es la evaluación competitiva, que se vuelve materia en los Standarized test o test estandarizados, pruebas donde una sola respuesta es correcta por cada pregunta (verdadero o falso, pregunta de opción múltiple…). Estos tests se aplican de forma igualitaria a lo largo del país con el fin de homogeneizar y controlar el aprendizaje, cumpliendo con creces su objetivo.

Pero este sistema no deja lugar a aquellas cosas que no pueden medirse con el sistema binomial que persigue a la sólida moral americana. ¿Cuántos puntos vale este montón de arcilla blanda? o ¿cuál es el tono correcto para la cola de un monstruo nacido de entre las ceras de colores? De entre todas las medidas propias, el sistema anglosajón olvidó una unidad para lo creativo, y así el arte ha caído en el agujero negro de las asignaturas-hobby, esas con las que te cruzas por azar o dejas de conocer para siempre.

En el campo de batalla que ya supone la aceptación social del arte como pieza del engranaje educativo, el gobierno estadounidense se ha encargado de colocar algunas minas antipersona para asegurar el deceso de ese inasequible sueño húmedo de cola blanca que es la educación artística y, a pesar de actuar como auténticos maestros de la estrategia militar, ya han logrado desmembrar a una generación entera de niños que se ha dejado la imaginación en la arena.

El golpe más duro lleva por nombre No Child Left Behind (NCLB), ley que entró en vigor en 2002 durante la presidencia de George W. Bush. Esta ley buscaba un mayor rendimiento escolar en los estudiantes de educación elemental y secundaria y basaba su efectividad en un nuevo método para repartir los fondos federales entre las escuelas de Estados Unidos. A mayor media de éxito académico, más fondos para la escuela.

El sistema de test estandarizado ya implantado determinaría quiénes son los ganadores de estos juegos del hambre educativos. Antes de la NCLB, los estragos ya eran evidentes. Niños preparados para concebir una sola respuesta correcta de los que se extirpaba toda tentativa de pensamiento crítico y vía de expresión creativa. Medidas del fallo y no del acierto que llevan por el camino fácil a la insatisfacción personal y que no son más que una fórmula inútil para demostrar capacidades serían el único credo necesario para la supervivencia de la escuela.

Todos los esfuerzos se centrarían a partir de entonces en entrenar al estudiante para la prueba final. El gobierno había creado una situación de competitividad máxima que por fin trajo un poco de realidad a las aulas. Alumnos presionados y sin pasión y profesores frustrados, privados de su método de enseñanza y con un pie en la calle, generan desde entonces un descontento general a punto de tocar techo. Los elementos comunes en la red de enseñanza pública estadounidense son ahora el fracaso escolar, la corrupción y una pérdida total de la filosofía principal de la escuela como institución al servicio del futuro ciudadano.

En esta voraz carrera por obtener los mejores resultados el arte no tiene cabida en ninguna de sus formas. Las escuelas con menor presupuesto han tenido que prescindir de la asignatura y las que lo mantienen saben que dado el momento será la primera en caer después de que su compañero de burlas, la educación física, se volviera intocable por orden de Michelle Obama y su lucha personal contra la obesidad infantil, además de la larga trayectoria de asociación del éxito deportivo con el académico del país, que gracias a ello cuenta con una buena cantera de civismo y disciplina entre sus filas.

En un intento de revolucionar el reparto de fondos a las escuelas, Obama puso en marcha en 2009 el programa Race to the Top, un nuevo sistema de evaluación para las escuelas que deseen optar a fondos del gobierno con un claro carácter privativo. Una de sus características más innovadoras es la que permite a los alumnos votar a los profesores para medir su efectividad. Una vez más la competitividad se vuelve agresiva y consigue potenciar el carácter estandarizado de la enseñanza, que ahora no solo se enfoca en el método de evaluación, sino en el de la completa experiencia educativa. Esto ha terminado de arrasar con la ya moribunda educación artística, y con unos profesores cuya profesionalidad es también valorada en cifras leoninas. No hay cabida para enseñanzas alternativas ni vías creativas para ello y las prohibiciones y el acotamiento de la norma son ahora responsabilidad y obligación del docente que convive con el estudiante en una jungla cada día más sanguinaria.

Las competencias mensurables serán las únicas impartidas, sistemáticamente, en fábricas que favorecen un pensamiento único y sin matices, centrado en las ciencias y los conocimientos reglados. Mientras fuera luchamos por crear máquinas que emulen la creatividad por ser ésta la característica más preciada del ser humano, dentro de las escuelas aniquilamos el genio para educar humanos en la elaboración de procesos automáticos. En la carrera de la tecnología las máquinas nos llevan la ventaja, y no muy lejos se vislumbra el día en el que el mismo capitalismo que nos ha formado ponga por delante de nuestro mermado sentido del juicio a su nuevo ejército de circuito y cobre.

Los estudiantes que no han cultivado un sentido crítico, un valor estético o una apreciación por la expresión ajena, serán los más duros consumidores de arte. A pesar de la democratización de las herramientas y las vías de consumo del arte, el approach sigue siendo igual de pasivo que en el pasado por unos ciudadanos que se exponen al arte sin identificarlo. Las instituciones y el valor de las obras caerán en picado si los cineastas o los músicos siguen siendo segregados a productores de disciplinas-pasatiempo, las mismas para las que un día alguien dictó que nadie debería estar preparado.

Llegada la edad adulta, la estima por la profesión puede ser perturbadoramente baja y la pulsión por crear puede haber quedado pisoteada años antes de desarrollarse. Sin embargo, hay quienes no pueden negar un espíritu creador que aflige a quien no lo escucha. Existen auténticos artistas que han vencido todo lo pasado con fuerzas suficientes para dar una segunda oportunidad a la educación.

Entra entonces la etapa del college, un verdadero símbolo de emancipación para los jóvenes que comienzan a decidir sobre su identidad. Es triste tener que romper tan pronto la burbuja de estas almas que durante un verano creyeron ser libres, pero la vida en la universidad no es mucho mejor que la contienda gris de la acaban de escapar. Quizás el contexto social sea favorable, quizás haya quien encuentre su camino en una escuela que le dé las claves de una estética de manufactura comercial que pueda exprimir durante años hasta que la moda o la tecnología los separe. Pero el sueño americano acaba al asimilar que nadie puede aprender a ser artista. Las herramientas y las oportunidades son lo único que viene de regalo con un título que en ocasiones no es más que un recibo que llega cuatro años tarde. Ser artista es una profesión que no deja de ejercerse jamás, y que no se hace con más fuerza antes o después de tener una taquilla asignada en un campus que no es más que una hacienda de etiquetas mal colocadas.

La historia llama a un país que un día albergó reductos de autogestión y éticas exitosas como la de John Dewey, importante pedagogo progresista que mucho hizo por lo que una vez fue una educación cabal y justa en América antes de que la socioeconomía pusiera por delante los intereses equivocados dentro y fuera de las escuelas.

Quizás la solución se encuentre en el pasado, en modelos que parecen un oasis con olor a incienso y tierra mojada en la América de la primera mitad de siglo. El Black Mountain College, fundado en 1933 en Carolina del Norte, fue una escuela que posicionó el arte como centro de la educación en las artes liberales bajo los principios de Dewey. Su currículo puramente experimental e interdisciplinario en una aislada localización rural ha dado a la historia algunos de los más célebres nombres del arte contemporáneo, de Rauschenberg a Motherwell como alumnos a De Kooning y Cage como profesores.

La educación era considerada parte de una construcción social y como tal era llevada a cabo en una total inmersión comunitaria. Se aprendía haciendo y experimentando, se integraba el liderazgo en una filosofía de total igualdad, se creaban metas propias y se fomentaba el lifelong learning, un aprendizaje que nunca dejaría de crecer. Enseñanzas que resuenan durante toda una vida para un aprendizaje que pretende no cambiar ni modelar un estado de conciencia, sino alterarlo a base de estímulos. Una educación basada en vivir que terminaba sólo al considerar el alumno haber entendido la esencia de toda aquella experiencia. Cuando uno se siente capaz de ser él mismo, entonces ha llegado a ser el mejor artista que jamás podrá ser. Ahí precisamente está la clave de la formación holística de esa criatura a la que el mundo llama artista. Ahí, en un humilde complejo cerca de Asheville descansa la herencia socrática de un modelo que sólo un renacimiento o una revolución hará que los artistas vuelvan a brotar sanos las tierras del nuevo mundo.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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