La utopía americana

En 1516, Sir Thomas More crearía un nuevo vocablo: Utopía. Se trataba de la combinación del nombre griego topos (lugar) y los prefijos eu (lo bueno, lo deseable) y ou (negación). Utopía era un lugar ideal (eutopos), que no puede existir (outopos).

¿Es América una utopía?, ¿la América que se respira en cada página de En el camino (On the Road, 1957) de Jack Kerouac, o en las Crónicas de motel (Motel Chronicles, 1982) de Sam Shepard? Kerouac escribió que «America is a permissible dream». Un sueño admisible. El que los nostálgicos como yo, o el propio Shepard —«me sorprende la nostalgia que siento por épocas que apenas si recuerdo haber vivido»—, nos permitimos. El que jovencitas como Anita Miller se permitían al escuchar en el tocadiscos de su habitación el tercer tema de Bookends (1968), mientras soñaban con irse a descubrir América.

Hit the road, Jack. Kerouac estaba decidido a marcharse al Oeste con su pensión de veterano de la Marina Mercante y el dinero de su tía. En la carretera esperaba encontrar su pulso, el que poseía Neal Cassady: el joven ladrón de coches, el Agatón del grupo. La espontaneidad de sus palabras le recordaba a aquella con la que Dizzy Gillespie convertía en melodías de otro mundo cada bocanada de aire que impulsaba en su trompeta. Le bautizaría como Dean Moriarty en En el camino, nombre que nos recuerda a dos figuras emblemáticas: James Dean y James Moriarty. Hay un indudable parecido entre el Cassady de las instantáneas tomadas en los 50, con las manos en los bolsillos de sus Levis y la cabeza ladeada, y el actor en las fotos promocionales de Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, Nicholas Ray, 1955). Kerouac era un ávido lector de las historietas de Sir Arthur Conan Doyle; en la propia novela describe la actividad de los policías como sherlocking y parece ser que veía en Cassady lo mismo que Sherlock Holmes en Moriarty. Su némesis de temperamento apasionado, díscolo y furioso, pero genial. Entre ambos siempre hubo una fina línea entre la admiración y el aborrecimiento, el amor y el odio. Cada vez que Jack y Neal tomaban caminos opuestos era como revivir la caída en las cataratas de Reichenbach, una y otra vez.

Odisea made in U.S.A.

El mes de julio de 1947, la Odisea americana acababa de comenzar. La nueva travesía de Kerouac, esta vez por tierra y convertido en Sal Paradise, quedaría reflejada en el papel, al igual que un día lo haría la de Ulises en las islas del mar Egeo, o la de Leopold Bloom en el Dublín del 16 de junio de 1904. Nuestro héroe se encontraría rodeado de dingledodies al descubrir la tierra de su país natal. La misma por la que en los años 30 deambulaban los Okies: granjeros y agricultores de Oklahoma que se subían a los vagones de los trenes de carga en busca del sol dorado, los valles, los viñedos y los campos de naranjos de California. La que atravesaban hambrientos, harapientos y extenuados los personajes de las novelas de John Steinbeck. La familia Joad, protagonista de Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1939) cruzaba el río Colorado a través del viejo puente Trails Arch de Arizona en la adaptación que hizo John Ford de la novela. Aquel puente se convirtió en símbolo de la Ruta 66 cuando Wyatt (Peter Fonda, casualmente hijo del también actor Henry Fonda, Tom Joad en la película de Ford) y Billy (Dennis Hopper) lo recorrieron en sus flamantes motocicletas durante los créditos de Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) al ritmo del «Born to be wild».

Aquella América, sumida en la Gran Depresión, era la misma que miraba con ojos vidriosos Florence Owens Thompson , la madre migrante que inmortalizaría Dorothea Lange con sus hijos a cuestas. La América que trabajaba con sus propias manos. Como haría el propio Steinbeck en Salinas; o años después Kerouac en el valle de San Joaquín, donde recogería algodón junto a Terry y su familia de inmigrantes mexicanos. Donde Sam Shepard esquilaría ovejas, cultivaría aguacates y naranjas, antes de unirse a un grupo de teatro ambulante y encontrar su vocación.

En los viajes de Kerouac, uno de los lugares clave es Chicago. Dejado atrás el estado de Nueva York, la bahía Chesapeake —mucho antes de que llegara el destripador— y el fantasma del Susquehanna, aparece Chicago en la novela. A la ciudad del bop llegarían Dean y Sal conduciendo un maltrecho Cadillac del 47 para encontrarse con las luces rojas parpadeantes, el olor a comida frita y cerveza en el aire, las hordas de vagabundos y músicos de jazz por sus calles. William S. Burroughs en El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1959), la describe así:

Jerarquía invisible de italianinis descerebrados, olor a gánsteres atrofiados, un fantasma familiar se te aparece en la esquina de las calles Norte y Halstead, en Cícero, en el parque Lincoln, mendigando sueños, el pasado invade el presente, magia rancia de tragaperras y fondas de carretera.

Shepard habla de casas de campo, establos, y mazorcas puestas a secar al sol. Las tierras del estado de Illinois son anaranjadas, de color chocolate, y su cielo azul pálido como una lágrima. «El río Mississippi, seco en medio de la bruma del verano, huele como el cuerpo de la propia América en carne viva», escribió Kerouac. El viaje continúa con el estómago lleno de tarta de manzana caliente acompañada de helado, y cerveza fría.

La siguiente parada es Nebraska: cowboys con sombreros de diez galones y botas texanas en Omaha, y el valle del Platte «tan grande como el del Nilo en Egipto», rodeado de praderas de un verdor intenso. Al norte, Dakota del Sur, con sus fósiles de dinosaurios, sus Malas Tierras, y el frondoso bosque de Black Hills. Allí se encuentra Deadwood, que conserva el aspecto de postal del Salvaje Oeste: embarrada en los meses de otoño; y llena de nieve durante el invierno. Allá por 1877 albergaba a apostantes, delincuentes, y las más famosas prostitutas. Figuras legendarias como Wild Bill Hickok —asesinado en uno de sus salones de un tiro en la espalda por Jack McCall— y Calamity Jane vivieron y se enamoraron allí, donde ahora comparten tumba.

Al sur de Nebraska encontramos los estados de los tornados, y las tormentas de arena, de dimensiones bíblicas. Primero Kansas y su camino de baldosas amarillas. Si bajamos de nuevo —Ya no estamos en Kansas, Toto— llegamos a Oklahoma. Sus ciudades planas le parecían todas iguales a Sal Paradise. Estamos en la tierra que sufrió la peor sequía de la historia de Estados Unidos en el 34. Azotada por el Black Sunday y la neumonía del polvo, los Okies emprendieron el éxodo del que se hizo eco Steinbeck y sobre el que cantó Woody Guthrie, oriundo de esa tierra, en Ain’t Got No Home: «Mis hermanos y mis hermanas se encuentran varados en esta carretera, un camino caluroso y polvoriento que un millón de pies han pisado.»

Pero las Great Plains (Grandes Llanuras) también alcanzan a Texas: «Puedes conducir y conducir y mañana por la noche seguirás en Texas». Así le habla Dean a Sal del estado de la estrella solitaria. El de las tabernas de carretera a las que acuden a bailar los chicos del rodeo y sus novias. Burroughs decía que aquí los sheriffs eran asesinos de negros —algo que, 50 años más tarde, sigue a la orden del día—. Paradise y Moriarty lo cruzan en un Hudson del 49 acompañados de Marylou. Arde la piel desnuda de Dean en el desierto texano, poblado de salsolas, como ardía la frente de Travis en Paris, Texas (Wim Wenders, 1984), al son de la guitarra de Ry Cooder. El cineasta alemán elegiría Texas por recomendación del guionista, casualmente, Sam Shepard.

Canal Street 50s

Canal Street, Nueva Orleans en los años 50.

Al conducir hacia el este aparece Louisiana: las refinerías de petróleo de Beaumont y Port Arthur, el lago Charles, Erath. Los mismos lugares por los que conducían Martin Hart y Rust Cohle, entre alucinaciones y aterradoras revelaciones filosóficas, en busca de Carcosa. En Louisiana no puedes perderte Nueva Orleans. A Kerouac sus bulliciosas calles le olían «a melaza, barro y a toda clase de emanaciones tropicales», mientras que a Anne Rice a jazmín y rosas. Burroughs, que vivió allí del 48 al 49, en una casa con un enorme porche, la recordaba así:

Salimos para Nueva Orleans, y pasamos junto a lagos iridiscentes y llamaradas rojizas de los mecheros de gas, y montones de desperdicios, caimanes que se arrastran entre botellas rotas y latas vacías, arabescos de neón de los moteles, chulos solitarios que gritan obscenidades a los coches que pasan desde sus islas de basura. Nuevas Orleans es un museo muerto.

Bob Dylan dijo haberse sentido como un fantasma al deambular por su French Quarter. Destacados personajes, reales e inventados, han visitado sus bares inundados de humo: Lestat de LionCourt, Ignatius J. Reilly, Louis Armstrong, Johnny Favourite, el trío peregrino guiado por el viejo Bull Lee; o William Faulkner, con un whisky sour en una mano, y su pipa en la otra. Bajo el alumbrado de gas y la sombra de sus casas coloniales uno puede sentirse transportado al pasado. En el 632 de la calle Peter, Tennessee Williams escribía sobre Stanley, Blanche y Stella, y esperaba a su tranvía en la calle Deseo. Entre 1862 y 1874, Madame Marianne Le Soleil Levant regentaba una casa de tolerancia con su nombre: The House of the Rising Sun (La casa del Sol naciente) en la calle St. Louis, que además de haber inspirado «La casa de las luces azules de Madame Tinkertoys» de Easy Rider, cuenta la leyenda que es la misma casa de la canción popular lanzada a la fama por The Animals. Jóvenes muchachas, bebedores y jugadores, no encontraron entre sus paredes más que una vida de pecado, ruina y miseria. Las noches de la calle Bourbon están cortadas al tráfico para que los viandantes disfruten el espectáculo: mujeres en lencería fina asomadas a los balcones, como en el viejo Oeste, sus cuerpos iluminados bajo luces estroboscópicas. Un habitual de la calle Bourbon era Faulkner, quien, como Jax Teller, estaba fascinado por esta vida, llegando a reconocer que el burdel es el mejor ambiente de trabajo para un escritor: «Un sitio silencioso durante las mañanas, la mejor parte del día para trabajar. Y por las noches hay suficiente juerga para tenerle a uno entretenido.»

El mal de América

Las prácticas licenciosas no son las únicas que han marcado la historia del barrio francés. Cuentan que un general de Napoleón se marchó diciendo que allí hasta el diablo se estremecía. Lo sobrenatural y ritualístico siempre ha sido sinónimo de Louisiana. La mansión LaLaurie, el vudú, los crípticos mensajes sobre Cristo y Satán en los tablones publicitarios de las carreteras —God hates fangs— y su atmósfera malsana, han sido el escenario perfecto para el Southern gothic y el swamp folk. En el atardecer carmesí, los fantasmagóricos cipreses hunden sus troncos en el agua de los bayous. En la ribera del Mississippi están las casas de madera de los rednecks. Buzones devorados por el óxido y la bandera del sur en sus puertas. Los robles de lánguidas ramas están cubiertos por grises racimos de musgo. En las plantaciones, donde los esclavos recogían caña de azúcar, algodón y tabaco, al ritmo de látigo, todavía se escuchan sus gritos en mitad de la noche. La noche que metería el miedo en el cuerpo de Kerouac y de sus compañeros de viaje: «Queríamos salir de estos dominios de la serpiente de las cenagosas tinieblas […] En el aire olía a petróleo y a aguas estancadas. Era un manuscrito de la noche que no podíamos leer. Ululó un búho.»

A John Kennedy Toole en La conjura de los necios (A Confederacy of Dunces, 1980, obra póstuma) le asustaban los límites de la ciudad, donde decía que se hallaba el corazón de las tinieblas. América puede ser un sueño permisible, pero: «Como en muchos sueños, aparece un monstruo al final del mismo», (True Detective, The Locked Room, 2014). Es la América de la que hablaba Burroughs: «América no es una tierra joven: ya era vieja y sucia y perversa antes de los indios. El mal está en ella, esperando». El mal que residía en el cruce de caminos de Mississippi donde Robert Johnson le vendió su alma al diablo a cambio de de convertirse en el mejor músico de blues de la historia; o en las tierras de Nebraska donde Charles Starkweather (the mad dog killer) y Caril Ann Fugate se embarcaron en una espiral de violencia que recordaba a la de Bonnie Parker y Clyde Barrow, veinte años atrás.

Golpe al corazón americano

El tedio norteamericano nos va encerrando como ningún otro tedio del mundo […] No lo ves ni sabes de dónde sale. Coge uno de esos bares elegantes, al final de una calle de un barrio nuevo (cada manzana tiene su bar y una botica y un supermercado y una tienda de bebidas). Entras y te topas con él. Pero ¿de dónde sale? No es del camarero, ni de los clientes, ni de la tapicería de plástico color crema de los taburetes, ni de la luz confusa del neón. Ni siquiera de la televisión.

El mismo tedio que describe Burroughs en El almuerzo desnudo es del que trataba de escapar Brick en La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a Hot Tin Roof, 1955) con los ríos de alcohol que consumía en busca del chasquido del interruptor. El que invade los fríos y solitarios inviernos del Medio Oeste, con sus granjas y sus grandes fábricas. Detroit, cuna del automovilismo, es ahora un escenario post-apocalíptico. Setenta y ocho mil edificios abandonados. Es la América que pintaba Edward Hopper, la América oculta bajo las rosas rojas del jardín de Nate Madock en el que se encuentra el cadáver de su hija. La que nos mostró David Lynch bajo la tranquila vida los pueblos madereros de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) y Twin Peaks, y que describía en David Lynch por David Lynch (Chris Rodley, 1998):

Mi infancia fueron casas elegantes, calles con árboles, el lechero, fuertes en el patio de atrás, cielos azules, vallas de madera, hierba verde, cerezos. La América de clase media como tiene que ser. Pero el cerezo rezuma resina, a veces negra, a veces amarilla, y millones de hormigas rojas se arrastran por él. Descubrí que si uno observa más de cerca ese mundo hermoso, siempre encuentra hormigas rojas por debajo.

La misma que retrataron William Eggleston y Stephen Shore en sus descarnadas fotografías de los barrios residenciales, los aparcamientos vacíos, las gasolineras solitarias y las habitaciones de motel. Esas de paredes de color verde desvaído y camas de hierro forjado, sobre las que escribió Shepard. Narrador de la América más cruda, la que vive en caravanas de hojalata, bebe whisky en tazas de metal, tequila dorado al atardecer, tiene la nevera llena de botellas de Bourbon, y se enciende cigarrillos con cajas de cerillas de un bar de carretera. En la que el incesto y la violencia doméstica son los amores que hieren y se lastiman, que golpean en el mismo corazón del sueño americano. Aquí no hay héroes, sólo outlaws y perdedores sobre los que cantaría Johnny Cash. Gentes del sudoeste de América que detestan la vida que les ha tocado vivir y desean huir. Como James Ford y Kate Austen. «El rey de la prisión y la reina de la carretera», como cantaba Aimee Mann. Lo único que dejarán atrás será una cinta en 8mm o una fotografía:

Comprendí que eran las fotos que algún día mirarían asombrados nuestros hijos pensando que sus padres habían vivido unas vidas tranquilas, ordenadas, estables y levantándose por las mañanas a pasear orgullosos por las aceras de la vida, sin imaginarse jamás la locura y el follón de nuestras vidas reales, de nuestra auténtica noche, del infierno contenido en ella, de la insensata pesadilla de la carretera. —Jack Kerouac, En el camino.

En la carretera, soplan vientos fuertes de las Rocosas, bajo las montañas pastan los bisontes. La noche se traga a Wyoming entero. Los sioux se comen la lengua de un buey. Suena Hank Williams mientras el sol sale sobre la carretera de Denver. Dean y Sal buscan al padre del primero en su feria, entre carruseles, norias y palomitas de maíz. Si continúas hacia el sur llegas a Utah. Por sus desiertos polvorientos cabalgaban Butch Cassidy y su Wild Bunch en busca de algún tren que asaltar, en los últimos días del viejo Oeste. Allí está Cisco, la ciudad fantasma en la que acababa el viaje frenético de Kowalski en Vanishing Point (Richard Sarafian, 1971). Shepard haría el amor con una Tuesday Weld, a bordo del tren camino de Salt Lake City. En su carretera, frente a las montañas nevadas, nacería Dean Moriarty en 1926. La frontera sur conduce hasta a Arizona, donde suben las temperaturas. El imponente Monument Valley, en la reserva de los navajo, fue recorrido por John Wayne en las películas de Ford —La diligencia (Stagecoach, 1939) y Centauros del desierto (The Searchers, 1956)— y en Easy Rider al son de The Weight.

North Beach, San Francisco (1973)

Condor Club, North Beach, San Francisco (1973) · [Foto: Michael Holley]

En Arizona, dice Shepard, hace más calor que en el infierno. Su desierto es de polvo rojo y lapislázuli. Hueles el dulce aroma de los juníperos. Kerouac recuerda sus suaves vientos púrpuras, el pasto esmeralda, el rocío, las nubes doradas, los cactus y mezquites. Si seguimos, rumbo a San Francisco, cruzaremos el desierto de Mojave en el condado de San Bernardino. Cuervos que planean, buscando serpientes de cascabel muertas, sobre las carreteras por las que conducían los chicos de Samcro. Ermitas cerradas con candados. Chopos secos. Al norte de San Francisco, Reno y sus calles chinas centelleantes. Un Impala del 59 de color rojo, con los faldones de aluminio, atraviesa los densos pastos de Napa Valley. Se pierde tras los setos y los eucaliptos azules.

Hasta el fin del continente

«¡No podemos ir más lejos porque ya no hay más tierra!», le dice Moriarty a Paradise cuando por fin llegan a San Francisco. Luces de neón palpitantes en la dulce noche antes de que el amanecer traiga la niebla. Así la describe Paradise cuando deambula por ella junto a Marylou:

En las románticas calles de San Francisco todo el mundo tenía de pinta de extra de película arruinado, jóvenes estrellas ya marchitas: dobles desencantados, enanos, conmovedores personajes con su tristeza del fin-del-continente, hombres guapos, decadentes, con aspecto de Casanova, rubias ojerosas de motel, vividores, chulos, prostitutas, masajistas.

Lo único que queda al sur de California, junto a sus moteles de estilo español, sus chicas mexicanas, sus casas de estucado y el aire cálido y de palmera que puedes besar, es Los Ángeles. La completa locura. Sal llega a Hollywood en un gris y sucio amanecer, como aquel en el que Joel McCrea conocía a Veronica Lake en Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels, Preston Sturges, 1941). Los Ángeles tiene el olor a burdel de una gran ciudad: «Noches sofocantes y envueltas en el aullido de las sirenas. Coches patrulla, policías en cada esquina.»

Nunca me había sentido más triste en toda mi vida. LA es la ciudad más solitaria y más brutal de todas las ciudades americanas. Nueva York tiene un invierno frío que te cala hasta los huesos, pero se nota un espíritu de excéntrica camaradería en algunas de sus calles. LA es una jungla.

Recuerda al retrato en Menos que Cero (Less Than Zero, 1985):

Había una canción que oí cuando estaba en Los Ángeles […] La canción se llamaba ‘Los Ángeles’ y la letra y las imágenes eran tan duras y amargas que la canción me resonó en la cabeza durante días […] Las imágenes, para mí, estaban llenas de gente que se volvía loca por tener que vivir en la ciudad. Imágenes de padres que estaban tan hambrientos e insatisfechos que se comían a sus propios hijos. Imágenes de chicos de mi edad que levantan la vista del asfalto y quedan cegados por el sol. Estas imágenes permanecieron conmigo incluso después de que me hubiera ido de la ciudad.

Un carnaval de luces y salvajismo. Los personajes más beat andaban por sus aceras: negros bop con perilla, hipsters de pelo largo que vienen de hacer la ruta 66, mujeres que quieren entrar a los quiz shows, predicadores larguiruchos de rostros cadavéricos, ministros metodistas, jóvenes homosexuales y jovencitas que llegan con la idea de convertirse en starlets y acaban trabajando de camareras en los drive-in. Como Betty en Mulholland Dr. (David Lynch, 2001), o la malograda Elizabeth Short. Todo el mundo estaba allí para hacer películas. Incluso Kerouac intentó vender un guión. Limusinas cruzan las calles y la gente espera ver a las estrellas que van dentro, enjoyadas y con gafas oscuras.

¿Qué es lo que queda tras haber llegado de una punta a otra del continente? Seguir en la carretera:

Algo pasa a 150 kilómetros por hora. Los tubos de escape ahogan cualquier sonido. La vibración del motor va al ritmo del corazón. El campo de visión se centra en lo inmediato. Y de repente, ya no estás sobre la carretera, estás dentro, siendo parte de ella. Tráfico, paisaje, polis son sólo trozos de cartón que vuelan mientras pasas. Sons of Anarchy, Sovereign, 2012.

Por eso Jack y Neal, cuando ya no quedaba más América por ver, se subieron a un Ford Sedan del 37 para conducir hasta México: la tierra mágica al final del camino. Porque el camino nunca acaba.

Hablaba al principio de si esta América, retratada por autores a los que en muchas ocasiones dio la espalda —con la censura, por ejemplo—, no sería más que una utopía, pues parece ser que sólo existe así en sus páginas. En griego nostos significa regreso, y algos dolor, por lo que la nostalgia es el dolor que produce el no poder regresar. A los 40 años, Jack Kerouac, hastiado de la vida, se mataba lentamente bebiendo tequila en una cabaña frente al pacífico, en Big Sur, donde se lamentaba de que los jóvenes de toda América pensaban que aún tenía 26 años y seguía en la carretera. Añoraba aquellos días, como todos los que leemos sus páginas, en los que América todavía era un sueño permisible.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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Una opinión en “La utopía americana

  1. Bravo!, exhaustivo y embriagado collage. Retales bien ensamblados que muestran otra realidad cruda y desnuda más allá del Star system hollywoodiense clásico. Descarnado y auténtico

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