Un Barry Lyndon en la era del vapor

Aunque hubo críticos del capitalismo desde los albores de la Edad Media, Thomas Hodgskin fue el primero en establecer una crítica del capitalismo sirviéndose de las herramientas de la ciencia económica. Aquel giro copernicano inevitablemente habría de influir en Karl Marx y en los escritores socialistas de todas las escuelas, y podría considerarse como la primera puesta en escena del movimiento obrero en el campo de las ideas.

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Heidegger, Rorschach, Robby y otros superhéroes apocalípticos

Vivimos inmersos en una civilización tecnológica. Sabemos los milagros del último cachivache que la NASA ha enviado a lo más profundo del espacio exterior mientras se forman colas cada vez que Apple saca un nuevo aparatejo con diseño made in Jonathan Ive. Y «la máquina de pensar suprema» según Forbes, con ese estilo de presentación de un jugador de fútbol o de Miss Universo que caracteriza a los medios de comunicación dirigidos a las masas, es Raymond Kurzweil, un futurólogo que dirige el departamento de ingeniería de Google.

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Más allá de Murray Rothbard

Quizás el mejor modo de presentar este Manual agorista consista en trazar, siquiera brevemente, sus raíces ideológicas desde el nacimiento del moderno libertarianism americano a mediados del siglo XX hasta la aparición de esta obra en 1987. Hay una imagen que siempre me ha llamado poderosamente la atención: la de Samuel Konkin III a bordo de un viejo Toyota destartalado cruzando las carreteras interestatales que van de Nueva York a California junto a cuatro de sus colegas, libertarios y aficionados a la ciencia ficción como él. Años después, confesaría sobre el viaje: it was right out Jack Kerouac. El episodio no tendría más trascendencia si no fuera porque escenifica el relevo generacional respecto a la quinta de Rothbard y Rand, intelectuales para los que la actividad política consistía esencialmente en una rutina de charlas educadas a través del humo de pipas y cigarrillos acerca de los principios de la economía y de la ética.

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Jeremiah Johnson, el último hombre libre

El mejor Western y el cine de aventuras se aúnan en un film desarrollado en unos parajes de espectacular belleza en donde, eso sí, cualquiera de nosotros no duraría con vida ni dos días. El joven protagonista, de cuyo pasado sólo sabemos que ha luchado en la guerra Estados Unidos-México (1846-1848) y que «huye del resto de los hombres, del barullo de las ciudades, del griterío y la obligación de comunicarse, de las incomprensibles mujeres», decide ganarse la vida vendiendo las pieles de osos grizzlies y castores. Ya sólo con la compañía de su fusil Hawken, sin responder ante el recaudador de impuestos ni ante ninguna otra autoridad, se adentra con la esperanza de prosperar en tan duras tierras.

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Líneas rojas y geografía de la pobreza

En 1935 la Home Owner´s Loan Corporation (HOLC, corporación de préstamos para propietarios de viviendas) empezó a publicar unos mapas un tanto peculiares de las áreas urbanas de Estados Unidos. La HOLC era una más de la sopa de letras del New Deal; una agencia federal que tenía como objetivo reactivar el moribundo mercado inmobiliario tras la catástrofe de la Gran Depresión. La HOLC, concretamente, iba a dedicarse a refinanciar hipotecas para evitar desahucios, utilizando los nuevos créditos garantizados por el gobierno federal que buscaban promover la compra de vivienda.

Antes de empezar a dar créditos y asegurarlos, los burócratas de la HOLC necesitaban establecer unos estándares para determinar la solidez de los préstamos. Si el gobierno federal iba a garantizar hipotecas, lo haría dejando muy claro en qué zonas los bancos podían destinar el dinero. De aquí, entonces, los mapas; la HOLC iba a establecer, en detallados informes, qué barrios, incluso qué bloques de viviendas, debían recibir ayuda.

Los informes son, ochenta años después, lecturas fascinantes. La HOLC clasificó los barrios en cuatro categorías, según su atractivo para prestamistas, «A», o verde, para zonas en crecimiento, «B» (azul) para barrios algo más consolidados, «C» (amarillo) para barrios con viviendas antiguas y deterioradas, y «D» (rojo) para zonas con problemas. Los tipos de interés, se entendía, iban a seguir esta percepción de riesgo; con las zonas verdes y azules teniendo un fácil acceso a préstamos, y las amarillas y rojas recibiendo mucha menos inversión. El gobierno federal, con estos mapas, estaba designando una lista de barrios donde los desahucios iban a ser mucho más habituales, y los prestamistas no iban a poner dinero para arreglar o rehabilitar edificios. Estaba marcando zonas para la decadencia.

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Mon Frère, Mon Semblable

Esta historia no es verídica, pero tiene el mismo objeto y, a su manera, viene a ser la misma que la historia del hombre que a la puerta de la cueva llamó al hombre muerto. Se la dedico a mi hermano Jeppe, quien ahora es ese hombre muerto a quien yo llamaría si pudiera, pero tan sólo tengo estas palabras, por lo que continuará muerto, y por tanto, también lo estaré yo, a mi manera. ¿Pero para qué sirven las palabras si no es para llamar a los muertos y enmendar los errores de este mundo?

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