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«Wantan Mee», por Albert Franquesa – Relato breve

RELATO BREVE

Septiembre, 2018

Wantan Mee

Wantan Mee

Albert Franquesa

Aquel chino comía con la memoria, y no sólo con la suya,
comía con la memoria colectiva de un pueblo fugitivo del hambre.

—Manuel Vázquez Montalbán
Los pájaros de Bangkok

—Declaro refutado el dicho callo malayo. Mira qué chicas tan guapas.

Manolo apura el sorbo y se limpia la espuma del bigote con el dorso de la mano y sin siquiera dignarse a mirarlas se apresta a contradecir a Adrián.

—A ti lo que te va es la deconstrucción de la mujer. Te gustan las orientales porque sólo insinúan ser mujeres. Aniñadas, inofensivas, delicadas…

—…como las ortiguillas de mar en tempura servidas en porcelana Hagi o el sashimi de pez espada…

—A mí me va lo auténtico. Una mujer mujer, con el higo como la oreja de una burra, como dice mi amigo Mohammed.

—…de carne rosa nacarada con un veteado central carmesí, sobre un lecho de musgo de mar ogonori

Manolo disfruta provocando a Adrián y éste fingiendo escándalo o indiferencia, según un refrito guión de convivencia masculina.

—Estas orientales que tanto te gustan pueden disparar pelotas de ping pong. Te parecen mujeres sin coño pero sí tienen. Aunque esto de mezclar sexo y deporte, por muy ping pong que sea, a mí… Mejor le añadimos gastronomía, jugar con las cosas de comer. ¿Qué te parecería unos dumplings servidos a golpe de vagina? Hmmm… cazados por los comensales al vuelo, como si fueran aceitunas.

—¡Qué idea tan estupenda! La gestación, el parto de lo sublime… Tomo nota para mi restaurante experimental.

—Me dejarás participar en el casting de paridoras de dumplings, ¿no? Dumplings paridos con salsa de ostras. O con ketchup.

—Eres asqueroso.

—Uy, tienes razón, perdón: con sambal agridulce.

En el corazón agitado y frenético del barrio chino de Georgetown, Love Lane era una calle que parecía sacada de una canción de los Beatles. Parapetados tras los grandes espejos de sus gafas oscuras como dos estrellas de incógnito en su gira asiática, Manolo y Adrián tomaban unas cervezas acompañadas de pinchitos de pollo con salsa de cacahuete —el famoso sate ayam— en la terraza de su albergue cuco y céntrico.

Manolo sacó un purito filipino del bolsillo de su camisa batik, estampada de palmeras y puestas de sol. A la primera chupada, larga y profunda, un suspiro de satisfacción exhaló de sus pulmones.

—Aquí está prohibido fumar, Manolo.

—Qué va a estar prohibido —Levantó la botella, buscando con la vista al camarero—. Eh, chaval, tráeme otra Tiger.

Hizo el encargo con el purito entre los dientes y en perfecto castellano, sólo para molestar a Adrián.

—Esta gente entiende de placeres.

La calle iba llenándose poco a poco de aromas que anunciaban el atardecer y la cena. Manolo se frotó la panza como un buda satisfecho ante la promesa de otra gran bacanal malaya. George Town era sin lugar a dudas uno de los paraísos gastronómicos del mundo. Aunque una cosa era oírlo y otra sentirlo, experimentarlo, como decía Adrián.

—Este puro te dejará sin nariz ni papilas y aquí hay que estar bien limpio para la degustación, que los platos son muy complejos. La cocina de Penang, y por extensión la de Malasia entera, aúna tres grandes tradiciones culinarias: la china, la india y la del archipiélago malayo. Un puro y luego callos con garbanzos, vale. Pero antes de un popiah de carne de cangrejo y rábano con salsa secreta… Vas a perderte la cena.

—Y tú los dientes como no dejes de joder.

—No los necesito para degustar la cena.

—Uy sí, degustar… Yo voy a comer y bien.

Desde que habían puesto los pies en Singapur al inicio del viaje, iban a festín diario, saltando de olla en olla, de wok en wok, Gargantúa y Pantagruel. Manolo seguía frotándose la panza, sonriente:

—Adrián, cariño, son las seis de la tarde, hora de empezar a moverse, que éstos a las nueve te lo cierran todo y te dejan sin cenar, los muy cabrones.

Del exhaustivo interrogatorio al que sometió a la dueña de la guest house, mientras Adrián pagaba, Manolo consiguió la firme recomendación del mercado nocturno de Lorong Baru, al que se dirigieron entre el debate y la pulla.

—Te lo traduciré al murciano: los raviolis, los tortellinis… no son más que variantes de dumplings. La lasagna unos wantan mal envueltos, y los canelloni una romanización de los rollitos de primavera. Todo importado por Marco Polo de sus viajes a China en el siglo XIII.

—Mi amigo Massimo asegura que hay documentos históricos árabes que certifican la existencia de pasta en Venecia antes del viaje de Marco Polo.

—No te fíes de los moros, que también se atribuyen todo lo chino a la que te distraes. Hay un complot antichino desde siempre. En respuesta, se han apropiado de los bares y de la deuda soberana. Los maccheroni, chinos. Los gnochis, chinos. El helado, ¡chino! Conclusión: los italianos son chinos.

—Fuentes contrastadas, rigor y veracidad. Menudo periodista estás tú hecho.

Manolo respiró hondo para extraer del monóxido de carbono de la transitada calle el aroma fugitivo de las sopas y las fritangas, traídas por el poco aire que recorría a esas horas el asfalto de la larga y transitada Jalan Penang desde la callejuela que habría de darles de cenar. Como tantas otras en Georgetown, la calle Lorong Baru se convertía en un hawker, un mercado de restaurantes ambulantes, a partir de las cinco de la tarde.

Una hilera interminable de carritos desbordaba las aceras invadiendo la calzada, cada uno con sus Especialidades cocinadas a llama viva entre un hormigueo de paseantes pululando y siendo atrapados como polillas por una bombilla encendida, a riesgo de morir calcinadas de puro placer.

En uno de esos puestitos, Adrián asistía deslumbrado al elaborado trabajo de wok, al depurado golpe de muñeca del cocinero, que le recordaba al drive liftado de Federer, en el que la soja, los fideos, las gambas bailaban por un instante suspendidas en el aire antes de caer domesticadas en el fondo de la sartén, mientras Manolo, embelesado, se asomaba al guiso entre la humareda del wok y la jungla de clientes.

—Fideos de arroz planos fritos en salsa oscura de soja. El famoso char kway teow de Penang, supongo. Plato basto de pescador esforzado, las sobras de la labor del día. Un paisaje dignificado de fondo de red. Como nuestras calderetas de antaño. Este puesto igual tiene más de cincuenta años. Una receta familiar transmitida de generación en generación que debe de rozar la perfección.

Manolo se concentra en identificar los ingredientes a través del humo y la destreza del cocinero. —Morralla desmigada, berberechos y gambas. Y lo más importante: aquí le añaden salchicha y lo aderezan con chicharrones de cerdo caseros. Grasas saturadas a tutiplén. Me lo pido.

—Yo, una opción simple y directa al paladar. La sopa de fideos agripicante assam laksa de aquí al lado. A pesar de que, sin el copete de verduras y chile fresco —verde jade y rojo carmín—, el plato parece un fondo marino lodoso.

—No, si encima van a tener que decorártelo. ¿Dónde crees que estás?

Habiendo hecho cada uno su elección, se sentaron expectantes en una de las muchas mesas apretujadas a escasos metros de los carritos, esperando sus platos con impaciencia manifiesta. Manolo y Adrián los veían venir, acercarse a sus mesas y pasar de largo arrancándoles suspiros enamorados. Les hacían la ola con la mirada, los aplaudían, los coreaban, los lloraban por lejanos, por inaccesibles. Un ohhh salía de sus bocas hambrientas salivando sin parar. Platos inesperados, platos intrépidos, platos enigmáticos.

—¿Has visto qué pinta trae el Curry mee?

—A mí la tortilla de ostras me ha roto el corazón.

—¿Se acordarán de nuestros platos? El puesto está lejos y había mucha gente…

—Tranquilo, eras el único falang de la cola. Se acordarán. Aunque lo que te vayan a traer ya es otra cosa. ¿Te has fijado que la mayoría matiza el pedido a su gusto? ¡Qué rabia no hablar malayo ni cantonés!

—Espero que en mi assam laksa sean generosos con el tamarindo. Es la clave. Claro que un toque de menta vietnamita y limoncillo… Yo le añadiría flores de jengibre y piña cortada en juliana…

Pfff… y quitarías todos los fideos de la sopa menos uno, sólo para ver la cara que pone el tío que se los pida en tu restaurante experimental. Te voy a contar un secreto, Adrián: la comida es para comer.

—En Japón…

—¡En Japón no hay jamón!

Para distraer su impaciente estómago, Manolo encendió el purito hecho una minúscula colilla. A la primera calada sus ojos se volvieron vidriosos, nostálgicos, emocionados ante el bullicioso mercado de fogones llameantes. El hormiguero festivo, caótico, callejero propio de toda ciudad oriental a la hora de comer.

—Uno se siente vivo en estas calles, entre el humo de los coches y las bocanadas de sopa. Contaminado de pura vida.

—Me vais a matar con tanto aire puro.

Adrián hizo aspavientos para disipar la fumarola del último aliento del purito y Manolo, impertérrito, se frotó la barriga una vez más, como si esperase que saliese de ella un genio dispuesto a concederle tres platos desconocidos.

—Si hay que morir que no sea en una cama de hospital en occidente, sino en una calle de centelleantes neones rojos, de gigantes caracteres chinos, como la Yaowarat Road de Bangkok. Entre chicas simpáticas abriéndote los chakras después de haberte metido en el coleto una sopa de aleta de tiburón y una cerveza Leo bien fría.

—Entre ratas y cucarachas, monóxido de carbono y olor a cloaca —matiza Adrián encogido en el taburete con los pies asustados al sentir una presencia escurridiza entre el variado mercadeo de basura bajo las mesas—. Aunque no te digo que no en esto de comer con las manos —añade mientras observa cómo los comensales malayos de la mesa vecina sumergen roti en el denso curry, mezclan el arroz con la salsa sambal con las puntas de los dedos de la mano derecha para terminar convirtiendo la mano en una cuchara con la que llevarse el nasi lemak a la boca—. No hemos profundizado realmente en lo que significa comer con las manos, la comunión y la conexión con la comida que ello supone. Comer con los dedos excita la sensualidad. En muchas ocasiones comer con cubiertos, incluso palillos, es un refinamiento cultural innecesario que nos aleja de la esencia de numerosos platos. Espárragos, gambas, frituras… Comer a bocados. Comer debería ser una sucesión de sensaciones que devengan una experiencia. Comer con las manos es una forma de degustar.

—Comer es comer y cagar es cagar.

—Tú siempre tan delicado…

—La cocina nace de la cultura. La civilización contra la barbarie. Prometeo robándole el fuego a los dioses y entregándoselo a los hombres. El frío y el hambre por fin domesticados. La ciencia, la técnica, el progreso…

—Y el horno microondas y la vitrocerámica. Menuda blasfemia.

—Por confort, eficacia y ahorro de tiempo. Los pilares de la libertad individual.

—Y del negocio. Tú lo que quieres es mercadeo, que nadie cocine en la tradición y se vengan a tu restaurante imaginario a por la cultura de vanguardia. ¿Degustar, refinamiento? Escasez y plusvalía. Darías un garbanzo con dos hebras de morcillo rociado de caldo a degustar para ahorrarte los cubiertos y de paso todo el cocido.

Sus diferencias desaparecieron ante una assam laksa impecable con su copete verde jade y los oscuros y suculentos char kwai teow que les trajeron.

De paseo, de vuelta a la pensión, vieron cómo un dependiente enfundado en guantes, machete en mano, abría con quirúrgica precisión un espinoso durián. El olor intimidante como a carne putrefacta, la apariencia cremosa, goteando sobre las papilas gustativas de Manolo y el bulbo olfatorio de Adrián.

—El rey de las frutas, una auténtica paradoja. Comer durián es como tomar un postre delicioso en una fosa séptica.

—Mi vida por un durián.

Habían aterrizado semanas atrás en Singapur con dos mochilas y apenas treinta años. Un viaje gastronómico y hedonista por el sudeste asiático no podía obviar la oportunidad de empezar por Singapur.

Los primeros días fueron un abrir la boca y no poder cerrarla, no tanto por lo gastronómico sino del pasmo provocado por el delirio vertical, imperial, casi genital, de rascacielos espejeantes de formas afiladas, cilíndricas, abovedadas, majestuosas, que acabaron por destrozarles las cervicales. Miles de espejos reflejando los contornos del cielo y el infierno hermanados en un mismo sueño de prosperidad. El rutilante skyline reflejado en la bahía surcada por barcos de luces rojas, entre vaporosas nubes bajas, hacía del paisaje pixelado un ensueño futurista. Entre las vísceras ocultas de esa ciudad de diseño hipercapitalista, miles de aires acondicionados trabajaban a todo trapo, fundidos como relojes de arena dalinianos, ahuyentando el bochorno tropical del asfalto recalentado y ofrendándolo a la capa de ozono.

Las gafas de sol plateadas de Adrián reflejaban el tráfico ostentoso de coches de gama alta, deportivos y brokers de Armani cruzando la acera estrecha pero impoluta. Ante tamaña redefinición de lujo asiático, Manolo no pudo más que descubrirse la calva incipiente estrujando la indispensable gorra entre las manos como un paleto recién llegado al futuro:

—Madre mía, no saben qué hacer con el dinero.

Singapur era un paraíso financiero, y como todo paraíso custodiaba en su centro un secreto tan evidente como inconfesable: el horror del mundo.

—Adrián, la ciudad perfecta está a punto de darme grima. Esto sólo se puede arreglar con un Singapur Sling en el Raffles. Puestos a ser cínicos, que sea con estilo.

El Raffles era un lujoso hotel decimonónico donde la intelectualidad y la diplomacia occidental se habían permitido desde tiempos inmemoriales el dudoso lujo bohemio de beber hasta caer sin sentido sobre alfombras de Kashgar. En el Raffles podrían abandonar el neocapitalismo y sumergirse en el viejo y colonial, jugar a ser Sommerset Maugham o Joseph Conrad.

Recostado en la maciza barra del Long bar, Manolo sorbía con una pajita el célebre cocktail sin mucho entusiasmo, la mirada perdida entre los ventiladores en forma de pay pay del techo que no conseguían disipar el rancio olor a colonialismo inglés del mobiliario, y mucho menos la calima tropical.

—Sabía mejor en mi imaginación. ¿Y esta chufa cuántos dólares dices que cuesta?

—Olvídalo, hoy invito yo.

Al segundo Singapur sling, seducido por la suave complejidad del cóctel escarlata y por el trancazo de la ginebra, el kirsch, el Cointreau y el Benedictine, Adrián se puso estupendo.

—Tú no lo entiendes, Manolo. Esta ciudad busca su identidad mirando al futuro con astucia. Sabe qué lugar ocupa en el mundo. No como la vieja Europa, viviendo en las sobras de un sueño nostálgico.

—Pero qué dices. Los oligarcas de aquí son como los europeos de antaño, unos malditos saqueadores. Éste es otro sumidero al que dirigir la pasta gansa sangrada a los países vasallos por la ruleta metódica y especuladora de las deudas nacionales. Aquí se esconden y amasan fortunas gracias a las condiciones de opacidad que ofrece un bonito paraíso fiscal. Rojo o negro la banca gana y con ella todos los gorgojos del silo.

—Déjate de análisis marxistas trasnochados. El mundo de hoy ofrece nuevas oportunidades. Hay que aprender a innovar. Todos llevamos un creativo dentro. Pero para emprender hay que querer trabajar duro y arriesgarse.

—Éstos —levanta la voz Manolo, sanguíneo, en equilibrio precario sobre el transpirado skay del taburete, señalando a la exclusiva y multirracial concurrencia con un dedo regordete acusador, a punto de derramar el cóctel— viven a todo trapo gracias a los trampantojos financieros. No cultivan ni producen nada, sólo dinero. —Adrián lo mira con resentimiento—. Según tú, están los emprendedores mierdecillas de tres al cuarto llamados a perder pero necesarios para que se haga juego, y luego están los genios creativos de la hostia como tú.

—Voy a revolucionar el mundo de la cocina.

—No me hables de revoluciones. Solo hay una revolución pendiente. Como diría Gramsci: madre no hay más que una. Genio y ganador no son sinónimos. No gana el talento, gana el que sabe dónde caerá la bola porque se trabaja al croupier. La única forma de ganar a la ruleta es robar la mesa.

—¿Eso es de Gramsci?

—Eso es de Einstein. Un genio como tú.

—Cómo se puede ser comunista y tragón al mismo tiempo. Si es de lo más burgués esto del sibaritismo.

—De sibarita nada. El buen comer es también marca de clase. ¡Cocina popular! ¿Es que hay otra? No se habrán meado generaciones enteras de proletarios en la sopa de tortuga de la señora marquesa. Sólo se come bien entre pucheros.

La medianoche, el carraspeo y las oblicuas miradas del barman pusieron fin a la charla alcohólica. Al día siguiente les esperaba un día de lo más exigente, el segundo círculo del viaje gastronómico. Sus planes no pasaban por visitar el afamado zoo, ni montarse en las montañas rusas del Universal Studios. Montañas de fideos en un mar de sopa era lo que estaban buscando. Asistir al espectáculo matutino de la fiebre por comer bien del chino de clase media.

—Míralos, ya están trasegando desde primera hora de la mañana. Esto sí es cultura.

Manolo sorbe fideos como un chino más. Los malayos prefieren desayunar un nasi lemak, arroz cocinado en leche de coco y especias acompañado de anchoas secas, cacahuetes fritos y salsa sambal. Adrián se conforma con un par de roti hechos al momento muy suaves y untuosos, casi al punto de cruasán, y los acompaña de un espumeante kopi tarik, café tirado, demasiado dulce, demasiada leche condensada.

—Está riquísima —exclama Manolo levantando la cabezota y los palillos del bol como una morsa, con el bigote chorreante de sopa—. Los chinos sí que saben.

—Y éstos aún más. Como los de Malaca y Penang. Son peranakan, chinos de los estrechos. Llegaron y se mezclaron con los malayos…

—Tú sigue con la master class que yo ahora mismo voy a por un pato hainanés —dice dirigiéndose a los puestos de cocina del hawker con las fosas nasales bien abiertas, como antenas parabólicas.

Manolo volvió con un pack de pato completo, cabeza incluida.

—¿Te vas a comer la cabeza? ¿Para desayunar? Qué asco.

—No tienes ni idea.

Manolo, transmutado en Rhett Buttler, sujetó la cabeza degollada del pato Scarlett O’Hara por el cuello y, abriéndose paso con sus labios entre el pico del ave, buscó la codiciada lengua hasta que sus dientes consiguieron apresarla. Tiró de ella y la arrancó de cuajo.

—Un beso romántico, sí señor

Adrián simuló unas arcadas y se concentró en los aromas, la delicada, blanca y suntuosa carne de la pechuga del pato de piel fina y con poca grasa, bañada en el caldo de cocción y aderezada con soja dulce, ajo, jengibre y especias.

Pasaron el resto del día peinando el centro de Singapur en busca de más restaurantes y mercados callejeros. Por Chinatown, por Little India, por los alrededores de Arab Street, obviando la occidentalizada zona del Clarke Quay. En Singapur, todas las culturas presentes en Asia cuentan con eminentes templos consagrados al culto a sus dioses, a sus finanzas y a sus platos tradicionales.

—La multiculturalidad es una realidad por estos lares. Fíjate que en esta bocacalle hay una pagoda al lado del templo hindú y a pocos metros una mezquita.

—Y un bistró y una hamburguesería al doblar la esquina.

Se detuvieron a contemplar el frontispicio del llamativo templo indio, un batiburrillo de figurillas falleras representando escenas del Mahabarata.

—Vámonos que me estoy mareando con tanto colorín y tanto Shiva danzante. Hasta he visto un enano panzón azul con cabeza de elefante y calzoncillos rosas.

—El dios niño Ganesh… Digas lo que digas esta ciudad es un ejemplo de convivencia. Todo es cuestión de organización y respeto y hay oportunidades para todos.

—Eso díselo a los inmigrantes indios trabajando a destajo, levantando esos rascacielos que tanto admiras por cuatro duros.

—Peor lo tenían en Bangladesh, ¿o no?

—Tú es que eres idiota, macho.

El resonar de tambores ahoga las protestas de Adrián. Una comitiva de majorettes desfila por la calle acompañada de cabezudos y pajes con sombrero triangular enfundados en pijamas azules que en realidad son trajes, unos portando estandartes blancos, otros dándole a una especie de pandereta metálica y los últimos tirando de un altarcito con un ataúd y un retrato del finado. Una comitiva profesional encargada de acompañar a los familiares a la salida del rito en la pagoda para amenizar el funeral.—¿De veras es un funeral? Parecen más bien las fiestas del barrio. Si hasta tiran petardos.

—Ahuyentan a los malos espíritus. Hay que ser enrollado con los muertos y ofrecerles de todo y lo mejor, que se ve que los fantasmas chinos tienen muy mala leche.

—Yo sí que empiezo a estar de mala leche. Hora de apretarse el famoso cangrejo a la pimienta negra.

—Ni hablar. Conmigo no cuentes. Son cangrejos de Alaska o, más baratos, de Canadá, que mantienen secuestrados en barreños a temperatura ambiente de aquí, no les hará falta hervirlos. Yo de ti me marcaba otro objetivo.

Llegaron al famoso hawker de Maxwell, en el distrito chino, a la hora propicia. El mercado estaba animado pero aún no se habían formado colas inabordables, y parecía haber sitios libres donde sentarse a comer. Manolo inició un estudio de mercado. Daba vueltas por el recinto analizando minuciosamente la oferta de los puestos más concurridos, escrutaba los platos más demandados observando y catalogando las decisiones de cada cliente con ojo antropológico. Adrián esperaba compartiendo mesa con dos ancianos sonrientes. Era consciente del error cometido, pero no había mesas libres disponibles. Tarde o temprano le tocaría lidiar con la curiosidad de los viejos. Enfrentarse al habitual y obligado protocolo de intercambio de impresiones y hospitalidades entre nativo y turista. Adrián miraba nervioso a su alrededor en busca de Manol en un intento de rehuir las miradas cómplices de los vejetes, hasta que la insistencia de éstos los hizo insoslayables. Le preguntaron de dónde era y si le gustaba la comida sin dejar mucho margen a la respuesta. Se animaron a pronunciar paella, fútbol, toros, flamenco. Los ancianos aprobaron la elección de platos que Manolo iba trayendo mientras Adrián lidiaba con el inglés singapurense, de fonética especiada con giros malayos y cantoneses.

—¡Ah! Wantan mee. Bien, bien… —dijo uno de los abuelos, asomando las narices al último plato todavía en manos de Manolo.

—Sopa de fideos y wantan. Es un plato muy popular aquí, ¿no? —dijo Manolo con las gafas cegadas por el vaho de la sopa, mientras procuraba no derramarla sobre el anciano fisgón.

Comer una nube del cielo, eso significa en cantonés. Plato muy equilibrado, en paz con las fuerzas del universo. Puede parecer un plato modesto, pero la preparación está basada en la interpretación de la naturaleza según los dictados del yin y el yang. —Al tiempo que hablaba, el abuelo más enjuto dibujaba símbolos taoístas en la fórmica de la mesa, untando su índice huesudo en salsa de soja oscura como un poseso, mientras el otro vejete asentía risueño y desdentado, deshaciéndose en mil arrugas—. Todo fenómeno tiene un opuesto y de esta contraposición surge la harmonía, el equilibrio dinámico entre contrarios que se resuelve en una síntesis que no puede atribuirse a la suma de las partes sino a su interacción.

Los símbolos se arremolinaban sobre la fórmica y eran barridos por la manga del abuelete sin remilgos a medida que progresaba en su discurso, la sopa dejada a un lado, y Adrián y Manolo con los palillos en suspenso y la boca abierta entre la estupefacción y las ganas de hincarle el diente a lo que fuera de lo que había traído Manolo.

—Sí, sí —se arrancó jovial el abuelo menudo con una voz atiplada y siseante—, por eso los alimentos yin son oscuros, suaves, húmedos y fríos, blandos o esponjosos y elásticos y en cuanto al sabor, picantes o dulces. Ji, ji.

—Sí, claro —saltó un Adrián medio ofendido—, conocemos los principios de la macrobiótica…

—No, no —replicaba el abuelo enjuto tirándose de la deshilachada barba—. El Tao dice «el que se acredita a sí mismo no se esclarece». Yin es femenino, la fuerza expansiva asociada a la noche y la oscuridad.El abuelo menudo se levantó de un salto y se arrancó en una suerte de baile alrededor de Adrián y Manolo, con revuelo de mangas y faldones de su túnica a la escasa brisa del local, mientras seguía con la recitación de las características de los alimentos.

—Ja, ja, ja. Los alimentos yang son ásperos, granulados o fibrosos, claros, cálidos, secos y duros o crujientes y en cuanto al sabor, amargos, ácidos o salados. —Esto último lo cantaba ya con un dumpling robado en la boca, el último de un platito que Manolo había situado estratégicamente a su vera, fuera del alcance de Adrián.

—¡Pero bueno!

—El yang es masculino. —El abuelo enjuto agarró a Manolo por un brazo, obligándole a permanecer sentado, mientras le alecciona con el índice de la otra mano ante sus narices—. La fuerza contractiva asociada al día, a la luz y el calor. Las características de los alimentos evocan a las de los cinco elementos que componen el universo. —Golpeando la mesa—. ¡Madera! —Arrancándole una llama a un mechero salido de su manga de prestidigitador—. ¡Fuego! —pateando el suelo con fuerza hasta arrancarle el polvo—. ¡Tierra! —Arrojándole unas monedas a Adrián. —¡Metal! —derramando un vaso con un golpe de manga multiusos—. ¡Y agua!

Y al oído de Manolo, el otro terrorífico vejete:

—De ahí los cinco sabores: picante, amargo, ácido o agrio, dulce y salado —decía mientras agarraba el bol de sopa y acababa con ella de un solo sorbo, fideos incluidos, ante un Manolo estupefacto—. Los cinco sabores se relacionan con los cinco órganos: corazón, pulmón, riñón, páncreas e hígado.

Esta vez es Adrián el que recibía. El anciano demonio enjuto lo golpeó en cada órgano con precisión de acupuntor y fuerza de púgil a ritmo de recitativo:

—También son cinco los colores —que circulaban en las retinas de Adrián a cada golpe—: verde, amarillo, negro, rojo y blanco.

—¡Ya basta!

Se levantó de un salto furibundo Manolo, y rápidamente los dos ancianos volvieron con revuelo de faldones y mangas a sus puestos, modositos como dos escolares frente a su pupitre después de ser pillados en una diablura.

Manolo miró a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado de nada.

—Vámonos Adrián, estos tíos están locos y son peligrosos.

Mientras se alejaban del mercado y del barrio chino a buen ritmo, Manolo tirando con paso decidido de un Adrián en semiestado de shock, un eco como salido del averno les conminó a no olvidarse del Tao, a no oponerse a la naturaleza de las cosas.

Aquella noche, en su albergue del Clarke Quay, trataron de relajarse y olvidar la surrealista escena de la cena. El viajero independiente siempre está más expuesto a los locos locales que los turistas guiados y, por supuesto, que los propios nativos, conocedores de los códigos.

—De todos modos Manolo, lo que decían tenía sentido. Comer es per se un acto curativo o armonizador en el que se expresan los elementos en el universo. Hay que tomar en cuenta los aromas, sabores, colores y efecto nutritivo de los alimentos en cada plato, buscando siempre la armonía con el cuerpo y el espíritu del comensal y las circunstancias en las que la interacción tiene lugar. También la cocina más vanguardista defiende estos principios, junto con principios fisicoquímicos, neurobiológicos y antropológicos. La cocina es una ciencia no exenta de filosofía, y en este sentido, el Tao…

Manolo intervino a tiempo para evitar una sesuda conferencia sobre la convergencia de principios del Tao con los de la astrofísica y el psicoanálisis en la cocina de vanguardia.—Déjate de tanta monserga. Como dice el Tao de mi pueblo, el Ta Gus Tao, en el comer y el cagar, todo es empezar. Adrián, hay que largarse de aquí.

—Tioman nos pilla cerca.

—Ni hablar. Las islas son sinónimo de comida escasa, mala y cara. Y encima no se puede huir. Las playas paradisíacas, por muy bonitas que las pinten, son una encerrona donde se pasa hambre.

—Un restaurante del máximo nivel en una cala aislada; una excelente combinación.

—Ca-ro ¿has oído? Además Tioman, por muy isla malaya que sea, estará a reventar de singapurenses. Ya hemos tenido bastante.

—¿Entonces?

—Malasia costa oeste, palabra llana de tres sílabas. Ma-la-ca.

Malaca había sido uno de los principales puertos comerciales del sureste asiático. Lo que fue antaño un pequeño y humilde pueblo de pescadores se convirtió con el tiempo en un puerto estratégico de acceso a las especias indonesias. Los portugueses, los holandeses y los ingleses se disputaron durante siglos este valioso enclave a medio camino entre la India y China. Los avispados comerciantes chinos se instalaron en Malaca y se mezclaron con los malayos autóctonos dando lugar a la cultura baba o nyonya, también llamada peranakan. Los chinos de los estrechos. Para los británicos Malaca, la isla de Penang y Singapur nunca dejaron de ser un área de influencia comercial y financiera, manteniendo a raya tanto a malayos como a chinos para la salvaguarda de sus intereses. En lo cultural y, por encima de todo, en lo que a gastronomía se refiere, los peranakan son los dueños de Malaca, su verdadera esencia. Hoy Malaca vive principalmente del turismo. Con la restauración del abundante patrimonio colonial, el centro histórico ha adquirido un aire artístico y bohemio, y un toque chic proporcionado por las selectas shophouses, anticuarios, boutiques y joyerías que se han abierto paso entre los numerosos bares y restaurantes de Jonker Street y aledaños. Precisamente al mercado nocturno de Jonker St. se dirigían Manolo y Adrián, cuando el barullo y el ajetreo formado frente a la pagoda de Chen Hoon Teng les atrajo hasta el ritual de oraciones y ofrendas a los antepasados que tenía lugar en su interior.

Era el mes lunar propicio. Se celebraba el festival de los fantasmas hambrientos. Era la hora de dar de comer al difunto abuelo, marido o mujer, de proveerlos de todo aquello necesario en el inframundo, y lo hacían mediante ofrendas reales o simbólicas, de papel y cartón, quemadas junto con un buen montón de incienso para que el muerto las recibiera en el infierno chino. Los familiares colocaban con delicadeza sobre el altar velas, fruta, papel de oro con inscripciones, y aquellas insólitas ofrendas en forma de packs del infierno que el humo, emisario intramundano, llevaría metempsicóticamente hasta el infierno donde el abuelo las esperaba con impaciencia.

—Qué putada. Incluso los muertos necesitan pasta. Fíjate en las ofrendas, Adrián. Este pack de supervivencia en el infierno trae pijama de rayas, Rolex de oro, visa y móvil, además de petaca de whisky y un lingote de oro. No veo yo mucha diferencia entre su infierno y nuestro mundo. Claro que con un buen par de fajotes de este dinero del infierno mi pobre abuelo podría vivir allí a todo trapo. Cualquiera querrá volver al tajo.

—No te creas. Están locos por salir. Según sus creencias casi todo es pecado y el infierno, complejísimo, lleno de torturas chinas, se les ha masificado. Lo pasan fatal, sobre todo los fantasmas hambrientos. Son pecadores de gula, lujuria o avaricia castigados con grandes estómagos y una boca tan pequeña que no pueden ingerir alimentos. Siempre tienen hambre y frío o mucho calor.

—Vaya, como yo. Tener siempre hambre y no poder saciarte nunca. Un deseo perpetuo insatisfecho… Imagino que para un chino debe de ser lo más horrible de mundo. —Por eso los fantasmas chinos tienen tan mala leche. Sólo cuando se abren las puertas del infierno y se les permite vagar por tierra tienen posibilidad de mejorar su karma y acceder al cielo, o a la reencarnación si sus descendientes los ayudan con oración y adoración.

—Fíjate, tienen vacaciones del infierno, en lugar de un infierno de vacaciones como los currantes vivos con familia numerosa.

—Lo mejor es que ahora las puertas del infierno están abiertas. Estamos en el mes de los fantasmas hambrientos. Durante este mes los familiares rinden un intenso culto a los antepasados. Por eso hay aquí este llenazo. Están acojonados porque a lo largo de todo el año se les olvidó darle de comer al abuelo o ya hace dos años que me lo tienen en el infierno con el mismo pijama. De hecho no se conforman con traer las ofrendas más suntuosas a la pagoda. También se organizan banquetes opíparos en las casas, en los que se dejan sillas vacías y comida abundante para los antepasados y para los fantasmas hambrientos huérfanos. Éstos, como no tienen descendientes, van como locos puteando a todo el que pillan y los chinos les tienen más pánico que compasión.

—¿Y tú cómo sabes todo esto? Ahora va a resultar que eres un experto en ciencias ocultas chinas.

—Me he leído los paneles de la entrada, donde pone Festival de los fantasmas hambrientos en grandes letras y en inglés, listo. Agradéceme el resumen.

Antes de abandonar la pagoda, Manolo y Adrián se quedan observando en silencio a un chino de clase media rezar con fervor frente al altar, con tres palitos de incienso entre las palmas de sus manos.

—Me apuesto lo que quieras a que está pidiendo pasta.

—Despierta, Manolo. Como lleguemos tarde otra vez nos perdemos el dim sum. Que hoy es domingo y los turistas de Singapur arrasan con todo. Ya nos quedamos ayer sin.

—Joder, es demasiado temprano para comer, incluso para mí…

Manolo, que se había pasado toda la noche masticando entre sueños, amaneció extenuado con las mandíbulas molidas. Desperezándose en la cama, intentaba descargar imágenes de dim sum en la cabeza para motivarse.

En el local más conocido de George Town, famoso por su dim sum, no cabía ni una aguja. Los bollitos, dumplings y rollitos de pasta de arroz humeantes del dim sum eran paseados por el restaurante en un carrito entre la concurrencia, presumidos en sus canastitas metálicas de paseo, expatriados de las grandes canastas de bambú de la entrada del local, donde se mantenían calentitos y apretujados como pollitos bajo las posaderas de mamá gallina. Bollitos al vapor con sorpresa dentro, vegetales, carnes asadas, incluso caldo, que en opinión de Manolo estallaban en la boca como bombas de sabor mil veces mejores que cualquier esferificación. Algunos dumplings se servían en coloridas raciones surtidas, acompañados de té caliente. Parecían de juguete. Tan apetitosos a la vista que Manolo y Adrián no tuvieron reparo alguno en detener el carrito con el pie, desmantelar la paradita y dejar a sus vecinos de Singapur sin dim sum, vengándose del agravio de los días anteriores.

Después del opíparo vermú, con el fin de estirar las piernas y expiar el pecado de gula, decidieron visitar un templo budista al otro lado de la ciudad.

—Manolo, deja ya de jugar con el incienso, que nos van a llamar la atención.

—Déjame anda, que yo ya soy en espíritu medio chino.

—Tú solo quieres ser chino por la comida. Me apuesto un millón de dinero del infierno a que ahora mismo estás pidiendo al cielo chino un helado chendol.

—Hmm… —Manolo se proyectó la montañita de hielo picado y verdes fideos gelatinosos de pandam bañados en leche de coco y lo aderezó a su gusto con semillas de Ginko y otros caprichos almibarados—. Lo hago por los dos, cariño. Qué sería de nuestro viaje sin haber descubierto ese gran postre…

Los espíritus no sólo desatendieron las plegarias de Manolo. La ira desatada de los dioses los iba a castigar por su osadía, por su arrogancia, por listillos y viciosos, con varios días de lluvia intensa.

—El monzón de las 18.30 nos ha dejado otra vez sin cena decente —dijo Adrián, mirando malhumorado por la ventana de la habitación la cortina de lluvia que caía sobre el asfalto—. Todo el santo día lloviendo.

—Ahora sí que me comería esa tortilla de ganchitos con la que me obsequiarás de vuelta a casa cada vez que acabes con mis reservas de fabada asturiana. ¿Se te ocurre algo ahora, gran chef?

—Deconstrucción de galletas de coco —dijo Adrián, mostrándole a Manolo las galletas desmigajadas del fondo de la caja—. Es todo lo que nos queda.

La lluvia seguía impenitente. Aprovecharon un momento de aparente tregua, durante el cual la cortina de agua parecía más diáfana, para salir resueltos a meterse en el primer restaurante abierto. Sin embargo al poco rato el monzón volvía a arreciar con fuerza, una lluvia intensa y fina como agujas del cielo sobre el sucio asfalto del mundo. Evitando charcos y buscando cobijo del aguacero, acabaron por perderse en el entramado de callejuelas del centro histórico. Resguardados bajo un soportal, empapados, avistaron a través de la cortina de agua su tabla de salvación, un restaurante al otro lado de la calle que en anteriores escarceos gastronómicos les había pasado misteriosamente inadvertido.

—Con un poco de suerte estará especializado en cocina ñoña chinomalaya.

—Mientras no sea la cocina moña que tú me haces… Me conformo con unos noodles, aunque sean de sobre.

—Mejor una sopa.

—Para sopa yo mismo.

No era momento de debatir si los fideos con wantan eran mejores en sopa o servidos secos con el bol de sopa aparte.

—¿Y un curry?

—Mejor corre. Vamos a cruzar.

Manolo y Adrián irrumpieron en una sala enorme y silenciosa, casi vacía, y se sentaron en una mesa cualquiera, redonda. Un desaliñado camarero les trajo desganado una carta y se esfumó. Como ocurre en la mayoría de restaurantes chinos tradicionales, la carta estaba estrictamente en chino.

—¿Qué tal vas de palitos? —Manolo escrutaba los ideogramas con creciente desasosiego—. ¿Identificas algún palito aunque sea de pollo? Algo que se apegue al riñón, no estoy para sutilezas.

—Habrá que preguntar, en inglés o en onomatopeyas. Prepárate a cacarear, mugir, balar, gruñir… Me temo que no vamos a poder pedir pescado.

—Vaya, a mí lo que mejor me sale es el rebuzno… ¡Camarero, por favor!

Los camareros salían de la cocina cargados y pasaban a su lado, ignorando las demandas de atención de Manolo. En un rincón de la penumbra, al fondo de la sala, se sentaba un anciano chino barbado, con la cabeza pequeña y pelona como de alfiler, al que servían un montón de platos sin que él aparentemente hubiera movido un dedo para ordenarlos.

—Debe ser un capo de la tríada. Qué pinta tiene todo lo que le traen. Me gustaría saber lo que come. —Manolo escanea la carta en busca de alguna señal, algún indicio—. Estoy por levantarme, ir hacia allí y señalarle al camarero todos los platos de su mesa.—Con ese montón de comida seguro que el viejo está en su última grande bouffe, seguro que ha decidido morir comiendo. Mira, aquí tenemos al camarero. Démonos prisa por pedir antes de que el abuelo acabe con todo.

El dedo índice de Adrián señalaba ideogramas, estudiando la reacción del camarero.

No have.

—¿Y esto?

No have.

—Pues fabada asturiana, copón —dijo Manolo, abalanzado sobre Adrián, para señalarle al camarero un renglón cualquiera de la carta.

Yes, sir.

El camarero se retiró con reverencia incluida.

—¿Pero qué le has pedido?

—Coño, pues fabada.

Pronto les llegó el fragor de la cocina, que recibieron como quien escucha melodías celestiales, y al poco de ahí escaparon intensos aromas evocadores de grandes paisajes culinarios.

—Qué extraño. El olor me recuerda al de la preparación de un aire de naranja sobre lomos de salmonete.

—Pues a mí más bien a la cazuela de conejo a la cazadora de mi abuela. Vete a saber tú qué nos traerán.

Por fin se desveló el misterio. El camarero les trajo un bol muy grande y humeante que dejó reposar sobre el centro de la mesa. Manolo y Adrián se asomaron al unísono. Una sopa de fideos y wantan. Cegados por el vaporoso perfume de la sopa, un sentimiento de oceánica beatitud y comprensión universal los atrapó. La vida entera pasó en un instante por delante de sus ojos extáticos. Un aroma intenso, casi sexual, almizclado, como a hembra en plena berrea.

—¡Qué fragancia tan afrodisíaca!

No podían creerse la delicadeza contundente de aquella sopa, que a vista de pájaro parecía un paisaje natural que no se atrevían a alterar. Palillos en mano asistieron sobrecogidos a aquella epifanía de montañitas de char siew, cerdo asado, abrazado por unos fideos frescos hechos a mano, rodeados de la vegetación del cai xin, col china, y asomándose desde las profundidades desconocidas los wantan como nubes algodonosas que traían un cielo de primavera, reflejado en un plácido y templado mar de sopa.

Un wantan resbaló entre los nerviosos palillos de Manolo mientras hacía equilibrismos para llevárselo a la boca. Un wantan perfecto, firme, sin fisuras, de delicado relleno de carne de cangrejo y cerdo, marinado con vino de arroz en su justa medida. Suspiró. Efectivamente era como tragarse una nube del cielo.

Adrián masticaba con los ojos cerrados, dejándose invadir por el aroma y sabor a buena pimienta negra que le estimulaba las papilas y la salivación. El caldo profundo y sabroso y a la vez claro y ligero, satinado, sin lunas de aceite, fragante, aromatizado con polvo de cinco especias, hizo que saliera el sol en su pecho húmedo de sudor y lluvia. Una descarga de placer recorrió todos los nervios de su cuerpo. Casi un orgasmo. Sus ojos, un mar de lágrimas ahogados en agradecimiento, engullidos por la felicidad. Como si la sopa fuera una ballena y él Jonás.

—No está mal —dijo Adrián enmascarando su gozo, a ver si Manolo aflojaba la cadencia de cuchara.

—Cómo que no está mal. Ésta es la mejor sopa que he comido en mi puta vida.

—Quizás le falta un poquito de jengibre.

—Maldito imbécil. Pues deja que me la acabe yo.Comieron de la misma sopa, marcándose de reojo como dos remeros de alta competición, esgrimiendo sus cucharas en busca del último wantan, casi extenuados en la neblina del caldo.

El camarero volvió para retirar los cuencos y limpiar la mesa, con una solapada invitación a pagar y largarse.

Good?

—Que si está bueno, macho. Eres la mujer de mi vida. Cásate conmigo.

Adrián gesticuló lo suyo para dar a entender que quería felicitar al chef, con secreta intención de colarse en la cocina y dar con los secretos de la bendita sopa. El camarero, atrapado por la insistencia gimnástica de Adrián, terminó por comprender y señaló al abuelo del fondo de la sala, que aún picoteaba desganado de su bien surtida mesa.

Manolo y Adrián se levantaron, se acercaron a su mesa y saludaron ceremoniosamente. El abuelo los miró desde un cansancio centenario, desde unas ojeras severas surcadas por la afilada navaja del tiempo, y fueron invitados con un gesto amable y misericordioso a sentarse en su mesa. Sorprendentemente el abuelete hablaba un inglés impecable, casi de college británico, que delataba un origen pudiente. Seguramente pertenecía a una de las grandes familias de comerciantes ñoña de antaño, reducida ahora la estirpe por una suerte de maldición sobre aquel abuelo de cabeza minúscula y vientre abultado bajo la túnica llena de lamparones, y la hacienda reducida a aquella cochambre de restaurante de cocina prodigiosa. Les sirvieron un té de cortesía. Al intento por parte de Adrián de sonsacarle la receta a base de lisonjas, el abuelo atravesó la pared con la mirada, como si la sola mención de la sopa hubiera abierto las puertas del infierno. Una lágrima surcando su mejilla lo devolvió al mundo de los vivos, cuyos únicos representantes en el restaurante parecían ser Adrián y Manolo. Miró a los dos tembloroso, los ojos cenizos en brasas reavivadas, y escupió más que dijo con voz agria que la sopa era un fraude.

—Pues si es de bote díganos de dónde los saca.

—Vámonos Adrián. Le estamos ofendiendo. Como se enfade el capo van a hacer char siew con nuestras pelotas.

—No, no, no es eso. La sopa es una maldición.

Se arrancó el abuelo en una extraña diatriba en la que se acusaba de haber querido apoderarse del alma de la sopa a toda costa y de haber pagado un alto precio por ello. La sopa que se servía en el restaurante era una imitación insulsa, desalmada, de la madre de todas las sopas.

—Era un manjar sublime. La sopa definitiva. La sopa perfecta —dijo poseído, golpeando la mesa con el puño. Luego recostó la cabecita sobre la mesa, los brazos cruzados debajo, como si quisiera dormirse y así acariciar esa sopa con el recuerdo.

—Otro loco, Adrián. Debe de ser el cilantro. Les acaba afectando. Eso o estamos en racha.

—Calla, deja que hable.

Muerto, muerto, muerto, esperando el fin que nunca llega… parecía decir entre sollozos con los ojos ausentes, abismado en su propia locura, como si Manolo y Adrián no estuvieran allí plantados, como si hablara con su sombra o con un fantasma enfadado que le pedía explicaciones.

—Yo era entonces muy joven, un estudiante, un ignorante, que viajaba por el país con un petate al hombro y la ambición de conocer los secretos más recónditos de la cocina ñoña…

»El azar me condujo una tarde de lluvia a una aldea solitaria de apenas cuatro cabañas cerca de una plantación de caucho abandonada, medio invadida por la jungla. Pedí albergue y me señalaron una casucha. En lo alto de la colina me recibió un adefesio de anciana ansiosa por acogerme, en contraste con la indiferencia de los pueblerinos. Nunca olvidaré aquella figura oronda de cabeza pequeñita y profundos ojos oscuros buceando dentro de mi alma, aunque era ciega. Tenía una sirvienta muda, Xiu Li, que en todo la obedecía.

»Aquella noche tormentosa, sentado en la cocina —proseguía—, no era todavía consciente del vuelco que daría mi vida. Un viento oceánico rugía amenazando con astillar las contraventanas, colérico, ciclónico, arremolinando hojas en espirales furibundas que se deshacían al estrellarse contra el portón del albergue. Xiu Li me sirvió la cena, una sopa, entre sonrisas de aprobación y bufidos de satisfacción de la vieja bruja. Cuando percibí la fragancia de la sopa y me llevé la primera cucharada a la boca, el universo entero se deshizo en mi paladar. La segunda cucharada matizó la primera. La sensación de estar ahí, por entero, desde siempre, junto a las cosas que ya no eran cosas, en paz y profunda comunión.

»Aquella noche, mientras yacía ensoñado con el recuerdo bien vivo de la sopa, Xiu Li entró en mi habitación, silenciosa y bellísima. Hicimos el amor hasta despuntar el alba. Cuando a media tarde desperté entre calenturas y sopores, confundí lo acontecido —la sopa y Xiu Li— con un efecto de la fiebre. Sin embargo, todo volvió a suceder de nuevo. El éxtasis de la sopa y Xiu Li. La fiebre y el olvido al despertar. Y así día tras día. Perdí la noción.

»Lo más sorprendente era que la abuela, cada día más risueña, parecía rejuvenecer. Como barridas por la marea desaparecieron las arrugas de su rostro y sus mejillas se llenaron, el vientre se le deshinchó y parecía hasta bella. Tal era el efecto de la sopa en mi mente y así me nublaba el entendimiento.

»Una mañana, no sé cómo, conseguí huir. Corrí, corrí hasta desfallecer, lejos de mí. Atravesé la jungla sin mirar atrás, flagelado por las ramas, arañado en mejillas, brazos y piernas. Cuando rompió a llover, me detuve con el pecho agitado bajo un maltrecho cubierto de madera y vi a un hombre acercarse corriendo, en busca de cobijo. Me preguntó de dónde venía y dónde me hospedaba, pues no recordaba haberme visto antes. Le hablé de la aldea cerca de la plantación de caucho y del albergue de la abuela, y el hombre me miró asustado. Tal lugar no existía más que en las leyendas de fantasmas. Me tomó por loco y se fue calándose hasta los huesos. Di vueltas y vueltas bajo la lluvia y acabé delante del portón del albergue. La abuela me dio la bienvenida y me preguntó si me había gustado el paseo. La sopa y los besos ardientes de Liu Xi me quitaron el frío y restañaron mis heridas. Aquella noche me confesó que temía que la hubiera abandonado para siempre. Entre besos y abrazos interminables nos prometimos huir juntos. Confabulamos un plan. La cada vez más exultante joven vieja parecía no quitarnos los ojos ciegos de encima. Una noche de luna de sangre lo conseguimos. Huimos dejando atrás aquella casa maldita que parecía desmoronarse como un castillo de naipes a nuestras espaldas.

»Nos vinimos a vivir a Penang, pero mi familia no aceptó a Liu Xi, una simple sirvienta. Pedí lo que me correspondía como hijo mediano y abrimos el restaurante. Xiu Li era una gran cocinera, no en vano había servido a la sabiduría milenaria de la vieja. Nuestro restaurante pronto se hizo popular en la ciudad. Pero cada vez que Xiu Li preparaba la sopa se debilitaba, envejecía. Dejó de preparar la sopa en el restaurante y pronto la clientela nos olvidó. Xiu Li preparaba la sopa sólo para mí, por amor nunca quiso negarme ese placer. Xiu Li se consumió rápido, ardió intensamente como una estrella fugaz y se apagó. Antes de morir era la viva imagen de la maléfica abuela que me sonreía desde el infierno.

»El dolor y la melancolía me atormentan desde entonces —concluía—. Nada me satisface, nada me consuela. No consigo comer, ni dormir y siempre tengo el frío húmedo de la muerte pegado a los huesos. He tratado de preparar la sopa en memoria de Xiu Li, siguiendo sus pasos uno a uno, rigurosamente, pero el resultado no es el mismo.

Los ojos abiertos del abuelo siguen mirando más allá de la pared, encerrados en alguna región etérea del inframundo donde viven los fantasmas, las almas en pena y el viento huracanado que despierta a los locos a medianoche para llenar de aullidos las calles.

—Menudo cuento chino. El tío está como un cencerro, pero tiene un restaurante de puta madre.

—Esa aldea legendaria supuestamente cae cerquita de aquí, ¿verdad? Un ferry y dos horas de autobús desde Butterworth, si no he entendido mal. Estaría bien hacer una excursión a las afueras y pescar algún plato por los pueblos, o al menos pasar el día haciendo hambre para la cena. Me gusta comer con un poco de hambre y como no hacemos más que comer… No soy un saco sin fondo como tú, Manolo. Yo necesito el vacío para concentrarme. Anda, di que sí. Será divertido.

Manolo y Adrián tomaron el ferry al día siguiente y el autobús de Butterworth, que los dejó en dos horas en una carretera en medio de ninguna parte, a media hora a pie de la supuesta aldea. Y allí estaban, tal y como les había contado el abuelo, cuatro cabañas maleadas por el paso del tiempo y en lo alto de la colina la casucha. En la Puerta todavía se podía leer guest house.

Una anciana de ojos oscuros arremolinados en un fondo gris les abrió la puerta. Manolo y Adrián se asustaron. La anciana sonriente los invitó a pasar con una reverencia. Manolo y Adrián se miraron incrédulos, entraron dubitativos y siguieron maquinalmente a la abuela por las escaleras hasta la habitación. La abuela les dio la llave y se retiró. Cuando Adrián cerró la puerta, la inquietud de Manolo ya se precipitaba escaleras abajo.

—Hostias Adrián, la abuela. Esto empieza a no tener gracia.

—Manolo, no seas infantil.

—Tío, la abuela, ciega. Joder.

—No seas irracional. El viejo nos tomó el pelo, copón. Un cuento chino, la típica historia de fantasmas para asustar a los niños. Manolo, que no te enteras. A sus ojos somos farangs, turistas de pacotilla de los que les encanta burlarse.

—¿Y las coincidencias?

—La conocerá de oidillas. Será una prima suya, yo qué sé.

El repicar de la puerta los sobresaltó. Una chica sonriente les traía toallas limpias. Se llevó la mano a la boca y a la barriga indicándoles por señas que en cuanto quisieran podían bajar a cenar.

—La sirvienta, joder. Xiu xiu.

—Xiu Li. Déjalo ya, anda. No seas pesado.

Bajaron y se sentaron en torno a la mesa dispuesta para la cena entre nervios de excitación, miedo y una pizca de cachondeo.

—A ver qué tal está la sopa y a ver quién se hace a la criadita esta noche. Mañana nos lo contamos, eh.

La abuela puso un humeante bol de sopa en el centro de la mesa, acompañada con té de crisantemo. La sopa era impresionante, indescriptible. El caldo era simplemente perfecto, rico en colágeno, a base de cerdo con raíces de loto y un toque herbal de hinojo. En la superficie se apreciaban perlas de aceite aromatizado con trufa. Los fideos eran elásticos y sedosos y cuando se sorbían con los labios fruncidos en forma de corazón avanzaban serpeantes, como una culebra en un arrozal, sin quedarse pegados a las mejillas, y del último cabo se les arrancaba un sonido como de cuerda de laúd. Los bocados de char siew eran un veteado mármol fragante, untuosos, melosos y dulces en su justa medida, y la salsa oscura de estilo malayo con la que se acompañaba la sopa era el contrapeso perfecto al cerdo dulzón, sorprendentemente suave y amarga. Y los wantan maravillosos, haciendo absoluto honor a su nombre, nubes del cielo. Se quedaron mudos, al borde del ataque al corazón, remando subyugados con sus respectivas cucharas hasta el fondo del abismo. Al terminar la sopa quedaron vacíos. El tiempo devino un sinsentido cósmico, una paradoja taoísta. Subieron a la habitación y se durmieron al poco rato cayendo en un sueño profundo, como hacía tiempo que no tenían. Manolo se despertó al día siguiente con una extraña sensación de amnesia. Adrián se desperezaba en la otra cama.

—Para mí que la sopa o el té tenían opio o algún rollo oriental, porque esto no es normal.

El albergue estaba silencioso. Bajaron al comedor con la esperanza de un desayuno ordinario, cuando se encontraron el cuerpo de la abuela tendido en medio del salón, muerta, y ni rastro de la sirvienta.

Comenzaron entonces los problemas con la policía, el calvario de interrogatorios con traducción incierta, la parsimonia de la embajada y, finalmente, el obligado punto final al viaje, repatriados una semana después.

Manolo se convirtió años más tarde en un reputado columnista en un periódico de gran tirada nacional. Adrián se dedicó a la innovación gastronómica, siguió viajando por Asia y América, a la caza de productos y saberes. De tanto en cuando, Manolo recibía alguna postal gastronómica kitsch desde Perú, Japón, Filipinas, con la presentación de algún plato regional. Un día, años después, recibió una invitación para la inauguración de un restaurante cerca de la frontera, en un pueblo costero, a tres horas de distancia en coche de la ciudad. Aunque nada en la invitación lo hacía sospechar, supo que se trataba del restaurante de Adrián, del gran proyecto revolucionario del que siempre hablaba de joven.

Manolo se puso sus mejores galas, incluso traje y corbata. Condujo todo el trayecto recordando con aderezada nostalgia aquel viaje inolvidable por el sureste asiático, cuando todavía no era un hombre cansado, escéptico, indiferente al horror del mundo.

Lo recibió un aparcacoches de uniforme. El párking estaba a reventar de coches de gama alta. La rústica entrada abría a un espacioso local de mesas bien dispuestas, orientadas a una pared de cristal que daba a una impresionante cocina, un laboratorio bien armado, un quirófano. La ambientación sorprendía. A espaldas de los comensales, los ventanales traían el rumor y los tintes del mediterráneo. El servicio impecable, exquisito. El trato personalizado del camarero, que por supuesto conocía su aperitivo favorito. La primera tapa: fabada asturiana deconstruida y esferificada. Se la sirvieron abriéndole una lata ante sus propios ojos. Contenía una sola judía que albergaba todo el sabor de la mejor y más genuina fabada asturiana. Finalmente ha optado por un restaurante de comida moña, como yo auguraba, pensó Manolo mientras le reía la gracia a la segunda tapa: una tortilla de lo que parecían ganchitos.

—El plato fuerte viene ahora, Don Manolo. Preparado exclusivamente para usted. Enfundada en un blanco y largo vestido de seda abierto a ambos lados para dar paso a un vaporoso pantalón también blanco, una esbelta y bonita mujer oriental le sirvió ceremoniosamente un sencillo bol de loza que dejaba tras sí un humeante rastro. Manolo paseó sus narices ávidas por encima de la sopa, aspirando con los ojos cerrados. Las impactantes fragancias lo hicieron viajar a otra época, a otra vida, a otro Manolo. Y con un estremecimiento, como si hubiera presentido un fantasma a sus espaldas, se volvió y allí estaba, Adrián, sonriente.

—¡Buh! Sorpresa.Manolo lo miraba como ante un espejismo. Adrián no había cambiado en absoluto. Parecía que el tiempo —veinte años, nada más y nada menos— no hubiera pasado para él. Adrián estaba igual que entonces, cuando eran camaradas, compinches gastronómicos, exactamente igual, veinte años después.

Manolo supo antes de probar la sopa de wantan que aquello iba a ser su perdición. Se llevó la primera cucharada a la boca. Sintió un éxtasis absoluto. Supo también al instante que aquel placer intenso, punzante, doloroso, que anticipaba la pérdida, la nostalgia, la memoria del paraíso, lo condenaría de por vida a la melancolía, a ese oscuro y voluptuoso placer de caminar sobre los cristales rotos del tiempo. Entre las neblinas del gozo, poseído por la sopa, vio a Adrián ondular y desdibujarse, y del sonriente rostro de su amigo emergieron las afiladas facciones de la abuela. Adrián estalló en carcajadas, sujetándose el abdomen.

—¡La sopa! ¡Aquí tienes! Todo este tiempo… ¿Qué ha sido de tu vida, hombre?

Ha pasado mucho tiempo más desde entonces. El restaurante cerró y Adrián partió hacia nuevos proyectos. Una cadena hotelera lo reabrió, en un intento de hacerse con su pasado prestigio. Hoy en día, cualquier cliente del restaurante puede distinguir entre los comensales, en una mesa al fondo, a un hombre muy mayor, un anciano de vientre prominente, de cabezota alopécica y bigote canoso, al que la clientela felicita pensando que se trata del dueño. Cansado de deshacer el equívoco, Manolo se esfuerza por esbozar una sonrisa. Y si alguien tiene paciencia, le contará un cuento chino, una historia de fantasmas. Cómo uno puede quedarse atrapado en el tiempo, en un recuerdo, en un restaurante. Cómo se puede perder el alma y el paladar. Y cuándo fue la última vez que pudo comer bien.