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RELATO BREVE

Octubre, 2017

Ukedada

Ukedada

David Báez

Ninguno de los tres había estado antes en Moraix, donde Leroy Albi interpretaría el ukelele aquella noche. Un pueblo de tantos en la costa, construido sobre una colina frente al océano y habitado a medias entre paisanos criados allí y europeos del norte jubilados allí. Aparcaron a nivel del mar y continuaron a pie. Pasaron bajo un arco de piedra y empezaron las cuestas. Geraldo se quedaba atrás cada vez que algo llamaba su atención, ya fuese una ventana con geranios o la tienda de productos eslavos que vieron, con el escaparate lleno de botes de arenques en vinagreta. Esto impacientó a Brais. Lo siguiente que les detuvo fue un gato que, tumbado y con los ojos abiertos, estaba en realidad tan tieso por el relente y las rachas de viento frío como el empedrado de la calzada.

—Yo creo que sí —dijo Geraldo tras rozar al impasible felino con la punta del zapato—, la cosa debe de estar al cincuenta por ciento entre españoles y extranjeros.

—Pobre gato —dijo Brais—, ha errado su vocación.

Al gato le brillaba el pelo, que dibujaba ondas bien alimentadas. En su collar verde podía leerse una dirección. Anna y Brais siguieron adelante.

—Hoy la puerta estaba cerrada, ¿eh? —La voz de Geraldo sonaba a sus espaldas—. Puede que seamos los primeros en el pueblo que se enteran de que ha fallecido la dueña del gato.

—Los ancianos con sobrepeso eligen lugares más planos —replicó Anna Duranta—. Moraix es otra cosa, aquí se curten los glúteos.

Las callejuelas subían y bajaban. Confluían sin concierto, como un grupo de músicos templando sus instrumentos. La ligera niebla que cubría la distancia parecía sorprendida de ver a tres visitantes fuera de temporada. Llegaron a otro cruce de fachadas blancas y farolillos negros. Anna les miró y señaló con la cabeza el callejón que ascendía.

—¿Por ese pasadizo? —dijo Geraldo—, seguro que terminará en otra placita sin salida. Vamos hacia la derecha, por la calle más ancha.

—¿El bar no está en el mirador? Eso es arriba del todo. ¿Qué dices tú, Brais?

Brais miró más allá de los aleros y de las tejas, hasta la cúpula de la iglesia, que asomaba entre la niebla como el campanario de un pueblo sumergido en un pantano. Luego miró a ambas calles y se metió las manos en los bolsillos.

—Dijeron que estaba llegando al mirador —dijo Geraldo—. No en el mirador.

—Esperad aquí —gritó Duranta antes de desaparecer corriendo por la calle que subía—, en seguida vuelvo.

Anna pisaba sin miedo los adoquines. La melena rizada y la trompeta, que llevaba al hombro en una funda púrpura, rebotaban en el cuero de su chaqueta.

Geraldo miró a Brais:

—Bien hecho, Brais —dijo como un viejo sabio meditando sobre la lujuria—, pero está un poco loca. Por cierto, ¿te has matriculado ya? Iré el lunes a la universidad, si quieres podemos ir juntos.

Brais no dijo nada.

—¿Me escuchas? —dijo Geraldo—. Mi padre me va a dejar el coche.

—Preguntas como si estuvieras seguro de que me voy a matricular, pero lo que quieres es saber si lo voy a hacer, sin preguntármelo a las claras. Estás sondeándome y luego tratarás de convencerme para que estudie psicología…

—No se puede ser sutil contigo. —Geraldo trató de hacer anillos con el vaho que salía de su boca—. Como psicólogo puedes llegar a ser bueno, lo acabas de demostrar. Como ukelele —¿se dice así?— lelista…

—También puede llegar a ser bueno. —Anna Duranta llegó trotando hasta ellos—. Tenías razón, la calle que sube no lleva a ningún lado.

Siguieron por la calle ancha. Geraldo, vencido por haber sido descubierto cuchicheando, se adelantó unos metros, atento a cualquier señal de la cáscara fosforescente, que era el nombre del bar. Anna le pasó el brazo por encima del cuello a Brais y le dijo:

—Ayer estuve tocando siete horas seguidas la trompeta.

—Yo no llegué a dos con el ukelele…

—En ukelele no hay tanta competencia.

Brais escuchó el aroma a chaqueta de cuero y a perfume de Anna, olía a brillo de trompetas sobre el parqué y a la luz acogedora de los escenarios. Pensó en Barcelona. Anna resolvía ejercicios de armonía sentada en un teclado baratero que les habían prestado. La ventana estaba abierta al verano y a las mil voces y acentos de la metrópolis. Brais salía por la puerta con el ukelele a la espalda. Llego tarde al bolo, ¿Tenías concierto esta noche? Me han llamado los de la jam de los jueves, les falta alguien para los acordes. Ah, pues en un rato me paso yo también. Un concierto más sin importancia. Y Brais es más alto y su voz es más grave. A un acorde dado, improvisa la música que brota de su cabeza sin pensar en escalas ni sostenidos, el ukelele es ya una prolongación de su música interior.

—¿En qué piensas? —preguntó Anna.

—En Blue Monk. ¿No te parece que Monk componía pensando en Leroy Albi, aunque eso sea imposible?

—Al final del verano —dijo Anna— nos escaparemos.

Una vela de sándalo ardía en el centro de su mesa. Pidieron unas cervezas. No había de barril, estaban dados de alta como asociación cultural. A su alrededor ardían otras velas, no muchas, como barcas fondeadas en la noche. Leroy Albi había reunido a unas quince personas. El dueño era un barbudo de ceñido delantal con un hígado venoso por nariz. Posaba el abridor sobre la botella y, como un mago, sin movimientos bruscos, lo levantaba al segundo con la chapa en la mano. Les agradeció el haber ido al concierto.

—Si a los que nos gusta la música no vamos a conciertos… —Dejó la frase a medias y la completó con una mueca de intimidación.

—Al parecer, la música tiene los días contados si la gente no empieza a acudir en masa a su garito —dijo Geraldo cuando estuvieron a solas—. Amo estos bares. Recitales, conciertos, presentaciones, todo acaba en quiebra, renegociar hipotecas y liquidar el patrimonio de la familia. El fracaso tiene algo tan bello…

—¿No estás loco, verdad? —preguntó Anna Duranta, y su risa renovó el aire viciado del garito, en el que parecían flotar gránulos de gomaespuma podrida.

El jefe subió al escenario. Miró a cada una de las mesas, se frotó las manos y dijo:

—Lo que vamos a escuchar esta noche es oro sónico. —Aquella voz tenía un gran cuerpo en el que reverberar, pero prefería los susurros—. Para quienes no lo conozcan, Leroy Albi es un ukelelista australiano. Estudió con Benny Chong y ha grabado recientemente con Abe Lágrimas Jr.

Continuó presentando a Leroy Albi como si de pronto fuese a aparecer desde detrás de un telón. Pero Leroy estaba allí. Era casi tan alto como el dueño del bar y eso que no se había subido a la tarima. Extendió su manaza sobre ella como para leer algo tallado en la veta de la madera y recogió una botella de agua que le habían dejado. Al beber inclinó la cabeza hacia arriba como si viniese del desierto australiano y el foco del escenario le iluminó la frente tipo Frankenstein que se gastaba. La nuez subía y bajaba maltrecha pero potente como un artefacto a vapor que todavía funcionara.

—Si hablamos de ukelele —continuó el dueño del bar— (de ukelele de jazz), tenemos que hablar de varias fases. Lejos quedaron los días de segundón de la guitarra o primo del banjo, de instrumento menor, desconocido, cuyos intérpretes imitaban el papel de la guitarra y sonaban, cómo no, limitados. Hoy existe toda una técnica, un tipo de fraseo, pensado para llevar las aguas —carraspeó y miró la hora— para llevar el jazz al molino del ukelele. Para aprovechar su timbre delicado y sordo, similar al que harían las pulgas al saltar, si las pulgas hicieran sonido al saltar. Este desarrollo, en un ochenta por cien, se lo debemos a Albi.

Albi miró al dueño. Sonreía pero no parecía entender nada de lo que decía. Una pelirroja que estaba en la barra fue hasta él y le dijo algo al oído. Luego Leroy canturreó en voz baja mientras marcaba el tempo chasqueando el índice y el pulgar.

—Pero queda un buen trecho. Para el que no lo sepa, en el mundillo hay todavía algunos carcamales que lo desprecian, tanto a Leroy como a su instrumento. A pesar de que el uke lleva años incorporado a Berkeley, se han hecho seminarios en el Monk Institute de Los Ángeles y se imparte también aquí, en el Taller de Músics de Barcelona…

—¿Para qué presentar un concierto? —se echó el pisto Brais—. Que deje hablar a la música.

—Él mismo es la canción que suena en las ruinas de su castillo —Geraldo señaló al techo, del que colgaban unas lonas mal grapadas—, y además una introducción verbal nos viene bien a los no iniciados.

—Eso es adulterar la música, so degenerado —dijo Brais.

Anna se rió y dijo:

—Es un músico frustrado, ¿no lo veis? Creo que es el presidente de las ukedadas en la comarca, lleva una orquestita de diez ukeleles, formada por guiris, hippies retirados y algún borracho de por aquí, lo he visto en la web.

—Para no interesarle —Geraldo hizo sonar la jarra al dejarla sobre la mesa—, veo a Brais muy atento.

Brais no se giró hacia Geraldo. Continuó escuchando aquella historia que él conocía tan bien. La historia del ukelele, el instrumento que le había escogido. ¿Que le había escogido? Se sonrojó de tal pensamiento.

—Cuanta menos gente venga —decía el hombre— mejor. Si viniese más gente tendría que poner un cartel en la puerta: no entre aquí quien no haya escuchado los siguientes discos: y a continuación un par de folios a doble columna. Cuando veo a tres músicos amenizando una boda y a la gente observándolos como a animales mientras degluten canapés… qué asco me dan. No importa a cuántas me inviten, llevo quince años sin ir a ninguna boda. Luego, si hay tiempo, os leo un poema que he escrito al respecto.

—Y gracias a este imbécil —dijo Anna Duranta—, ya nadie en esta sala contratará a músicos para su boda.

Los dátiles en los trastes daban la sensación de haber elegido la herramienta equivocada, como usar una llave inglesa para clavar un tornillo. Al agitarse, los dedos de la mano derecha de Leroy se confundían entre ellos y formaban un abanico de carne.

—Albi parece King Kong —dijo Geraldo—; el ukelele, la rubia.

—¿Y te gusta el concierto? —le preguntó Brais.

—¿La música? Sí, parecen pulgas saltando.

—¿Qué hay de la limpieza de sonido? —dijo Anna, que había estado resoplando.

—Y, sin embargo, se mueve —dijo Brais.

—Aunque no más allá de las corcheas, cada vez que lo intenta parece un perro con latas en la cola.

—Ésa es la clave, Anna, evocar la idea. Mira todas esas disonancias inesperadas, cómo se sale del acorde.

—Plagado de errores de ejecución, Brais, no cambies de tema. Mira, escucha… ¡Ahí! No, espera a que vuelva a empezar la melodía… Eso, ¿lo has escuchado? No le da para picar el tresillo…

La canción cesó de pronto y la risa de Anna resonó en el silencio, encadenando el último acorde con los aplausos. Ojos difusos y blancos, como clínex usados, les miraron en la oscuridad del antro. Geraldo se alejó un poco de ellos al observar que el jefe del bar también les miraba con reprobación.

—Tú ya sabes cómo es la melodía de Scrapple from the apple, así que Albi no necesita tocarla…

Anna seguía riéndose, para demostrar que no se avergonzaba de sus carcajadas.

Leroy se irguió sobre su diminuto ukelele soprano, que Brais creyó identificar como de fabricación china. Los había más largos, con más notas, pero Albi prefería el más sencillo. Era como si sostuviese el Quijote escrito en un grano de arroz. Empezaron a tocar Milestones.

—Me encanta esta canción —dijo Anna.

Escucharon veinte segundos y luego Brais dijo:

—Escucha, Anna, ¿no te parece que ese arpegio iba a continuar? Pero se ha detenido con una nota que ha pisado entre dos trastes y ha quedado sorda. Era el mismo patrón que ha utilizado en el acorde anterior, sólo tenía que repetirlo un poco más arriba, pero ha parado en la tercera nota para que tú termines de tocarlo… Pretende hacer ver que falla, como si dijera: ya sabes lo que he querido tocar, termínalo tú. ¡Yo al menos lo he hecho! Y sin ningún tipo de esfuerzo. ¿Comprendes? El ukelele ha dejado de sonar y yo casi no me he dado cuenta de ello, porque he seguido escuchándolo en alguna parte. Ese trasfondo que añade el oyente a la música interpretada, ésa es la revolución de Albi.

—¿Y cómo distingues entre uno que se equivoca y otro que toca así a propósito? —preguntó Anna.

—Si no son Leroy se equivocan, es así de sencillo. ¡No te rías! —Brais tuvo que reírse también—. ¿Crees que es fácil evocar una melodía en la cabeza del oyente sin tocarla? ¡El oyente se convierte en intérprete!

—Ni siquiera sé si estás hablando en serio…

Brais escuchó la música, Albi se balanceaba al ritmo del contrabajo y el charles de la batería.

Sabía lo que quería tocar. Tal vez luego no consiguiese interpretarlo y se conformase con sus disimulos melódicos, pero sabía lo que quería tocar. Por su parte, cuando Brais estaba en mitad de un solo, era como si el tiempo le persiguiera, siempre aterrado por encontrar las notas correctas para el siguiente acorde. Se aburría de tocar dos horas seguidas, al menos de escalas y trabajo duro. Ser músico al máximo nivel exigía sacrificios. Él quería asumirlos, pero era incapaz. Era un trabajo repetitivo que podía acabar en fracaso absoluto… ¿Y toda esa aventura de fugarse a Barcelona? Vio a su madre llorando en la mesa de la cocina y a su padre colgando y descolgando el teléfono con furia, sin saber a quién más recurrir para encontrar a su hijo. Pero aquel pueblo estaba lleno de valientes ancianos. Verdaderos aventureros que habían abandonado su país natal. Barcelona estaba tan a sólo a tres horas en tren desde su casa. Aun así, Brais dudaba. Y tal vez dudar era prueba suficiente de que no era uno de los elegidos…

Al rato, Albi empezó con sus propias canciones. Algunas ni siquiera tenían swing. En cierto momento, mientras el bajo aguantaba notas largas como campanadas y la batería chasqueaba la lengua como alguien rítmicamente contrariado, el ukelele de Albi entró en trance con una serie de arpegios de misteriosa monotonía. Geraldo comprobó su reserva de cerveza, Brais tomó la mano de Anna y ella se desperezó con calma, como si se hubiese quedado dormida durante un viaje en tren a la hora de la siesta y la reducción de la velocidad, que indicara la proximidad de su destino, la hubiese despertado.

—¿Pero qué cojones le pasa? —dijo posando una uña entre los dientes.

De pronto, Albi dejó de tocar. Continuaba moviendo las manos, fingía tocar, pero su ukelele no sonaba. Los arpegios, como una música encantada que viniese de todas partes y de ninguna, seguían en la cabeza de Brais.

Albi se echó de rodillas al suelo como un rockero poseído por Odín y tocó el ukelele mudo.

De nuevo en pie, se lo llevó a la boca e hizo ver que tocaba con los dientes, en plan Hendrix. Llegó a fingir que era una trompeta y, con el clavijero en los labios, infló los carrillos a lo Gillespie. Sacó un mechero y pasó su llama sobre el instrumento como un punk con dinero. La gente aplaudía y le vitoreaba. De pronto el bajo volvió al walking y empezó una canción que conocía pero no lograba identificar.

—Este tío es único. —Geraldo daba golpes en la mesa con el botellín de cerveza.

—La revolución de Albi ha terminado —dijo Anna—, ahora hace espectáculos de humor musical. Y toda esa teoría que me has contado… sabes muy bien que está cantando los solos. ¡No me digas que no te has dado cuenta!

—¿Cómo dices?

Brais entreabrió la boca y cerró los ojos. Había algo, sí, como un murmullo. No era el típico jazzista gritando como un loco sus solos al piano o a la guitarra para horror de quienes se sientan en primera fila. Leroy tarareaba en un tono grave que se confundía con las escobillas de la batería. Y sí, eran las melodías que Brais creía escuchar en su cabeza, sí, ése era el truco. Lo escuchó durante un rato. No, él no se había dado cuenta. Había sido una lúcida versión de Perdido by Duke Ellington.

Después de los aplausos, el dueño del bar subió al escenario, dejó que su barba acariciase el micrófono y dijo:

—Ha llegado el momento para el que tanto nos hemos preparado…

En los bolsos, bajo las mesas, tras la barra, en todos lados había ukeleles. Mientras Leroy y el baterista iban a pedir una cerveza, la gente arrastró sus sillas y formó un semicírculo frente al escenario, donde la pelirroja movía el cuello en círculos contra la tortícolis. Escalas arriba y abajo, trémulas canciones hawaianas, todo sonó a la vez, con el mismo desconcierto que las calles del pueblo. Te dije que ponía jam session, dijo Anna, ¡se referían a esto! ¿Qué van a tocar? Anna desenfundó su trompeta, le puso la boquilla y tocó una nota grave y larga, como una vikinga que avistara tierra. Albi le hizo gestos para que se acercase. Venga, Brais, alguien te dejará un ukelele, ¿por qué no has traído el tuyo? Un músico quiere tocar siempre, hasta que se le caen los dedos. Así que eso era un concierto de ukelele: todo el público era intérprete. Una música que sólo escuchaban los músicos no tenía sentido, las quince personas allí presentes eran la orquestita privada de un barbudo elitista. Los ukeleles hacían cada vez más ruido, pero, a una señal del jefe, se hizo el silencio. Un afinador pasó de rodilla en rodilla y empezaron los acordes de All of me con la ejecución de la orquesta de pulso y púa que han montado en la parroquia de tu pueblo. Anna saltó sobre el escenario. Al principio se limitó a adornar el final de cada frase, pero pronto empezó a tocar la melodía bien fuerte, arremetió con timbre de ariete por encima del nylon vibrante de las pequeñas guitarras. El dueño del bar y algunos miembros de su orquesta protestaron tímidamente, pero ella siguió. A fin de cuentas, ¿no era un logro que los ukeleles hubiesen dejado de oírse y ahora hubiese que imaginarlos? Albi y ella se balanceaban el uno junto a la otra en el diminuto escenario y sus hombros chocaban con camaradería musical. La melodía terminó y Albi usó su ukelele como batuta para indicarle a Anna que siguiera con los solos. Ella empezó con su hardbop. Geraldo había pedido otra cerveza. Rollizo como su sótano donde solían echar las tardes de verano desde muy pequeños. Allí habían editado una revista alternativa a la del colegio para conspirar contra los cimientos de la educación convencional, se habían convertido en detectives para tratar —sin éxito— de descubrir quién le había robado el coche al padre de Geraldo. Alguien le puso un ukelele entre las manos y Brais se dirigió como un autómata hacia el escenario. ¿Conoces la canción? Le dijo el barbudo cuando él se sentó en el borde de la tarima, bajo la trompeta de Anna y se unió a los acordes de All of me, como un jubilado más de la orquesta, aunque frente a ellos, en el día del gran concierto. Todos sonreían. Seguro que más de uno se había bebido una cerveza extra con el pincho de tortilla del almuerzo, tras el largo paseo matutino por la playa, qué envidia. Terminó el solo de Anna. Geraldo y los tres o cuatro clientes que quedaban en las mesas aplaudieron. Le llegó el turno a Leroy. Brais se puso en pie sobre el escenario para escuchar a sus anchas la combinación de susurros y ukelele Albi. La música eran nubes volando a simple vista en día de vendaval, un fenómeno meteorológico. La cara de Leroy se contraía y expandía, rotaba y se llenaba de grumos, bulbos, grietas y simas de carne al mutar entre los distintos tipos de sonrisas y muecas de sufrimiento artístico que su musa le obligaba a esbozar a cambio de inspiración. Brais sintió que podía dejarse llevar por la realidad sin esfuerzo. La cara de Leroy era el blandiblú casero que él y Geraldo elaboraron en el sótano a partir de Plantabén y agua. Lo habían leído en internet. Sólo había que vaciar los sobres de laxante en un bol con agua y meterlos en el microondas para que se convirtieran en aquel juguete viscoso, pero cometieron el error de probar un poco. Estaba bueno. Estos pensamientos no le sacaban de la música, venían de ella y él continuó tocando los acordes. Luego Albi le condujo hasta el micrófono y le animó a improvisar. Y lo hizo. Podía sentir la admiración del público ante las frases aprendidas directamente de los maestros del jazz escuchadas en mp3. ¿La mezcla en sí misma podía considerarse un estilo personal? No tenía ni idea, pero a la gente le gustaba, a los quince inadaptados de la orquestina de ukelele les flipaba esa mierda, por usar la jerga al uso en aquel tiempo. Terminado su solo, bajó del escenario. Anna le tocó el hombro para que se quedara pero él mintió que necesitaba ir al baño. La gente le felicitó cuando pasó a duras penas entre el escenario y las sillas. Les gustaba porque no sabían nada de jazz. En realidad, no les gustaba, sólo les impresionaba lo rápido que podía tocar. Le había bastado con menos de dos horas al día durante cuatro años, pero no era suficiente. También Geraldo levantó el pulgar. Geraldo iba a estudiar en la universidad y un día llegaría a su casa hacia las dos y media. Por el camino de losas hasta la puerta, a través del pequeño jardín, echaría un vistazo a los cipreses. El año que viene crecerán por encima de la cerca, pensaría con la chaqueta doblada sobre el brazo, rebuscando el llavero en los bolsillos. Luego abriría un quinto de cerveza y prepararía algo de comer, mientras discute en voz alta con el locutor de radio que da las noticias, antes de que llegue su mujer. Luego una siesta o un rato al sótano, donde diseñaría juegos de mesa o escribiría novelas de ciencia ficción o traduciría códices medievales para la asociación de esgrima antigua o se reuniría con un grupo de amigos para una larguísima campaña de rol en la España de la guerra civil en la que, si sus jugadores interpretaban con responsabilidad, podían cambiar la historia y derrotar al fascismo. Y usaría planos militares y callejeros de la época, sabría quién vivía en cada casa y ellos podrían tocar en cualquier puerta y Geraldo no se quedaría en blanco: abre la puerta una mujer que sujeta un conejo por las patas, diría. Brais tocaría el ukelele. Sí, el conejo está despellejado… O tal vez Geraldo tomase alguna decisión equivocada y arruinase su vida. El baño estaba libre. Encima del váter había una ventanuco por el que no podría huir. Lo abrió y la brisa de la noche entró como lo harían los dedos huesudos y gigantes de una criatura monstruosa que lo buscara. Las nubes avanzaban sobre la luna como la partitura autómata de una pianola. Como música inalcanzable.