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RELATO BREVE

Noviembre, 2017

Pere Conills entra saliendo

Pere Conills entra saliendo

Nicolás Medina

Pere Conills bordeaba los sesenta y tres años, era felizmente viudo y detestaba metafísicamente la hora de la siesta, las hordas de voluminosos jubilados británicos y la liviandad o ligereza con la que muchos de sus vecinos se desentendían del pasado constatable de Villajoyosa. Tras treinta y cinco años de impartir clases de historia en un nebuloso instituto de Galicia, Pere había retornado a su placenta geográfica, dispuesto a desempolvar secretos locales y a resolver las leyendas de la Marina Baja. Dicho de otro modo, alejado de los crueles, apáticos y bulliciosos adolescentes que le habían encanecido el pelo y la existencia, finalmente había llegado el ansiado momento de consagrar su sueño de juventud: escribir la Historia Universal de Villajoyosa. El proyecto, destilado en la mente dispersa de Pere, prometía ser único en su especie, puesto que no sólo consistiría en reiterar sucesos archiconocidos y propagar menciones hueras de griegos, romanos, íberos, moros y aragoneses. ¡No, señor! Por supuesto que su obra abarcaría los ilustres hechos antiguos y utilizaría parámetros cronológicos hegemónicos, sin embargo, en ella se intentaría establecer, de forma tajante y definitiva, el alma inmutable de las tierras de Alonis, es decir, el poderoso espíritu colectivo inconsciente de la Vila, esa persistencia que atravesaba los siglos y las mudanzas temporales como una lenta saeta de viento e imponía un modo de ser peculiar, una manifestación humana inigualable, una identidad exclusiva que aportaba su valor a la diversidad del mundo.

Al cabo de dos años de regresado a la Vila, Conills seguía empantanado en el prólogo, y no había escrito una mísera página de su colosal odisea intelectual. Para qué hablar acerca de una minuciosa recopilación de fuentes históricas y vestigios arqueológicos. La única prueba documental que había estudiado metódicamente era bastante veleidosa y de poco fiar: narraciones orales vileras. En estricto rigor: relatos que efectuaban los ancianos borrachos de varios antros y epopeyas hepáticas que comunicaban los parroquianos inamovibles del Bar Nacional. A pesar de su notoria inactividad y su nula influencia editorial (carecía de estudios publicados), Conills era muy reputado en los bares y cantinas, y recibía el mote de el historiador. Como prueba infalible de su magistral oficio y perspicacia, siempre llevaba consigo un cuaderno de recortes de prensa, donde figuraban todas las cartas al director que le habían publicado en diversos periódicos de la península, y cuyos temas variaban desde loas al Cid y Jaume I hasta la explicación concisa de las fiestas de moros y cristianos en el Levante. Entre estos palimpsestos idóneos para envolver pescados y perejil, destacaba una epístola larga, aparecida el año 93 en El Mundo, que conmemoraba el 550º aniversario de la concesión del privilegio de Villa Real a Vila Joiosa, y le había valido a Conills una felicitación escrita por parte del alcalde de la época, además de doce botellas de Juve & Camps que el Ayuntamiento le hizo llegar por encomienda y sirvieron para apaciguar, al menos por unas semanas, la nostalgia mediterránea que carcomía su voluntario exilio gallego.

Conills no demoró en readaptarse al paisaje dorado de su niñez. Cierto que mucho había sido trastocado por el cincel de los calendarios, sobre todo las fachadas de las casas, las marcas de cigarrillos y los patrones de la decencia. Pese a ello, el aire salino y el rumor de las olas proseguían allí, dándole música a su balcón y temperando sus gastados oídos. A veces, cuando se quedaba solo en la mesa de alguna taberna, Pere se ajustaba las gafas (bien roñosas y estilo Woody Allen) y leía detenidamente el cuaderno que atesoraba su prosa desperdigada. Leía suspirando, regocijándose tristemente con el trote irremisible de los años, saboreando la mediocre gloria de saber que su voluntad impresa lo sobreviviría y que una porción de ella quedaría empotrada en la posteridad, tan intacta como mosquito en una prisión de ámbar, convirtiéndose una fuente histórica fresca y de primera categoría, aunque durmiese fraccionada, disipada en hemerotecas y sendos archivos de mala, muy mala, pésima muerte. Estos trances melancólicos (ribeteados por una sensación de fracaso que se asemejaba a una victoria pírrica) tendían a durar poco, pues las interrupciones pululaban a la orden del día y siempre, de una u otra manera, lograban perturbar el sereno oasis de su mesa contemplativa. Estas distracciones solían adoptar formas vernáculas de la España del siglo XXI: la irrupción de un mendicante vendedor de rosas originario del Punjab, el trajín de una camarera con estudios universitarios que se sentía estafada por la vida al rellenar copas de vino, los aullidos de un trío de guiris calcinados que insultaban al televisor mientras jugaba el Chelsea o el Manchester United, la aparición de recurrentes personajes que ofrecían boletos de una lotería que jamás ganaba nadie conocido, y tantos otros folclóricos etcéteras.

La interrupción que disfrutaba Conills era la llegada, fortuita o planificada, de sus amigos al bar. Los más constantes eran Bernabé Deulofeu y Edgardo Villar, ambos autóctonos de la Vila y funcionarios jubilados, cuya entrañable fraternidad se remontaba a la más tierna infancia y, contraria a las demás cosas mundanas, había medrado pacientemente mientras Conills aleccionaba en vano a salvajes púberes gallegos que bostezaban en las aulas o espiaban idioteces en los móviles que escondían bajo sus pupitres. A estos fieles secuaces se sumaba, demasiadas veces, Nicanor Molina, un chileno gordo y ludópata, de pasado comerciante, cuyo caudaloso mal beber lo incitaba a reclamar, generalmente cerca de la medianoche y a viva voz, una indemnización por su fracción del botín que Colón & Co. habían choriceado de América. Cuando este exabrupto estallaba, Conills agriaba el ceño y se entregaba a la patriótica tarea de defender, punto por punto y acápite por acápite, las virtudes heredadas de la Conquista Española en el Nuevo Mundo. Villar se limitaba a reír a rienda suelta, achicando un par de nerviosos ojos azules; Deulofeu, habitualmente bajo la influencia del mejor hachís remedado en Algeciras, intentaba mediar entre las partes beligerantes, encarnando súbitamente una especie de amalgama entre el Juez Garzón, Bob Marley, Bartolomé de las Casas y el mítico Rey Salomón.

Precisamente, la tarde en que lo mataría un fatídico hueso de pollo, Conills debatía virulentamente con el chileno Molina. En esta ocasión, la disputa nada tenía que ver con el tesoro americano o la herencia cultural de las carabelas. Se trataba de una cuestión mucho más personal y espinosa. Molina, cansado de soportar otro soñoliento sermón de Conills —y aburrido de que la cervecería Gambrinus se empeñase en servir cañas de nefasta Cruzcampo—, había decidido lanzar un golpe bajo, una zancadilla emotiva que encendiera el round verbal y añadiese acción a la conversación que se desarrollaba alrededor del caldero de arroz. Una alocución franca y amarga saltó desde los morros del sudamericano, que muchos milenios después se arrepentiría de su brusquedad:

—Mira, Pere, déjate de cuentos y chimuchinas. En serio: basta de excusas. En vez de andar soltando babas académicas podrías encerrarte y escribir tu famoso libro.

—Aún me faltan fuentes históricas legítimas. Tú crees que esto es algo tan fácil como escribir un poemita de autoayuda. ¡No! La Historia Universal de…

—¡Basta, tío! He escuchado más de mil veces tus declamaciones sobre la Historia Universal de Villajoyosa, y todavía no he visto una página o un adelanto. ¿Al menos llevas un par de páginas escritas? O sólo estás engordando una nube de humo para que los borrachos de los bares te llamen el historiador y puedas pasearte con la barbilla en alto. Nosotros somos tus amigos y te queremos. No es necesario que nos engañes con laureles intelectuales y publicaciones. Lo único que has hecho en estos años ha sido pasar de bar en bar y analizar los distintos tipos de uva y cebada que fermentan en tu panza. De estudio, nada. ¡Nada de nada!

—Eh, Nicanor, tranquilo, cálmate —intervino Villar.

—Sí, macho, no te pases —complementó Deulofeu, con voz tersa y fumada, mientras la cara del ofendido Pere Conills adquiría un tinte similar al de una buganvilia.

—¡No permitiré que se me agravie de esta manera! —exclamó dando un golpe de puño en la mesa. Hizo el ademán teatral de incorporarse, pero su débil musculatura no pudo provocar el envión suficiente para conseguirlo, y su flácido trasero volvió a pegarse al asiento.

Los tres mosqueteros de Conills contuvieron la risa, y el mismísimo ofendido estuvo a punto de ceder ante una carcajada que parecía inevitable. Sin embargo, una reserva de orgullo le amargó las esquinas de la boca, y Pere escrutó directamente la mirada altanera de Molina, que sacaba pecho en su silla y comía arroz como si tuviera una lombriz solitaria en el estómago.

—Escúchame, gordo Molina —Conills lo apuntó con el dedo índice, bebió un sorbo corto e inició su contraataque desde su rincón—: Sí, tío gordo, a ti te hablo. Creo que no tienes ni la más remota idea lo que hablas. Seguramente, en tu mente de fenicio sudamericano acostumbrado a firmar facturas y comprobantes, la idea de escribir una obra histórica capital de occidente aparece como un asunto simple, trivial, de fácil hechura. Algo similar a un panfleto que depende de la mera voluntad del escritor.

—¿Y si no es de la voluntad, de qué depende? —interrogó Villar.

—¿Acaso los libros aparecen por magia? —picaneó Molina.

Deulofeu percibió con preocupación que la tez de Conills volvía a enrojecerse de furia y vergüenza, e intentó convidar algunas palabras conciliatorias. El historiador injuriado se le adelantó y cerró su defensa para siempre:

—¡Paletos! Acaso creen que no he teorizado el devenir y los orígenes de la Vila. Estoy esperando fuentes históricas. El historiador debe remitirse férreamente a las fuentes históricas y todavía no he recabado un número necesario para acometer…

—¡Excusas de puta floja! ¡Escribe de una buena vez, macho! —gritó Molina, ante la sorpresa de la camarera y varios comensales.

Conills dio otro puñetazo a la mesa, derramando un poco de vino de su copa en el mantel de papel. Se llevó, poseído por la rabia, una pata de pollo a la boca, que sus molares quebraron desafortunadamente.

¡Necesito más fuentes his..! —alcanzó a exclamar con la boca llena, antes de percibir el pinchazo crucial del huesito.

—Conills empezó a carraspear y atenazarse el cuello con las manos. Molina y Villar acudieron desesperadamente en socorro del atorado. Deulofeu, fumadísimo, llamó a la camarera, al cocinero, y a una ambulancia que llegó berreando a la escena. Mientras algunos parroquianos del restaurante observaban con espanto, Conills sentía que la muerte ya le frotaba el cuello, aunque extrañamente reparaba en la coincidencia de su apellido y la causa de su deceso. Peor sería asfixiarme por un hueso de conejo, calculaba mentalmente, entre el dolor y la asfixia total. Además de procesar esta macabra e inverosímil ocurrencia, Conills presagiaba el inminente fin de sus grumos de oxígeno, y vaticinaba, sin muchas dudas, que la reencarnación o el balcón de San Pedro no eran un mito, pues repentinamente atestiguaba a su cuerpo desde la perspectiva de un tercero. Sí, el alma de Conills ya revoloteaba por el techo del restaurante, provista de clarividencia, y se maravillaba ante ese cuerpo separado del alma, que era zamarreado por sus amigos y por vehementes paramédicos. Entonces, cuando su espíritu (o el logos desgajado de la carne) contemplaba que los ojos sórdidos de Molina se poblaban de lágrimas, ocurría una sorpresa incluso mayor que contemplar su propia muerte pedestre y obscena: el tiempo se galvanizaba. El presente se detenía, cristalizándose por un instante inconmensurable, y tras esa pausa, los hechos cumplidos parecían deshacerse, desconsumarse, retroceder como náufragos vectores disparados hacia el Big Bang. Y a contracorriente de lo que el alma de Pere Conills pudiese esperar o creer, ella misma no se realojaba en su anterior cuerpecito, sino que iba planeando en un remolino de dulce vértigo y aire. El hueso de pollo se recomponía entre los molares y varaba en el caldero de arroz. Grecia y Oriente se equivocaban al sugerir que la transmigración debía seguir el forzoso sentido del futuro, la misma dirección que tiranizaba a los vivos. Y así, desde la dimensión donde naufragaba en reversa el confundido espíritu de Pere, todo podía verse con espeluznante nitidez. Molina hablaba como un cassette rebobinado y decía sanihcumihc y sotneuc ed etajèd. El canuto de Deulofeu se reintegraba en sus labios resecos, y el sucio pétalo de hachís llegaba a su refugio de papel de aluminio. Los cuatro amiguetes descomponían sus pasos varicosos, alejándose de la calle Colón, y el sol gateaba por el cielo añil hasta ponerse en el Este. Y sin aviso alguno, el alma de Pere Conills divisaba el cuerpecito rubicundo y recién nacido del mismísimo Pere Conills en las manos de la partera, que le soltaba la cabecita para introducirlo otra vez en la suave caverna materna. El llanto de su madre se adentraba en ojos almendrados, y furibundas ráfagas de tiempo descosían lo acaecido: los aviones de Mussolini retrotraían sus bombas, la sangre de las Guerras de Sucesión ya no humedecía los andurriales de España; las carabelas reculaban desde las Bahamas hasta Puerto de Palos y la caballería de Jaume I retrocedía para que el Islam, entre cimitarras, oraciones y terrazas de regadío, fuese extendiendo un tapiz de siete siglos en la península.

El alma de Conills se excitaba en el remolino retroactivo. Apostaba que ahora, siendo un testigo incorporal que viajaba propulsado hacia la Antigüedad, conseguiría el sueño que no había alcanzado como historiador de carne, ocio y hueso. Ahora sí que descubriría el espíritu inmutable y colectivo de su ciudad natal y podría prescindir de escribir la Historia Universal de Villajoyosa. Las fuentes estarían allí, al alcance de su percepción. Sin embargo, tras contemplar una caravana bereber sintió un zarpazo de rotundo olvido, y apenas fue capaz de identificarla. La misma desmemoria ocurrió cuando unos desgraciados remeros desviaban un trirreme del embarcadero de Alonis. El ánima de Conills acusó una revelación. Mientras un marinero griego le insertaba las vísceras a un pescado, comprendió que lo olvidaría todo, ya que los hechos estarían sembrados en futuros muy remotos y, a menos que obrara un milagro, sería imposible recordar lo no acontecido. Aterrorizado ante esta perspectiva, intentó maldecir en español y no pudo. A esas alturas ya no existía ese bisnieto milenario del latín. Conills avizoró que su espíritu corría peligro y se desintegraría pronto, confundiéndose con la brisa que agitaba el follaje y las gotas de rocío que doblaban las briznas de hierba y mojaban el hocico tibio de los bisontes. Entonces quiso dar un profundo grito de horror y sintió que súbitamente volvía a tener cuerpo; que unas mimosas uñas le arañaban la espalda; que una voz femenina susurraba una lengua muerta en un habitáculo oscuro, cavernoso, hediondo a amanecer y a peces en salazón.