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RELATO BREVE

Junio, 2017

Noche Blanca

Noche Blanca

Gonzalo Hinojosa

Días más tarde me enteré de que mi colega uruguayo le había puesto MDMA a mi bebida sin decírmelo. Había reunión en su casa y la pequeña sala estaba atestada de gente con copas en la mano y el porro comunal en la otra. Solos de jazz se mezclaban con cumbias selváticas y con el típico rock de ocasión. Mi trasero estaba posado en el sofá y mi cuerpo se preparaba para caer en la somnolencia que provoca la cerveza tomada a prisa después de cenar, cuando una euforia descomunal invadió mis entrañas, induciéndome a un trance hasta entonces desconocido. Tenía unas ganas salvajes de expandirme, así que no tardé en hablar con la chica que estaba a mi lado. Había notado que tenía un tatuaje de la cara de Dostoievski y llevaba toda la noche planteándome si debía comentárselo o no. Te gusta el gran Mijáilovich, le dije. Dio un saltito por el susto y, cuando ordenó la situación en su mente, me dijo que sí, que en un momento de su vida en el que nada tenía sentido, El Idiota la había salvado de la desesperación total. Esas cosas pasan, así que no quise preguntar más, sino que me dediqué a meterle un rollazo sobre por qué nuestro amigo ruso era un maestro y ella pareció escuchar encantada. Poco antes de dar el paso coherente de salir a bailar a una discoteca, comenzaron a fluir los gin tonics para que la ocasión tuviera el caché que se merecía. Mi cuerpo estaba más ansioso que de costumbre, pedía ser azotado por ritmos electrónicos con bajos sobrecargados, así que no podía esperar para salir de la casa y dejarme el esqueleto. En la calle el grupo se dispersó de manera inevitable, pero los pocos supervivientes estábamos dispuestos a darlo todo. Sofía, porque así se llamaba mi nueva amiga, quedó entre los que entramos a la discoteca y la química siguió fluyendo entre nuestros cuerpos una vez que estuvimos en la pista de baile. El tiempo parecía haber perdido su densidad y, en algún punto, quedamos solos ella y yo. Ya había asumido que no pasaría la noche en mi cama, así que el paso hacia el piso de Sofía se dio de la manera más natural. Una vez en su cuarto, cometió el acierto de dejarme escoger la música. He notado que llevas un iPod, me dijo, puedes conectarlo a los altavoces, estoy segura de que tienes buen gusto. Sólo a mí se me ocurriría poner Beethoven, pero a ella no pareció desagradarle, sino todo lo contrario. Empezamos a besarnos de manera apasionada y cuando ya era inevitable lo que ocurriría (sólo quedaba la ropa interior por desaparecer de nuestros cuerpos), me dijo que no me preocupara, que se tomaba la pastilla. Nunca llevaba condones encima porque nunca esperaba que me ocurriera algo parecido. No tenía miedo alguno a que algo malo pasara y sólo al día siguiente se me cruzó por la mente la idea de que podía haber contraído una venérea o de que ella podía haber mentido sobre lo de la pastilla. Ya en pelotas me atreví a hacer algo que nunca en mi vida había hecho: comencé a besar sus senos y bajé con la boca poco a poco hasta posar mis labios en su vulva. Era mi primer cunnilingus, así que no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, pero la intuición biológica y las muchas horas pasadas en foros de internet escudriñando las enseñanzas de sexólogos sin título, guiaron mis labios. También parecía ayudarme el póster de Jim Morrison, con su mirada de complicidad sensual, observándonos desde la otra punta del cuarto. Creo que se corrió, porque en algún punto comencé a notar espasmos y, de repente, su cuerpo se arqueó hacia arriba como si una corriente eléctrica terrorífica la hubiera azotado. Antes de comenzar a consumar el acto me pidió, con respiración entrecortada, que esperara un momento. Mi pene pedía a gritos introducirse en su vagina, pero logré contener las ganas de hacer algo agresivo y, después de lo que pareció una eternidad, me dejó penetrarla. Las percusiones violentas de Ludwig nos acompañaban y, justo cuando la sinfonía llegaba a uno de sus puntos álgidos, noté cómo sus paredes vaginales se contraían, invitándome a subir el ritmo y a correrme de manera violenta. Luego llegó la calma y el sueño. Volvimos a hacer el amor al despertar pero no fue lo mismo. Como no se me pasó por la cabeza pedirle su móvil ni ella pareció dispuesta a saber más de mí, perdimos el contacto. Cuando le conté la historia a mi colega uruguayo, me dijo que no sabía quién era Sofía ni cómo había acabado en su fiesta. Supongo que esas cosas pasan, no es la primera vez que alguien se une de manera aleatoria a mis guateques tropicalípticos, agregó con tono orgulloso. El mundo es un lugar curioso y nuestros destinos se van tejiendo rodeados de coincidencias absurdas, por lo que, cuando años después me mudé a Barcelona y una tarde nubosa nos cruzamos en el Raval, no me extrañé demasiado. Iba de la mano de un hombre mayor que ella y a su izquierda caminaba un niño de ojos castaños, con melena y gestos delicados. Fijé la mirada buscando sus pupilas y Sofía agachó la cabeza. A veces, es mejor no preguntar.