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RELATO BREVE

Septiembre, 2018

Gigi y la casa de Nantucket

Gigi y la casa de Nantucket

Rubén Blanes Mora

¿Por qué el polvo que levanta el aleteo de una mariposa nos invita a pensar en la inmortalidad de la literatura?

Gi-Gi, ese es el nombre de mi amigo. Un nombre raro, lo sé. La G se retuerce con la i, y tras un intento por no reírte delante de sus narices, repites el gesto con incredulidad porque la cosa no ha acabado ahí. Es un buen chico. Es joven e incrédulo, pero buen chico. Eso dice su mamá. Yo ni lo confirmo ni lo desmiento. Gigi quiere ser escritor. Por ello, y no por otros asuntos, pongo en duda sus intenciones.

Cuando nos encaminamos hacia a la noche oscura, con algún que otro neón siempre en mal estado, se queda embriagado por todo lo que acontece a su alrededor, ya sea una persona llorando de risa o un mendigo que dormita en un saliente repleto de bolsas que forman parte de su atuendo, considerando, cada eventualidad, digna de ser tratada por su extraña pluma.

—Esto saldrá en un relato. ¿Te das cuenta? —me dice con rostro ojiplático.

—¿Cómo?

—La literatura está en la calle, macho. Las cosas se escriben solas.

Yo le miró y me rió por dentro. Menudo imbécil. Los que creen que las cosas ocurren porque el azar y la buena voluntad de las circunstancias impelen a los hechos a presentarse porque sí, delante de nuestras bellas naricitas, no son más que unos mentecatos del tres al cuarto. Pero Gigi no lo es. El cree en lo que dice. Y yo creo en Gigi. Tiene razón. Vaya si la tiene.

—La literatura —me decía el otro día— es como el fluir de un río; mueve las desavenencias e ilusiones de cada ser humano. Necesitamos narrar las contradicciones inherentes al ser humano…

—Stop, Gigi. Necesito una copa para aguantar el sermón.

Gigi sonríe porque sabe que no tiene ni idea de lo que habla; por ello más razón, si se me consiente tal contradicción.

—Lo difícil está en dominarla, en concretar qué contar y cómo. Es como salir a cazar mariposas y preguntarse, ¿cazo solo las más bonitas o las que me faltan para completar la colección?

—Nabokov cazaba mariposas.

—Nabokov era ruso.

—¿Y?

—Nada. No entiendes.

Cuando dice esa frase me repatea las pelotas porque no solo me desprecia sino que afirma con su cara la rotundidad de su excelso conocimiento. Lo que no sabe Gigi es que, desde que lo conocí, en las noches en las cuales no salimos, que suelen ser pocas, yo me las paso leyendo a los clásicos rusos: de Pushkin a Gógol, de Chéjov a Nabokov, pasando por Tolstói y olvidando a Fiódor que me deprime, no por su literatura, sino por su gesto tan rotundo y tacaño. Podría machacar a Gigi a base de bien, disertar hasta hundirle en la más miserable de las miserias, pero no lo hago porque Gigi me gusta. Yo creo en Gigi, como he dicho antes.

Nuestro tema predilecto, que de esto va lo del polvo de las mariposas, lo inicio nuestro común amigo Ernest cuando en un arrebato de simplista incredulidad describió, no sin acierto, la escritura de Francis del siguiente e incestuoso modo: «Su talento eran tan natural como la marca del polvo en las alas de una mariposa». ¡Qué bella manera de expresar la envidia! ¡Qué grandilocuencia la de esa combinación de sonoridades e imágenes! Mágicas palabras, dijo un día Gigi. ¿Mágicas?, repiqueteé yo.

—La autoficción es la clave, amigo. Él supo —es decir, Francis— agrupar todas sus vivencias, dotarlas de sentido, mejorarlas cuando tocaba y expandirlas hasta hacerlas universales. Algo que todos desearíamos hacer pero nos está vedado.

Siempre se pone rotundo si encuentra un camino infestado de trampas en sus eternas divagaciones. Si la literatura es un proyecto tan humano como Gigi defiende, ¿por qué siempre nos parece inaccesible y solo apta para mentes maravillosas?, ¿qué hace que sea tan importante para dos tontos como nosotros?

—Vivimos en el 2017, y no en 1914. El mundo ya no es tan interesante, y sin vivir una vida interesante no tenemos nada que contar. Solo espero que la cosa empeore.

—Eres tremendo.

Gigi se ríe porque sabe que, en buena medida, tiene razón. Es necesario que el mundo se hunda para que la literatura nos rescate pero, ¿no sería suficiente con vivir una vida normalita? Piensen en la de John Cheever, aunque le demos de más a la botella, podríamos escribir unos cuentos de lo más amenos repletos de un simbolismo atroz y tronchante: Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado».

—No. Los cataclismos son fundamentales para el ser humano. Lo que me gustaría pensar es que los motivos, que bien sabes, no podemos buscar, son ellos los que nos buscan, me darían el coraje que me falta para escribir algo decente.

Gigi y yo nos miramos atónitos. El bar donde platicábamos se había vaciado, la música cesado y el camarero, calvo y medio idiota —es un buen hombre los domingos y los lunes— se había largado y nos había dejado encerrados allí dentro. Menudo follón, porque hasta la tarde de mañana no podríamos hacer otra cosa que bebernos los estantes, pedirle disculpas por sentarnos en una esquina tan oscura que no nos había vislumbrado con sus ojos de topo, y por vivir tan ensimismados que ni nos habíamos percatado de los cambios que sucedían en nuestro más íntimo contexto. Como ven, Gigi y yo carecemos de cualquier estímulo sexual.

Pasada una semana desde aquel extenuante suceso, me vi inmerso en una espiral repleta de vaivenes emocionales, lecturas compulsivas, -estoy releyendo obras que no dominé en su momento (Tendidos en la oscuridad y Ve y dilo en la montaña, por decir dos de las más enormes)- hasta que, sin desearlo, abrí mí correo electrónico para hallarme inmiscuido en esta extraña historia:

La casa se hallaba en lo alto de un promontorio delimitada por un sendero dibujado con unos guijarros color esmeralda que circunvalaban todo el territorio adoptando la forma de un anillo casi perfecto. Era un espacio cristalino y limpio. El cielo, aposentado a las espaldas de aquel mastodóntico edificio de madera, nosotros seríamos sus arrendatarios, acentuaba la blancura de los muros, y el tejado a dos aguas, vetusto como el mar que lo rodeaba, adquiría la elegancia de un sombrero picudo típico de la antigua nobleza británica. En Nueva Inglaterra todavía sobreviven las buenas costumbres. Una bonita manera de recrear y saludar al viejo imperio.

Cuando mi compañero y yo llegamos hasta aquel collado, descargamos nuestras maletas, saludamos al exterior, repleto de garzas color ceniza, más tarde nos enteraríamos que estaban protegidas, después, desgraciadamente, de que uno de nosotros matase con un tiro certero en la cabeza a uno de aquellos pobres animales, nos dimos un larguísimo abrazo y bebimos de aquella botella que nos había hecho compañía desde nuestra partida allí en Nantucket. El tintineo de las copas al atardecer engrandeció nuestra libertad. La paz que buscábamos se forjó a lo largo y ancho de aquellas playas cuyas melodías marítimas adquirían el sentido único de la existencia de dos hombres venidos a menos.

(Como puedes comprobar, a raíz de la encarnizada discusión del otro día -es mejor que no volvamos a ese bar después de la que armamos-, tú tenías razón: lo elástico de la lengua nos permite manejar a nuestro antojo qué decir y, sobre todo, cuánto estamos dispuestos a fantasear. Siempre había pensado que para escribir era necesario una pizca de supervivencia y otro poco de suerte vital, pero, no podía estar más equivocado: la poética de Aristóteles apunta lo dicho, aunque sigo creyendo que los latinos superaron en excelencia a los griegos, no obstante, y lo digo sin temor alguno, me quedo con el sabor de un buen martini bien nacido el nuevo día. Luego llega la oscuridad; ésta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes).

GI-GI