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RELATO BREVE

Septiembre, 2018

A la de tres

A la de tres

José Sanz Gallego

Habían quedado a las 18 en el perímetro de la casa. A esa hora ya era de noche y los vecinos de los chalets contiguos raro sería que saliesen de casa con el frío que hacía. Igual ocurría con los perros: entraban buscando alfombras y calefacciones.

—Cenaste, ¿no?

—A las cinco de la tarde tuve que hacer el transbordo a un verde en Plaza de Castilla, entenderás que a las tres picar unas sardinas y un botellín no lo quiera denominar cenar.

—No, coño, digo que eso, que si comiste algo. No quiero que vuelvan a sonarte las tripas como aquella vez.

—Sí, sí, eso sí. Tranqui.

—Guay.

Saltaron las arizónicas sin dificultad. Antes habían lanzado por encima de ellas las bolsas de deporte. Una tuvo que ser rescatada de encima de las arizónicas, al estar vacía era difícil proyectarla adonde se quería sin que quedara atorada donde las leyes físicas determinaban.

—Yo creo que ni que forzar la cerradura vamos a tener.

—¿Tan dejado es?

—Es una urbanización muy tranquila, jubilados sin mucha cosa, de vida espartana.

—Vale.

Atravesaron el pequeño jardín, subieron al porche y se ubicaron junto a la puerta de la vivienda. Luis apartó las bolsas a un lado y sacó de una de ellas una barra metálica más próxima a un palo que a una barra por su escasa longitud. Mientras, Daniel verificaba mirando al espacio entre el suelo y la parte inferior de la puerta que no hubiese ningún indicio de luz. Ni cerrojo ni cerradura echada, fue bajar el tirador de la puerta y permitírseles el acceso. Luis entró por delante, con el palo alzado con sendas manos como si fuese a batear la bola de su vida, con los sentidos en extrema alerta.

—Tú, yo creo que no hay nadie.

—Te lo dije.

—Venga, pues a lo nuestro.

—Recuerda bajar persianas antes de encender luces, que los vecinos no vean nada raro.

—No soy un novato, ¿eh?

—Tú hazlo, joder.

—Venga.

El acceso principal se bifurcaba a izquierda y derecha. Cada uno de ellos fue en una dirección, dejando las bolsas justo donde el recibidor se convertía en el fin de página de un hipotético relato de Elige Tu Propia Aventura en el que si querías ir a la izquierda no pasabas a una página concreta y estipulada por un autor, sino que simplemente ibas hacia la izquierda. O hacia la derecha, caso de tener dislexia. Priorizaban dinero en metálico sobre cualquier otra tenencia a la hora de recolectar, y la gradación subsiguiente dejaba en último lugar electrodomésticos y cacharraje: demasiado esfuerzo y espacio para tan exigua rentabilidad.

—Joder, macho.

—¿Qué?

—Van dos habitaciones y de momento lo que más unas sábanas.

—Con esto no cubrimos ni lo que nos ha costado el autobús.

—O cambia la cosa o estaremos ante el fracaso del siglo.

—Yo voy a ver si tiene algo en la nevera, que el lo que tenga en ella dentro suele ser buen indicativo de si esconde cosas de valor.

—Tú lo que tienes ya es gusa, joputa.

—Jajajajaja. Joder, un poco.

—Venga, yo salgo a fumar un momento.

—Recuerda no salirte del porche, que no te vean por la luz del piti.

—Descuida.

Daniel se quedó pensando un instante mientras fumaba que qué triste que el coste de la vida en las ciudades hubiese provocado los flujos migratorios de ancianos a la periferia. De alguna manera se iba haciendo a la idea de cuál sería su inexorable futuro, iba aceptando poco a poco su destino. Apagó el cigarro en la suela de sus bambas y fue al cuarto de baño a deshacerse por el retrete de la colilla, no sin mear antes. Se aclaró las manos y al mirar detrás del espejo se formó una rápida idea de las dolencias y achaques del propietario de la vivienda en base a los productos para el cuidado y limpieza de la dentadura postiza y la larga serie de medicinas que allí había. La única que no le sonaba de cuando los últimos meses de cuidar a su abuelo era un extraño bote. Simulacra 250 Mg ponía en la caja. Cerró, apagó la luz, salió y fue a ver a Luis a la cocina.

—¿Qué, está bueno el yogur?

—Pché. Caducaba en 10 días, éste ha hecho compra hace poco. Y falta una semana para el 25, le cunde la pensión.

—Igual tiene un plan de pensiones privado.

—Lo que sea, pero aquí hay panoja, tío. Tenemos que buscar más a fondo.

—Vamos.

—Espera que acabe el yogur, ¿no?

Revisaron a fondo las habitaciones ya registradas en primera instancia, decidieron dejar las dos que quedaban para trabajarlas de forma conjunta. Era un método de trabajo que les había dado siempre buenos resultados. Como aquella vez en casa del magistrado; menos mal que decidieron llevarse el pen-drive aun sin saber qué tendría. Menudos dos añazos se pegaron tras ir vendiendo a pocos su contenido a la prensa. «Once in a lifetime», decía siempre que lo recordaban Daniel. Y se ponía a tararear acto seguido la canción de los Talking Heads. Tan mal tarareaba que Luis pensaba que cantaba una de Estopa, la de la falda y el Seat Panda.

—Nada que rascar. ¿Y tú?

—Igual.

—Podemos darlas ya por acabadas e ir a por las otras.

—Por mí de acuerdo.

Entraron a la salita. Más reducida en comparación a los dormitorios. Un sofá, una pequeña librería que alojaba un antiguo televisor y un receptor de TDT y un ordenador en una mesita. Mientras Daniel miraba dentro de los cojines del sofá e incluso lo volcaba para ver si había algo pegado a su parte inferior, Luis agitaba los seis libros escasos de la librería en busca de cualquier posible lo que fuese en ellos oculto. Daniel rajó con su navaja la tapicería e introdujo la mano hasta el hombro; Luis echó un vistazo rápido a la tarjeta de visita que había caído de Niebla. En ambos casos decepción: el uno por no topar su mano con ningún sobre y el otro por verificar la tarjeta era un mero señalador.

—El ordenador está encendido.

—Sí.

—Mira tú mientras yo empiezo con la que queda.

—Venga.

Luis salió en dirección a la habitación que restaba por mirar, mientras Daniel se sentaba frente a la pantalla y movía el ratón para quitar el salvapantallas. Había un documento de word abierto a medio escribir. Su última frase era «rápido, ven, tienes que ver esto». Empezó a leerlo:

Habían quedado a las 18 en el perímetro de la casa. A esa hora ya era de noche y los vecinos de los chalets contiguos raro sería que saliesen de casa con el frío que hacía. Igual ocurría con los perros: entraban buscando alfombras y calefacciones.

—Cenaste, ¿no?

—A las cinco de la tarde tuve que hacer el transbordo a un verde en Plaza de Castilla, entenderás que a las tres picar unas sardinas y un botellín no lo quiera denominar cenar.

—No, coño, digo que eso, que si comiste algo. No quiero que vuelvan a sonarte las tripas como aquella vez.

—Sí, sí, eso sí. Tranqui.

—Guay.

Saltaron las arizónicas sin dificultad. Antes habían lanzado por encima de ellas las bolsas de deporte. Una tuvo que ser rescatada de encima de las arizónicas, al estar vacía era difícil proyectarla adonde se quería sin que quedara atorada donde las leyes físicas determinaban.

—Yo creo que ni que forzar la cerradura vamos a tener.

—¿Tan dejado es?

—Es una urbanización muy tranquila, jubilados sin mucha cosa, de vida espartana.

—Vale.

Atravesaron el pequeño jardín, subieron al porche y se ubicaron junto a la puerta de la vivienda. Luis apartó las bolsas a un lado y sacó de una de ellas una barra metálica más próxima a un palo que a una barra por su escasa longitud. Mientras, Daniel verificaba mirando al espacio entre el suelo y la parte inferior de la puerta que no hubiese ningún indicio de luz. Ni cerrojo ni cerradura echada, fue bajar el tirador de la puerta y permitírseles el acceso. Luis entró por delante, con el palo alzado con sendas manos como si fuese a batear la bola de su vida, con los sentidos en extrema alerta.

—Tú, yo creo que no hay nadie.

—Te lo dije.

—Venga, pues a lo nuestro.

—Recuerda bajar persianas antes de encender luces, que los vecinos no vean nada raro.

—No soy un novato, ¿eh?

—Tú hazlo, joder.

—Venga.

El acceso principal se bifurcaba a izquierda y derecha. Cada uno de ellos fue en una dirección, dejando las bolsas justo donde el recibidor se convertía en el fin de página de un hipotético relato de Elige Tu Propia Aventura en el que si querías ir a la izquierda no pasabas a una página concreta y estipulada por un autor, sino que simplemente ibas hacia la izquierda. O hacia la derecha, caso de tener dislexia. Priorizaban dinero en metálico sobre cualquier otra tenencia a la hora de recolectar, y la gradación subsiguiente dejaba en último lugar electrodomésticos y cacharraje: demasiado esfuerzo y espacio para tan exigua rentabilidad.

—Joder, macho.

—¿Qué?

—Van dos habitaciones y de momento lo que más unas sábanas.

—Con esto no cubrimos ni lo que nos ha costado el autobús.

—O cambia la cosa o estaremos ante el fracaso del siglo.

—Yo voy a ver si tiene algo en la nevera, que el lo que tenga en ella dentro suele ser buen indicativo de si esconde cosas de valor.

—Tú lo que tienes ya es gusa, joputa.

—Jajajajaja. Joder, un poco.

—Venga, yo salgo a fumar un momento.

—Recuerda no salirte del porche, que no te vean por la luz del piti.

—Descuida.

Daniel se quedó pensando un instante mientras fumaba que qué triste que el coste de la vida en las ciudades hubiese provocado los flujos migratorios de ancianos a la periferia. De alguna manera se iba haciendo a la idea de cuál sería su inexorable futuro, iba aceptando poco a poco su destino. Apagó el cigarro en la suela de sus bambas y fue al cuarto de baño a deshacerse por el retrete de la colilla, no sin mear antes. Se aclaró las manos y al mirar detrás del espejo se formó una rápida idea de las dolencias y achaques del propietario de la vivienda en base a los productos para el cuidado y limpieza de la dentadura postiza y la larga serie de medicinas que allí había. La única que no le sonaba de cuando los últimos meses de cuidar a su abuelo era un extraño bote. Simulacra 250 Mg ponía en la caja. Cerró, apagó la luz, salió y fue a ver a Luis a la cocina.

—¿Qué, está bueno el yogur?

—Pché. Caducaba en 10 días, éste ha hecho compra hace poco. Y falta una semana para el 25, le cunde la pensión.

—Igual tiene un plan de pensiones privado.

—Lo que sea, pero aquí hay panoja, tío. Tenemos que buscar más a fondo.

—Vamos.

—Espera que acabe el yogur, ¿no?

Revisaron a fondo las habitaciones ya registradas en primera instancia, decidieron dejar las dos que quedaban para trabajarlas de forma conjunta. Era un método de trabajo que les había dado siempre buenos resultados. Como aquella vez en casa del magistrado; menos mal que decidieron llevarse el pen-drive aun sin saber qué tendría. Menudos dos añazos se pegaron tras ir vendiendo a pocos su contenido a la prensa. «Once in a lifetime», decía siempre que lo recordaban Daniel. Y se ponía a tararear acto seguido la canción de los Talking Heads. Tan mal tarareaba que Luis pensaba que cantaba una de Estopa, la de la falda y el Seat Panda.

—Nada que rascar. ¿Y tú?

—Igual.

—Podemos darlas ya por acabadas e ir a por las otras.

—Por mí de acuerdo.

Entraron a la salita. Más reducida en comparación a los dormitorios. Un sofá, una pequeña librería que alojaba un antiguo televisor y un receptor de TDT y un ordenador en una mesita. Mientras Daniel miraba dentro de los cojines del sofá e incluso lo volcaba para ver si había algo pegado a su parte inferior, Luis agitaba los seis libros escasos de la librería en busca de cualquier posible lo que fuese en ellos oculto. Daniel rajó con su navaja la tapicería e introdujo la mano hasta el hombro; Luis echó un vistazo rápido a la tarjeta de visita que había caído de Niebla. En ambos casos decepción: el uno por no topar su mano con ningún sobre y el otro por verificar la tarjeta era un mero señalador.

—El ordenador está encendido.

—Sí.

—Mira tú mientras yo empiezo con la que queda.

—Venga.

Luis salió en dirección a la habitación que restaba por mirar, mientras Daniel se sentaba frente a la pantalla y movía el ratón para quitar el salvapantallas. Había un documento de word abierto a medio escribir. Su última frase era «rápido, ven, tienes que ver esto». Empezó a leerlo:

Daniel fue corriendo a donde estaba Luis. No podía ser. Es decir, era imposible y a la vez estaba sucediendo: estaban ambos en el quicio de la puerta, frente a una habitación blanca que se prolongaba a lo largo hacia el infinito; si contaba con un fondo al menos ellos no podían decir que existiese ni en qué punto se ubicaba. Luis le pidió que encendiese las luces de la habitación contigua y alzase levemente la persiana. ¿Para?, preguntó Daniel. Tú hazlo, quiero comprobar algo. Mientras Luis atendía a su petición, Daniel salió al exterior y comprobó la composición de lugar que se había hecho mentalmente: efectivamente, la habitación contigua era la última, o eso cabía interpretar de la luz que emitía. Por lo tanto era absurdo que en el interior hubiese además de otra estancia una que se prolongaba hacia el infinito. La lógica le confirmaba la imposibilidad de lo que acababa de ver en el interior. Volvió adentro.

—No puede ser, macho.

—Y a la vez es.

—Mira, busquemos algo y vayámonos de aquí cagando leches.

—Igual no es buena idea.

—De perdidos al río.

Comenzaron a caminar por la habitación blanca con inmenso cuidado de no perder de vista la entrada. La puerta la habían dejado fija con la palanca, no fuera a ser que se quedasen allá encerrados. Cada vez que volvían la vista atrás el rectángulo de la puerta se volvía más y más negro, en contraste con la inmensidad blanca que les envolvía por todas partes. Andaron un rato más y allí estaba él. Sentado, en chándal. En un escritorio frente a infinidad de post-its puestos a lo loco unos sobre otros.

—¿Qué es esto?

—Mi casa. Igual debería ser yo quien hiciese las preguntas, ¿no?

—Le juramos que no hemos robado nada.

—Lo sé, Daniel.

—¿Cómo sabe…

—Lo sé todo sobre vosotros. Sé pasado, presente y futuro.

—No puede ser.

—Sí que puede. Soy el narrador omnisciente.

—¿Lo qué?

—Digamos que soy Dios.

Se hizo un silencio. Luis retomó la conversación:

—¿Si sabes todo qué es lo que voy a hacer ahora?

—Si te lo enuncio yo te condiciono e igual es una trampa mía para que hagas lo contrario.

—¿Insinúa que no somos dueños de nuestros actos?

—Eso es. En la misma medida que yo tampoco, dependo de un tercero.

—¿Cómo?

—El autor. Soy una suerte de embajador o agregado suyo, un ardid. Y a mí me ha tocado el papel de saber vuestras vidas y pensamientos en toda línea temporal. E igual no estoy satisfecho con ello pero es lo que hay. Igual yo prefería ser personaje y haberme comido ese yogur que te comías tú antes o una mera descripción de la casa. Es un coñazo esto, creedme.

—¿No se puede salir de aquí?

—Sales cuando él quiera y existes cuando alguien te lea. Una existencia en bucle en la que estás condenado a hacer lo mismo una y otra vez.

—Podemos unirnos contra él, tú sabrás donde está.

—Lo sé, y es imposible llegar.

—¿Por qué?

—Sólo podríamos hacerle daño a través de un tercero de su mismo plano al que condicionar para que le mate. Y no parece muy por la labor.

—Igual podemos probar esa idea.

—Ya te digo yo que no.

—¿Y si te matamos a ti?

—Sólo conseguiréis un final violento que se repetirá de forma eterna. Ya que habéis empezado la historia con un allanamiento de morada igual sería bonito hicieseis algo que os redimiese al final, ¿no?

—Podemos escribir que el autor muere.

—Eso es inútil. De donde ellos son la gente muere en la misma medida que nosotros no, o al menos en el sentido que lo hacen ellos.

—¿Y si nos negamos a hacer nada? ¿Si permanecemos quietos y callados?

—También es inútil. Lo único que nos puede servir de consuelo es que de donde vienen ellos igual también están condicionados, igual también hay algo que les anula su libre albedrío.

—¿No pueden hacer lo que quieran pero a la vez nos chulean?

—Algo así, sí. Digamos que somos fruto de sus miedos.

—¿No existe una ética, un pararte a pensar si están creando una existencia de mierda encima condenada a repetirse en bucle?

—Les suda la polla a mares a ellos y el coño a riadas a ellas. Y eso por no hablar de cuando las vidas son empeoradas de forma apócrifa.

—¿A qué te refieres?

—Tú en un rato me matarás, Luis. Pero ese final no impide que quien quiera retome los personajes y lo cambie o amplíe los hechos o lo que le venga en gana. Y no necesariamente tiene por qué resultar mejor la cosa.

—Vaya mierda, macho.

—Ya.

—Pero tú también quieres escapar de tu condición, ¿no?

—En la misma medida que si al autor le fuese presentado Dios lo primero que intentaría sería darle una patada en la boca. Creo que autores y personajes no somos demasiado distintos.

—He visto que tienes ahí una pistola.

—La acaba de dejar el autor mientras hablábamos. No es ni capaz de hacer un deus ex machina en condiciones.

—Propongo que nos matemos.

—Todos a la vez. Tú disparas a Daniel, Daniel a mí y yo a ti.

—¿Con qué otras dos pis…

—El autor acaba de poner una en vuestras manos, Luis. Además, si te intentas acomodar la virilidad descubrirás que también te ha sustituido la polla por una vagina. Ése es su rollo.

—Qué hijo de puta.

—Ya.

—Venga, pues a la de tres.

—Uno, dos, tres.

Silencio.

Este texto pertenece a la colección de relatos de Jose Sanz Gallego publicada por Libros Walden, bajo el título de Sábados piloto (2018).

Este texto pertenece a la colección de relatos de Jose Sanz Gallego publicada por Libros Walden, bajo el título de Sábados Piloto (2018).