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Los discursos, máximas, oraciones e hipérboles del papa Belardo y del cardenal Voiello reunidos en un fascinante Evangelio apócrifo.

De entre las muchas horas de narración de The Young Pope, Paolo Sorrentino ha sabido extraer el hilo musical de un libro auténtico en el que resuenan, detrás de cada página, ecos de ese otro mundo misterioso e inmenso por el que el autor siente un «doble y contradictorio sentimiento de fascinación y recelo». A la pregunta: ¿quién es Dios? planteada con un cierto sentido de la ocurrencia, pero siempre con la más abierta curiosidad e interés, sigue esta otra: ¿qué significa dar peso a Dios?

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Los discursos, máximas, oraciones e hipérboles del papa Belardo y del cardenal Voiello reunidos en un fascinante Evangelio apócrifo.

De entre las muchas horas de narración de The Young Pope, Paolo Sorrentino ha sabido extraer el hilo musical de un libro auténtico en el que resuenan, detrás de cada página, ecos de ese otro mundo misterioso e inmenso por el que el autor siente un «doble y contradictorio sentimiento de fascinación y recelo». A la pregunta: ¿quién es Dios? planteada con un cierto sentido de la ocurrencia, pero siempre con la más abierta curiosidad e interés, sigue esta otra: ¿qué significa dar peso a Dios?

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El peso de Dios

− Índice

El peso de Dios

− Índice

Prefacio, por Paolo Sorrentino

Elenco de personajes principales

Prólogo

Capítulo primero
Un Dios terrible.
La guerra de Lenny Belardo

Capítulo primero
Un Dios terrible. La guerra de Lenny Belardo

Capítulo segundo
El proyecto secreto

Capítulo segundo
El proyecto secreto

Capítulo tercero
Miedo y libertad.
El Dios escondido y el Dios niño

Capítulo tercero
Miedo y libertad. El Dios escondido y el Dios niño

Capítulo cuarto
Dios sonríe. El amor de Lenny Belardo

Capítulo cuarto
Dios sonríe.
mEl amor de Lenny Belardo

Prefacio

Prefacio

por Paolo Sorrentino

Los prefacios son siempre peligrosísimos. Ésa es mi opinión.

En los últimos años, como le ha sucedido a muchos, se me ha pedido escribir un prefacio a este o a aquel libro, y yo he declinado siempre amablemente, por diversas razones.

Como lector, son muchos los libros que no he abordado, desalentado por los prefacios, debido a la cantidad de indicios que éstos ponen sobre la mesa, sea porque te hacen creer que el libro que estás a punto de leer es demasiado complicado para tus pobres facultades intelectuales o porque, todavía peor, te da la sensación de que el prefacio, tan rico y lleno de matices, está más logrado que el propio libro y su lectura corre el riesgo de ser sólo una mera dilatación de cuanto ya contiene el mismo.

Otras veces, la lectura del prefacio se revela tan penosa y compleja que llegas a la primera página del libro exhausto, extenuado y cansado, y decides pasar a otro libro.

Quizá, con suerte, se encuentre uno libre de prefacio.

Algunas veces, además, sientes en el prefacio tal exceso de entusiasmo y tal alarde de observaciones y de vértigos culturales que terminas sospechando que el libro mismo no podrá estar a la altura del prefacio. Otro motivo para no leer el libro.

En definitiva, el prefacio es un riesgo. Y tal vez sólo cobre sentido en la medida en que el lector astuto sepa coger al vuelo, sin sentimiento de culpa, la oportunidad de no leerlo, de saltárselo a pies juntos, para volver a él quizá en un segundo momento, cuando el libro haya terminado.

Pero también en estos casos se abre camino otra sospecha: apenas el libro presenta el mínimo indicio de dificultad, te atormenta la exigencia ineludible de leer el prefacio para aplacar tus dudas. Y el problema vuelve a plantearse.

El prefacio no sólo es peligroso, sino que corre el riesgo de ser aburrido. Quizá por esa razón se encuentra pocas veces en otras formas de arte, y cuando aparece, infunde un cierto temor y una cierta inclinación a la pereza.

Ejemplos de prólogos ajenos al objeto del libro podrían ser esas raras incursiones, en la representación teatral, del cómico principal que, antes de iniciar el espectáculo, se presenta en el proscenio, con el telón todavía echado, y comienza a hacer recomendaciones y preámbulos que, en lugar de estimular la curiosidad del espectador, terminan por minarla. Además, el prefacio teatral corta de raíz la sorpresa de ver al actor en escena. Esta anticipación paratextual desinfla el interés del espectador.

O, en el cine, esos largos escritos en la pantalla que preceden a la película e infunden un cierto pánico al espectador, que comienza a hacerse apresuradamente dos preguntas: ¿llegaré a leer y entender todo antes de que el letrero sea brutalmente eliminado? Y, si no soy capaz, ¿podré comprender la película? Porque tales escritos nos dejan siempre la sensación de desempeñar un papel fundamental y decisivo para comprenderla.

Y después del primer acto, si no te resulta claro el desarrollo narrativo, te susurras a ti mismo: «¡Claro! No me ha dado tiempo a leer los letreros iniciales».

Y, por otro lado, el prefacio, muy a menudo, alimenta la ambición de contener una síntesis, un sentido último del contenido del texto. Y yo tengo una suerte de repulsión instintiva hacia ese deseo morboso y colectivo de atrapar el sentido último de las cosas que contiene un artefacto artístico.

Me parece decepcionante, como cuando descubres, por la mañana, que por desgracia no queda ya nada de la buenísima tarta de la noche anterior.

Todos estos preámbulos al prefacio para decir que ahora, por primera vez, no puedo eximirme de escribir un prefacio. El libro es mío y no de otros. Y el editor ha sabido ser convincente y me ha hecho creer que, sin prefacio, este volumen correría el riesgo de ser un triunfo de la inutilidad. Vana y desastrosa ha sido mi tentativa de convencerlo de que, incluso precedido de un espléndido prefacio, el resultado corre el riesgo de ser el mismo. No ha querido atender a razones.

* * *

He trabajado en The Young Pope por muchísimo tiempo. La idea me vino a la cabeza hace años y me ha ido volviendo continuamente con el tiempo, para después ser súbitamente autocensurada en la convicción, equivocada, de que en un país como el nuestro, ciertos temas, tratados con franqueza, podrían ser tabú. Pero con gran sorpresa, cuando he reunido el valor de compartir con los productores estos pensamientos, los he encontrado disponibles y con grandes dosis de abnegación para llevar adelante el proyecto. Y las resistencias que imaginaba que pudieran haberse presentado no han existido o han sido muy blandas. Y poco a poco, conforme avanzaba el trabajo, me he ido dando cuenta de que eran muchos los temas que tocaba el proyecto. El formato serie me ha ayudado a abrazar la multiplicidad de enfoques y personajes, pero ha alejado naturalmente la posibilidad, para mí, de captar una síntesis, un sentido último de las cosas.

Esta característica, que para muchos es un defecto, es para mí una virtud.

Para los detractores, esto es producto de la confusión mental, pero para mí sólo un cierto grado de confusión puede captar los matices de la belleza y de la veracidad.

Al margen de que, detrás de la confusión, se esconde un orden narrativo y estructural, que corresponde a mi labor «técnica».

Aquel que entiende este orden, puede apreciar y sentir emociones o encontrar la fuerza y la inspiración para hacerse nuevas preguntas.

Aquel que se pierde, tiende a menospreciar la cuestión tachándola de aburrida, autorreferencial y grotesca.

Por las razones ya expuestas, pues, este prefacio no puede contener divagación alguna sobre los significados de mi trabajo, o un sentido último de su razón de ser.

Porque no lo hay, y cuando lo hay, no es relevante a mis ojos.

En lo que me respecta, como sugería antes, insisto en mi reticencia inflexible a captar un significado global y definitivo. El famoso «mensaje», buscan algunos. El mensaje que daba urticaria a Billy Wilder y que le llevó a decir: si buscáis un mensaje podéis probar en la oficina de correos.

No puedo dejar de pensar que la desmesurada búsqueda de mensaje en una película, un libro o una serie de televisión debe ser el legado de una honda educación religiosa. La idea, muy en el fondo, de la parábola con una moraleja final. El cine como una apología. El símbolo como arcano a descifrar con el auxilio de la inteligencia y de la cultura. Pero siempre he defendido que no tendría por qué haber parábola, ni mensaje, sino sólo una organización replicada y creativa de la vida tal y como se presenta, teniendo en cuenta el contexto y la coherencia interna.

Coherencia que puede aparecer, al implacable buscador de mensajes, como una incoherencia.

Por estas razones, me es imposible revelar qué dice o de qué trata The Young Pope.

O, mejor aún, a veces me resulta claro el significado de mi trabajo, pero revelarlo me aparece como una violencia, una limitación, un empobrecimiento.

Si un espectador se acerca y me dice: «yo he visto esto», sería una presunción de mi parte decirle que es un error. Si ha visto tal cosa, quiere decir que a él la película le ha dicho tal cosa.

Y está muy bien que sea así.

Además, fiel al lema de una célebre escritora, para quien todo lo que es decisivo en la vida de una persona sucede antes de los veinte años de edad, puedo decir únicamente de dónde bebe The Young Pope y no lo que pueda significar.

Por tanto, sólo me siento capaz de revelar los orígenes y de remontar la inspiración que me ha conducido lentamente a la organización de este trabajo tan extenso.

Y el origen está en un sentimiento doble y contradictorio de fascinación y desconfianza en mis relaciones con el clero. El mundo de los sacerdotes. Constelaciones que he podido conocer cotidianamente, durante cinco años, cuando asistía al instituto clásico de los Salesianos de Nápoles, de los catorce a los dieciocho años. Por tanto, la escritora, una vez más, tenía razón.

En definitiva, un mundo de recuerdos agigantados en su alegría y su dolor, como es normal en la etapa de transición a la adolescencia. La incursión de un jovencito asustado en un universo que es, por encima de cualquier cosa, estético; el mundo del clero. La sobriedad, el orden y la limpieza de sus salones. Que contienen la nada. Un sofá de cuero sintético, dos sillones, una mesita con la estatua de una Virgen triste, un único cuadro diminuto en la pared: Don Bosco. Que se aparecía en todas partes, con su sonrisa confortante y conclusiva, para recordarte que tus preocupaciones juveniles podrían hallar una solución en aquel atisbo de sonrisa, si bien después, en el fondo, sabías que no sería nunca así. Las preocupaciones juveniles no se liberarían jamás de aquella imagen reconfortante que reaparecía en todas partes. Hace falta algo bien diferente para aplacar la inquietud de los jóvenes. Se requiere transitar a la edad adulta. Hace falta, sencillamente, esperar.

La penumbra de las habitaciones, omnipresente. El escritorio de los despachos de los sacerdotes, siempre de cristal, con tonalidades de verde oscuro. Había algo de profundamente embriagador en aquellos despachos. Y algo de siniestro. La sombra del homicidio sobre la puerta, amenazando con caer en cualquier instante, corroborada por la fisiológica y ambigua autoridad de la figura del clérigo.

Una orgía de miradas y de silencios, los clérigos. Incluso aquéllos alegres, aquéllos que esperaban la euforia de una hermosa jornada, no convencían nunca del todo a un joven de quince años.

¿Qué podría motivar la alegría de un sacerdote? No lograba hacerme una idea, como tampoco lograban entender mis compañeros de clase. Aquella alegría, nos decíamos, se justificaba sólo en nombre del pecado. Un pecado que los sacerdotes trataban de conjurar constantemente de nuestras mentes y de nuestros cuerpos. Pero que a ellos, en el fondo, se les debía conceder. Estaban emancipados y eran autónomos, sobre todo el domingo, cuando no tenían que ir al colegio. Cuando se abrían las compuertas de la libertad del sacerdote. El lunes, los ojos de los prelados nos parecían ocupados por la felicidad de un pecado cometido durante la desenvoltura y la soledad del domingo, en la desolación del barrio a la hora de comer.

El lunes, para un estudiante, es la muerte. Para el sacerdote parecía la vida. Pero quizás eran sólo elucubraciones estúpidas de jovencitos fantasiosos. El lunes, para ellos, de forma mucho más verosímil, representaba el retorno a la enseñanza, al contacto con los jóvenes. He ahí la razón de aquella alegría acuosa en los ojos, que a nosotros nos parecía eternamente inoportuna.

Y las monjas que vivían a su servicio, otra desmesurada fuente de sugestiones, se deslizaban invisibles entre los muros. No se presentaban nunca, existían sólo en el rumor de sartenes al fondo del comedor. Al servicio de los sacerdotes, veinticuatro horas.

Una mente malvada, cuando se entra a hurtadillas en el mundo del clero, podría pensar que las monjas, en realidad, no eran más que un ejército de criadas con velo. Es una sospecha fundada. Dicen estar al servicio de Dios, pero en la mayor parte de los casos están al servicio de los clérigos. Yo lo he visto. Y de vez en cuando, si uno se adentraba en las plantas prohibidas, era fácil oír ciertos lamentos articuladísimos acerca de la ausencia de las monjas en los quehaceres domésticos. Los sacerdotes lo consideraban algo que correspondía a ellas. La voluntad de Dios sea hecha, decían nuestros sacerdotes y profesores. Y la voluntad de Dios, no podía faltar, para las monjas, consistía en desempeñar lo mejor posible las labores domésticas al servicio de los hombres. Sin salario, sin compensación de ningún tipo.

Quizás esto no sea más que un lugar común, como cuando se dice que la azafata de una compañía aérea, en el fondo, no es más que una camarera de alta gama, pero las monjas parecían criadas domésticas al servicio exclusivo de los sacerdotes y, durante el tiempo restante, de Dios.

Y después estaba, siempre, todas las semanas, obtuso y decidido como un jugador de fútbol americano, el sacerdote que enseñaba religión y se presentaba en clase con algunas fotocopias y un título rimbombante: Proyecto educativo pastoral. El proyecto era siempre el mismo, pero él lo enriquecía un poquito cada vez de pequeños detalles, con una paciencia de cartujo, y los exponía como una novedad. Nos lo presentaba como una revolución inminente. La sola lectura de aquellos dos folios fotocopiados tendría que haber hecho de nosotros, de acuerdo a sus intenciones, no sólo cristianos impecables, sino también hombres maravillosos y mentes brillantes que habrían de guiar al mundo. Creía tanto y de tal modo que inspiraba, en los poquísimos muchachos sensibles, un sentimiento desgarrador de ternura. Pero más a menudo, en lo que respecta a la mayoría, aquella utopía pastoral estimulaba una ferocidad y una maldad que he vuelto a encontrar muy a menudo después. Aquellos que ya fumaban no dudaban en prender fuego a la famosa fotocopia; los más románticos, hacían aviones de papel. Otros usaban la parte de atrás para dibujar viñetas obscenas.

En fin, durante aquellos cinco años nos divertimos ignominiosamente con el sonido de aquellas palabras que no entendíamos: Proyecto educativo pastoral. Un adolescente no aspira a ningún proyecto, no desea ninguna educación y definitivamente no entiende el significado de la palabra «pastoral».

Después estaba el fútbol, que se jugaba en el oratorio a todas horas. Debe reconocerse que los salesianos daban una importancia capital al fútbol y sobre esto les estaré siempre agradecido. Durante esa suspensión de la vida que representa un partido de fútbol, adolescentes sudorosos y pálidos hombres de Dios encontraban finalmente una plena sintonía.

Por decirlo en una palabra muy querida para ellos: una comunión.

Después, cada año, la apoteosis. Los retiros espirituales. Las intenciones de los sacerdotes se quebraban contra el vitalismo exasperado de los granujillas, algo repulsivos, de dieciséis años. Querían llevarnos por el camino de Dios, sin atajos; nosotros conocíamos sólo el camino del ascensor secundario, en un convento lejano, que conducía a lo prohibido: en la última planta, en un silencio irreal, sobresalía un cartel que nos dejaba con la boca abierta: MONJAS DE CLAUSURA.

En ese punto nuestro coraje desaparecía miserablemente. Corríamos de nuevo hasta abajo, porque no tendríamos nunca el valor de un encuentro cercano con la quintaesencia de lo prohibido, la monja de clausura. Estos seres desconocidos y misteriosos, monstruos del silencio y de la plegaria. Sombras de belleza en nuestras charlas, que han alimentado morbosamente todas nuestras fantasías. Mi fantasía. Que se puede encontrar aquí y allá en el libro que están a punto de leer.

***

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