¡YA EN PREVENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMIC EXISTENCIALES!

APERITIVO ONLINE

Salvador Real, un periodista especializado en temas paranormales, decide retomar una antigua investigación sobre un polémico caso de contactismo extraterrestre. Lo que debía ser, en principio, una mera revisión de un tema olvidado, acaba convirtiéndose en una odisea donde los accidentales protagonistas se ven obligados a enfrentar a una imposible confabulación que podría cambiar el mundo para siempre.

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Salvador Real, un periodista especializado en temas paranormales, decide retomar una antigua investigación sobre un polémico caso de contactismo extraterrestre. Lo que debía ser, en principio, una mera revisión de un tema olvidado, acaba convirtiéndose en una odisea donde los accidentales protagonistas se ven obligados a enfrentar a una imposible confabulación que podría cambiar el mundo para siempre.

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10 000 millones de naves − Capítulos

VII

Capítulo siete

VIII

Capítulo ocho

IX

Capítulo nueve

X

Capítulo diez

XI

Capítulo once

XII

Capítulo doce

XIII

Capítulo trece

XIV

Capítulo catorce

XV

Capítulo quince

XVI

Capítulo dieciséis

XVII

Capítulo diecisiete

XVIII

Capítulo dieciocho

XIX

Capítulo diecinueve

XX

Capítulo veinte

XXI

Epílogo

I

Salvador miró la pantalla del teléfono móvil sin decidirse a responder. Era de nuevo Solano, el director de la revista Límites que, con toda probabilidad, le llamaba para hacerle alguna oferta laboral de esas que tanto le gustaban: rellenar unas páginas con un plazo de entrega imposible, a cambio de una cantidad de dinero ridícula. A Salvador, además, le constaba que no era santo de su devoción; pero, al mismo tiempo, sabía que podía confiar en él para cubrir de manera diligente cualquier encargo, a publicar, por supuesto, con alguno de sus seudónimos oficiales.

Hacía ya mucho tiempo que no publicaba nada con su nombre en Límites, una de las revistas más populares en el mundo de la llamada prensa del Misterio. ¿Por qué? Había tomado la decisión de no figurar como autor en todos aquellos textos que dedicaba a temas paranormales y esotéricos. Eran muchos años ya en el gremio, y se había cansado de que le encasillaran en un tipo de periodismo que le cerraba la puerta a cualquier medio con un mínimo de rigor y profesionalidad.

Guardó el móvil y decidió apurar el café que acababa de pedirse. Sabía que, si se hacía de rogar, el tiempo jugaría a su favor. Sí, por supuesto, también cabía la posibilidad de que la revista encontrara a cualquier otro incauto que les cubriera el expediente; pero al mismo tiempo presuponía que, si le estaban llamando a él, era porque alguien les había fallado en el último momento, o no habían conseguido ningún artículo o texto que superara sus nada exigentes estándares de calidad. No respondiendo al teléfono ya estaba negociando.

Salió del bar donde desayunaba cada mañana y volvió a su casa, no sin antes pararse a revisar las portadas de la prensa diaria en el quiosco, donde se le permitía husmear entre su amplia oferta impresa. Hojeó con cierta parsimonia los periódicos, esa prensa para la que siempre anheló trabajar; pero su tiempo de ser un periodista, uno de verdad, ya había pasado. Un poco más arriba, no muy lejos de las ya obsoletas revistas porno, estaban las revistas dedicadas al Misterio, con sus portadas cíclicamente recicladas, que se habían convertido en su particular cementerio de elefantes.

En el camino de regreso a su piso comenzaron a asaltarle ciertas dudas: no tenía trabajo estable, era un autónomo (o freelance, como decían los jóvenes más modernos, aunque él prefería el término mercenario) que apenas llegaba a fin de mes. Quizá debería haber cogido esa llamada.

Salvador, ya en casa, intentó relajarse. No fue capaz. Primero, porque esa mañana no tenía nada que hacer, y segundo, porque ya no pudo evitar estar pendiente del teléfono. Trató de distraerse viendo la televisión, sin mucho éxito. Cuando el móvil volvió a sonar no dudó en atender la llamada de Solano.

—Hola —dijo fingiendo una voz despreocupada.

—Salvador, ¿qué tal? Por fin te pillo.

—Sí, disculpa, estaba en una rueda de prensa esta mañana y no podía atenderte.

—No te preocupes. Escucha, ya te puedes imaginar para qué te llamo. Tengo que cerrar un número especial para el viernes que viene. Es un monográfico sobre el tema OVNI y me han dejado colgadas ocho páginas. ¿Puedes rellenarme algo?

—¿Así de repente? Sabes que no me gusta trabajar de este modo. Además tengo varias cosas entre manos.

—Ya, ya. —Podía notar cómo a su interlocutor le hastiaba aquel teatrillo—. Sé que estás muy ocupado, pero éste es un caso especial. Este número va a ser potente, va a ser distribuido en Latinoamérica, donde, te lo creas o no, se siguen tomando mucho más en serio estos temas. Me vendría muy bien un plumilla de tu casta. Sé que puedes hacerlo. Además, dejo el tema a tu elección, pero ya sabes cuál es nuestra línea editorial. Nada de escepticismo ni de truculencia. Tu reportaje aquel de la secta de Zamora todavía colea y gracias a Dios que retiraron las querellas. Sólo quiero que me hagas un buen artículo, insisto, sobre lo que quieras, escribe algo que rezume misterio, que sea sugerente y creíble. Tengo en la recámara a unos chavales con muchas ganas que me lo harían gratis, pero prefiero contar contigo, ¿qué me dices?

—Solano, déjame pensarlo —dijo Salvador tras una pausa algo dramática.

—Sé que ahora no te sobra el curro precisamente. —La voz adquirió un tono impaciente—. Como te he dicho, éste va a ser un número especial que contará con difusión en muchos países americanos, incluido Estados Unidos. No te va a venir nada mal labrarte un nombre. Si quieres incluso podemos publicarlo con tu nombre real, en vez de con esos seudónimos tan raros que siempre usas.

—Solano, no es eso. Es que voy bastante liado.

—Venga, ¿cuál es el problema? Te mejoraré la tarifa. ¿Qué te parece?

Salvador pensó que quizá era el momento de ponerle fin a aquella pantomima.

—OK, lo haré. Pero luego no me cambies cosas ni me obligues a editar el texto.

—Salvador, ¿de verdad? ¿A estas alturas? Eso pasaba en los años noventa. No voy a tener tiempo para editar nada. Sé que eres un profesional y vas a hacer lo que te he pedido. Mándame cuanto antes el tema que vayas a tratar para evitar solapamientos y, eso sí, necesitaré que me envíes para maquetar todo a lo sumo el jueves. Y estamos a lunes.

Dejó el móvil sobre la mesa con un aspaviento y se recostó en el sofá. Experimentaba sensaciones encontradas. Por un lado estaba contento porque tenía un trabajo que realizar y que cobrar, pero, por otro lado, su orgullo profesional había quedado un poco maltrecho al aceptar aquel tipo de encargo tan a la torera. Tenía menos de una semana para llenar ocho páginas con lo que se le viniera a la cabeza. En el fondo no le preocupaba mucho. No le costaría demasiado repescar algún artículo antiguo suyo para actualizarlo y darle algún tipo de enfoque nuevo.

Una figura familiar apareció en la televisión, sacándole de sus disquisiciones y captando toda su atención. En la pantalla se podía ver la imagen de un señor con pelo cardado rubio y una túnica en la que se entremezclaban distintos bordados con símbolos arcanos, ecuaciones y una imagen de la Virgen María rodeada de platillos volantes. A su lado un periodista con cara de guasa sostenía un micrófono y miraba de reojo a la cámara. Era un popular programa de zapping donde se dedicaban a hacer refritos burlescos de momentos notorios de la televisión nacional. Y a aquel personaje tan extravagante lo conocía pero que muy bien. Cogió el mando a distancia y subió el volumen del aparato.

Universo Desconocido,

Nº81 (Mayo de 1997)

CONTACTISMO LÍMITE, por Salvador Real (Parte I)

Si a Gregorio Utrilla le hubieran dicho que iba a ser uno de los rostros más populares de España, sin duda habría tenido otra cosa en mente. Pero algo se torció en sus sueños de éxito y reconocimiento mediático.

Gregorio Utrilla, más conocido como el Cristo Cósmico, es, a día de hoy, uno de los hazmerreíres oficiales de los proclives medios españoles. Muchos son los que se revuelven ante el grotesco espectáculo, pero son muchos más los que prefieren ser testigos de las desventuras semanales de Gregorio. Las audiencias no mienten y el programa Vaya Semana de Julián Mora se ha convertido en líder absoluto de audiencia. Gregorio no puede llevarse todo el crédito pero, qué duda cabe, él es el mayor atractivo del programa.

Todo vale en Vaya Semana: folklóricos, futbolistas, famosos, artistas, etc… ¿Por qué no un contactado? En la mayoría de estos casos siempre ha existido un fuerte componente de picaresca. Gente que de manera entusiasta ha estado dispuesta a restregar sus miserias en la pantalla de los televisores o en promesas de popularidad. ¿Pero es éste el caso de Gregorio?

Gregorio Utrilla nació en un pequeño pueblo de Sevilla en 1957, en el seno no de una familia humilde, sino rematadamente pobre. Siendo todavía un bebé, se trasladó con sus padres y hermanos a la periferia de Barcelona, donde sus padres encontraron trabajo en la, por entonces boyante, industria textil catalana.

En una de esas mustias barriadas adosadas al río Llobregat se criaría Gregorio, de cuya adolescencia y temprana juventud se sabe muy poco, aunque uno se la puede imaginar. Casas hacinadas, aulas mal iluminadas, descampados y barro. Gregorio nunca llegó a acabar la escuela primaria, y, al cumplir los dieciséis años, comenzó a trabajar de aprendiz de electricista con su tío, donde se iniciaría en un oficio de gran demanda en una España tan necesitada de mano de obra cualificada.

Tras varios años de aprendizaje, trabajando sin cobrar nada o casi nada, a Gregorio se le ofreció la oportunidad de pasar a formar parte de la plantilla de lo que hoy se conoce como Red Eléctrica Española, la empresa estatal encargada de la explotación y mantenimiento de las infraestructuras de Alta Tensión. Aquella noticia fue motivo de alegría y orgullo para su familia, que veía cómo el joven Gregorio, sin apenas preparación reglada, había logrado hacerse con un excelente puesto de trabajo.

Gregorio tuvo suerte, ya que por aquel entonces no tuvo que pasar pruebas y exámenes escritos que difícilmente habría aprobado. Gregorio era un eficiente operario que sabía manejar equipamientos y herramientas avanzadas, pero su conocimiento era intuitivo y eminentemente práctico. Era capaz de reparar complejas incidencias en transformadores y torres de alta tensión, pero no se le podía pedir que coordinara equipos o redactara informes. Se limitaba a cumplir órdenes en su cuadrilla, lo cual, en absoluto, era un problema para la empresa.

El 24 de diciembre de 1981, Gregorio se encontraba en el retén de guardia en unas instalaciones de la empresa en Badalona. En principio, si todo iba bien, podría ir a cenar a casa con sus padres, hermanos y abuelos. A Gregorio, a diferencia de muchos de sus compañeros que ya estaban casados y con hijos, no se le conocía novia, y siempre se había mantenido al margen de las furtivas excursiones a los clubs de alterne que las cuadrillas protagonizaban al final de alguna guardia. Gregorio siempre prefería quedarse dentro de la furgoneta, en el parking, escuchando absorto la radio mientras esperaba a que sus compañeros volvieran de la faena.

Estaban todos en una salita bebiendo una botella de sidra, apurando nerviosos los pocos minutos que les quedaban para acabar la guardia, cuando el fatídico timbre de un teléfono resonó en el edificio vacío. Esa llamada sólo podía ser para ellos. El responsable del turno corrió apresurado a la habitación contigua a responder.

Las noticias no se hicieron esperar por parte del capataz. En la red de alta tensión que proviene de Francia y atraviesa los Pirineos se había producido una avería en uno de los centros de transformación. El suministro eléctrico de varias comunidades autónomas peligraba en una fecha más que señalada. A toda la cuadrilla le quedó claro que tocaría trabajar esa noche, y no era nada descartable que tuvieran que movilizar refuerzos.

El equipo cogió sus herramientas e instrumentos y se montaron de manera apresurada en la furgoneta de la empresa con destino a Farriols, el pueblo pirenaico donde se encontraban las instalaciones que habían sufrido la incidencia.

Algunos testimonios de primera mano afirman que, ya en el mismo viaje, se produjeron una serie de situaciones desconcertantes. La radio del coche estuvo sintonizando extrañas emisiones e interferencias, que iban desde voces guturales hasta un recitar mecanizado en lenguas foráneas; uno de los trabajadores que había vivido en Alemania apuntó que se trataba de una serie de números. El sistema eléctrico del coche falló varias veces, provocando que las agujas del salpicadero se agitaran de una manera inexplicable.

En las afueras del pueblo gerundense de Farriols se encuentra la subestación Espa-Fran 1: un pequeño conjunto de casetas y transformadores que sirven de nodo a las torretas de alta tensión que vienen de Francia y a aquellas que se adentran en la península ibérica. Desde la estación, a lo lejos y apenas recortado en el horizonte, se pueden ver los radares de la Estación EVA-9, vigilancia aérea de las Fuerzas Aéreas Españolas.

El equipo llegó y se puso manos a la obra con celeridad para identificar cuál era la avería que amenazaba el suministro. Todos albergaban la esperanza de que quizá incluso pudieran llegar a cenar, aunque fuera tarde, con sus familias.

Aproximadamente a las once de la noche muchos habitantes de Cataluña, Comunidad Valenciana y Murcia pudieron percibir una pequeña bajada de tensión en sus hogares. En ese mismo instante un transformador explotaba en las instalaciones de la Red Eléctrica de Farriols con Gregorio en su interior.

Reconstruir lo que ocurrió en aquellos momentos no es fácil. Los testimonios varían mucho, pero la mayoría coinciden en que, cuando Gregorio entró en la caseta del transformador para hacer una comprobación, se produjo un descomunal estallido.

Tras la deflagración, los compañeros de Gregorio deambularon aturdidos en las inmediaciones. Aquella descarga eléctrica les había cegado, y sus oídos zumbaban de manera insoportable. Al cabo de unos minutos, uno de los operarios que se encontraba a mayor distancia en el momento de la explosión se armó de valor y consiguió entrar a la caseta, donde encontró a Gregorio inconsciente pero milagrosamente vivo. Comenzó a gritar a sus compañeros, quienes se acercaron a prestar auxilio en la medida de sus mermadas posibilidades. En cuestión de minutos, la Guardia Civil llegó a las instalaciones de Red Eléctrica. El estallido había alarmado a toda la comarca. Gregorio Utrilla fue trasladado inmediatamente al Hospital de Girona.

Nadie fue capaz de explicar cómo Gregorio pudo sobrevivir a una sacudida de tal intensidad. Las pruebas hospitalarias mostraban que Gregorio había salido indemne del shock. Sólo se le habían diagnosticado pequeñas contusiones que no revestían gravedad alguna.

¿Qué le ocurrió a Gregorio Utrilla aquella noche? El informe oficial dictaminó que se había producido una sobrecarga en la red, la cual hizo estallar el equipo transformador. Pero Gregorio tenía una versión radicalmente distinta de lo sucedido. Según nuestro protagonista, aquella noche del 24 de diciembre de 1981 se le apareció en la caseta del transformador el mismísimo Jesucristo flanqueado por un ser alto, rubio de ojos azules refulgentes y por otro ser humanoide gris, macrocéfalo y de aspecto enfermizo. Los miembros de esa desconcertante trinidad le comunicaron telepáticamente que eran portadores de una verdad que sólo él podía revelar.

Estos Elohim, como él mismo los llamó, le habían encomendado la tarea de convertirse en el Último Profeta para difundir un mensaje providencial: Los seres humanos hemos atravesado de manera irresponsable la línea roja que supone el uso de la energía atómica, de la clonación y de la Inteligencia Artificial. Constituimos una amenaza para el equilibrio cósmico y, por lo tanto, nuestro planeta está condenado. Sólo a aquellos dispuestos a trascender en lo espiritual, a aquellos elegidos que decidan comulgar a través de la Fe con la Hermandad Universal se les permitirá salvarse, subiendo a la flota de naves interestelares que viajan en la estela del Cometa Halley. El resto seremos pasto de la merecida destrucción a la que, como rebaño descarriado, hemos sido condenados.

Éste fue el mensaje original que, a lo largo de los años, fue evolucionando hasta convertirse en un inesperado éxito televisivo. El descubrimiento de Gregorio por parte del equipo de reporteros de Julián Mora ha sido un filón que ha trascendido los límites de la propia televisión. Frases célebres de Gregorio han acabado impresas en cromos caricaturescos, que se regalan en bolsas de patatas fritas y chucherías para niños.

Pero, mientras media España se desternilla con los disparates de Gregorio, ha habido un colectivo que se ha mostrado particularmente molesto con la irrupción de este personaje: la comunidad ufológica.

La ufología desde sus orígenes ha mostrado cierta pretensión de convertirse en una ciencia positivista capaz de demostrar la hipótesis, completamente válida, de que estamos siendo visitados por los extraterrestres, enviados de civilizaciones alienígenas que surcan nuestros cielos, recogen muestras y, en los casos más extremos, incluso secuestran a humanos para ser sometidos a todo tipo de experimentos.

¿Pero es el Fenómeno OVNI tan aséptico y consistente como nos lo quiere mostrar la Hipótesis Extraterrestre tradicional? Si analizamos una buena muestra de encuentros cercanos, descubriremos que el absurdo forma parte esencial del fenómeno. Supuestos alienígenas que piden agua, entidades que formulan extrañas profecías, criaturas imposibles con comportamientos idiotas. Muchos ufólogos discriminan y criban buena parte de estos testimonios para minimizar un factor de alta extrañeza que siempre acaba acompañando al fenómeno y lastrando, por no decir invalidando, la Hipótesis Extraterrestre. ¿Cómo encajar el absurdo que todos los casos rezuman con la aséptica idea de unos visitantes extraterrestres en misión de contacto o exploración? ¿A qué se debe entonces tanto desconcierto en los cientos de avistamientos OVNI de los que se tiene constancia?

Casos tan extravagantes y mediáticos como el de Gregorio Utrilla provocan el absoluto rechazo de los investigadores, que sienten que la ufología es ridiculizada y difamada a través de estas figuras que no provocan más que mofa.

¿Pero no puede ser Gregorio una víctima legítima del Fenómeno OVNI que interpreta a su manera una experiencia traumática que no es capaz de asimilar? ¿No es a su vez víctima de desaprensivos dispuestos a ganar dinero a su costa, o de unos medios siempre receptivos a ridiculizar y explotar a cualquiera que se preste? ¿Y si, pese a todo, estamos ante un caso digno de ser investigado?

Algunos nos inclinamos a contestar afirmativamente a esta última pregunta. Por muy grotesco que pueda parecer el incidente de Gregorio Utrilla, no deja de ser un caso más que demuestra que vivimos en un mundo absurdo. Y su testimonio, si lo descontextualizamos del circo televisivo, es una experiencia tan digna de ser investigada como la de cualquier otro supuesto contactado o abducido.

En la próxima entrega de Universo Desconocido ahondaremos en las claves del extraño incidente de Gregorio Utrilla; un expediente que, como pronto comprobarán, les demostrará que en este mundo preñado de misterio nada es lo que parece.

CONTINUARÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO.

III

Salvador cerró disgustado aquella vieja revista. Odiaba ese último párrafo con aquel tono tan ampuloso que le había impuesto el editor. Aunque aún le irritaba mucho más el hecho de recordar que la segunda parte de su artículo sobre Gregorio Utrilla nunca vio la luz.

La publicación de aquel número de Universo Desconocido supuso una hecatombe profesional que no sólo le afectó a él, sino incluso a la propia revista. No parecía casualidad que, meses después de aquel reportaje inconcluso, ésta hubiera echado el cierre.

La simple presencia del controvertido Gregorio Utrilla, en una revista que alardeaba de hacer investigación y periodismo serio sobre temas anómalos, desató un pequeño escándalo dentro del gremio. Decenas de lectores enviaron cartas al director. Señalados programas de radio comenzaron a acusar a la revista de sensacionalista y, por supuesto, las publicaciones rivales, a través de editoriales y artículos, se cebaron con saña con aquel paso en falso de su competencia.

El gran pecado, como Salvador había recogido abiertamente en el propio artículo, había sido tratar como legítimo objeto de investigación a un personaje que salía en la tele farfullando sandeces y lanzando todo tipo de mensajes, que iban de lo mesiánico a lo apocalíptico en cuestión de segundos.

Esperpentos como Gregorio echaban por tierra la imagen de intrépidos ufólogos que, con sus chalecos de explorador, se dedicaban a posar ante quemaduras en un prado. Esa ufología que aspiraba a Ciencia, que pedía un hueco en la universidad o en paneles gubernamentales, era degradada a un show patético.

Pero lo que más molestaba a Salvador era que la alergia hacia la figura pública de Gregorio Utrilla había impedido sacar a la luz un caso en el que existían verdaderas incógnitas. Salvador era un investigador abierto pero muy desconfiado. Se había enfrentado tantas veces con fraudes y fantasías que sabía reconocer a la legua cuando un caso entrañaba algún misterio auténtico.

Sin embargo, debía reconocer que, a veces, daba con incidentes que evidenciaban la presencia de un factor de extrañeza, que no eran posibles de explicar de manera convencional. Casos como el de las mutilaciones de ganado en Yecla, los zumbidos submarinos de Menorca o las Luminarias de Molinicos le habían demostrado que, entre todas las capas de fraude, falsedad y confusión, a veces se escondía un sustrato de verdad. No estaba seguro de cuál era la naturaleza de esa verdad, si ésta era objetiva, sociológica, espiritual o cerebral, pero sí que merecía ser investigada.

Desde su punto de vista, el incidente de Gregorio Utrilla en Farriols era uno de esos casos en los que valía la pena profundizar. De eso trataba la segunda parte del artículo que el director de Universo Desconocido, sobrepasado por la polémica, decidió no publicar. En realidad, no le culpaba. Aunque quizá, quién sabe, sus investigaciones hubieran podido servir para defender la postura de la revista y la suya propia. No pudo ser.

Salvador había dedicado varios meses a indagar lo acaecido en aquel lejano 24 de diciembre de 1981. Le fue imposible acceder y ponerse en contacto con los testigos, es decir, los compañeros de cuadrilla de Gregorio, que, o bien no tenían nada que decir, o bien preferían evitarle y no verse asociados a alguien como Gregorio Utrilla. Sin embargo, varias visitas a la hemeroteca habían dado sus frutos. La prensa de Barcelona de la época había recogido el suceso, y en distintos artículos había dado con declaraciones que reflejaban que, efectivamente, algo anómalo había sucedido, tal y como él mismo había recogido en la revista.

Durante el transcurso de la investigación había tratado de aproximarse a Gregorio Utrilla para entrevistarle, pero enseguida comprobó que eso implicaba un desembolso cuantioso, dado su estatus de popularidad. Esto era algo que no había reflejado en el artículo, para evitar polémicas innecesarias, si bien era cierto que le había disuadido de contrastar con el propio Gregorio la naturaleza de su experiencia.

Pero no eran aquellos testimonios los que mayor interés revestían para Salvador. Al fin y al cabo, todos los testigos habían sido víctimas de una experiencia traumática. No era la primera vez que veía situaciones en las que varios testigos acaban retroactivamente enriqueciendo historias mundanas que luego se transforman y pasan a estar trufadas de designios, señales y vaticinios.

Lo que más había llamado la atención de Salvador fueron dos informes objetivos e independientes a los que había logrado tener acceso, no sin pocas vicisitudes y quemando algunos de los pocos cartuchos que le quedaban en los estamentos oficiales. A Salvador le gustaba apoyar sus hipótesis con reportes no contaminados por la experiencia directa del testigo. Por eso siempre que investigaba un fenómeno de cualquier clase intentaba cruzar datos con policías, militares, hospitales, cuerpos de bomberos, aviación civil, etc… Si, al final, todo se reducía a la versión de un único testigo, poco se podía hacer.

La compañía eléctrica había llevado a cabo una investigación para esclarecer por qué se había producido aquella explosión, y llegó a la conclusión oficial de que el fallo de uno de los transformadores había generado una sobrecarga en la instalación. Caso cerrado. Sin embargo, Salvador pudo averiguar que dicho informe final había sido precedido por otro que fue descartado. En él se concluía, tras revisar y analizar las instalaciones, que la causa de la explosión había sido ajena al funcionamiento de los transformadores. Algo había explotado o generado una poderosa descarga que inutilizó los transformadores y afectó al fluido eléctrico y no viceversa. Cualquier otro periodista de su revista habría clamado al cielo que la compañía eléctrica había urdido una conspiración para ocultar la verdad. Pero la experiencia de Salvador en estos temas le daba otra perspectiva mucho menos espectacular. A las instituciones, órganos profundamente burocráticos, les gusta cerrar expedientes. Forma parte de su naturaleza. Y dado que aquella investigación arrojaba más preguntas que respuestas, había sido descartada de manera conveniente. ¿Qué había estallado entonces en aquellas instalaciones?

El otro informe que había llamado su atención era un reporte emitido por EVA-9, el Escuadrón de Vigilancia Aérea que se encuentra en los Pirineos, y cuya misión es monitorizar las fronteras del espacio aéreo español. Esa misma noche las alarmas de los radares saltaron repetidas veces. En las cercanías de la base, en unas coordenadas que correspondían exactamente con la localidad de Farriols, los registros del radar no dejaban asomo de duda: un objeto sobrevoló la citada localidad justo a la misma hora en que se produjo el incidente de la estación eléctrica. Según anotaciones militares, el OVNI propiamente dicho planeó erráticamente sobre Farriols para luego alcanzar una altura de doce mil metros en cuestión de segundos y desaparecer en dirección al mar. Minutos después, varias señales de radar volvieron a materializarse sobre Farriols. Parecían venir de la nada. No mostraban ningún tipo de trayectoria, simplemente aparecían, desafiantes. Según afirmaban los soldados, se llegaron a contar hasta siete objetos a gran altura. Incluso algunos de los militares, perplejos ante la situación, llegaron a salir al exterior de la base, desde donde pudieron establecer contacto visual con aquellas luces que alumbraban el Valle de Farriols. Éstas fueron visibles durante varios minutos para desaparecer, poco antes de la media noche, sin dejar rastro alguno. Simplemente ya no estaban allí.

Era evidente que algo anómalo había ocurrido esa noche en Farriols. Eso no era óbice para que Gregorio Utrilla estuviera como un cencerro y hubiera interpretado todo aquel incidente de una manera absolutamente demencial. Pero como había apuntado en el abortado artículo, algunos casos que habían tenido una génesis auténtica derivaban en pequeños circos donde confluían la inestabilidad mental del testigo, la picaresca de su entorno y unos medios de comunicación ansiosos por publicar cualquier cosa capaz de generar notoriedad.

Salvador se recostó en el sofá del salón de su casa y reflexionó. Quizá podría recuperar aquel caso para el encargo de la revista Límites. Gregorio Utrilla ya no era tabú. Ya casi nadie se acordaba de él y además en Sudamérica, uno de los mercados objetivo de las publicaciones españolas, no existían connotaciones negativas sobre el personaje. Su popularidad freaky (¡cómo odiaba esa palabra!) no había trascendido, y allá ya contaban con su cantera propia de contactados, así como, todo sea dicho, una mucho mayor tolerancia a sus extravagancias.

Lo mejor era que, además, tenía textos redactados y una investigación ya realizada en su día que no le sería difícil retomar. Aquello podía funcionar. No obstante, sin una entrevista a Gregorio aquel artículo se le iba a quedar cojo. Por un momento se planteó que podría hasta inventársela. Pero pensó que con un poco de suerte no haría falta, quizá incluso seguía viviendo en Barcelona. No le costaba nada intentar dar con él.

Bueno, eso era algo que aún estaba por ver… Quizá sí le costaría algo, pero intuía que muy poco. Gregorio era un juguete roto y olvidado. Sí, lo había visto en la tele esa misma mañana, pero en un programa de esos de zapping que tanto gustan a las televisiones, y las imágenes eran originales de mediados de los años 90. Como figura pública, Gregorio Utrilla había desaparecido de escena. Quizá hasta había fallecido. Esta posibilidad no le desagradaba. Su artículo quedaría justificado sin necesidad de hacer la entrevista. Y tampoco quería engañarse: que Gregorio estuviera muerto en cierta manera le liberaba, le permitía escribir lo que quisiera sin sentirse culpable.

Un brote de euforia estalló en su cabeza. La pereza, que en un primer lugar le había invadido, estaba dando paso a esa excitación de adentrarse en un misterio que resolver, aunque fuera tan modesto como éste. Muchas veces, casi a diario, Salvador se preguntaba por qué había dedicado su vida al periodismo de investigación, y aquella sensación se encargaba de recordárselo. Ahora tendría la oportunidad de comprobar si seguía teniendo lo que hace falta para ser un periodista. Iba a averiguar qué había sido de Gregorio Utrilla.

IV

Pese al desdén que Salvador manifestaba hacia las nuevas tecnologías, sabía que lo más inteligente era comenzar por Internet y aquellos buscadores que, a día de hoy, le seguían pareciendo mágicos. No disponía de conexión en casa, por lo que optó por bajar a un locutorio cercano.

CyberPana era un punto neurálgico de su barrio. En él se disponía de cabinas telefónicas para llamar al extranjero, ordenadores para conectarse a Internet, y tampoco faltaba un pequeño colmado donde abastecerse de bebidas y chucherías, tanto autóctonas como importadas.

El regente de aquel pequeño emporio multicultural, un mulato obeso que siempre iba en chándal, le hizo un gesto para indicarle en qué ordenador se podía sentar. Dedujo que ése era el único servicio en el que podía estar interesado. El propietario dejó aquello que estuviera haciendo en el mostrador y se acercó para indicarle cómo realizar el login en el ordenador asignado.

—Este icono de aquí es el Internet. Aquí tiene el tiempo que va gastando y en esta pegatina puede ver las tarifas. Cuando haya acabado, haga click en esta luz roja y pase por caja. Si quiere imprimir algo, son diez céntimos por página en blanco y negro. Está permitido el consumo de bebidas siempre que sean compradas en el local.

Siguió las instrucciones recibidas y, en un instante, se le apareció la omnipresente página de Google. Unas cuantas batidas confirmaron lo que ya sospechaba: el buscador no arrojaba pista alguna sobre el paradero actual de Gregorio. Encontró, no obstante, numerosos vídeos extraídos del exitoso programa Vaya Semana. En ellos aparecía la peculiar figura de Gregorio ataviado con una de esas túnicas que camuflaban tan mal su sobrepeso. Su rostro, castigado con marcas y arrugas, denotaba que Gregorio en aquel entonces ya no era joven. Su barba mesiánica contrastaba con un pelo imposible, una permanente de señora coronada por una diadema engarzada que le confería ese aspecto ambiguo, casi hermafrodita.

A su lado se encontraba el hábil periodista, cuyo nombre no recordaba, que siempre se las arreglaba para meter a aquel infeliz en todo tipo de jardines francamente risibles. Gregorio podía despertar cierta pena y compasión, pero los dislates que profería y los chascarrillos malintencionados del periodista desembocaban en situaciones hilarantes. Salvador se sorprendió a sí mismo riéndose en más de una ocasión. Sus carcajadas le demostraban el porqué del éxito del programa, y cómo aquel personaje, en aquel contexto, era incompatible con una investigación seria. ¿No estaba cometiendo de nuevo el mismo error?

Siguió curioseando por la red y, de entre muchos más clips humorísticos, localizó uno que llamó su atención. Era un vídeo grabado por algún amateur y no pertenecía a ningún programa de televisión. No era de gran calidad y se notaba que había sido filmado con una cámara rudimentaria. En uno de los recuadros figuraba la fecha: 11/06/2004. En la imagen se podía ver a Gregorio de espaldas, en una especie de altar rematado por una talla en la pared de un Cristo, crucificado pero de una manera bastante atípica. Las extremidades no estaban clavadas al madero: los brazos se alzaban al cielo con las palmas abiertas. La cruz estaba bañada por una luz caleidoscópica, emitida por una especie de platillo volante de cartón piedra que estaba colocado en el techo. El conjunto era francamente desconcertante. Salvador pausó la reproducción para poder apreciar los detalles del altar.

Pulsó de nuevo el play. En la pantalla, Gregorio se giraba, miraba en dirección a la cámara parpadeando de manera frenética y comenzaba a descender al patio de una pequeña iglesia; en unas bancadas dispuestas a lo largo del pasillo había unas señoras esperándole, arrodilladas.

Gregorio avanzaba por el pasillo y las mujeres, de avanzada edad la mayoría, le mostraban sus manos, que él iba acariciando mientras farfullaba palabras incomprensibles. El audio no era tampoco de gran calidad. Gregorio se detuvo frente a una mujer, con la que juntó sus manos. La mujer permanecía de rodillas mientras Gregorio levantaba la cabeza y hablaba ya de manera perceptible con su tan reconocible timbre de voz atiplado:

—En nombre de los Elohim y sus profetas te escucho. Cuéntanos qué te aflige. ¿Por qué estás aquí?

—Padre Gregorio, bendito sea tu nombre. —La mujer se echó a llorar.

—¿Cómo te llamas, mujer?

—Aurelia.

—Aurelia. ¿Has pecado? ¿Tienes el corazón puro?

—Padre Gregorio, soy ama de casa y dedico mi vida a mi marido y a mis hijos. Y ahora cuido de mi madre. Creo en Dios y creo en Cristo.

—¿Estás segura de que la pureza reside en ti? La energía universal va a entrar en tu interior y no puede compartir espacio con la mezquindad. Antes de canalizarte el espíritu de los Hermanos Cósmicos, debo realizarte una sanación que limpie y purifique tus energías. ¿Estás lista?

—Sí, estoy lista —sollozó la señora.

Tras esas palabras Gregorio sacudió la cabeza como si le hubieran dado un latigazo y sus ojos se pusieron en blanco. La mujer que estaba de rodillas experimentó una fuerte sacudida, la cual hizo que se precipitara al suelo. Sonaron unos fuertes rugidos y la cámara, al bajar, reveló las intensas arcadas de la señora, que vomitaba con furia.

Por encima de los ruidos guturales que emitía aquella mujer se podía escuchar a Gregorio recitando:

«Expulsa a los demonios, deshazte de la entropía, prepárate para comulgar con Dios, el Universo y las constantes cósmicas universales».

El vídeo acababa abruptamente.

Salvador se encontraba perplejo. Casi echaba de menos los inofensivos vídeos de Vaya Semana con sus bromas y sus pueriles juegos de palabras. ¿A qué se dedicaba aquel personaje? ¿A provocarle náuseas a ancianas? ¿O había sido un escatológico intento de sanación?

Decidió reproducir de nuevo el vídeo, por si podía reparar en algún detalle que le ofreciera alguna pista, y entonces descubrió algo en lo que no se había fijado durante el primer visionado. Justo cuando Gregorio entraba en trance se podía percibir que toda la imagen se distorsionaba, como si una señal parásita interfiriera. Repasó el vídeo con detenimiento y comprobó que sólo se manifestaba en el preciso momento en que Gregorio se arrebataba.

Salvador fisgoneó las características del vídeo en el portal que lo alojaba y pudo comprobar que había sido subido el año pasado por 4Channin, un usuario especializado en rastrear y publicar vídeos desagradables. Todo apuntaba a que esta filmación había sido extraída de alguna pieza de mayor tamaño y colgada no por nada relacionado con Gregorio, sino por el miserable episodio de la pobre señora vomitando. Investigar el origen de ese vídeo en la Red se le antojaba una tarea casi imposible de llevar a cabo con sus escasos conocimientos técnicos, y no debía olvidar que no le sobraba tampoco el tiempo.

Pero una idea vino a su cabeza. Si Gregorio se estaba dedicando a cierto tipo de prácticas de sanación, había una persona que quizá sí podría ayudarle a tirar de aquel hilo. Cerró su sesión en el ordenador, pagó lo estipulado en el mostrador y se apresuró a subir a casa.

V

Aquella libreta se la había regalado, hace ya unos cuantos años, la que fue su novia más duradera: Marta. No era precisamente casualidad que las hojas correspondientes a la letra «M» hubieran sido arrancadas en una tarde de furia y despecho. Cualquier contacto o amigo que empezara por M ya no tenía cabida en su maltrecha libreta.

Al lado del teléfono fijo se encontraba su manoseada agenda, la cual no sabía por qué seguía llamando así, ya que era una libreta encuadernada en falsa piel en la que las hojas se organizaban por cada una de las letras del abecedario. Salvador, de hecho, nunca había utilizado una agenda. Tampoco llevaba reloj. Tics de otras épocas más libertinas.

Miró por la letra J y localizó con rapidez los detalles de contacto de Juanjo Sarabia. Había conocido a Juanjo a principios de la década de los 90. No recordaba exactamente el cuándo ni el cómo, pero debió de ser en alguno de los encuentros del Colectivo Karma, una asociación enfocada a terapias alternativas de la que había sido miembro por una buena temporada. Él había entrado un poco por casualidad, arrastrado por amigos comunes que le hablaban de un muy buen ambiente y de la oportunidad de conocer gente nueva.

Era una época de la que guardaba muy grato recuerdo, lo cual era curioso porque Salvador no comulgaba precisamente con muchos de los elevados propósitos de la asociación respecto a las técnicas de curación, y ni mucho menos con toda aquella parafernalia pseudomística a la que muchos de sus miembros profesaban devoción. Sin embargo, Colectivo Karma le ganaba por un lado por el estómago (sus talleres de cocina vegana eran una absoluta delicia), y, por otro, por la libido.

En unos pocos meses en la asociación Salvador había protagonizado más escarceos sexuales que en años de noches, cubatas y drogas adulteradas. Y no es que Colectivo Karma fuera una secta donde se pregonara el amor libre, ni mucho menos, pero la predisposición trascendental de muchos de los participantes hacía que, lo que en otro contexto era un simple cruce de miradas, aquí se convirtiera en una invitación a la fusión de pares.

No estaba seguro de si Juanjo había sido un habitual del Colectivo Karma por las mismas razones que él, pero entendía que, al menos inicialmente, su interés fue auténtico. Juanjo participaba con asiduidad en actividades de reiki, homeopatía, etc… Estas disciplinas las compaginaba con gran destreza con su otra pasión para la cual sí era un superdotado: Hacer Dinero.

Lo que a priori podría parecer incompatible, en Juanjo se mezclaba con naturalidad. A muchos de los miembros de la asociación les impartía talleres y clases de numerosas disciplinas. Y lo mejor era que nadie tenía la impresión de que Juanjo se estuviera aprovechando. Su carisma personal y habilidades sociales siempre le habían permitido salirse con la suya, sin despertar ningún tipo de suspicacias.

Pero no sería en el seno de aquella asociación donde Juanjo daría su gran pelotazo. Cuando ya estaba más distanciado de Colectivo Karma, Juanjo se hizo con un pequeño programa informático que generaba Cartas Astrales. Su nombre era Astral Teller, un software simple pero muy efectivo de origen norteamericano. Introduciendo ciertos datos tales como nombre y fecha de nacimiento era capaz de reproducir vistosas cartas astrales, repletas de detalles esotéricos de todo tipo.

Si Juanjo quería utilizar aquel programa sólo tenía que salvar un problema: el idioma. Y aquí fue donde Salvador entró en liza. De las pocas cosas sensatas que había hecho en su juventud, una había sido irse a estudiar el último año de Secundaria a Estados Unidos. Beneficiándose de una beca concedida gracias a sus excelentes notas en inglés, fue enviado a Flagstaff, Arizona, donde convivió nueve meses con una familia de acogida. Aquel año supondría un punto de inflexión en la vida de Salvador. Por un lado rompió el cascarón materno, y empezó a aprender a arreglárselas por sí mismo. Allí había que espabilar. Nadie iba a ir detrás de él recogiéndole la ropa o persiguiéndole para hacerle la cena. Y por otro, allí se desataría su pasión por el Fenómeno OVNI. El hijo del matrimonio que le alojó era un auténtico apasionado del tema que compartió con él libros, documentales e interminables charlas. Aquel entusiasmo por todo lo que tuviera que ver con la ufología le ayudaría a desarrollar su conocimiento del idioma, mucho más que las plomizas clases del instituto.

Juanjo, con su innata capacidad de movilizar recursos al menor coste posible, pidió a Salvador el favor de que se pusiera en contacto con la empresa californiana que había desarrollado aquel software. En cuestión de unas cuantas llamadas e intercambios de faxes (todo ello perpetrado en la oficina de algún familiar que luego tendría que responder a los astronómicos cargos de las conferencias a Estados Unidos), Juanjo, con la ayuda de Salvador, consiguió que la empresa tradujera al castellano el programa y le cediera los derechos de distribución para todos los países hispanohablantes, a excepción de México.

Juanjo demostró un talento excepcional a la hora de impulsar el software. Primero utilizó el programa para vender tanto de manera presencial como a distancia sus espectaculares y floridas cartas astrales, que hacían palidecer a las rudimentarias cartas artesanas que ofrecía la competencia. Aupado por una hábil campaña de publicidad en las revistas especializadas, comenzó a cosechar unos ingresos y beneficios excepcionales. Él solo se bastaba para atender a todos sus clientes, por lo que la rentabilidad de su empresa era espectacular. Y ése fue sólo el primer paso. Una vez consolidó su negocio en particulares, inició la segunda fase del proyecto: vender el programa a los numerosos adivinos y astrólogos que había en España.

Esto podría parecer algo contradictorio, ya que iba a dotar de armas a su propia competencia, pero Juanjo era consciente de que no se le podía poner puertas al campo. Tarde o temprano se harían con ese programa o con otro similar. Y qué mejor que fuera su propia empresa la que les proporcionara el software, así como todo tipo de servicios adicionales.

En cuestión de meses, Juanjo comandaba una empresa con varios empleados, y un buen número de sus competidores habían pasado a ser sus clientes. Se produjo un auténtico boom de la astrología informática. Muchos astrólogos de toda España empezaron a utilizar Astral Teller. Contrataban un servicio mensual de atención técnica telefónica (básicamente un primo de Juanjo que les invitaba a reiniciar el ordenador cuando daba problemas, o les tutelaba para cambiar el cartucho de tinta de la impresora) y, en colaboración con un mayorista de informática, les vendían ordenadores, impresoras y consumibles. Negocio redondo.

Aquella emprendeduría fue el inicio de la lucrativa carrera de Juanjo Sarabia como empresario. Años después descubriría que Juanjo, de manera furtiva, se sacó un Máster en una prestigiosa escuela de negocios a la que asistía viernes y sábados, sin que nadie del Colectivo Karma lo sospechase.

Por supuesto, el furor de las cartas astrales informáticas acabaría por apagarse. Pero él siempre era capaz de ir canalizando nuevas tendencias y cambios en los hábitos de consumo. Hacía años que Salvador no sabía realmente nada de Juanjo, pero estaba seguro de que, todavía hoy, le seguiría yendo muy bien.

Marcó el número fijo en el que venía el nombre de su empresa, Deimos S.L., y escuchó con alivio que daba señal. No estaba seguro de que fueran a contestarle.

—Deimos, especialistas en Contenidos y Soluciones Móviles, dígame. —Una impecable voz femenina le salió al paso al otro extremo de la línea.

—Hola, buenos días, quería hablar con Juanjo Sarabia.

—¿De parte de quién?

—Dígale que soy Salvador Real.

—Un segundo, por favor. —El silencio se hizo en la línea por unos instantes…

—Disculpe, se encuentra ocupado. ¿Quiere que le deje un mensaje?

A Salvador le dio la impresión de que era una respuesta prefabricada, que no le había intentado pasar la llamada y que se limitaría a dejarle una nota que su superior a lo mejor leería o no leería. Decidió jugar fuerte, ansiaba ponerse manos a la obra y obtener alguna pista sobre el paradero de Gregorio.

—Vaya, soy un viejo amigo suyo, he perdido su móvil y me gustaría poder hablar con él. Es bastante importante. Voy a personarme a la oficina. Usted seguro que me puede atender. Le digo que tengo que hablar con él —afirmó forzando una respiración entrecortada.

Pudo notar la voz de agobio de la recepcionista, cuyo cerebro más primario se había puesto ya en lo peor, e imaginaba tener que llamar a la policía para deshacerse de un desequilibrado, que estaba molestando en la recepción de la empresa.

—Espere, oiga, mire, no se puede visitar la empresa sin una cita. No se permite el acceso a nuestras instalaciones a nadie que no tenga una acreditación y, para obtener una acreditación válida, debe usted pedir cita…

—Claro, claro. La cita se la pido ya. En media hora me tiene allí. Prepare eso de lo que usted habla.

—No, pero mire, lo siento, no es posible.

Entonces fue cuando decidió echar su última carta.

—Oiga, ¿y por qué no interrumpe brevemente al señor Sarabia, le dice que quiero hablar con él, le pasa la llamada y se acabó la historia? Si no me quiere ver, no voy a perder mi tiempo en ir hasta allí.

—Espere, un segundo, por favor. ¿Cómo me ha dicho que se llama?

—Salvador Real.

—Un segundo, déjeme ver.

Tras breves instantes de silencio, una voz muy familiar le espetó:

—Pero Salvador, vaya sorpresa. ¿Qué es de tu vida, viejo coyote?

—Joder, cabronazo, cómo te haces de rogar.

—No me lo puedo creer, Don Salvador Real al teléfono.

—Anda, déjate de historias e invítame a comer. Necesito tu ayuda. Y no, tranquilo, no te voy a pedir pasta.

—Joder, eso sí que es una alegría.

—¿Dónde nos vemos?

VI

Salvador cogió las llaves, cerró la puerta de su casa y se lanzó corriendo por las escaleras, sin esperar a que llegara el ascensor. No es que fuera a ganar mucho tiempo, pero siempre que tenía que bajar prefería usar la escalera y evitar el incómodo contacto con sus vecinos en aquel pequeño habitáculo.

Había quedado con Juanjo en un restaurante indio del centro. El afinadísimo instinto de Relaciones Públicas de Juanjo seguía funcionando a pleno rendimiento. Años después había recordado con agilidad que a Salvador le encantaba la comida india. Los restaurantes indios habían sido además una opción gastronómica recurrente durante los años del Colectivo Karma. Aparte de por simple afinidad exótica, en un indio era muy sencillo compatibilizar comensales vegetarianos y omnívoros, por lo que a la hora de organizar comidas o eventos era muy sencillo adaptar los menús. En los años 80, el vegetarianismo en España era una extravagancia y casi una afrenta nacional. ¿Cómo alguien podía renunciar a algo como, por ejemplo, el jamón? Inconcebible.

Al salir de su portal, Salvador se dirigió a la boca de metro más cercana. A lo lejos, en la otra acera, podía ver su coche en un estado lamentable. No le extrañaría que en una de esas bajara y no estuviera allí. Un día su coche no arrancó y allí se quedó. Si se hubiera estropeado en una Zona Azul, quizá se habría visto obligado a ocuparse de llevarlo a un taller, pero estaba estacionado en una de las escasas plazas de zona blanca. La dejadez y un lamentable estado financiero hicieron que lo que tendría que haber sido cuestión de unas pocas semanas se convirtiera ya en años de abandono. Su coche era un trasto irrecuperable que aguardaba a que los vecinos se hartaran, le denunciaran y el servicio municipal se hiciera cargo del asunto.

Sin embargo no echaba de menos tener automóvil, ni mucho menos todo lo que conllevaba: el estrés, los parkings, las multas o los impuestos. Barcelona contaba con una generosa red de transporte público y, por supuesto, con una colosal flota de taxis.

En épocas más desahogadas Salvador había utilizado los taxis con alegría. A diferencia de cualquier ciudadano cabal, a Salvador le encantaba hablar con los taxistas. En su condición de periodista, los veía como una especie de sistema de información alternativo y ambulante del cual con no demasiada habilidad se podían obtener jugosas confidencias. Los taxistas recorrían toda la ciudad de forma interrumpida, estando en permanente comunicación unos con otros. Circulaban por todos los barrios, por el centro, por la periferia. A ellos se subían todo tipo de personas: políticos, empresarios, delincuentes, amas de casa, turistas, etc. Pasajeros que bien por descuido, por desahogo o por puro aburrimiento compartían sus opiniones y preocupaciones con quien fuera al volante. Toda aquella información fermentaba alrededor de los taxis, y sólo era cuestión de saber cómo libarla. Y además siempre sabían dónde llevarte a comer o a tomar una copa a cualquier hora intempestiva.

Por supuesto, Salvador al mismo tiempo era consciente de las particularidades del gremio. Su ir y venir constante, su tener que tratar cada cinco o diez minutos con una persona distinta, el verse envueltos en cientos de transacciones poco ordinarias les confería una mentalidad desconfiada y algo misántropa. No le extrañaba que casi todos los taxistas fuesen tan reaccionarios, siempre sintonizando en sus vehículos aquellas emisoras tan airadas, llenas de crispación. Ellos no tenían ninguna fe en la naturaleza humana. Estaban convencidos de que cualquier día un desalmado se subiría a su taxi y les degollaría por un puñado de euros.

Salvador echaba de menos el taxi, pero ahora apenas se lo podía permitir. La mayoría de veces, salvo casos de fuerza mayor, utilizaba el metro. Al lado de su casa tenía una parada, y para él había casi algo de mágico en caminar por aquel vomitorio, sufrir un trance de empujones, apretones y carreras y reaparecer minutos después en otro punto de la ciudad. Y todo por sólo 1,5€€.

Si había una cosa que Salvador no soportaba del metro era tener que aguantar las continuas quejas de los usuarios. Desde su punto de vista, ellos no eran conscientes de la grandeza de este servicio público. El sistema metropolitano era una magnífica red de transporte que sí, podía sufrir retrasos, esperas e incomodidades, pero permitía recorrer kilómetros de manera rápida por un precio ridículo. No podía entender cómo la gente podía desquiciarse tanto cuando se anunciaba un mínimo retraso de cinco minutos.

Ensimismado en sus pensamientos sobre el sistema de transportes del área metropolitana de Barcelona, Salvador llegó a su estación de destino. No muy lejos estaba el Shambala, el restaurante indio donde le había citado Juanjo. O eso creía, ahora se encontraba ligeramente desorientado. Aquel reconocible continuo urbano que era Barcelona recorrida en taxi, se metamorfoseaba cuando viajaba en una red discontinua de nodos, saltos y tránsitos que desvirtuaba su concepto orgánico de ciudad.

Al entrar en el restaurante, una chica sudamericana ataviada con un sari tradicional le sonrió y le preguntó si venía solo. Salvador le explicó que había quedado con una persona, y la chica le hizo pasar. En la barra su amigo Juanjo leía un periódico de información económica, con sus características páginas salmón.

Juanjo giró la cabeza, sonrió y le comentó con tono jocoso a la chica:

—Le dije que no le costaría reconocer a este hombre tan feo.

La chica se retiró sin dejar de sonreír y ambos se abrazaron.

—¡Pero cuánto tiempo! A ver, déjame que te mire bien. Veamos quién lleva peor la cuarentena.

Ya fuera por una cuestión genética o por pura fricción vital, Salvador se encontraba mucho más estropeado que su anfitrión, quien aún conservaba una figura juvenil y, sobre todo, contaba con una abundante cabellera que se recogía en una coleta algo pasada de moda. Nadie podía poner en entredicho el carisma y las habilidades sociales de Juanjo, pero su estilo de vestir se había quedado anquilosado en otra época. Su chaleco con motivos étnicos, su camisa de cachemira, sus pantalones de pana y sus “pisamierdas” daban fe de ello.

—Vamos, Juanjo. Ya sabes que la vida sana nunca ha sido lo mío.

—Pero si estás de puta madre, ¡todavía tienes pelo! Bueno, me dejo ya de chorradas. ¿Qué quieres tomar?

El camarero les trajo unas cervezas Cobra y empezaron a ponerse al día. Ambos seguían solteros, sin hijos, pero ahí acababan las similitudes. Su empresa seguía funcionando a buen ritmo y ahora se había especializado en ofrecer contenidos para consumo vía móvil y online, aunque confesó que el negocio ya no funcionaba como antes. El advenimiento de la Cultura del “Todo Gratis” había acabado con la bonanza que se generó desde aproximadamente el año 2000, cuando millones de españoles usaban servicios a través de líneas de pago o mensajes al móvil. Su empresa había tenido años muy buenos, pero la crisis en general y la llegada de los smartphones y las apps en particular le habían asestado un duro golpe a su negocio. Juanjo nunca se resignó e invirtió capital para desarrollar una app de astrología (iZodiac), pero la jugada no le había salido del todo bien. Quizá tendría que conformarse con vender sus servicios a gente, como él mismo, un poco descolgada. Pese a todo, a Juanjo no parecía preocuparle mucho el futuro.

Tras una segunda ronda de cervezas decidieron pasar al comedor, donde les sentaron y ofrecieron la carta del restaurante. Por momentos se les pasó por la cabeza quedarse en la barra, beber mucho más, picar algo y prescindir de comer; pero Salvador, en un momento de lucidez, desbarató su propio intento de autosabotaje etílico. Tenía un trabajo que hacer y no podía acabar borracho a las cinco de la tarde. Hoy no.

—Bueno, ¿y tú qué tal? ¿Sigues en prensa?

—Ahí sigo. Aunque no te engañaré, trabajo muy poco. El sector editorial está pero que muy tocado. La gente compra cada vez menos periódicos y revistas de papel, cada vez hay menos anunciantes y los propietarios de las revistas intentan compensar sus pérdidas pagando lo menos posible, o dejando escribir a cualquiera que lo haga casi gratis. Te sonará a típica cantinela de amargado, pero es un poco lo que hay.

—Ya veo. Estamos buenos. Somos dos dinosaurios esperando a que impacte el meteorito de una vez.

—Algo así. Estamos listos para la extinción, pero quizá tú me puedas ayudar a retrasarla aunque sea unos meses. Precisamente te he llamado porque necesito tu ayuda para un trabajo que me ha salido. Necesito saber cuál es el paradero de Gregorio Utrilla. ¿Te acuerdas de él?

—¿Gregorio Utrilla? ¿Hay alguien interesado todavía en ese pobre hombre?

Salvador estuvo tentado de soltarle su clásica apología de la figura de Gregorio. Hablarle de que era un caso donde había indicios anómalos que apuntaban a que Gregorio, pese a sus dislates, podía haber tenido una experiencia genuina e inexplicable; pero se ahorró el discurso y prefirió dar un rodeo.

—Pues te lo creas o no, sí que hay interés en recuperar su figura, sobre todo en Sudamérica. Y necesito dar con él para entrevistarle. Me consta que ha estado realizando sanaciones, y sé que es un tema en el que tú conoces a mucha gente. ¿Sabrías dónde podría encontrarle?

—Gregorio, Gregorio. Me sorprendes. El caso es que creo que sí que puedo ayudarte. Bueno, más bien conozco a alguien que está muy metido en ese mundillo y podría darme algo de información. ¿Te parece bien si comemos y después llamo a esta persona?

Con un rápido ademán, le hizo un gesto a la camarera para que se acercara a tomarles nota. Salvador hojeó la recargada carta, decorada con el habitual batiburrillo de deidades indias que le contemplaban con mirada perpleja. Los precios denotaban que aquél era un restaurante de nivel. Conocía sitios en los que, por el precio de un único plato de aquella carta, podían comer al menos dos personas. Salvador dio por hecho que Juanjo pagaría la comida, más que nada porque no tenía dinero, ni para pagar las cervezas que se habían bebido antes.

Salvador dejó de cotillear la carta y la cerró. Tenía claro desde el primer momento qué quería pedir. Siempre que podía y que no pagaba él intentaba evitar lo que llamaba «“gastronomía de pobres»”. Es decir, aquellos platos diseñados para usar un mínimo de materia prima noble como carne, pescado o marisco, sobre una base que ya podía ser arroz, pan o pasta. Eso era, sin excepción, lo que comía todos los días en su casa. Así que prescindió de los currys y se decantó por lo que parecía una excepcional barbacoa tandoori de cordero.

—¿Sólo quieres eso? ¿Nada de entrantes? —preguntó Juanjo, un poco ansioso por quedar bien.

—Sí, claro, pide lo que quieras para el centro –—concedió Salvador.

Juanjo era de la vieja escuela. Siempre prefería que sobrara comida a que se diera la posibilidad de que cualquiera de los comensales no saliese completamente satisfecho. Y eso, en un restaurante indio, les garantizaba una tarde de desafíos intestinales.

—No sé si pega mucho, pero me apetece un vino. Voy a ver qué tienen en la carta.

—¿Entiendes de vino?

—Siempre pido el segundo más barato. Me dijeron que es la Regla de Oro de Homer Simpson –—dijo Juanjo con sorna.

—Ya te vale –—replicó Salvador.

El servicio fue rápido y los camareros comenzaron a traer a la mesa la secuencia de entrantes. Durante la comida ambos aprovecharon para ponerse al día sobre sus amistades comunes. Que si gente que se había casado, que si gente que se había separado, que si gente que se había arrejuntado y, por supuesto, gente que había ya fallecido.

—Salvador, pídeme un té y un agua mineral. Voy a fumarme un cigarro fuera y hacer un par de llamadas sobre lo que me has comentado. ¿Qué te apetece tomar?

Salvador optó por otro té y se recostó sobre la silla. Siempre le venía a la cabeza que fumar hubiera sido un complemento perfecto a su impostura de periodista sabueso, pero aquél era uno de los pocos vicios que no había desarrollado. Por supuesto, había fumado muchas veces, sobre todo porros, pero por pura inercia social. No recordaba haberse encendido un cigarro a solas. Era lo que él consideraba un fumador social, o un fumador idiota, según se mirase.

Desde su silla podía ver a Juanjo en la acera del restaurante, con ese curioso “paseíto” pendular que muchos realizan cuando hablan por teléfono. Su circuito de gestos y ademanes era francamente cómico. La camarera le sacó de su ensimismamiento con los tes y unos platitos con unos anisetes que le sentaron francamente bien.

Al rato, Juanjo volvió a la mesa. Le había dado tiempo a fumarse al menos dos cigarrillos, y se le notaba verdaderamente a gusto.

—Se me ha enfriado el té. Bueno, da igual.

—Cuéntame, ¿a quién has llamado?

—He llamado a Robert, el guiri aquel que había vivido en la India y que montó un centro de terapias alternativas en Montserrat. Está muy puesto en todo lo que tiene que ver con curaciones. Me ha estado contando bastantes cosas.

—Bueno, lo primero, lo que más me importa: ¿Gregorio sigue vivo?

—Sí, sigue vivo y además no muy lejos de aquí.

—¿De veras?

—Déjame que te cuente. Como te puedes imaginar, Gregorio acabó bastante quemado con todo lo relacionado a su exposición mediática. Él estaba convencido de que tenía un mensaje trascendente para la humanidad, o al menos para unos pocos elegidos, y creyó que salir en la televisión sería una excelente oportunidad para predicar sus enseñanzas. Mucha gente podría pensar que Utrilla decía barbaridades para ganar dinero o hacerse famoso pero, desde su óptica, él consideraba que estaba contribuyendo a hacer llegar su Palabra Divina a una audiencia masiva y, en cierto modo, así fue. ¿Quién no acabó conociendo más o menos su mensaje?

—Bueno, sí, visto de esa manera.

—No, no, está claro que los medios y en particular Julián Mora lo convirtieron en un muñeco de feria. Y, claro, hasta el propio Gregorio acabó dándose cuenta. De hecho, si te fijas, gran parte del material está extraído de tres o cuatro largas entrevistas que le hicieron inicialmente y proporcionaron contenido durante meses. Una vez fueron emitidas, Gregorio ya no accedió a dejarse entrevistar más.

—Sí, bueno, salvo aquella vez con Jesús Quintero —añadió Salvador.

—Sí, ésa fue la excepción. Pero no perdamos de vista a los famosos gemelos Atienza. Estos hermanos eran amigos de la infancia de Gregorio y siempre han estado en su entorno inmediato. Como sabes, Gregorio tras el accidente estuvo varios meses postrado sin prácticamente salir de casa de su madre, que lo cuidaba. Sufría de migrañas terribles. Los médicos de la mutua, aunque diagnosticaron que no presentaba ningún tipo de lesión, creyeron conveniente darle una baja de invalidez, ya que el trauma psicológico había sido enorme. Enseguida detectaron que el incidente le había generado una intensa neurosis, para la cual prescribieron antidepresivos y ansiolíticos. Vamos, lo que siempre hacen cuando no saben qué hacer.

—Yo tenía entendido que, desde el primer momento, había mantenido la versión que todos conocemos, la de la revelación mística —dijo sorprendido Salvador.

—En absoluto. —Juanjo hizo una pausa para sorber su té—. Es algo en cierta manera habitual entre los contactados, como tú bien sabes. En una primera fase se encuentran abrumados por la experiencia traumática, y luego gradualmente comienzan a reinterpretarla, a darle un sentido vital y a acomodarla en su cabeza. Gregorio pasó meses abatido, con un cuadro depresivo de manual, pero a partir de cierto momento comienza a recibir manifestaciones y mensajes divinos a través de sueños y visiones. Él, al principio, se resistía a compartir estas experiencias con su familia y entorno; ahí es cuando, parece ser, hacen acto de presencia los hermanos Atienza, dos auténticos fanáticos del Fenómeno OVNI. Bajo su influencia se acabaría transformando en el Gregorio que todos conocemos.

»Un tiempo después, flanqueado siempre por los Atienza, empezaría a predicar desde un local de su barrio, donde congrega a sus primeros feligreses. A decir verdad, su mezcla de cristianismo, extraterrestres y folklore no es que calara mucho como mensaje, aunque sí servía, al menos, para llamar la atención. Pronto se correría la voz de que Gregorio realizaba curaciones, de que había sido capaz de completar sanaciones espectaculares en personas aquejadas de enfermedades muy graves. No sabemos si aquello era simple propaganda, pero sus habilidades le convirtieron en una pequeña institución en aquellas barriadas de aluvión, llenas de inmigrantes de la España rural que veía en Gregorio la cercana figura del curandero de pueblo, frente al sistema sanitario institucional con sus modernos ambulatorios y su complicado funcionamiento burocrático.

—¿Y Gregorio se ganaba la vida con estas sanaciones? —preguntó Salvador.

—Conforme iban acudiendo más y más pacientes, comenzó a generarse cierto negocio alrededor de la figura de Gregorio, quien, en teoría, no cobraba por realizar estas curaciones; pero los hermanos Atienza sí se preocupaban por aceptar los donativos que hacían los propios enfermos o sus familiares. No estamos hablando de cientos de millones de pesetas, pero existía un ingreso de dinero regular que era gestionado por los Atienza. Y sí, algo dedicaban a la obra de Gregorio, pero sobre todo aprovecharon, dicen las malas lenguas, para dar rienda suelta a sus adicciones.

—Vaya dos se buscó Gregorio Utrilla. No doy crédito.

—La popularidad de Gregorio iba en aumento y una emisora local del extrarradio de Barcelona les ofreció la oportunidad de hacer un programa de televisión, donde Gregorio podría demostrar sus habilidades curativas en directo. Aquella idea les entusiasmó. Esa difusión podría repercutir en un aumento de la clientela, e incluso pensaban que quizá podrían atraer a personas de las zonas ricas y pudientes del centro de la ciudad. Así comenzaron a emitir un pequeño programa, en una emisora de televisión local que cubría toda el área metropolitana de Barcelona. Es entonces cuando el humorista Julián Mora repara en Gregorio, y ya sabes el resto de la historia. En cuestión de días, toda España conocía a Gregorio Utrilla. Sin embargo, su credibilidad se esfumó al mismo tiempo que su clientela. Nadie quería ir a que le impusiera las manos aquel payaso que no decía más que insensateces sobre flotillas de platillos volantes, microchips celestiales y estigmas radioactivos. Todo su mensaje fue expuesto de manera tan grotesca por la televisión que perdió su mística y se convirtió en un chiste.

Juanjo miró al exterior como ansiando un cigarro, pero se conformó con un sorbo de té y reanudó su historia.

—Los Atienza se volvieron locos. Gregorio se había convertido en una estrella, pero a cambio su negocio de curación y sanación se había ido al garete. Intentaron sacar pasta de donde pudieron, pero Gregorio, como te dije, ya se negaba a participar en ningún programa. Los Atienza, aterrados ante el descarrilamiento de su tren de vida, intentaron forzar a Gregorio para que participara cobrando en algún show televisivo; pero no hubo manera. En poco tiempo, los camellos y burdeles dejaron de fiarles y los Atienza se convirtieron en dos toxicómanos desesperados.

—Alucino —dijo Salvador con cierto tono preocupado.

—Aun así y pese a todo, Gregorio no les daría nunca la espalda– —prosiguió Juanjo—. La fama mediática de Gregorio se fue apaciguando y nuevos frikis, nueva carne de cañón ocupó su lugar. En cuestión de meses había sido olvidado y retomó sus sanaciones, aunque esta vez a mucha menor escala.

—¿O sea que sigue estando aquí, en Barcelona?

—No vayas tan rápido. Gregorio está en Barcelona, pero ha dado muchas vueltas. A finales de los 90 pasó una larga temporada en Andalucía, acompañado de los Atienza. Se hicieron con una autocaravana y se dedicaron a recorrer pueblos y ciudades. De hecho, permanecieron un tiempo instalados en el Palmar de Troya, invitados por la iglesia palmariana. Por lo que se dice, el propio Papa Clemente estaba interesado en conocerle en persona y fue él quien les animó a quedarse. Pero se ve que los Atienza y sus hábitos no encajaban precisamente bien con los preceptos de una secta, que no es nada tolerante con según qué cosas. No duraron mucho allí. Sin embargo, no te lo pierdas, empezaron a labrarse un nombre en algunas congregaciones gitanas evangelistas.

—¿Gitanos? Vaya giro.

—¿Verdad? – —Juanjo rió—. Gregorio visitaba iglesias evangélicas, donde la mayoría de feligreses eran gitanos. Cada vez se le reclamaba en más y más localidades. Comenzaron a circular rumores de curaciones milagrosas, pero, como siempre, nunca se sabe qué es leyenda y qué no.

—Bueno, ya sabes cómo funciona ese negocio. Fraudes, efecto placebo, etc —interrumpió Salvador.

—Sí, por supuesto que lo sé, pero la persona que me lo comenta lo conoce aún mejor y, créeme, se produjeron casos muy singulares y de difícil explicación. Con esto no te quiero decir que Gregorio tenga facultades sobrenaturales, pero a lo largo de esta vida me he topado con suficientes situaciones a las que no se les puede dar explicación de manera convencional.

Salvador se quedó pensativo mientras Juanjo hablaba. Cuando te dedicas al estudio o divulgación de anomalías, tarde o temprano te enfrentas a la pregunta: «“¿Alguna vez has experimentado algo que no puedes explicar?»”, «“¿Has visto un fantasma?»,” o “«¿Has avistado un OVNI?”». Su respuesta hasta ahora siempre había sido la misma: un rotundo «“No»”. Había recabado testimonios imposibles a los que había otorgado una alta credibilidad, había examinado indicios inquietantes, pero nunca había presenciado con sus propios ojos nada que desmintiera la versión oficial de este universo. No obstante, aún pensaba que existía algo, un factor que no éramos capaces de aprehender. Pero ese “algo” se escapaba siempre, una y otra vez.

—Su idilio con los evangelistas tampoco duraría mucho —prosiguió Juanjo—. Gregorio, pese a todo, nunca ha dejado de predicar una verdad en la que cree con fe absoluta. Sí, sí, todo ese disparate de los Hermanos Cósmicos, de los 10 000 millones de naves y que Jesús era un extraterrestre. Allá donde fuera, él continuaba predicando su mensaje, lo cual inevitablemente le llevaba al enfrentamiento con párrocos que no podían permitir ese discurso sacrílego.

—Me sorprende que lo dejaran ni siquiera entrar – —dijo Salvador.

—Esta tozudez de Gregorio, por supuesto, sería algo que le generaría tensiones con los Atienza, que veían peligrar su fuente de ingresos. Pero Gregorio nunca dio su brazo a torcer y los conflictos siguieron sucediéndose. Poco a poco se iría agotando en Andalucía el reducido circuito de iglesias en donde eran bienvenidos, lo que a la larga les obligaría a volver a Barcelona. Por lo visto, a día de hoy, todavía suben familias furtivamente desde Andalucía, a llevarle a Gregorio algún pariente enfermo para que lo sane.

—¿Pero dónde está exactamente Gregorio? –—dijo Salvador, perdiendo un poco la paciencia.

—Sí, ya veo, eso es lo que realmente te interesa —sonrió Juanjo al ver el nerviosismo de Salvador—. Volvió a Barcelona y se instaló en Cornellá, donde sigue ejerciendo sus prácticas de sanación.

—¡Bien! ¿Tienes la dirección? —preguntó Salvador, sin poder reprimir la excitación ante la perspectiva de hacer avanzar su investigación.

—Sí. Espera que consulte el mensaje que me han mandado. Lo puedes encontrar en un bajo comercial de la calle Boix, en Cornellá. No me han especificado el número, quizá no tenga.

—¿Y siguen los Atienza con él? —inquirió Salvador con tono preocupado.

—Según tengo entendido sí, pero ahora la situación es incluso más enrevesada, ya que ambos hermanos llevan años enemistados y no se hablan entre ellos. Estoy convencido de que, si quieres llegar a Gregorio, vas a tener que pasar por uno de los dos gemelos.

—Así que Gregorio sigue haciendo más o menos lo mismo: difundiendo mensajes contactistas y atendiendo a enfermos.

—Sí, aunque ya te digo, no sabría darte detalles. Quizá en la próxima comida me lo puedas contar tú. La verdad es que me has despertado la curiosidad.

—No, claro, hay una buena historia detrás del caso de Gregorio. No sé si arrojaré mucha luz pero, si te soy sincero, si consigo llenar unas cuantas páginas y que me paguen por ello me daré por más que satisfecho. No obstante me preocupan los dos gemelos estos que me comentas. Si perciben cualquier interés van a querer sacarme un dinero que ni tengo ni vale la pena invertir.

—Bah, no creo que vayan a pedirte nada que no puedas pagar —dijo Juanjo con tono despectivo.

La sobremesa continuó unos minutos, pero la euforia del vino se había disipado y dado paso a cierta modorra que se hacía evidente en los ojos de Juanjo. Pidieron otra botella de agua y siguieron intercambiando impresiones sobre el caso de Gregorio, pero ya sin mucho entusiasmo.

Trajeron la cuenta a la mesa, de la cual se hizo cargo Juanjo con naturalidad, para alivio de un Salvador que estaba a merced de la generosidad de su amigo. Juanjo pagó dejando una generosa propina. El gesto incluso escandalizó un poco a Salvador. No estaba acostumbrado a dejar más que algunos céntimos. Ambos se levantaron con la parsimonia que confiere un estómago lleno y salieron a la calle. Juanjo sacó su paquete de tabaco Winston y se encendió otro cigarrillo.

—Salvador, me tengo que poner en marcha. A ver si nos vemos más y me llamas para algo más que sacarme información y, de paso, una comida –—azuzó Juanjo—. Es broma, ya sabes que me gusta incordiar. Ya me contarás qué tal con Gregorio. Como te he dicho, me pica la curiosidad.

—Por supuesto. De hecho, creo que voy a plantarme allí esta misma tarde. Tengo un plazo que cumplir y cuanto antes me mueva, mejor.

—¿Quieres que te acerque a la estación?

—No, no te preocupes, no me vendrá mal pasear. Y a ti tampoco —soltó mientras gesticulaba sobre su abultada barriga.

—Que te den —dijo dándole un abrazo de despedida.

***

[Continúa] — Texto íntegro