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En defensa del trabajo contra los intereses del capital (Thomas Hodgskin, 2016 [1825]) - Edición online

Obra

OBRA

Aunque hubo detractores del capitalismo desde los albores de la Edad Media, Thomas Hodgskin fue el primero en erigir una crítica del capitalismo sirviéndose de las herramientas de la ciencia económica. Esta primera tentativa, que habría de influir decisivamente en la obra de Karl Marx y de otros escritores socialistas, proviene además de un autor que frecuentó los círculos liberales de su tiempo y cuestionó con dureza las soluciones comunistas, proponiendo en su lugar la instauración de un libre mercado gestionado por los trabajadores mismos. Precedente indudable del «socialismo de mercado» y del «mutualismo» avant la lettre, Hodgskin se erige como una de las grandes figuras para entender el pensamiento político y económico moderno.

Consulta la ficha completa en nuestro catálogo.

Aunque hubo detractores del capitalismo desde los albores de la Edad Media, Thomas Hodgskin fue el primero en erigir una crítica del capitalismo sirviéndose de las herramientas de la ciencia económica. Esta primera tentativa, que habría de influir decisivamente en la obra de Karl Marx y de otros escritores socialistas, proviene además de un autor que frecuentó los círculos liberales de su tiempo y cuestionó con dureza las soluciones comunistas, proponiendo en su lugar la instauración de un libre mercado gestionado por los trabajadores mismos. Precedente indudable del «socialismo de mercado» y del «mutualismo» avant la lettre, Hodgskin se erige como una de las grandes figuras para entender el pensamiento político y económico moderno.

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Un Barry Lyndon en
la era del vapor

Un Barry Lyndon en la era del vapor

VÍCTOR OLCINA

Aunque hubo críticos del capitalismo desde los albores de la Edad Media, Thomas Hodgskin fue el primero en establecer una crítica del capitalismo sirviéndose de las herramientas de la ciencia económica. Aquel giro copernicano inevitablemente habría de influir en Karl Marx y en los escritores socialistas de todas las escuelas, y podría considerarse como la primera puesta en escena del movimiento obrero en el campo de las ideas.

En efecto, Thomas Hodgskin (1787-1869) era él mismo un obrero: su padre había trabajado toda su vida en los astilleros de Chatham, al sureste de Londres, y estrecheces económicas le obligarían a enviar al joven Thomas a servir como grumete en la Marina británica con tan sólo doce años. A partir de entonces, su vida transcurre como un pasaje de Barry Lyndon: la guerra contra Napoleón le ofrece la oportunidad de distinguirse y medrar hasta el rango de lugarteniente, viajar alrededor del globo y dedicar sus largas noches de guardia en alta mar a reflexionar sobre los problemas que más tarde ocuparán toda su energía. Si algo lamenta de esta época, dirá más adelante, es que le impidió formarse debidamente. A pesar de sus doce años de servicio, el carácter de Hodgskin se adapta mal a la disciplina naval; su determinación a «resistir con obstinación toda opresión de que era víctima», como dirá en 1813, le granjea severos castigos, que describe en An Essay on Naval Discipline (1813) y le abocan a abandonar el servicio militar. A su vuelta a la vida civil, Hodgskin emplea la media pensión que le había sido concedida para cultivar el intelecto. En Londres traba amistad con Francis Place, quien le introduce en el círculo de liberales londinenses, un grupo selecto que incluía algunas de las mentes más ilustres de su tiempo, como Jeremy Bentham, James Mill y el anciano William Godwin, pionero del anarquismo filosófico.

Es en este período cuando termina de forjar su pensamiento. Hereda de los economistas clásicos el recelo hacia el gobierno y la defensa del orden social espontáneo que nace de la propiedad privada, el intercambio voluntario y la armonía natural de intereses. En Travels in the North of Germany (1820) comenta incluso que «la prosperidad de una nación está en proporción inversa al poder y a la intervención de su gobierno», y entre 1846 y 1857 colabora como editor para The Economist, vocero por excelencia del librecambismo británico. Sin embargo, ello no le impide tomar partido por la lucha de los trabajadores desde posturas incluso revolucionarias. En 1823 funda el Mechanic’s Magazine, una revista pedagógica dirigida a educar a la gran masa de trabajadores industriales de la capital inglesa, y en 1824 cubre como reportero parlamentario los debates en la Cámara de los Comunes acerca de las Combination Acts, que prohibían la actividad sindical de los trabajadores para exigir mejores salarios y menos horas de trabajo. Es en ese contexto de profunda conflictividad social en que Thomas Hodgskin emprende la redacción del siguiente ensayo, En defensa del trabajo (1825), dedicado a argumentar la tesis de que sólo el trabajo es fuente de riqueza y que, por tanto, a él debe corresponder su producto.

¿Era Hodgskin, en cualquier caso, un socialista? Murray Rothbard ha sostenido que sus ideas oscilaban más bien entre el liberalismo radical y el anarquismo individualista. Pero algo así es difícil de sostener: él siempre rechazó el apelativo de anarquista y, de hecho, como se verá en el texto, reservaba una función reducida pero esencial al Estado. Su afinidad con el liberalismo es no obstante incuestionable: leyó con fruición a Smith, Ricardo, Mill padre y tantos otros, además de colaborar asiduamente con el mencionado The Economist. Sin embargo, la originalidad de Hodgskin radica en haber sido el primero —junto a William Thompson— que tomó los conceptos de la economía política liberal para atacar los cimientos del capitalismo. Es en ese sentido que el apelativo «socialista» adquiere significado, si bien con matices. De la teoría del valor trabajo desarrollada por Adam Smith y David Ricardo, según la cual el valor de toda mercancía está en relación con el trabajo que ha costado producirla, Hodgskin dedujo que los beneficios del capitalista derivan de pagar al trabajador por debajo de lo que realmente produce. De acuerdo con ello, los capitalistas drenan la riqueza de un país en perjuicio de la gran masa de trabajadores, y para remediar esta circunstancia Hodgskin propone una tercera vía entre liberalismo y comunismo —que ya por entonces sostenía William Thomas, anticipando en varias décadas el debate legendario que sostendrían Proudhon y Marx—: la toma de los medios de producción por parte de los trabajadores con la finalidad de lograr un mercado libre gestionado por los trabajadores mismos. Aquella propuesta, que constituye la gran contribución de Thomas Hodgskin al debate moderno y que podríamos describir como «socialismo de mercado» o incluso «mutualismo» avant la lettre, habría de influir indudablemente en el radicalismo de Proudhon, Benjamin Tucker y muchos otros.

La edición española que presentamos a continuación ha sido traducida directamente del original inglés, tal como fue publicado en 1825. En esta fecha el orden gremial y artesano todavía no había perecido de una vez por todas, y Hodgskin emplea con asiduidad los términos master (maestro) y journeyman (oficial), que se refieren al rango de los artesanos en la antigua jerarquía gremial, para referirse a patronos y obreros. Debido a que conservar tal vocabulario sería confuso e incomprensible al lector hispanohablante de nuestros días, hemos preferido en su lugar los términos «jefe» o «capataz» y «trabajador» u «obrero» en uno y otro caso. Por lo demás, hemos creído conveniente añadir cierto número de notas a pie de página para aclarar, explicar o corregir el texto original. Esperemos les sean de utilidad y enriquezcan su lectura.

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Nota

Nota

En todos los debates acerca de la ley tramitada durante la última sesión del Parlamento, relativa a las asociaciones de trabajadores, se ha hecho mucho hincapié en la necesidad de proteger el capital. Los méritos del capital son por tanto una cuestión de considerable importancia que el autor de la presente obra, a tenor de esto, se ha visto inducido a examinar. Como resultado de este examen, es su opinión que todos los beneficios atribuidos al capital nacen de su colaboración con el trabajo cualificado. El autor se siente, a tenor de lo mismo, llamado a negar que el capital pueda reclamar justamente esa gran parte de la producción nacional que hoy se le adjudica. Se ha esforzado en mostrar que dicha parte es la causa de la pobreza del trabajador; y se atreve a afirmar que la condición de los trabajadores no puede mejorarse de forma permanente hasta que dicha teoría sea refutada, y está determinado a oponerse al hábito de darle prácticamente todo al capital.

THOMAS HODGSKIN
1825

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En defensa del trabajo

En defensa del trabajo

En la actualidad, por todo el país existe una grave oposición entre capital y trabajo. Los trabajadores de casi cada gremio se asocian para obtener mayores salarios, y sus jefes acuden a la legislación en busca de protección. Esta oposición no sólo es de carácter físico, pues de ser así podríamos permanecer así por mucho tiempo, sino de argumento y raciocinio. Para los trabajadores sería posible obligar a sus patronos a cumplir con sus exigencias, pero deben convencer al público de la justicia de las mismas. La prensa tiene en el presente gran influencia sobre las cuestiones públicas; y de largo la parte más influyente y mayor de la misma ya ha tomado partido del lado de los capitalistas. A través de ella, sin embargo, y a través de la opinión pública, debe el trabajador hacerse camino hacia la legislación. Es muy posible que se pueda aterrorizar a los empresarios, pero no se puede obtener el apoyo de personas influyentes más que apelando a la razón. Sugerir algunos argumentos a favor del trabajo y contra el capital es mi principal motivo al publicar este panfleto.

Los trabajadores tienen la mala fortuna, entiendo, de estar rodeados por naciones en una peor condición política de la que gozamos aquí, en donde los trabajadores son pagados incluso peor que en nuestro país. Los trabajadores son todavía más desafortunados por descender de esclavos y siervos. La esclavitud personal y la servidumbre existieron en tiempos pretéritos en Gran Bretaña, y todos los trabajadores de hoy sufren aún las consecuencias del cautiverio sobre sus ancestros. Nuestras reivindicaciones por tanto nunca son juzgadas en base a los principios de justicia. El legislador y el capitalista siempre comparan nuestros salarios con los salarios de otros trabajadores; y sin referencia a lo que producimos, que debería ser el único criterio por el que se nos pagase, se nos acusa de insolentes y desagradecidos si pedimos más de lo que gozaba el esclavo de tiempos pretéritos, o de lo que disfruta hoy el esclavo medio famélico de otros países.

Gracias a los progresos de nuestra habilidad y conocimiento, el trabajo es ahora probablemente diez veces más productivo de lo que era doscientos años atrás; y se supone que debemos, caramba, contentarnos con la misma recompensa que por entonces recibían los siervos. Todas las ventajas que se derivan del progreso van al capitalista y al terrateniente. Cuando, al negársenos toda parte en el incremento de nuestra productividad, nos asociamos para obtenerla, se nos amenaza al instante con un castigo sumario y ejemplar. Se aprueban nuevas leyes contra nosotros, y si éstas se muestran insuficientes se nos amenaza con leyes todavía más severas.

La asociación no es por sí misma un crimen; por el contrario, es el principio que mantiene unidas las sociedades. Cuando el Estado supone su existencia amenazada, o el país en peligro, nos llama para asociarnos en pos de su protección. Las «asociaciones de trabajadores», sin embargo, dice el Sr. Huskisson, «tienen que ser suprimidas». Con frecuencia se han entablado alianzas con otros Estados, o se han organizado asociaciones para llevar a cabo una guerra y derramar sangre; con frecuencia se ha llamado a toda la nación para asociarse con la finalidad de saquear y masacrar súbditos inocentes de alguna nación vecina, y con frecuencia se han cubierto tales asociaciones con todos los epítetos de la gloria.

Ninguna otra asociación parece injusta o maliciosa, a la vista del Estado, excepto nuestras asociaciones para obtener la justa recompensa por nuestro trabajo. Es un crimen atroz a los ojos de nuestra asamblea legislativa, compuesta exclusivamente por capitalistas y terratenientes que no representan otro interés más que el suyo propio, que intentemos, por el medio que sea, obtener, para nosotros mismos y para la confortable subsistencia de nuestras familias, una parte mayor de nuestra propia producción que la que nuestros jefes deciden que nos corresponde. Los ministros han anticipado todos los vicios morales que alguna vez hayan asolado a la sociedad en caso de que perseveremos en nuestras reclamaciones. Para suprimir las asociaciones se han apartado de los principios que se tenían por sagrados desde hace más de doscientos años. Han promulgado incluso leyes que nos ponen en manos de la magistratura como si fuéramos vagabundos y ladrones, y en caso de ser acusados se nos condena sin ser casi ni escuchados, sin el privilegio y la formalidad de un juicio público.

Todo el sufrimiento que se nos ha causado, que incluso nosotros mismos nos hemos echado a las espaldas, ha sido para ventaja del capital. «El capital», dice el Sr. Huskisson, «huirá aterrorizado del país, y los pobres trabajadores, a menos que se les pare a tiempo, llevarán la ruina contra sí mismos y contra nosotros». «El capital», dice el marqués de Landsdowne, «tiene que ser protegido. Si sus operaciones no se dejan libres, si van a ser controladas por cuadrillas de trabajadores, abandonará el país en beneficio de otro más favorable». El capital, si debemos creer a estos políticos, ha mejorado Inglaterra, y la carencia de capital es la causa de la pobreza y los sufrimientos de Irlanda. Bajo la influencia de tales nociones, no hay leyes de protección del capital que puedan juzgarse demasiado severas, y pocas o ninguna persona, excepto los trabajadores, verán inadecuado o injusto el modo habitual en que se desprecian sus reclamaciones y hacen burla de su desgracia.

De hecho, la asamblea legislativa, el público en general y en especial nuestros jefes, deciden sobre nuestras reclamaciones solamente en referencia a la condición pretérita de los trabajadores, o en referencia a la condición de los trabajadores en otros países. Tratan de persuadirnos con el hecho de que no estamos tan mal como los harapientos campesinos irlandeses, que sufren bajo un sistema todavía más penoso que el que nos aflige a nosotros. En su opinión también nosotros estamos destinados a sufrir el mismo destino; puesto que se importa irlandeses en masa, presionando a la baja los salarios de nuestro propio trabajo. Por tanto, se nos niega toda esperanza, sea de convencer al público o de sonrojar de vergüenza a aquellos que viven en la opulencia con nuestro esfuerzo, y que se mofan de la pobreza y de los sufrimientos que causan, remitiéndonos a la pobreza de otras sociedades, sean presentes o pasadas. Para conseguir un mejor trato, los trabajadores deben apelar a los principios. Debemos dejar de prestar atención a cómo se pagaba a los trabajadores en el pasado y a cómo se les paga en otros países, para pasar a probar cómo deberían ser pagados. Debo admitirlo, ésta es una difícil tarea; pero la condición pasada de los trabajadores en este país, o su condición en el presente en otros países, no es un criterio que pueda guiar nuestras reclamaciones; debemos esforzarnos en ir más allá.

Las reclamaciones del capital, soy consciente de ello, están sancionadas por la costumbre casi universal; y hasta que el trabajador no se ha sentido oprimido por la misma no ha sido necesario oponerle argumento alguno. Pero ahora, cuando la práctica provoca resistencias, nos vemos forzados, si es posible, a descartar la teoría en que ésta se funda y justifica. En consecuencia, es contra esta teoría que mis argumentos van a dirigirse. Cuando hayamos establecido la cuestión, sin embargo, en relación a las pretensiones del capital o del trabajo, deberíamos avanzar sólo un paso hacia la determinación de cuál debería ser hoy el salario del trabajo. Las otras partes de la investigación deberán, confío, ser abordadas por otros de mis compañeros trabajadores, y yo habré de contentarme en el presente con el examen de las pretensiones de los capitalistas, tal y como se plasman en las teorías de la economía política.

Admito que la materia es de algún modo oscura, pero es necesario que los trabajadores comprendan y sean capaces de refutar las nociones establecidas acerca de la naturaleza y utilidad del capital. Los salarios fluctúan a la inversa de los beneficios; o los salarios suben cuando los beneficios bajan, o los beneficios suben cuando los salarios bajan; y por tanto los beneficios, o la parte de la producción nacional que va a parar al capitalista, están en oposición a los salarios, o la parte del trabajador. La teoría que reivindica los beneficios, y que presenta el capital y la acumulación de capital como principal resorte de progreso humano, es aquella que, digo, los trabajadores deben examinar en su propio interés, y que deben ser capaces de refutar antes de albergar cualquier esperanza en una mejora permanente de sus propias condiciones. En verdad, para los obreros es tan evidente que por su esfuerzo se produce toda la riqueza de la sociedad, que jamás ha pasado por su cabeza duda alguna en la materia. No es tal el caso de otras personas que, cada vez que los trabajadores reclaman salarios más altos, o se asocian para reclamar justicia, han oído poco o nada acerca de la necesidad de recompensar al trabajo por parte de la prensa o de la asamblea legislativa, sino más bien acerca de la necesidad de proteger al capital. Deben por tanto ser capaces de mostrar la vacuidad de la teoría en que se fundan las pretensiones del capital y las leyes opresivas promulgadas para su protección. Esto debería ser motivo suficiente, espero, para esforzarse en comprender las siguientes observaciones, dado que es el motivo por el que me dirijo a ellos, no tanto para mostrarles lo que debería recibir el trabajo como lo que el capital no debería recibir.

«El producto de la tierra», dice el Sr. Ricardo, «que es todo lo que se extrae de su superficie por medio del esfuerzo combinado de trabajo, maquinaria y capital, se divide entre tres clases de la sociedad: esto es, el propietario de la tierra, el propietario de la materia prima o el capital necesario para su cultivo, y los trabajadores de cuya industria depende el mismo». (Principles of Political Economy, Preface, p. 1, Second Edition).

«Es autoevidente», dice el Sr. M’Culloch, «que sólo tres clases, los trabajadores, los poseedores del capital y los propietarios de la tierra, están en cualquier circunstancia involucrados en la producción de mercancías. Es a ellos, por tanto, que debe corresponder todo lo que se extrae de la superficie de la tierra, o de sus entrañas, por la combinación de trabajo inmediato y de capital, o trabajo acumulado. Las otras clases de la sociedad no tienen otro ingreso que el que derivan voluntariamente o por medio de la coacción sobre estas tres clases».

La proporción en que se divide toda la producción entre las tres clases, se nos dice, se divide como sigue: «La tierra tiene diferentes grados de fertilidad». «Cuando, conforme progresa la sociedad, la tierra de segunda calidad (o de una calidad inferior a aquella que se cultivaba previamente) es puesta en cultivo, la renta inmediatamente comienza en aquella de primera calidad. La renta dependerá de la diferencia en calidad, y el monto de dicha renta dependerá de la diferencia en la calidad de estas dos porciones de tierra». (Principles of Political Economy). La renta, o aquella parte de la producción que va a los terratenientes, es, por tanto, en cada estadio de la sociedad, aquella producción excedente que se obtiene respecto de la tierra cultivada menos fértil dentro de los límites de una nación. Es más productiva la tierra más fértil que la tierra menos fértil cultivada. Producir y ceder tal excedente no debería romper el corazón de los trabajadores. La parte del terrateniente, por tanto, no sostiene la pobreza del trabajador [1].

La parte que pertenece al trabajador de la producción de un país, de acuerdo con esta teoría, son «las necesidades y comodidades requeridas para mantener al trabajador y a su familia; o aquella cantidad necesaria para permitir a los trabajadores subsistir y perpetuar su raza, sin incremento ni disminución». Con independencia de la verdad que haya en esta teoría en otros respectos, no hay duda de su acierto en éste en particular. Los trabajadores reciben, y no han recibido otra cosa jamás, que el precio de la subsistencia, y los terratenientes reciben el excedente de la producción de los suelos más fértiles, y todo el resto de la producción en éste y en otros países va al capitalista bajo el nombre de beneficio por el uso del capital.

El capital, que por tanto equivale a toda la producción del país, excepto la mera subsistencia del trabajador y el excedente productivo de la tierra fértil, es «el producto del trabajo», «son las mercancías», «es la comida que alimenta al trabajador, y las máquinas que usa»: por ese motivo estamos obligados a dar tal enorme cantidad de la producción total restante del país, una vez que hemos obtenido la subsistencia y se ha pagado la renta del terrateniente, por el privilegio de comer aquello que nosotros mismos hemos producido, y de usar nuestras propias capacidades en producir más. El capital, imaginará el lector, tiene que tener cierta propiedad maravillosa para que el trabajador deba pagar por su uso un precio tan exorbitante. De hecho, sus pretensiones se basan en tales propiedades maravillosas, y a ellas pretendo dirigir especialmente su atención.

Varios buenos y grandes hombres, a quienes debemos todos respetar y estimar, viendo que el capital obtenía una porción tan grande como he mencionado antes, y estando dispuestos, en apariencia, más a defender y explicar el presente orden de la sociedad que a elucidar cómo podría mejorarse, se han esforzado en señalar el modo en que el capital ayuda a la producción. De sus escritos extraeré algunos pasajes en que se explican sus efectos. Debo, sin embargo, rogar que no se entienda que lo hago injustamente. El único motivo por el que he seleccionado a estos autores, como representantes de los economistas, es que son con mucho los más eficaces y elocuentes defensores de la doctrina con que discrepo.

El Sr. M’Culloch dice:

La acumulación y el empleo de capital tanto fijo como circulante es indispensable para elevar a cualquier nación en la escala de civilización. Y es sólo por medio de su uso conjunto y de sus potentes operaciones que la riqueza puede producirse en gran escala y difundirse a nivel universal. [Artículo «Political Economy» en el suplemento de la Encyclopedia Britannica.]

La cantidad de industria, por tanto, no sólo incrementa en cada país con el incremento en el uso del capital que pone en funcionamiento; sino que como consecuencia de este incremento, la división del trabajo se expande, nuevas y más poderosas herramientas y maquinaria son inventadas, y la misma cantidad de trabajo es puesta a producir una cantidad infinitamente mayor de mercancías.

Además de su efecto a la hora de promover la división del trabajo, el capital facilita el trabajo y contribuye a producir riqueza en tres modos diferentes:

En primer lugar, nos permite emprender trabajos que no podrían emprenderse de otro modo, o producir mercancías que no podrían producirse de otra manera.

En segundo lugar, ahorra trabajo en la producción de prácticamente todas las clases de mercancías.

En tercer lugar, nos permite hacer un trabajo más perfecto, así como más rápido.

El relato del Sr. Mill acerca de estos efectos, si bien no tan preciso, es todavía más sorprendente. «El trabajador», dice, «carece de materias primas y herramientas. Éstas le son provistas por el capitalista. Por proveer estos medios, el capitalista, por supuesto, espera una recompensa». En otras partes de su libro no es el capitalista quien provee, sino el capital que trabaja. Presenta el capital como un instrumento de producción en cooperación con el trabajo, como un agente activo que se combina con el trabajo para producir mercancías, y así se satisface, tratando a continuación de probar al lector que el capital está legitimado a toda esa gran parte de la producción que de hecho se apropia. Atribuye asimismo al capital poder de acumulación. Este poder o tendencia a acumular, añade, no es tan grande como la tendencia de la población a aumentar —y en base a la diferencia de estas dos tendencias él y otros autores han erigido una teoría de la sociedad que pone a la Madre Naturaleza en una posición cuanto menos poco favorable—.

En lugar de molestarme en citar más pasajes de estos autores, o en transcribir la opinión de otros, debo ahora proceder a examinar los efectos del capital; y empezaré con el capital circulante. El Sr. M’Culloch afirma que «sin capital circulante», por lo que quiere decir la comida y el vestido que alimenta y viste al trabajador, «el obrero no podría emprender ningún trabajo que no rindiese beneficios inmediatos». A continuación, nos dice que «la división del trabajo es consecuencia de una previa acumulación de capital», y cita el siguiente pasaje del Dr. Smith como expresión de su propia opinión:

«Antes de que el trabajo pudiera dividirse, debió almacenarse en algún lugar una reserva de bienes de diferentes tipos, suficiente para mantener al trabajador y proveerle de las herramientas para llevar a cabo su trabajo. Un tejedor, por ejemplo, no podría aplicarse enteramente a su negocio particular si no fuera porque de antemano hubiese almacenado en algún lugar, ya sea en sus dominios o en los de otra persona, una reserva suficiente para su mantenimiento, y para proporcionarse los materiales y herramientas indispensables para llevar a cabo su trabajo, hasta que haya no sólo completado sino vendido sus tejidos. Evidentemente esta acumulación debe ser previa a emprender tal trabajo particular por tanto tiempo».

La única ventaja del capital circulante es que, al asegurar la subsistencia al trabajador, se le permite dirigir su potencia al mejor uso. Tiene más tiempo para aprender un oficio, y su trabajo gana en productividad cuanto gana en capacidades. Asegurada la subsistencia, puede juzgar, con su conocimiento específico y tomando en cuenta los deseos de la sociedad, cuál es el mejor método de trabajo, y trabajar en dicho modo. En ausencia de esta garantía no podría haber pensamiento continuo, invenciones o conocimientos más allá del necesario para proveernos de nuestras necesidades animales inmediatas. El tejedor, debo admitirlo, no podría completar su tejido, como tampoco el carpintero de navío podría emprender la construcción de un barco, a menos que supieran que durante el periodo en que estarán ocupados en esta actividad les será proporcionada comida. Un mercader ciertamente no zarparía rumbo a Sudamérica o las Indias orientales a menos que tuviera la confianza de que durante el periodo de ausencia él y su familia puedan procurarse la subsistencia, y de que al final de su viaje pudiera sufragar los gastos en que ha incurrido. Es esta garantía, este conocimiento, esta confianza en obtener la subsistencia y la recompensa, lo que permite e induce a los hombres a emprender largas y complicadas operaciones, y la cuestión es, ¿derivan los hombres esta garantía de una reserva de bienes ya existente (ahorrados a partir de los frutos del trabajo previo) y lista para pagarles, o de alguna otra fuente?

Me esforzaré en demostrar que esta garantía nace de un principio general de la constitución del Hombre, y que los efectos atribuidos a la reserva de mercancías, bajo el nombre de capital circulante, tienen su causa en las operaciones conjuntas del trabajo.

El trabajador, auténtico artífice de toda mercancía, tiene como garantía que la persona que le ha contratado para trabajar le pagará, y que con ese dinero podrá comprar aquello que necesita. Carece de cualquier reserva de mercancías. ¿Tiene la persona que le emplea y le paga tal reserva? En absoluto. Sólo unos pocos capitalistas poseen alguna de las mercancías que consumen los trabajadores que tienen empleados. Los agricultores puede que tengan una reserva de grano, y los mercaderes y armadores puede que cuenten con provisiones para algunas semanas o meses para sus marineros, dependiendo de la duración del viaje que deban emprender; pero, más allá de esto, ningún capitalista tiene listas las mercancías que requieren sus trabajadores. Tiene dinero, crédito de otros capitalistas y poder sobre los trabajadores, descendientes de esclavos, pero carece de alimentos o ropa. Paga al trabajador sus salarios en dinero, y es la expectativa de que, en su totalidad o en parte, este salario habrá de gastarse lo que induce a otros trabajadores a preparar la ropa y la comida que el trabajador requiere constantemente. No abordemos el tema, sin embargo, en términos generales y abstractos, pues ello parece haber extraviado a otros escritores; descendamos a lo particular.

Un gran industrial del algodón, supongamos, por ejemplo, el Sr. Robert Peel, o cualquier otro de aquellos leviatanes, tan ansiosos de mantener su dominio sobre nosotros y que, como legisladores, sea en sus personas o en la persona de sus hijos, promulgan leyes que nos calumnian y nos oprimen, manda sobre miles de personas, a quienes paga semanalmente: ¿Posee él la comida y la ropa listas para que estas personas las compren y consuman diariamente? ¿Conoce él siquiera si la comida y la ropa que reciben ha sido ya preparada y creada? De hecho, ¿están la ropa y la comida que sus trabajadores consumen preparadas de antemano, o hay otros trabajadores laborando afanosamente para preparar la comida y la ropa mientras sus trabajadores están haciendo metros de algodón? ¿Poseen todos los capitalistas de Europa en este momento comida y ropa para sus trabajadores para más de una semana?

Déjenme primero examinar la cuestión en relación a la comida. Una ración de comida popular consiste en pan, que no puede prepararse sino algunas horas antes de ser consumido. El grano con el que se hace el pan debe, por supuesto, haberse plantado previamente, lo que constituye sólo una parte de todo el proceso, cuya parte más larga va desde el momento en que se guarda la semilla hasta que se cosecha el grano maduro, lo cual es necesario para completar el proceso de preparación de la comida; pero después el grano debe triturarse, almacenarse y cribarse, ser puesto a la venta en el mercado y procesarlo hasta convertirlo en pan. Para que el hilandero de algodón pueda concentrarse únicamente en su particular industria, es indispensable que otros hombres se ocupen constantemente de completar todo este complicado proceso, cada parte del cual es tan necesaria como la del agricultor. La producción de varios de los trabajadores, en particular del panadero, no puede almacenarse. De ningún modo puede la materia de pan, sea en forma de grano o de harina, ser preservada sin trabajos continuos. El empresario que emplea al hilandero de algodón no puede en ningún caso tener pan almacenado, dado que no hay ninguno ya preparado; el hilandero mismo sabe que no hay ninguna reserva de grano en existencias de la que pueda hacerse pan; sabe que sólo puede conseguir pan cuando sabe dónde comprarlo, y no necesita saber más. Pero incluso si supiera de tal reserva, probablemente dejaría la hilandería de algodón para dedicarse a fabricar comida si no tuviera la certeza de que mientras fabrica algodón otros trabajadores están arando la tierra para proporcionarle comida, comida que él estará en disposición de comprar gracias a su trabajo del algodón. La certeza de que obtendrá pan cuando lo necesite, y la convicción de su amo de que el dinero que le paga bastará para obtenerlo, nace del simple hecho de que el pan siempre ha podido obtenerse cuando se ha necesitado.

Otro de los artículos que necesita el trabajador es leche, y la leche se fabrica, si se me permite la irreverencia a las operaciones de la naturaleza, dos veces al día. Si al menos el ganado que la produce estuviera ya disponible, sería sencillo; pero éste requiere atención y labores constantes, así como comida, que durante la mayor parte del año debe producirse diariamente. Los campos en que pastan requieren de la mano del hombre; y, aunque el ganado a veces puede ser sometido a un hábito de obediencia más perfecto y ciertamente más agradable de ver que el de los soldados, incluso ellos requieren atención perpetua, y se les debe ordeñar dos veces al día. Tampoco la carne que come el trabajador está lista, ni siquiera para ser cocinada, hasta que ha sido troceada, y no puede ser almacenada dado que comienza a deteriorarse en el momento en que es llevada al mercado. El ganado que se prepara para el matadero requiere la misma suerte de cuidado y atenciones que las vacas lecheras; y el hilandero de algodón no podría siquiera procurarse una partícula de carne si el agricultor, el ganadero y el pastor no trabajaran continuamente en la preparación de la carne mientras éste se encuentra fabricando algodón. Pero ni siquiera la carne que ha sido llevada al mercado está ya lista para ser consumida. No somos caníbales; y ya sea nuestras esposas o algún trabajador que hace de ello su negocio, completa la preparación de la carne sólo unas horas o incuso minutos antes de que sea consumida. En cuanto a la bebida del trabajador, aquella que proporciona la naturaleza nunca deja de fluir. La cerveza se prepara poco antes de ser consumida, dado que sólo así está buena, y si bien hay cierta reserva a disposición de ser utilizada, el cervecero no cesa en la fabricación de nuevas provisiones. El té que se importa de una vez quizá sirve para unos meses, pero si bien esta reserva está lista para ser consumida, continuamente arriban barcos con más cargamentos.

Ocupémonos ahora del vestido. Algunos trabajadores compran ropas ya fabricadas; a otros se les fabrica por encargo. Hay, debemos admitirlo, una pequeña reserva de ropa lista para ser usada; pero considerando el peligro que suponen las polillas para los materiales con que se fabrica, sólo se mantiene una pequeña reserva. Los materiales para la ropa de mujer pueden prepararse unas pocas semanas antes de fabricarse, pero los vestidos rara vez se rematan hasta que van a ser vendidos.

Podrían tomarse otros ejemplos de cualquier ramo de la industria, si fuera necesario examinar cada uno de ellos en detalle, dado que en este respecto cada trabajador está situado en un esquema similar. El agricultor sabe que podrá conseguir ropa cuando lo requiera, y el sastre sabe que podrá obtener comida; pero el primero ignora cualquier suerte de reserva almacenada de ropa, y el segundo ignora que exista ninguna provisión almacenada. El trabajador sabe que podrá conseguir pan, carne y bebidas siempre que pueda pagarlas, pero lo desconoce todo más allá de ello; y ya he mostrado que éstos no están preparados de antemano hasta el momento en que se los necesita. En lo que concierne a la comida, la bebida y el vestir, es bastante obvio, pues, que ninguna clase de trabajador depende de ninguna clase de reserva almacenada previamente, dado que no existe ninguna clase de reserva; más bien cada clase de trabajador produce y depende constantemente para su aprovisionamiento del trabajo simultáneo de otros obreros.

Para que el empresario industrial o el trabajador puedan dedicarse a una ocupación en particular, sólo es necesario que posea, no como los economistas dicen, una reserva de mercancías o de capital circulante, sino la certeza de que mientras trabaja en su ramo particular otros le proporcionarán las cosas que no produce él mismo, y que podrá procurárselas y pagárselas con el fruto de su propio trabajo. Esta convicción nace desde un primer momento sin necesidad de reflexión. Del mismo modo que esperamos que el sol salga mañana, esperamos que los hombres actúen en tiempos venideros movidos por los mismos motivos que les movieron en el pasado. Si avanzamos un poco más allá con nuestras investigaciones, vemos que hay otros hombres que se dedican a preparar aquellas cosas que necesitamos, mientras nosotros preparamos las que ellos necesitan. Podríamos decir que nuestra certeza se debe a que en última instancia sabemos que hay otros hombres que existen y trabajan, pero nunca al hecho de que haya ninguna reserva almacenada de mercancías. Es el trabajo el que produce todas las cosas en el momento en que se necesitan, y lo único que puede almacenarse o prepararse con antelación son las habilidades del trabajador. Si las habilidades del panadero, del carnicero, del pastor, del sastre, del tejedor, etc., no se hubieran previamente creado y almacenado, las mercancías que cada uno de ellos compra no podrían ser obtenidas; pero allá donde tal habilidad existe, esas mercancías podrán siempre ser procuradas cuando se desee.

Supongamos que la operación de hilar algodón se ha completado, y el producto se ha llevado al mercado para ser intercambiado o vendido en el plazo de un año; sin embargo hay muchas operaciones que no se han completado en este periodo; y si fuera cierto, como he tratado de mostrar, que no hay reserva de comida o vestido almacenados, incluso para aquellos trabajadores cuyas operaciones han concluido en el periodo de dos cosechas sucesivas, ¿cómo no será cierto para aquellas operaciones que no han concluido en el plazo de un año? Todos los trabajadores involucrados deben depender de que el panadero, el molinero, el carnicero, etc. hagan su parte en la tarea social; y tienen que confiar en el agricultor, en que are los campos, y los siembre, y recoja la cosecha al año siguiente. El Sr. Mill dice y dice justamente que «lo que se produce anualmente se consume anualmente». De modo que, en la práctica, para permitir a los hombres continuar con aquellas de sus operaciones que se extienden más allá de un año no se puede contar con ninguna reserva almacenada de mercancías. Aquellos que emprenden estas operaciones deben confiar, no en alguna suerte de mercancías ya creadas, sino en otros hombres que trabajarán y producirán aquello que necesitan para subsistir hasta que sus propios productos sean finalizados. De modo que si el trabajador hubiera de admitir que cierta acumulación de capital circulante es necesaria para las operaciones que pueden llevarse a término en el plazo de un año —y ya he mostrado lo limitado de esta afirmación, si es que es correcta en absoluto—, es evidente que en todas las operaciones que se extienden más allá de un año el trabajador no depende —y no puede depender— del capital acumulado.

Las operaciones que tienen una duración por encima de un año no son pocas ni de poca importancia. El tiempo necesario para adquirir el conocimiento cualificado necesario para desempeñar cualquier clase de trabajo, lo que incluye prácticamente todos los gremios, ya sea que crean riqueza o mero placer —el tiempo necesario para emprender largos viajes, construir gran parte de los canales, caminos, puertos, astilleros, grandes máquinas de vapor y barcos, todos los cuales son de gran potencia una vez en manos del trabajador, llevan considerablemente más de un año o varios años. Todos aquellos que participan en esta clase de empresas tienen la convicción práctica, si bien rara vez expresada, de que en el tiempo en que se ocupan de formar a la próxima generación e instruir a los niños en las artes útiles, en el tiempo en que están haciendo canales, caminos, puertos, astilleros, máquinas de vapor, etc., el agricultor continuará cultivando grano y el molinero continuará moliéndolo, el panadero continuará haciendo pan, el ganadero continuará engordando el ganado y el carnicero continuará sacrificándolo conforme vaya necesitándose, los fabricantes de algodón y de lana seguirán fabricando tejidos y el sastre seguirá haciendo de ello vestidos cuando le sea encargado. Más allá de esta convicción no tienen nada: carecen de reserva de capital circulante ellos mismos, y las personas que posteriormente les proveerán de comida y vestido durante todo el tiempo que duren sus tareas carecen de ninguna reserva almacenada en el momento en que estas tareas comienzan.

De entre todas las operaciones importantes que requieren más de un año para completarse —y no hace falta insistir en el hecho de que todas ellas son importantes, en la medida que implican la producción de riqueza—, con diferencia la más importante es la crianza de la juventud y su educación en el trabajo cualificado o en algún otro ramo relacionado con la creación de riqueza. Deseo especialmente enfocar la atención del lector a esta tarea productiva porque, si las observaciones que he hecho son correctas, todos los efectos usualmente atribuidos a la acumulación de capital circulante se derivan de la acumulación y almacenamiento de trabajo cualificado; y porque esta importante tarea se lleva a cabo, en lo que concierne a la gran masa de trabajadores, sin capital circulante de ninguna clase. El trabajo de los padres produce y compra, con aquello que reciben por salario, toda la comida y el vestido que usa la nueva generación de trabajadores durante el tiempo que permanecen aprendiendo aquellos oficios por los cuales más adelante producirán toda la riqueza de la sociedad. Para la crianza y educación de los trabajadores futuros (por supuesto no me refiero a la educación libraria y oficial, que es la parte más pequeña y menos útil de todo aquello que tienen que aprender) sus padres no han almacenado reserva alguna más allá de su propia habilidad práctica. Bajo la decisiva influencia del afecto natural y del amor paterno, preparan con su esfuerzo, continuado día a día, año tras año, durante todo el periodo de la infancia de la prole, a los trabajadores futuros que habrán de sucederlos en el esfuerzo y trabajo duro, y que heredarán su poder productivo, convirtiéndose en lo que son ahora, los pilares principales del edificio social.

Si consideramos debidamente el número y la importancia de estas operaciones creadoras de riqueza que no pueden completarse en el plazo de un año, y los productos casi infinitos del trabajo diario necesarios para la subsistencia que se consumen tan pronto como son producidos, deberíamos, pienso, percibir que el éxito y el poder productivo de cada clase diferente de trabajo depende en todo tiempo más del trabajo productivo contemporáneo de otros hombres que de alguna acumulación de capital circulante. El trabajador, al no poseer reserva de mercancías, emprende la crianza de los hijos y su educación en las artes útiles siempre confiando en su propio trabajo; y varias clases de personas emprenden tareas cuya producción no se completa hasta pasado un tiempo, confiando en el trabajo de otros hombres para procurarse, durante ese tiempo, lo que requieren para su subsistencia. Todas las clases de hombres emprenden sus actividades diarias con plena confianza en que, mientras ellos permanecen ocupados en su particular tarea, otros prepararán todo aquello que requieran, tanto para su uso inmediato como para su uso y consumo futuro. Ya he explicado que esta confianza se deriva de las leyes de nuestra naturaleza, por las cuales podemos esperar con seguridad que el sol saldrá mañana, y que nuestros congéneres trabajarán al día siguiente y durante el resto del año del mismo modo que han trabajado durante el año pasado y el día anterior. Espero haber satisfecho al lector también en lo que respecta al hecho de que no hay ninguna clase de conocimiento acerca de la producción de trabajadores anteriores que haya sido almacenada para su uso, que los efectos usualmente atribuidos a la reserva de mercancías se derivan más bien del trabajo contemporáneo de otros, y que es por medio del mando que el capitalista ejerce sobre el trabajador, no por la posesión de una reserva de mercancías, que algunos hombres pueden contratar a otros como sus obreros.

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[Continúa]

Notas al pie


[1] En todos los errores hay generalmente una base de verdad. En este caso, la base de verdad es la siguiente: hubo un tiempo en que el capital y los capitalistas proporcionaban un servicio inestimable. Cuando se fundaron los pueblos y ciudades de Europa, y se introdujeron en ellos las manufacturas, éstas se convirtieron en el refugio del campesinado oprimido y esclavizado, que de ese modo podía escapar de la tiranía feudal. Los capitalistas e industriales que habitaban las ciudades eran trabajadores cualificados, y en verdad daban empleo y protección a los campesinos. Les enseñaron artes útiles, y por tanto tomaron un carácter benefactor, tanto en relación a los pobres como al Estado. Eran infinitamente mejores que su alternativa, los señores feudales; y aún conservan mucho de aquel carácter que adquirieron entonces. La veneración que los hombres tributan al capital y a los capitalistas se funda en una suerte de noción supersticiosa y heredada de su utilidad en tiempos pretéritos. Pero hace tiempo que han reducido la vieja tiranía de la tierra a cierta insignificancia, al heredar todo su poder sobre la clase trabajadora. Ahora es, por tanto, momento de que los reproches que se dirigían en el pasado a la aristocracia feudal se dirijan al capital y a los capitalistas; o a aquella aristocracia aún más opresiva que se funda en la riqueza y se alimenta del beneficio. (N. del A.) ▲

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