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Hermann Hesse y Thomas Mann, autores de Demian y La montaña mágica respectivamente, coincidieron por primera vez en un hotel de Múnich invitados por S. Fischer, editor de ambos. Corría el año 1904, y las diferencias que ya se intuían entre el ermitaño y el hombre de mundo hacían muy difícil presagiar la admiración mutua y la camaradería que se profesarían en adelante, durante aquellos tortuosos años para Alemania. Unas diferencias que, no menos que las semejanzas, acabarían consolidando lo que es hoy una de la amistades más admirables de la historia de la literatura.

Esta Correspondencia (1910-1955) expone, en efecto, la historia de una amistad
—como escribiría Carandell en el prólogo de 1977 que incluimos— entre dos personalidades gigantes, cuyo marcado individualismo les llevaría a la incesante búsqueda compartida de esa patria espiritual, siempre en formación, que con su atmósfera lúdica envuelve al maestro en el ejercicio de su creación.

Con actores secundarios de la talla de Knut Hamsun, André Gide y Albert Einstein, que como ayudas de cámara van cruzándose en sus vidas para sazonar los intercambios epistolares, presentamos en esta edición en español actualizada unas cartas que, al mismo tiempo, son tanto un canto al romanticismo de Goethe como una festiva invitación al gran salón de la «literatura universal» que éste anunciaba.

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Hermann Hesse y Thomas Mann, autores de Demian y La montaña mágica respectivamente, coincidieron por primera vez en un hotel de Múnich invitados por S. Fischer, editor de ambos. Corría el año 1904, y las diferencias que ya se intuían entre el ermitaño y el hombre de mundo hacían muy difícil presagiar la admiración mutua y la camaradería que se profesarían en adelante, durante aquellos tortuosos años para Alemania. Unas diferencias que, no menos que las semejanzas, acabarían consolidando lo que es hoy una de la amistades más admirables de la historia de la literatura.

Esta Correspondencia (1910-1955) expone, en efecto, la historia de una amistad —como escribiría Carandell en el prólogo de 1977 que incluimos— entre dos personalidades gigantes, cuyo marcado individualismo les llevaría a la incesante búsqueda compartida de esa patria espiritual, siempre en formación, que con su atmósfera lúdica envuelve al maestro en el ejercicio de su creación.

Con actores secundarios de la talla de Knut Hamsun, André Gide y Albert Einstein, que como ayudas de cámara van cruzándose en sus vidas para sazonar los intercambios epistolares, presentamos en esta edición en español actualizada unas cartas que, al mismo tiempo, son tanto un canto al romanticismo de Goethe como una festiva invitación al gran salón de la «literatura universal» que éste anunciaba.

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Correspondencia

− Índice

Correspondencia

− Índice

PRÓLOGO · Historia de una amistad, por Josep Maria Carandell

Correspondencia

Apéndice

Historia de una amistad

Historia de una amistad

por Josep Maria Carandell

La publicación de la presente correspondencia, en 1968, significó el reconocimiento oficial por las letras alemanas de la amistad de Thomas Mann y Hermann Hesse. Las cartas de uno y otro ya habían sido publicadas en el conjunto de sus obras respectivas; pero en esta ocasión se quiso reunir en un volumen las que Hesse escribió a Mann y Mann a Hesse, para facilitar el conocimiento y el estudio de la muy dilatada relación de los dos escritores y, más aún, para dejar constancia de que el autor de La montaña mágica y el de El juego de los abalorios se distinguían mutuamente con una particular amistad que no tuvieron por ningún otro intelectual de su tiempo.

Al enfrentarse con un autor sentimos instintivamente curiosidad por saber de su mujer, de sus amantes, de sus amigos y de sus enemigos porque, quizá sin damos cuenta, intuimos que todos ellos nos ayudan de manera decisiva a completar el cuadro de su personalidad, que la obra y el carácter de tal autor sólo sugieren. La extrañeza que nos suele causar el descubrimiento de un amor o de una amistad incompatibles a priori con la imagen que nos habíamos formado de ese artista, es la prueba más viva de que desgarramos un telón y miramos más de cerca la verdad.

Pues esto es lo que normalmente sucede al enterarse el público de la amistad de Hesse y Mann, del ermitaño y el hombre de mundo. Vistos ambos desde fuera, sus caracteres aparecen encontrados y difíciles de ensamblar, y hasta ahora sus obras, a pesar de las concomitancias, resultan casi incompatibles. El propio Hermann Hesse, en carta a un admirador, decía: «Me entristece que usted, como centenares de mis lectores y corresponsales, no pueda valorar a Hesse sin denigrar para ello a Thomas Mann». Otro tanto ha sucedido con Goethe y Schiller, las personalidades paradigmáticamente contrarias en el marco de referencias alemanas: Max Scheler pendulando entre el autor de Fausto y el de Los bandidos, sin conseguir anularlos nunca, es el ejemplo que me viene siempre a la cabeza. Para los griegos, la oposición estaba entre Platón y Aristóteles; para nosotros, por ejemplo, entre Baroja y Azorín.

Pero antes de entrar en el tema de la correspondencia de Hermann Hesse y Thomas Mann, me parece conveniente descubrir los cimientos en que aquélla se asienta y que consisten en la enorme importancia de los epistolarios en la cultura alemana, y en la conciencia de vida intelectual que tuvieron en Europa las generaciones de escritores y de artistas de los tiempos inmediatamente anteriores a los nuestros.

Aunque quizá ya sea un tópico, es útil subrayar que en los países nórdicos de Europa la relación epistolar es de una intensidad y vivacidad difícilmente imaginable en nuestras latitudes, donde priva la relación personal y el rumor que va de boca en boca. Nuestra cultura, la del Mediterráneo árabe y europeo, ha circulado y se ha consolidado tradicionalmente por la vía de la viva voz y el aire libre, en el ágora, en la calle, en los locales públicos; mientras que la nórdica se ha hecho por carta, en las publicaciones y a puerta cerrada. Esto vale tanto para los pueblos como para los intelectuales: no en vano en los países meridionales los escritores y artistas son fácilmente accesibles al público de forma directa, y en lo septentrionales se encastillan en su mundo de trabajo.

Mann y Hesse se refieren con frecuencia, en sus cartas y en otros escritos, a la importancia y abundancia de la relación epistolar. «Le confieso que los centenares de cartas de Alemania…», «La quiebra de mi correspondencia…» y Mann, en Muerte en Venecia, anota que Aschenbach, a sus cuarenta años, tenía que «despachar una correspondencia en la que aparecían sellos de todos los países del globo». Pero con ello entramos ya en el segundo punto, que se refiere tanto a la presencia viva de los intelectuales en la sociedad, como a la conciencia que éstos tenían de su contenido, en la Europa anterior a la Segunda Guerra Mundial.

Quizá nunca en la historia europea, ni aun teniendo en cuenta el Renacimiento y el Siglo de las Luces, los intelectuales de este continente se relacionaron más que en el período de entreguerras, de 1918 a 1945. Ernst Robert Curtius, en un ensayo sobre Hesse, precisamente, recuerda: «Pero ¡cuántos caminos y encuentros no había entonces en Europa, desembarazado el espíritu de todas sus trabas! […] Existía una Europa del espíritu, intensamente viva, por encima y en contra de toda política. Esta Europa alentaba no sólo en revistas, sino en las relaciones de persona a persona». Y, como ejemplos, cita a Elliot, Hesse, Rilke, Valéry, Joyce, Ortega y Gasset, Thomas Mann, Gide… Y no se trata sólo de la cantidad y calidad de los corresponsales; importa, tanto o más la conciencia de todos estos hombres de que sus cartas no son vehículos de relación privada, sino documentos y «pruebas» que algún día serán conocidos por el público, e incluso, editadas en vida por sus propios autores y, en extremo, por sus destinatarios, para bien o para mal.

De ahí que la cordialidad efusiva y la confesión muy íntima brillen por su ausencia en las numerosas correspondencias publicadas continuamente en los países nórdicos. Rara vez se encontrará un sollozo, como ocurre por ejemplo en las cartas de Lorca; ni una vulgaridad involuntaria, ni siquiera una frase mal escrita. Pues, en resumen, las cartas de los intelectuales son tan públicas como sus obras. Hesse publicó, en 1951, un volumen de Cartas —ver en la presente correspondencia la carta en la que se hace referencia a este volumen— , donde reunió muchas de las más interesantes escritas por él a varias personalidades y lectores. Thomas Mann, al comentarle el libro a Hesse, observa satisfecho «que una buena cantidad de estos amables documentos, más de los que yo creía, están dirigidos a mí». Hay otros casos, como el de Rilke, en que las cartas llegan a tener la calidad de las obras de expresa creación; así sus Cartas a un joven poeta, dirigidas por Rilke al prácticamente desconocido Wolf von Kalkenreuth, o las Cartas a una dama. El género epistolar, en estas y otras muchas ocasiones, tiene un valor equivalente a los «Diarios» o las «Confesiones».

Thomas Mann y Hermann Hesse pertenecen a la misma generación. Nació el primero en la ciudad hanseática de Lubeca, en 1875 y el segundo en Calw, pueblo de la Selva Negra, en 1877. Son del mismo quinquenio Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), Rainer Maria Rilke (1875-1926), Georg Kaiser (1878-1945), Alfred Doblin (1878-1957) y Hans Carossa (1878-1955), todos ellos algo más jóvenes que Stephan George, Heinrich Mann y Jakob Wassermann, y mayores que la interminable pléyade inmediata de los Robert Musil, Stephan Zweig, Georg Trakl, Georg Heim, Osear Loerke, Leonhard Frank, Franz Kafka, Herman Broch, Gotfried Benn, Emst Wiechert, etcétera.

En líneas muy generales puede decirse que si la generación primera (algunos de cuyos nombres he dado y a los que habría que añadir otros de más edad), llevó a su esplendor el naturalismo, y la tercera (con los también citados e innumerables más, nacidos a en la década de los noventa) fundó el expresionismo, la generación intermedia de Hesse y Mann fue la que reaccionó contra el naturalismo sin llegar a salirse de él completamente y sin establecer una escuela de carácter unitario.

En concreto, conviene recordar, sin embargo, que Thomas Mann encontró ya su público en 1901, con Los Buddenbrook, a la edad de veintiséis años y quedó para siempre anclado en ese tiempo y en la generación que comenzó su juventud al filo de ambos siglos. Años después recordaría con cierta amargura que el Premio Nobel se le concedió en 1929, «en especial por su gran novela Los Buddenbrook…»: «Si el premio lo merecía sólo por Los Buddenbrook y ya por ese libro, ¿por qué no lo había recibido veinticinco años antes?». Pero con satisfacción podía declarar en Muerte en Venecia que su trayectoria intelectual quedó atada a su época desde su famosa obra juvenil: «Para que cualquier creación espiritual ejerza rápidamente una influencia amplia y profunda, es preciso que exista un secreto parentesco, y hasta una identidad, entre el destino personal y el destino general de su generación».

Muy otro fue el caso de Hermann Hesse. Habiendo comenzado a publicar por las mismas fechas que Mann —Una hora después de medianoche es de 1899— y con varias novelas importantes aparecidas a lo largo de los primeros quince años del siglo —Peter Camenzind, 1904, Bajo la rueda, 1905, Gertrud, 1910, Knulp, 1915, más otros varios libros de poesía, ensayo y viajes—; sin embargo no acertará a dar en el clavo de su tiempo hasta 1919, con su espléndida novela Demian. En la introducción a El último verano de Klingsor, publicada por la Biblioteca Universal Planeta, expliqué con detalle el porqué de este éxito. Baste recordar aquí lo que Ralph Freedman resume claramente en La novela lírica: «Con el éxito extraordinario de Demian, Hesse se había convertido en el portavoz de esta joven generación —la de la posguerra—, tal como Thomas Mann había sido el portavoz de la inmediata anterior». Y esto es lo que me interesaba destacar aquí: que perteneciendo ambos a la misma ola generacional, Mann —más próximo al naturalismo— halló su público casi veinte años antes que Hermann Hesse —más cerca del expresionismo—.

Como consta en la carta 88 del libro que el lector tiene en sus manos, Hesse y Mann se conocieron en Múnich en el hotel donde vivían los Fischer, editores de ambos autores, en 1904. Pero en esta fecha tan temprana Mann era ya hombre famoso; como escribió él mismo en Relato de mi vida: a partir de Los Buddenbrook «mi correspondencia aumentó, el dinero fluía hacia mí, mi retrato corría por las revistas ilustradas, numerosas plumas escribieron trabajos sobre el producto de mi tímida soledad, el mundo me abrazó entre elogios y felicitaciones». Aquel mismo año Mann se prometía con Katia Pringsheim, hija de una familia judía extraordinariamente rica, con la que se casó al año siguiente. En cambio, Hesse acababa de retirarse a Rudolf, donde trabajaba como corredor de libros y se iniciaba en su retiro del mundanal ruido, que no interrumpirá hasta su muerte.

Esto, y algún otro rasgo, como se verá, dio su carácter especial a las relaciones entre uno y otro. Hesse miró siempre a Mann como un hombre famoso, y Mann protestó siempre por que la crítica no colocase en lugar merecido la producción de su amigo. El lector puede comprobar fácilmente el respeto, doblado de distanciamiento, con que el campesino del sur trata al señor del norte. Aunque a medida que pasan los años Mann intenta una y otra vez apear a Hesse del trato de «querido señor Hesse», en busca de fórmulas más cordiales, como «Querido amigo», Hesse mantiene imperturbable la fórmula de respeto hacia Mann, sin darse por aludido. Sólo a la altura de 1947, Hesse trata a Mann de «querido señor y amigo», pero dando enseguida la explicación de que a él siempre le resulta cómico que una persona más conocida que otra sea tratada por ésta simplemente de amigo. Con todo, después de las muchas ocasiones en que Mann se le dirige con tanta llaneza como cordialidad, Hesse se decide, ¡en 1913!, a escribirle «querido Thomas Mann».

Pero, ¿no existen otros motivos, quizá más profundos, para la actitud distanciada de Hesse? Estoy seguro de que sí. Hesse era un alma romántica «naturaliter christiana» —como él mismo dice en alguna ocasión—, de una exquisita sensibilidad para la amistad. Todo esto debería traducirse en efusión de la simpatía y de los sentimientos hacia la única persona que, entre los intelectuales, le demostró una amistad tan grande como inquebrantable. Pero más fuerte que su lado sentimental era su fibra de ermitaño, de persona que no quiere mezclarse físicamente en el «lodazal del mundo» y que tiene además pretensiones de atemporalidad. En esto Hesse es radical, admirable y ejemplar.

Para comprender mejor su actitud, comencemos observando algunos rasgos de su carácter. Hermann Hesse no era un tímido: sí lo era en cambio Thomas Mann, cosa curiosa. Pero a Hesse le molestaba el bullicio, le irritaban las relaciones superficiales y no podía soportar la vida cotidiana de las ciudades. Hijo de la Selva Negra —paraíso de bosques y pueblos tranquilos— y educado en la atmósfera de una familia de pastores protestantes, pietistas, su vocación le llevó al contacto con la naturaleza y el amor a la soledad. Vivió prácticamente toda su vida en Montagnola, en la Suiza italiana, lejos del mundo. En Bajo la rueda lo reconocemos cuando presenta al joven que no aguanta la vida comunal, conventual. En Siddharta habla de sí mismo cuando el protagonista huye de su casa y de los placeres del mundo para hacerse ermitaño. En cuanto a El lobo estepario, ningún título cuadra mejor a su persona. En una carta de 1949, poco después de recibir el Premio Nobel, se queja a Mann de que la gente vaya a visitarlo… «y por tres veces han provocado en mí, viejo ermitaño, ataques de ira». Thomas Mann, por su parte, lo llama «sabio y extraordinario viejo jardinero», «viejo, noble campesino suabo», etcétera.

Pero si por carácter Hermann Hesse fue toda su vida un outsider —como lo calificó adecuadamente Colin Wilson en El desplazado—, fue su concepción del mundo la que le dio una base teórica y sabia a su voluntad de soledad. Seguidor de la filosofía nietzscheana desde su juventud, Hesse hizo suya la invitación del solitario filósofo, a la más pura y total independencia. Recordemos aquí, inevitablemente, la sentencia del sabio Zaratustra: «Ahora os ordeno que me perdáis y que os encontréis; y sólo cuando todos hayáis renegado de mí, volveré entre vosotros» (I, 3). Fiel al maestro, Hesse rompe con él y, desde luego, con todos. Se dedica a buscarse a sí mismo, como Zaratustra cuando vuelve a su soledad, como Nietzsche a lo largo de su vida ermitaña. Hesse adopta el orgullo intelectual —el carácter ya lo tenía— de este hombre distanciado de la humanidad, por amor a la humanidad. De él pudo decirse: «Hermann Hesse es uno de los pocos que se mantuvieron alejados en 1914 de la tempestad de entusiasmo nacional, pues vio muy pronto con mirada clara el peligro que amenaza al espíritu en las psicosis colectivas» (Karl August Horst).

Thomas Mann también sintió la llamada de Nietzsche. «El influjo espiritual y estilístico de Nietzsche es reconocible, sin duda, ya en mis primeros ensayos de prosa que vieron la luz pública»; «el contacto con Nietzsche determinó en alto grado mi forma espiritual…», dice en Relato de mi vida. Y esta predilección se observa ya en la primera de las cartas a Hesse y sus ecos se prolongan hasta casi las últimas cartas. Pero el apartamiento de Mann no sólo se reflejó en sus novelas: la enrarecida lejanía de la Montaña mágica, del ciclo de José… Por lo demás, Thomas Mann, que partiendo de Nietzsche le puso a Nietzsche numerosas objeciones, no siendo la menor la voluntad de ser amable y hacer amable este mundo violento, se hizo hombre de mundo, primero por la fama de sus obras, después por su consideración de ser el representante máximo de la República de Weimar y su más conocido «embajador» en el extranjero y, finalmente, por su sentido de responsabilidad en la hitlerización de Alemania, escribiendo y radiando desde fuera de su país sus violentas diatribas contra el director y seguidores. Mann no se contaba, desde luego, entre los detractores del Káiser al comenzar la Primera Guerra Mundial. Mann, como casi todo el mundo, participó del «entusiasmo nacional» y luego, al proclamarse la República, se hizo ferviente republicano (alguna vez se diría, abusivamente, que Mann jugó siempre la carta del triunfo, cosa desmentida en su actitud ante Hitler y ante la Alemania anticomunista de posguerra), de un republicanismo al principio aburguesado, con tendencias progresivamente izquierdistas hasta rozar el socialismo.

Que su carácter también lo llevaba a simpatizar con el mundo, es cosa palmaria. Hans Castorp, su alter ego, era un dandy a la alemana, y Settembrini, la atractiva figura con la que quiso definirse en la misma novela —La montaña mágica— era un dandy a la italiana. Pero, sobre todo, es en su Felix Krull, el estupendo estafador, donde intuimos la capacidad de vivir y disfrutar que tenía aquel hijo de navieros y cónsules. A lo largo de su vida, la carrera de Thomas Mann será una sucesión de honores, de actos públicos, de gestos dilatados ante el mundo.

Si hasta aquí he analizado el carácter e ideas de uno y otro autor respecto a la publicidad y a la soledad, ahora interesa relacionar ambas personalidades, puesto que es su relación lo que importa al hablar de la correspondencia. Entonces observamos que, por un lado, el lobo estepario siente respeto ante el hombre famoso —un respeto que oculta un gran orgullo— y, por otro lado, que el dandy siente profunda admiración por el jardinero solitario. Admiración nacida de que la historia le va dando la razón a Hermann Hesse, «uno de los pocos» que no se dejó cazar por el entusiasmo nacionalista ni por el republicano. Quizá la presente correspondencia alcanza su punto de mayor dramatismo cuando Hesse se burla de la República de Weimar defendida por Mann. En la carta 11, de 1931, Hesse rechaza la propuesta de Mann de ingresar otra vez en la Academia prusiana —en la que entraron juntos en 1926 y de la que Hesse salió al oler su tufillo nacionalista— y, tras repetir su repulsa hacia Alemania por su espíritu y postura en la Primera Guerra Mundial y rechazar igualmente a la República por ser sólo una fachada sin auténtico consenso popular, escribe: «El año 1918 acogí la Revolución con enorme simpatía; desde entonces mis esperanzas en una República alemana que pueda tomarse en serio han desaparecido». Para él la Revolución proletaria alemana del 18 era alemana de verdad, aunque no fuese propiamente una revolución; pero la República burguesa, inventada con el fin aparente de impedir la dictadura, pero con el propósito real de terminar con el par de «buenos espíritus» de la revolución le parecía un juego innoble y falso.

No tardaría Thomas Mann en ver que Hesse llevaba de nuevo la razón. Impresionado por el autor de Narciso y Goldmundo, habría de escribirle al comenzar su exilio, tras la subida de Hitler al poder total, en 1933, aceptando su opinión que siempre respetaría, no sólo por lo que tenía de verdadera, sino también por su manera original y única. La citada respuesta de Hesse, en todo caso, consolidó la amistad de Mann a Hesse, hasta conseguir, a lo largo de los años de nazismo y guerra, que se convirtiese en amistad de Hesse a Mann. Cuando Mann fundó en Francia una revista de exiliados, europeísta y antinazi, ya se ve en la propuesta a Hesse para que acepte colaborar en ella el deseo de Mann de que diga que no y sea original. Una y otra vez repetirá Thomas Mann, en público y en privado, su alabanza de la insobornable entereza del sabio jardinero.

A pulso se va ganando Thomas Mann la amistad de este huraño anacoreta. Mann, el hombre de los muchos amigos, que pudo escribir «que no es cierto […] que los artistas de mi tiempo, mis colegas, hayan mostrado indiferencia ante mi persona y mi obra», para citar seguidamente a Kafka, a Hauptmann, a Wassermann, a Hofmannsthal, a Rilke, a Schnitzler, como amigos, Thomas Mann repito, añadía con orgullo tras un punto y aparte: «Hermann Hesse y yo mantenemos una amistad inquebrantable y nos ayudamos mutuamente en todo orden de cosas» (cartas a Hans Mayer). Porque, por el contrario, Hermann Hesse que, como escribe Curtius, fue un solitario no influido por ningún contemporáneo, sólo podía recordar la amistad epistolar con Elliot y después con Gide. Hacia 1936, sin embargo, ya Thomas Mann se le hacía imprescindible, si no como verdadero amigo sí, por lo menos, como camarada: «Así como durante la guerra mundial tuve un colega en Romain Rolland, así también lo he tenido a usted desde 1933». Y prosigue: «No pienso perderlo a usted, en absoluto, ya que no me es fácil ser infiel». Thomas Mann, con inteligencia, con simpatía y con sus actos, logrará que del compañerismo pasen a la amistad, a la más fuerte amistad. Él imitó al Hesse de la Primera Guerra Mundial ayudando eficazmente a los fugitivos; le propuso repetidamente para el Premio Nobel; hizo difundir sus obras en Alemania; le dedicó cartas abiertas en la prensa con motivo de sus sesenta y de sus setenta años. Al fin, también Hesse, impresionado, le dedicará una carta abierta con motivo de su setenta y cinco aniversario y otras después, así como el lacónico y triste saludo de despedida, desde la soledad montañesa de Sils Maria, la ermita de Nietzsche, cuando Thomas Mann fallece en agosto de 1955.

Pero, ¿a qué se debía esta dificultad de acercamiento de Hesse a Mann, puesto que ni su carácter ni sus ideas terminan de explicar su resistencia? Dicho brevemente: el espíritu burgués de Thomas Mann. A Hesse le fastidiaba el orden, la disciplina, en los que era maestro el autor de las obras muy elaboradas. En la felicitación pública, ya citada, de Hesse a Mann por los setenta y cinco años de éste, Hesse insinúa la verdad: «Cuando nos conocimos en un hotel de Múnich, no éramos demasiado parecidos —lo que se podía advertir ya en nuestra manera de vestir y de calzar—» y, para que aquel primer conocimiento llegase a convertirse en amistad y compañerismo, tuvieron que ocurrir muchas cosas. Pero, en la siguiente carta pública de 1955 Hesse ya no oculta nada de lo que piensa: «Lo que primero me llamó la atención, me impresionó y me hizo pensar en su persona fueron sus virtudes burguesas: la aplicación, paciencia y perseverancia […]. Esta autodisciplina y esta entrega fiel y constante habrían bastado para asegurarle mi más alta estima. Para el amor, sin embargo, hace falta más. Y fueron sus rasgos no burgueses y desaburguesados los que ganaron mi corazón: su noble ironía, su gran sentido de lo lúdico, su valor para exponer y afirmar sinceramente toda su problemática y, no en último término, el placer que su temperamento artístico encuentra en el experimento y la aventura, en el juego con nuevas formas y medios artísticos […]».

Porque Hesse era un desordenado y un temperamental. Fue siempre donde iba su carácter aventurero, atormentado y romántico. Si ambos amaron a Goethe creo que fue por motivos opuestos: Hesse porque el viejo zorro llevó una vida agitada, apasionada, con enamoramientos hasta su vejez; Thomas Mann porque por encima de todo ello campeaba un espíritu olímpico, supremo. Las novelas y poemas de Hesse nunca tienen final porque le importa sólo la lucha y no tiene soluciones. Los escritos de Mann parecen redactados desde la altura de los dioses. Y así es, entonces, como el anacoreta corretea sin descanso como Ío perseguida por el tábano, con los orgullosos sufrimientos de Prometeo. Mientras que el hombre de mundo se agencia una ironía como defensa ante el abismo.

Y aquí vuelve el viejo Nietzsche de nuevo. Mann le llamaba «el poeta del conocimiento», imperturbable, disciplinado, fuerte como un guerrero. Hermann Hesse, por su parte, escuchó ante todo la invitación zaratustriana a ser asado, a pasar por el infierno del alma: por lo más bajo para llegar a lo más alto. Para Mann, Nietzsche fue un científico. Para Hesse, Nietzsche fue el profeta desvelador de que si la ciencia circulaba separada de la vida como hasta ahora, la Humanidad se perdería y se alienaría en la muerte de las cosas.

Hasta aquí he subrayado las diferencias entre los dos escritores, incluso allí donde había semejanzas; como la pertenencia de ambos a la misma generación, o su gusto por Goethe y por Nietzsche , diferencias que hubiesen podido ampliarse, pero ya sin demasiadas ganancias, de haberme referido a la música, al estilo, al Bildungsroman o a otras tradiciones germánicas. Me detendré ahora, pues, en lo que los unía.

Destacaré en primer lugar, en el plano literario y humano, por convenir a la comprensión de la Correspondencia, el culto de ambos escritores a la amistad. Las parejas de amigos en las novelas de Hesse: Demian-Sinclair, Siddharta-Govinda, Narciso-Goldmundo…, le sirven al autor no sólo para expresar sus polaridades (maestro-discípulo, espíritu-vida, autoconocimiento-fe, etcétera), sino también, en el estricto nivel de la amistad, para exponer que por fuertes que sean los lazos sentimentales entre amigos, debe cada uno de ellos seguir su camino, aunque esto los aleja, y no en vano se separan todos ellos. «Óyeme, pequeño Sinclair. Tengo que dejarte»; «—Siddharta —empezó—, hemos llegado a ser hombres viejos. Difícilmente en esta vida volveremos a encontrarnos. Veo, amigo, que has hallado la paz. Yo te confieso que no la he conseguido…». También en las novelas de Mann aparecen amigos, en Tonio Kröger, La montaña mágica, en el ciclo novelístico de José, aunque nunca con la esquemática claridad de las obras de Hesse. Sin embargo, sean en Mann los amigos portadores o no de símbolos, hay siempre un lazo que los une poderosamente por encima de sus destinos: la fidelidad. Esto queda particularmente bien expresado en Doktor Faustus. La vida del compositor alemán Adrian Leverkühn contada por un amigo. En el penúltimo párrafo, Seremis Zeitblom, el biógrafo y amigo, escribe: «El 25 de agosto recibí aquí mismo, en Freisling, la noticia de que se había extinguido aquella vida que había dado a la mía su esencial substancia, en ternura, tensión, espanto y altivez». Tal impresión había recibido Mann de Nietzsche, pero también, en cierto modo, de Hermann Hesse.

Aquí vendría a cuento referirme a las concomitancias y parentescos entre las obras de Hesse y Mann y, muy particularmente, entre El juego de los abalorios y Doktor Faustus que Mann observó con asombro según se ve en sus cartas (63 y siguientes).

Otro punto de contacto es el del germanismo de ambos escritores, que sólo puede comprenderse a partir de su decidido individualismo. Habiendo sido ambos atacados, Hesse desde su juventud, Thomas Mann desde 1933, por abandonar la patria, ambos se defendieron individual y mutuamente como voces de la Alemania verdadera. «Yo no puedo salirme del germanismo que poseo, y creo que mi individualismo y también mi oposición y odio a ciertas conductas y frases alemanas, son funciones en cuyo ejercicio no sólo me ayudo a mí mismo, sino también al pueblo alemán» (Hesse). «En Alemania los más descontentos con el espíritu alemán han sido siempre los más alemanes» (Mann). «Pero usted, como gran poeta en lengua alemana siempre hablará en Alemania y por Alemania» (Mann). «Yo le saludo y le doy las gracias, no como mandatario de una nación, sino como solitario, cuya patria verdadera, tanto como la de usted, sólo puede captarse en los orígenes» (Hesse). Germanismo violentamente antioficial en Hesse, enraizado en ambos en la vida y el dolor de Alemania y en sus contradicciones, europeizante y nacido de las propias y originales experiencias.

Estos dos hombres que, en un principio, se habían contemplado mutuamente como distintos y contradictorios, llegaron al convencimiento, a lo largo de sus numerosas cartas y de sus esporádicos pero intensos encuentros, a descubrir sus semejanzas, su fraternidad. No otra cosa, seguramente, es la que experimentará el lector, y lo que yo he querido subrayar, así como lo que Hermann Hesse dice pocos meses antes de la muerte de Mann (carta 135), al intentar sintetizar la dialéctica de su progresiva y fructífera amistad: «Para aquel sector de lectores que todavía no puede dejar de oponernos uno al otro, nuestra amistad y dependencia mutua no resultarán nunca comprensibles ni tampoco la coincidentia oppositorum de Nicolás de Cusa».

JOSEP MARIA CARANDELL
Marzo de 1977

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