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Libertario, individualista, periodista, economista incluso, pero también escritor gigante y polemista implacable, del que en su tiempo se decía que «respiraba humo y fuego», Benjamin Tucker fue amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y de los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX. Un hombre que rebasó los confines de su tiempo y sentó las bases de una manera de pensar que desafía, todavía hoy, las formas de pensar imperantes.

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Libertario, individualista, periodista, economista incluso, pero también escritor gigante y polemista implacable, del que en su tiempo se decía que «respiraba humo y fuego», Benjamin Tucker fue amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y de los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX. Un hombre que rebasó los confines de su tiempo y sentó las bases de una manera de pensar que desafía, todavía hoy, las formas de pensar imperantes.

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PRÓLOGO · A man too busy to write a book, por Víctor Olcina

Primer bloque
Libertad individual

Primer bloque
Libertad individual

I · Declaración de propósitos de Liberty

II · Socialismo de Estado y anarquismo

III · La relación del Estado con el individuo

IV · El anarquismo y el Estado

Segundo bloque
Otros escritos

Segundo bloque
Otros escritos

I · Por qué soy anarquista

II · La tierra para el pueblo

III · La resistencia pasiva

IV · La postura del anarquismo hacia los cárteles industriales

V · Libertad e impuestos

VI · Oscar Wilde, juzgado por homosexualidad

VII · Carta a Walt Whitman a propósito de Hojas de Hierba

VIII · La Libertad y la violación

IX · Notas desde París

A man too busy to write a book

A man too busy to write a book

por Víctor Olcina

Los anglosajones han gustado siempre de compararse con las culturas clásicas, y a finales del siglo XIX Boston era la Atenas de los Estados Unidos. Henry James describía a las señoritas de la ciudad debatiendo sobre oscuros problemas filosóficos mientras tomaban el té y se lamentaban de la vida frívola e insignificante que llevaban sus compañeras de Nueva York. Sophie Raffalovich, que escribiría en 1880 un artículo impagable sobre The Boston Anarchists, se sorprendía de que en esta ciudad intelectual par excellence los anarquistas no lanzaran bombas, se opusieran a la violencia, citasen con frecuencia a Auguste Compte en sus artículos y dominasen la obra de Spencer. En lo que respecta a esto último, buena parte de su fama se debía a un solo hombre: Benjamin R. Tucker (1854-1939), más conocido como el editor de la legendaria revista Liberty, libertario, individualista, periodista, economista incluso, si se quiere, pero también escritor gigante y polemista implacable, amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX.

Se debe a Benjamin Tucker, casi en solitario, el nacimiento de una tendencia individualista en el anarquismo que sobreviviría hasta nuestros días. Sin embargo, sus ideas no germinaron en el vacío: en buena medida eran la llama que nacía de la fricción entre la sociedad americana, tradicional en el mejor sentido de la palabra, es decir, privada, independiente, con amplios espacios por colmatar en el Oeste, salvaje y recelosa del Estado, por un lado, y la nueva sociedad estatal y capitalista que irradiaba desde los grandes centros fabriles y burocráticos con sus ejércitos de obreros y soldados. Así se justifica que uno de los mejores libros sobre esta cuestión se titule reveladoramente The American as Anarchist, o que las ideas de Tucker no sólo no cayeran en saco roto sino que fueran leídas por decenas de miles de suscriptores de Liberty y abrazadas por una importante sección del movimiento obrero americano.

A lo largo del siglo, millones de kilómetros cuadrados del continente, previamente virgen o poblado por los indios, sería conquistado en su totalidad por el pico y la pala de los pioneros, removido hasta las entrañas por compañías mineras y petrolíferas y conectado de una costa a otra por multitud de líneas de ferrocarril. No es muy difícil imaginarse la clase de gente que prosperaba en un medio hostil y agreste como aquél. Incluso en época colonial, muchos emigrantes llegaban como sirvientes y, al expirar su contrato, escapaban de sus amos para ocupar un lote de tierra. Los capitalistas se quejaban de que los obreros eran indóciles, pedían salarios demasiado altos o se largaban a otro lado. Si el ideal jeffersoniano de una república de granjeros independientes había florecido en las condiciones apacibles de la costa Este, debía ponerse a prueba también en el vasto medio hostil del Oeste. La frontera erosionó definitivamente las costumbres antiguas y disfuncionales heredadas de Europa; el pionero no necesitaba ejércitos permanentes, iglesias establecidas ni aristócratas que cobraran rentas sobre la tierra. Lejos de la policía y de la justicia del Estado, la práctica del vigilantismo y la vida de frontera inclinaban al pionero de forma natural hacia un modo primitivo del anarquismo, dado que no podía ver en el Estado más que una fuente de restricciones e impuestos parasitarios que no contribuían en nada a su bienestar. En este punto cobra todo su significado histórico la sentencia de Tucker —curiosamente pronunciada en 1886, cuando se colonizaba la última frontera—, según la cual «los anarquistas son demócratas jeffersonianos hasta sus últimas consecuencias y sin miedo de éstas, para quienes el mejor gobierno es el que menos gobierna, y el que menos gobierna el que no lo hace en absoluto». Los anarquistas individualistas se proponían, en efecto, solucionar el problema social por medios autóctonos, es decir, rescatando lo mejor de la tradición antiestatal de Thomas Jefferson y Thomas Paine.

De hecho, Benjamin Tucker pasaría buena parte de su juventud temprana fogueándose en organizaciones abolicionistas, movimientos por el sufragio femenino, por la jornada de ocho horas e incluso vinculado con el radicalismo religioso. Su primer contacto con el anarquismo tendría lugar con tan solo dieciocho años a través de una organización radical conocida como la New England Labor Reform League de Boston, que frecuentaban tipos ilustres que se revelarían como sus grandes maestros: Josiah Warren, William B. Greene y Lysander Spooner. Por influencia de Greene llegaría a los libros de Proudhon, a quien admiraría siempre y reconocería como el hombre que le enseñó todo; y sería bajo su égida que en 1874 emprendería un viaje a París para recopilar y tocar con sus propias manos los manuscritos de Proudhon, que traduciría por primera vez a lengua inglesa.

Algunos años más tarde tomaría parte en la revista de Heywood, The World, y fundaría él mismo otra revista de importancia, The Radical Review, auténtico ensayo para lo que vendría en 1881, cuando se publicara el primer número de la legendaria revista Liberty. Comenzaba entonces una riquísima actividad intelectual y política radicada en Boston que, más allá del indudable talento de su fundador —elevado a los altares por la siguiente generación de jóvenes anarquistas—, no habría sido posible sin la colaboración de otros hombres brillantes como Clarence Lee Swartz, Josuah Ingalls, Francis Tandy, Joseph Labadie, Victor S. Yarros o Lysander Spooner, sin dejar de destacar la aportación de una mujer notable como era Voltairine de Cleyre. La revista, que pretendía crear opinión acerca de los males que se derivaban del Estado, contenía en su primer número una elocuente declaración de principios que pasaría como la perfecta síntesis del pensamiento tuckerita (y que está recogida en extensión en el presente volumen):

La batalla de nuestro siglo se libra contra el Estado. El Estado, que rebaja al hombre, prostituye a la mujer, corrompe al niño, pisotea el amor, ahoga el pensamiento, monopoliza la tierra, limita el crédito, restringe los intercambios, aumenta el poder del capital ocioso y, a través de los intereses, las rentas, el lucro y los impuestos, roba sus productos al trabajo duro y honesto. Cómo el Estado hace estas cosas y cómo se le puede impedir hacerlas es lo que Liberty se propone mostrar con más detalle a medida que avance la prosecución de sus objetivos. Baste por ahora con decir que el monopolio y el privilegio deben ser destruidos, que la oportunidad existe y que el reto nos anima. Éste es el trabajo de Liberty, y «¡Abajo la autoridad!» su grito de guerra.

Debido a la indudable influencia, por otro lado reconocida, que sus maestros ejercieron en él, se ha señalado que Tucker carecía de la originalidad de sus predecesores. Su labor, de hecho, fue eminentemente periodística, y su único libro, Instead of a Book, es más bien un recopilatorio de artículos publicados en años anteriores con la finalidad de recoger los trazos dispersos de su vivo pensamiento. El mérito de Tucker, no obstante, consiste en haber sintetizado la obra de Proudhon, descomponiendo en palabras sencillas el lenguaje del francés, extrayendo sus ideas esenciales y sofisticando sus aspectos más arcaicos con la influencia de Max Stirner, Herbert Spencer, los liberales radicales de la Revolución Americana e incluso Bakunin. Al final de todo este proceso, el anarquismo individualista se había transformado en una poderosa arma de combate intelectual, despojado de todo bagaje religioso y de toda aspiración utópica para situarse en la vanguardia intelectual de su época. Gracias a ello, Liberty pudo convertirse en una revista animada y polémica, admirada por intelectuales contemporáneos como Walt Whitman y H. L. Mencken, que recibía innumerables cartas de sus lectores consultando dudas acerca del anarquismo o desafiando las ideas de su editor. En una de estas polémicas, Tucker llegaría a enfrentarse con el gran escritor irlandés Bernard Shaw, partidario del socialismo fabiano.

A partir del estudio de sus dos grandes maestros, Warren y Proudhon, Tucker llegaría a la conclusión de que existían cuatro grandes monopolios que obstruían la competencia y negaban al trabajo su justa recompensa: se trataba de los aranceles, las patentes y copyrights, el monopolio de la tierra, y el monopolio bancario. En ausencia de sus cuatro cabezas, pensaban Tucker y su círculo, la hidra del capitalismo sería estéril; la tierra, libre de monopolio, estaría abierta a los cultivadores individuales y a las familias; en ausencia de aranceles, la importación de mercancías más económicas aliviaría la situación de los pobres; gracias a la abolición de las patentes, la tecnología se extendería de forma rápida y barata; y la afluencia de capitales como consecuencia de la supresión del monopolio bancario reduciría el interés hasta el mínimo necesario para mantener en funcionamiento un banco. En esta tesitura la riqueza, obscenamente concentrada en pocas manos, se disolvería en la sociedad como un azucarillo en un vaso de agua. La relación de fuerzas entre trabajo y capital se invertiría; muchos obreros podrían emprender negocios por su cuenta, quizá en cooperativas, e incluso quienes continuaran trabajando para un patrono podrían saltar sin grandes problemas de un empleo a otro hasta recibir su producto completo. Por este motivo, los anarquistas de Boston se hacían llamar socialistas, al igual que Proudhon y los ricardianos. En su visión, el socialismo no requería de un gobierno centralizado al estilo marxista; ni siquiera pretendía abolir la propiedad privada. Más bien, la reclama básica del socialismo consistía en «devolver al trabajo su producto completo» o, como lo expresaba Tucker en Socialism and the Lexicographers (1897):

El socialismo es la creencia de que el siguiente paso importante del progreso consiste en un cambio en el entorno del hombre que incluye la abolición de todo privilegio por el cual los que poseen la riqueza adquieren un poder antisocial de exigir tributos.

Tucker, a pesar de ello, siempre sería muy beligerante con la sección autoritaria del socialismo, en particular con el marxismo, e incluso criticó duramente a los partidarios del comunismo libertario, pues consideraba que al abolir la propiedad privada negaban la libertad del individuo y vaciaban de significado el anarquismo. Si bien en un primer momento Liberty siguió con simpatía los devenires del anarquismo internacional, la constatación tardía de que éste se encontraba dominado por los comunistas llevaría definitivamente a la ruptura, hasta el punto de que un anciano Tucker hablaba del anarquismo español en los siguientes términos:

En la época de Proudhon, su influencia en España era considerable, y sus adherentes eran inteligentes. Los anarquistas españoles de hoy en día, con quizá unas pocas excepciones de escasa importancia, son un montón de chiflados.

Por otro lado, Tucker y su círculo nunca aprobaron la revolución violenta. Desde su perspectiva, la educación era el único medio durable para transformar la sociedad; una vez las masas hubieran comprendido lo superfluo y perjudicial del gobierno, su poder desaparecía. Imaginaban el escenario final del Estado como una suerte de huelga fiscal, en la idea de que si participaba al menos un quinto de la población, el coste de recaudar impuestos aumentaría de tal manera que conduciría a la crisis del Estado y, en última instancia, a su disolución, reemplazado por una multitud de compañías mutuas para la defensa de la vida y la propiedad.

John H. Edelmann dijo una vez desde Solidarity, el periódico del comunismo libertario americano, que Liberty, si bien realizaba una labor encomiable, parecía dirigirse más a las clases cultas que a las masas. En época reciente, Jorge Solomonoff ha lanzado críticas incluso más duras, llegando a decir que el anarquismo individualista americano flotaba por encima del movimiento obrero y nunca llegó a fundirse con él, y que podría considerarse más como una suerte de liberalismo de avanzada que como una rama díscola del socialismo. Es cierto que Liberty mantuvo un tono considerablemente intelectual durante toda su trayectoria, pero no es menos cierto que a partir de su producción literaria las ideas de Tucker y su círculo llegaron a los obreros. No debemos olvidar que Liberty sólo era el cuartel general de producción intelectual: los números de cada revista goteaban a través de multitud de grupos individualistas y workingmen’s clubs de todo el país, que después filtraban sus ideas a través de panfletos y obras menores que no han llegado a nosotros pero de las que tenemos indicios indirectos. Amigos y compañeros de Tucker, como Greene y Heywood, participaron incluso en la agitación obrera y ocuparon puestos de responsabilidad en los cuadros sindicales de la época. Dyer Lum, fascinado por las ideas de Tucker, se dedicaría a elaborar panfletos sobre el monopolio y a difundirlos entre los obreros, planteando, desde el mutualismo, soluciones a sus problemas cotidianos. De este momento data su ensayo The Economics of Anarchy: A Study of the Industrial Type (1890). Neoyorkino de nacimiento, Dyler comprendió que el anarquismo debía integrar un aparato intelectual atractivo como el que ofrecían Tucker y su círculo con una organización sindical radical capaz de coordinar la acción revolucionaria. Así, se infiltraría en los Knights of Labor y en la American Federation of Labor, adonde llevó las ideas mutualistas de «libre moneda, libre tierra y libre mercado» como medio para acabar con el capitalismo. En la misma línea, Joseph Labadie, asiduo escritor de Liberty, se convertiría en el primer presidente de la Michigan Federation of Labor, organizando a su vez el primer grupo de los Knigths of Labor de Detroit en 1888. En 1881, tras acoger con entusiasmo la refundación de la Internacional sobre líneas escrupulosamente libertarias, los anarquistas individualistas acudirían al congreso de Chicago para articular la sección estadounidense. J. H. Swai fue el encargado de representar a Liberty en tal congreso, donde, a pesar de los temores de Tucker, «el socialismo americano de Josiah Warren» fue recibido calurosamente, estableciéndose que la propia Liberty se convirtiera en el órgano oficial en lengua inglesa del nuevo grupo.

A principios del siglo XX, no obstante, las condiciones que lo habían conducido a su esplendor comenzaban a dibujar un nuevo orden. Mientras todavía quedaba espacio para el trabajador independiente, o, al menos, para el comercio competitivo, el programa de libre moneda, libre tierra y libre mercado aparecía como un medio adecuado y posible para revertir y prevenir la acumulación de riqueza. Pero una vez la empresa moderna se había hecho definitivamente con la coordinación de todo el proceso de producción, desde la extracción de materias primas hasta el comercio minorista, la desintegración de los grandes trusts parecía una tarea imposible e incluso retrógrada. Al tiempo que desaparecía la base social que proporcionaba parte de sus cuadros al anarquismo individualista, la estructura social tendía ahora hacia la consolidación de tres grandes clases sociales: la élite de grandes propietarios y accionistas de los trusts, a la cabeza; la nueva clase media compuesta de gerentes y oficinistas, que proporcionaban la base para el progresismo de inicios de siglo; y la gran masa de trabajadores asalariados, absolutamente desconectados laboral y emocionalmente de sus patronos. Aquellas condiciones materiales favorecían como es natural un programa revolucionario que, tomando como dadas la estructura de la propiedad y de las organizaciones, se proponía únicamente expropiar los medios de producción tal cual se encontraban. Así aparecieron las primeras dudas entre los individualistas acerca de sus propios remedios al capitalismo. Tal y como declaraba un Tucker sombrío en 1926, «la corporación es hoy un monstruo tan grande que me temo que incluso la liberación total de la banca, de ser aplicada, no sería capaz de destruir». La defección de individualistas (por ejemplo, Voltairine de Cleyre) y el paralelo auge del anarcocomunismo de Emma Goldman corroboraban esta tendencia.

La mala fortuna asestaría el último y definitivo golpe al anarquismo individualista: hacia 1908, un incendio consumió la librería y oficina de Liberty, cuartel general del movimiento y medio de vida del propio Benjamin Tucker, que como consecuencia tomaría camino de Francia, donde permanecería hasta el final de sus días. Diseminado por la geografía de los Estados Unidos, el movimiento carecía de cohesión y fuerza para resistir las embestidas de la Primera Guerra Mundial y de la Gran Depresión. Su historia, extraordinaria y heroica, llegaba a su fin.

Más allá se desvelan cada cierto tiempo algunas noticias; fabulosas, como la reedición en la India de What Is Mutualism?, de Swartz, en 1945, en plena agitación independentista; pero demasiado pequeñas, breves y alejadas entre sí como para resucitar el movimiento. Las ideas del anarquismo individualista resuenan sin embargo en el subsuelo de la contracultura contemporánea, quizá porque no es demasiado difícil, todavía hoy, para un americano curioso, deslizarse desde los versos de Walt Whitman a la prosa pulida de Benjamin Tucker. Así sucede en Henry Miller, que menciona Instead of a Book de Tucker de pasada, en Plexus, como un «libro curioso». William Burroughs, por su parte, siempre en alerta contra la burocracia del Estado y la trampa de la subsistencia bajo el capitalismo, resuena demasiado a las ideas de Tucker como para ser fruto de una simple casualidad. En Naked Lunch, por ejemplo, decía:

La democracia es cancerosa y su cáncer es la burocracia. Una oficina arraiga en un punto cualquiera del Estado, se vuelve maligna como la Brigada de Estupefacientes, y crece y crece sin descanso hasta que, si no es controlada o extirpada, asfixia a su huésped, ya que son organismos puramente parásitos. (En cambio una cooperativa puede vivir sin Estado. Es una ruta a seguir. Crear unidades independientes que satisfagan las necesidades de quienes participan en el funcionamiento de cada unidad). Una oficina opera a partir del principio contrario de inventar necesidades para justificar su existencia. La burocracia es tan nefasta como el cáncer, supone desviar de la línea evolutiva de la humanidad sus inmensas posibilidades, su variedad, la acción espontánea e independiente, y llevarla al parasitismo absoluto de un virus.

En lo que respecta a la presente edición, hemos tratado de seleccionar un conjunto de artículos que representaran el pensamiento de Tucker en toda su amplitud, no sólo en lo que concierne a la economía y la política, sino también en relación a sus intereses literarios, su posición respecto a las mujeres y respecto a la homosexualidad. Sólo de ese modo, esperamos, se vislumbre el perfil de una personalidad que rebosa los confines de su tiempo, que pretendía la máxima libertad del individuo compatible con la misma libertad de los demás.

Primer bloque

Libertad individual

Primer bloque

Libertad individual

Declaración de propósitos de Liberty

Declaración de propósitos de Liberty

Aparecida en el volumen 1, número 1 de Liberty, 6 de agosto de 1881.

Aparecida en el volumen 1, número 1 de Liberty, 6 de agosto de 1881.

La Libertad [1] ingresa en el campo del periodismo para hablar por sí misma, porque sabe bien que nadie hablará por ella. Ella no escucha voz ni ve pluma que la defiendan. No ve mano alguna que se levante para vengar sus males y reivindicar sus derechos. Muchos exigen hablar en su nombre pero ¿existe alguno que realmente la entienda? Son menos aún los que tienen el valor y la oportunidad de luchar de forma consistente por ella. Por consiguiente, ella sola debe emprender y ganar su batalla.

Su enemiga, la Autoridad, adopta muchas formas. Hablando ampliamente, sin embargo, los enemigos de la Libertad se dividen básicamente en tres clases: primero, aquellos que la aborrecen como medio y como fin del progreso, tanto en un aspecto como en el otro, y se le enfrentan de forma abierta, confesa, sincera, consistente y universal; en segundo lugar, aquellos que dicen creer en ella como medio de progreso, pero que en realidad sólo la aceptan en tanto beneficie sus intereses egoístas y niegan sus bendiciones al resto del mundo; en tercer lugar, aquellos que desconfían de ella como un medio de progreso y creen en ella como un fin a ser obtenido atropellándola, violándola y ultrajándola. Estos tres bandos de oposición a la Libertad se encuentran en casi todas las esferas del pensamiento y de la actividad humana. Encontramos buenos representantes del primero en la Iglesia Católica y la autocracia rusa; del segundo, en la Iglesia Protestante y la Escuela de Mánchester de política y economía política; y del tercero, en el ateísmo de Gambetta y el socialismo de Karl Marx.

A través de todas las formas de autoridad, otra línea de demarcación corre transversalmente, separando la autoridad humana de la autoridad divina, o, mejor aún, la autoridad religiosa de la autoridad secular. La victoria de la Libertad sobre la primera está ya muy cerca. El siglo pasado Voltaire desacreditó la autoridad sobrenatural por completo. Desde entonces, la Iglesia no ha cesado en su declive. Muerde el polvo y aun cuando a veces parece mostrar aquí y allá señales vigorosas de vida, éstas corresponden en realidad a la violencia de la muerte. Agoniza y muy pronto su poder no se sentirá más. Es la autoridad humana la única que en adelante debe preocuparnos y su órgano, el Estado, el único que en el futuro debe ser temido. Todos aquellos que han perdido su fe en los dioses para ponerla en los gobiernos; todos los que han dejado de ser adoradores de la Iglesia para volverse adoradores del Estado; todos los que han abandonado al papa por el rey o el zar, o al sacerdote por el presidente o el parlamento, han cambiado de campo de batalla pero no son menos enemigos de la Libertad que antes. La majestad de la Iglesia se ha transformado en un objeto de burla. Lo mismo debe ocurrir con el Estado. El Estado, que para algunos es un mal necesario, debe tornarse innecesario y superfluo. La batalla de nuestro siglo se libra contra el Estado. El Estado, que rebaja al hombre, prostituye a la mujer, corrompe al niño, pisotea el amor, ahoga el pensamiento, monopoliza la tierra, limita el crédito, restringe los intercambios, aumenta el poder del Capital ocioso y, a través de los intereses, las rentas, el lucro y los impuestos, roba sus productos al trabajo duro y honesto.

Cómo el Estado hace estas cosas y cómo se le puede impedir hacerlas es lo que Liberty se propone mostrar con más detalle a medida que avance en la prosecución de sus objetivos. Baste por ahora con decir que el monopolio y el privilegio deben ser destruidos, que la oportunidad existe y que el reto nos anima. Éste es el trabajo de Liberty, y «¡Abajo la Autoridad!» su grito de guerra.

***

[Continúa]

Segundo bloque

Otros escritos

Segundo bloque

Otros escritos

Oscar Wilde, juzgado por homosexualidad

Oscar Wilde, juzgado por homosexualidad

Liberty, Vol. XI. Número 5, pág. 317 (13 de julio de 1895).

Liberty, Vol. XI. Número 5, pág. 317 (13 de julio de 1895).

En 1895, Benjamin Tucker publicó un pequeño comentario acerca del juicio a que estaba siendo sometido Oscar Wilde por «indecencia grave». A continuación, Tucker precipitó un debate entre distintos anarquistas que seguían su publicación, y no todos ellos se mostraban favorables hacia la homosexualidad. Aquí está el ensayo original de Tucker. El ensayo en cuestión despertó la indignación de otro escritor de Liberty, E. B. Foote Jr., que escribió y envió una réplica a Tucker que aquí incluimos, seguida de la respuesta de Tucker al pie.

Primer artículo de Tucker

La Fabian Daily Chronicle de Londres, órgano de una filosofía política monstruosa, ha superado con holgura incluso a la prensa filistea en su trato brutal del caso de Oscar Wilde. En cambio, el reverendo Stewart D. Headlam, editor del London Church Reformer, cuya idea equivocada de la economía debe mucho a la misma filosofía monstruosa, se ha erigido, guiado por su amor natural a la libertad y su simpatía con los perseguidos, en un giro de magnífica inconsistencia, el mayor garante de Oscar Wilde. Del mismo modo que el Sr. Headlam había ya criticado a su compañero y más consistente socialista, John Burns, por el trato tiránico que le había propinado a los teatros de variedades de Londres, del mismo modo se torna amigo de la última víctima de una tiranía aún más cruel. Y más atrevido y admirable que el Sr. Headlam es uno de sus ayudantes, el Sr. Selwyn Image, cuyas palabras, tomadas del Church Reformer, le agradecemos de todo corazón y reproducimos a continuación:

La ley de nuestra tierra ha encontrado al Sr. Wilde culpable de los cargos que se vertían contra él, y le ha condenado a dos años de cárcel y trabajos forzados. Algunos de nuestros periódicos han aplaudido semejante decisión, gritando: «¡Gracias a Dios, el sinvergüenza tiene lo que se merece!». Algunos de nuestros periódicos, con gran delicadeza y justicia, han percibido la tragedia de tal situación, exclamando: «¡Qué terrible destino! Aquí termina la carrera de un hombre que prometía tantísimo».

Para los primeros periódicos no tengo expresión de desprecio lo bastante grande; y para los segundos, entiendo su punto de vista y aprecio su espíritu. Pero ambos están equivocados. Durante estos últimos años en que el Sr. Wilde se ha visto involucrado en este embrollo apabullante, he llegado a conocerle mejor de lo que pude nunca; y no dudo en afirmar que, cualesquiera que fuesen sus debilidades, estupideces o pecados en el pasado, a la hora del juicio se ha comportado con un coraje y una generosidad de espíritu que me temo que muchos de nosotros no seríamos capaces de exhibir. En lo que respecta a su futuro, lejos de caer en la desesperación, sigo lleno de esperanza. Mis relaciones no son pocas, ni poco representativas: y sé que hay hombres y mujeres entre ellos, gracias a Dios, lo bastante auténticos como para defender el nombre y la memoria de este hombre durante los meses que pase en la cárcel, preparados, cuando tal confinamiento termine, para recibirle de nuevo como un amigo y ayudarle a recobrar el espíritu y hacer el bien a la humanidad. No creo ni por un momento que la carrera del Sr. Wilde haya terminado: pienso más bien que, si su salud aguanta la penitencia que se le ha impuesto, publicará obras mejores de las que ha escrito hasta ahora, y encontrará una audiencia mucho más amplia a la que dirigirse. Y si en algún modo mi amistad y mis servicios pueden serle en alguna medida de ayuda hacia tal fin, lo estimaré como uno de los grandes privilegios y honores de mi vida.

Aunque todo esto es muy cierto, debe añadirse aún algo más; esto es, que el encarcelamiento de Oscar Wilde es una atrocidad que demuestra hasta qué punto la doctrina de la libertad no ha sido entendida en absoluto. Un hombre que no ha hecho nada invasivo contra nadie en ningún sentido; un hombre cuya vida entera, hasta donde se puede saber, ha sido vivida en estricta conformidad con la idea de la igualdad en la libertad; un hombre cuya sola ofensa consiste en haber hecho algo que muchos de los demás preferimos no hacer (o al menos, así se presupone), es condenado a pasar dos años en cruel cautiverio y trabajos forzados. Y el juez que le ha condenado se permite la disertación de decir que éste ha sido el crimen más atroz que ha tenido que tratar en su carrera. No habría esperado nunca oír aquella frase del Sr. Henry James, publicada medio de broma, acerca de que «es más justificable colgar a un hombre por escupir en la calle que por cometer un asesinato», repetida en serio (o quizá, con hipocresía) en los bancos de un tribunal inglés. Sea lo que sea que el Sr. Arthur Kitson pueda pensar de la necesidad de un patrón de valor en las finanzas, seguramente admitirá conmigo, después de esta sentencia y de estas declaraciones, que por desgracia necesitamos un patrón de valor (o su opuesto) en lo que respecta al crimen. Aquellos que encarcelan a un hombre que no ha cometido crimen alguno son, ellos mismos, criminales.

* * *

LIBERTY RUN WILDE, por E. B. Foote Jr. al editor de Liberty:

Su editorial acerca de Los carceleros criminales de Oscar Wilde denuncia el encarcelamiento de este hombre, un escándalo que demostraría hasta qué punto se ha interpretado mal la doctrina de la libertad. En esa línea, usted habla de la falta como si fuera una cuestión que le concierne sólo a él mismo. Si es así, debo haber entendido mal el caso que se está juzgando en los tribunales. Tal y como lo he entendido yo, Wilde no ha sido juzgado y condenado por cargos de cometer un crimen contra natura, sino por haber seducido a otros hacia su camino malvado. Alguien que debería despreciar cualquier interferencia en la libertad de la mujer para disponer de su persona como desee, por amor o por dinero, debería sin embargo estar a favor de la persecución de un proxeneta, en particular de uno que buscaba nuevas víctimas entre los más jóvenes.

Ése es el crimen de Oscar Wilde, tal y como lo veo yo, y por el cual está cumpliendo una condena de dos años, a menos que esté equivocado. Él ha confesado sentirse muy atraído hacia la juventud, pero negando ninguna acusación seria conforme se le iban presentando; pero alguien que tenga un poco de conocimiento de esta clase de hombres sabe bien que una de sus peores facetas es su disposición a buscar nuevas víctimas entre los jóvenes más prometedores. Esto se ha revelado evidente en sus propias confesiones, tal y como cita Kraft-Ebing en Psychopathia Sexualis. En esta obra hay un largo capítulo dedicado a los homosexuales, en el que se estudian sus particularidades y el modo en que llegan a convertirse en tales. Algunos parecen incluso orgulloso de sus perversiones, tan deseosos de ganar nuevos adeptos como los abogados de las modas más inocentes. En la historia de El retrato de Dorian Gray, del propio Wilde, la misma tendencia ocupa una gran parte de la historia, y ofrece una valiosa lección moral acerca del peligro de tales asociaciones maliciosas que corrompen las buenas maneras, al tiempo que muestra además cómo el héroe termina completamente perdido y desprovisto de toda propiedad y moralidad, suicidándose en último término, ya destrozado tanto física como moralmente. Quienquiera que lea la historia después de la condena de Wilde puede difícilmente escapar a la sospecha de que se trata de una obra en gran parte autobiográfica, y es por tanto difícil entonces no desear que su condena hubiera sido de veinte años en lugar de dos. El reverendo Headlam espera que Wilde pueda todavía recobrar su espíritu y hacer algo bueno por el mundo. Para mí esto es algo imposible, no hay esperanza. En caso de que Wilde no sea víctima de alguna clase de locura irremediable, su historial es un obstáculo insalvable a ninguna clase de reforma. Uno no puede razonablemente esperar su reforma a las buenas costumbres, como no podría de Dorian Gray después de que éste asesinara a su víctima y amigo. La historia le ha conducido hasta el único final posible para esa clase de vida; la autodestrucción.

Si bien la lógica de la igualdad en la libertad apoya la impunidad de tipos como Wilde y Taylor en la medida en que se limiten a su propia depravación, difícilmente puede justificar la política de dejar pasar cuando se dedican a promover abiertamente el culto de esta suerte de cultura estética; puesto que no se dan por satisfechos con quedar los unos con los otros (entre pervertidos de la misma cuerda, se entiende), sino que sienten una inclinación demoníaca por descubrir jóvenes frescos, viriles, saludables, vigorosos y carentes de sofisticación a los que corromper como vampiros. Usted podría argüir que deberíamos instruir y entrenar a nuestros jóvenes para prevenirles contra las tentaciones taimadas y seductoras de genios petulantes tales como Wilde, y soy de la misma opinión; pero, si hay una parcela en que puede tolerarse la interferencia del Estado es contra la invasión viciosa de la familia, que anticipa la destrucción de toda la humanidad; y si el Estado no tiene cartas en este asunto, tampoco debería tenerlas cuando el marqués use su revólver contra el hijo de su tío. En lo que respecta a este hijo en particular, usted podrá probablemente y con justicia contestar que era lo bastante mayorcito para ocuparse de sus propios asuntos, incluyendo sus cuestiones privadas, pero los tipos como Taylor y Wilde no conocen límite de edad y los chicos jóvenes son su presa permanente.

Aquellos que admitan algún papel al Estado encontrarán también que no es mala idea si se ocupara de perseguir y encarcelar a los homosexuales, igual que se hace sobre los dementes de cualquier otra clase. El factor hereditario es sin duda una cuestión de primer orden en esta tendencia pues, al contrario de lo que pueda pensarse, suelen casarse y tener hijos. De modo que uno de los mayores pecados de Wilde contra la raza ha sido el ser padre de varios niños que son como él, aparte del hecho de que con su conducta les ha cubierto de oprobio ante la opinión pública. Si los pervertidos de esta clase tuvieran al menos sentido y decencia para evitar que se propaguen sus vicios, y se abstuvieran de intentar arrastrar a los niños de otras familias a su nivel de depravación, entonces el resto de la humanidad podría sin duda dejarles a su arbitrio, dejarles vivir sus vidas y disfrutar de la igualdad en la libertad de perseguir su felicidad en el modo que consideren. Pero no se puede confiar en que se comporten de ese modo, de modo que pocos —muy pocos— tienen lo que se merecen.

El último ejemplo es sólo otra evidencia de lo que decía. El Dr. Tonner ha sido condenado con dos años y medio, no por causa de ninguno de sus vicios o de su libertad individual, sino por tratar de inducir a otro y de procurar víctimas frescas a sus patrones. El juez mismo comentó que, si poseía algún amigo entre los profesionales de la medicina, deberían examinarle para comprobar su estado de salud mental. Sea cual sea la decisión de los expertos con respecto de la salud mental de tales hombres, el mejor lugar para ellos, quizá incluso para su propio beneficio, y sin duda para beneficio del resto de la sociedad, es la cárcel o el psiquiátrico.

Si esta carta encendiera sus críticas, espero que usted no se quede corto a la hora de instruir a los de su clase en la libertad de lo que podría hacerse, bajo condiciones de libertad, con las diversas clases de pervertidos sexuales que se convierten en una molestia para sus semejantes más decentes, desde el librero de cincuenta y un años que ha sido apenas cazado en Prospect Park tratando de seducir jovencitas de camino al burdel, hasta Jack el Destripador, que sin duda experimentaba una satisfacción similar en sus actos criminales.

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Respuesta al pie, de Benjamin Tucker.

No sería aceptable proferir juicios demasiado severos sobre las opiniones vertidas por un amigo, en particular de un amigo tan bueno de Liberty y su editor como ha sido y es el Dr. E. B. Foote Jr.; pero, después de arrojarnos su opinión sobre la actitud del Estado con Oscar Wilde, no veo de qué modo puedo evitar la necesidad de decir que su carta, que ha sido impresa en otra columna en este número, me parece la declaración más intolerante, fanática y bárbara que haya proferido un ultraliberal desde que empecé mi tarea como reformador. Incluso si fuera cierto que Oscar Wilde es culpable de una conducta invasiva, el mero deseo ardiente de que pase veinte años, en lugar de dos, de trabajos forzados, seguiría revelando su incapacidad de distinguir entre los diversos grados de interferencia con la libertad, como sucede siempre en el odio fanático contra el pecado, en contraste con la mera intención del hombre saludable de protegerse contra el crimen. Un hombre que exhibe tal ferocidad está seguramente dispuesto a castigar también las consecuencias indirectas y teóricamente nocivas, tal y como hacía la Iglesia Católica cuando quemaba hombres por aquello que se consideraba la más perniciosa de las prácticas, la predicación de la herejía.

Pero tal aseveración de que actuó de forma invasiva no se sostiene. En primer lugar, creo que el Dr. Foote está completamente equivocado en su concepción del crimen por el cual se ha condenado a Wilde. No he visto escrito en ninguna parte que haya sido juzgado por «seducir a otros hacia su camino malvado». Es cierto que la opinión pública, absurdamente esquemática, que se ha impuesto, gracias a una prensa que con frecuencia sólo retrocede de la inmundicia cuando deja de ver dinero en ella, una cierta prudencia en sus relatos acerca de este asunto, nos ha dejado en buena medida en la oscuridad, no sólo respecto a la seducción, sino también con respecto al «camino malicioso» mismo. Con todo, entiendo que Wilde ha sido declarado culpable por prácticas ilegales, no por inducir a otros a participar en ellas. Esta idea nace de unas declaraciones del presidente del jurado en la misma sala del tribunal, según las cuales, si Wilde fuera culpable de los cargos que se le imputaban, el Sr. Alfred Douglas debía ser culpable también.

Tales declaraciones transmiten la idea de que el cargo no era la seducción en sí, dado que la ley no considera la seducción mutua como una posibilidad. Si alguno de mis compañeros ingleses pudiera informarme con certeza de cuáles eran los cargos le estaría muy agradecido. Entretanto, a menos que el Dr. Foote pueda mostrarnos que el cargo era la seducción en sí, continúo defendiendo que la seducción no entra en este caso, ni siquiera legalmente; y, si fuera así, todo el argumento del Dr. Foote se cae por su propio peso. Dado que parece admitir, si bien con numerosos «si» y «pero», reticencia evidente que indica el espíritu autoritario que habita en su interior, que las personas maduras y responsables que simplemente «se regocijan en su propio envilecimiento» tienen derecho a que se las deje en paz.

En segundo lugar, suponiendo que haya sido acusado de seducción y que los hechos hayan sucedido tal y como sostiene la acusación, en un tribunal que aplicase la igualdad en la libertad en lugar de la ley ordinaria, los cargos se habrían desestimado rápidamente sobre la base de que las presuntas víctimas (no sólo el Sr. Douglas, también los otros) eran ya personas maduras y responsables y, como tales, incapaces de ser objeto de ninguna clase de seducción de que deba ocuparse la justicia.

¿Sostendrá el Dr. Foote que hay algo de sagrado y dictado por Dios en la edad de veintiún años que algunos hombres se han propuesto fijar como la edad de madurez y responsabilidad? A ojos de un anarquista, toda persona que pueda afirmar y mantener su soberanía individual es ya madura y responsable. Toda persona de este género tiene derecho a hacer como le plazca siempre que su conducta no sea invasiva; y nadie puede ser perseguido por persuadir a tales personas a realizar actos que en sí mismos no son invasivos ni castigables. Todos los asociados a Oscar Wilde, hasta donde se conoce, eran en este sentido maduros y responsables, y por tanto es absolutamente injusto procesarle por haber probado a seducirles. El Dr. Foote, al tratar a estas personas como menores e irresponsables, está sencillamente haciéndole la corte a la propaganda absurda y estrambótica del personal de «Arena» que exige elevar la edad de consentimiento. Le gustaría someter a los jóvenes, igual que se somete ya a las jóvenes, a un estado de infancia antinatural permanente —y con aún menos razones, puesto que en el presente estado de cosas los jóvenes varones son capaces de afirmar y mantener su soberanía individual a una edad más temprana que las jóvenes—. Siendo éste el diagnóstico del caso del Dr. Foote, no me siento capaz de tratarlo yo mismo. Le recomendaría a las atenciones de la Sra. Lillian Harman.

El Dr. Foote no es anarquista, y no ha pretendido serlo jamás; si bien no se adhiere de forma consistente a ninguna filosofía política, durante algunos años me ha parecido un socialista de Estado en sus inclinaciones. Pero suponía que había llegado a un cierto grado de entendimiento de lo que significa el anarquismo. Ahora veo, sin embargo, que la igualdad en la libertad es un completo misterio para él. Esto se aprecia de forma concluyente en la siguiente frase: «Si el Estado no tiene cartas en este asunto, tampoco debería tenerlas cuando el marqués use su revólver contra el hijo de su tío». Es evidente que aquí el Dr. Foote usa la palabra Estado, no de acuerdo con la definición anarquista, sino como equivalente de una asociación voluntaria para la defensa; y su sentencia es que, si los ciudadanos asociados decidieran no castigar a Oscar Wilde, entonces el marqués de Queensberry sí podría castigarle. Ahora bien, se sigue directamente de la doctrina de la igualdad en la libertad que aquello que un individuo tiene derecho a hacer, también tienen derecho a hacerlo un cierto número de individuos asociados, y que, por el contrario, aquello que tales individuos asociados no tengan derecho a hacer, tampoco lo tiene ninguno de ellos en particular. Si aplicamos esta idea a este caso en particular, vemos que, si el marqués de Queensberry tiene derecho a castigar a Oscar Wilde, entonces la comunidad a la que pertenece el marqués tiene el mismo derecho a hacerlo, y que, si la comunidad carece de tal derecho, tampoco lo tiene el marqués. Si suponemos que Oscar Wilde no es un agresor, correspondería a la asociación defensiva castigar a quien fuera, incluso al marqués de Queensberry, que tendría que asumir el haberlo tratado como tal. ¡Qué absurda es la interpretación del Dr. Foote del anarquismo cuando declara que toleraría que un individuo pudiera asaltar a otro individuo no invasivo!

No tengo la menor intención de discutir acerca de la salud mental de Oscar Wilde, pero me tomaré la licencia de resaltar que, si comparamos los escritos de Wilde con la presente carta del Dr. Foote, encuentro al Dr. Foote como el menos cuerdo de los dos. Pero no es ésta ocasión de considerar el asunto de la cordura. Toda persona no invasiva tiene derecho a que se le deje vivir en paz, sea que esté loco o cuerdo. La cuestión de la cordura es pertinente sólo después de que se haya producido una agresión, y se plantea sólo para determinar el modo en que deba tratarse al agresor.

La idea de que no hay posibilidad de que Wilde reconduzca su vida de un modo útil después de salir de prisión (dejando a un lado, por supuesto, que los trabajos forzados podrían lisiarle de por vida) encuentra respuesta en el hecho de que, incluso si todo lo que se ha alegado contra Wilde fuera cierto, él ha sido desde el inicio de su carrera uno de los hombres más útiles. No es sólo que sus escritos sean una contribución permanente a la literatura mundial, que no puede oscurecer ningún vicio personal, sino que incluso sus enemigos admiten que ha sido quizá el factor más decisivo en ese avance inmenso en el arte decorativo que han experimentado Inglaterra y los Estados Unidos en la pasada década. Ahora bien, a menos que sea cierto, como algunos idiotas piensan, que el arte es una cuestión de poca o ninguna importancia, la contribución de Wilde al bienestar de la humanidad ha sido de una fuerza enorme, amplísima, de gran alcance y de larga duración, más allá de la influencia de sus hábitos personales que, incluso si fueran objetables, deberíamos considerar como poco menos que polvo en la balanza. Si los dos hijos de Wilde, «que se parecen a él», terminan siendo como él, creo que debería perdonársele el ser su padre. La impertinencia del autoritarismo alcanza su clímax en esta proposición de Foote acerca de la familia, del padre y del hijo, según la cual el Estado debería decidir hasta quién debe procrear. Además, sería la verificación de la profecía que lanzaba yo en «socialismo de Estado y anarquismo» en relación a la culminación del estatalismo.

Respondiendo ahora a las preguntas que me plantea el Dr. Foote en su párrafo final, debo decir que, si las «jóvenes muchachas» engatusadas por el librero en Prospect Park eran de la misma edad que los jóvenes muchachos que han sido víctimas de Oscar Wilde, entonces las personas que «pillaron» al librero deberían ser privadas de su libertad por un período suficiente hasta que aprendan lo que significa la igualdad de la libertad; que si, por otro lado, las jóvenes no habían alcanzado una edad de responsabilidad (tal y como definimos antes), el librero debería ser privado de su libertad por un periodo de tiempo similar; y que Jack el Destripador debería ser considerado como cualquier otro asesino y tratado como tal. Acerca de la «variada mezcla de perversión sexual» que incluye desde al librero hasta Jack el Destripador, me niego a pasar un solo desliz. La mera perversión sexual no es un crimen, y me niego a condenar a ningún pervertido sexual a menos que se sepa exactamente lo que ha hecho.

Y ahora, si se me permitiera usar el argumento ad hominem, déjenme preguntar al Dr. Foote Jr. si considera que su propio padre, el Dr. Foote Sr., debido a sus prácticas poco ortodoxas en el ejercicio público de la medicina (y me refiero aquí a ellas sólo como un honor), les «ha cubierto de oprobio con su conducta ante la opinión pública». Si los hijos son lo bastante sensatos como para tomar el estigma como un honor en lugar de una vergüenza, el hecho es accidental; quizá, de la misma forma, los hijos de Oscar Wilde acaben sintiendo más orgullo que vergüenza de su padre. Es cierto que se puede malinterpretar esta analogía intrínseca entre la carrera del Dr. Foote Sr. y los actos de Oscar Wilde, pero las necesidades del argumento me justifican a recordarle al Dr. Foote Jr. que, a ojos del público, una condena a causa de Comstock no es mucho mejor que la que ha caído sobre Oscar Wilde, y que, si llevar el oprobio a una familia es en sí mismo un crimen, entonces Oscar Wilde y el Dr. Foote Sr. son ambos criminales en la misma medida. Tengo conocimiento de que hay no poca gente en nuestra comunidad (algunos de ellos radicales, incluso) que consideran al Dr. Foote y sus hijos como tipos demasiado avanzados, cuando no malvados o muy cerca de serlo. Espero que no sea necesario decir que no estoy de acuerdo con ellos, y debo sostener, de hecho, la opinión opuesta. En relación a este tema, mi sola intención es advertir al Dr. Foote Jr. de las actitudes tiránicas en que incurre cuando aboga por encarcelar a personas no invasivas sólo porque se las considera peligrosas. La carta que nos ha enviado podría haber sido firmada por el mismísimo Anthony Comstock; incluso la fraseología es comstockiana. Me obliga a considerar a su autor, a mi pesar, como otro Comstock, todavía lejos del poder.

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[Continúa]

Notas al pie

[1] Aquí hay un juego de palabras y doble sentido. La revista se llama Liberty. La declaración se refiere tanto a la revista como al propio concepto de libertad. Dicho juego de palabras se repite constantemente a lo largo de esta selección de artículos. (N. del T.)