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MITOLOGÍA

1933

Carta abierta a L.-F. Céline

Carta abierta a L.-F. Céline

René Schwob

Señor,

Después de todos los artículos que se le han dedicado a usted y del torrente de entusiasmo que se ha desatado alrededor de su libro, no me permitiría venir a escribirle si realmente no hubiera amado este libro antes incluso de desatarse todo este entusiasmo. Y también porque sé, por experiencia propia, que puede ser dulce recibir un comentario que realmente procede del corazón.

Ya no leo las obras de nuestros contemporáneos: les falta humanidad, y existen cosas mejores que hacer que perder el tiempo con ellas. Ha sido por una gran casualidad, y con una gripe de por medio, que me embarqué con usted. Al principio, me desconcertó un poco el tono de «diario de vanguardia» que, a pesar de su gran belleza, contenía toda la primera parte, a mi parecer. Más adelante, desde el momento en que empecé a sentir que esta atmósfera de taberna no era ficticia, que aquel que se debate es un hombre real que no cesa de sufrir, entonces, su libro ha dejado de parecerme un libro como los demás; diría más, en comparación con los demás, es lo que la Opéra de Quat’ sous al resto de películas: una prodigiosa epopeya. Una de esas raras obras que, junto a esta película y a ciertas músicas de Kurt Weill, le dan a uno la impresión de ser el estilo de nuestro tiempo, un estilo más profundamente vivaz, humano y doloroso que todo cuanto hemos conocido hasta el presente.

Esto, desde un punto de vista estético. Pero la grandeza de su obra se debe a que, si llega a crear esta nueva estética, es gracias a una aparente indiferencia hacia toda estética. (Cabe un reproche, sin embargo: ese centenar de páginas donde se cuenta la relación de su héroe con el Dr. Baritone están escritas de una forma diferente a la de las otras quinientas, quiero decir, con un uso mejor de la jerga: hasta el punto de que uno se pregunta si el acento arrastrado y coloquial del resto del libro era la forma de proceder. El pobre diablo se convierte repentinamente en un burgués que habla como todos los demás, para convertirse a continuación en el pobre diablo del inicio. Mas es éste un detalle que molesta, creo yo, a quienes están particularmente atentos a la forma. Sin perjuicio de que esas mismas personas puedan ser arrastradas por el prodigioso torbellino que desencadena la prosa de usted).

Bajo la forma de un diario sencillísimo, usted ha logrado hacer la epopeya de la miseria humana, en la cual toda inteligencia crítica y bien ordenada parece, bajo su poder, miserable y ridícula.

Si finalmente me he decidido a escribirle, después de transcurridos tantos días sin haberle informado de la profunda impresión que sentí al leerlo, es porque quería saber si esta impresión duraría tanto como en los primeros días. Persiste de tal manera que parece imposible escribir ahora como se escribía antes de su libro. Este descubrimiento de un mundo tan sombrío, esta fabulosa revelación de la noche, por la que pululan y se debaten todos aquellos que luchan contra la miseria cotidiana, no sólo nos avergüenza de nuestra incapacidad de hacer algo por aplacar semejante miseria, sino que nos transforma hasta el punto de hacernos sentir extraños con nosotros mismos y a disgusto con nuestras comodidades, por exiguas que sean. Es por eso que quería agradecerle: es usted uno de los pocos capaces de privarnos de nuestra tranquilidad.

Me gustaría agregar también que, si bien al inicio pensaba que usted odiaba a todos los seres, he descubierto que, por el contrario, sufre —tan grande es su amor por los otros— por que éste no sea aún más grande; se siente impotente para salvar a todos aquellos que va encontrando, a pesar de todos los defectos. Esta imposibilidad de ser útil para nadie es una de las más grandes lecciones de su libro, y aquí lleva hasta el delirio nuestra repugnancia hacia nosotros mismos. Creo que debe usted haber sufrido mucho para convocarnos así, sin hablar de ello, a un amor tan grande.

Pero si hay una razón para la grandeza de su obra es su perfecta ausencia de complacencia —en razón misma de su convicción de que toda pausa es vana, de que no se puede hacer más que proseguir el viaje sin pausa y hasta el final—, esa desesperación constante que le fuerza a marchar y a llorar sobre la marcha, que nos transporta, en fin, fuera de los mundos artificiales y mezquinos a los que nos condenan nuestros «grandes» novelistas de hoy, es esta ausencia de complacencia ante todo aquello que usted experimenta, antes que nadie, por sí mismo. Una vertiginosa resignación a la miseria de su condición, a esa miseria que le hace sentirse hermano de todos los hombres desgraciados, eso es lo que nuestros grandes hombres ignoran: aquellos que se miran unos a otros vivir, que se oyen hablar. Y cuando se inclinan a contemplar la miseria, interesados en ella, siguen viéndose a sí mismos. A usted no le interesa nada porque la desesperación y la resignación están verdaderamente instaladas en su corazón, y no le dejan tiempo ni para respirar. Que esta miseria es la miseria de tantos millones de seres, es lo que da a este diario su inmenso alcance y poder para resonar en todos los corazones [1] . Cuando mostré esta obra a varias personas inteligentes, les oí decirme que usted, en realidad, exageraba, que sobre la tierra habita algo más que los monstruos que usted pinta. Ignoraban, primero de todo, que, al perfilar tales monstruos, lo hacía usted sólo para denunciar con más fuerza a la sociedad que los había engendrado, para denunciar mejor la responsabilidad y la impotencia de usted mismo para aliviar verdaderamente al prójimo. Y es mi fe cristiana lo que me mueve a defenderle y secundarle. Ya que, si bien Dios no aparece en su obra, salvo en unas pocas líneas y tratado con escarnio, aparece bajo la forma de una aspiración inconfesada al amor, bajo el sufrimiento —que exhala en cada una de sus líneas— de sentirse dotado de un amor insuficiente. Sí, es por eso que creo que, aun amando las obras donde se exalta el amor a Dios y al prójimo, puedo ser sensible a su obra, donde sólo se pinta la ignominia humana. Porque le he sentido a usted aún más desgraciado a causa de su incapacidad para el sacrificio total, a causa de la incapacidad de los hombres para sacrificarse por un compañero de miseria, que sufre a causa de su misma miseria.

En una ocasión, Gide me preguntó, después de negarle el sentido de la espiritualidad verdadera, qué autor, a parte de los católicos, me parecía que estaba dotado de esta sensibilidad. Respondí que la había encontrado en muy pocos autores católicos. Y sin embargo, si lo hubiera leído a usted por aquel entonces, le habría dado su nombre. Y estoy seguro de que es esa intensa, si bien secreta, espiritualidad suya, lo que incita involuntariamente a la N. R. F. (Nouvelle Revue Français) a rechazar su trabajo. Porque es verdaderamente curioso constatar hasta qué punto esta virtud es incompatible con aquella casa.

Para mí, señor, yo, que había empezado a escribirle para agradecerle todo el bien que me había hecho, aunque fuese cruelmente, le ruego crea en mi eterna gratitud, porque le confieso: pocos autores —incluidos los cristianos— me han convencido tanto como usted acerca de la inhabitabilidad de un mundo carente de esperanza y de amor.

Suyo fraternalmente en Cristo, que es amor, y hacia quien, sin saberlo, nos empuja usted con tanta violencia.

Notas al pie

[1] Salvo, entiéndase bien, en el (?) de los críticos más o menos oficiales.

Esta carta abierta a Luis-Ferdinand Céline, escrita por René Schwob, se publicó en marzo de 1933 con ocasión del sexto número de la revista Esprit. El texto original en francés ha sido traducido por Víctor Olcina en enero de 2019.

Esta carta abierta a Luis-Ferdinand Céline, escrita por René Schwob, se publicó en marzo de 1933 con ocasión del sexto número de la revista Esprit. El texto original en francés ha sido traducido por Víctor Olcina en enero de 2019.