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HISTÓRICO

2 de julio de 1937

Al sexagenario Hermann Hesse

Al sexagenario Hermann Hesse

Thomas Mann

Hoy, 2 de julio, cumple Hermann Hesse sesenta años. ¡Un día hermoso, grande y entrañable! Miles de corazones lo celebrarán fervorosamente en los países alemanes, con un fervor y un énfasis tanto mayores, me imagino, cuanto más siniestra sea la indolencia de quienes ahora gobiernan Alemania. Es por estas licencias sentimentales, por estas obstinadas libertades del amor que uno salva allí su alma actualmente… En cierto modo, nosotros también salvaremos la nuestra celebrando jubilosamente este día: pese a la expatriación espiritual y al distanciamiento del suelo patrio, podremos, en esta ocasión, ser de nuevo alemanes en nuestro corazón, reafirmar en nosotros la tradición germánica y, con orgullo complejo, profundo y escondido, sentirnos realmente alemanes. Pues no hay nada más alemán que este escritor y la obra de vida, nada más alemán en el sentido antiguo, libre, espiritual y festivo al que el término alemán debe su mejor fama y la simpatía de la humanidad.

Esta obra impecable e intrépida, soñadora y a la vez profundamente intelectual, sin ser epigonal en modo alguno, se nos presenta henchida de tradiciones, recuerdo y vínculos íntimos con la patria. Eleva los afectos a una dimensión nueva, espiritual y hasta revolucionaria —no revolucionaria en un sentido directamente social o político, sino en el interior y poético—; su pureza y fidelidad apuntan al futuro con gran lucidez y permeabilidad. No sabría calificar en otros términos el encanto especial, ambiguo e inconfundible que ejerce sobre mí. Posee el timbre romántico, la complejidad y el humor enrevesado e hipocondríaco del alma alemana, unidos, en una dimensión orgánico-personal, a elementos de naturaleza muy distinta y mucho menos sentimental: críticos a nivel europeo, psicoanalíticos. La relación de este poeta y cantor idílico suabo con las esferas de la «psicología profunda» y erotológica de la escuela vienesa, tal como se manifiesta por ejemplo en Narciso y Goldmundo, esa novela poética y realmente única por su pureza y el interés que despierta, constituye una paradoja intelectual sumamente atractiva. No menos singular y característica es su devoción por el genio judeo-praguense de Franz Kafka, a quien calificó tempranamente de «rey secreto de la prosa alemana» y al que siempre que la ocasión se presenta, tributa un homenaje de admiración que difícilmente brindaría a otro escritor contemporáneo [1]. ¿Es posible que en determinados círculos literarios se le considere prosaico? No, no lo es en modo alguno. Inolvidable es más bien la repercusión electrizante y pródiga en toda suerte de sensaciones que ejerció, hace veinte años, el Demian de un tal Sinclair. Al incidir con misteriosa precisión en un centro neurálgico de aquella época, la obra despertó el agradecido entusiasmo de toda una juventud que creyó ver en ella la revelación —surgida de su propio seno— de sus contenidos vitales más profundos. ¿Y es preciso decir acaso que El lobo estepario es una novela que, a nivel de osadía experimental, no le va a la zaga al Ulises ni a Los monederos falsos [2]?

Tengo el profundo convencimiento de que esta obra, arraigada en un sustrato patriótico, alemán y romántico, se cuenta —pese a su aislamiento muchas veces curioso y a su extrañamiento de la época y del mundo, que tan pronto cobra matices humorísticos y enojosos, como se diluye en un plano más místico y nostálgico— entre las aventuras espirituales más sublimes, puras y esforzadas de nuestra época, hecho que me impide renunciar al honor y la alegría de ofrecerle públicamente a su autor, en esta fecha jubilar, el testimonio de mi admiración y la más cordial de las enhorabuenas. Entre los miembros de mi generación literaria la elegí desde un principio como la figura más próxima y dilecta, y seguí su evolución con una simpatía que se iba nutriendo tanto de las diferencias como de las similitudes. Éstas, sin embargo, me han dejado más de una vez perplejo. Hay cosas suyas —¿por qué no habría de decirlo?—, como el Bañista [3] e incluso el prólogo, publicado en la Rundschau de Fischer, a su misteriosa obra de madurez El juego de los abalorios, que leo y siento «como si fuera un fragmento de mí mismo» [4].

Me gustan también el hombre y el ser humano que hay en él, su personalidad alegre y meditativa, bondadosa y pícara, la hermosa y profunda mirada de sus ojos, por desgracia enfermos, cuyo azul ilumina el rostro enjuto y finamente perfilado de viejo campesino suabo. Hace sólo cuatro años que lo conocí realmente de cerca, en una época en que, no repuesto aún del impacto que significó la pérdida de mi patria, casa y bienes, lo visité varias veces en su hermosa huerta del Tesina. ¡Cómo lo envidia­ba entonces…! y no sólo por su absoluto distanciamiento filosófico de la vida política alemana… Nada era más benéfico y tranquilizador en aquellos turbios días que una conversación con él.

Y así pues, repito una vez más: ¡gracias y enhorabuena! Que las energías necesarias para forjar un proyecto de perfiles tan oníricos y espirituales como es El juego de los abalorios no le abandonarán en sus años maduros es algo que el humor de Hesse me parece asegurar: esa desbordante alegría verbal que aflora precisamente en los fragmentos ya visibles de su obra de madurez, su cálido júbilo artístico. Le deseamos éxito y una feliz culminación. Deseamos asimismo —y aquí nos permitimos pasar por alto su propia falta de ambición— que su prestigio siga aumentando y se difunda cada vez más por todo el mundo, aportándole el homenaje que, aunque le sea debido hace ya tiempo, constituiría ahora una revelación particularmente oportuna y significativa, a la vez que una curiosa referencia: la coronación con el premio mundial sueco de literatura.

Notas al pie

[1] Hesse le escribía ya en 1925 al editor Kurt Wolff: «Soy un gran admirador de Kafka», rogándole le enviara sus «cosas menores», publicadas por K. W.

[2] Ulises de James Joyce y Los monederos falsos de André Gide.

[3] Se refiere a: El huésped del balneario. Apuntes de una cura en Baden, Berlín, 1925. La pequeña modificación es muy característica. Como antaño Jean Paul: El viaje del Dr. Katzen­berger al balneario. Thomas Mann hablaba de viajes al balneario (Badereisen) y curas termales (Badekuren). En un ensayo dedicado a estas «citas alteradas» anota Emil Staiger: «Son traspuestas… a otro estilo. El que cita acoge algo que le es adecuado, que le gusta… La cita se transforma imperceptiblemente… En realidad, es asimilada».

[4] Thomas Mann cita aquí la última línea de la segunda estrofa del conocido poema El buen camarada, de Ludwig Uhland.

Este texto conmemorativo, escrito por Thomas Mann, se publicó en el Neue Zürcher Zeitung, viernes 2 de julio de 1937, edición de la mañana, Nº 1192, y aparece en el volumen de Correspondencia entre el propio Mann y Hermann Hesse, publicado en 1968. La traducción al español es a cargo de Juan José del Solar Bardelli en 1977 y puede encontrarse en el volumen de Correspondencia editado por STIRNER en octubre de 2019, con los comentarios de Volker Michels y Anni Carlsson que aquí aparecen al pie.

Este texto conmemorativo, escrito por Thomas Mann, se publicó en el Neue Zürcher Zeitung, viernes 2 de julio de 1937, edición de la mañana, Nº 1192, y aparece en el volumen de Correspondencia entre el propio Mann y Hermann Hesse, publicado en 1968. La traducción al español es a cargo de Juan José del Solar Bardelli en 1977 y puede encontrarse en el volumen de Correspondencia editado por STIRNER en octubre de 2019, con los comentarios de Volker Michels y Anni Carlsson que aquí aparecen al pie.