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Libertario, individualista, periodista, economista incluso, pero también escritor gigante y polemista implacable, del que en su tiempo se decía que «respiraba humo y fuego», Benjamin Tucker fue amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y de los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX. Un hombre que rebasó los confines de su tiempo y sentó las bases de una manera de pensar que desafía, todavía hoy, las formas de pensar imperantes.

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Libertario, individualista, periodista, economista incluso, pero también escritor gigante y polemista implacable, del que en su tiempo se decía que «respiraba humo y fuego», Benjamin Tucker fue amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y de los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX. Un hombre que rebasó los confines de su tiempo y sentó las bases de una manera de pensar que desafía, todavía hoy, las formas de pensar imperantes.

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PRÓLOGO · A man too busy to write a book, por Víctor Olcina

Primer bloque
Libertad individual

Primer bloque
Libertad individual

I · Declaración de propósitos de Liberty

II · Socialismo de Estado y anarquismo

III · La relación del Estado con el individuo

IV · El anarquismo y el Estado

Segundo bloque
Otros escritos

Segundo bloque
Otros escritos

I · Por qué soy anarquista

II · La tierra para el pueblo

III · La resistencia pasiva

IV · La postura del anarquismo hacia los cárteles industriales

V · Libertad e impuestos

VI · Oscar Wilde, juzgado por homosexualidad

VII · Carta a Walt Whitman a propósito de Hojas de Hierba

VIII · La Libertad y la violación

IX · Notas desde París

A man too busy to write a book

A man too busy to write a book

por Víctor Olcina

Los anglosajones han gustado siempre de compararse con las culturas clásicas, y a finales del siglo XIX Boston era la Atenas de los Estados Unidos. Henry James describía a las señoritas de la ciudad debatiendo sobre oscuros problemas filosóficos mientras tomaban el té y se lamentaban de la vida frívola e insignificante que llevaban sus compañeras de Nueva York. Sophie Raffalovich, que escribiría en 1880 un artículo impagable sobre The Boston Anarchists, se sorprendía de que en esta ciudad intelectual par excellence los anarquistas no lanzaran bombas, se opusieran a la violencia, citasen con frecuencia a Auguste Compte en sus artículos y dominasen la obra de Spencer. En lo que respecta a esto último, buena parte de su fama se debía a un solo hombre: Benjamin R. Tucker (1854-1939), más conocido como el editor de la legendaria revista Liberty, libertario, individualista, periodista, economista incluso, si se quiere, pero también escritor gigante y polemista implacable, amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX.

Se debe a Benjamin Tucker, casi en solitario, el nacimiento de una tendencia individualista en el anarquismo que sobreviviría hasta nuestros días. Sin embargo, sus ideas no germinaron en el vacío: en buena medida eran la llama que nacía de la fricción entre la sociedad americana, tradicional en el mejor sentido de la palabra, es decir, privada, independiente, con amplios espacios por colmatar en el Oeste, salvaje y recelosa del Estado, por un lado, y la nueva sociedad estatal y capitalista que irradiaba desde los grandes centros fabriles y burocráticos con sus ejércitos de obreros y soldados. Así se justifica que uno de los mejores libros sobre esta cuestión se titule reveladoramente The American as Anarchist, o que las ideas de Tucker no sólo no cayeran en saco roto sino que fueran leídas por decenas de miles de suscriptores de Liberty y abrazadas por una importante sección del movimiento obrero americano.

A lo largo del siglo, millones de kilómetros cuadrados del continente, previamente virgen o poblado por los indios, sería conquistado en su totalidad por el pico y la pala de los pioneros, removido hasta las entrañas por compañías mineras y petrolíferas y conectado de una costa a otra por multitud de líneas de ferrocarril. No es muy difícil imaginarse la clase de gente que prosperaba en un medio hostil y agreste como aquél. Incluso en época colonial, muchos emigrantes llegaban como sirvientes y, al expirar su contrato, escapaban de sus amos para ocupar un lote de tierra. Los capitalistas se quejaban de que los obreros eran indóciles, pedían salarios demasiado altos o se largaban a otro lado. Si el ideal jeffersoniano de una república de granjeros independientes había florecido en las condiciones apacibles de la costa Este, debía ponerse a prueba también en el vasto medio hostil del Oeste. La frontera erosionó definitivamente las costumbres antiguas y disfuncionales heredadas de Europa; el pionero no necesitaba ejércitos permanentes, iglesias establecidas ni aristócratas que cobraran rentas sobre la tierra. Lejos de la policía y de la justicia del Estado, la práctica del vigilantismo y la vida de frontera inclinaban al pionero de forma natural hacia un modo primitivo del anarquismo, dado que no podía ver en el Estado más que una fuente de restricciones e impuestos parasitarios que no contribuían en nada a su bienestar. En este punto cobra todo su significado histórico la sentencia de Tucker —curiosamente pronunciada en 1886, cuando se colonizaba la última frontera—, según la cual «los anarquistas son demócratas jeffersonianos hasta sus últimas consecuencias y sin miedo de éstas, para quienes el mejor gobierno es el que menos gobierna, y el que menos gobierna el que no lo hace en absoluto». Los anarquistas individualistas se proponían, en efecto, solucionar el problema social por medios autóctonos, es decir, rescatando lo mejor de la tradición antiestatal de Thomas Jefferson y Thomas Paine.

De hecho, Benjamin Tucker pasaría buena parte de su juventud temprana fogueándose en organizaciones abolicionistas, movimientos por el sufragio femenino, por la jornada de ocho horas e incluso vinculado con el radicalismo religioso. Su primer contacto con el anarquismo tendría lugar con tan solo dieciocho años a través de una organización radical conocida como la New England Labor Reform League de Boston, que frecuentaban tipos ilustres que se revelarían como sus grandes maestros: Josiah Warren, William B. Greene y Lysander Spooner. Por influencia de Greene llegaría a los libros de Proudhon, a quien admiraría siempre y reconocería como el hombre que le enseñó todo; y sería bajo su égida que en 1874 emprendería un viaje a París para recopilar y tocar con sus propias manos los manuscritos de Proudhon, que traduciría por primera vez a lengua inglesa.

Algunos años más tarde tomaría parte en la revista de Heywood, The World, y fundaría él mismo otra revista de importancia, The Radical Review, auténtico ensayo para lo que vendría en 1881, cuando se publicara el primer número de la legendaria revista Liberty. Comenzaba entonces una riquísima actividad intelectual y política radicada en Boston que, más allá del indudable talento de su fundador —elevado a los altares por la siguiente generación de jóvenes anarquistas—, no habría sido posible sin la colaboración de otros hombres brillantes como Clarence Lee Swartz, Josuah Ingalls, Francis Tandy, Joseph Labadie, Victor S. Yarros o Lysander Spooner, sin dejar de destacar la aportación de una mujer notable como era Voltairine de Cleyre. La revista, que pretendía crear opinión acerca de los males que se derivaban del Estado, contenía en su primer número una elocuente declaración de principios que pasaría como la perfecta síntesis del pensamiento tuckerita (y que está recogida en extensión en el presente volumen):

La batalla de nuestro siglo se libra contra el Estado. El Estado, que rebaja al hombre, prostituye a la mujer, corrompe al niño, pisotea el amor, ahoga el pensamiento, monopoliza la tierra, limita el crédito, restringe los intercambios, aumenta el poder del capital ocioso y, a través de los intereses, las rentas, el lucro y los impuestos, roba sus productos al trabajo duro y honesto. Cómo el Estado hace estas cosas y cómo se le puede impedir hacerlas es lo que Liberty se propone mostrar con más detalle a medida que avance la prosecución de sus objetivos. Baste por ahora con decir que el monopolio y el privilegio deben ser destruidos, que la oportunidad existe y que el reto nos anima. Éste es el trabajo de Liberty, y «¡Abajo la autoridad!» su grito de guerra.

Debido a la indudable influencia, por otro lado reconocida, que sus maestros ejercieron en él, se ha señalado que Tucker carecía de la originalidad de sus predecesores. Su labor, de hecho, fue eminentemente periodística, y su único libro, Instead of a Book, es más bien un recopilatorio de artículos publicados en años anteriores con la finalidad de recoger los trazos dispersos de su vivo pensamiento. El mérito de Tucker, no obstante, consiste en haber sintetizado la obra de Proudhon, descomponiendo en palabras sencillas el lenguaje del francés, extrayendo sus ideas esenciales y sofisticando sus aspectos más arcaicos con la influencia de Max Stirner, Herbert Spencer, los liberales radicales de la Revolución Americana e incluso Bakunin. Al final de todo este proceso, el anarquismo individualista se había transformado en una poderosa arma de combate intelectual, despojado de todo bagaje religioso y de toda aspiración utópica para situarse en la vanguardia intelectual de su época. Gracias a ello, Liberty pudo convertirse en una revista animada y polémica, admirada por intelectuales contemporáneos como Walt Whitman y H. L. Mencken, que recibía innumerables cartas de sus lectores consultando dudas acerca del anarquismo o desafiando las ideas de su editor. En una de estas polémicas, Tucker llegaría a enfrentarse con el gran escritor irlandés Bernard Shaw, partidario del socialismo fabiano.

A partir del estudio de sus dos grandes maestros, Warren y Proudhon, Tucker llegaría a la conclusión de que existían cuatro grandes monopolios que obstruían la competencia y negaban al trabajo su justa recompensa: se trataba de los aranceles, las patentes y copyrights, el monopolio de la tierra, y el monopolio bancario. En ausencia de sus cuatro cabezas, pensaban Tucker y su círculo, la hidra del capitalismo sería estéril; la tierra, libre de monopolio, estaría abierta a los cultivadores individuales y a las familias; en ausencia de aranceles, la importación de mercancías más económicas aliviaría la situación de los pobres; gracias a la abolición de las patentes, la tecnología se extendería de forma rápida y barata; y la afluencia de capitales como consecuencia de la supresión del monopolio bancario reduciría el interés hasta el mínimo necesario para mantener en funcionamiento un banco. En esta tesitura la riqueza, obscenamente concentrada en pocas manos, se disolvería en la sociedad como un azucarillo en un vaso de agua. La relación de fuerzas entre trabajo y capital se invertiría; muchos obreros podrían emprender negocios por su cuenta, quizá en cooperativas, e incluso quienes continuaran trabajando para un patrono podrían saltar sin grandes problemas de un empleo a otro hasta recibir su producto completo. Por este motivo, los anarquistas de Boston se hacían llamar socialistas, al igual que Proudhon y los ricardianos. En su visión, el socialismo no requería de un gobierno centralizado al estilo marxista; ni siquiera pretendía abolir la propiedad privada. Más bien, la reclama básica del socialismo consistía en «devolver al trabajo su producto completo» o, como lo expresaba Tucker en Socialism and the Lexicographers (1897):

El socialismo es la creencia de que el siguiente paso importante del progreso consiste en un cambio en el entorno del hombre que incluye la abolición de todo privilegio por el cual los que poseen la riqueza adquieren un poder antisocial de exigir tributos.

Tucker, a pesar de ello, siempre sería muy beligerante con la sección autoritaria del socialismo, en particular con el marxismo, e incluso criticó duramente a los partidarios del comunismo libertario, pues consideraba que al abolir la propiedad privada negaban la libertad del individuo y vaciaban de significado el anarquismo. Si bien en un primer momento Liberty siguió con simpatía los devenires del anarquismo internacional, la constatación tardía de que éste se encontraba dominado por los comunistas llevaría definitivamente a la ruptura, hasta el punto de que un anciano Tucker hablaba del anarquismo español en los siguientes términos:

En la época de Proudhon, su influencia en España era considerable, y sus adherentes eran inteligentes. Los anarquistas españoles de hoy en día, con quizá unas pocas excepciones de escasa importancia, son un montón de chiflados.

Por otro lado, Tucker y su círculo nunca aprobaron la revolución violenta. Desde su perspectiva, la educación era el único medio durable para transformar la sociedad; una vez las masas hubieran comprendido lo superfluo y perjudicial del gobierno, su poder desaparecía. Imaginaban el escenario final del Estado como una suerte de huelga fiscal, en la idea de que si participaba al menos un quinto de la población, el coste de recaudar impuestos aumentaría de tal manera que conduciría a la crisis del Estado y, en última instancia, a su disolución, reemplazado por una multitud de compañías mutuas para la defensa de la vida y la propiedad.

John H. Edelmann dijo una vez desde Solidarity, el periódico del comunismo libertario americano, que Liberty, si bien realizaba una labor encomiable, parecía dirigirse más a las clases cultas que a las masas. En época reciente, Jorge Solomonoff ha lanzado críticas incluso más duras, llegando a decir que el anarquismo individualista americano flotaba por encima del movimiento obrero y nunca llegó a fundirse con él, y que podría considerarse más como una suerte de liberalismo de avanzada que como una rama díscola del socialismo. Es cierto que Liberty mantuvo un tono considerablemente intelectual durante toda su trayectoria, pero no es menos cierto que a partir de su producción literaria las ideas de Tucker y su círculo llegaron a los obreros. No debemos olvidar que Liberty sólo era el cuartel general de producción intelectual: los números de cada revista goteaban a través de multitud de grupos individualistas y workingmen’s clubs de todo el país, que después filtraban sus ideas a través de panfletos y obras menores que no han llegado a nosotros pero de las que tenemos indicios indirectos. Amigos y compañeros de Tucker, como Greene y Heywood, participaron incluso en la agitación obrera y ocuparon puestos de responsabilidad en los cuadros sindicales de la época. Dyer Lum, fascinado por las ideas de Tucker, se dedicaría a elaborar panfletos sobre el monopolio y a difundirlos entre los obreros, planteando, desde el mutualismo, soluciones a sus problemas cotidianos. De este momento data su ensayo The Economics of Anarchy: A Study of the Industrial Type (1890). Neoyorkino de nacimiento, Dyler comprendió que el anarquismo debía integrar un aparato intelectual atractivo como el que ofrecían Tucker y su círculo con una organización sindical radical capaz de coordinar la acción revolucionaria. Así, se infiltraría en los Knights of Labor y en la American Federation of Labor, adonde llevó las ideas mutualistas de «libre moneda, libre tierra y libre mercado» como medio para acabar con el capitalismo. En la misma línea, Joseph Labadie, asiduo escritor de Liberty, se convertiría en el primer presidente de la Michigan Federation of Labor, organizando a su vez el primer grupo de los Knigths of Labor de Detroit en 1888. En 1881, tras acoger con entusiasmo la refundación de la Internacional sobre líneas escrupulosamente libertarias, los anarquistas individualistas acudirían al congreso de Chicago para articular la sección estadounidense. J. H. Swai fue el encargado de representar a Liberty en tal congreso, donde, a pesar de los temores de Tucker, «el socialismo americano de Josiah Warren» fue recibido calurosamente, estableciéndose que la propia Liberty se convirtiera en el órgano oficial en lengua inglesa del nuevo grupo.

A principios del siglo XX, no obstante, las condiciones que lo habían conducido a su esplendor comenzaban a dibujar un nuevo orden. Mientras todavía quedaba espacio para el trabajador independiente, o, al menos, para el comercio competitivo, el programa de libre moneda, libre tierra y libre mercado aparecía como un medio adecuado y posible para revertir y prevenir la acumulación de riqueza. Pero una vez la empresa moderna se había hecho definitivamente con la coordinación de todo el proceso de producción, desde la extracción de materias primas hasta el comercio minorista, la desintegración de los grandes trusts parecía una tarea imposible e incluso retrógrada. Al tiempo que desaparecía la base social que proporcionaba parte de sus cuadros al anarquismo individualista, la estructura social tendía ahora hacia la consolidación de tres grandes clases sociales: la élite de grandes propietarios y accionistas de los trusts, a la cabeza; la nueva clase media compuesta de gerentes y oficinistas, que proporcionaban la base para el progresismo de inicios de siglo; y la gran masa de trabajadores asalariados, absolutamente desconectados laboral y emocionalmente de sus patronos. Aquellas condiciones materiales favorecían como es natural un programa revolucionario que, tomando como dadas la estructura de la propiedad y de las organizaciones, se proponía únicamente expropiar los medios de producción tal cual se encontraban. Así aparecieron las primeras dudas entre los individualistas acerca de sus propios remedios al capitalismo. Tal y como declaraba un Tucker sombrío en 1926, «la corporación es hoy un monstruo tan grande que me temo que incluso la liberación total de la banca, de ser aplicada, no sería capaz de destruir». La defección de individualistas (por ejemplo, Voltairine de Cleyre) y el paralelo auge del anarcocomunismo de Emma Goldman corroboraban esta tendencia.

La mala fortuna asestaría el último y definitivo golpe al anarquismo individualista: hacia 1908, un incendio consumió la librería y oficina de Liberty, cuartel general del movimiento y medio de vida del propio Benjamin Tucker, que como consecuencia tomaría camino de Francia, donde permanecería hasta el final de sus días. Diseminado por la geografía de los Estados Unidos, el movimiento carecía de cohesión y fuerza para resistir las embestidas de la Primera Guerra Mundial y de la Gran Depresión. Su historia, extraordinaria y heroica, llegaba a su fin.

Más allá se desvelan cada cierto tiempo algunas noticias; fabulosas, como la reedición en la India de What Is Mutualism?, de Swartz, en 1945, en plena agitación independentista; pero demasiado pequeñas, breves y alejadas entre sí como para resucitar el movimiento. Las ideas del anarquismo individualista resuenan sin embargo en el subsuelo de la contracultura contemporánea, quizá porque no es demasiado difícil, todavía hoy, para un americano curioso, deslizarse desde los versos de Walt Whitman a la prosa pulida de Benjamin Tucker. Así sucede en Henry Miller, que menciona Instead of a Book de Tucker de pasada, en Plexus, como un «libro curioso». William Burroughs, por su parte, siempre en alerta contra la burocracia del Estado y la trampa de la subsistencia bajo el capitalismo, resuena demasiado a las ideas de Tucker como para ser fruto de una simple casualidad. En Naked Lunch, por ejemplo, decía:

La democracia es cancerosa y su cáncer es la burocracia. Una oficina arraiga en un punto cualquiera del Estado, se vuelve maligna como la Brigada de Estupefacientes, y crece y crece sin descanso hasta que, si no es controlada o extirpada, asfixia a su huésped, ya que son organismos puramente parásitos. (En cambio una cooperativa puede vivir sin Estado. Es una ruta a seguir. Crear unidades independientes que satisfagan las necesidades de quienes participan en el funcionamiento de cada unidad). Una oficina opera a partir del principio contrario de inventar necesidades para justificar su existencia. La burocracia es tan nefasta como el cáncer, supone desviar de la línea evolutiva de la humanidad sus inmensas posibilidades, su variedad, la acción espontánea e independiente, y llevarla al parasitismo absoluto de un virus.

En lo que respecta a la presente edición, hemos tratado de seleccionar un conjunto de artículos que representaran el pensamiento de Tucker en toda su amplitud, no sólo en lo que concierne a la economía y la política, sino también en relación a sus intereses literarios, su posición respecto a las mujeres y respecto a la homosexualidad. Sólo de ese modo, esperamos, se vislumbre el perfil de una personalidad que rebosa los confines de su tiempo, que pretendía la máxima libertad del individuo compatible con la misma libertad de los demás.

Primer bloque

Libertad individual

Primer bloque

Libertad individual

Declaración de propósitos de Liberty

Declaración de propósitos de Liberty

Aparecida en el volumen 1, número 1 de Liberty, 6 de agosto de 1881.

Aparecida en el volumen 1, número 1 de Liberty, 6 de agosto de 1881.

La Libertad [1] ingresa en el campo del periodismo para hablar por sí misma, porque sabe bien que nadie hablará por ella. Ella no escucha voz ni ve pluma que la defiendan. No ve mano alguna que se levante para vengar sus males y reivindicar sus derechos. Muchos exigen hablar en su nombre pero ¿existe alguno que realmente la entienda? Son menos aún los que tienen el valor y la oportunidad de luchar de forma consistente por ella. Por consiguiente, ella sola debe emprender y ganar su batalla.

Su enemiga, la Autoridad, adopta muchas formas. Hablando ampliamente, sin embargo, los enemigos de la Libertad se dividen básicamente en tres clases: primero, aquellos que la aborrecen como medio y como fin del progreso, tanto en un aspecto como en el otro, y se le enfrentan de forma abierta, confesa, sincera, consistente y universal; en segundo lugar, aquellos que dicen creer en ella como medio de progreso, pero que en realidad sólo la aceptan en tanto beneficie sus intereses egoístas y niegan sus bendiciones al resto del mundo; en tercer lugar, aquellos que desconfían de ella como un medio de progreso y creen en ella como un fin a ser obtenido atropellándola, violándola y ultrajándola. Estos tres bandos de oposición a la Libertad se encuentran en casi todas las esferas del pensamiento y de la actividad humana. Encontramos buenos representantes del primero en la Iglesia Católica y la autocracia rusa; del segundo, en la Iglesia Protestante y la Escuela de Mánchester de política y economía política; y del tercero, en el ateísmo de Gambetta y el socialismo de Karl Marx.

A través de todas las formas de autoridad, otra línea de demarcación corre transversalmente, separando la autoridad humana de la autoridad divina, o, mejor aún, la autoridad religiosa de la autoridad secular. La victoria de la Libertad sobre la primera está ya muy cerca. El siglo pasado Voltaire desacreditó la autoridad sobrenatural por completo. Desde entonces, la Iglesia no ha cesado en su declive. Muerde el polvo y aun cuando a veces parece mostrar aquí y allá señales vigorosas de vida, éstas corresponden en realidad a la violencia de la muerte. Agoniza y muy pronto su poder no se sentirá más. Es la autoridad humana la única que en adelante debe preocuparnos y su órgano, el Estado, el único que en el futuro debe ser temido. Todos aquellos que han perdido su fe en los dioses para ponerla en los gobiernos; todos los que han dejado de ser adoradores de la Iglesia para volverse adoradores del Estado; todos los que han abandonado al papa por el rey o el zar, o al sacerdote por el presidente o el parlamento, han cambiado de campo de batalla pero no son menos enemigos de la Libertad que antes. La majestad de la Iglesia se ha transformado en un objeto de burla. Lo mismo debe ocurrir con el Estado. El Estado, que para algunos es un mal necesario, debe tornarse innecesario y superfluo. La batalla de nuestro siglo se libra contra el Estado. El Estado, que rebaja al hombre, prostituye a la mujer, corrompe al niño, pisotea el amor, ahoga el pensamiento, monopoliza la tierra, limita el crédito, restringe los intercambios, aumenta el poder del Capital ocioso y, a través de los intereses, las rentas, el lucro y los impuestos, roba sus productos al trabajo duro y honesto.

Cómo el Estado hace estas cosas y cómo se le puede impedir hacerlas es lo que Liberty se propone mostrar con más detalle a medida que avance en la prosecución de sus objetivos. Baste por ahora con decir que el monopolio y el privilegio deben ser destruidos, que la oportunidad existe y que el reto nos anima. Éste es el trabajo de Liberty, y «¡Abajo la Autoridad!» su grito de guerra.

***

[Continúa]

Notas al pie

[1] Aquí hay un juego de palabras y doble sentido. La revista se llama Liberty. La declaración se refiere tanto a la revista como al propio concepto de libertad. Dicho juego de palabras se repite constantemente a lo largo de esta selección de artículos. (N. del T.)