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ARTÍCULO

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MARZO 1979

Wim Wenders: Un alemán negro

Wim Wenders: Un alemán negro

MANOLO IBARRA

En esta ciudad grande que es Barcelona están ocurriendo últimamente algunas cosas muy raras. La gente llena durante más de cuatro meses los diferentes cines donde sucesivamente se proyecta una película «moderna» llamada El amigo americano, de la que ya hablamos en Ajos pasados, y los críticos coinciden en que es muy buena. Por otra parte Bruguera, después de habernos mortificado durante tantos años, decide inundar los kioscos y las librerías con una colección de novela negra en la que se incluye, ni mas ni menos, que todo Hammett. Y la gente va y las compra.

Ahora: no sabemos si primero Bruguera lanzó su colección y sólo después la gente se puso a comprar; tampoco si las lee. Ignoramos si primero los críticos dijeron que El amigo americano era una gran película y fue sólo después cuando la gente fue a verla; no sabemos si entienden algo los que van a verla. Podría ser que primero la gente comprara novelas negras (El hombre delgado de Hammet en la edición de Alianza estaba agotado) y sólo después, brugueramente, Bruguera las haya sacado. Podría ser que a la gente le gustaba El amigo americano y que los críticos, ante la evidencia, se hayan puesto de acuerdo para no hacer el ridículo. No hay que descartar que a la gente le guste El amigo americano y por eso compre novelas de Hammett o que le guste Hammett y por eso vayan a ver El amigo americano. Es una incógnita por despejar: Bruguera ha producido el amigo americano para promocionar sus novelas o las novelas para promocionar la película (en el caso de que se confirme que haya producido la película). Todo parece muy confuso. En cualquier caso si desde alguna pequeña ciudad llegáis a ésta que es más grande pasad por los cines o por los kioskos de las Ramblas y veréis cosas raras, histeria colectiva, cosas de las grandes ciudades. Wim Wenders se llama el director de la película. Alemán, con gafas, ha hecho seis o siete largometrajes, es delgado, aparenta treinta y uno o treinta y dos años y se ha hecho tan famoso que hasta lo han entrevistado por la televisión de España. ¿Qué queda pues que contar? Veamos.

¿Puedo ponerlo bien porque el crítico de tal que es bobo lo ha puesto fatal o tirarlo por los suelos ya que todo el mundo lo ha puesto bien? ¿Puedo hacer una crítica objetiva salpicada de datos históricos —la cosa de Oberhausen, el nuevo cine alemán— o todavía más marxista y más serio o hago una cosa en plan intimo, muy lírica y muy subjetiva? ¿Copio a Positif o a Cahiers o a Cinéthique o pido que me traduzcan algo de una revista alemana o no copio y hago una cosa en plan original?


Esta larga reflexión introspectiva no es más que una parte mínima de los problemas que se nos plantean a cualquier crítico antes de hacer un artículo y que el público injustamente no solo no valora, sino que a menudo olvida. Sin embargo éste es uno de los casos —excepcionales— en que uno puede prescindir de todos ellos. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: A uno le gusta el cine de Wenders y le gusta de esa única manera que a uno le puede gustar el Sisa o su novia o el Nerval. De esa irracional forma que nos permite decir cualquier barbaridad sin temor a que no tenga nada que ver con el asunto y, por si esto fuera poco, que nos proporciona la íntima convicción de que nuestras palabras no son sino la expresión de los efluvios del alma del autor. Querido lector: lo que viene a continuación no es más que eso.

Move, move, move![1]

Veremos, a través de la ventanilla de los trenes, manchas de colores verdes marrones y azules, camiones con sus grandes parabrisas atravesando carreteras mojadas como el lomo de las ballenas, motos con sidecar, coches agradables donde podremos cantar y coches grandes y hostiles, aviones con sus alas, escaleras mecánicas, metros aéreos donde nos propondrán un asesinato y subterráneos donde nos sera posible cometerlo, ascensores llenos de botoncitos donde nos encontraremos a una china amarilla como la moqueta. Estos son algunos de los escenarios más comunes en las películas del Wenders: cosas que se mueven.

Al filo del tiempo

El Wenders nos contará historias de gente que se encuentra, tras ser abandonada por su madre, tras tener que dejar una ciudad por haberse quedado sin dinero —sólo para volver—, tras intentar suicidarse y fracasar —porque al final de la carretera estaba el agua, que es blanda—, o simplemente para tratar de convencer uno a otro que cometa un asesinato. Pretextos. Lo que les separa se fundirá en lo que les une y esto les enseñará de nuevo lo que les separa. Eso es todo: la lucidez. ¿Qué gente es esa? ¿Fracasados? Gente que nota que se hace vieja, suicidas y reparadores de maquinas de cine, enmarcadores de cuadros. Cuando se encuentren se darán fuerzas e irán juntos hacia delante, hacia atrás, hacia dentro y hacia fuera. Éste es el paisaje interior.

¡Hammet, Hammet!

Mucho se ha hablado sobre el cine negro, a propósito de El amigo americano, acerca de la violencia y el individuo, dominador o dominado por ella [2], como elemento típico del genero. Wenders añade otro elemento no menos típico y al que no se le ha prestado demasiada atención: la moral. Y si hablamos de moral es inevitable referirse a Dashiell Hammett y basta coger cualquier trozo de alguna de sus novelas:

«Se restregó la muchacha la cara contra la funda de cretona que recubría el almohadón en que descansaba y dijo:

—Pues sí que me he portado bien. Le prometí ayer casarme con él y hoy le dejo para traerme a casa al primer quidam con que topo. ¿O no estoy en mi casa?

—Al menos tenías la llave de la puerta —respondió Ned—. ¿Quieres zumo de naranja y un poco de cafe?

—Lo único que quiero es morirme. ¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?».

Comparando la catástrofe moral de esta chica sencilla, que se iba a casar y no sabe cómo ha ido a parar a la cama con un detective —que ni siquiera es guapo—, con la aventura moral del enmarcador de El amigo americano, encontraremos notables parecidos.

Jonathan cometerá un asesinato en la creencia de que su muerte, a causa de una enfermedad incurable, es inminente. A cambio recibirá una fuerte suma. Su moral se lo permite, pues a cambio dejará a su mujer y a su hijo dinero para vivir y, además, el hombre al que tiene que matar es un gángster. Tras cometer el primer asesinato, un sentimiento ambiguo se apodera de él y, después de cometer el segundo, con la ayuda de Ripley, se dará cuenta poco a poco de lo que le pasa. Se dará cuenta de que ríe, llora, grita y pasa miedo como nunca lo había hecho en su vida. Se nota entero, como si antes siempre le hubieran faltado cosas. Débil y terriblemente vivo. Así, con esa sensación, pasará de la vida a la muerte.


¡La realidad es tan bonita! Pero no existe

Fotos y más fotos, sitios comunes pero que parecen nuevos, como si todo el cine, la televisión y la realidad que vemos con nuestros ojos no fuera más que un gigantesco trompe-l’œil, un fresco del Vasari o un bodegón de esos holandeses en los que podemos tocar la pelotilla de las manzanas. Esa impresión nos da nuestra realidad al compararla con la que nos ofrece el Wenders en sus películas. Wenders inventa la realidad y a través de los niños de sus películas nos recuerda cuando nosotros la inventábamos, cuando mirar era un placer.

El cine

El cine es ya muy viejo. Una pantalla blanca, oscuridad y un haz de luz. Alguien que cuenta una historia, otros la escuchan con atención. No importa si es cierta o no o si está bien contada; el que la cuenta necesita contarla y algunos de los que están allí necesitan escucharla. ¿Que nos cuenta el Wenders? Viejas historias. Todos las conocemos. Hemos hablado o hablaremos de ellas alguna vez. Verlas no es más que hablar como nosotros mismos y «hablar con nosotros mismos es más escuchar que hablar» [3].

Este artículo se publicó originalmente en el Nº 43 (marzo/abril de 1979) de Ajoblanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 8 de septiembre de 2023, corre a cargo de Adriano Fortarezza.

Este artículo se publicó originalmente en el Nº 43 (marzo/abril de 1979) de Ajoblanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 8 de septiembre de 2023, corre a cargo de Adriano Fortarezza.

Notas al pie

[1] En El amigo americano, Tom Ripley a Jonathan tras ayudarle a cometer el tercer asesinato.

[2] Ver por ejemplo Positif. Concretamente el articulo de Alain Masson.

[3] El protagonista de En el curso del tiempo a sí mismo mientras atraviesa América en un coche alquilado.