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ARTÍCULO

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NOVIEMBRE 1978

El nuevo periodismo y la provincia

El nuevo periodismo y la provincia

MARCOS ORDÓÑEZ

Este texto tenía que estar teóricamente destinado a comentar más o menos críticamente los avatares del llamado Nuevo Periodismo, corriente, estilo, moda, qué más da —las palabras pierden sentido y se uniformizan dentro de la gran modistería cultural perpetua de nuestra provincia— surgida en estos pagos a través de tres o cuatro libros de rutilante portada, bonitos y bien diseñados objetos, que han permitido a los plumíferos tener tema con el que emborronar cuartillas y ganarse una pasta, así como facilitar un catecismo, un sistema de escritura a la moderna para todos aquellos jovenzuelos ávidos de modelos, ávidos de estar a la última. Es curioso, pero, siempre que se ha hablado en nuestra prensa de los nuevos periodistas americanos, el pájaro en cuestión para el carro al tercer nombre: Tras citar a Wolfe, Southern, Greenfield y reiterar la tópica etiqueta que denomina a Nora Ephron «La Wolfe femenina», tiene que recurrir al «y otros» para salvar la papeleta o, apurando mucho, remontarse a Norman Mailer, extenderse hasta Joe McGinniss. A la hora de delimitar ese barato «y otros» es cuando nos quedamos en la más absoluta inopia: Estamos tan ansiosos de definir, encuadrar y relacionar para simplificar una realidad mucho más compleja, que nos bastan dos abejas para crear un enjambre, dos o tres autores para formar generación. Ante la flagrante incultura, en lugar de denunciar el sistema editorial que permite, hijo del otro Sistema, que conozcamos tan sólo dos o tres muchachos de ese nuevo hacer periodístico, nos atrevemos a pontificar sobre un supuesto todo del que sólo se conocen las puntas del iceberg más brillantes, y nos lanzamos a descubrir el Mediterráneo con una flota de barquitos. No quiero caer en el fallo que critico, ni me interesa llenar páginas comentando A la rica marihuana o recordando que ya Truman Capote, por los cincuenta, etcétera. Me parece mucho más interesante centrar estas líneas en dos temas: El efecto de dichos textos en el periodismo de aquí, y la posibilidad de un auténtico Nuevo Periodismo en España, en la provincia.


Por lo que respecta a la aceptación de la última moda periodística en el patio, basta repasar todo lo que se ha escrito sobre ellos para comprobar que, sospechosamente, las visiones apologéticas superan con mucho a las críticas: No sólo se ha cumplido a la perfección esa vieja constante nacionalprogresista de mitificar hasta lo insospechado lo foráneo, sino que, a partir de la llegada editorial de tres o cuatro textos clave, ha sido sorprendente la facilidad camaleónica de más de una revista, de un reportero, para adaptarse a los «nuevos tiempos»: No sólo se ha acatado un lenguaje, un contenido, sin la más mínima postura crítica, considerando puerilmente que tal estilo es «lo más nuevo» o «la única forma de escribir», siendo lo anterior parrafadas caducas, sino que vemos como en las publicaciones de la «nueva onda» —desde AJOBLANCO a Vibraciones— se ha asimilado ultrarrápidamente un dialecto a medias entre el progresismo y el quinquismo-pasotismo que más que caracterizar, o resaltar, apisona, uniforma y totaliza los contenidos, intentando crear una irritante sensación de falsa complicidad con el lector, aspecto éste que lamentablemente han podido constatar los lectores de estas páginas en más de una ocasión. La jerga del «rollo» no ha inventado expresiones-comodín para crear una neohabla común a un sector, sino que ha empobrecido y está empobreciendo progresivamente el lenguaje, periodístico y hablado: Sólo hay que ver el número de veces que se utiliza en un artículo el modismo «rollo» para aplicarlo a cien cosas distintas, o las interjecciones «demasiado», «too much», «demasié pal cuerpo» y demás terminajos que invariablemente salpican cada dos frases.

A menudo, este nuevo estilo lleva consigo confusiones ideológicas mucho más peligrosas: A los redactores de más de una revista «del rollo», supongo que por una cierta mala conciencia social de intelectuales modernos, aunque militen en las filas de la llamada contracultura, les ha dado por mitificar hasta el exceso la marginación, determinadas marginaciones: Está muy bien dignificar y revalorizar al loco, el homosexual o la puta, pero de ahí a convertirles en carne de revolución, no sólo es redentorista sino también engañoso. No hace mucho leía los artículos de Oriol Llopis, caballero que ha asimilado hasta tal punto las doctrinas tomwolfistas y nuevoperiodísticas que en lugar de la «y» salpica sus textos con vistosas «&» evidentemente mucho más modernas. Y en el campo ideológico sus esfuerzos no han cejado hasta convertirse en el apóstol punkero por excelencia: No ha sido el único que se empeña en convencernos de que tanto la música que hacen como sus intérpretes son carne de opresión y barriada, que lanzan su violencia cloacal al sistema y otros tópicos, cuando lo más probable es que tales mozos, como los del proletariado romano que describiera Pasolini en su Renuncia a la Trilogía de la Vida, centren sus máximas aspiraciones en ascender de clase social y comprarse un pisito de renta limitada. Pero la lucidez se paga —he ahí a P. P. P.— y es mucho más cómodo el ropaje moderno, unificador y falsamente progresista.

Y lo terrible es que no han sido los nuevos periodistas americanos quienes han dictado tales senderos, pobrecillos, sino que todo el tinglado editorial y «moderno» ha sentado las bases de que «hay que escribir como…». De tal forma, no es extraño que tal o cual director de revista te encargue un artículo o una crónica «estilo nuevo periodismo», como si veinte años antes hubiera cometido la simpleza de encargarte una entrevista «estilo Del Arco». En el fondo, este es el aspecto menos preocupante, puesto que si las modas van y vienen a esa velocidad, una nueva hornada desbancará a la anterior y soportaremos durante poco tiempo los escritos «à la manière de». E incluso puede que nos divirtamos y todo viendo como muchos intentan correr a toda prisa tras el último tren generacional, aprestándose a enterarse de «lo último» en la materia para ser los primeros en seguir sus huellas.


¿Hablar de «Nuevo Periodismo» en España? ¡¡Por favor!! Una vez más nos hemos fijado en el oropel, en que Wolfe escribe sin muchos puntos ni comas, o en determinadas constantes meramente externas, pero nos olvidaremos de que todos ellos tienen detrás una tradición cultural hecha de muchos años y de mucho trabajo en revistas de mala muerte. ¿Cómo han podido formarse los teóricos «nuevos periodistas» de nuestro cotarro con cuarenta años de balde, y perdón por el tópico que no por tópico es menos cierto, o unas ridículas Facultades de Periodismo que han intentado «elevar» la profesión a rango universitario, como si pudiera crearse una escuela de poetas o de novelistas? No dudo que en la actualidad hay un buen número de buenos profesionales, eufemismo que encubre a señores competentes y muy a menudo de un gris mediocre subido, aptos igual para un cocido que para un fregado, que pueden llevar la redacción de Interviú y de Cuadernos para el Diálogo con idéntica eficiencia, contrarrestada por la casi nula fuerza, imaginación, combatividad. Hablar de Nuevo Periodismo es hablar de una entelequia, hablar de dos o tres revistas progres que intentan a duras penas, entre una barahunda de frases hechas y lugares comunes, acuñar una unidad lingüística múltiple y original de la que se hallan, nos hallamos, a cien años luz.

El periodismo en la provincia es el «periodismo democrático», el periodismo legitimador de democracias, bien pensante, correctito, tibio, «profesional». El periodismo tramposo y falsamente renovador de Interviú, el periodismo que, como si no le bastara con las dependencias y censuras de Estado, crea las censuras y normas de partido, como La Calle, Triunfo, Cambio o Cuadernos, un periodismo «político» aburrido y monocorde que entrevista a los mismos pájaros que hablan siempre de las mismas cosas y que ya hablaron el año pasado por las mismas fechas, o los que desempolvarán el «¡Basta ya!» editorial, exigiendo serenidad democrática y cuentas claras «a quien corresponda» cada seis meses ante cada nuevo caso Papus, Scala o Gustavo Frecher. ¿Resultará cierto el cínico axioma de que el fascismo incrementa las posibilidades de creación? El nivel alcanzado por el periodismo durante la dictadura, todos lo vimos, no fue nada malo. Resulta chocante que ante el monopolio de la información oficial y el monstruo omnipresente de la censura funcionaran una serie de nombres y una serie de publicaciones de un modo mucho más coherente que el actual. Tan sólo hay que comparar la programación televisiva de entonces y la actual, la creatividad de ciertas revistas entonces y ahora: Parecía que la gente de Por Favor, para poner un ejemplo, sin la mordaza censoril sería algo así como un super «HaraKiri»: Sin embargo, la llegada de la democracia nos descubrió que dicho semanario era una colección de viejas glorias repleta de chistes reiterativos y con personajes que, salvo excepciones, optaban por abandonar la combatividad anterior para medrar políticamente a la sombra del Papá Partido o dispersaban sus esfuerzos como pulpos para pagarse el césped de sus fincas. Siendo el nivel anterior bastante aceptable, era fácil creer que bastaría con la llegada de la democracia y el levantamiento de la censura para que los diez mil talentos castrados por la ominosa cuarentena surgieran al exterior con ímpetu incontenible.

En estos momentos, mientras grupitos dispersos se enzarzan en interminables polémicas sobre el significante y el significado, mientras revistas marginales, como me decía Pepe Ribas, se encuentran en la tesitura de querer hacer contracultura y encontrarse haciendo cultura porque no ha habido cultura anterior hacia la que oponer ese «contra», mientras se repite hasta la saciedad que «contra Franco vivíamos mejor», Interviú es y ha sido la revista que más vende y lo que la gente lee. Ante esta verdad indiscutible, ¿qué carajo importará cuidar los contenidos, elevar el lenguaje, ofrecer una profundidad textual, si con menos, muchísimo menos, se gana dinero a espuertas? Si el señor Umbral, Vázquez o demás etcéteras de todos conocidos han descubierto el sistema que les permite escribir en treinta sitios y forrarse el riñón, sea revistas feministas o ultramachistas, domésticas o «cosmopolitas» —el profesionalismo, que le dicen—, si pueden parir seis artículos en una mañana y cobrar como si hubieran escrito varios libros, es evidente que dichos señores escribirán no sólo seis, sino a ser posible noventa artículos en el plazo de tiempo más corto posible. El cuidado del texto, el afán de renovación, el placer de la escritura, la profundidad y todas esas lindezas no cuentan: Hay que repetir hasta el asco el chiste de la Encarna y Don Sixto o de Pitita y Nadiuska mientras den dinero, hay que producir, hay que readerdigestizar los contenidos. Ante ciertos síntomas, la peste a enfermedad profunda es evidente: Una prensa que tiene en su seno a señores como Luis Cantero, al que paga varios puñados de miles al mes para que nos cuente cómo se tiró a Susana Estrada o cómo se vistió de cipote a las puertas de una abadía, no está precisamente en su mejor momento. Hará dos o tres años, cuando Interviù salió a la calle, mucho patufetista-leninista (entre los que, ay, me contaba) cometió la estupidez progresista de pensar que aquello estaba bien, que había que «bajar el nivel», hacer asequible aquello a la masa: «Si con el envoltorio de tías en pelotas se leen determinados temas, ya nos vale. Ya quitarán las tías, ya subiremos el nivel…», decían, con el incurable paternalismo pseudointelectual del izquierdista ante la abstracción «pueblo». El tiempo ha dado la razón a los escépticos: Basta acercarse a un quiosko y ver lo que en la actualidad vende dicho papel.

Con todos estos datos, ¿quién se cree lo de la nueva prensa, la posibilidad de un nuevo periodismo? Vamos a pasos agigantados hacia el Todo periodístico, que es lo mismo que decir hacia el Todo Industrial: Se trata de fabricar revistas, periódicos y semanarios porque resultan más rentables que los zapatos o los chorizos o garantizan fuertes alianzas políticas. Que los chorizos de letras impresas sean de mayor o menor calidad importa poco siempre y cuando superen determinada cifra de venta de ejemplares: A partir de ese principio de una simpleza abrumadora, podemos empezar a dialogar, a entender. Si lo que vende en determinada órbita es el «estilo Nuevo Periodismo», tendremos a doscientos cincuenta y cuatro epígonos de Wolfe escribiendo en subgénero hasta que una nueva moda nos separe. De todos modos, a estas alturas, reincidir en el tópico de que a cualquier supuesto marginado —desde AJOBLANCO hasta la prensa más subterránea— ese bicho llamado Sistema, Poder o Stablishment, a elegir, va a permitirle sus gracias mientras sea recuperable (en el sentido que sea), resulta, cuanto menos, aburrido, y no siento la menor gana de abundar en algo tan tronado.


Hasta hace bien poco, invertir en prensa era un buen negocio. De eso se pudieron dar cuenta diez o quince charcuteros, que, con ayuda de sus departamentos de jóvenes psicólogos becados, no tuvieron que hacer excesivos sondeos de opinión para darse de narices ante la evidencia de que la gente estaba harta de censura y quería enterarse de qué iban las cosas. En la última época del franquismo, sacar a la calle una revista como Cambio 16 podía ser muy útil, muy progresista y todos los adjetivos que a la buena izquierda se le ocurran, pero antes que nada resultaba un negocio muy rentable. Si lo que más echaba de menos el español era el coño y la política, ya tiene Parlamento, ya tiene representantes democráticos, ya tiene Generalitat y ya se la puede cascar con ayuda de las páginas centrales de Interviù, porque el Sexy-Contact lo pueden pescar la señora y los niños. Interviù llegó para aliviarnos de nuestras frustraciones seculares: Tetas y culos en papel couché, acompañados de columnitas de esa pseudopoesía que habla de muslos tersos y demás erótica salsichera, firmas de «los nombres» que vendían y unos textos pretendidamente denunciatorios y cuestionadores de los sucios asuntos del poder, que la mayoría de las veces se concretaban en el contrabando de turrones de un exsecretario provincial o en lo mal que lo pasan las mujeres de los pescadores de Ceballo da Souto (Pontevedra) porque sus maridos, de pesca en Terranova, no se las trincan con la regularidad debida, bajo el bonito título de «Y LUEGO DICEN QUE EL CIPOTE ES CARO», por ejemplo. En estos momentos, las elecciones y el pasteleo político se ha cargado brutalmente a un importante potencial de lectores, al que las revistas ni le cuentan lo que no dice la información oficial, porque toda ella es abrumadoramente idéntica y oficial de por sí, ni le interesa lo más mínimo saber lo que piensa de los homosexuales el senador Portabella mientras se pasea en tanga por Ibiza.

Desde esa óptica y en este cotarro, nadie cometa la ingenuidad de suponer que temas como el de la libertad de expresión interesan a un currante normal y corriente. La libertad de expresión o el caso Joglars, para poner un ejemplo, interesan a los intelectuales, que les permite ejercer el compromiso a base de artículos, manifiestos y cartitas, a los partidos que se dediquen a sacar tajada de ello de cara a las elecciones y a los actores o gente de teatro que se ven el morterazo encima. El que a cuatro cómicos se les encarcele por cachondearse de los militares no les interesa un pito a los señores Puig o Martínez o Romerales: A dichos personajes lo que les jodería es que les redujeran las horas, subieran la gasolina o los Mundiales no se realizaran por el follón argentino, y es lógico que así sea, cuando todas las manifestaciones del poder (política, cultura, prensa y demás) han sido controladas y apartadas a años luz de su universo cotidiano. Es así como nacen los ghettos (AJOBLANCO), las vías muertas (La Calle) y «lo que de veras interesa al pueblo»: Interviú, Lib, o las cien mil revistas porno que colean por ahí.


Ningún presunto editor cometerá la simpleza de luchar en solitario, porque sabe que lo que va a imperar a partir de ahora es una política de prensa claramente monopolista, en que una misma empresa controlará varios sectores y varias presuntas necesidades de los lectores a la vez: la prensa, ay, del futuro está en el pulpo Zeta, que cubre con unas revistas los déficits de otras, intenta llegar a todos los mercados, vende culo fino y culo gordo, pluma refinada y denuncia de tres al cuarto, izquierda, derecha, un, dos, tres… Y si aún no ha sacado su Viejo Topo particular es porque debe pensar que, pura y llanamente, todavía es prematuro, económicamente hablando. Inevitable, claro, pensar en la germánica cadena Springler: Hacia ese Todo periodístico vamos, y hacia esa Nada cultural controlada por cuatro prebostes del capital también. El periodista, desengañémonos, va a ser cada día más algo muy parecido a un robot sin la más mínima capacidad de cambiar las cosas: Lo del Cuarto Poder será el Cuarto Poder del empresario, uno de tantos poderes. Escribir al dictado es su, nuestro sino. Y ay del que se le ocurra mear fuera de tiesto: La más negra ignominia caerá sobre su cabeza, y una simple llamada del Presidente de una cadena al de otra puede condenarle al ostracismo de por vida como castigo a su desafuero. Ante esta torva realidad, los buenos propósitos de algunos periodistas de la «buena izquierda» no producen más que sonrisas: No está lejos el caso de los redactores del antiguo Brusi, que tras el brusco y previsible giro a la derecha del periódico a instancias empresariales aún creían que iban a poder hacer algo contra la implacable marea de sus intereses y, sobre todo, alegando clausulas de conciencia y convencidos de que bastaba con ser buenos comunistas o socialistas, esforzados muchachos de la «izquierda leal», para que el fuerte viento de unos patronos más inteligentes que ellos, por no moverles el menos idealismo, no les cambiara su «buena labor».

A estas alturas de la larga parrafada que llevo, más de un lector pensará que esto es pesimismo excesivo, fatalismo exacerbado, sino inevitable. No creo en los sinos irrefutables, pero mi derecho al pesimismo, por desgracia, no me lo alivia nadie. Ante esa perspectiva de periodismo «cibernético», qué hay que hacer, se preguntará quien lea estas líneas. ¿Pegarse un tiro? ¿Fugarse a la montaña? ¿Ser de izquierdas y dirigir Playboy alegando que es una revista de masas? Evidentemente, o se aleja uno del tinglado a la velocidad de la luz, o si se queda, tiene que intentar combatir sabiendo de antemano que su única meta es el fracaso. Lo que uno quiera quemarse o batallar depende no tan sólo de su propia ética, sino de su capacidad de resistencia. Yo no he tirado la toalla no porque no vea claro el juego, sino porque necesito comer y hoy por hoy no sé hacer muchas cosas más. Quizás surja a la luz pública una auténtica generación de nuevos periodistas, imaginativos, comprometidos y lúcidos, que con una fuerza conjunta logren, logremos, algo. Pero las esperanzas son pocas: Habría que hablar ahora, antes de terminar con esta especie de rollo de pianola que no tiene principio ni fin, de la escasa renovación de los géneros, del mantenimiento de unas estructuras textuales arcaicas, de la procelosa falta de imaginación, crítica y creatividad de nuestra prensa, pero eso ya no es tema de unas páginas sino de una larga serie. La prensa sigue controlada por la charcutería y la poltrona, y los pocos que quieren, queremos, hacer algo distinto, debemos soportar la esquizofrenia de trabajar oficinescamente en una revista o periódico para poder comer (ser profesionales, vaya) y entregamos gozosamente al amateurismo, a correr con un poco más de libertad en ghettos como el que alberga estas páginas, para cubrir un poquito aquella parcela de la supuesta realización que todos queremos tener un poco atendida para no caer galopantemente en más neurosis de las comprensibles.


Mientras, ante toda pretensión de pompa y vanidad respecto a lo que estamos haciendo, hay que recomendar tocar con los pies en el suelo y comprar todos los días el bocadillo de tortilla para recordarnos, como si no lo supiéramos, que más que nuevos periodistas somos más o menos viejos oficinistas, expertos en la divertida ciencia de escribir páginas y páginas al dictado. Y entretanto, frente a la profundidad y la crítica, la estulticia envuelta en visos de modernidad, frente a la calidad, el papel-venta, frente a la originalidad, los pocos modelos que nos salen no sólo son foráneos sino que encima son mal copiados por esa pretendida nueva generación que es la que teóricamente debe cambiar las cosas. Estamos apañados.

Este artículo se publicó originalmente en el Nº 39 (noviembre de 1978) de Ajoblanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 8 de septiembre de 2023, corre a cargo de Adriano Fortarezza.

Este artículo se publicó originalmente en el Nº 39 (noviembre de 1978) de Ajoblanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 8 de septiembre de 2023, corre a cargo de Adriano Fortarezza.