
SEPTIEMBRE 1979
La trascendencia mesiánica frente al «No me divierte»
La trascendencia mesiánica frente al «No me divierte»
J. M. COSTA

Hace algún tiempo y en ese programa inefable que se llama «Encuentros con las Letras», el trascendentalista Sánchez Dragó realizaba una entrevista al incalificable, pero siempre molesto, Eduardo Haro Ibars. La importancia del asunto venía condicionada por la fuerte personalidad de los interlocutores, del choque entre sus diferentes posturas vitales y porque pocas veces —si alguna— ha sido expuesta en TVE con tanta lucidez la postura lúdica, cínica, hedonista y sabrosona de algunos personajes que como Eduardo derrumban con dos palabras siglos de mala conciencia, frustraciones e idealismo.
La entrevista venía a cuento del libro que Eduardo Haro editó el pasado año y que llevaba por título De qué van las drogas. Sánchez Dragó, que pese a todo realizó una buena entrevista —bien que pespunteada por sus propios fantasmas de culpabilidad—, se introdujo en seguida en el tema: «¿Han dejado de ser las drogas (ilegales) un arma revolucionaria?». Eduardo Haro respondió, rápidamente, que la pregunta no podía formularse en esa manera: «Las drogas nunca han sido revolucionarias y en el estadio actual pueden ser incluso utilizadas por el sistema bien para atontar al personal, bien para segregarle socialmente al tiempo que se le explota de la manera más miserable». «Y sin embargo, las drogas en un principio si poseían ese carácter revulsivo, ¿no?» insistía Sánchez Dragó, brujo número 1 del Imperio. «No. Cuando nosotros comenzábamos a tomar drogas no lo hacíamos impulsados por ningún tipo de misticismo, sino por un muy sencillo deseo de experimentar las nuevas sensaciones que cualquier droga puede inducir en el cuerpo humano». «Y sin embargo, la droga, la experiencia de la droga ha poseído un contenido trascendente difícil de ignorar. Ahí tienes por ejemplo a Timothy Leary, que otorgó un contenido místico a sus experiencias de ácido».
Eduardo, como otros muchos, considera a Timothy Leary como un subproducto cultural americano. Un tipo que se llama a sí mismo sumo sacerdote de no se qué religión, y que llena sus libros de clasificaciones entre bueno y malo es, además de un pedante, un imbécil. El hecho de que tuviera seguidores, de que estos seguidores crearan un fugaz culto al LSD, no indica más que la civilización judeocristiana busca nuevas vías de autorrealización, una vez probada la escasa permanencia de sus supuestos valores inmanentes. El ácido es como la Coca-Cola o, mutatis mutandis, la religión, por la tecnología que permite sintetizarlo. En todo caso Eduardo acabó su perorata con un «No me interesa, no me divierte la religión» que dejó estupefacto a Sánchez Dragó.
Si este último no balbuceaba es porque no es tan primario como sus ideas hacen pensar, por lo cual trató de colocar a ese tipo incordiante e individualista contra las cuerdas de nuestras pulsiones y miedos más profundos. «Pero el hecho es que con la droga se puede tener una experiencia de muerte…». De ahí podría haberse deducido que si con la droga se tiene experiencia de muerte, la muerte es algo real en lo cual se puede trascender. Claro que cualquiera puede comprender que una experiencia sólo se adquiere a través de la vivencia y que resulta demasiado paradójico llegar a disfrutar una VIVENCIA DE MUERTE. Si el señor Sánchez Dragó puede explicar sin neokantianismos cómo fue su vivencia de muerte, imagino que las páginas del Ajo estarán abiertas a tan insólita aventura; pero Eduardo Haro se manifestaba con mayor claridad: «Yo nunca he tenido experiencia real de muerte. En todo caso no he tenido conciencia de ella. Soy yo la nada. Cuando pierdes la consciencia —en una operación, por ejemplo— lo que tiene lugar es un espacio en blanco: nada. Por tanto la muerte para mí no existe, ya que no puedo experimentarla más que como observador y en otra persona. Tampoco me interesa mucho el tema. Me interesan cosas más cercanas, como el que pasa alrededor mío, en la revista que escribo, lo que les ocurre a mis amigos, las cabronadas del gobierno, todo esto».
Éste era sin duda el punto más interesante de la entrevista. La idea de muerte, de enfrentamiento a una experiencia más allá de la vida y por supuesto desconocida, ha sido la base de nuestra civilización y de otras muchas. El instinto más primario del hombre —como de cualquier otra cosa— es el de la supervivencia, y le resulta especialmente difícil sustraerse a él como ya se ha sustraído a otros muchos. Debido a ello, el concepto-idea de muerte ha podido ser inundado de numerosos valores o categorías filosóficas, éticas y morales que en nuestra civilización pasa por la terrible disyuntiva premio castigo. Es igual que el juicio sea divino, histórico o popular: siempre hay un juicio. Pero para que el juicio tenga razón de ser, la existencia debe prolongarse más allá de la existencia o, lo que es igual, más allá de la experiencia. Así, se hipoteca nuestra experiencia cercana en base a una vivencia post mortem, sólo presumida y de la cual no tenemos ni idea. Lo que ocurre después de la muerte es un cheque en blanco que la ideología dominante utiliza no de manera ideal, sino de otra muy concreta para imponer su sistema de valores. Durante mucho tiempo el progresismo ha intentado sustituir valores en conceptos como muerte, historia o patria. Esta sustitución de valores acarreaba su propia ruina: los conceptos permanecían inalterables. Pero ocurre que ahora surgen por aquí y por allá zánganos horribles que no se interesan por esos conceptos, que rompen su cordón umbilical con la ideología y la abandonan a su propia podredumbre.
Esta gente enerva a los perros guardianes de la ideología como Manuel Vicent y saca de quicio a una generación (25-35 años) marcada por ese equivalente de la moral judeocristiana que es la mala conciencia burguesa. Porque no nos engañemos, el tema sólo interesa de manera práctica a la burguesía, a quienes tienen en sus manos la OBLIGACIÓN de perpetuar ya no el sistema de valores dado, sino, cosa mucho más importante, el sistema conceptual en el que dichos valores se asientan.
Pero al igual que los médicos tienen interés en la enfermedad, los filósofos, sociólogos o políticos, los generadores de cultura y/o sistema, no pueden tirar piedras contra su propio tejado y pasar a declarar en un nuevo manifiesto que la filosofía no sirve, que la trascendencia es una apuesta a ciegas y que todo su trabajo de años es una puñetera chapuza.
No, no van a hacer esto, van a soltarnos un nuevo milenarismo —más que nada por entretenernos— basado en sus propias necesidades de autoafirmación.
Y además de ello, atacarán a personas como Eduardo Haro por reaccionarios, por no poner su granito de arena junto a la gran montaña de mentiras o gratuidades que durante siglos ha ido enterrando la humanidad. Pero no, la experiencia vivida de una carga policial, de una tortura, de un despido, de un abuso cualquiera, es algo que el cínico-hedonista asume muchas veces de manera militante —aunque no en partido o movimiento. ¡Fíjese usted que lástima!— sin que por ello sienta el remusguillo castrante y obnubilador de la mala conciencia. Y es que cuando este tipo de personas —me refiero a los progres trascendentalistas—acusan a alguien de hedonismo parecen destilar envidia por las heridas no curadas de su invalidez vital: necesitan muletas y con ellas tratan de partir las piernas de quienes no las desean para nada.
¿Por qué? Porque no son divertidas, no interesan, son inútiles… no son necesarias. Pero parece que esa sociedad, en una extraña mezcla de pedantería y puto miedo, no va a renunciar a sus muletas, no van a atreverse a salir corriendo dejándolas atrás, tiradas en el suelo, inermes y absurdas. Y ésa, precisamente ésa es la única forma de comprobar su inutilidad. Pero a eso se le sigue llamando provocación, ¿verdad Sánchez Dragó? ¿Verdad, Vicent? ¿Verdad, enfermos imaginarios todos?
Este artículo se publicó originalmente en el Nº 48 (septiembre de 1979) de Ajoblanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 8 de septiembre de 2023, corre a cargo de Adriano Fortarezza.
Este artículo se publicó originalmente en el Nº 48 (septiembre de 1979) de Ajoblanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 8 de septiembre de 2023, corre a cargo de Adriano Fortarezza.