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ARTÍCULO

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MAYO 1977

Cultura y gozo

Cultura y gozo

FERNANDO SAVATER

Hace años escribí un artículo titulado La cultura como forma de hastío, que me salió realmente precioso. Después de todo, siempre he tenido más talento para expresar la denigración que el elogio, probablemente porque la denigración suele estar más fundada. Además, lo que mejor puede uno detestar es lo que vive de cerca, lo que le compone a uno. Si yo escribiese contra los futbolistas o los cazadores de tigres, por mi boca hablaría mucho más la envidia que una sincera reprobación: en general, solemos preferir todo lo que nos variaría, lo que modificaría nuestras capacidades, nuestro éxito y nuestro cansancio. Quien arrastra flojamente la pesada maleta por el andén de la estación, admira sin reservas el músculo lustroso de sudor del que rema en la galera, pese al látigo del cómitre… Vivir algo a fondo, con pasión, es conocer desde dentro y exhaustivamente una equivocación, es poder señalar precisamente las miserias de una limitación. Lógicamente, se me tenía que dar bien hablar del aburrimiento de la cultura, de su artificiosidad fastidiosa, de sus estremecimientos prefabricados, de su valoración de lo residual por encima y más allá del proceso mismo de donde procede. Se me tenía que dar bien porque se trataba de mi aburrimiento, y de mi artificiosidad, y de mis estremecimientos; a cada línea que escribía, podía repetirme a mí mismo, con voluptuoso masoquismo: tua res agitur. Pero también se trataba de mi pasión y esto es mucho más importante. Conocer bien y a fondo el hastío; burlarse despiadadamente de las engorrosas falsedades del arte o el saber no equivale en modo alguno a suponer que, fuera del saber y el arte, hay un mundo de maravillosa «sinceridad», de «auténtica vida». Estos también son mitos culturales y de los más idiotas y despreciables que la cultura fabrica. Nada hay más obtuso y desconsoladamente artificioso que los suspiros de quien cree en lo «natural», ni nada más sofisticado y complejo que las voces de quien cree en lo «natural», ni nada mas sofisticado y complejo que las voces de quien se reclama de la «sencilla sencillez»: es peor la artificiosidad y la complejidad más inextricable, porque se ignoran a sí mismas. Quizás es cierto, como decía Fausto, que «toda teoría es gris». Pero ciertamente la llamada «vida» no es verde y jugosa, sino todavía mucho más cenicienta que la más polvorienta teoría. Es precisamente la grisura sin remedio de la «vida» lo que nos lleva a refugiarnos en el gris perla de la teoría. Y lo más jugoso y jubiloso de la vida, el amor, la comida, el vino, la aventura, toma su gozo de los refinamientos de la cultura, de las delicadas construcciones del arte, de los palpitantes y rebuscados inventos de la ética o de la estética. Lo inmediato es un asco, la mediación lo es todo. Así que, para completar y expiar aquel mi otro articulo, quiero ahora hablaros un poco de cultura y gozo.



Va siendo urgente lo de hablar del gozo de la cultura. Primero, porque las universidades son cada vez más tristes, las conferencias más largas y las películas y novelas de tesis más rollos. Y uno piensa: «¡Al diablo con la cultura!». Pero lo cierto es que las universidades son tristes, las conferencias largas y las películas y novelas rollos, precisamente por falta de cultura, no por exceso: porque se han quedado con el momento grave de la cultura, con su cabriola más pesada y menos graciosa, con lo más repetitivo, con lo instrumental, con lo que amaestra, con lo que lima y recorta los fulgores de la pasión, con lo que cura en lugar de con lo que agrava, con lo que es edificante pero no sublime, con lo menos culto, por decirlo todo en una palabra. En segundo lugar, porque ya están en todas partes los cargantes «bárbaros sencillos», ésos que hace tiempo nos prometieron: y quizá con los años y el trato terminen por lo menos siendo bárbaros complejos, pero por el momento dan grima. En el reciente Congreso de Filósofos Jóvenes celebrado en Barcelona se palpó esa noción pesadamente instrumental de lo cultural —la filosofía, en este caso—, esa noción que se avergüenza del momento gozoso del espíritu en acción («no al esteticismo»), que sospecha y respinga ante cualquier puesta en cuestión del «homête homme» progresista y sus cejijuntos dogmas («no a la charlatanería sofística») y que reclama con tanto más furor «eficacia inmediata» de la cultura cuanto que es incapaz de gozar de la creación cultural en acto, no como resulta utilizable o como recompensa política futura. El momento no orientado de la cultura, que es el bueno y liberador, les desconcierta hasta la irritación: cuando oyen hablar de él, también llevan la mano a la pistola. En cambio, se quedan con todo lo que la cultura arrastra de fijo, de acabado, de cristalización gravosa y doctoral del sentido común; si fueran bárbaros iconoclastas tendrían al menos la ventaja de ser vistos claramente y desde lejos, pero lo peor es que son bárbaros sencillos, es decir, moderadamente cultivados, con nociones elementalmente positivas de lo aconsejable en ciencia, en literatura, en arte o en música, todo ello barnizado, naturalmente, por la determinante orientación política en la que todo cobra sentido. Son partidarios de la escolarización y de una cierta ilustración superior, útil, sobria, sin florituras, directa, moral y políticamente sana. En sus frentes, la frase paulina «El saber os hará libres» adquiere el mismo acento que aquel terrible «El trabajo os hará libres» que campeaba en el frontispicio de Auschwitz. Por eso es preciso afirmar frente a este filisteísmo politizado la función de fomentar el desconcierto y la diferencia, en detrimento de las ideas claras y la unanimidad; es preciso abogar por la satisfacción inaplazada que acompaña a la creación y disfrute de la cultura, frente a la eterna siembra para recoger lejanos frutos y frente a la beatificación de lo perpetuamente postergado. Esto tiene que ser tachado ciertamente de elitismo, pero ahora es el momento de recordar que, en la sociedad masificada, la auténtica y meritoria élite es la que se resiste a la homogenización definitiva del signo que fuere, no la que cultiva lo antipopular. Se preocupa más generosamente del goce de todos quien goza que quien estigmatiza como injusto todo disfrute y predica como lo único recomendable el aplazamiento utilitario.



Nada más triste e idiota, pero nada más cercano a la concepción progresista de la cultura, que la consigna televisiva de «un libro ayuda a triunfar». Y es que ni los libros, ni los cuadros ni las sinfonías ni los cigarros puros tienen como designio primordial ayudar a nada, y mucho menos a un triunfo que pase por la trepa competitiva o por la conquista del poder. Todo ello quiere antes que nada ser disfrutado. Este disfrute no tiene por qué ser inmóvil, sino que raramente lo es: la cultura es una forma de acción acelerada, una intensificación del ejercicio de nuestras capacidades creadoras, no su marchitamiento. Y una de esas capacidades culturalmente aceleradas, gozada en acto y no en sus efectos, es la virtud. Una virtud apasionada y escéptica, piadosa y egoísta, fiel a sí misma hasta la intransigencia y jubilosamente dispuesta a tolerar y apreciar virtudes alternativas, complementarias o incluso opuestas. Pues la cultura no tiene como único momento apreciable la certeza y la realización efectiva, sino también su falsedad, su simulación, sus dudas y su capacidad de desmentirse a sí misma por nada y sin segunda intención instrumental. De la discusión rara vez sale la luz, pero hay que felicitarse por ello, pues nada tan humanamente grato como la discusión y nada tan pedantemente opresivo como la conclusión luminosa que la zanja. Lo falso y lo artificioso son un momento imprescindible y estéticamente jocundo de la verdad: quien olvida esto, ha nacido para ilustrarse en Pravda o en el ABC.

Al pelmazo musculoso y bronceado que vuelve dando saltitos del gimnasio para reírse de «los cultos» o al oriental del Oeste que no necesita más que sándalo y tantra y abomina de los libros; al torvo enemigo del mundo que se pasea con su bomba en el bolsillo o a quien no quiere más contacto con la cultura que el barniz universitario que ha de servirle para salir adelante; al pedante menesteroso de ignorantes a su alrededor para justificar la molestia que se ha tomado leyendo o al cretino que dictamina gravemente como si la cultura consistiese en ser más serio y estar más de vuelta que los demás… A todos estos, podemos mandarles a tomar viento. Quede para nosotros el secreto placer del erudito, cuyo estremecimiento conoció también el dragón Fafnir atisbando desde la puerta de su cueva; para nosotros el espejismo congelado de Vermeer y la música, «esa forma misteriosa del tiempo» según Borges; para nosotros la alacridad pugnaz del debate, en la que abiertamente disfrutaremos con el más riguroso, el más sutil y el más ocurrente, con quien tiene el arte de reducir lo múltiple a lo uno y con quien ha nacido para complicar infinitamente el mundo; y gozar de esos poetas cuyo toque parece remitirnos a la dichosa invención del lenguaje, antes de la aparición burocrática de la escritura, o del placer inefable de abrir la crónica de una gran aventura y leer en su primera página esta exhortación que es un reto: Call me Ishmael… Nada más, pero tampoco nos conformaremos con menos. ¿Acaso es demasiado esfuerzo? ¡Bueno, alguna molestia hay que tomarse para ser feliz! Pues lo que uno quiere está a fin de cuentas meridianamente claro y Quevedo lo expresó en sílabas contadas y rimadas de insuperable forma:

«Quiero gozar, Gutiérrez; que no quiero
tener gusto mental tarde y mañana;
primor quiero atisbar, y no ventana,
y asistir al placer, y no al cochero».

Este artículo se publicó originalmente en el Nº 22 (mayo de 1977) de Ajobanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 21 de marzo de 2021, corre a cargo de Adriano Fortarezza.

Este artículo se publicó originalmente en el Nº 22 (mayo de 1977) de Ajobanco y ha sido cedido para su lectura online en STIRNER por Pepe Ribas, fundador de la revista. La presente versión revisada, del 21 de marzo de 2021, corre a cargo de Adriano Fortarezza.