El segundo verano del amor: música y hedonismo en la Inglaterra de Margaret Thatcher

En 1987, la última gran oleada de la contracultura juvenil estaba a punto de sacudir las Islas Británicas. No importa cómo nos refiramos a ella: el segundo verano del amor, Madchester, scallydelia, baggy, acid house, etc., hacen referencia a distintos aspectos de un mismo fenómeno multiforme y caótico; una revolución que transformó la música, introdujo nuevas drogas, nuevas formas de vestir, de divertirse y hasta de hablar. 1988-1990, bienvenidos al lugar donde hasta el hombre blanco baila.

Todo empezaría a miles de kilómetros de las Islas, en el subsuelo de un Chicago atrevido y suburbial; negro, gay, que había estado alimentando desde los primeros años 80 una escena de música house localizada en el club Warehouse, residencia del mítico Frankie Knuckles. Conforme nos adentramos en la década, un sintetizador desdeñado por los insiders debido a ciertas reverberaciones inconvenientes, el Roland TB-303, empezaría a circular entre los chavales, que podían adquirirlo por primera vez a cambio de un puñado de dólares. En el laboratorio casero de visionarios como DJ Pierre, Adonis o Farley Jack Master Funk, aquellas reverberaciones inconvenientes se transformaron en ritmos completamente nuevos, haciendo de la música dance una experiencia más oscura, psicodélica e hipnótica que nunca. Cuando en 1987 Ron Hardy pinchó por primera vez Acid Tracks de Phuture en el viejo club Warehouse, ahora rebautizado como The Music Box tras la deserción de Knuckles, un público poco acostumbrado despejó la pista de baile hasta dejarla desierta. Dos, tres, cuatro escuchas después, el público estallaba a bailar. Había nacido el acid house. La música negra no sufría una revolución semejante desde James Brown o Kool Herc; los ritmos corrosivos y futuristas del Roland TB-303 pronto se mezclaron con voces negras y samples extraídos del funk y del soul, melodías de piano o de teclado bajo la influencia del enorme Move Your Body de Marshall Jefferson e incluso letras de rap, dando origen al hip house de Tyree Cooper, Fast Eddie y los Jungle Brothers, que catapultaron el género directo hacia las listas de ventas. Los barrios negros de clase trabajadora de Chicago se convirtieron en el epicentro de la nueva música, elevada a la categoría de culto secreto antes de estremecer los cimientos de la industria discográfica americana.

Hacienda Birthday

No pasaría mucho tiempo hasta que el acid house, una música hecha por y para hedonistas, encontrara su lugar en la capital del hedonismo: Ibiza. En la terraza abierta y soleada del club Amnesia, un oscuro DJ conocido como Alfredo empezaba a introducir los ritmos importados de Chicago, que casaban a la perfección con la nueva sensación química traída de Ámsterdam, el éxtasis. Ese cóctel compuesto de música avant-garde, drogas y fiesta after-hours fue lo que encontraron dos DJs británicos al aterrizar en la isla de vacaciones en el verano de 1987; sus nombres eran Paul Oakenfold y Danny Rampling, y a su vuelta a Londres fundarían dos clubs (Future y Shoom) que cambiarían para siempre la escena musical británica. Antes del acid house, las discotecas británicas eran lugares deprimentes donde emborracharse y quizá conocer a alguien del sexo opuesto, o donde pelearse con alguien del mismo sexo; a partir de entonces se convirtieron en templos dedicados al hedonismo, donde no sólo se trataba de bailar al ritmo del beat sino de sentir el beat, entregados a un ritual sin normas cuyo chamán residía en la cabina de disc-jockey. «Están aplaudiendo al DJ. No a la música, no a los músicos ni al compositor, sino… al medio», diría un lúcido Tony Wilson en la película de Michael Winterbottom. Mientras Paul Oakenfold se dejaba influir por el balearic beat y Tony Wilson trataba de implantar las pool parties en el lluvioso y gélido Mánchester, miles de británicos tomaban la costumbre de viajar periódicamente a Ibiza para bailar bajo el cielo de Amnesia, Es Paradís Terrenal o Space. Lo que siguió a continuación es la última gran revolución en la contracultura británica: bohemios y scallies, blancos y negros, ingleses del norte y del sur, hooligans de un equipo y de otro, todos bailaban al ritmo del beat embriagados de amor químico en un verano que parecía eterno e inusualmente cálido. La violencia desapareció de los campos de fútbol y de los clubs nocturnos: uno podía encontrar aficionados del Millwall y el Chelsea, del Liverpool y del United confraternizando en las inmensas raves organizadas en las inmediaciones de la carretera M25, a las afueras de Londres, en las fábricas abandonadas del Noroeste o en las inmensas praderas desoladas del sur. Empresarios jóvenes, anómalos y oportunistas como Tony Colston-Hayter organizaban enormes fiestas ilegales en mitad de ninguna parte, que se anunciaban a través de emisoras piratas en forma de mensajes crípticos y cuya ubicación cambiaba con frecuencia para desorientar a la policía. Las acid raves volvieron los cínicos valores del thatcherismo contra sí mismos: lejos de Downing Street y de los despachos corporativos de la city, la gente reivindicaba el derecho a gobernar las lindes de su cuerpo, a bailar, a disfrutar y a salir de fiesta pacíficamente sin esperar la autorización del Estado policial o del moralista tory. Un grupo de chavales alquilaba un equipo de sonido, ocupaba una fábrica abandonada o arrendaba un campo lejos de las grandes aglomeraciones; así nacían las raves, como el punk; el movimiento estaba en todas partes y en ninguna, como una guerrilla que ataca y desaparece entre la bruma antes de que el enemigo pueda rehacerse. La policía británica, desbordada, creó incluso un departamento dedicado exclusivamente a perseguir las raves: la mítica Acid House Unit, que siempre llegaba tarde.

Los sonidos cálidos del acid se mezclaron con el techno de Detroit y el eurobeat en las sesiones de los grandes DJs de la época: Terry Farley, Pete Tong o Andrew Weatherall, en Londres; Mike Pickering, Graeme Park o Laurent Garnier, en Mánchester. Inner City, Black Box o Raúl Orellana, convertidos en estrellas por el público británico, coloreaban de sonido los amaneceres del segundo verano del amor mientras las figuras del hip hop local como Rebel MC o Monie Love se pasaban al house. Los ravers, impulsados por la música de baile, comenzaron a vestir cada vez más ancho —baggy— para sentirse cómodos en las largas sesiones de fin de semana: la moda ibicenca se mezcló con el gusto por la ropa y las zapatillas deportivas de los casuals de fútbol y del hip hop; reapareció un gusto por lo hippie plasmado en camisetas desteñidas y melenas al viento; las camisetas con el mítico smiley, símbolo del acid house, se hicieron masivas, habitualmente acompañadas de mensajes crípticos referidos a la droga que alimentaban la psicosis de padres, autoridades y medios de comunicación. Cortes de pelo estilo tazón o rapado a lo marine, zapatos wallabees y chaquetas italianas completaban una estética ecléctica cuyo epicentro estaba en Mánchester: Joe Bloggs y GioGoi nacieron entonces para teñir de color el armario de los weekenders y de los mejores grupos de la ciudad. Una vuelta por Oldham Street era suficiente para confirmarlo: «On the sixth day, God created MANchester», como rezaba una popular camiseta de la época.

the_stone_roses

Mánchester, rebautizada Madchester tras el glorioso EP de los Happy Mondays, era al Segundo verano del amor lo que San Francisco había sido al primero: la ciudad atrevida a donde miraba el mundo en busca de inspiración; la nueva Florencia de Tony Wilson, the dance capital of England, como diría MC Tunes. Allí convergían los ritmos de Chicago y Detroit con la movida baleárica y con una larga tradición local en música soul e indie, y fue allí donde las barreras entre géneros cayeron de una vez por todas; quien hasta entonces había escuchado indie, sugestionado por el éxtasis empezaba a escuchar dance; quien sólo había escuchado dance, empezaba a escuchar indie. De repente las fábricas grises y decadentes que habían inspirado a Joy Division y The Smiths salían del blanco y negro para convertirse en santuarios psicodélicos de la cultura rave; grupos y DJs de música electrónica como T-Coy, 808 State y A Guy Called Gerald alcanzaban reconocimiento nacional e internacional, y una nueva generación de grupos se atrevía mezclando el indie con el espíritu del acid house, el funk, el soul, el hip hop, el breakbeat. Los baluartes del nuevo sonido, The Stone Roses y los Happy Mondays, aparecerían juntos en la televisión nacional en noviembre de 1989 interpretando dos temas que definirían el periodo: Fools Gold y Hallelujah. En América la televisión se preguntaba si Madchester era la próxima sensación en la música pop; en Inglaterra, si The Stone Roses, candidatos al trono de los Beatles después de un primer disco colosal, serían capaces de liderar una nueva invasión británica a la que ahora se sumaban otros grupos como The Charlatans, Northside o Intastella.

Conforme las raves se hacían más populares y más grandes, la presión de las autoridades y de la policía aumentó, justificada por accidentes aislados que copaban las portadas de la prensa. Los ravers protagonizaron manifestaciones masivas por el right to party en pleno centro de Londres, pero las autoridades no parecían dispuestas a normalizar la fiesta. Las drogas y el carácter ilegal del movimiento trajeron a las mafias, y con las mafias llegó la violencia por hacerse con el control absoluto del mercado: en pleno auge de las raves, los promotores de Genesis 88 son secuestrados y amenazados de muerte; salvan la vida en el último minuto a cambio de ceder a los gángsters el 25% de sus beneficios. The Haçienda, el club par excellence de la época, es asaltada en varias ocasiones por las mafias, seguido de despliegues espectaculares de la policía, que en último término ni pudo ni quiso frenar lo inevitable: las mafias terminaron controlando la portería de las principales discotecas, las raves murieron y el movimiento languideció lentamente. The Stone Roses se consumieron en pleitos con Silverston, su compañía discográfica, y los Happy Mondays, después de lanzar un tercer disco en 1990, terminarían autodestruyéndose en una orgía sin fin de drogas, sexo y fiestas. La invasión británica que nunca llegó sería heredada por el Britpop tres, cuatro y cinco años después de la mano de Blur y Oasis, pero el legado hedonista e independiente del Segundo Verano del Amor perduraría por siempre. Those were the days.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº1 de la Revista STIRNER.

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