¡YA EN PREVENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMIC EXISTENCIALES!

Relato mensual


STIRNER publica cada mes un relato corto de ficción en castellano, seleccionado por el jurado de entre todos los que envían los lectores. Consulta aquí abajo, en el desplegable, las bases de la convocatoria.

Bases de la convocatoria. ¡Envíanos tu relato!

2017

ABRIL

Eduardo A. Vidal

MAYO

Manuel Jorques

JUNIO

Gonzalo Hinojosa

JULIO

solicono

AGOSTO

solicono

SEPTIEMBRE

Rubén Blanes Mora

OCTUBRE

D. Báez

NOVIEMBRE

DICIEMBRE

2018

ENERO

FEBRERO

MARZO

ABRIL

MAYO

JUNIO

JULIO

AGOSTO

SEPTIEMBRE

OCTUBRE

NOVIEMBRE

DICIEMBRE

Ukedada

D. Báez

Ninguno de los tres había estado antes en Moraix, donde Leroy Albi interpretaría el ukelele aquella noche. Un pueblo de tantos en la costa, construido sobre una colina frente al océano y habitado a medias entre paisanos criados allí y europeos del norte jubilados allí. Aparcaron a nivel del mar y continuaron a pie. Pasaron bajo un arco de piedra y empezaron las cuestas. Geraldo se quedaba atrás cada vez que algo llamaba su atención, ya fuese una ventana con geranios o la tienda de productos eslavos que vieron, con el escaparate lleno de botes de arenques en vinagreta. Esto impacientó a Brais. Lo siguiente que les detuvo fue un gato que, tumbado y con los ojos abiertos, estaba en realidad tan tieso por el relente y las rachas de viento frío como el empedrado de la calzada.

—Yo creo que sí —dijo Geraldo tras rozar al impasible felino con la punta del zapato—, la cosa debe de estar al cincuenta por ciento entre españoles y extranjeros.

—Pobre gato —dijo Brais—, ha errado su vocación.

Al gato le brillaba el pelo, que dibujaba ondas bien alimentadas. En su collar verde, podía leerse una dirección. Anna y Brais siguieron adelante.

—Hoy la puerta estaba cerrada, ¿eh? —La voz de Geraldo sonaba a sus espaldas—. Puede que seamos los primeros en el pueblo que se enteran de que ha fallecido la dueña del gato.

—Los ancianos con sobrepeso eligen lugares más planos —replicó Anna Duranta—. Moraix es otra cosa, aquí se curten los glúteos.

Las callejuelas subían y bajaban. Confluían sin concierto, como un grupo de músicos templando sus instrumentos. La ligera niebla que cubría la distancia parecía sorprendida de ver a tres visitantes fuera de temporada. Llegaron a otro cruce de fachadas blancas y farolillos negros. Anna les miró y señaló con la cabeza el callejón que ascendía.

—¿Por ese pasadizo? —dijo Geraldo—, seguro que terminará en otra placita sin salida. Vamos hacia la derecha, por la calle más ancha.

—¿El bar no está en el mirador? Eso es arriba del todo. ¿Qué dices tú, Brais?

Brais miró más allá de los aleros y de las tejas, hasta la cúpula de la iglesia, que asomaba entre la niebla como el campanario de un pueblo sumergido en un pantano. Luego miró a ambas calles y se metió las manos en los bolsillos.

—Dijeron que estaba llegando al mirador —dijo Geraldo—. No en el mirador.

—Esperad aquí —gritó Duranta antes de desaparecer corriendo por la calle que subía—, en seguida vuelvo.

Anna pisaba sin miedo los adoquines. La melena rizada y la trompeta, que llevaba al hombro en una funda púrpura, rebotaban en el cuero de su chaqueta.

Geraldo miró a Brais:

—Bien hecho, Brais —dijo como un viejo sabio meditando sobre la lujuria—, pero está un poco loca. Por cierto, ¿te has matriculado ya? Iré el lunes a la universidad, si quieres podemos ir juntos.

Brais no dijo nada.

—¿Me escuchas? —dijo Geraldo—. Mi padre me va a dejar el coche.

—Preguntas como si estuvieras seguro de que me voy a matricular, pero lo que quieres es saber si lo voy a hacer, sin preguntármelo a las claras. Estás sondeándome y luego tratarás de convencerme para que estudie psicología…

—No se puede ser sutil contigo. —Geraldo trató de hacer anillos con el vaho que salía de su boca—. Como psicólogo puedes llegar a ser bueno, lo acabas de demostrar. Como ukelele —¿se dice así?— lelista…

—También puede llegar a ser bueno. —Anna Duranta llegó trotando hasta ellos—. Tenías razón, la calle que sube no lleva a ningún lado.

Siguieron por la calle ancha. Geraldo, vencido por haber sido descubierto cuchicheando, se adelantó unos metros, atento a cualquier señal de la cáscara fosforescente, que era el nombre del bar. Anna le pasó el brazo por encima del cuello a Brais y le dijo:

—Ayer estuve tocando siete horas seguidas la trompeta.

—Yo no llegué a dos con el ukelele…

—En ukelele no hay tanta competencia.

Brais escuchó el aroma a chaqueta de cuero y a perfume de Anna, olía a brillo de trompetas sobre el parqué y a la luz acogedora de los escenarios. Pensó en Barcelona. Anna resolvía ejercicios de armonía sentada en un teclado baratero que les habían prestado. La ventana estaba abierta al verano y a las mil voces y acentos de la metrópolis. Brais salía por la puerta con el ukelele a la espalda. Llego tarde al bolo, ¿Tenías concierto esta noche? Me han llamado los de la jam de los jueves, les falta alguien para los acordes. Ah, pues en un rato me paso yo también. Un concierto más sin importancia. Y Brais es más alto y su voz es más grave. A un acorde dado, improvisa la música que brota de su cabeza sin pensar en escalas ni sostenidos, el ukelele es ya una prolongación de su música interior.

—¿En qué piensas? —preguntó Anna.

—En Blue Monk. ¿No te parece que Monk componía pensando en Leroy Albi, aunque eso sea imposible?

—Al final del verano —dijo Anna— nos escaparemos.

Una vela de sándalo ardía en el centro de su mesa. Pidieron unas cervezas. No había de barril, estaban dados de alta como asociación cultural. A su alrededor ardían otras velas, no muchas, como barcas fondeadas en la noche. Leroy Albi había reunido a unas quince personas. El dueño era un barbudo de ceñido delantal con un hígado venoso por nariz. Posaba el abridor sobre la botella y, como un mago, sin movimientos bruscos, lo levantaba al segundo con la chapa en la mano. Les agradeció el haber ido al concierto.

—Si a los que nos gusta la música no vamos a conciertos… —Dejó la frase a medias y la completó con una mueca de intimidación.

—Al parecer, la música tiene los días contados si la gente no empieza a acudir en masa a su garito —dijo Geraldo cuando estuvieron a solas—. Amo estos bares. Recitales, conciertos, presentaciones, todo acaba en quiebra, renegociar hipotecas y liquidar el patrimonio de la familia. El fracaso tiene algo tan bello…

—¿No estás loco, verdad? —preguntó Anna Duranta, y su risa renovó el aire viciado del garito, en el que parecían flotar gránulos de gomaespuma podrida.

El jefe subió al escenario. Miró a cada una de las mesas, se frotó las manos y dijo:

—Lo que vamos a escuchar esta noche es oro sónico. —Aquella voz tenía un gran cuerpo en el que reverberar, pero prefería los susurros—. Para quienes no lo conozcan, Leroy Albi es un ukelelista australiano. Estudió con Benny Chong y ha grabado recientemente con Abe Lágrimas Jr.

Continuó presentando a Leroy Albi como si de pronto fuese a aparecer desde detrás de un telón. Pero Leroy estaba allí. Era casi tan alto como el dueño del bar y eso que no se había subido a la tarima. Extendió su manaza sobre ella como para leer algo tallado en la veta de la madera y recogió una botella de agua que le habían dejado. Al beber inclinó la cabeza hacia arriba como si viniese del desierto australiano y el foco del escenario le iluminó la frente tipo Frankenstein que se gastaba. La nuez subía y bajaba maltrecha pero potente como un artefacto a vapor que todavía funcionara.

—Si hablamos de ukelele —continuó el dueño del bar— (de ukelele de jazz), tenemos que hablar de varias fases. Lejos quedaron los días de segundón de la guitarra o primo del banjo, de instrumento menor, desconocido, cuyos intérpretes imitaban el papel de la guitarra y sonaban, cómo no, limitados. Hoy existe toda una técnica, un tipo de fraseo, pensado para llevar las aguas —carraspeó y miró la hora— para llevar el jazz al molino del ukelele. Para aprovechar su timbre delicado y sordo, similar al que harían las pulgas al saltar, si las pulgas hicieran sonido al saltar. Este desarrollo, en un ochenta por cien, se lo debemos a Albi.

Albi miró al dueño. Sonreía pero no parecía entender nada de lo que decía. Una pelirroja que estaba en la barra fue hasta él y le dijo algo al oído. Luego Leroy canturreó en voz baja mientras marcaba el tempo chasqueando el índice y el pulgar.

—Pero queda un buen trecho. Para el que no lo sepa, en el mundillo hay todavía algunos carcamales que lo desprecian, tanto a Leroy como a su instrumento. A pesar de que el uke lleva años incorporado a Berkeley, se han hecho seminarios en el Monk Institute de Los Ángeles y se imparte también aquí, en el Taller de Músics de Barcelona…

—¿Para qué presentar un concierto? —se echó el pisto Brais—. Que deje hablar a la música.

—Él mismo es la canción que suena en las ruinas de su castillo —Geraldo señaló al techo, del que colgaban unas lonas mal grapadas—, y además una introducción verbal nos viene bien a los no iniciados.

—Eso es adulterar la música, so degenerado —dijo Brais.

Anna se rió y dijo:

—Es un músico frustrado, ¿no lo veis? Creo que es el presidente de las ukedadas en la comarca, lleva una orquestita de diez ukeleles, formada por guiris, hippies retirados y algún borracho de por aquí, lo he visto en la web.

—Para no interesarle —Geraldo hizo sonar la jarra al dejarla sobre la mesa—, veo a Brais muy atento.

Brais no se giró hacia Geraldo. Continuó escuchando aquella historia que él conocía tan bien. La historia del ukelele, el instrumento que le había escogido. ¿Que le había escogido? Se sonrojó de tal pensamiento.

—Cuanta menos gente venga —decía el hombre— mejor. Si viniese más gente tendría que poner un cartel en la puerta: no entre aquí quien no haya escuchado los siguientes discos: y a continuación un par de folios a doble columna. Cuando veo a tres músicos amenizando una boda y a la gente observándolos como a animales mientras degluten canapés… qué asco me dan. No importa a cuántas me inviten, llevo quince años sin ir a ninguna boda. Luego, si hay tiempo, os leo un poema que he escrito al respecto.

—Y gracias a este imbécil —dijo Anna Duranta—, ya nadie en esta sala contratará a músicos para su boda.

Los dátiles en los trastes daban la sensación de haber elegido la herramienta equivocada, como usar una llave inglesa para clavar un tornillo. Al agitarse, los dedos de la mano derecha de Leroy se confundían entre ellos y formaban un abanico de carne.

—Albi parece King Kong —dijo Geraldo—; el ukelele, la rubia.

—¿Y te gusta el concierto? —le preguntó Brais.

—¿La música? Sí, parecen pulgas saltando.

—¿Qué hay de la limpieza de sonido? —dijo Anna, que había estado resoplando.

—Y, sin embargo, se mueve —dijo Brais.

—Aunque no más allá de las corcheas, cada vez que lo intenta parece un perro con latas en la cola.

—Ésa es la clave, Anna, evocar la idea. Mira todas esas disonancias inesperadas, cómo se sale del acorde.

—Plagado de errores de ejecución, Brais, no cambies de tema. Mira, escucha… ¡Ahí! No, espera a que vuelva a empezar la melodía… Eso, ¿lo has escuchado? No le da para picar el tresillo…

La canción cesó de pronto y la risa de Ana resonó en el silencio, encadenando el último acorde con los aplausos. Ojos difusos y blancos, como clínex usados, les miraron en la oscuridad del antro. Geraldo se alejó un poco de ellos al observar que el jefe del bar también les miraba con reprobación.

—Tú ya sabes cómo es la melodía de Scrapple from the apple, así que Albi no necesita tocarla…

Anna seguía riéndose, para demostrar que no se avergonzaba de sus carcajadas.

Leroy se irguió sobre su diminuto ukelele soprano, que Brais creyó identificar como de fabricación china. Los había más largos, con más notas, pero Albi prefería el más sencillo. Era como si sostuviese el Quijote escrito en un grano de arroz. Empezaron a tocar Milestones.

—Me encanta esta canción —dijo Anna.

Escucharon veinte segundos y luego Brais dijo:

—Escucha, Anna, ¿no te parece que ese arpegio iba a continuar? Pero se ha detenido con una nota que ha pisado entre dos trastes y ha quedado sorda. Era el mismo patrón que ha utilizado en el acorde anterior, sólo tenía que repetirlo un poco más arriba, pero ha parado en la tercera nota para que tú termines de tocarlo… Pretende hacer ver que falla, como si dijera: ya sabes lo que he querido tocar, termínalo tú. ¡Yo al menos lo he hecho! Y sin ningún tipo de esfuerzo. ¿Comprendes? El ukelele ha dejado de sonar y yo casi no me he dado cuenta de ello, porque he seguido escuchándolo en alguna parte. Ese trasfondo que añade el oyente a la música interpretada, ésa es la revolución de Albi.

—¿Y cómo distingues entre uno que se equivoca y otro que toca así a propósito? —preguntó Anna.

—Si no son Leroy se equivocan, es así de sencillo. ¡No te rías! —Brais tuvo que reírse también—. ¿Crees que es fácil evocar una melodía en la cabeza del oyente sin tocarla? ¡El oyente se convierte en intérprete!

—Ni siquiera sé si estás hablando en serio…

Brais escuchó la música, Albi se balanceaba al ritmo del contrabajo y el charles de la batería.

Sabía lo que quería tocar. Tal vez luego no consiguiese interpretarlo y se conformase con sus disimulos melódicos, pero sabía lo que quería tocar. Por su parte, cuando Brais estaba en mitad de un solo, era como si el tiempo le persiguiera, siempre aterrado por encontrar las notas correctas para el siguiente acorde. Se aburría de tocar dos horas seguidas, al menos de escalas y trabajo duro. Ser músico al máximo nivel exigía sacrificios. Él quería asumirlos, pero era incapaz. Era un trabajo repetitivo que podía acabar en fracaso absoluto… ¿Y toda esa aventura de fugarse a Barcelona? Vio a su madre llorando en la mesa de la cocina y a su padre colgando y descolgando el teléfono con furia, sin saber a quién más recurrir para encontrar a su hijo. Pero aquel pueblo estaba lleno de valientes ancianos. Verdaderos aventureros que habían abandonado su país natal. Barcelona estaba tan a sólo a tres horas en tren desde su casa. Aun así, Brais dudaba. Y tal vez dudar era prueba suficiente de que no era uno de los elegidos…

Al rato, Albi empezó con sus propias canciones. Algunas ni siquiera tenían swing. En cierto momento, mientras el bajo aguantaba notas largas como campanadas y la batería chasqueaba la lengua como alguien rítmicamente contrariado, el ukelele de Albi entró en trance con una serie de arpegios de misteriosa monotonía. Geraldo comprobó su reserva de cerveza, Brais tomó la mano de Anna y ella se desperezó con calma, como si se hubiese quedado dormida durante un viaje en tren a la hora de la siesta y la reducción de la velocidad, que indicara la proximidad de su destino, la hubiese despertado.

—¿Pero qué cojones le pasa? —dijo posando una uña entre los dientes.

De pronto, Albi dejó de tocar. Continuaba moviendo las manos, fingía tocar, pero su ukelele no sonaba. Los arpegios, como una música encantada que viniese de todas partes y de ninguna, seguían en la cabeza de Brais.

Albi se echó de rodillas al suelo como un rockero poseído por Odín y tocó el ukelele mudo.

De nuevo en pie, se lo llevó a la boca e hizo ver que tocaba con los dientes, en plan Hendrix. Llegó a fingir que era una trompeta y, con el clavijero en los labios, infló los carrillos a lo Gillespie. Sacó un mechero y pasó su llama sobre el instrumento como un punk con dinero. La gente aplaudía y le vitoreaba. De pronto el bajo volvió al walking y empezó una canción que conocía pero no lograba identificar.

—Este tío es único. —Geraldo daba golpes en la mesa con el botellín de cerveza.

—La revolución de Albi ha terminado —dijo Anna—, ahora hace espectáculos de humor musical. Y toda esa teoría que me has contado… sabes muy bien que está cantando los solos. ¡No me digas que no te has dado cuenta!

—¿Cómo dices?

Brais entreabrió la boca y cerró los ojos. Había algo, sí, como un murmullo. No era el típico jazzista gritando como un loco sus solos al piano o a la guitarra para horror de quienes se sientan en primera fila. Leroy tarareaba en un tono grave que se confundía con las escobillas de la batería. Y sí, eran las melodías que Brais creía escuchar en su cabeza, sí, ése era el truco. Lo escuchó durante un rato. No, él no se había dado cuenta. Había sido una lúcida versión de Perdido by Duke Ellington.

Después de los aplausos, el dueño del bar subió al escenario, dejó que su barba acariciase el micrófono y dijo:

—Ha llegado el momento para el que tanto nos hemos preparado…

En los bolsos, bajo las mesas, tras la barra, en todos lados había ukeleles. Mientras Leroy y el baterista iban a pedir una cerveza, la gente arrastró sus sillas y formó un semicírculo frente al escenario, donde la pelirroja movía el cuello en círculos contra la tortícolis. Escalas arriba y abajo, trémulas canciones hawaianas, todo sonó a la vez, con el mismo desconcierto que las calles del pueblo. Te dije que ponía jam session, dijo Anna, ¡se referían a esto! ¿Qué van a tocar? Anna desenfundó su trompeta, le puso la boquilla y tocó una nota grave y larga, como una vikinga que avistara tierra. Albi le hizo gestos para que se acercase. Venga, Brais, alguien te dejará un ukelele, ¿por qué no has traído el tuyo? Un músico quiere tocar siempre, hasta que se le caen los dedos. Así que eso era un concierto de ukelele: todo el público era intérprete. Una música que sólo escuchaban los músicos no tenía sentido, las quince personas allí presentes eran la orquestita privada de un barbudo elitista. Los ukeleles hacían cada vez más ruido, pero, a una señal del jefe, se hizo el silencio. Un afinador pasó de rodilla en rodilla y empezaron los acordes de All of me con la ejecución de la orquesta de pulso y púa que han montado en la parroquia de tu pueblo. Anna saltó sobre el escenario. Al principio se limitó a adornar el final de cada frase, pero pronto empezó a tocar la melodía bien fuerte, arremetió con timbre de ariete por encima del nylon vibrante de las pequeñas guitarras. El dueño del bar y algunos miembros de su orquesta protestaron tímidamente, pero ella siguió. A fin de cuentas, ¿no era un logro que los ukeleles hubiesen dejado de oírse y ahora hubiese que imaginarlos? Albi y ella se balanceaban el uno junto a la otra en el diminuto escenario y sus hombros chocaban con camaradería musical. La melodía terminó y Albi usó su ukelele como batuta para indicarle a Anna que siguiera con los solos. Ella empezó con su hardbop. Geraldo había pedido otra cerveza. Rollizo como su sótano donde solían echar las tardes de verano desde muy pequeños. Allí habían editado una revista alternativa a la del colegio para conspirar contra los cimientos de la educación convencional, se habían convertido en detectives para tratar —sin éxito— de descubrir quién le había robado el coche al padre de Geraldo. Alguien le puso un ukelele entre las manos y Brais se dirigió como un autómata hacia el escenario. ¿Conoces la canción? Le dijo el barbudo cuando él se sentó en el borde de la tarima, bajo la trompeta de Anna y se unió a los acordes de All of me, como un jubilado más de la orquesta, aunque frente a ellos, en el día del gran concierto. Todos sonreían. Seguro que más de uno se había bebido una cerveza extra con el pincho de tortilla del almuerzo, tras el largo paseo matutino por la playa, qué envidia. Terminó el solo de Anna. Geraldo y los tres o cuatro clientes que quedaban en las mesas aplaudieron. Le llegó el turno a Leroy. Brais se puso en pie sobre el escenario para escuchar a sus anchas la combinación de susurros y ukelele Albi. La música eran nubes volando a simple vista en día de vendaval, un fenómeno meteorológico. La cara de Leroy se contraía y expandía, rotaba y se llenaba de grumos, bulbos, grietas y simas de carne al mutar entre los distintos tipos de sonrisas y muecas de sufrimiento artístico que su musa le obligaba a esbozar a cambio de inspiración. Brais sintió que podía dejarse llevar por la realidad sin esfuerzo. La cara de Leroy era el blandiblú casero que él y Geraldo elaboraron en el sótano a partir de Plantabén y agua. Lo habían leído en internet. Sólo había que vaciar los sobres de laxante en un bol con agua y meterlos en el microondas para que se convirtieran en aquel juguete viscoso, pero cometieron el error de probar un poco. Estaba bueno. Estos pensamientos no le sacaban de la música, venían de ella y él continuó tocando los acordes. Luego Albi le condujo hasta el micrófono y le animó a improvisar. Y lo hizo. Podía sentir la admiración del público ante las frases aprendidas directamente de los maestros del jazz escuchadas en mp3. ¿La mezcla en sí misma podía considerarse un estilo personal? No tenía ni idea, pero a la gente le gustaba, a los quince inadaptados de la orquestina de ukelele les flipaba esa mierda, por usar la jerga al uso en aquel tiempo. Terminado su solo, bajó del escenario. Anna le tocó el hombro para que se quedara pero él mintió que necesitaba ir al baño. La gente le felicitó cuando pasó a duras penas entre el escenario y las sillas. Les gustaba porque no sabían nada de jazz. En realidad, no les gustaba, sólo les impresionaba lo rápido que podía tocar. Le había bastado con menos de dos horas al día durante cuatro años, pero no era suficiente. También Geraldo levantó el pulgar. Geraldo iba a estudiar en la universidad y un día llegaría a su casa hacia las dos y media. Por el camino de losas hasta la puerta, a través del pequeño jardín, echaría un vistazo a los cipreses. El año que viene crecerán por encima de la cerca, pensaría con la chaqueta doblada sobre el brazo, rebuscando el llavero en los bolsillos. Luego abriría un quinto de cerveza y prepararía algo de comer, mientras discute en voz alta con el locutor de radio que da las noticias, antes de que llegue su mujer. Luego una siesta o un rato al sótano, donde diseñaría juegos de mesa o escribiría novelas de ciencia ficción o traduciría códices medievales para la asociación de esgrima antigua o se reuniría con un grupo de amigos para una larguísima campaña de rol en la España de la guerra civil en la que, si sus jugadores interpretaban con responsabilidad, podían cambiar la historia y derrotar al fascismo. Y usaría planos militares y callejeros de la época, sabría quién vivía en cada casa y ellos podrían tocar en cualquier puerta y Geraldo no se quedaría en blanco: abre la puerta una mujer que sujeta un conejo por las patas, diría. Brais tocaría el ukelele. Sí, el conejo está despellejado… O tal vez Geraldo tomase alguna decisión equivocada y arruinase su vida. El baño estaba libre. Encima del váter había una ventanuco por el que no podría huir. Lo abrió y la brisa de la noche entró como lo harían los dedos huesudos y gigantes de una criatura monstruosa que lo buscara. Las nubes avanzaban sobre la luna como la partitura autómata de una pianola. Como música inalcanzable.

Gigi y la casa de Nantucket

Rubén Blanes Mora

¿Por qué el polvo que levanta el aleteo de una mariposa nos invita a pensar en la inmortalidad de la literatura?

Gi-Gi, ese es el nombre de mi amigo. Un nombre raro, lo sé. La G se retuerce con la i, y tras un intento por no reírte delante de sus narices, repites el gesto con incredulidad porque la cosa no ha acabado ahí. Es un buen chico. Es joven e incrédulo, pero buen chico. Eso dice su mamá. Yo ni lo confirmo ni lo desmiento. Gigi quiere ser escritor. Por ello, y no por otros asuntos, pongo en duda sus intenciones.

Cuando nos encaminamos hacia a la noche oscura, con algún que otro neón siempre en mal estado, se queda embriagado por todo lo que acontece a su alrededor, ya sea una persona llorando de risa o un mendigo que dormita en un saliente repleto de bolsas que forman parte de su atuendo, considerando, cada eventualidad, digna de ser tratada por su extraña pluma.

—Esto saldrá en un relato. ¿Te das cuenta? —me dice con rostro ojiplático.

—¿Cómo?

—La literatura está en la calle, macho. Las cosas se escriben solas.

Yo le miró y me rió por dentro. Menudo imbécil. Los que creen que las cosas ocurren porque el azar y la buena voluntad de las circunstancias impelen a los hechos a presentarse porque sí, delante de nuestras bellas naricitas, no son más que unos mentecatos del tres al cuarto. Pero Gigi no lo es. El cree en lo que dice. Y yo creo en Gigi. Tiene razón. Vaya si la tiene.

—La literatura —me decía el otro día— es como el fluir de un río; mueve las desavenencias e ilusiones de cada ser humano. Necesitamos narrar las contradicciones inherentes al ser humano…

—Stop, Gigi. Necesito una copa para aguantar el sermón.

Gigi sonríe porque sabe que no tiene ni idea de lo que habla; por ello más razón, si se me consiente tal contradicción.

—Lo difícil está en dominarla, en concretar qué contar y cómo. Es como salir a cazar mariposas y preguntarse, ¿cazo solo las más bonitas o las que me faltan para completar la colección?

—Nabokov cazaba mariposas.

—Nabokov era ruso.

—¿Y?

—Nada. No entiendes.

Cuando dice esa frase me repatea las pelotas porque no solo me desprecia sino que afirma con su cara la rotundidad de su excelso conocimiento. Lo que no sabe Gigi es que, desde que lo conocí, en las noches en las cuales no salimos, que suelen ser pocas, yo me las paso leyendo a los clásicos rusos: de Pushkin a Gógol, de Chéjov a Nabokov, pasando por Tolstói y olvidando a Fiódor que me deprime, no por su literatura, sino por su gesto tan rotundo y tacaño. Podría machacar a Gigi a base de bien, disertar hasta hundirle en la más miserable de las miserias, pero no lo hago porque Gigi me gusta. Yo creo en Gigi, como he dicho antes.

Nuestro tema predilecto, que de esto va lo del polvo de las mariposas, lo inicio nuestro común amigo Ernest cuando en un arrebato de simplista incredulidad describió, no sin acierto, la escritura de Francis del siguiente e incestuoso modo: «Su talento eran tan natural como la marca del polvo en las alas de una mariposa». ¡Qué bella manera de expresar la envidia! ¡Qué grandilocuencia la de esa combinación de sonoridades e imágenes! Mágicas palabras, dijo un día Gigi. ¿Mágicas?, repiqueteé yo.

—La autoficción es la clave, amigo. Él supo —es decir, Francis— agrupar todas sus vivencias, dotarlas de sentido, mejorarlas cuando tocaba y expandirlas hasta hacerlas universales. Algo que todos desearíamos hacer pero nos está vedado.

Siempre se pone rotundo si encuentra un camino infestado de trampas en sus eternas divagaciones. Si la literatura es un proyecto tan humano como Gigi defiende, ¿por qué siempre nos parece inaccesible y solo apta para mentes maravillosas?, ¿qué hace que sea tan importante para dos tontos como nosotros?

—Vivimos en el 2017, y no en 1914. El mundo ya no es tan interesante, y sin vivir una vida interesante no tenemos nada que contar. Solo espero que la cosa empeore.

—Eres tremendo.

Gigi se ríe porque sabe que, en buena medida, tiene razón. Es necesario que el mundo se hunda para que la literatura nos rescate pero, ¿no sería suficiente con vivir una vida normalita? Piensen en la de John Cheever, aunque le demos de más a la botella, podríamos escribir unos cuentos de lo más amenos repletos de un simbolismo atroz y tronchante: Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado».

—No. Los cataclismos son fundamentales para el ser humano. Lo que me gustaría pensar es que los motivos, que bien sabes, no podemos buscar, son ellos los que nos buscan, me darían el coraje que me falta para escribir algo decente.

Gigi y yo nos miramos atónitos. El bar donde platicábamos se había vaciado, la música cesado y el camarero, calvo y medio idiota —es un buen hombre los domingos y los lunes— se había largado y nos había dejado encerrados allí dentro. Menudo follón, porque hasta la tarde de mañana no podríamos hacer otra cosa que bebernos los estantes, pedirle disculpas por sentarnos en una esquina tan oscura que no nos había vislumbrado con sus ojos de topo, y por vivir tan ensimismados que ni nos habíamos percatado de los cambios que sucedían en nuestro más íntimo contexto. Como ven, Gigi y yo carecemos de cualquier estímulo sexual.

Pasada una semana desde aquel extenuante suceso, me vi inmerso en una espiral repleta de vaivenes emocionales, lecturas compulsivas, -estoy releyendo obras que no dominé en su momento (Tendidos en la oscuridad y Ve y dilo en la montaña, por decir dos de las más enormes)- hasta que, sin desearlo, abrí mí correo electrónico para hallarme inmiscuido en esta extraña historia:

La casa se hallaba en lo alto de un promontorio delimitada por un sendero dibujado con unos guijarros color esmeralda que circunvalaban todo el territorio adoptando la forma de un anillo casi perfecto. Era un espacio cristalino y limpio. El cielo, aposentado a las espaldas de aquel mastodóntico edificio de madera, nosotros seríamos sus arrendatarios, acentuaba la blancura de los muros, y el tejado a dos aguas, vetusto como el mar que lo rodeaba, adquiría la elegancia de un sombrero picudo típico de la antigua nobleza británica. En Nueva Inglaterra todavía sobreviven las buenas costumbres. Una bonita manera de recrear y saludar al viejo imperio.

Cuando mi compañero y yo llegamos hasta aquel collado, descargamos nuestras maletas, saludamos al exterior, repleto de garzas color ceniza, más tarde nos enteraríamos que estaban protegidas, después, desgraciadamente, de que uno de nosotros matase con un tiro certero en la cabeza a uno de aquellos pobres animales, nos dimos un larguísimo abrazo y bebimos de aquella botella que nos había hecho compañía desde nuestra partida allí en Nantucket. El tintineo de las copas al atardecer engrandeció nuestra libertad. La paz que buscábamos se forjó a lo largo y ancho de aquellas playas cuyas melodías marítimas adquirían el sentido único de la existencia de dos hombres venidos a menos.

(Como puedes comprobar, a raíz de la encarnizada discusión del otro día -es mejor que no volvamos a ese bar después de la que armamos-, tú tenías razón: lo elástico de la lengua nos permite manejar a nuestro antojo qué decir y, sobre todo, cuánto estamos dispuestos a fantasear. Siempre había pensado que para escribir era necesario una pizca de supervivencia y otro poco de suerte vital, pero, no podía estar más equivocado: la poética de Aristóteles apunta lo dicho, aunque sigo creyendo que los latinos superaron en excelencia a los griegos, no obstante, y lo digo sin temor alguno, me quedo con el sabor de un buen martini bien nacido el nuevo día. Luego llega la oscuridad; ésta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes).

GI-GI

Noche Blanca

Gonzalo Hinojosa

Días más tarde me enteré de que mi colega uruguayo le había puesto MDMA a mi bebida sin decírmelo. Había reunión en su casa y la pequeña sala estaba atestada de gente con copas en la mano y el porro comunal en la otra. Solos de jazz se mezclaban con cumbias selváticas y con el típico rock de ocasión. Mi trasero estaba posado en el sofá y mi cuerpo se preparaba para caer en la somnolencia que provoca la cerveza tomada a prisa después de cenar, cuando una euforia descomunal invadió mis entrañas, induciéndome a un trance hasta entonces desconocido. Tenía unas ganas salvajes de expandirme, así que no tardé en hablar con la chica que estaba a mi lado. Había notado que tenía un tatuaje de la cara de Dostoievski y llevaba toda la noche planteándome si debía comentárselo o no. Te gusta el gran Mijáilovich, le dije. Dio un saltito por el susto y, cuando ordenó la situación en su mente, me dijo que sí, que en un momento de su vida en el que nada tenía sentido, El Idiota la había salvado de la desesperación total. Esas cosas pasan, así que no quise preguntar más, sino que me dediqué a meterle un rollazo sobre por qué nuestro amigo ruso era un maestro y ella pareció escuchar encantada. Poco antes de dar el paso coherente de salir a bailar a una discoteca, comenzaron a fluir los gin tonics para que la ocasión tuviera el caché que se merecía. Mi cuerpo estaba más ansioso que de costumbre, pedía ser azotado por ritmos electrónicos con bajos sobrecargados, así que no podía esperar para salir de la casa y dejarme el esqueleto. En la calle el grupo se dispersó de manera inevitable, pero los pocos supervivientes estábamos dispuestos a darlo todo. Sofía, porque así se llamaba mi nueva amiga, quedó entre los que entramos a la discoteca y la química siguió fluyendo entre nuestros cuerpos una vez que estuvimos en la pista de baile. El tiempo parecía haber perdido su densidad y, en algún punto, quedamos solos ella y yo. Ya había asumido que no pasaría la noche en mi cama, así que el paso hacia el piso de Sofía se dio de la manera más natural. Una vez en su cuarto, cometió el acierto de dejarme escoger la música. He notado que llevas un iPod, me dijo, puedes conectarlo a los altavoces, estoy segura de que tienes buen gusto. Sólo a mí se me ocurriría poner Beethoven, pero a ella no pareció desagradarle, sino todo lo contrario. Empezamos a besarnos de manera apasionada y cuando ya era inevitable lo que ocurriría (sólo quedaba la ropa interior por desaparecer de nuestros cuerpos), me dijo que no me preocupara, que se tomaba la pastilla. Nunca llevaba condones encima porque nunca esperaba que me ocurriera algo parecido. No tenía miedo alguno a que algo malo pasara y sólo al día siguiente se me cruzó por la mente la idea de que podía haber contraído una venérea o de que ella podía haber mentido sobre lo de la pastilla. Ya en pelotas me atreví a hacer algo que nunca en mi vida había hecho: comencé a besar sus senos y bajé con la boca poco a poco hasta posar mis labios en su vulva. Era mi primer cunnilingus, así que no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, pero la intuición biológica y las muchas horas pasadas en foros de internet escudriñando las enseñanzas de sexólogos sin título, guiaron mis labios. También parecía ayudarme el póster de Jim Morrison, con su mirada de complicidad sensual, observándonos desde la otra punta del cuarto. Creo que se corrió, porque en algún punto comencé a notar espasmos y, de repente, su cuerpo se arqueó hacia arriba como si una corriente eléctrica terrorífica la hubiera azotado. Antes de comenzar a consumar el acto me pidió, con respiración entrecortada, que esperara un momento. Mi pene pedía a gritos introducirse en su vagina, pero logré contener las ganas de hacer algo agresivo y, después de lo que pareció una eternidad, me dejó penetrarla. Las percusiones violentas de Ludwig nos acompañaban y, justo cuando la sinfonía llegaba a uno de sus puntos álgidos, noté cómo sus paredes vaginales se contraían, invitándome a subir el ritmo y a correrme de manera violenta. Luego llegó la calma y el sueño. Volvimos a hacer el amor al despertar pero no fue lo mismo. Como no se me pasó por la cabeza pedirle su móvil ni ella pareció dispuesta a saber más de mí, perdimos el contacto. Cuando le conté la historia a mi colega uruguayo, me dijo que no sabía quién era Sofía ni cómo había acabado en su fiesta. Supongo que esas cosas pasan, no es la primera vez que alguien se une de manera aleatoria a mis guateques tropicalípticos, agregó con tono orgulloso. El mundo es un lugar curioso y nuestros destinos se van tejiendo rodeados de coincidencias absurdas, por lo que, cuando años después me mudé a Barcelona y una tarde nubosa nos cruzamos en el Raval, no me extrañé demasiado. Iba de la mano de un hombre mayor que ella y a su izquierda caminaba un niño de ojos castaños, con melena y gestos delicados. Fijé la mirada buscando sus pupilas y Sofía agachó la cabeza. A veces, es mejor no preguntar.

Elogio encomiable de la familia

Manuel Jorques

Convencer a mamá de que lo mejor para ella —y para todos— era que se viniese a la ciudad, fue tarea imposible. Mamá estaba tan apegada a su vieja casa, a sus muebles, a sus cosas rudimentarias e inservibles, que alejarse del campo y de su pequeña aldea era peor que morirse.

—De aquí no me sacan si no es con los pies por delante —solía decir.

Tuvo que ser Melva, cómo no, la que consiguiera sacarla de allí a rastras, haciendo oídos sordos a sus lamentos, sus chillidos y sus pataleos, porque mamá, pese a tener ya cerca de noventa años, conservaba una vitalidad sorprendente e inaudita. Lo que no sabía mamá es que los médicos habían sido unánimes: apenas le quedaban unas semanas de vida. La enfermedad se había extendido por sus entrañas como una sombra taimada e implacable, y ya no cabía ninguna esperanza. Así que Melva adecentó la habitación de invitados y se la llevó a su amplio y confortable apartamento del centro.

Mamá se pasó cuatro o cinco días maldiciendo.

—No importa —nos tranquilizó Melva —, ya se le pasará el berrinche, ya veréis.

Pero no fue así. Muy al contrario, la ira de mamá se acrecentó hasta tal punto que era imposible siquiera visitarla, porque nos recibía a zapatazo limpio y gritando como una posesa. La misma Melva, sin duda la más decidida de todos los hermanos, comenzaba a dar muestras de flaqueza.

—Rechaza la comida —nos dijo—, agrede a Erik y a las niñas, tira cuanto encuentra contra la pared, blasfema, apenas duerme. Es un auténtico demonio.

Marcos, apiadándose de ella, se ofreció a tomarle el relevo, pero Melva se opuso.

—Mamá está que se muere, ya lo sabéis —señaló—. No creo que sea buena idea marearla con idas y venidas. Ya que está aquí, que aquí se muera y en paz.

A todo esto, ya había transcurrido más de una semana, y la verdad es que ni el ánimo ni las energías de mamá parecían desfallecer ante la enfermedad que la roía por dentro. Tanto era así, que los hermanos nos reunimos para hablar de nuevo con los médicos, sospechando que tal vez hubiese habido un error en el diagnóstico.

—Las pruebas son concluyentes —nos informaron, tras revisarlas una vez más—. En cualquier momento le empezarán a fallar los órganos vitales. Deben prepararse para lo peor.

Lo peor, sin embargo, ni siquiera hacía ademán de asomar la patita por debajo de la puerta. Mamá estaba acabando con la paciencia de Melva y, por adhesión, de toda la familia, sin ceder ni un ápice en su obstinado y terrible comportamiento.

—Ya ha pasado un mes y las cosas empeoran día a día. Dios tenga misericordia de nosotros —se quejaba Melva.

Justo cuando se cumplían las seis semanas de la llegada de mamá, Melva se derrumbó en el suelo de la cocina, fulminada por un infarto.

Ni que decir tiene que la terrible desaparición de Melva descabezó nuestra familia. De pronto, los restantes hermanos nos convertimos en un cobarde rebaño de ovejas que temblaba de zozobra ante el futuro. Todos pensamos, durante un momento, que Marcos volvería a ofrecerse para acoger a mamá y que de esa manera tomaría el timón de nuestra nave a la deriva, pero no dijo ni pío. Y eso que mamá cayó de pronto en un silencio atroz y en una actitud algo más dócil ante la comida y los cuidados. Por lo tanto, avergonzados pero sin dar nuestro brazo a torcer, decidimos echarlo a suertes.

Ganó —o perdió— Pablo.

Pablo asumió su nuevo rol con una envidiable entereza. El hecho de que fuese soltero aliviaba en cierto modo la situación en lo referente a posibles daños colaterales —Erik y las niñas estaban desconsolados y no querían ver a mamá ni en pintura— y el silencio persistente de mamá parecía anunciar el inicio de su pronosticado declive físico y de su consiguiente fatal desenlace.

Pero no. Mamá ya iba por los dos meses de supervivencia y la ausencia de gritos y malos modos que tanto martirizaron a Melva durante sus últimas semanas de vida dieron paso a una calma tensa e irrespirable.

—Me mira todo el tiempo —nos comentaba Pablo— con esos ojos que dan pavor y que parecen censurarme cuanto haga o diga.

Todos acudíamos regularmente a su destartalada casa y hacíamos lo que podíamos por echarle una mano con mamá. Uno llevaba la compra, otro se quedaba un rato por las mañanas mientras Pablo estaba en el trabajo, otro más cocinaba y limpiaba un poco, yo misma me encargaba de las mudas de ropa y sábanas; en fin, que en ningún momento dejamos a Pablo en la estacada. Y era cierto que mamá había enmudecido, y más cierto aún que su misma presencia resultaba incómoda y desagradable, sobre todo porque nosotros tampoco teníamos nada que decirle y porque pasábamos las hojas del calendario esperando que de una vez por todas cerrara los ojos para siempre.

A los cuatro meses, sin el consuelo de una simple nota, el pobre Pablo se quitó la vida.

Fue mamá la que nos anunció la mala noticia. Pablo se había ahorcado de madrugada en el salón y ella, al levantarse por la mañana, fue quien halló el cuerpo. Desde ese mismo instante, mamá comenzó a llorar. Lloraba y lloraba. Lloró desconsoladamente en el velorio, lloró afligidamente en el entierro, y en casa de Olivia, donde la forzamos a mudarse sin atender a sus quejas y objeciones —también hicimos oídos sordos a las de Olivia, por supuesto—, lloraba sin cesar, día y noche, noche y día, lloraba y lloraba y volvía a llorar.

—Mamá se nos va a disolver en lágrimas —se nos quejaba Olivia, desesperada.

Por mucho que la consoláramos, mamá no cesaba su llanto. Era tan lastimoso oírla llorar a todas horas, que la misma Olivia lloraba también a cada momento, y Eugenio, su marido, nos abría la puerta con los ojos húmedos y los niños nos saludaban entre sollozos, y aquella casa se fue volviendo tan triste y doliente que tuvimos que hacer de tripas corazón para no llevarnos a mamá a su casa del pueblo.

—Cómo la vamos a dejar morir allí sola —argumentó Marcos, entre suspiros, cuando alguna vez planteamos tal posibilidad.

Y fue el mismo Marcos, tras la infortunada muerte de Olivia en un desgraciado accidente doméstico que provocó que tuviésemos que internar a Eugenio en una clínica de reposo, quien no tuvo más remedio que acoger a mamá en su chalet adosado, lo cual tuvo como consecuencia —para escándalo de toda la familia— que su mujer y sus hijos lo abandonaran de la noche a la mañana.

Sin Melva, ni Pablo, ni Olivia, me tuve que multiplicar para auxiliar a Marcos con mamá. Gracias a Dios, mamá había dejado de llorar, pero ahora parecía haber caído en una especie de trance, porque dormía a todas horas y se nos hacía muy dificultoso despertarla un momento para alimentarla y asearla.

—Será que esta vez mamá ya empieza a morirse —le decía yo a Marcos, mitad triste, mitad esperanzada.

Porque el pobre Marcos parecía un alma en pena, y a mí me daba la impresión de que si mamá no se daba prisa, Marcos la iba a adelantar en su viaje al otro mundo. Cada día que pasaba —y ya íbamos para nueve meses de la venida de mamá a la ciudad— se le veía más flaco y más deshecho.

Mientras tanto, mamá, como una marchita bella durmiente que jamás hubiese recibido la visita de su príncipe salvador, yacía en la cama de Marcos, totalmente ajena a la desgracia que sobrevolaba nuestra familia. Aquellas navidades, a diferencia de las de antaño, las pasamos en menguada compañía: ni uno solo de sus nietos, yernos y nueras quiso venir a verla. Mi marido y mis dos niños me habían dado un ultimátum: o mamá o yo. Me apiadé de Marcos y no lo dejé solo en tan señaladas fechas.

Fue el día de Año Nuevo cuando Marcos desapareció. Recorrí todos los hospitales y comisarías, puse anuncios en las calles, movilicé a los pocos amigos que le quedaban para tratar de encontrarlo. Pero fue inútil. A Marcos parecía habérselo tragado la tierra.

Aguanté todo lo que pude, pero sin la ayuda de Tobías, mi marido, no pude hacer frente a los pagos pendientes de Marcos. Cortaron la luz, más tarde el agua. Y ya estaba en curso el procedimiento de desahucio y la consiguiente ejecución de la hipoteca por parte del banco, cuando mamá despertó.

—Mamá —le dije, cogiéndola de las manos— te voy a llevar de vuelta a tu casa.

Pero mamá, desperezándose, me miró a los ojos y esbozó una sonrisa tan tierna como la que yo recordaba de mis días de infancia.

—Ay, hija mía —dijo—, ya se me han quitado las ganas de volver al pueblo y qué puede ser mejor para una vieja como yo que estar con su familia.

El sol entraba de lleno en la habitación a través de las rendijas de la persiana. Entonces caí en cuenta de que principiaba el verano y de que, con toda seguridad, iba a ser un verano muy largo, yo diría que interminable.

Lambi

Eduardo A. Vidal

Tomasín, el padre del patrón, se jacta de preparar el mejor tiramisú de toda la comarca. A menudo nos toca padecer sus excentricidades. En sala sobrellevamos el asunto, los que peor lo pasan son los de cocina, expuestos a la fiebre senil del septuagenario que les sabotea el servicio con su mera presencia. Hasta hoy, el patrón desacreditaba las quejas de los asalariados, desentendiéndose del trato vejatorio que sufre el personal de los fogones durante las visitas de su padre.

—Siempre me guardo medio pollito en la taquilla por si las moscas. De no ser por la tapioca, compadre, le aseguro que a ese viejo atrevido hace rato que ya le hubiera hundido la cabeza en la freidora —me confesó en una ocasión Araceli, la freganchina llegada de lejos que aprendió a cultivar la paciencia; ese consuelo de oprimidos, esa virtud caída en desuso.

La semana pasada Tomasín volvió a hacer de las suyas. Llegó en mitad del servicio con una canasta llena de huevos, afirmando que cumplían con las normas que estipula la producción orgánica, no como los de nuestro proveedor, que según él, son frutos insípidos obtenidos a partir de la explotación intensiva de los recursos. Estaba ido, su pellejo apestaba a sexo. Llevaba camiseta de tirantes y pantaloncillos minúsculos, no se quitó las gafas de sol ni para ir al baño, se desplazaba por el local esquivando el conflicto. Maldijo la obsolescencia programada y bromeó acerca de lo poco que duerme y lo mucho que chinga desde que se le estropeó la tele. Elaboró los tres kilos de su postre fetiche sin incordiar, lavó los utensilios y se despidió agitando una mano, arrastrando hasta la puerta algo similar a un adiós.

Esta mañana, un niño fallecido y quince hospitalizados por intoxicación alimentaria. Inspección sorpresa. Desenfundaron sus acreditaciones, nos tomaron declaración por separado, extrajeron muestras de las cámaras frigoríficas y nos enviaron de vuelta a casa. Clausuraron el establecimiento hasta nuevo aviso, todo apunta a que el origen del mal se hospeda en el legendario tiramisú del patriarca. La Dirección General de Salud ha puesto a mi patrón en búsqueda y captura. El jefe de cocina ha volcado la responsabilidad en el viejo, que en este momento se encuentra en paradero desconocido.

Mi patrón fue incapaz de contener el derrumbe; hace unas horas, segundos antes de convertirse en un prófugo de la justicia, lo vi percutir su cabeza reiteradas veces contra el expositor de los flanes. Tal vez se trate del parafraseado muro de desgracia contra el que tarde o temprano todos nos estampamos, unos encajan lo que venga con temple estoico y otros se escaquean por atajos agravando lo irreversible.

Dentro de lo que cabe, tuve suerte. Ese día Tomasín preparó tres jodidos kilos de tiramisú, de los cuales únicamente vendimos veinte porciones, el resto me lo entregó el jefe de cocina en un embalaje descartable alegando que la textura menguaba en firmeza y por lo tanto no se tendría hasta el día siguiente. Lo metí en el congelador nada más llegar a casa, reservando el manjar para mi día franco.

El breve interrogatorio al que me sometieron los inspectores de sanidad potenció mi voluntad de evasión, así que fui a lo de El Pequeño Rufián e invertí en gramajes de tetrahidrocannabinol los últimos euros que me quedaban, a pesar de que recién estamos a veintiocho y que mi salario peligra, por no mencionar la supresión de los dos platos de comida diarios que estipula mi contrato. Todo resta. Fuerzo en vano una siesta, llueven mensajes que no abro, bebo cantidades exageradas de agua, ojeo Allá Lejos de Huysmans, hurgo en la despensa, oscurece: se han agotado las reservas de café.

Es la quinta vez que abro el refrigerador y extravío la mirada en el moho de las salsas sin tapa, en el óxido de las latas de conserva a medio usar; mientras tanto, un palmo más arriba, en un compartimiento extra destinado a almacenar congelados, aún activa, Salmonella degrada un clásico de la repostería italiana, pendiente de un descuido que le permita expandirse a temperatura ambiente, e irrumpir esplendorosa, en nuestra tosca existencia.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.