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Relato mensual


STIRNER publica cada mes un relato corto de ficción en castellano, seleccionado por el jurado de entre todos los que envían los lectores. Consulta aquí abajo, en el desplegable, las bases de la convocatoria.

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2017

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Eduardo A. Vidal

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Lambi

Eduardo A. Vidal

Tomasín, el padre del patrón, se jacta de preparar el mejor tiramisú de toda la comarca. A menudo nos toca padecer sus excentricidades. En sala sobrellevamos el asunto, los que peor lo pasan son los de cocina, expuestos a la fiebre senil del septuagenario que les sabotea el servicio con su mera presencia. Hasta hoy, el patrón desacreditaba las quejas de los asalariados, desentendiéndose del trato vejatorio que sufre el personal de los fogones durante las visitas de su padre.

—Siempre me guardo medio pollito en la taquilla por si las moscas. De no ser por la tapioca, compadre, le aseguro que a ese viejo atrevido hace rato que ya le hubiera hundido la cabeza en la freidora —me confesó en una ocasión Araceli, la freganchina llegada de lejos que aprendió a cultivar la paciencia; ese consuelo de oprimidos, esa virtud caída en desuso.

La semana pasada Tomasín volvió a hacer de las suyas. Llegó en mitad del servicio con una canasta llena de huevos, afirmando que cumplían con las normas que estipula la producción orgánica, no como los de nuestro proveedor, que según él, son frutos insípidos obtenidos a partir de la explotación intensiva de los recursos. Estaba ido, su pellejo apestaba a sexo. Llevaba camiseta de tirantes y pantaloncillos minúsculos, no se quitó las gafas de sol ni para ir al baño, se desplazaba por el local esquivando el conflicto. Maldijo la obsolescencia programada y bromeó acerca de lo poco que duerme y lo mucho que chinga desde que se le estropeó la tele. Elaboró los tres kilos de su postre fetiche sin incordiar, lavó los utensilios y se despidió agitando una mano, arrastrando hasta la puerta algo similar a un adiós.

Esta mañana, un niño fallecido y quince hospitalizados por intoxicación alimentaria. Inspección sorpresa. Desenfundaron sus acreditaciones, nos tomaron declaración por separado, extrajeron muestras de las cámaras frigoríficas y nos enviaron de vuelta a casa. Clausuraron el establecimiento hasta nuevo aviso, todo apunta a que el origen del mal se hospeda en el legendario tiramisú del patriarca. La Dirección General de Salud ha puesto a mi patrón en búsqueda y captura. El jefe de cocina ha volcado la responsabilidad en el viejo, que en este momento se encuentra en paradero desconocido.

Mi patrón fue incapaz de contener el derrumbe; hace unas horas, segundos antes de convertirse en un prófugo de la justicia, lo vi percutir su cabeza reiteradas veces contra el expositor de los flanes. Tal vez se trate del parafraseado muro de desgracia contra el que tarde o temprano todos nos estampamos, unos encajan lo que venga con temple estoico y otros se escaquean por atajos agravando lo irreversible.

Dentro de lo que cabe, tuve suerte. Ese día Tomasín preparó tres jodidos kilos de tiramisú, de los cuales únicamente vendimos veinte porciones, el resto me lo entregó el jefe de cocina en un embalaje descartable alegando que la textura menguaba en firmeza y por lo tanto no se tendría hasta el día siguiente. Lo metí en el congelador nada más llegar a casa, reservando el manjar para mi día franco.

El breve interrogatorio al que me sometieron los inspectores de sanidad potenció mi voluntad de evasión, así que fui a lo de El Pequeño Rufián e invertí en gramajes de tetrahidrocannabinol los últimos euros que me quedaban, a pesar de que recién estamos a veintiocho y que mi salario peligra, por no mencionar la supresión de los dos platos de comida diarios que estipula mi contrato. Todo resta. Fuerzo en vano una siesta, llueven mensajes que no abro, bebo cantidades exageradas de agua, ojeo Allá Lejos de Huysmans, hurgo en la despensa, oscurece: se han agotado las reservas de café.

Es la quinta vez que abro el refrigerador y extravío la mirada en el moho de las salsas sin tapa, en el óxido de las latas de conserva a medio usar; mientras tanto, un palmo más arriba, en un compartimiento extra destinado a almacenar congelados, aún activa, Salmonella degrada un clásico de la repostería italiana, pendiente de un descuido que le permita expandirse a temperatura ambiente, e irrumpir esplendorosa, en nuestra tosca existencia.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.

MAYO 2017