¡YA EN PREVENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMIC EXISTENCIALES!

Relato mensual


STIRNER publica cada mes un relato corto de ficción en castellano, seleccionado por el jurado de entre todos los que envían los lectores. Consulta aquí abajo, en el desplegable, las bases de la convocatoria.

Bases de la convocatoria. ¡Envíanos tu relato!

2017

ABRIL

Eduardo A. Vidal

MAYO

Manuel Jorques

JUNIO

Gonzalo Hinojosa

JULIO

solicono

AGOSTO

solicono

SEPTIEMBRE

OCTUBRE

NOVIEMBRE

DICIEMBRE

2018

ENERO

FEBRERO

MARZO

ABRIL

MAYO

JUNIO

JULIO

AGOSTO

SEPTIEMBRE

OCTUBRE

NOVIEMBRE

DICIEMBRE

Noche Blanca

Gonzalo Hinojosa

Días más tarde me enteré de que mi colega uruguayo le había puesto MDMA a mi bebida sin decírmelo. Había reunión en su casa y la pequeña sala estaba atestada de gente con copas en la mano y el porro comunal en la otra. Solos de jazz se mezclaban con cumbias selváticas y con el típico rock de ocasión. Mi trasero estaba posado en el sofá y mi cuerpo se preparaba para caer en la somnolencia que provoca la cerveza tomada a prisa después de cenar, cuando una euforia descomunal invadió mis entrañas, induciéndome a un trance hasta entonces desconocido. Tenía unas ganas salvajes de expandirme, así que no tardé en hablar con la chica que estaba a mi lado. Había notado que tenía un tatuaje de la cara de Dostoievski y llevaba toda la noche planteándome si debía comentárselo o no. Te gusta el gran Mijáilovich, le dije. Dio un saltito por el susto y, cuando ordenó la situación en su mente, me dijo que sí, que en un momento de su vida en el que nada tenía sentido, El Idiota la había salvado de la desesperación total. Esas cosas pasan, así que no quise preguntar más, sino que me dediqué a meterle un rollazo sobre por qué nuestro amigo ruso era un maestro y ella pareció escuchar encantada. Poco antes de dar el paso coherente de salir a bailar a una discoteca, comenzaron a fluir los gin tonics para que la ocasión tuviera el caché que se merecía. Mi cuerpo estaba más ansioso que de costumbre, pedía ser azotado por ritmos electrónicos con bajos sobrecargados, así que no podía esperar para salir de la casa y dejarme el esqueleto. En la calle el grupo se dispersó de manera inevitable, pero los pocos supervivientes estábamos dispuestos a darlo todo. Sofía, porque así se llamaba mi nueva amiga, quedó entre los que entramos a la discoteca y la química siguió fluyendo entre nuestros cuerpos una vez que estuvimos en la pista de baile. El tiempo parecía haber perdido su densidad y, en algún punto, quedamos solos ella y yo. Ya había asumido que no pasaría la noche en mi cama, así que el paso hacia el piso de Sofía se dio de la manera más natural. Una vez en su cuarto, cometió el acierto de dejarme escoger la música. He notado que llevas un iPod, me dijo, puedes conectarlo a los altavoces, estoy segura de que tienes buen gusto. Sólo a mí se me ocurriría poner Beethoven, pero a ella no pareció desagradarle, sino todo lo contrario. Empezamos a besarnos de manera apasionada y cuando ya era inevitable lo que ocurriría (sólo quedaba la ropa interior por desaparecer de nuestros cuerpos), me dijo que no me preocupara, que se tomaba la pastilla. Nunca llevaba condones encima porque nunca esperaba que me ocurriera algo parecido. No tenía miedo alguno a que algo malo pasara y sólo al día siguiente se me cruzó por la mente la idea de que podía haber contraído una venérea o de que ella podía haber mentido sobre lo de la pastilla. Ya en pelotas me atreví a hacer algo que nunca en mi vida había hecho: comencé a besar sus senos y bajé con la boca poco a poco hasta posar mis labios en su vulva. Era mi primer cunnilingus, así que no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, pero la intuición biológica y las muchas horas pasadas en foros de internet escudriñando las enseñanzas de sexólogos sin título, guiaron mis labios. También parecía ayudarme el póster de Jim Morrison, con su mirada de complicidad sensual, observándonos desde la otra punta del cuarto. Creo que se corrió, porque en algún punto comencé a notar espasmos y, de repente, su cuerpo se arqueó hacia arriba como si una corriente eléctrica terrorífica la hubiera azotado. Antes de comenzar a consumar el acto me pidió, con respiración entrecortada, que esperara un momento. Mi pene pedía a gritos introducirse en su vagina, pero logré contener las ganas de hacer algo agresivo y, después de lo que pareció una eternidad, me dejó penetrarla. Las percusiones violentas de Ludwig nos acompañaban y, justo cuando la sinfonía llegaba a uno de sus puntos álgidos, noté cómo sus paredes vaginales se contraían, invitándome a subir el ritmo y a correrme de manera violenta. Luego llegó la calma y el sueño. Volvimos a hacer el amor al despertar pero no fue lo mismo. Como no se me pasó por la cabeza pedirle su móvil ni ella pareció dispuesta a saber más de mí, perdimos el contacto. Cuando le conté la historia a mi colega uruguayo, me dijo que no sabía quién era Sofía ni cómo había acabado en su fiesta. Supongo que esas cosas pasan, no es la primera vez que alguien se une de manera aleatoria a mis guateques tropicalípticos, agregó con tono orgulloso. El mundo es un lugar curioso y nuestros destinos se van tejiendo rodeados de coincidencias absurdas, por lo que, cuando años después me mudé a Barcelona y una tarde nubosa nos cruzamos en el Raval, no me extrañé demasiado. Iba de la mano de un hombre mayor que ella y a su izquierda caminaba un niño de ojos castaños, con melena y gestos delicados. Fijé la mirada buscando sus pupilas y Sofía agachó la cabeza. A veces, es mejor no preguntar.

Elogio encomiable de la familia

Manuel Jorques

Convencer a mamá de que lo mejor para ella —y para todos— era que se viniese a la ciudad, fue tarea imposible. Mamá estaba tan apegada a su vieja casa, a sus muebles, a sus cosas rudimentarias e inservibles, que alejarse del campo y de su pequeña aldea era peor que morirse.

—De aquí no me sacan si no es con los pies por delante —solía decir.

Tuvo que ser Melva, cómo no, la que consiguiera sacarla de allí a rastras, haciendo oídos sordos a sus lamentos, sus chillidos y sus pataleos, porque mamá, pese a tener ya cerca de noventa años, conservaba una vitalidad sorprendente e inaudita. Lo que no sabía mamá es que los médicos habían sido unánimes: apenas le quedaban unas semanas de vida. La enfermedad se había extendido por sus entrañas como una sombra taimada e implacable, y ya no cabía ninguna esperanza. Así que Melva adecentó la habitación de invitados y se la llevó a su amplio y confortable apartamento del centro.

Mamá se pasó cuatro o cinco días maldiciendo.

—No importa —nos tranquilizó Melva —, ya se le pasará el berrinche, ya veréis.

Pero no fue así. Muy al contrario, la ira de mamá se acrecentó hasta tal punto que era imposible siquiera visitarla, porque nos recibía a zapatazo limpio y gritando como una posesa. La misma Melva, sin duda la más decidida de todos los hermanos, comenzaba a dar muestras de flaqueza.

—Rechaza la comida —nos dijo—, agrede a Erik y a las niñas, tira cuanto encuentra contra la pared, blasfema, apenas duerme. Es un auténtico demonio.

Marcos, apiadándose de ella, se ofreció a tomarle el relevo, pero Melva se opuso.

—Mamá está que se muere, ya lo sabéis —señaló—. No creo que sea buena idea marearla con idas y venidas. Ya que está aquí, que aquí se muera y en paz.

A todo esto, ya había transcurrido más de una semana, y la verdad es que ni el ánimo ni las energías de mamá parecían desfallecer ante la enfermedad que la roía por dentro. Tanto era así, que los hermanos nos reunimos para hablar de nuevo con los médicos, sospechando que tal vez hubiese habido un error en el diagnóstico.

—Las pruebas son concluyentes —nos informaron, tras revisarlas una vez más—. En cualquier momento le empezarán a fallar los órganos vitales. Deben prepararse para lo peor.

Lo peor, sin embargo, ni siquiera hacía ademán de asomar la patita por debajo de la puerta. Mamá estaba acabando con la paciencia de Melva y, por adhesión, de toda la familia, sin ceder ni un ápice en su obstinado y terrible comportamiento.

—Ya ha pasado un mes y las cosas empeoran día a día. Dios tenga misericordia de nosotros —se quejaba Melva.

Justo cuando se cumplían las seis semanas de la llegada de mamá, Melva se derrumbó en el suelo de la cocina, fulminada por un infarto.

Ni que decir tiene que la terrible desaparición de Melva descabezó nuestra familia. De pronto, los restantes hermanos nos convertimos en un cobarde rebaño de ovejas que temblaba de zozobra ante el futuro. Todos pensamos, durante un momento, que Marcos volvería a ofrecerse para acoger a mamá y que de esa manera tomaría el timón de nuestra nave a la deriva, pero no dijo ni pío. Y eso que mamá cayó de pronto en un silencio atroz y en una actitud algo más dócil ante la comida y los cuidados. Por lo tanto, avergonzados pero sin dar nuestro brazo a torcer, decidimos echarlo a suertes.

Ganó —o perdió— Pablo.

Pablo asumió su nuevo rol con una envidiable entereza. El hecho de que fuese soltero aliviaba en cierto modo la situación en lo referente a posibles daños colaterales —Erik y las niñas estaban desconsolados y no querían ver a mamá ni en pintura— y el silencio persistente de mamá parecía anunciar el inicio de su pronosticado declive físico y de su consiguiente fatal desenlace.

Pero no. Mamá ya iba por los dos meses de supervivencia y la ausencia de gritos y malos modos que tanto martirizaron a Melva durante sus últimas semanas de vida dieron paso a una calma tensa e irrespirable.

—Me mira todo el tiempo —nos comentaba Pablo— con esos ojos que dan pavor y que parecen censurarme cuanto haga o diga.

Todos acudíamos regularmente a su destartalada casa y hacíamos lo que podíamos por echarle una mano con mamá. Uno llevaba la compra, otro se quedaba un rato por las mañanas mientras Pablo estaba en el trabajo, otro más cocinaba y limpiaba un poco, yo misma me encargaba de las mudas de ropa y sábanas; en fin, que en ningún momento dejamos a Pablo en la estacada. Y era cierto que mamá había enmudecido, y más cierto aún que su misma presencia resultaba incómoda y desagradable, sobre todo porque nosotros tampoco teníamos nada que decirle y porque pasábamos las hojas del calendario esperando que de una vez por todas cerrara los ojos para siempre.

A los cuatro meses, sin el consuelo de una simple nota, el pobre Pablo se quitó la vida.

Fue mamá la que nos anunció la mala noticia. Pablo se había ahorcado de madrugada en el salón y ella, al levantarse por la mañana, fue quien halló el cuerpo. Desde ese mismo instante, mamá comenzó a llorar. Lloraba y lloraba. Lloró desconsoladamente en el velorio, lloró afligidamente en el entierro, y en casa de Olivia, donde la forzamos a mudarse sin atender a sus quejas y objeciones —también hicimos oídos sordos a las de Olivia, por supuesto—, lloraba sin cesar, día y noche, noche y día, lloraba y lloraba y volvía a llorar.

—Mamá se nos va a disolver en lágrimas —se nos quejaba Olivia, desesperada.

Por mucho que la consoláramos, mamá no cesaba su llanto. Era tan lastimoso oírla llorar a todas horas, que la misma Olivia lloraba también a cada momento, y Eugenio, su marido, nos abría la puerta con los ojos húmedos y los niños nos saludaban entre sollozos, y aquella casa se fue volviendo tan triste y doliente que tuvimos que hacer de tripas corazón para no llevarnos a mamá a su casa del pueblo.

—Cómo la vamos a dejar morir allí sola —argumentó Marcos, entre suspiros, cuando alguna vez planteamos tal posibilidad.

Y fue el mismo Marcos, tras la infortunada muerte de Olivia en un desgraciado accidente doméstico que provocó que tuviésemos que internar a Eugenio en una clínica de reposo, quien no tuvo más remedio que acoger a mamá en su chalet adosado, lo cual tuvo como consecuencia —para escándalo de toda la familia— que su mujer y sus hijos lo abandonaran de la noche a la mañana.

Sin Melva, ni Pablo, ni Olivia, me tuve que multiplicar para auxiliar a Marcos con mamá. Gracias a Dios, mamá había dejado de llorar, pero ahora parecía haber caído en una especie de trance, porque dormía a todas horas y se nos hacía muy dificultoso despertarla un momento para alimentarla y asearla.

—Será que esta vez mamá ya empieza a morirse —le decía yo a Marcos, mitad triste, mitad esperanzada.

Porque el pobre Marcos parecía un alma en pena, y a mí me daba la impresión de que si mamá no se daba prisa, Marcos la iba a adelantar en su viaje al otro mundo. Cada día que pasaba —y ya íbamos para nueve meses de la venida de mamá a la ciudad— se le veía más flaco y más deshecho.

Mientras tanto, mamá, como una marchita bella durmiente que jamás hubiese recibido la visita de su príncipe salvador, yacía en la cama de Marcos, totalmente ajena a la desgracia que sobrevolaba nuestra familia. Aquellas navidades, a diferencia de las de antaño, las pasamos en menguada compañía: ni uno solo de sus nietos, yernos y nueras quiso venir a verla. Mi marido y mis dos niños me habían dado un ultimátum: o mamá o yo. Me apiadé de Marcos y no lo dejé solo en tan señaladas fechas.

Fue el día de Año Nuevo cuando Marcos desapareció. Recorrí todos los hospitales y comisarías, puse anuncios en las calles, movilicé a los pocos amigos que le quedaban para tratar de encontrarlo. Pero fue inútil. A Marcos parecía habérselo tragado la tierra.

Aguanté todo lo que pude, pero sin la ayuda de Tobías, mi marido, no pude hacer frente a los pagos pendientes de Marcos. Cortaron la luz, más tarde el agua. Y ya estaba en curso el procedimiento de desahucio y la consiguiente ejecución de la hipoteca por parte del banco, cuando mamá despertó.

—Mamá —le dije, cogiéndola de las manos— te voy a llevar de vuelta a tu casa.

Pero mamá, desperezándose, me miró a los ojos y esbozó una sonrisa tan tierna como la que yo recordaba de mis días de infancia.

—Ay, hija mía —dijo—, ya se me han quitado las ganas de volver al pueblo y qué puede ser mejor para una vieja como yo que estar con su familia.

El sol entraba de lleno en la habitación a través de las rendijas de la persiana. Entonces caí en cuenta de que principiaba el verano y de que, con toda seguridad, iba a ser un verano muy largo, yo diría que interminable.

Lambi

Eduardo A. Vidal

Tomasín, el padre del patrón, se jacta de preparar el mejor tiramisú de toda la comarca. A menudo nos toca padecer sus excentricidades. En sala sobrellevamos el asunto, los que peor lo pasan son los de cocina, expuestos a la fiebre senil del septuagenario que les sabotea el servicio con su mera presencia. Hasta hoy, el patrón desacreditaba las quejas de los asalariados, desentendiéndose del trato vejatorio que sufre el personal de los fogones durante las visitas de su padre.

—Siempre me guardo medio pollito en la taquilla por si las moscas. De no ser por la tapioca, compadre, le aseguro que a ese viejo atrevido hace rato que ya le hubiera hundido la cabeza en la freidora —me confesó en una ocasión Araceli, la freganchina llegada de lejos que aprendió a cultivar la paciencia; ese consuelo de oprimidos, esa virtud caída en desuso.

La semana pasada Tomasín volvió a hacer de las suyas. Llegó en mitad del servicio con una canasta llena de huevos, afirmando que cumplían con las normas que estipula la producción orgánica, no como los de nuestro proveedor, que según él, son frutos insípidos obtenidos a partir de la explotación intensiva de los recursos. Estaba ido, su pellejo apestaba a sexo. Llevaba camiseta de tirantes y pantaloncillos minúsculos, no se quitó las gafas de sol ni para ir al baño, se desplazaba por el local esquivando el conflicto. Maldijo la obsolescencia programada y bromeó acerca de lo poco que duerme y lo mucho que chinga desde que se le estropeó la tele. Elaboró los tres kilos de su postre fetiche sin incordiar, lavó los utensilios y se despidió agitando una mano, arrastrando hasta la puerta algo similar a un adiós.

Esta mañana, un niño fallecido y quince hospitalizados por intoxicación alimentaria. Inspección sorpresa. Desenfundaron sus acreditaciones, nos tomaron declaración por separado, extrajeron muestras de las cámaras frigoríficas y nos enviaron de vuelta a casa. Clausuraron el establecimiento hasta nuevo aviso, todo apunta a que el origen del mal se hospeda en el legendario tiramisú del patriarca. La Dirección General de Salud ha puesto a mi patrón en búsqueda y captura. El jefe de cocina ha volcado la responsabilidad en el viejo, que en este momento se encuentra en paradero desconocido.

Mi patrón fue incapaz de contener el derrumbe; hace unas horas, segundos antes de convertirse en un prófugo de la justicia, lo vi percutir su cabeza reiteradas veces contra el expositor de los flanes. Tal vez se trate del parafraseado muro de desgracia contra el que tarde o temprano todos nos estampamos, unos encajan lo que venga con temple estoico y otros se escaquean por atajos agravando lo irreversible.

Dentro de lo que cabe, tuve suerte. Ese día Tomasín preparó tres jodidos kilos de tiramisú, de los cuales únicamente vendimos veinte porciones, el resto me lo entregó el jefe de cocina en un embalaje descartable alegando que la textura menguaba en firmeza y por lo tanto no se tendría hasta el día siguiente. Lo metí en el congelador nada más llegar a casa, reservando el manjar para mi día franco.

El breve interrogatorio al que me sometieron los inspectores de sanidad potenció mi voluntad de evasión, así que fui a lo de El Pequeño Rufián e invertí en gramajes de tetrahidrocannabinol los últimos euros que me quedaban, a pesar de que recién estamos a veintiocho y que mi salario peligra, por no mencionar la supresión de los dos platos de comida diarios que estipula mi contrato. Todo resta. Fuerzo en vano una siesta, llueven mensajes que no abro, bebo cantidades exageradas de agua, ojeo Allá Lejos de Huysmans, hurgo en la despensa, oscurece: se han agotado las reservas de café.

Es la quinta vez que abro el refrigerador y extravío la mirada en el moho de las salsas sin tapa, en el óxido de las latas de conserva a medio usar; mientras tanto, un palmo más arriba, en un compartimiento extra destinado a almacenar congelados, aún activa, Salmonella degrada un clásico de la repostería italiana, pendiente de un descuido que le permita expandirse a temperatura ambiente, e irrumpir esplendorosa, en nuestra tosca existencia.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.