¡YA A LA VENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMICS EXISTENCIALES!

Relato mensual


STIRNER publica cada mes un relato corto de ficción en castellano, seleccionado por el jurado de entre todos los que envían los lectores. Consulta aquí abajo, en el desplegable, las bases de la convocatoria.

Bases de la convocatoria. ¡Envíanos tu relato!

2018

FEBRERO

Pablo Pelluch

MARZO

Albert Franquesa

ABRIL

Alberto Sepúlveda

MAYO

Diego Luis Sanromán

JUNIO

JULIO

AGOSTO

SEPTIEMBRE

OCTUBRE

NOVIEMBRE

DICIEMBRE

2017

ABRIL

Eduardo A. Vidal

MAYO

Manuel Jorques

JUNIO

Gonzalo Hinojosa

JULIO

solicono

AGOSTO

solicono

SEPTIEMBRE

Rubén Blanes Mora

OCTUBRE

D. Báez

NOVIEMBRE

Nicolás Medina

DICIEMBRE

Jose Sanz Gallego

El gran salto hacia delante

Diego Luis Sanromán

EXT. AFUERAS DEL PUEBLO – MEDIODÍA

Una carreterucha comarcal llena de baches serpentea hasta la entrada del pueblo. Sobre un risco, la dentadura mellada de un castillo en ruinas. El sol en su vertical, matraca de chicharras. Una ronda de buitres traza círculos sobre el fondo de un cielo sin nubes. El azul del cielo hace daño a la vista: los rayos solares inciden por un momento en el objetivo de la cámara y ciegan a los espectadores. Bajo el carrusel de buitres voladores no vemos al consabido burro destripado y en proceso de descomposición, sino a otro buitre, sólo que éste muerto, al que dos de sus congéneres lanzan picotazos desconfiados. Un comienzo de spaghetti western, pero no.

Inserto de un cartel donde se lee el nombre del pueblo: FONDA SIN FONDO. Se oye una ráfaga de viento seco.

EXT. CALLE DE FONDA SIN FONDO – MEDIODÍA

Plano corto de los pies de la TÍA JACINTA. La mujer calza unas zapatillas de felpa de caballero con las punteras comidas por el uso y seguramente heredadas de su difunto marido. Alrededor, un muladar de mondaduras de pipas. La cámara se eleva hasta mostrarnos el libro que está leyendo. Se trata de Anna Karénina. La TÍA JACINTA baja el libro: largo primer plano en el que contemplamos sus ojillos entrecerrados, su bulbosa nariz de patata, las oscuras arrugas que le surcan las mejillas. Balbucea algo, pero no entendemos lo que dice: parece que estuviera masticando las palabras con sus encías sin dientes.

La mujer se levanta del banco en el que estaba sentada y, arrastrando las zapatillas, echa a andar por una callejuela en acusada pendiente.

EXT. ESTACIÓN DE FONDA SIN FONDO – MEDIODÍA

Corte a primer plano del FORASTERO. El sudor se le escurre por debajo del canotier, el cual le da un aire anticuado y un poco idiota. Una impresión, por cierto, que acentúa la pajarita colorada que le estrangula el pescuezo. Sonrisa temblona.

En off, la voz tortuosa del ALCALDE.

ALCALDE: Hay empresas que engrandecen a los pueblos. Gestas que se dirían obra de titanes, pero que no son en verdad sino resultado del esfuerzo conjunto de los grupos humanos. Y son precisamente tales hazañas las que hacen que esos pueblos penetren por el estrecho corredor de la historia. [El FORASTERO mira de reojo y trata de mantener la sonrisa. Con un pañuelo bordado se seca el sudor de la frente, luego del belfo]. Permítanme que les haga la siguiente pregunta: ¿quién conocería ahora el nombre de Aníbal si éste no hubiera cruzado el Aconcagua a lomos de una cangura de dos plazas? Nadie. ¿Y quién hizo posible semejante proeza? En efecto… Su querida abuela, que le llenó el petate con las vituallas necesarias para tamaña singladura…

El ALCALDE es un viejecillo achaparrado, tocado con una boina capada y cubierto por un chaqué que le queda grotescamente grande. El atril desde el que pronuncia su arenga es en realidad un desvencijado pupitre de escuela de los de antaño. El hombrecillo se sirve un vaso de tinto de una frasca y lo apura de un golpe. Después se limpia con la manga.

ALCALDE: Estoy seguro de que todos ustedes recuerdan el día en que nuestro querido amigo cruzó las lindes de nuestra comarca…

El ALCALDE señala con un gesto de la mano al FORASTERO, sentado a su izquierda, que intenta mantener su trémula sonrisa y aflojarse un poco la argolla de la pajarita. Suda copiosamente. Corte a plano de conjunto en el que vemos a media docena de ancianos destartalados, vetustos. Entre ellos, la TÍA JACINTA.

Flashback: fundido a un plano idéntico al plano inicial. Durante unos segundos vemos la carretera desierta, después el cuerpo de un hombre que penetra arrastrándose por una esquina. A la cintura lleva atada una cuerda de la cual pende un bidón de gasolina de unos diez litros. Por fortuna, vacío.

ALCALDE (en off): Aquella mañana los vencejos volaban del revés y marcha atrás, un extraordinario acontecimiento que algunos interpretaron como un presagio de prodigios imposibles. El señor Mauricio, sin ir más lejos, decidió levantarse de la cama en la que había estado recluido durante los dos últimos años, cavar un hoyo en el camposanto y ovillarse dentro para dormir el eterno sueño de los justos. Que en paz descanse.

La cámara recorre los rostros de los paisanos. Después, plano general en el que vemos que todos los personajes están situados en el andén de una estación ferroviaria. En un cartel puede leerse: TERMINAL DE FONDA SIN FONDO, y debajo su traducción a una lengua oriental, tal vez japonés. El alcalde se echa otro chato de vino al coleto y continúa su discurso.

ALCALDE: Una de las cabras de doña Fulgencia parió siete michines de color morado, aunque entonces a nadie le llamó la atención porque es bien sabido que la señora Fulgencia no suele proporcionar a sus bestias lo que podría llamarse una —ejem— alimentación ortodoxa.

Flashback: el hombre del bidón, en el que ahora reconocemos al FORASTERO, se encuentra a la entrada del pueblo. Tiene el aspecto de un náufrago zozobrante. Una cabra se acerca por la derecha y empieza a mordisquearle el calcetín del pie contrario; el otro lo lleva completamente descalzo. El FORASTERO intenta espantar al animal de una patada, pero lo único que consigue es caerse de culo.

FORASTERO [lloriqueando, con el antebrazo sobre el rostro en un gesto melodramático]: ¡Ah, destino cruel! ¿Por qué has de cebarte siempre con los peor preparados para resistir tus embates? ¡Pobre de mí! ¿No habrá por aquí ningún corazón compasivo que llene con la esencia vital e indispensable el bidón de este viajero desnortado? [Y más prosaico]: El puto coche me ha dejado tirado a veinte kilómetros carretera abajo. ¡’Dita sea la!

Rueda de buitres al fondo.

Otra vez el ALCALDE tras su pupitre-atril: No es necesario que les recuerde lo mucho que lamentamos no poder satisfacer a la sazón las necesidades de aquel recién llegado. Cada uno de los presentes tuvo ocasión de verter entonces la porción de lágrimas que el hado le había reservado para tales ocasiones. [En ese momento el ALCALDE adopta maneras de cantante de gospel y entona el siguiente fragmento]: «Too many teardrops / For one heart to be crying / Too many teardrops / For one heart to carry on». Oh yeah, brothers and sisters! [Luego recupera el tono inicial]. Ahora bien, lo que no podía procurar nuestra pequeña comunidad —no nos engañemos— apenas salida del neolítico, bien supieron compensarlo el calor, el amor y el buen hacer de nuestras gentes.

Flashback: vemos al FORASTERO acurrucado en posición fetal sobre el seno de una de las ancianas de la comitiva. La mujer lo arrulla y le acaricia el cabello, mientras el hombre se chupetea el pulgar. Pasados unos segundos, la vieja se saca un pecho y da de comer al hambriento. Corte a un primer plano del FORASTERO en el tiempo presente: el tipo se pasa la manga por los labios como si hubiese terminado de mamar.

ALCALDE [suspirando]: ¡Aaaaaaaaaah, ha pasado tanto tiempo desde entonces! Parece que fue ayer, pero ya ha transcurrido casi una semana… ¡Y hemos sido tan dichosos compartiendo tantas y tan radiantes experiencias! ¡Tan felices todos juntitos, arracimados, como quien dice! [Se enjuga una lágrima inexistente y engulle otro vaso de vino]. ¡Una semana ya! ¿Se dan cuenta del portento?

Encadenado a las imágenes en blanco y negro de un noticiario tipo NO-DO. Película con rayaduras y mucho grano, música entre marcial y circense. Vemos a uno de los ancianos —un hombre menudo como un polluelo tísico— cargando una pesada traviesa de ferrocarril. La voz del ALCALDE adquiere ahora el deje gangoso de un locutor de otros tiempos.

ALCALDE: La nuestra es una tierra dura, exigente como una madre severa con aquellos que la pueblan. Árida, pedregosa, indomeñable: así es ella y así son también sus gentes.

Vemos a la TÍA JACINTA y a otra vieja con las sayas arremangadas y remetidas en el elástico de las medias. Con sendos martillos hidráulicos horadan el terreno, reducen a polvo grandes macizos de roca, perforan la pared de una montaña y, para rematar, trazan molinetes con la herramienta por encima de sus cabezas, un poco a la manera de Thomas «Leatherface» Hewitt.

ALCALDE: La aridez del territorio, la sequedad del clima, sin duda han determinado la forja de nuestro carácter, asimismo seco y un tanto desabrido. Ardua tarea es conseguir extraer de esta tierra la preciada agua que a pesar de todo atesora en sus entrañas y harto difícil es también que los fondasinfondeños den muestras de esa sensibilidad que no obstante ocultan en los recovecos más recónditos de su corazón. Sentimos la muerte de los nuestros como el que más, pero es raro que alguien mancille el velatorio de un finado con humedades que a todos se nos antojan obscenas.

Un anciano hace un alto en su trabajo y reposa sobre el mango de un pico. Del bolsillo de la camisa se saca un saquito lleno de picadura de tabaco. Se prepara un cigarrillo, lo enciende, se retira una hebra de tabaco de la punta de la lengua. De un par de caladas hondas apura el pitillo y de un capirotazo lo arroja bien lejos. Después suelta un copioso gargajo negro y retorna a la tarea.

ALCALDE: Administramos con rigor la economía de nuestras lágrimas.

Un lugar a mitad de camino entre un laboratorio y la fragua de una herrería. Otro anciano, o tal vez el mismo, trabaja con una pistola de soldar en lo que parece la placa de un circuito integrado. A su lado una vieja chiquita y encarrujada como un guisante añejo manipula con unas tenacillas las patitas de un microchip.

ALCALDE: El tiempo, en la doble acepción del término, es otro factor que no puede desconsiderarse si queremos comprender el carácter nacional de los habitantes de Fonda sin Fondo. Nuestro clima alterna los inviernos glaciales con los veranos africanos, y ambos son implacablemente secos. Las primaveras floridas, los otoños pluviosos son aquí un raro milagro.

Una de las viejas limpia con mimo lo que parece el cuadro de mandos de un avión comercial. Plano medio de la anciana, que sonríe a cámara, guiña un ojo y después alza el pulgar de la mano derecha en señal de que acaba de poner el broche final a una labor bien hecha.

ALCALDE: Esto ha marcado también el modo en que los fondasinfondeños experimentan el devenir del tiempo histórico. Se diría que nuestro pueblo vive en un presente perpetuo, entre congelado y aplatanado. Somos de natural indolente y siempre nos hemos mostrado recelosos a internarnos por la vía de eso que llaman Progreso.

Foto de grupo en la que vemos a la media docena de ancianos de la estación solo que en este caso ataviados con su ropa de faena y pertrechados con sus aperos particulares: el anciano fumador y su pico, TÍA JACINTA con su martillo hidráulico, etc. Todos posan en actitud hierática mientras va apareciendo la palabra FIN.

De vuelta a: EXT. ESTACIÓN DE FONDA SIN FONDO – MEDIODÍA

Plano medio del ALCALDE tras su pupitre en ligero contrapicado.

ALCALDE: Como los pueblos primitivos, dábamos vueltas en una eterna rueda de rutinas repetitivas. Sudando la gota gorda o tiritando de frío, según correspondiese. Y todo habría continuado igual de no ser por la llegada de nuestro ahora estimadísimo amigo…

Contraplano del FORASTERO, que balbucea un «gracias, muchas gracias» casi inaudible.

ALCALDE: Verlo en tal necesidad, lejos de los suyos y ansioso de volver a encontrarse entre ellos, fue lo que despertó nuestro ánimo en el fondo compasivo y nos impulsó a dar el salto desde la circularidad neolítica en la que estábamos enclaustrados [vemos la ronda de buitres contra el cielo despejado] hasta el tiempo lineal, progresivo y progresista que es propio de la Historia de los Modernos, amén. Como fuera, teníamos que sacar a nuestro joven asilado de Fonda sin Fondo, y he aquí el resultado…

Vemos el hocico fusiforme del testero de un tren que va aproximándose desde la lejanía del páramo: se trata de un Shinkansen E6, un tren bala japonés, lo último de lo último en cuestión de tecnología ferroviaria. Corte a la estación de Fonda sin Fondo. Los ancianos, el ALCALDE y el FORASTERO componen ahora un apretado cortejo que aguarda, entre excitado y alborozado, la llegada del tren. Alguno incluso saluda con la mano o con el pañuelo.

Cuando el E6 está a punto de entrar en la estación, la TÍA JACINTA da un fuerte empellón al FORASTERO, que trastabilla durante unos segundos sobre el bordillo del arcén y, al final, acaba por caer a las vías. Su grito postrero se confunde con el chirrido de los frenos de la máquina. El canotier flota por unos instantes en el aire, después trazando suaves ondas aterriza a los pies de los habitantes de Fonda sin Fondo.

Se oye una VOZ EN OFF que, a modo de moraleja, sentencia: Por desgracia, la tía Jacinta había terminado de leer Anna Karénina aquella misma mañana.

Quinoa Rider

Alberto Sepúlveda

Hoy he soñado con que llegará el día en que el gluten esté prohibido. Los celíacos se unirán y se infiltrarán poco a poco en los consejos de administración de las empresas más importantes y en las altas cúpulas de los gobiernos más poderosos del planeta. El resto de la humanidad no se dará ni cuenta. Los medios dirán a todas horas que el gluten te mata aunque no seas celíaco. Que dejes el trigo y te pases a la quinoa. Que si quieres ser un chico fitness no bebas cerveza sino batidos detox con calabacín y espinacas, como si las palabras calabacín y espinacas no fueran antónimos de batido. De repente un día todos los televisores emitirán un mensaje en el que diga que queda prohibido el consumo de gluten bajo pena de azotamiento. Se creará una policía especial ultrasecreta que se encargará de rebuscar las migas de la gente y analizarlas. A todo aquel que se le pille comiendo trigo se le dará una zotaina en el lomo con una vara de olivo.

Al principio nos parecerá una broma, pero poco a poco nos iremos dando cuenta de que todo esto se trata de un nuevo régimen mundial y empezaremos a culpar a quien sea. China culpará a Estados Unidos, los supremacistas blancos a los negros y Albert Rivera seguirá diciendo que qué pasa con Venezuela. La locura llegará a tal punto que los del Madrid asegurarán que la culpa es de los culés y los del Barça dirán que han sido los putos merengues por lo que una tarde quedarán todos en Zaragoza y se partirán la cabeza los unos a los otros. El nuevo gobierno ultrapoderoso enarbolará la bandera del «gluten free» en cada edificio oficial. Se llenarán fosas marinas con gluten. El pan sabrá a puta mierda y la fábrica de Kellogg’s se irá a pique dejando a miles de personas en la estacada. Se quemará Extremadura entera. Los niños tendrán que preguntar a sus abuelos a qué sabían los perritos calientes y los ancianos quedarán para charlar sobre aquellos años en los que ríos de cerveza bañaban las ciudades embriagándolo todo. Será una auténtica distopía. La represión a los rebeldes será brutal. Existirán contrabandistas que pasarán bolsas de Doritos en los tubos de escape de los camiones. Abuelas mexicanas cocinarán fajitas a escondidas en pisos francos de Tetuán. Las luces de los helicópteros policiales no dejarán dormir a los vecinos de los barrios pobres. Será como la Ley Seca, pero esta vez de verdad. Los cárteles de la droga empezarán a vender cereales, vagabundos se meterán bolas de harina en el ojete para pasarlas de un barrio a otro a cambio de cuatro duros. Hasta los artistas dejarán la absenta y quedarán en antros infernales para comer Chocapics.

La sociedad no será capaz de soportarlo. Nos dejará de importar quién se queda el petróleo del planeta. Las fronteras y las guerras se olvidarán. Se abandonarán las armas nucleares en cualquier descampado. La gente se abrazará como se abrazan en esas pelis en las que vienen los extraterrestres y nos conquistan. El nuevo orden mundial unirá a todo el globo contra los celíacos. Nos organizaremos y haremos manifestaciones. Crearemos una petición en Change.org. Haremos pintadas insultantes. Quemaremos neumáticos. Los celíacos se reirán de nosotros pero la revolución será imparable. Toda la humanidad se unirá por la causa. Se armarán milicias. Se saboteará a la policía. Algún grupo radical secuestrará a la hija del jefe de Mercadona y pedirá toneladas de Risketos como rescate. La policía disparará contra los indignados. En las noticias se nos llamará violentos pero seguiremos unidos, solidarios, hasta que un día tomemos el control. Mandaremos a la élite antigluten a cultivar trigo a gulags en Albacete. Se restaurará el régimen anterior. Volverán las fronteras. Alguien empezará una guerra. Alguien tirará una bomba. Alguien querrá el petróleo de otro, pero el gluten habrá vuelto a nuestras vidas.

Wantan Mee

Albert Franquesa

Aquel chino comía con la memoria, y no sólo con la suya,
comía con la memoria colectiva de un pueblo fugitivo del hambre.

—Manuel Vázquez Montalbán
Los pájaros de Bangkok

—Declaro refutado el dicho callo malayo. Mira qué chicas tan guapas.

Manolo apura el sorbo y se limpia la espuma del bigote con el dorso de la mano y sin siquiera dignarse a mirarlas se apresta a contradecir a Adrián.

—A ti lo que te va es la deconstrucción de la mujer. Te gustan las orientales porque sólo insinúan ser mujeres. Aniñadas, inofensivas, delicadas…

—…como las ortiguillas de mar en tempura servidas en porcelana Hagi o el sashimi de pez espada…

—A mí me va lo auténtico. Una mujer mujer, con el higo como la oreja de una burra, como dice mi amigo Mohammed.

—…de carne rosa nacarada con un veteado central carmesí, sobre un lecho de musgo de mar ogonori

Manolo disfruta provocando a Adrián y éste fingiendo escándalo o indiferencia, según un refrito guión de convivencia masculina.

—Estas orientales que tanto te gustan pueden disparar pelotas de ping pong. Te parecen mujeres sin coño pero sí tienen. Aunque esto de mezclar sexo y deporte, por muy ping pong que sea, a mí… Mejor le añadimos gastronomía, jugar con las cosas de comer. ¿Qué te parecería unos dumplings servidos a golpe de vagina? Hmmm… cazados por los comensales al vuelo, como si fueran aceitunas.

—¡Qué idea tan estupenda! La gestación, el parto de lo sublime… Tomo nota para mi restaurante experimental.

—Me dejarás participar en el casting de paridoras de dumplings, ¿no? Dumplings paridos con salsa de ostras. O con ketchup.

—Eres asqueroso.

—Uy, tienes razón, perdón: con sambal agridulce.

En el corazón agitado y frenético del barrio chino de Georgetown, Love Lane era una calle que parecía sacada de una canción de los Beatles. Parapetados tras los grandes espejos de sus gafas oscuras como dos estrellas de incógnito en su gira asiática, Manolo y Adrián tomaban unas cervezas acompañadas de pinchitos de pollo con salsa de cacahuete —el famoso sate ayam— en la terraza de su albergue cuco y céntrico.

Manolo sacó un purito filipino del bolsillo de su camisa batik, estampada de palmeras y puestas de sol. A la primera chupada, larga y profunda, un suspiro de satisfacción exhaló de sus pulmones.

—Aquí está prohibido fumar, Manolo.

—Qué va a estar prohibido —Levantó la botella, buscando con la vista al camarero—. Eh, chaval, tráeme otra Tiger.

Hizo el encargo con el purito entre los dientes y en perfecto castellano, sólo para molestar a Adrián.

—Esta gente entiende de placeres.

La calle iba llenándose poco a poco de aromas que anunciaban el atardecer y la cena. Manolo se frotó la panza como un buda satisfecho ante la promesa de otra gran bacanal malaya. George Town era sin lugar a dudas uno de los paraísos gastronómicos del mundo. Aunque una cosa era oírlo y otra sentirlo, experimentarlo, como decía Adrián.

—Este puro te dejará sin nariz ni papilas y aquí hay que estar bien limpio para la degustación, que los platos son muy complejos. La cocina de Penang, y por extensión la de Malasia entera, aúna tres grandes tradiciones culinarias: la china, la india y la del archipiélago malayo. Un puro y luego callos con garbanzos, vale. Pero antes de un popiah de carne de cangrejo y rábano con salsa secreta… Vas a perderte la cena.

—Y tú los dientes como no dejes de joder.

—No los necesito para degustar la cena.

—Uy sí, degustar… Yo voy a comer y bien.

Desde que habían puesto los pies en Singapur al inicio del viaje, iban a festín diario, saltando de olla en olla, de wok en wok, Gargantúa y Pantagruel. Manolo seguía frotándose la panza, sonriente:

—Adrián, cariño, son las seis de la tarde, hora de empezar a moverse, que éstos a las nueve te lo cierran todo y te dejan sin cenar, los muy cabrones.

Del exhaustivo interrogatorio al que sometió a la dueña de la guest house, mientras Adrián pagaba, Manolo consiguió la firme recomendación del mercado nocturno de Lorong Baru, al que se dirigieron entre el debate y la pulla.

—Te lo traduciré al murciano: los raviolis, los tortellinis… no son más que variantes de dumplings. La lasagna unos wantan mal envueltos, y los canelloni una romanización de los rollitos de primavera. Todo importado por Marco Polo de sus viajes a China en el siglo XIII.

—Mi amigo Massimo asegura que hay documentos históricos árabes que certifican la existencia de pasta en Venecia antes del viaje de Marco Polo.

—No te fíes de los moros, que también se atribuyen todo lo chino a la que te distraes. Hay un complot antichino desde siempre. En respuesta, se han apropiado de los bares y de la deuda soberana. Los maccheroni, chinos. Los gnochis, chinos. El helado, ¡chino! Conclusión: los italianos son chinos.

—Fuentes contrastadas, rigor y veracidad. Menudo periodista estás tú hecho.

Manolo respiró hondo para extraer del monóxido de carbono de la transitada calle el aroma fugitivo de las sopas y las fritangas, traídas por el poco aire que recorría a esas horas el asfalto de la larga y transitada Jalan Penang desde la callejuela que habría de darles de cenar. Como tantas otras en Georgetown, la calle Lorong Baru se convertía en un hawker, un mercado de restaurantes ambulantes, a partir de las cinco de la tarde.

Una hilera interminable de carritos desbordaba las aceras invadiendo la calzada, cada uno con sus Especialidades cocinadas a llama viva entre un hormigueo de paseantes pululando y siendo atrapados como polillas por una bombilla encendida, a riesgo de morir calcinadas de puro placer.

En uno de esos puestitos, Adrián asistía deslumbrado al elaborado trabajo de wok, al depurado golpe de muñeca del cocinero, que le recordaba al drive liftado de Federer, en el que la soja, los fideos, las gambas bailaban por un instante suspendidas en el aire antes de caer domesticadas en el fondo de la sartén, mientras Manolo, embelesado, se asomaba al guiso entre la humareda del wok y la jungla de clientes.

—Fideos de arroz planos fritos en salsa oscura de soja. El famoso char kway teow de Penang, supongo. Plato basto de pescador esforzado, las sobras de la labor del día. Un paisaje dignificado de fondo de red. Como nuestras calderetas de antaño. Este puesto igual tiene más de cincuenta años. Una receta familiar transmitida de generación en generación que debe de rozar la perfección.

Manolo se concentra en identificar los ingredientes a través del humo y la destreza del cocinero. —Morralla desmigada, berberechos y gambas. Y lo más importante: aquí le añaden salchicha y lo aderezan con chicharrones de cerdo caseros. Grasas saturadas a tutiplén. Me lo pido.

—Yo, una opción simple y directa al paladar. La sopa de fideos agripicante assam laksa de aquí al lado. A pesar de que, sin el copete de verduras y chile fresco —verde jade y rojo carmín—, el plato parece un fondo marino lodoso.

—No, si encima van a tener que decorártelo. ¿Dónde crees que estás?

Habiendo hecho cada uno su elección, se sentaron expectantes en una de las muchas mesas apretujadas a escasos metros de los carritos, esperando sus platos con impaciencia manifiesta. Manolo y Adrián los veían venir, acercarse a sus mesas y pasar de largo arrancándoles suspiros enamorados. Les hacían la ola con la mirada, los aplaudían, los coreaban, los lloraban por lejanos, por inaccesibles. Un ohhh salía de sus bocas hambrientas salivando sin parar. Platos inesperados, platos intrépidos, platos enigmáticos.

—¿Has visto qué pinta trae el Curry mee?

—A mí la tortilla de ostras me ha roto el corazón.

—¿Se acordarán de nuestros platos? El puesto está lejos y había mucha gente…

—Tranquilo, eras el único falang de la cola. Se acordarán. Aunque lo que te vayan a traer ya es otra cosa. ¿Te has fijado que la mayoría matiza el pedido a su gusto? ¡Qué rabia no hablar malayo ni cantonés!

—Espero que en mi assam laksa sean generosos con el tamarindo. Es la clave. Claro que un toque de menta vietnamita y limoncillo… Yo le añadiría flores de jengibre y piña cortada en juliana…

Pfff… y quitarías todos los fideos de la sopa menos uno, sólo para ver la cara que pone el tío que se los pida en tu restaurante experimental. Te voy a contar un secreto, Adrián: la comida es para comer.

—En Japón…

—¡En Japón no hay jamón!

Para distraer su impaciente estómago, Manolo encendió el purito hecho una minúscula colilla. A la primera calada sus ojos se volvieron vidriosos, nostálgicos, emocionados ante el bullicioso mercado de fogones llameantes. El hormiguero festivo, caótico, callejero propio de toda ciudad oriental a la hora de comer.

—Uno se siente vivo en estas calles, entre el humo de los coches y las bocanadas de sopa. Contaminado de pura vida.

—Me vais a matar con tanto aire puro.

Adrián hizo aspavientos para disipar la fumarola del último aliento del purito y Manolo, impertérrito, se frotó la barriga una vez más, como si esperase que saliese de ella un genio dispuesto a concederle tres platos desconocidos.

—Si hay que morir que no sea en una cama de hospital en occidente, sino en una calle de centelleantes neones rojos, de gigantes caracteres chinos, como la Yaowarat Road de Bangkok. Entre chicas simpáticas abriéndote los chakras después de haberte metido en el coleto una sopa de aleta de tiburón y una cerveza Leo bien fría.

—Entre ratas y cucarachas, monóxido de carbono y olor a cloaca —matiza Adrián encogido en el taburete con los pies asustados al sentir una presencia escurridiza entre el variado mercadeo de basura bajo las mesas—. Aunque no te digo que no en esto de comer con las manos —añade mientras observa cómo los comensales malayos de la mesa vecina sumergen roti en el denso curry, mezclan el arroz con la salsa sambal con las puntas de los dedos de la mano derecha para terminar convirtiendo la mano en una cuchara con la que llevarse el nasi lemak a la boca—. No hemos profundizado realmente en lo que significa comer con las manos, la comunión y la conexión con la comida que ello supone. Comer con los dedos excita la sensualidad. En muchas ocasiones comer con cubiertos, incluso palillos, es un refinamiento cultural innecesario que nos aleja de la esencia de numerosos platos. Espárragos, gambas, frituras… Comer a bocados. Comer debería ser una sucesión de sensaciones que devengan una experiencia. Comer con las manos es una forma de degustar.

—Comer es comer y cagar es cagar.

—Tú siempre tan delicado…

—La cocina nace de la cultura. La civilización contra la barbarie. Prometeo robándole el fuego a los dioses y entregándoselo a los hombres. El frío y el hambre por fin domesticados. La ciencia, la técnica, el progreso…

—Y el horno microondas y la vitrocerámica. Menuda blasfemia.

—Por confort, eficacia y ahorro de tiempo. Los pilares de la libertad individual.

—Y del negocio. Tú lo que quieres es mercadeo, que nadie cocine en la tradición y se vengan a tu restaurante imaginario a por la cultura de vanguardia. ¿Degustar, refinamiento? Escasez y plusvalía. Darías un garbanzo con dos hebras de morcillo rociado de caldo a degustar para ahorrarte los cubiertos y de paso todo el cocido.

Sus diferencias desaparecieron ante una assam laksa impecable con su copete verde jade y los oscuros y suculentos char kwai teow que les trajeron.

De paseo, de vuelta a la pensión, vieron cómo un dependiente enfundado en guantes, machete en mano, abría con quirúrgica precisión un espinoso durián. El olor intimidante como a carne putrefacta, la apariencia cremosa, goteando sobre las papilas gustativas de Manolo y el bulbo olfatorio de Adrián.

—El rey de las frutas, una auténtica paradoja. Comer durián es como tomar un postre delicioso en una fosa séptica.

—Mi vida por un durián.

Habían aterrizado semanas atrás en Singapur con dos mochilas y apenas treinta años. Un viaje gastronómico y hedonista por el sudeste asiático no podía obviar la oportunidad de empezar por Singapur.

Los primeros días fueron un abrir la boca y no poder cerrarla, no tanto por lo gastronómico sino del pasmo provocado por el delirio vertical, imperial, casi genital, de rascacielos espejeantes de formas afiladas, cilíndricas, abovedadas, majestuosas, que acabaron por destrozarles las cervicales. Miles de espejos reflejando los contornos del cielo y el infierno hermanados en un mismo sueño de prosperidad. El rutilante skyline reflejado en la bahía surcada por barcos de luces rojas, entre vaporosas nubes bajas, hacía del paisaje pixelado un ensueño futurista. Entre las vísceras ocultas de esa ciudad de diseño hipercapitalista, miles de aires acondicionados trabajaban a todo trapo, fundidos como relojes de arena dalinianos, ahuyentando el bochorno tropical del asfalto recalentado y ofrendándolo a la capa de ozono.

Las gafas de sol plateadas de Adrián reflejaban el tráfico ostentoso de coches de gama alta, deportivos y brokers de Armani cruzando la acera estrecha pero impoluta. Ante tamaña redefinición de lujo asiático, Manolo no pudo más que descubrirse la calva incipiente estrujando la indispensable gorra entre las manos como un paleto recién llegado al futuro:

—Madre mía, no saben qué hacer con el dinero.

Singapur era un paraíso financiero, y como todo paraíso custodiaba en su centro un secreto tan evidente como inconfesable: el horror del mundo.

—Adrián, la ciudad perfecta está a punto de darme grima. Esto sólo se puede arreglar con un Singapur Sling en el Raffles. Puestos a ser cínicos, que sea con estilo.

El Raffles era un lujoso hotel decimonónico donde la intelectualidad y la diplomacia occidental se habían permitido desde tiempos inmemoriales el dudoso lujo bohemio de beber hasta caer sin sentido sobre alfombras de Kashgar. En el Raffles podrían abandonar el neocapitalismo y sumergirse en el viejo y colonial, jugar a ser Sommerset Maugham o Joseph Conrad.

Recostado en la maciza barra del Long bar, Manolo sorbía con una pajita el célebre cocktail sin mucho entusiasmo, la mirada perdida entre los ventiladores en forma de pay pay del techo que no conseguían disipar el rancio olor a colonialismo inglés del mobiliario, y mucho menos la calima tropical.

—Sabía mejor en mi imaginación. ¿Y esta chufa cuántos dólares dices que cuesta?

—Olvídalo, hoy invito yo.

Al segundo Singapur sling, seducido por la suave complejidad del cóctel escarlata y por el trancazo de la ginebra, el kirsch, el Cointreau y el Benedictine, Adrián se puso estupendo.

—Tú no lo entiendes, Manolo. Esta ciudad busca su identidad mirando al futuro con astucia. Sabe qué lugar ocupa en el mundo. No como la vieja Europa, viviendo en las sobras de un sueño nostálgico.

—Pero qué dices. Los oligarcas de aquí son como los europeos de antaño, unos malditos saqueadores. Éste es otro sumidero al que dirigir la pasta gansa sangrada a los países vasallos por la ruleta metódica y especuladora de las deudas nacionales. Aquí se esconden y amasan fortunas gracias a las condiciones de opacidad que ofrece un bonito paraíso fiscal. Rojo o negro la banca gana y con ella todos los gorgojos del silo.

—Déjate de análisis marxistas trasnochados. El mundo de hoy ofrece nuevas oportunidades. Hay que aprender a innovar. Todos llevamos un creativo dentro. Pero para emprender hay que querer trabajar duro y arriesgarse.

—Éstos —levanta la voz Manolo, sanguíneo, en equilibrio precario sobre el transpirado skay del taburete, señalando a la exclusiva y multirracial concurrencia con un dedo regordete acusador, a punto de derramar el cóctel— viven a todo trapo gracias a los trampantojos financieros. No cultivan ni producen nada, sólo dinero. —Adrián lo mira con resentimiento—. Según tú, están los emprendedores mierdecillas de tres al cuarto llamados a perder pero necesarios para que se haga juego, y luego están los genios creativos de la hostia como tú.

—Voy a revolucionar el mundo de la cocina.

—No me hables de revoluciones. Solo hay una revolución pendiente. Como diría Gramsci: madre no hay más que una. Genio y ganador no son sinónimos. No gana el talento, gana el que sabe dónde caerá la bola porque se trabaja al croupier. La única forma de ganar a la ruleta es robar la mesa.

—¿Eso es de Gramsci?

—Eso es de Einstein. Un genio como tú.

—Cómo se puede ser comunista y tragón al mismo tiempo. Si es de lo más burgués esto del sibaritismo.

—De sibarita nada. El buen comer es también marca de clase. ¡Cocina popular! ¿Es que hay otra? No se habrán meado generaciones enteras de proletarios en la sopa de tortuga de la señora marquesa. Sólo se come bien entre pucheros.

La medianoche, el carraspeo y las oblicuas miradas del barman pusieron fin a la charla alcohólica. Al día siguiente les esperaba un día de lo más exigente, el segundo círculo del viaje gastronómico. Sus planes no pasaban por visitar el afamado zoo, ni montarse en las montañas rusas del Universal Studios. Montañas de fideos en un mar de sopa era lo que estaban buscando. Asistir al espectáculo matutino de la fiebre por comer bien del chino de clase media.

—Míralos, ya están trasegando desde primera hora de la mañana. Esto sí es cultura.

Manolo sorbe fideos como un chino más. Los malayos prefieren desayunar un nasi lemak, arroz cocinado en leche de coco y especias acompañado de anchoas secas, cacahuetes fritos y salsa sambal. Adrián se conforma con un par de roti hechos al momento muy suaves y untuosos, casi al punto de cruasán, y los acompaña de un espumeante kopi tarik, café tirado, demasiado dulce, demasiada leche condensada.

—Está riquísima —exclama Manolo levantando la cabezota y los palillos del bol como una morsa, con el bigote chorreante de sopa—. Los chinos sí que saben.

—Y éstos aún más. Como los de Malaca y Penang. Son peranakan, chinos de los estrechos. Llegaron y se mezclaron con los malayos…

—Tú sigue con la master class que yo ahora mismo voy a por un pato hainanés —dice dirigiéndose a los puestos de cocina del hawker con las fosas nasales bien abiertas, como antenas parabólicas.

Manolo volvió con un pack de pato completo, cabeza incluida.

—¿Te vas a comer la cabeza? ¿Para desayunar? Qué asco.

—No tienes ni idea.

Manolo, transmutado en Rhett Buttler, sujetó la cabeza degollada del pato Scarlett O’Hara por el cuello y, abriéndose paso con sus labios entre el pico del ave, buscó la codiciada lengua hasta que sus dientes consiguieron apresarla. Tiró de ella y la arrancó de cuajo.

—Un beso romántico, sí señor

Adrián simuló unas arcadas y se concentró en los aromas, la delicada, blanca y suntuosa carne de la pechuga del pato de piel fina y con poca grasa, bañada en el caldo de cocción y aderezada con soja dulce, ajo, jengibre y especias.

Pasaron el resto del día peinando el centro de Singapur en busca de más restaurantes y mercados callejeros. Por Chinatown, por Little India, por los alrededores de Arab Street, obviando la occidentalizada zona del Clarke Quay. En Singapur, todas las culturas presentes en Asia cuentan con eminentes templos consagrados al culto a sus dioses, a sus finanzas y a sus platos tradicionales.

—La multiculturalidad es una realidad por estos lares. Fíjate que en esta bocacalle hay una pagoda al lado del templo hindú y a pocos metros una mezquita.

—Y un bistró y una hamburguesería al doblar la esquina.

Se detuvieron a contemplar el frontispicio del llamativo templo indio, un batiburrillo de figurillas falleras representando escenas del Mahabarata.

—Vámonos que me estoy mareando con tanto colorín y tanto Shiva danzante. Hasta he visto un enano panzón azul con cabeza de elefante y calzoncillos rosas.

—El dios niño Ganesh… Digas lo que digas esta ciudad es un ejemplo de convivencia. Todo es cuestión de organización y respeto y hay oportunidades para todos.

—Eso díselo a los inmigrantes indios trabajando a destajo, levantando esos rascacielos que tanto admiras por cuatro duros.

—Peor lo tenían en Bangladesh, ¿o no?

—Tú es que eres idiota, macho.

El resonar de tambores ahoga las protestas de Adrián. Una comitiva de majorettes desfila por la calle acompañada de cabezudos y pajes con sombrero triangular enfundados en pijamas azules que en realidad son trajes, unos portando estandartes blancos, otros dándole a una especie de pandereta metálica y los últimos tirando de un altarcito con un ataúd y un retrato del finado. Una comitiva profesional encargada de acompañar a los familiares a la salida del rito en la pagoda para amenizar el funeral.—¿De veras es un funeral? Parecen más bien las fiestas del barrio. Si hasta tiran petardos.

—Ahuyentan a los malos espíritus. Hay que ser enrollado con los muertos y ofrecerles de todo y lo mejor, que se ve que los fantasmas chinos tienen muy mala leche.

—Yo sí que empiezo a estar de mala leche. Hora de apretarse el famoso cangrejo a la pimienta negra.

—Ni hablar. Conmigo no cuentes. Son cangrejos de Alaska o, más baratos, de Canadá, que mantienen secuestrados en barreños a temperatura ambiente de aquí, no les hará falta hervirlos. Yo de ti me marcaba otro objetivo.

Llegaron al famoso hawker de Maxwell, en el distrito chino, a la hora propicia. El mercado estaba animado pero aún no se habían formado colas inabordables, y parecía haber sitios libres donde sentarse a comer. Manolo inició un estudio de mercado. Daba vueltas por el recinto analizando minuciosamente la oferta de los puestos más concurridos, escrutaba los platos más demandados observando y catalogando las decisiones de cada cliente con ojo antropológico. Adrián esperaba compartiendo mesa con dos ancianos sonrientes. Era consciente del error cometido, pero no había mesas libres disponibles. Tarde o temprano le tocaría lidiar con la curiosidad de los viejos. Enfrentarse al habitual y obligado protocolo de intercambio de impresiones y hospitalidades entre nativo y turista. Adrián miraba nervioso a su alrededor en busca de Manol en un intento de rehuir las miradas cómplices de los vejetes, hasta que la insistencia de éstos los hizo insoslayables. Le preguntaron de dónde era y si le gustaba la comida sin dejar mucho margen a la respuesta. Se animaron a pronunciar paella, fútbol, toros, flamenco. Los ancianos aprobaron la elección de platos que Manolo iba trayendo mientras Adrián lidiaba con el inglés singapurense, de fonética especiada con giros malayos y cantoneses.

—¡Ah! Wantan mee. Bien, bien… —dijo uno de los abuelos, asomando las narices al último plato todavía en manos de Manolo.

—Sopa de fideos y wantan. Es un plato muy popular aquí, ¿no? —dijo Manolo con las gafas cegadas por el vaho de la sopa, mientras procuraba no derramarla sobre el anciano fisgón.

Comer una nube del cielo, eso significa en cantonés. Plato muy equilibrado, en paz con las fuerzas del universo. Puede parecer un plato modesto, pero la preparación está basada en la interpretación de la naturaleza según los dictados del yin y el yang. —Al tiempo que hablaba, el abuelo más enjuto dibujaba símbolos taoístas en la fórmica de la mesa, untando su índice huesudo en salsa de soja oscura como un poseso, mientras el otro vejete asentía risueño y desdentado, deshaciéndose en mil arrugas—. Todo fenómeno tiene un opuesto y de esta contraposición surge la harmonía, el equilibrio dinámico entre contrarios que se resuelve en una síntesis que no puede atribuirse a la suma de las partes sino a su interacción.

Los símbolos se arremolinaban sobre la fórmica y eran barridos por la manga del abuelete sin remilgos a medida que progresaba en su discurso, la sopa dejada a un lado, y Adrián y Manolo con los palillos en suspenso y la boca abierta entre la estupefacción y las ganas de hincarle el diente a lo que fuera de lo que había traído Manolo.

—Sí, sí —se arrancó jovial el abuelo menudo con una voz atiplada y siseante—, por eso los alimentos yin son oscuros, suaves, húmedos y fríos, blandos o esponjosos y elásticos y en cuanto al sabor, picantes o dulces. Ji, ji.

—Sí, claro —saltó un Adrián medio ofendido—, conocemos los principios de la macrobiótica…

—No, no —replicaba el abuelo enjuto tirándose de la deshilachada barba—. El Tao dice «el que se acredita a sí mismo no se esclarece». Yin es femenino, la fuerza expansiva asociada a la noche y la oscuridad.El abuelo menudo se levantó de un salto y se arrancó en una suerte de baile alrededor de Adrián y Manolo, con revuelo de mangas y faldones de su túnica a la escasa brisa del local, mientras seguía con la recitación de las características de los alimentos.

—Ja, ja, ja. Los alimentos yang son ásperos, granulados o fibrosos, claros, cálidos, secos y duros o crujientes y en cuanto al sabor, amargos, ácidos o salados. —Esto último lo cantaba ya con un dumpling robado en la boca, el último de un platito que Manolo había situado estratégicamente a su vera, fuera del alcance de Adrián.

—¡Pero bueno!

—El yang es masculino. —El abuelo enjuto agarró a Manolo por un brazo, obligándole a permanecer sentado, mientras le alecciona con el índice de la otra mano ante sus narices—. La fuerza contractiva asociada al día, a la luz y el calor. Las características de los alimentos evocan a las de los cinco elementos que componen el universo. —Golpeando la mesa—. ¡Madera! —Arrancándole una llama a un mechero salido de su manga de prestidigitador—. ¡Fuego! —pateando el suelo con fuerza hasta arrancarle el polvo—. ¡Tierra! —Arrojándole unas monedas a Adrián. —¡Metal! —derramando un vaso con un golpe de manga multiusos—. ¡Y agua!

Y al oído de Manolo, el otro terrorífico vejete:

—De ahí los cinco sabores: picante, amargo, ácido o agrio, dulce y salado —decía mientras agarraba el bol de sopa y acababa con ella de un solo sorbo, fideos incluidos, ante un Manolo estupefacto—. Los cinco sabores se relacionan con los cinco órganos: corazón, pulmón, riñón, páncreas e hígado.

Esta vez es Adrián el que recibía. El anciano demonio enjuto lo golpeó en cada órgano con precisión de acupuntor y fuerza de púgil a ritmo de recitativo:

—También son cinco los colores —que circulaban en las retinas de Adrián a cada golpe—: verde, amarillo, negro, rojo y blanco.

—¡Ya basta!

Se levantó de un salto furibundo Manolo, y rápidamente los dos ancianos volvieron con revuelo de faldones y mangas a sus puestos, modositos como dos escolares frente a su pupitre después de ser pillados en una diablura.

Manolo miró a su alrededor. Nadie parecía haberse percatado de nada.

—Vámonos Adrián, estos tíos están locos y son peligrosos.

Mientras se alejaban del mercado y del barrio chino a buen ritmo, Manolo tirando con paso decidido de un Adrián en semiestado de shock, un eco como salido del averno les conminó a no olvidarse del Tao, a no oponerse a la naturaleza de las cosas.

Aquella noche, en su albergue del Clarke Quay, trataron de relajarse y olvidar la surrealista escena de la cena. El viajero independiente siempre está más expuesto a los locos locales que los turistas guiados y, por supuesto, que los propios nativos, conocedores de los códigos.

—De todos modos Manolo, lo que decían tenía sentido. Comer es per se un acto curativo o armonizador en el que se expresan los elementos en el universo. Hay que tomar en cuenta los aromas, sabores, colores y efecto nutritivo de los alimentos en cada plato, buscando siempre la armonía con el cuerpo y el espíritu del comensal y las circunstancias en las que la interacción tiene lugar. También la cocina más vanguardista defiende estos principios, junto con principios fisicoquímicos, neurobiológicos y antropológicos. La cocina es una ciencia no exenta de filosofía, y en este sentido, el Tao…

Manolo intervino a tiempo para evitar una sesuda conferencia sobre la convergencia de principios del Tao con los de la astrofísica y el psicoanálisis en la cocina de vanguardia.—Déjate de tanta monserga. Como dice el Tao de mi pueblo, el Ta Gus Tao, en el comer y el cagar, todo es empezar. Adrián, hay que largarse de aquí.

—Tioman nos pilla cerca.

—Ni hablar. Las islas son sinónimo de comida escasa, mala y cara. Y encima no se puede huir. Las playas paradisíacas, por muy bonitas que las pinten, son una encerrona donde se pasa hambre.

—Un restaurante del máximo nivel en una cala aislada; una excelente combinación.

—Ca-ro ¿has oído? Además Tioman, por muy isla malaya que sea, estará a reventar de singapurenses. Ya hemos tenido bastante.

—¿Entonces?

—Malasia costa oeste, palabra llana de tres sílabas. Ma-la-ca.

Malaca había sido uno de los principales puertos comerciales del sureste asiático. Lo que fue antaño un pequeño y humilde pueblo de pescadores se convirtió con el tiempo en un puerto estratégico de acceso a las especias indonesias. Los portugueses, los holandeses y los ingleses se disputaron durante siglos este valioso enclave a medio camino entre la India y China. Los avispados comerciantes chinos se instalaron en Malaca y se mezclaron con los malayos autóctonos dando lugar a la cultura baba o nyonya, también llamada peranakan. Los chinos de los estrechos. Para los británicos Malaca, la isla de Penang y Singapur nunca dejaron de ser un área de influencia comercial y financiera, manteniendo a raya tanto a malayos como a chinos para la salvaguarda de sus intereses. En lo cultural y, por encima de todo, en lo que a gastronomía se refiere, los peranakan son los dueños de Malaca, su verdadera esencia. Hoy Malaca vive principalmente del turismo. Con la restauración del abundante patrimonio colonial, el centro histórico ha adquirido un aire artístico y bohemio, y un toque chic proporcionado por las selectas shophouses, anticuarios, boutiques y joyerías que se han abierto paso entre los numerosos bares y restaurantes de Jonker Street y aledaños. Precisamente al mercado nocturno de Jonker St. se dirigían Manolo y Adrián, cuando el barullo y el ajetreo formado frente a la pagoda de Chen Hoon Teng les atrajo hasta el ritual de oraciones y ofrendas a los antepasados que tenía lugar en su interior.

Era el mes lunar propicio. Se celebraba el festival de los fantasmas hambrientos. Era la hora de dar de comer al difunto abuelo, marido o mujer, de proveerlos de todo aquello necesario en el inframundo, y lo hacían mediante ofrendas reales o simbólicas, de papel y cartón, quemadas junto con un buen montón de incienso para que el muerto las recibiera en el infierno chino. Los familiares colocaban con delicadeza sobre el altar velas, fruta, papel de oro con inscripciones, y aquellas insólitas ofrendas en forma de packs del infierno que el humo, emisario intramundano, llevaría metempsicóticamente hasta el infierno donde el abuelo las esperaba con impaciencia.

—Qué putada. Incluso los muertos necesitan pasta. Fíjate en las ofrendas, Adrián. Este pack de supervivencia en el infierno trae pijama de rayas, Rolex de oro, visa y móvil, además de petaca de whisky y un lingote de oro. No veo yo mucha diferencia entre su infierno y nuestro mundo. Claro que con un buen par de fajotes de este dinero del infierno mi pobre abuelo podría vivir allí a todo trapo. Cualquiera querrá volver al tajo.

—No te creas. Están locos por salir. Según sus creencias casi todo es pecado y el infierno, complejísimo, lleno de torturas chinas, se les ha masificado. Lo pasan fatal, sobre todo los fantasmas hambrientos. Son pecadores de gula, lujuria o avaricia castigados con grandes estómagos y una boca tan pequeña que no pueden ingerir alimentos. Siempre tienen hambre y frío o mucho calor.

—Vaya, como yo. Tener siempre hambre y no poder saciarte nunca. Un deseo perpetuo insatisfecho… Imagino que para un chino debe de ser lo más horrible de mundo. —Por eso los fantasmas chinos tienen tan mala leche. Sólo cuando se abren las puertas del infierno y se les permite vagar por tierra tienen posibilidad de mejorar su karma y acceder al cielo, o a la reencarnación si sus descendientes los ayudan con oración y adoración.

—Fíjate, tienen vacaciones del infierno, en lugar de un infierno de vacaciones como los currantes vivos con familia numerosa.

—Lo mejor es que ahora las puertas del infierno están abiertas. Estamos en el mes de los fantasmas hambrientos. Durante este mes los familiares rinden un intenso culto a los antepasados. Por eso hay aquí este llenazo. Están acojonados porque a lo largo de todo el año se les olvidó darle de comer al abuelo o ya hace dos años que me lo tienen en el infierno con el mismo pijama. De hecho no se conforman con traer las ofrendas más suntuosas a la pagoda. También se organizan banquetes opíparos en las casas, en los que se dejan sillas vacías y comida abundante para los antepasados y para los fantasmas hambrientos huérfanos. Éstos, como no tienen descendientes, van como locos puteando a todo el que pillan y los chinos les tienen más pánico que compasión.

—¿Y tú cómo sabes todo esto? Ahora va a resultar que eres un experto en ciencias ocultas chinas.

—Me he leído los paneles de la entrada, donde pone Festival de los fantasmas hambrientos en grandes letras y en inglés, listo. Agradéceme el resumen.

Antes de abandonar la pagoda, Manolo y Adrián se quedan observando en silencio a un chino de clase media rezar con fervor frente al altar, con tres palitos de incienso entre las palmas de sus manos.

—Me apuesto lo que quieras a que está pidiendo pasta.

—Despierta, Manolo. Como lleguemos tarde otra vez nos perdemos el dim sum. Que hoy es domingo y los turistas de Singapur arrasan con todo. Ya nos quedamos ayer sin.

—Joder, es demasiado temprano para comer, incluso para mí…

Manolo, que se había pasado toda la noche masticando entre sueños, amaneció extenuado con las mandíbulas molidas. Desperezándose en la cama, intentaba descargar imágenes de dim sum en la cabeza para motivarse.

En el local más conocido de George Town, famoso por su dim sum, no cabía ni una aguja. Los bollitos, dumplings y rollitos de pasta de arroz humeantes del dim sum eran paseados por el restaurante en un carrito entre la concurrencia, presumidos en sus canastitas metálicas de paseo, expatriados de las grandes canastas de bambú de la entrada del local, donde se mantenían calentitos y apretujados como pollitos bajo las posaderas de mamá gallina. Bollitos al vapor con sorpresa dentro, vegetales, carnes asadas, incluso caldo, que en opinión de Manolo estallaban en la boca como bombas de sabor mil veces mejores que cualquier esferificación. Algunos dumplings se servían en coloridas raciones surtidas, acompañados de té caliente. Parecían de juguete. Tan apetitosos a la vista que Manolo y Adrián no tuvieron reparo alguno en detener el carrito con el pie, desmantelar la paradita y dejar a sus vecinos de Singapur sin dim sum, vengándose del agravio de los días anteriores.

Después del opíparo vermú, con el fin de estirar las piernas y expiar el pecado de gula, decidieron visitar un templo budista al otro lado de la ciudad.

—Manolo, deja ya de jugar con el incienso, que nos van a llamar la atención.

—Déjame anda, que yo ya soy en espíritu medio chino.

—Tú solo quieres ser chino por la comida. Me apuesto un millón de dinero del infierno a que ahora mismo estás pidiendo al cielo chino un helado chendol.

—Hmm… —Manolo se proyectó la montañita de hielo picado y verdes fideos gelatinosos de pandam bañados en leche de coco y lo aderezó a su gusto con semillas de Ginko y otros caprichos almibarados—. Lo hago por los dos, cariño. Qué sería de nuestro viaje sin haber descubierto ese gran postre…

Los espíritus no sólo desatendieron las plegarias de Manolo. La ira desatada de los dioses los iba a castigar por su osadía, por su arrogancia, por listillos y viciosos, con varios días de lluvia intensa.

—El monzón de las 18.30 nos ha dejado otra vez sin cena decente —dijo Adrián, mirando malhumorado por la ventana de la habitación la cortina de lluvia que caía sobre el asfalto—. Todo el santo día lloviendo.

—Ahora sí que me comería esa tortilla de ganchitos con la que me obsequiarás de vuelta a casa cada vez que acabes con mis reservas de fabada asturiana. ¿Se te ocurre algo ahora, gran chef?

—Deconstrucción de galletas de coco —dijo Adrián, mostrándole a Manolo las galletas desmigajadas del fondo de la caja—. Es todo lo que nos queda.

La lluvia seguía impenitente. Aprovecharon un momento de aparente tregua, durante el cual la cortina de agua parecía más diáfana, para salir resueltos a meterse en el primer restaurante abierto. Sin embargo al poco rato el monzón volvía a arreciar con fuerza, una lluvia intensa y fina como agujas del cielo sobre el sucio asfalto del mundo. Evitando charcos y buscando cobijo del aguacero, acabaron por perderse en el entramado de callejuelas del centro histórico. Resguardados bajo un soportal, empapados, avistaron a través de la cortina de agua su tabla de salvación, un restaurante al otro lado de la calle que en anteriores escarceos gastronómicos les había pasado misteriosamente inadvertido.

—Con un poco de suerte estará especializado en cocina ñoña chinomalaya.

—Mientras no sea la cocina moña que tú me haces… Me conformo con unos noodles, aunque sean de sobre.

—Mejor una sopa.

—Para sopa yo mismo.

No era momento de debatir si los fideos con wantan eran mejores en sopa o servidos secos con el bol de sopa aparte.

—¿Y un curry?

—Mejor corre. Vamos a cruzar.

Manolo y Adrián irrumpieron en una sala enorme y silenciosa, casi vacía, y se sentaron en una mesa cualquiera, redonda. Un desaliñado camarero les trajo desganado una carta y se esfumó. Como ocurre en la mayoría de restaurantes chinos tradicionales, la carta estaba estrictamente en chino.

—¿Qué tal vas de palitos? —Manolo escrutaba los ideogramas con creciente desasosiego—. ¿Identificas algún palito aunque sea de pollo? Algo que se apegue al riñón, no estoy para sutilezas.

—Habrá que preguntar, en inglés o en onomatopeyas. Prepárate a cacarear, mugir, balar, gruñir… Me temo que no vamos a poder pedir pescado.

—Vaya, a mí lo que mejor me sale es el rebuzno… ¡Camarero, por favor!

Los camareros salían de la cocina cargados y pasaban a su lado, ignorando las demandas de atención de Manolo. En un rincón de la penumbra, al fondo de la sala, se sentaba un anciano chino barbado, con la cabeza pequeña y pelona como de alfiler, al que servían un montón de platos sin que él aparentemente hubiera movido un dedo para ordenarlos.

—Debe ser un capo de la tríada. Qué pinta tiene todo lo que le traen. Me gustaría saber lo que come. —Manolo escanea la carta en busca de alguna señal, algún indicio—. Estoy por levantarme, ir hacia allí y señalarle al camarero todos los platos de su mesa.—Con ese montón de comida seguro que el viejo está en su última grande bouffe, seguro que ha decidido morir comiendo. Mira, aquí tenemos al camarero. Démonos prisa por pedir antes de que el abuelo acabe con todo.

El dedo índice de Adrián señalaba ideogramas, estudiando la reacción del camarero.

No have.

—¿Y esto?

No have.

—Pues fabada asturiana, copón —dijo Manolo, abalanzado sobre Adrián, para señalarle al camarero un renglón cualquiera de la carta.

Yes, sir.

El camarero se retiró con reverencia incluida.

—¿Pero qué le has pedido?

—Coño, pues fabada.

Pronto les llegó el fragor de la cocina, que recibieron como quien escucha melodías celestiales, y al poco de ahí escaparon intensos aromas evocadores de grandes paisajes culinarios.

—Qué extraño. El olor me recuerda al de la preparación de un aire de naranja sobre lomos de salmonete.

—Pues a mí más bien a la cazuela de conejo a la cazadora de mi abuela. Vete a saber tú qué nos traerán.

Por fin se desveló el misterio. El camarero les trajo un bol muy grande y humeante que dejó reposar sobre el centro de la mesa. Manolo y Adrián se asomaron al unísono. Una sopa de fideos y wantan. Cegados por el vaporoso perfume de la sopa, un sentimiento de oceánica beatitud y comprensión universal los atrapó. La vida entera pasó en un instante por delante de sus ojos extáticos. Un aroma intenso, casi sexual, almizclado, como a hembra en plena berrea.

—¡Qué fragancia tan afrodisíaca!

No podían creerse la delicadeza contundente de aquella sopa, que a vista de pájaro parecía un paisaje natural que no se atrevían a alterar. Palillos en mano asistieron sobrecogidos a aquella epifanía de montañitas de char siew, cerdo asado, abrazado por unos fideos frescos hechos a mano, rodeados de la vegetación del cai xin, col china, y asomándose desde las profundidades desconocidas los wantan como nubes algodonosas que traían un cielo de primavera, reflejado en un plácido y templado mar de sopa.

Un wantan resbaló entre los nerviosos palillos de Manolo mientras hacía equilibrismos para llevárselo a la boca. Un wantan perfecto, firme, sin fisuras, de delicado relleno de carne de cangrejo y cerdo, marinado con vino de arroz en su justa medida. Suspiró. Efectivamente era como tragarse una nube del cielo.

Adrián masticaba con los ojos cerrados, dejándose invadir por el aroma y sabor a buena pimienta negra que le estimulaba las papilas y la salivación. El caldo profundo y sabroso y a la vez claro y ligero, satinado, sin lunas de aceite, fragante, aromatizado con polvo de cinco especias, hizo que saliera el sol en su pecho húmedo de sudor y lluvia. Una descarga de placer recorrió todos los nervios de su cuerpo. Casi un orgasmo. Sus ojos, un mar de lágrimas ahogados en agradecimiento, engullidos por la felicidad. Como si la sopa fuera una ballena y él Jonás.

—No está mal —dijo Adrián enmascarando su gozo, a ver si Manolo aflojaba la cadencia de cuchara.

—Cómo que no está mal. Ésta es la mejor sopa que he comido en mi puta vida.

—Quizás le falta un poquito de jengibre.

—Maldito imbécil. Pues deja que me la acabe yo.Comieron de la misma sopa, marcándose de reojo como dos remeros de alta competición, esgrimiendo sus cucharas en busca del último wantan, casi extenuados en la neblina del caldo.

El camarero volvió para retirar los cuencos y limpiar la mesa, con una solapada invitación a pagar y largarse.

Good?

—Que si está bueno, macho. Eres la mujer de mi vida. Cásate conmigo.

Adrián gesticuló lo suyo para dar a entender que quería felicitar al chef, con secreta intención de colarse en la cocina y dar con los secretos de la bendita sopa. El camarero, atrapado por la insistencia gimnástica de Adrián, terminó por comprender y señaló al abuelo del fondo de la sala, que aún picoteaba desganado de su bien surtida mesa.

Manolo y Adrián se levantaron, se acercaron a su mesa y saludaron ceremoniosamente. El abuelo los miró desde un cansancio centenario, desde unas ojeras severas surcadas por la afilada navaja del tiempo, y fueron invitados con un gesto amable y misericordioso a sentarse en su mesa. Sorprendentemente el abuelete hablaba un inglés impecable, casi de college británico, que delataba un origen pudiente. Seguramente pertenecía a una de las grandes familias de comerciantes ñoña de antaño, reducida ahora la estirpe por una suerte de maldición sobre aquel abuelo de cabeza minúscula y vientre abultado bajo la túnica llena de lamparones, y la hacienda reducida a aquella cochambre de restaurante de cocina prodigiosa. Les sirvieron un té de cortesía. Al intento por parte de Adrián de sonsacarle la receta a base de lisonjas, el abuelo atravesó la pared con la mirada, como si la sola mención de la sopa hubiera abierto las puertas del infierno. Una lágrima surcando su mejilla lo devolvió al mundo de los vivos, cuyos únicos representantes en el restaurante parecían ser Adrián y Manolo. Miró a los dos tembloroso, los ojos cenizos en brasas reavivadas, y escupió más que dijo con voz agria que la sopa era un fraude.

—Pues si es de bote díganos de dónde los saca.

—Vámonos Adrián. Le estamos ofendiendo. Como se enfade el capo van a hacer char siew con nuestras pelotas.

—No, no, no es eso. La sopa es una maldición.

Se arrancó el abuelo en una extraña diatriba en la que se acusaba de haber querido apoderarse del alma de la sopa a toda costa y de haber pagado un alto precio por ello. La sopa que se servía en el restaurante era una imitación insulsa, desalmada, de la madre de todas las sopas.

—Era un manjar sublime. La sopa definitiva. La sopa perfecta —dijo poseído, golpeando la mesa con el puño. Luego recostó la cabecita sobre la mesa, los brazos cruzados debajo, como si quisiera dormirse y así acariciar esa sopa con el recuerdo.

—Otro loco, Adrián. Debe de ser el cilantro. Les acaba afectando. Eso o estamos en racha.

—Calla, deja que hable.

Muerto, muerto, muerto, esperando el fin que nunca llega… parecía decir entre sollozos con los ojos ausentes, abismado en su propia locura, como si Manolo y Adrián no estuvieran allí plantados, como si hablara con su sombra o con un fantasma enfadado que le pedía explicaciones.

—Yo era entonces muy joven, un estudiante, un ignorante, que viajaba por el país con un petate al hombro y la ambición de conocer los secretos más recónditos de la cocina ñoña…

»El azar me condujo una tarde de lluvia a una aldea solitaria de apenas cuatro cabañas cerca de una plantación de caucho abandonada, medio invadida por la jungla. Pedí albergue y me señalaron una casucha. En lo alto de la colina me recibió un adefesio de anciana ansiosa por acogerme, en contraste con la indiferencia de los pueblerinos. Nunca olvidaré aquella figura oronda de cabeza pequeñita y profundos ojos oscuros buceando dentro de mi alma, aunque era ciega. Tenía una sirvienta muda, Xiu Li, que en todo la obedecía.

»Aquella noche tormentosa, sentado en la cocina —proseguía—, no era todavía consciente del vuelco que daría mi vida. Un viento oceánico rugía amenazando con astillar las contraventanas, colérico, ciclónico, arremolinando hojas en espirales furibundas que se deshacían al estrellarse contra el portón del albergue. Xiu Li me sirvió la cena, una sopa, entre sonrisas de aprobación y bufidos de satisfacción de la vieja bruja. Cuando percibí la fragancia de la sopa y me llevé la primera cucharada a la boca, el universo entero se deshizo en mi paladar. La segunda cucharada matizó la primera. La sensación de estar ahí, por entero, desde siempre, junto a las cosas que ya no eran cosas, en paz y profunda comunión.

»Aquella noche, mientras yacía ensoñado con el recuerdo bien vivo de la sopa, Xiu Li entró en mi habitación, silenciosa y bellísima. Hicimos el amor hasta despuntar el alba. Cuando a media tarde desperté entre calenturas y sopores, confundí lo acontecido —la sopa y Xiu Li— con un efecto de la fiebre. Sin embargo, todo volvió a suceder de nuevo. El éxtasis de la sopa y Xiu Li. La fiebre y el olvido al despertar. Y así día tras día. Perdí la noción.

»Lo más sorprendente era que la abuela, cada día más risueña, parecía rejuvenecer. Como barridas por la marea desaparecieron las arrugas de su rostro y sus mejillas se llenaron, el vientre se le deshinchó y parecía hasta bella. Tal era el efecto de la sopa en mi mente y así me nublaba el entendimiento.

»Una mañana, no sé cómo, conseguí huir. Corrí, corrí hasta desfallecer, lejos de mí. Atravesé la jungla sin mirar atrás, flagelado por las ramas, arañado en mejillas, brazos y piernas. Cuando rompió a llover, me detuve con el pecho agitado bajo un maltrecho cubierto de madera y vi a un hombre acercarse corriendo, en busca de cobijo. Me preguntó de dónde venía y dónde me hospedaba, pues no recordaba haberme visto antes. Le hablé de la aldea cerca de la plantación de caucho y del albergue de la abuela, y el hombre me miró asustado. Tal lugar no existía más que en las leyendas de fantasmas. Me tomó por loco y se fue calándose hasta los huesos. Di vueltas y vueltas bajo la lluvia y acabé delante del portón del albergue. La abuela me dio la bienvenida y me preguntó si me había gustado el paseo. La sopa y los besos ardientes de Liu Xi me quitaron el frío y restañaron mis heridas. Aquella noche me confesó que temía que la hubiera abandonado para siempre. Entre besos y abrazos interminables nos prometimos huir juntos. Confabulamos un plan. La cada vez más exultante joven vieja parecía no quitarnos los ojos ciegos de encima. Una noche de luna de sangre lo conseguimos. Huimos dejando atrás aquella casa maldita que parecía desmoronarse como un castillo de naipes a nuestras espaldas.

»Nos vinimos a vivir a Penang, pero mi familia no aceptó a Liu Xi, una simple sirvienta. Pedí lo que me correspondía como hijo mediano y abrimos el restaurante. Xiu Li era una gran cocinera, no en vano había servido a la sabiduría milenaria de la vieja. Nuestro restaurante pronto se hizo popular en la ciudad. Pero cada vez que Xiu Li preparaba la sopa se debilitaba, envejecía. Dejó de preparar la sopa en el restaurante y pronto la clientela nos olvidó. Xiu Li preparaba la sopa sólo para mí, por amor nunca quiso negarme ese placer. Xiu Li se consumió rápido, ardió intensamente como una estrella fugaz y se apagó. Antes de morir era la viva imagen de la maléfica abuela que me sonreía desde el infierno.

»El dolor y la melancolía me atormentan desde entonces —concluía—. Nada me satisface, nada me consuela. No consigo comer, ni dormir y siempre tengo el frío húmedo de la muerte pegado a los huesos. He tratado de preparar la sopa en memoria de Xiu Li, siguiendo sus pasos uno a uno, rigurosamente, pero el resultado no es el mismo.

Los ojos abiertos del abuelo siguen mirando más allá de la pared, encerrados en alguna región etérea del inframundo donde viven los fantasmas, las almas en pena y el viento huracanado que despierta a los locos a medianoche para llenar de aullidos las calles.

—Menudo cuento chino. El tío está como un cencerro, pero tiene un restaurante de puta madre.

—Esa aldea legendaria supuestamente cae cerquita de aquí, ¿verdad? Un ferry y dos horas de autobús desde Butterworth, si no he entendido mal. Estaría bien hacer una excursión a las afueras y pescar algún plato por los pueblos, o al menos pasar el día haciendo hambre para la cena. Me gusta comer con un poco de hambre y como no hacemos más que comer… No soy un saco sin fondo como tú, Manolo. Yo necesito el vacío para concentrarme. Anda, di que sí. Será divertido.

Manolo y Adrián tomaron el ferry al día siguiente y el autobús de Butterworth, que los dejó en dos horas en una carretera en medio de ninguna parte, a media hora a pie de la supuesta aldea. Y allí estaban, tal y como les había contado el abuelo, cuatro cabañas maleadas por el paso del tiempo y en lo alto de la colina la casucha. En la Puerta todavía se podía leer guest house.

Una anciana de ojos oscuros arremolinados en un fondo gris les abrió la puerta. Manolo y Adrián se asustaron. La anciana sonriente los invitó a pasar con una reverencia. Manolo y Adrián se miraron incrédulos, entraron dubitativos y siguieron maquinalmente a la abuela por las escaleras hasta la habitación. La abuela les dio la llave y se retiró. Cuando Adrián cerró la puerta, la inquietud de Manolo ya se precipitaba escaleras abajo.

—Hostias Adrián, la abuela. Esto empieza a no tener gracia.

—Manolo, no seas infantil.

—Tío, la abuela, ciega. Joder.

—No seas irracional. El viejo nos tomó el pelo, copón. Un cuento chino, la típica historia de fantasmas para asustar a los niños. Manolo, que no te enteras. A sus ojos somos farangs, turistas de pacotilla de los que les encanta burlarse.

—¿Y las coincidencias?

—La conocerá de oidillas. Será una prima suya, yo qué sé.

El repicar de la puerta los sobresaltó. Una chica sonriente les traía toallas limpias. Se llevó la mano a la boca y a la barriga indicándoles por señas que en cuanto quisieran podían bajar a cenar.

—La sirvienta, joder. Xiu xiu.

—Xiu Li. Déjalo ya, anda. No seas pesado.

Bajaron y se sentaron en torno a la mesa dispuesta para la cena entre nervios de excitación, miedo y una pizca de cachondeo.

—A ver qué tal está la sopa y a ver quién se hace a la criadita esta noche. Mañana nos lo contamos, eh.

La abuela puso un humeante bol de sopa en el centro de la mesa, acompañada con té de crisantemo. La sopa era impresionante, indescriptible. El caldo era simplemente perfecto, rico en colágeno, a base de cerdo con raíces de loto y un toque herbal de hinojo. En la superficie se apreciaban perlas de aceite aromatizado con trufa. Los fideos eran elásticos y sedosos y cuando se sorbían con los labios fruncidos en forma de corazón avanzaban serpeantes, como una culebra en un arrozal, sin quedarse pegados a las mejillas, y del último cabo se les arrancaba un sonido como de cuerda de laúd. Los bocados de char siew eran un veteado mármol fragante, untuosos, melosos y dulces en su justa medida, y la salsa oscura de estilo malayo con la que se acompañaba la sopa era el contrapeso perfecto al cerdo dulzón, sorprendentemente suave y amarga. Y los wantan maravillosos, haciendo absoluto honor a su nombre, nubes del cielo. Se quedaron mudos, al borde del ataque al corazón, remando subyugados con sus respectivas cucharas hasta el fondo del abismo. Al terminar la sopa quedaron vacíos. El tiempo devino un sinsentido cósmico, una paradoja taoísta. Subieron a la habitación y se durmieron al poco rato cayendo en un sueño profundo, como hacía tiempo que no tenían. Manolo se despertó al día siguiente con una extraña sensación de amnesia. Adrián se desperezaba en la otra cama.

—Para mí que la sopa o el té tenían opio o algún rollo oriental, porque esto no es normal.

El albergue estaba silencioso. Bajaron al comedor con la esperanza de un desayuno ordinario, cuando se encontraron el cuerpo de la abuela tendido en medio del salón, muerta, y ni rastro de la sirvienta.

Comenzaron entonces los problemas con la policía, el calvario de interrogatorios con traducción incierta, la parsimonia de la embajada y, finalmente, el obligado punto final al viaje, repatriados una semana después.

Manolo se convirtió años más tarde en un reputado columnista en un periódico de gran tirada nacional. Adrián se dedicó a la innovación gastronómica, siguió viajando por Asia y América, a la caza de productos y saberes. De tanto en cuando, Manolo recibía alguna postal gastronómica kitsch desde Perú, Japón, Filipinas, con la presentación de algún plato regional. Un día, años después, recibió una invitación para la inauguración de un restaurante cerca de la frontera, en un pueblo costero, a tres horas de distancia en coche de la ciudad. Aunque nada en la invitación lo hacía sospechar, supo que se trataba del restaurante de Adrián, del gran proyecto revolucionario del que siempre hablaba de joven.

Manolo se puso sus mejores galas, incluso traje y corbata. Condujo todo el trayecto recordando con aderezada nostalgia aquel viaje inolvidable por el sureste asiático, cuando todavía no era un hombre cansado, escéptico, indiferente al horror del mundo.

Lo recibió un aparcacoches de uniforme. El párking estaba a reventar de coches de gama alta. La rústica entrada abría a un espacioso local de mesas bien dispuestas, orientadas a una pared de cristal que daba a una impresionante cocina, un laboratorio bien armado, un quirófano. La ambientación sorprendía. A espaldas de los comensales, los ventanales traían el rumor y los tintes del mediterráneo. El servicio impecable, exquisito. El trato personalizado del camarero, que por supuesto conocía su aperitivo favorito. La primera tapa: fabada asturiana deconstruida y esferificada. Se la sirvieron abriéndole una lata ante sus propios ojos. Contenía una sola judía que albergaba todo el sabor de la mejor y más genuina fabada asturiana. Finalmente ha optado por un restaurante de comida moña, como yo auguraba, pensó Manolo mientras le reía la gracia a la segunda tapa: una tortilla de lo que parecían ganchitos.

—El plato fuerte viene ahora, Don Manolo. Preparado exclusivamente para usted. Enfundada en un blanco y largo vestido de seda abierto a ambos lados para dar paso a un vaporoso pantalón también blanco, una esbelta y bonita mujer oriental le sirvió ceremoniosamente un sencillo bol de loza que dejaba tras sí un humeante rastro. Manolo paseó sus narices ávidas por encima de la sopa, aspirando con los ojos cerrados. Las impactantes fragancias lo hicieron viajar a otra época, a otra vida, a otro Manolo. Y con un estremecimiento, como si hubiera presentido un fantasma a sus espaldas, se volvió y allí estaba, Adrián, sonriente.

—¡Buh! Sorpresa.Manolo lo miraba como ante un espejismo. Adrián no había cambiado en absoluto. Parecía que el tiempo —veinte años, nada más y nada menos— no hubiera pasado para él. Adrián estaba igual que entonces, cuando eran camaradas, compinches gastronómicos, exactamente igual, veinte años después.

Manolo supo antes de probar la sopa de wantan que aquello iba a ser su perdición. Se llevó la primera cucharada a la boca. Sintió un éxtasis absoluto. Supo también al instante que aquel placer intenso, punzante, doloroso, que anticipaba la pérdida, la nostalgia, la memoria del paraíso, lo condenaría de por vida a la melancolía, a ese oscuro y voluptuoso placer de caminar sobre los cristales rotos del tiempo. Entre las neblinas del gozo, poseído por la sopa, vio a Adrián ondular y desdibujarse, y del sonriente rostro de su amigo emergieron las afiladas facciones de la abuela. Adrián estalló en carcajadas, sujetándose el abdomen.

—¡La sopa! ¡Aquí tienes! Todo este tiempo… ¿Qué ha sido de tu vida, hombre?

Ha pasado mucho tiempo más desde entonces. El restaurante cerró y Adrián partió hacia nuevos proyectos. Una cadena hotelera lo reabrió, en un intento de hacerse con su pasado prestigio. Hoy en día, cualquier cliente del restaurante puede distinguir entre los comensales, en una mesa al fondo, a un hombre muy mayor, un anciano de vientre prominente, de cabezota alopécica y bigote canoso, al que la clientela felicita pensando que se trata del dueño. Cansado de deshacer el equívoco, Manolo se esfuerza por esbozar una sonrisa. Y si alguien tiene paciencia, le contará un cuento chino, una historia de fantasmas. Cómo uno puede quedarse atrapado en el tiempo, en un recuerdo, en un restaurante. Cómo se puede perder el alma y el paladar. Y cuándo fue la última vez que pudo comer bien.

Pelayo no es buena persona

Pablo Pelluch

Estamos gritando para hacernos oír por encima de las chicharras. Sólo detienen su berrido las más cercanas, el resto siguen atronando por los diversos árboles de este accidentado cacho de terreno.

—Mol, ¿qué crees que escribió? ¿Crees que fue para tanto? —pregunta Tute, delatando una, para mí, dolorosa inquietud.

La conversación no me interesa y deseo que acabe cuanto antes, pero aún nos queda un buen trecho para llegar donde el curso y ya tengo las axilas de la camiseta empapadas. Pero no añado nada, esperando que el tema se extinga por sí mismo. No es así.

—Quizá entre nosotros haya alguien con garra, Mol —reemprende Tute—. Alguien que vaya a marcar la diferencia. Un gran escritor surgido de un pequeño taller…

—¿Qué has escrito para esta sesión?

Tute traga saliva.

—Bueno, es… es otro relato costumbrista, no te puedo engañar, querido Mol, tendré que llamarlo marca de estilo.

—Pero ¿de qué va?

—Es… es sobre un contable que pierde una caja de clips…

Me pongo la mano en la boca y bajo la mirada mientras sigo caminando.

—Entiendo. Vas a hacer de algo insignificante… algo enorme, ¿no?

—Sí, él lleva años en la misma empresa. Es muy tímido y siempre se ha jactado, pero sólo para sí mismo, de haber sido absolutamente per-fec-to en su trabajo… pero con lo de la caja de clips, su mundo de alrededor se derrumba, no rinde en el trabajo, no puede hacerle el amor a su mujer…

—Puede estar bien.

—Nah… Estoy cansado de mis personajes débiles… siempre pensando, nunca hacen nada… —Tute agita con impotencia las manos, cortando el aire inflamado—. Tú siempre escribes sobre personajes fuertes, ¿cómo lo haces?

—Bueno, yo siempre pienso en cosas que quiero que pasen… de verdad. Si un día escribo una novela, quiero que lo que suceda en ella… haga el mundo mejor. Quiero decir, que si pensaras «esto le ha sucedido de verdad a alguien» te sintieras bien.

—No comparto tu causa, pero la respeto. —Esto me hace sonreír—. Yo quiero que mis personajes sufran tanto que cualquier cosa que consigan al final de la lectura no pueda en ningún caso haber merecido la pena. Necesito un personaje fuerte, como ese chico que trae loca a la vieja… le da tan igual el mundo, lo que pensemos los demás de lo que escribe; le da igual hasta la profesora, parece que se haya apuntado al curso para provocarla…

—Pelayo no es buena persona.

—¡Eso, Pelayo! —Me arrepiento de haberle proporcionado el nombre—. Esa fuerza con la que le dijo a la vieja que se fuera a tomar por culo si pensaba subrayarle en rojo cada palabrota de lo que escribía… necesito un personaje así. Mataría por leer todos sus textos, y no sólo los que usamos para ejercicios, ¡aunque casi nunca cogen los suyos!

Por fin pisamos pavimento y no tardamos en estar caminando entre filas de coches aparcados que parecen deformarse bajo el sol. Abrimos la delgada puerta de metal y pasamos al patio de la casa, que no es más grande que el garaje de una vivienda unifamiliar, pero es lo bastante amplio para tener una mesa de piedra rodeada por dos bancos del mismo material. Las verjas que cubren la parcela son de setos, dando al conjunto un aspecto de santuario. Tute se acerca a los bancos y, tras sentarse, apoya la cara en la mesa de piedra, protegida del calor por una sombrilla, y suspira aliviado mientras la roca absorbe su sudor. Cierra los ojos y parece encontrar la paz que sí deberían tener los personajes al final de una novela. Leer es vivir. ¿Qué vas a querer vivir, un montón de miserias? Eso sólo lo piensa la gente que no las ha vivido.

Tras entrar a la antigua casa, subimos las escaleras y pasamos al aula. La profesora aún no ha llegado y el resto de alumnos ya están presentes, distribuidos por los aparatosos muebles que son mesa, casillero y silla plegable con respaldo a la vez. Pelayo está sentado como siempre al final de la primera hilera, apoyado en la pared, como si no pudiera decidir si quiere tener a la profesora lo más cerca o lo más lejos posible. Laura, la chica que le gusta a Tute, está con su amiga Mary (de «María»), sentadas, como siempre, en una de las hileras centrales. El día de una de las primeras sesiones del taller, caminando por el descampado, Tute me propuso que nos sentáramos con ellas. Esto se ha convertido en una costumbre y he observado (me estoy preocupando mucho de hacerlo desde que escribo) que las dos se sientan un asiento más hacia la pared, de modo que dejan a su lado dos asientos libres; es una especie de aceptación para que la costumbre continúe. Pero a Tute no le ha salido el plan bien del todo, porque me hizo ir a mí en cabeza y el resultado es que ahora siempre me siento al lado de Mary, que separa a Laura un asiento más de Tute, relegado al extremo de la hilera. Como resultado, Mary y yo nos hemos ido conociendo. Tute debería pensar mejor sus planes.

—No he visto a la vieja todavía y son casi y diez, está llegando bastante tarde —me saluda Mary mientras trato de acomodarme en el mueble, obviamente pensado para gente más pequeña, como las chicas o el propio Tute.

—Es que, madre mía, estará… repasando sus pergaminos —añade Laura, que la desprecia porque no le deja enviarle los trabajos por email.

Tute se ríe, en la lejanía.

Observo a Pelayo, apoyado en la pared, con sus largas y delgadas piernas acostadas a lo largo de cuatro sillas. Tiene las manos entrelazadas sobre el estómago y creo que finge que duerme para indicarnos a todos lo igual que le dan las cosas.

El secretario del centro irrumpe en el aula. Es un señor de unos cuarenta y pocos, con una escasa cantidad de pelo rubio cubriéndole muy poca superficie de la cabeza. Se quita las gafas para desempañárselas, pero interrumpe el gesto porque lleva unos papeles en la mano libre. Se gira hacia Pelayo, que ha despertado y sonríe desafiante, sin cambiar la postura. El secretario, al que yo imagino como un escritor frustrado que un día nos dará una gran novela, se planta en dos zancadas delante de Pelayo, que alza la mirada y saca los morros.

—¡Esto… ESTO…! —El secretario agita los papeles—. No sólo es BASURA —Aplasta los papeles contra la mesa—, SINO QUE SE PODRÍA UTILIZAR EN UN JUICIO.

Pelayo empieza a reír, exhalando cortas pero potentes ráfagas de aire, cada vez más fuerte. Parece en éxtasis. El secretario, claramente un hombre pacífico, parece estar conteniéndose las ganas de pegar a Pelayo allí mismo. Finalmente, con la mandíbula temblándole, se conforma con partir el taco de folios en dos y lanzar los trozos al suelo, donde los pisa.

Antes de irse anuncia:

—Gracias a vuestro compañero, se suspende la clase de hoy. La Sra. Celia ha tenido un ataque de ansiedad.

La docena de alumnos empezamos a componer un melódico murmullo.

Pelayo se levanta con calma, escapa del mueble con agilidad, se sitúa ante la clase y ejecuta una solemne reverencia, con extraordinaria flexibilidad. Después, se enciende un cigarrillo y sale del aula. El goteo de gente abandonando la sala no se hace esperar. Tute recoge los papeles que ha tirado al suelo el secretario y los pone encima del pupitre, donde empieza a ordenarlos. Observo su gesto de triunfo cuando por fin logra reconstruirlos, y su cara de fascinación mientras lee. Empieza a arrugar el rostro mientras ríe por lo bajo.

—¡Eh, por Dios, dejadme salir! ¡Yo también quiero ver lo que ha escrito el tarado para casi cargarse a la vieja! —grita Laura.

Mary y yo nos levantamos para dejar paso a Laura, que se acerca rápido a Tute, que le tiende páginas plagadas de una caligrafía angulosa, como… demoníaca. Tute ni siquiera aprecia que esto es lo más cerca que ha estado de Laura nunca. Ahora mismo sólo le importa lo que lee.

Me acerco a él y le apoyo la mano en el hombro.

—Tute, vámonos, podemos aprovechar el día… O tomar algo.

—¿Eh? Vale, vale, voy —responde, y acto seguido estruja los papeles en su mochila.

—¡Vamos a tomar algo! —dice Laura, y nos coge a cada uno por un antebrazo; noto la tensión de Tute desde el otro extremo de la cadena.

Miro a Mary, apoyada en el borde de uno de esos complejos muebles y sonrío, encogiéndome de hombros. Abandonamos el aula y cerramos la puerta.

Tute es el primero en salir del edificio al patio, donde da un paso y se para; está mirando algo fuera de mi ángulo de visión, pero tras detenerse un instante, continúa nervioso. Laura y Mary hacen algo parecido.

Veo lo que ellos veían. Se trata de Pelayo, sentado en la mesa de piedra y con los pies apoyados en el banco. Sigue fumando; un par de colillas descansan mal apagadas sobre la mesa. Me contempla feliz, supongo que soy el final de su obra. El mosaico de reacciones y gestos que produce… es como si se estuviera alimentando de eso.

Me acerco a él y le pego un puñetazo, quemándome los nudillos con su cigarrillo, que rápidamente se mezcla con la explosión de sangre que surge de su nariz. Le agarro la cara con una mano y le empujo, tirándole de la mesa con un movimiento de mi brazo. Está en el suelo cubriéndose la cara con las manos, indefenso. El aire ardiente se llena gritos de «¡MOL, PARA!», y entre los tres logran detenerme para que el puñetazo no degenere en paliza.

Más tarde, a pesar de todo, fuimos a tomar algo. Pelayo huyó sin decir una palabra. Sentados en una terraza, esperando nuestras bebidas, me vi en la obligación de justificarme. Les mentí explicándoles que, para mí, había que respetar a los mayores.

El arte es una tontería y sólo empeora las cosas

Antonio Parcero

No hay manera de centrar el tiro, ¿a dónde quieres ir? Deberíamos matarte y acabar con todo. A fin de cuentas estás exhausto y sin ideas y los personajes se te filtran derretidos por las comisuras del cráneo. Se requiere muy poco para volver: tan sólo un elefante de papel con una dedicatoria en el reverso. Grafismos indescifrables que brillen sobre la página en blanco. Un insecto camina solo, a pasos cortos, sobre o bajo las paredes desconchadas del techo (según se mire boca abajo o del derecho): antes de caer al abismo creía en Dios. ¿Puedes aguantar un poquito más? Ya casi estoy. Yo valoro por encima de todas las cosas la actitud, la garra; me basta un minuto, ver cómo andas, cómo miras, cómo tratas con el público para saber lo que puedo esperar de ti. Y sin embargo, conocerse lleva toda una vida: un empleado te roba de la caja, tu mujer te engaña después de veinte años, tus amigos te envidian, sienten celos de tu éxito. Sientes cómo la fina línea que separa sueño de vigilia se escinde. Vivir es recordar, sobre todo lo que no ha pasado. Ya no sabes ni atarte los cordones de los zapatos. Abrir una lata se convierte en una empresa de altura. En el fondo, habrías preferido un cuerpo más liviano, hecho de aire, que flotara sutil y elegante sin contaminarse del mundo, sin la necesidad de bregar, vender, comprar, abrir, cerrar, llevar la cuenta de entradas y salidas, tachar del calendario y volver a pasar la página. Te resultan pormenores tristes, llenos de melancolía. Por eso, fundirte con la vida, auténtico anhelo de los hombres de verdad, te será imposible.

A la de tres

Jose Sanz Gallego

Habían quedado a las 18 en el perímetro de la casa. A esa hora ya era de noche y los vecinos de los chalets contiguos raro sería que saliesen de casa con el frío que hacía. Igual ocurría con los perros: entraban buscando alfombras y calefacciones.

—Cenaste, ¿no?

—A las cinco de la tarde tuve que hacer el transbordo a un verde en Plaza de Castilla, entenderás que a las tres picar unas sardinas y un botellín no lo quiera denominar cenar.

—No, coño, digo que eso, que si comiste algo. No quiero que vuelvan a sonarte las tripas como aquella vez.

—Sí, sí, eso sí. Tranqui.

—Guay.

Saltaron las arizónicas sin dificultad. Antes habían lanzado por encima de ellas las bolsas de deporte. Una tuvo que ser rescatada de encima de las arizónicas, al estar vacía era difícil proyectarla adonde se quería sin que quedara atorada donde las leyes físicas determinaban.

—Yo creo que ni que forzar la cerradura vamos a tener.

—¿Tan dejado es?

—Es una urbanización muy tranquila, jubilados sin mucha cosa, de vida espartana.

—Vale.

Atravesaron el pequeño jardín, subieron al porche y se ubicaron junto a la puerta de la vivienda. Luis apartó las bolsas a un lado y sacó de una de ellas una barra metálica más próxima a un palo que a una barra por su escasa longitud. Mientras, Daniel verificaba mirando al espacio entre el suelo y la parte inferior de la puerta que no hubiese ningún indicio de luz. Ni cerrojo ni cerradura echada, fue bajar el tirador de la puerta y permitírseles el acceso. Luis entró por delante, con el palo alzado con sendas manos como si fuese a batear la bola de su vida, con los sentidos en extrema alerta.

—Tú, yo creo que no hay nadie.

—Te lo dije.

—Venga, pues a lo nuestro.

—Recuerda bajar persianas antes de encender luces, que los vecinos no vean nada raro.

—No soy un novato, ¿eh?

—Tú hazlo, joder.

—Venga.

El acceso principal se bifurcaba a izquierda y derecha. Cada uno de ellos fue en una dirección, dejando las bolsas justo donde el recibidor se convertía en el fin de página de un hipotético relato de Elige Tu Propia Aventura en el que si querías ir a la izquierda no pasabas a una página concreta y estipulada por un autor, sino que simplemente ibas hacia la izquierda. O hacia la derecha, caso de tener dislexia. Priorizaban dinero en metálico sobre cualquier otra tenencia a la hora de recolectar, y la gradación subsiguiente dejaba en último lugar electrodomésticos y cacharraje: demasiado esfuerzo y espacio para tan exigua rentabilidad.

—Joder, macho.

—¿Qué?

—Van dos habitaciones y de momento lo que más unas sábanas.

—Con esto no cubrimos ni lo que nos ha costado el autobús.

—O cambia la cosa o estaremos ante el fracaso del siglo.

—Yo voy a ver si tiene algo en la nevera, que el lo que tenga en ella dentro suele ser buen indicativo de si esconde cosas de valor.

—Tú lo que tienes ya es gusa, joputa.

—Jajajajaja. Joder, un poco.

—Venga, yo salgo a fumar un momento.

—Recuerda no salirte del porche, que no te vean por la luz del piti.

—Descuida.

Daniel se quedó pensando un instante mientras fumaba que qué triste que el coste de la vida en las ciudades hubiese provocado los flujos migratorios de ancianos a la periferia. De alguna manera se iba haciendo a la idea de cuál sería su inexorable futuro, iba aceptando poco a poco su destino. Apagó el cigarro en la suela de sus bambas y fue al cuarto de baño a deshacerse por el retrete de la colilla, no sin mear antes. Se aclaró las manos y al mirar detrás del espejo se formó una rápida idea de las dolencias y achaques del propietario de la vivienda en base a los productos para el cuidado y limpieza de la dentadura postiza y la larga serie de medicinas que allí había. La única que no le sonaba de cuando los últimos meses de cuidar a su abuelo era un extraño bote. Simulacra 250 Mg ponía en la caja. Cerró, apagó la luz, salió y fue a ver a Luis a la cocina.

—¿Qué, está bueno el yogur?

—Pché. Caducaba en 10 días, éste ha hecho compra hace poco. Y falta una semana para el 25, le cunde la pensión.

—Igual tiene un plan de pensiones privado.

—Lo que sea, pero aquí hay panoja, tío. Tenemos que buscar más a fondo.

—Vamos.

—Espera que acabe el yogur, ¿no?

Revisaron a fondo las habitaciones ya registradas en primera instancia, decidieron dejar las dos que quedaban para trabajarlas de forma conjunta. Era un método de trabajo que les había dado siempre buenos resultados. Como aquella vez en casa del magistrado; menos mal que decidieron llevarse el pen-drive aun sin saber qué tendría. Menudos dos añazos se pegaron tras ir vendiendo a pocos su contenido a la prensa. «Once in a lifetime», decía siempre que lo recordaban Daniel. Y se ponía a tararear acto seguido la canción de los Talking Heads. Tan mal tarareaba que Luis pensaba que cantaba una de Estopa, la de la falda y el Seat Panda.

—Nada que rascar. ¿Y tú?

—Igual.

—Podemos darlas ya por acabadas e ir a por las otras.

—Por mí de acuerdo.

Entraron a la salita. Más reducida en comparación a los dormitorios. Un sofá, una pequeña librería que alojaba un antiguo televisor y un receptor de TDT y un ordenador en una mesita. Mientras Daniel miraba dentro de los cojines del sofá e incluso lo volcaba para ver si había algo pegado a su parte inferior, Luis agitaba los seis libros escasos de la librería en busca de cualquier posible lo que fuese en ellos oculto. Daniel rajó con su navaja la tapicería e introdujo la mano hasta el hombro; Luis echó un vistazo rápido a la tarjeta de visita que había caído de Niebla. En ambos casos decepción: el uno por no topar su mano con ningún sobre y el otro por verificar la tarjeta era un mero señalador.

—El ordenador está encendido.

—Sí.

—Mira tú mientras yo empiezo con la que queda.

—Venga.

Luis salió en dirección a la habitación que restaba por mirar, mientras Daniel se sentaba frente a la pantalla y movía el ratón para quitar el salvapantallas. Había un documento de word abierto a medio escribir. Su última frase era «rápido, ven, tienes que ver esto». Empezó a leerlo:

Habían quedado a las 18 en el perímetro de la casa. A esa hora ya era de noche y los vecinos de los chalets contiguos raro sería que saliesen de casa con el frío que hacía. Igual ocurría con los perros: entraban buscando alfombras y calefacciones.

—Cenaste, ¿no?

—A las cinco de la tarde tuve que hacer el transbordo a un verde en Plaza de Castilla, entenderás que a las tres picar unas sardinas y un botellín no lo quiera denominar cenar.

—No, coño, digo que eso, que si comiste algo. No quiero que vuelvan a sonarte las tripas como aquella vez.

—Sí, sí, eso sí. Tranqui.

—Guay.

Saltaron las arizónicas sin dificultad. Antes habían lanzado por encima de ellas las bolsas de deporte. Una tuvo que ser rescatada de encima de las arizónicas, al estar vacía era difícil proyectarla adonde se quería sin que quedara atorada donde las leyes físicas determinaban.

—Yo creo que ni que forzar la cerradura vamos a tener.

—¿Tan dejado es?

—Es una urbanización muy tranquila, jubilados sin mucha cosa, de vida espartana.

—Vale.

Atravesaron el pequeño jardín, subieron al porche y se ubicaron junto a la puerta de la vivienda. Luis apartó las bolsas a un lado y sacó de una de ellas una barra metálica más próxima a un palo que a una barra por su escasa longitud. Mientras, Daniel verificaba mirando al espacio entre el suelo y la parte inferior de la puerta que no hubiese ningún indicio de luz. Ni cerrojo ni cerradura echada, fue bajar el tirador de la puerta y permitírseles el acceso. Luis entró por delante, con el palo alzado con sendas manos como si fuese a batear la bola de su vida, con los sentidos en extrema alerta.

—Tú, yo creo que no hay nadie.

—Te lo dije.

—Venga, pues a lo nuestro.

—Recuerda bajar persianas antes de encender luces, que los vecinos no vean nada raro.

—No soy un novato, ¿eh?

—Tú hazlo, joder.

—Venga.

El acceso principal se bifurcaba a izquierda y derecha. Cada uno de ellos fue en una dirección, dejando las bolsas justo donde el recibidor se convertía en el fin de página de un hipotético relato de Elige Tu Propia Aventura en el que si querías ir a la izquierda no pasabas a una página concreta y estipulada por un autor, sino que simplemente ibas hacia la izquierda. O hacia la derecha, caso de tener dislexia. Priorizaban dinero en metálico sobre cualquier otra tenencia a la hora de recolectar, y la gradación subsiguiente dejaba en último lugar electrodomésticos y cacharraje: demasiado esfuerzo y espacio para tan exigua rentabilidad.

—Joder, macho.

—¿Qué?

—Van dos habitaciones y de momento lo que más unas sábanas.

—Con esto no cubrimos ni lo que nos ha costado el autobús.

—O cambia la cosa o estaremos ante el fracaso del siglo.

—Yo voy a ver si tiene algo en la nevera, que el lo que tenga en ella dentro suele ser buen indicativo de si esconde cosas de valor.

—Tú lo que tienes ya es gusa, joputa.

—Jajajajaja. Joder, un poco.

—Venga, yo salgo a fumar un momento.

—Recuerda no salirte del porche, que no te vean por la luz del piti.

—Descuida.

Daniel se quedó pensando un instante mientras fumaba que qué triste que el coste de la vida en las ciudades hubiese provocado los flujos migratorios de ancianos a la periferia. De alguna manera se iba haciendo a la idea de cuál sería su inexorable futuro, iba aceptando poco a poco su destino. Apagó el cigarro en la suela de sus bambas y fue al cuarto de baño a deshacerse por el retrete de la colilla, no sin mear antes. Se aclaró las manos y al mirar detrás del espejo se formó una rápida idea de las dolencias y achaques del propietario de la vivienda en base a los productos para el cuidado y limpieza de la dentadura postiza y la larga serie de medicinas que allí había. La única que no le sonaba de cuando los últimos meses de cuidar a su abuelo era un extraño bote. Simulacra 250 Mg ponía en la caja. Cerró, apagó la luz, salió y fue a ver a Luis a la cocina.

—¿Qué, está bueno el yogur?

—Pché. Caducaba en 10 días, éste ha hecho compra hace poco. Y falta una semana para el 25, le cunde la pensión.

—Igual tiene un plan de pensiones privado.

—Lo que sea, pero aquí hay panoja, tío. Tenemos que buscar más a fondo.

—Vamos.

—Espera que acabe el yogur, ¿no?

Revisaron a fondo las habitaciones ya registradas en primera instancia, decidieron dejar las dos que quedaban para trabajarlas de forma conjunta. Era un método de trabajo que les había dado siempre buenos resultados. Como aquella vez en casa del magistrado; menos mal que decidieron llevarse el pen-drive aun sin saber qué tendría. Menudos dos añazos se pegaron tras ir vendiendo a pocos su contenido a la prensa. «Once in a lifetime», decía siempre que lo recordaban Daniel. Y se ponía a tararear acto seguido la canción de los Talking Heads. Tan mal tarareaba que Luis pensaba que cantaba una de Estopa, la de la falda y el Seat Panda.

—Nada que rascar. ¿Y tú?

—Igual.

—Podemos darlas ya por acabadas e ir a por las otras.

—Por mí de acuerdo.

Entraron a la salita. Más reducida en comparación a los dormitorios. Un sofá, una pequeña librería que alojaba un antiguo televisor y un receptor de TDT y un ordenador en una mesita. Mientras Daniel miraba dentro de los cojines del sofá e incluso lo volcaba para ver si había algo pegado a su parte inferior, Luis agitaba los seis libros escasos de la librería en busca de cualquier posible lo que fuese en ellos oculto. Daniel rajó con su navaja la tapicería e introdujo la mano hasta el hombro; Luis echó un vistazo rápido a la tarjeta de visita que había caído de Niebla. En ambos casos decepción: el uno por no topar su mano con ningún sobre y el otro por verificar la tarjeta era un mero señalador.

—El ordenador está encendido.

—Sí.

—Mira tú mientras yo empiezo con la que queda.

—Venga.

Luis salió en dirección a la habitación que restaba por mirar, mientras Daniel se sentaba frente a la pantalla y movía el ratón para quitar el salvapantallas. Había un documento de word abierto a medio escribir. Su última frase era «rápido, ven, tienes que ver esto». Empezó a leerlo:

Daniel fue corriendo a donde estaba Luis. No podía ser. Es decir, era imposible y a la vez estaba sucediendo: estaban ambos en el quicio de la puerta, frente a una habitación blanca que se prolongaba a lo largo hacia el infinito; si contaba con un fondo al menos ellos no podían decir que existiese ni en qué punto se ubicaba. Luis le pidió que encendiese las luces de la habitación contigua y alzase levemente la persiana. ¿Para?, preguntó Daniel. Tú hazlo, quiero comprobar algo. Mientras Luis atendía a su petición, Daniel salió al exterior y comprobó la composición de lugar que se había hecho mentalmente: efectivamente, la habitación contigua era la última, o eso cabía interpretar de la luz que emitía. Por lo tanto era absurdo que en el interior hubiese además de otra estancia una que se prolongaba hacia el infinito. La lógica le confirmaba la imposibilidad de lo que acababa de ver en el interior. Volvió adentro.

—No puede ser, macho.

—Y a la vez es.

—Mira, busquemos algo y vayámonos de aquí cagando leches.

—Igual no es buena idea.

—De perdidos al río.

Comenzaron a caminar por la habitación blanca con inmenso cuidado de no perder de vista la entrada. La puerta la habían dejado fija con la palanca, no fuera a ser que se quedasen allá encerrados. Cada vez que volvían la vista atrás el rectángulo de la puerta se volvía más y más negro, en contraste con la inmensidad blanca que les envolvía por todas partes. Andaron un rato más y allí estaba él. Sentado, en chándal. En un escritorio frente a infinidad de post-its puestos a lo loco unos sobre otros.

—¿Qué es esto?

—Mi casa. Igual debería ser yo quien hiciese las preguntas, ¿no?

—Le juramos que no hemos robado nada.

—Lo sé, Daniel.

—¿Cómo sabe…

—Lo sé todo sobre vosotros. Sé pasado, presente y futuro.

—No puede ser.

—Sí que puede. Soy el narrador omnisciente.

—¿Lo qué?

—Digamos que soy Dios.

Se hizo un silencio. Luis retomó la conversación:

—¿Si sabes todo qué es lo que voy a hacer ahora?

—Si te lo enuncio yo te condiciono e igual es una trampa mía para que hagas lo contrario.

—¿Insinúa que no somos dueños de nuestros actos?

—Eso es. En la misma medida que yo tampoco, dependo de un tercero.

—¿Cómo?

—El autor. Soy una suerte de embajador o agregado suyo, un ardid. Y a mí me ha tocado el papel de saber vuestras vidas y pensamientos en toda línea temporal. E igual no estoy satisfecho con ello pero es lo que hay. Igual yo prefería ser personaje y haberme comido ese yogur que te comías tú antes o una mera descripción de la casa. Es un coñazo esto, creedme.

—¿No se puede salir de aquí?

—Sales cuando él quiera y existes cuando alguien te lea. Una existencia en bucle en la que estás condenado a hacer lo mismo una y otra vez.

—Podemos unirnos contra él, tú sabrás donde está.

—Lo sé, y es imposible llegar.

—¿Por qué?

—Sólo podríamos hacerle daño a través de un tercero de su mismo plano al que condicionar para que le mate. Y no parece muy por la labor.

—Igual podemos probar esa idea.

—Ya te digo yo que no.

—¿Y si te matamos a ti?

—Sólo conseguiréis un final violento que se repetirá de forma eterna. Ya que habéis empezado la historia con un allanamiento de morada igual sería bonito hicieseis algo que os redimiese al final, ¿no?

—Podemos escribir que el autor muere.

—Eso es inútil. De donde ellos son la gente muere en la misma medida que nosotros no, o al menos en el sentido que lo hacen ellos.

—¿Y si nos negamos a hacer nada? ¿Si permanecemos quietos y callados?

—También es inútil. Lo único que nos puede servir de consuelo es que de donde vienen ellos igual también están condicionados, igual también hay algo que les anula su libre albedrío.

—¿No pueden hacer lo que quieran pero a la vez nos chulean?

—Algo así, sí. Digamos que somos fruto de sus miedos.

—¿No existe una ética, un pararte a pensar si están creando una existencia de mierda encima condenada a repetirse en bucle?

—Les suda la polla a mares a ellos y el coño a riadas a ellas. Y eso por no hablar de cuando las vidas son empeoradas de forma apócrifa.

—¿A qué te refieres?

—Tú en un rato me matarás, Luis. Pero ese final no impide que quien quiera retome los personajes y lo cambie o amplíe los hechos o lo que le venga en gana. Y no necesariamente tiene por qué resultar mejor la cosa.

—Vaya mierda, macho.

—Ya.

—Pero tú también quieres escapar de tu condición, ¿no?

—En la misma medida que si al autor le fuese presentado Dios lo primero que intentaría sería darle una patada en la boca. Creo que autores y personajes no somos demasiado distintos.

—He visto que tienes ahí una pistola.

—La acaba de dejar el autor mientras hablábamos. No es ni capaz de hacer un deus ex machina en condiciones.

—Propongo que nos matemos.

—Todos a la vez. Tú disparas a Daniel, Daniel a mí y yo a ti.

—¿Con qué otras dos pis…

—El autor acaba de poner una en vuestras manos, Luis. Además, si te intentas acomodar la virilidad descubrirás que también te ha sustituido la polla por una vagina. Ése es su rollo.

—Qué hijo de puta.

—Ya.

—Venga, pues a la de tres.

—Uno, dos, tres.

Este texto pertenece a la colección de relatos de Jose Sanz Gallego que publicará próximamente Libros Walden, bajo el título provisional de Tú, yo y Tecnocasa.

Este texto pertenece a la colección de relatos de Jose Sanz Gallego que publicará próximamente Libros Walden, bajo el título provisional de Tú, yo y Tecnocasa.

Pere Conills entra saliendo

Nicolás Medina

Pere Conills bordeaba los sesenta y tres años, era felizmente viudo y detestaba metafísicamente la hora de la siesta, las hordas de voluminosos jubilados británicos y la liviandad o ligereza con la que muchos de sus vecinos se desentendían del pasado constatable de Villajoyosa. Tras treinta y cinco años de impartir clases de historia en un nebuloso instituto de Galicia, Pere había retornado a su placenta geográfica, dispuesto a desempolvar secretos locales y a resolver las leyendas de la Marina Baja. Dicho de otro modo, alejado de los crueles, apáticos y bulliciosos adolescentes que le habían encanecido el pelo y la existencia, finalmente había llegado el ansiado momento de consagrar su sueño de juventud: escribir la Historia Universal de Villajoyosa. El proyecto, destilado en la mente dispersa de Pere, prometía ser único en su especie, puesto que no sólo consistiría en reiterar sucesos archiconocidos y propagar menciones hueras de griegos, romanos, íberos, moros y aragoneses. ¡No, señor! Por supuesto que su obra abarcaría los ilustres hechos antiguos y utilizaría parámetros cronológicos hegemónicos, sin embargo, en ella se intentaría establecer, de forma tajante y definitiva, el alma inmutable de las tierras de Alonis, es decir, el poderoso espíritu colectivo inconsciente de la Vila, esa persistencia que atravesaba los siglos y las mudanzas temporales como una lenta saeta de viento e imponía un modo de ser peculiar, una manifestación humana inigualable, una identidad exclusiva que aportaba su valor a la diversidad del mundo.

Al cabo de dos años de regresado a la Vila, Conills seguía empantanado en el prólogo, y no había escrito una mísera página de su colosal odisea intelectual. Para qué hablar acerca de una minuciosa recopilación de fuentes históricas y vestigios arqueológicos. La única prueba documental que había estudiado metódicamente era bastante veleidosa y de poco fiar: narraciones orales vileras. En estricto rigor: relatos que efectuaban los ancianos borrachos de varios antros y epopeyas hepáticas que comunicaban los parroquianos inamovibles del Bar Nacional. A pesar de su notoria inactividad y su nula influencia editorial (carecía de estudios publicados), Conills era muy reputado en los bares y cantinas, y recibía el mote de el historiador. Como prueba infalible de su magistral oficio y perspicacia, siempre llevaba consigo un cuaderno de recortes de prensa, donde figuraban todas las cartas al director que le habían publicado en diversos periódicos de la península, y cuyos temas variaban desde loas al Cid y Jaume I hasta la explicación concisa de las fiestas de moros y cristianos en el Levante. Entre estos palimpsestos idóneos para envolver pescados y perejil, destacaba una epístola larga, aparecida el año 93 en El Mundo, que conmemoraba el 550º aniversario de la concesión del privilegio de Villa Real a Vila Joiosa, y le había valido a Conills una felicitación escrita por parte del alcalde de la época, además de doce botellas de Juve & Camps que el Ayuntamiento le hizo llegar por encomienda y sirvieron para apaciguar, al menos por unas semanas, la nostalgia mediterránea que carcomía su voluntario exilio gallego.

Conills no demoró en readaptarse al paisaje dorado de su niñez. Cierto que mucho había sido trastocado por el cincel de los calendarios, sobre todo las fachadas de las casas, las marcas de cigarrillos y los patrones de la decencia. Pese a ello, el aire salino y el rumor de las olas proseguían allí, dándole música a su balcón y temperando sus gastados oídos. A veces, cuando se quedaba solo en la mesa de alguna taberna, Pere se ajustaba las gafas (bien roñosas y estilo Woody Allen) y leía detenidamente el cuaderno que atesoraba su prosa desperdigada. Leía suspirando, regocijándose tristemente con el trote irremisible de los años, saboreando la mediocre gloria de saber que su voluntad impresa lo sobreviviría y que una porción de ella quedaría empotrada en la posteridad, tan intacta como mosquito en una prisión de ámbar, convirtiéndose una fuente histórica fresca y de primera categoría, aunque durmiese fraccionada, disipada en hemerotecas y sendos archivos de mala, muy mala, pésima muerte. Estos trances melancólicos (ribeteados por una sensación de fracaso que se asemejaba a una victoria pírrica) tendían a durar poco, pues las interrupciones pululaban a la orden del día y siempre, de una u otra manera, lograban perturbar el sereno oasis de su mesa contemplativa. Estas distracciones solían adoptar formas vernáculas de la España del siglo XXI: la irrupción de un mendicante vendedor de rosas originario del Punjab, el trajín de una camarera con estudios universitarios que se sentía estafada por la vida al rellenar copas de vino, los aullidos de un trío de guiris calcinados que insultaban al televisor mientras jugaba el Chelsea o el Manchester United, la aparición de recurrentes personajes que ofrecían boletos de una lotería que jamás ganaba nadie conocido, y tantos otros folclóricos etcéteras.

La interrupción que disfrutaba Conills era la llegada, fortuita o planificada, de sus amigos al bar. Los más constantes eran Bernabé Deulofeu y Edgardo Villar, ambos autóctonos de la Vila y funcionarios jubilados, cuya entrañable fraternidad se remontaba a la más tierna infancia y, contraria a las demás cosas mundanas, había medrado pacientemente mientras Conills aleccionaba en vano a salvajes púberes gallegos que bostezaban en las aulas o espiaban idioteces en los móviles que escondían bajo sus pupitres. A estos fieles secuaces se sumaba, demasiadas veces, Nicanor Molina, un chileno gordo y ludópata, de pasado comerciante, cuyo caudaloso mal beber lo incitaba a reclamar, generalmente cerca de la medianoche y a viva voz, una indemnización por su fracción del botín que Colón & Co. habían choriceado de América. Cuando este exabrupto estallaba, Conills agriaba el ceño y se entregaba a la patriótica tarea de defender, punto por punto y acápite por acápite, las virtudes heredadas de la Conquista Española en el Nuevo Mundo. Villar se limitaba a reír a rienda suelta, achicando un par de nerviosos ojos azules; Deulofeu, habitualmente bajo la influencia del mejor hachís remedado en Algeciras, intentaba mediar entre las partes beligerantes, encarnando súbitamente una especie de amalgama entre el Juez Garzón, Bob Marley, Bartolomé de las Casas y el mítico Rey Salomón.

Precisamente, la tarde en que lo mataría un fatídico hueso de pollo, Conills debatía virulentamente con el chileno Molina. En esta ocasión, la disputa nada tenía que ver con el tesoro americano o la herencia cultural de las carabelas. Se trataba de una cuestión mucho más personal y espinosa. Molina, cansado de soportar otro soñoliento sermón de Conills —y aburrido de que la cervecería Gambrinus se empeñase en servir cañas de nefasta Cruzcampo—, había decidido lanzar un golpe bajo, una zancadilla emotiva que encendiera el round verbal y añadiese acción a la conversación que se desarrollaba alrededor del caldero de arroz. Una alocución franca y amarga saltó desde los morros del sudamericano, que muchos milenios después se arrepentiría de su brusquedad:

—Mira, Pere, déjate de cuentos y chimuchinas. En serio: basta de excusas. En vez de andar soltando babas académicas podrías encerrarte y escribir tu famoso libro.

—Aún me faltan fuentes históricas legítimas. Tú crees que esto es algo tan fácil como escribir un poemita de autoayuda. ¡No! La Historia Universal de…

—¡Basta, tío! He escuchado más de mil veces tus declamaciones sobre la Historia Universal de Villajoyosa, y todavía no he visto una página o un adelanto. ¿Al menos llevas un par de páginas escritas? O sólo estás engordando una nube de humo para que los borrachos de los bares te llamen el historiador y puedas pasearte con la barbilla en alto. Nosotros somos tus amigos y te queremos. No es necesario que nos engañes con laureles intelectuales y publicaciones. Lo único que has hecho en estos años ha sido pasar de bar en bar y analizar los distintos tipos de uva y cebada que fermentan en tu panza. De estudio, nada. ¡Nada de nada!

—Eh, Nicanor, tranquilo, cálmate —intervino Villar.

—Sí, macho, no te pases —complementó Deulofeu, con voz tersa y fumada, mientras la cara del ofendido Pere Conills adquiría un tinte similar al de una buganvilia.

—¡No permitiré que se me agravie de esta manera! —exclamó dando un golpe de puño en la mesa. Hizo el ademán teatral de incorporarse, pero su débil musculatura no pudo provocar el envión suficiente para conseguirlo, y su flácido trasero volvió a pegarse al asiento.

Los tres mosqueteros de Conills contuvieron la risa, y el mismísimo ofendido estuvo a punto de ceder ante una carcajada que parecía inevitable. Sin embargo, una reserva de orgullo le amargó las esquinas de la boca, y Pere escrutó directamente la mirada altanera de Molina, que sacaba pecho en su silla y comía arroz como si tuviera una lombriz solitaria en el estómago.

—Escúchame, gordo Molina —Conills lo apuntó con el dedo índice, bebió un sorbo corto e inició su contraataque desde su rincón—: Sí, tío gordo, a ti te hablo. Creo que no tienes ni la más remota idea lo que hablas. Seguramente, en tu mente de fenicio sudamericano acostumbrado a firmar facturas y comprobantes, la idea de escribir una obra histórica capital de occidente aparece como un asunto simple, trivial, de fácil hechura. Algo similar a un panfleto que depende de la mera voluntad del escritor.

—¿Y si no es de la voluntad, de qué depende? —interrogó Villar.

—¿Acaso los libros aparecen por magia? —picaneó Molina.

Deulofeu percibió con preocupación que la tez de Conills volvía a enrojecerse de furia y vergüenza, e intentó convidar algunas palabras conciliatorias. El historiador injuriado se le adelantó y cerró su defensa para siempre:

—¡Paletos! Acaso creen que no he teorizado el devenir y los orígenes de la Vila. Estoy esperando fuentes históricas. El historiador debe remitirse férreamente a las fuentes históricas y todavía no he recabado un número necesario para acometer…

—¡Excusas de puta floja! ¡Escribe de una buena vez, macho! —gritó Molina, ante la sorpresa de la camarera y varios comensales.

Conills dio otro puñetazo a la mesa, derramando un poco de vino de su copa en el mantel de papel. Se llevó, poseído por la rabia, una pata de pollo a la boca, que sus molares quebraron desafortunadamente.

¡Necesito más fuentes his..! —alcanzó a exclamar con la boca llena, antes de percibir el pinchazo crucial del huesito.

—Conills empezó a carraspear y atenazarse el cuello con las manos. Molina y Villar acudieron desesperadamente en socorro del atorado. Deulofeu, fumadísimo, llamó a la camarera, al cocinero, y a una ambulancia que llegó berreando a la escena. Mientras algunos parroquianos del restaurante observaban con espanto, Conills sentía que la muerte ya le frotaba el cuello, aunque extrañamente reparaba en la coincidencia de su apellido y la causa de su deceso. Peor sería asfixiarme por un hueso de conejo, calculaba mentalmente, entre el dolor y la asfixia total. Además de procesar esta macabra e inverosímil ocurrencia, Conills presagiaba el inminente fin de sus grumos de oxígeno, y vaticinaba, sin muchas dudas, que la reencarnación o el balcón de San Pedro no eran un mito, pues repentinamente atestiguaba a su cuerpo desde la perspectiva de un tercero. Sí, el alma de Conills ya revoloteaba por el techo del restaurante, provista de clarividencia, y se maravillaba ante ese cuerpo separado del alma, que era zamarreado por sus amigos y por vehementes paramédicos. Entonces, cuando su espíritu (o el logos desgajado de la carne) contemplaba que los ojos sórdidos de Molina se poblaban de lágrimas, ocurría una sorpresa incluso mayor que contemplar su propia muerte pedestre y obscena: el tiempo se galvanizaba. El presente se detenía, cristalizándose por un instante inconmensurable, y tras esa pausa, los hechos cumplidos parecían deshacerse, desconsumarse, retroceder como náufragos vectores disparados hacia el Big Bang. Y a contracorriente de lo que el alma de Pere Conills pudiese esperar o creer, ella misma no se realojaba en su anterior cuerpecito, sino que iba planeando en un remolino de dulce vértigo y aire. El hueso de pollo se recomponía entre los molares y varaba en el caldero de arroz. Grecia y Oriente se equivocaban al sugerir que la transmigración debía seguir el forzoso sentido del futuro, la misma dirección que tiranizaba a los vivos. Y así, desde la dimensión donde naufragaba en reversa el confundido espíritu de Pere, todo podía verse con espeluznante nitidez. Molina hablaba como un cassette rebobinado y decía sanihcumihc y sotneuc ed etajèd. El canuto de Deulofeu se reintegraba en sus labios resecos, y el sucio pétalo de hachís llegaba a su refugio de papel de aluminio. Los cuatro amiguetes descomponían sus pasos varicosos, alejándose de la calle Colón, y el sol gateaba por el cielo añil hasta ponerse en el Este. Y sin aviso alguno, el alma de Pere Conills divisaba el cuerpecito rubicundo y recién nacido del mismísimo Pere Conills en las manos de la partera, que le soltaba la cabecita para introducirlo otra vez en la suave caverna materna. El llanto de su madre se adentraba en ojos almendrados, y furibundas ráfagas de tiempo descosían lo acaecido: los aviones de Mussolini retrotraían sus bombas, la sangre de las Guerras de Sucesión ya no humedecía los andurriales de España; las carabelas reculaban desde las Bahamas hasta Puerto de Palos y la caballería de Jaume I retrocedía para que el Islam, entre cimitarras, oraciones y terrazas de regadío, fuese extendiendo un tapiz de siete siglos en la península.

El alma de Conills se excitaba en el remolino retroactivo. Apostaba que ahora, siendo un testigo incorporal que viajaba propulsado hacia la Antigüedad, conseguiría el sueño que no había alcanzado como historiador de carne, ocio y hueso. Ahora sí que descubriría el espíritu inmutable y colectivo de su ciudad natal y podría prescindir de escribir la Historia Universal de Villajoyosa. Las fuentes estarían allí, al alcance de su percepción. Sin embargo, tras contemplar una caravana bereber sintió un zarpazo de rotundo olvido, y apenas fue capaz de identificarla. La misma desmemoria ocurrió cuando unos desgraciados remeros desviaban un trirreme del embarcadero de Alonis. El ánima de Conills acusó una revelación. Mientras un marinero griego le insertaba las vísceras a un pescado, comprendió que lo olvidaría todo, ya que los hechos estarían sembrados en futuros muy remotos y, a menos que obrara un milagro, sería imposible recordar lo no acontecido. Aterrorizado ante esta perspectiva, intentó maldecir en español y no pudo. A esas alturas ya no existía ese bisnieto milenario del latín. Conills avizoró que su espíritu corría peligro y se desintegraría pronto, confundiéndose con la brisa que agitaba el follaje y las gotas de rocío que doblaban las briznas de hierba y mojaban el hocico tibio de los bisontes. Entonces quiso dar un profundo grito de horror y sintió que súbitamente volvía a tener cuerpo; que unas mimosas uñas le arañaban la espalda; que una voz femenina susurraba una lengua muerta en un habitáculo oscuro, cavernoso, hediondo a amanecer y a peces en salazón.

Ukedada

D. Báez

Ninguno de los tres había estado antes en Moraix, donde Leroy Albi interpretaría el ukelele aquella noche. Un pueblo de tantos en la costa, construido sobre una colina frente al océano y habitado a medias entre paisanos criados allí y europeos del norte jubilados allí. Aparcaron a nivel del mar y continuaron a pie. Pasaron bajo un arco de piedra y empezaron las cuestas. Geraldo se quedaba atrás cada vez que algo llamaba su atención, ya fuese una ventana con geranios o la tienda de productos eslavos que vieron, con el escaparate lleno de botes de arenques en vinagreta. Esto impacientó a Brais. Lo siguiente que les detuvo fue un gato que, tumbado y con los ojos abiertos, estaba en realidad tan tieso por el relente y las rachas de viento frío como el empedrado de la calzada.

—Yo creo que sí —dijo Geraldo tras rozar al impasible felino con la punta del zapato—, la cosa debe de estar al cincuenta por ciento entre españoles y extranjeros.

—Pobre gato —dijo Brais—, ha errado su vocación.

Al gato le brillaba el pelo, que dibujaba ondas bien alimentadas. En su collar verde podía leerse una dirección. Anna y Brais siguieron adelante.

—Hoy la puerta estaba cerrada, ¿eh? —La voz de Geraldo sonaba a sus espaldas—. Puede que seamos los primeros en el pueblo que se enteran de que ha fallecido la dueña del gato.

—Los ancianos con sobrepeso eligen lugares más planos —replicó Anna Duranta—. Moraix es otra cosa, aquí se curten los glúteos.

Las callejuelas subían y bajaban. Confluían sin concierto, como un grupo de músicos templando sus instrumentos. La ligera niebla que cubría la distancia parecía sorprendida de ver a tres visitantes fuera de temporada. Llegaron a otro cruce de fachadas blancas y farolillos negros. Anna les miró y señaló con la cabeza el callejón que ascendía.

—¿Por ese pasadizo? —dijo Geraldo—, seguro que terminará en otra placita sin salida. Vamos hacia la derecha, por la calle más ancha.

—¿El bar no está en el mirador? Eso es arriba del todo. ¿Qué dices tú, Brais?

Brais miró más allá de los aleros y de las tejas, hasta la cúpula de la iglesia, que asomaba entre la niebla como el campanario de un pueblo sumergido en un pantano. Luego miró a ambas calles y se metió las manos en los bolsillos.

—Dijeron que estaba llegando al mirador —dijo Geraldo—. No en el mirador.

—Esperad aquí —gritó Duranta antes de desaparecer corriendo por la calle que subía—, en seguida vuelvo.

Anna pisaba sin miedo los adoquines. La melena rizada y la trompeta, que llevaba al hombro en una funda púrpura, rebotaban en el cuero de su chaqueta.

Geraldo miró a Brais:

—Bien hecho, Brais —dijo como un viejo sabio meditando sobre la lujuria—, pero está un poco loca. Por cierto, ¿te has matriculado ya? Iré el lunes a la universidad, si quieres podemos ir juntos.

Brais no dijo nada.

—¿Me escuchas? —dijo Geraldo—. Mi padre me va a dejar el coche.

—Preguntas como si estuvieras seguro de que me voy a matricular, pero lo que quieres es saber si lo voy a hacer, sin preguntármelo a las claras. Estás sondeándome y luego tratarás de convencerme para que estudie psicología…

—No se puede ser sutil contigo. —Geraldo trató de hacer anillos con el vaho que salía de su boca—. Como psicólogo puedes llegar a ser bueno, lo acabas de demostrar. Como ukelele —¿se dice así?— lelista…

—También puede llegar a ser bueno. —Anna Duranta llegó trotando hasta ellos—. Tenías razón, la calle que sube no lleva a ningún lado.

Siguieron por la calle ancha. Geraldo, vencido por haber sido descubierto cuchicheando, se adelantó unos metros, atento a cualquier señal de la cáscara fosforescente, que era el nombre del bar. Anna le pasó el brazo por encima del cuello a Brais y le dijo:

—Ayer estuve tocando siete horas seguidas la trompeta.

—Yo no llegué a dos con el ukelele…

—En ukelele no hay tanta competencia.

Brais escuchó el aroma a chaqueta de cuero y a perfume de Anna, olía a brillo de trompetas sobre el parqué y a la luz acogedora de los escenarios. Pensó en Barcelona. Anna resolvía ejercicios de armonía sentada en un teclado baratero que les habían prestado. La ventana estaba abierta al verano y a las mil voces y acentos de la metrópolis. Brais salía por la puerta con el ukelele a la espalda. Llego tarde al bolo, ¿Tenías concierto esta noche? Me han llamado los de la jam de los jueves, les falta alguien para los acordes. Ah, pues en un rato me paso yo también. Un concierto más sin importancia. Y Brais es más alto y su voz es más grave. A un acorde dado, improvisa la música que brota de su cabeza sin pensar en escalas ni sostenidos, el ukelele es ya una prolongación de su música interior.

—¿En qué piensas? —preguntó Anna.

—En Blue Monk. ¿No te parece que Monk componía pensando en Leroy Albi, aunque eso sea imposible?

—Al final del verano —dijo Anna— nos escaparemos.

Una vela de sándalo ardía en el centro de su mesa. Pidieron unas cervezas. No había de barril, estaban dados de alta como asociación cultural. A su alrededor ardían otras velas, no muchas, como barcas fondeadas en la noche. Leroy Albi había reunido a unas quince personas. El dueño era un barbudo de ceñido delantal con un hígado venoso por nariz. Posaba el abridor sobre la botella y, como un mago, sin movimientos bruscos, lo levantaba al segundo con la chapa en la mano. Les agradeció el haber ido al concierto.

—Si a los que nos gusta la música no vamos a conciertos… —Dejó la frase a medias y la completó con una mueca de intimidación.

—Al parecer, la música tiene los días contados si la gente no empieza a acudir en masa a su garito —dijo Geraldo cuando estuvieron a solas—. Amo estos bares. Recitales, conciertos, presentaciones, todo acaba en quiebra, renegociar hipotecas y liquidar el patrimonio de la familia. El fracaso tiene algo tan bello…

—¿No estás loco, verdad? —preguntó Anna Duranta, y su risa renovó el aire viciado del garito, en el que parecían flotar gránulos de gomaespuma podrida.

El jefe subió al escenario. Miró a cada una de las mesas, se frotó las manos y dijo:

—Lo que vamos a escuchar esta noche es oro sónico. —Aquella voz tenía un gran cuerpo en el que reverberar, pero prefería los susurros—. Para quienes no lo conozcan, Leroy Albi es un ukelelista australiano. Estudió con Benny Chong y ha grabado recientemente con Abe Lágrimas Jr.

Continuó presentando a Leroy Albi como si de pronto fuese a aparecer desde detrás de un telón. Pero Leroy estaba allí. Era casi tan alto como el dueño del bar y eso que no se había subido a la tarima. Extendió su manaza sobre ella como para leer algo tallado en la veta de la madera y recogió una botella de agua que le habían dejado. Al beber inclinó la cabeza hacia arriba como si viniese del desierto australiano y el foco del escenario le iluminó la frente tipo Frankenstein que se gastaba. La nuez subía y bajaba maltrecha pero potente como un artefacto a vapor que todavía funcionara.

—Si hablamos de ukelele —continuó el dueño del bar— (de ukelele de jazz), tenemos que hablar de varias fases. Lejos quedaron los días de segundón de la guitarra o primo del banjo, de instrumento menor, desconocido, cuyos intérpretes imitaban el papel de la guitarra y sonaban, cómo no, limitados. Hoy existe toda una técnica, un tipo de fraseo, pensado para llevar las aguas —carraspeó y miró la hora— para llevar el jazz al molino del ukelele. Para aprovechar su timbre delicado y sordo, similar al que harían las pulgas al saltar, si las pulgas hicieran sonido al saltar. Este desarrollo, en un ochenta por cien, se lo debemos a Albi.

Albi miró al dueño. Sonreía pero no parecía entender nada de lo que decía. Una pelirroja que estaba en la barra fue hasta él y le dijo algo al oído. Luego Leroy canturreó en voz baja mientras marcaba el tempo chasqueando el índice y el pulgar.

—Pero queda un buen trecho. Para el que no lo sepa, en el mundillo hay todavía algunos carcamales que lo desprecian, tanto a Leroy como a su instrumento. A pesar de que el uke lleva años incorporado a Berkeley, se han hecho seminarios en el Monk Institute de Los Ángeles y se imparte también aquí, en el Taller de Músics de Barcelona…

—¿Para qué presentar un concierto? —se echó el pisto Brais—. Que deje hablar a la música.

—Él mismo es la canción que suena en las ruinas de su castillo —Geraldo señaló al techo, del que colgaban unas lonas mal grapadas—, y además una introducción verbal nos viene bien a los no iniciados.

—Eso es adulterar la música, so degenerado —dijo Brais.

Anna se rió y dijo:

—Es un músico frustrado, ¿no lo veis? Creo que es el presidente de las ukedadas en la comarca, lleva una orquestita de diez ukeleles, formada por guiris, hippies retirados y algún borracho de por aquí, lo he visto en la web.

—Para no interesarle —Geraldo hizo sonar la jarra al dejarla sobre la mesa—, veo a Brais muy atento.

Brais no se giró hacia Geraldo. Continuó escuchando aquella historia que él conocía tan bien. La historia del ukelele, el instrumento que le había escogido. ¿Que le había escogido? Se sonrojó de tal pensamiento.

—Cuanta menos gente venga —decía el hombre— mejor. Si viniese más gente tendría que poner un cartel en la puerta: no entre aquí quien no haya escuchado los siguientes discos: y a continuación un par de folios a doble columna. Cuando veo a tres músicos amenizando una boda y a la gente observándolos como a animales mientras degluten canapés… qué asco me dan. No importa a cuántas me inviten, llevo quince años sin ir a ninguna boda. Luego, si hay tiempo, os leo un poema que he escrito al respecto.

—Y gracias a este imbécil —dijo Anna Duranta—, ya nadie en esta sala contratará a músicos para su boda.

Los dátiles en los trastes daban la sensación de haber elegido la herramienta equivocada, como usar una llave inglesa para clavar un tornillo. Al agitarse, los dedos de la mano derecha de Leroy se confundían entre ellos y formaban un abanico de carne.

—Albi parece King Kong —dijo Geraldo—; el ukelele, la rubia.

—¿Y te gusta el concierto? —le preguntó Brais.

—¿La música? Sí, parecen pulgas saltando.

—¿Qué hay de la limpieza de sonido? —dijo Anna, que había estado resoplando.

—Y, sin embargo, se mueve —dijo Brais.

—Aunque no más allá de las corcheas, cada vez que lo intenta parece un perro con latas en la cola.

—Ésa es la clave, Anna, evocar la idea. Mira todas esas disonancias inesperadas, cómo se sale del acorde.

—Plagado de errores de ejecución, Brais, no cambies de tema. Mira, escucha… ¡Ahí! No, espera a que vuelva a empezar la melodía… Eso, ¿lo has escuchado? No le da para picar el tresillo…

La canción cesó de pronto y la risa de Anna resonó en el silencio, encadenando el último acorde con los aplausos. Ojos difusos y blancos, como clínex usados, les miraron en la oscuridad del antro. Geraldo se alejó un poco de ellos al observar que el jefe del bar también les miraba con reprobación.

—Tú ya sabes cómo es la melodía de Scrapple from the apple, así que Albi no necesita tocarla…

Anna seguía riéndose, para demostrar que no se avergonzaba de sus carcajadas.

Leroy se irguió sobre su diminuto ukelele soprano, que Brais creyó identificar como de fabricación china. Los había más largos, con más notas, pero Albi prefería el más sencillo. Era como si sostuviese el Quijote escrito en un grano de arroz. Empezaron a tocar Milestones.

—Me encanta esta canción —dijo Anna.

Escucharon veinte segundos y luego Brais dijo:

—Escucha, Anna, ¿no te parece que ese arpegio iba a continuar? Pero se ha detenido con una nota que ha pisado entre dos trastes y ha quedado sorda. Era el mismo patrón que ha utilizado en el acorde anterior, sólo tenía que repetirlo un poco más arriba, pero ha parado en la tercera nota para que tú termines de tocarlo… Pretende hacer ver que falla, como si dijera: ya sabes lo que he querido tocar, termínalo tú. ¡Yo al menos lo he hecho! Y sin ningún tipo de esfuerzo. ¿Comprendes? El ukelele ha dejado de sonar y yo casi no me he dado cuenta de ello, porque he seguido escuchándolo en alguna parte. Ese trasfondo que añade el oyente a la música interpretada, ésa es la revolución de Albi.

—¿Y cómo distingues entre uno que se equivoca y otro que toca así a propósito? —preguntó Anna.

—Si no son Leroy se equivocan, es así de sencillo. ¡No te rías! —Brais tuvo que reírse también—. ¿Crees que es fácil evocar una melodía en la cabeza del oyente sin tocarla? ¡El oyente se convierte en intérprete!

—Ni siquiera sé si estás hablando en serio…

Brais escuchó la música, Albi se balanceaba al ritmo del contrabajo y el charles de la batería.

Sabía lo que quería tocar. Tal vez luego no consiguiese interpretarlo y se conformase con sus disimulos melódicos, pero sabía lo que quería tocar. Por su parte, cuando Brais estaba en mitad de un solo, era como si el tiempo le persiguiera, siempre aterrado por encontrar las notas correctas para el siguiente acorde. Se aburría de tocar dos horas seguidas, al menos de escalas y trabajo duro. Ser músico al máximo nivel exigía sacrificios. Él quería asumirlos, pero era incapaz. Era un trabajo repetitivo que podía acabar en fracaso absoluto… ¿Y toda esa aventura de fugarse a Barcelona? Vio a su madre llorando en la mesa de la cocina y a su padre colgando y descolgando el teléfono con furia, sin saber a quién más recurrir para encontrar a su hijo. Pero aquel pueblo estaba lleno de valientes ancianos. Verdaderos aventureros que habían abandonado su país natal. Barcelona estaba tan a sólo a tres horas en tren desde su casa. Aun así, Brais dudaba. Y tal vez dudar era prueba suficiente de que no era uno de los elegidos…

Al rato, Albi empezó con sus propias canciones. Algunas ni siquiera tenían swing. En cierto momento, mientras el bajo aguantaba notas largas como campanadas y la batería chasqueaba la lengua como alguien rítmicamente contrariado, el ukelele de Albi entró en trance con una serie de arpegios de misteriosa monotonía. Geraldo comprobó su reserva de cerveza, Brais tomó la mano de Anna y ella se desperezó con calma, como si se hubiese quedado dormida durante un viaje en tren a la hora de la siesta y la reducción de la velocidad, que indicara la proximidad de su destino, la hubiese despertado.

—¿Pero qué cojones le pasa? —dijo posando una uña entre los dientes.

De pronto, Albi dejó de tocar. Continuaba moviendo las manos, fingía tocar, pero su ukelele no sonaba. Los arpegios, como una música encantada que viniese de todas partes y de ninguna, seguían en la cabeza de Brais.

Albi se echó de rodillas al suelo como un rockero poseído por Odín y tocó el ukelele mudo.

De nuevo en pie, se lo llevó a la boca e hizo ver que tocaba con los dientes, en plan Hendrix. Llegó a fingir que era una trompeta y, con el clavijero en los labios, infló los carrillos a lo Gillespie. Sacó un mechero y pasó su llama sobre el instrumento como un punk con dinero. La gente aplaudía y le vitoreaba. De pronto el bajo volvió al walking y empezó una canción que conocía pero no lograba identificar.

—Este tío es único. —Geraldo daba golpes en la mesa con el botellín de cerveza.

—La revolución de Albi ha terminado —dijo Anna—, ahora hace espectáculos de humor musical. Y toda esa teoría que me has contado… sabes muy bien que está cantando los solos. ¡No me digas que no te has dado cuenta!

—¿Cómo dices?

Brais entreabrió la boca y cerró los ojos. Había algo, sí, como un murmullo. No era el típico jazzista gritando como un loco sus solos al piano o a la guitarra para horror de quienes se sientan en primera fila. Leroy tarareaba en un tono grave que se confundía con las escobillas de la batería. Y sí, eran las melodías que Brais creía escuchar en su cabeza, sí, ése era el truco. Lo escuchó durante un rato. No, él no se había dado cuenta. Había sido una lúcida versión de Perdido by Duke Ellington.

Después de los aplausos, el dueño del bar subió al escenario, dejó que su barba acariciase el micrófono y dijo:

—Ha llegado el momento para el que tanto nos hemos preparado…

En los bolsos, bajo las mesas, tras la barra, en todos lados había ukeleles. Mientras Leroy y el baterista iban a pedir una cerveza, la gente arrastró sus sillas y formó un semicírculo frente al escenario, donde la pelirroja movía el cuello en círculos contra la tortícolis. Escalas arriba y abajo, trémulas canciones hawaianas, todo sonó a la vez, con el mismo desconcierto que las calles del pueblo. Te dije que ponía jam session, dijo Anna, ¡se referían a esto! ¿Qué van a tocar? Anna desenfundó su trompeta, le puso la boquilla y tocó una nota grave y larga, como una vikinga que avistara tierra. Albi le hizo gestos para que se acercase. Venga, Brais, alguien te dejará un ukelele, ¿por qué no has traído el tuyo? Un músico quiere tocar siempre, hasta que se le caen los dedos. Así que eso era un concierto de ukelele: todo el público era intérprete. Una música que sólo escuchaban los músicos no tenía sentido, las quince personas allí presentes eran la orquestita privada de un barbudo elitista. Los ukeleles hacían cada vez más ruido, pero, a una señal del jefe, se hizo el silencio. Un afinador pasó de rodilla en rodilla y empezaron los acordes de All of me con la ejecución de la orquesta de pulso y púa que han montado en la parroquia de tu pueblo. Anna saltó sobre el escenario. Al principio se limitó a adornar el final de cada frase, pero pronto empezó a tocar la melodía bien fuerte, arremetió con timbre de ariete por encima del nylon vibrante de las pequeñas guitarras. El dueño del bar y algunos miembros de su orquesta protestaron tímidamente, pero ella siguió. A fin de cuentas, ¿no era un logro que los ukeleles hubiesen dejado de oírse y ahora hubiese que imaginarlos? Albi y ella se balanceaban el uno junto a la otra en el diminuto escenario y sus hombros chocaban con camaradería musical. La melodía terminó y Albi usó su ukelele como batuta para indicarle a Anna que siguiera con los solos. Ella empezó con su hardbop. Geraldo había pedido otra cerveza. Rollizo como su sótano donde solían echar las tardes de verano desde muy pequeños. Allí habían editado una revista alternativa a la del colegio para conspirar contra los cimientos de la educación convencional, se habían convertido en detectives para tratar —sin éxito— de descubrir quién le había robado el coche al padre de Geraldo. Alguien le puso un ukelele entre las manos y Brais se dirigió como un autómata hacia el escenario. ¿Conoces la canción? Le dijo el barbudo cuando él se sentó en el borde de la tarima, bajo la trompeta de Anna y se unió a los acordes de All of me, como un jubilado más de la orquesta, aunque frente a ellos, en el día del gran concierto. Todos sonreían. Seguro que más de uno se había bebido una cerveza extra con el pincho de tortilla del almuerzo, tras el largo paseo matutino por la playa, qué envidia. Terminó el solo de Anna. Geraldo y los tres o cuatro clientes que quedaban en las mesas aplaudieron. Le llegó el turno a Leroy. Brais se puso en pie sobre el escenario para escuchar a sus anchas la combinación de susurros y ukelele Albi. La música eran nubes volando a simple vista en día de vendaval, un fenómeno meteorológico. La cara de Leroy se contraía y expandía, rotaba y se llenaba de grumos, bulbos, grietas y simas de carne al mutar entre los distintos tipos de sonrisas y muecas de sufrimiento artístico que su musa le obligaba a esbozar a cambio de inspiración. Brais sintió que podía dejarse llevar por la realidad sin esfuerzo. La cara de Leroy era el blandiblú casero que él y Geraldo elaboraron en el sótano a partir de Plantabén y agua. Lo habían leído en internet. Sólo había que vaciar los sobres de laxante en un bol con agua y meterlos en el microondas para que se convirtieran en aquel juguete viscoso, pero cometieron el error de probar un poco. Estaba bueno. Estos pensamientos no le sacaban de la música, venían de ella y él continuó tocando los acordes. Luego Albi le condujo hasta el micrófono y le animó a improvisar. Y lo hizo. Podía sentir la admiración del público ante las frases aprendidas directamente de los maestros del jazz escuchadas en mp3. ¿La mezcla en sí misma podía considerarse un estilo personal? No tenía ni idea, pero a la gente le gustaba, a los quince inadaptados de la orquestina de ukelele les flipaba esa mierda, por usar la jerga al uso en aquel tiempo. Terminado su solo, bajó del escenario. Anna le tocó el hombro para que se quedara pero él mintió que necesitaba ir al baño. La gente le felicitó cuando pasó a duras penas entre el escenario y las sillas. Les gustaba porque no sabían nada de jazz. En realidad, no les gustaba, sólo les impresionaba lo rápido que podía tocar. Le había bastado con menos de dos horas al día durante cuatro años, pero no era suficiente. También Geraldo levantó el pulgar. Geraldo iba a estudiar en la universidad y un día llegaría a su casa hacia las dos y media. Por el camino de losas hasta la puerta, a través del pequeño jardín, echaría un vistazo a los cipreses. El año que viene crecerán por encima de la cerca, pensaría con la chaqueta doblada sobre el brazo, rebuscando el llavero en los bolsillos. Luego abriría un quinto de cerveza y prepararía algo de comer, mientras discute en voz alta con el locutor de radio que da las noticias, antes de que llegue su mujer. Luego una siesta o un rato al sótano, donde diseñaría juegos de mesa o escribiría novelas de ciencia ficción o traduciría códices medievales para la asociación de esgrima antigua o se reuniría con un grupo de amigos para una larguísima campaña de rol en la España de la guerra civil en la que, si sus jugadores interpretaban con responsabilidad, podían cambiar la historia y derrotar al fascismo. Y usaría planos militares y callejeros de la época, sabría quién vivía en cada casa y ellos podrían tocar en cualquier puerta y Geraldo no se quedaría en blanco: abre la puerta una mujer que sujeta un conejo por las patas, diría. Brais tocaría el ukelele. Sí, el conejo está despellejado… O tal vez Geraldo tomase alguna decisión equivocada y arruinase su vida. El baño estaba libre. Encima del váter había una ventanuco por el que no podría huir. Lo abrió y la brisa de la noche entró como lo harían los dedos huesudos y gigantes de una criatura monstruosa que lo buscara. Las nubes avanzaban sobre la luna como la partitura autómata de una pianola. Como música inalcanzable.

Gigi y la casa de Nantucket

Rubén Blanes Mora

¿Por qué el polvo que levanta el aleteo de una mariposa nos invita a pensar en la inmortalidad de la literatura?

Gi-Gi, ese es el nombre de mi amigo. Un nombre raro, lo sé. La G se retuerce con la i, y tras un intento por no reírte delante de sus narices, repites el gesto con incredulidad porque la cosa no ha acabado ahí. Es un buen chico. Es joven e incrédulo, pero buen chico. Eso dice su mamá. Yo ni lo confirmo ni lo desmiento. Gigi quiere ser escritor. Por ello, y no por otros asuntos, pongo en duda sus intenciones.

Cuando nos encaminamos hacia a la noche oscura, con algún que otro neón siempre en mal estado, se queda embriagado por todo lo que acontece a su alrededor, ya sea una persona llorando de risa o un mendigo que dormita en un saliente repleto de bolsas que forman parte de su atuendo, considerando, cada eventualidad, digna de ser tratada por su extraña pluma.

—Esto saldrá en un relato. ¿Te das cuenta? —me dice con rostro ojiplático.

—¿Cómo?

—La literatura está en la calle, macho. Las cosas se escriben solas.

Yo le miró y me rió por dentro. Menudo imbécil. Los que creen que las cosas ocurren porque el azar y la buena voluntad de las circunstancias impelen a los hechos a presentarse porque sí, delante de nuestras bellas naricitas, no son más que unos mentecatos del tres al cuarto. Pero Gigi no lo es. El cree en lo que dice. Y yo creo en Gigi. Tiene razón. Vaya si la tiene.

—La literatura —me decía el otro día— es como el fluir de un río; mueve las desavenencias e ilusiones de cada ser humano. Necesitamos narrar las contradicciones inherentes al ser humano…

—Stop, Gigi. Necesito una copa para aguantar el sermón.

Gigi sonríe porque sabe que no tiene ni idea de lo que habla; por ello más razón, si se me consiente tal contradicción.

—Lo difícil está en dominarla, en concretar qué contar y cómo. Es como salir a cazar mariposas y preguntarse, ¿cazo solo las más bonitas o las que me faltan para completar la colección?

—Nabokov cazaba mariposas.

—Nabokov era ruso.

—¿Y?

—Nada. No entiendes.

Cuando dice esa frase me repatea las pelotas porque no solo me desprecia sino que afirma con su cara la rotundidad de su excelso conocimiento. Lo que no sabe Gigi es que, desde que lo conocí, en las noches en las cuales no salimos, que suelen ser pocas, yo me las paso leyendo a los clásicos rusos: de Pushkin a Gógol, de Chéjov a Nabokov, pasando por Tolstói y olvidando a Fiódor que me deprime, no por su literatura, sino por su gesto tan rotundo y tacaño. Podría machacar a Gigi a base de bien, disertar hasta hundirle en la más miserable de las miserias, pero no lo hago porque Gigi me gusta. Yo creo en Gigi, como he dicho antes.

Nuestro tema predilecto, que de esto va lo del polvo de las mariposas, lo inicio nuestro común amigo Ernest cuando en un arrebato de simplista incredulidad describió, no sin acierto, la escritura de Francis del siguiente e incestuoso modo: «Su talento eran tan natural como la marca del polvo en las alas de una mariposa». ¡Qué bella manera de expresar la envidia! ¡Qué grandilocuencia la de esa combinación de sonoridades e imágenes! Mágicas palabras, dijo un día Gigi. ¿Mágicas?, repiqueteé yo.

—La autoficción es la clave, amigo. Él supo —es decir, Francis— agrupar todas sus vivencias, dotarlas de sentido, mejorarlas cuando tocaba y expandirlas hasta hacerlas universales. Algo que todos desearíamos hacer pero nos está vedado.

Siempre se pone rotundo si encuentra un camino infestado de trampas en sus eternas divagaciones. Si la literatura es un proyecto tan humano como Gigi defiende, ¿por qué siempre nos parece inaccesible y solo apta para mentes maravillosas?, ¿qué hace que sea tan importante para dos tontos como nosotros?

—Vivimos en el 2017, y no en 1914. El mundo ya no es tan interesante, y sin vivir una vida interesante no tenemos nada que contar. Solo espero que la cosa empeore.

—Eres tremendo.

Gigi se ríe porque sabe que, en buena medida, tiene razón. Es necesario que el mundo se hunda para que la literatura nos rescate pero, ¿no sería suficiente con vivir una vida normalita? Piensen en la de John Cheever, aunque le demos de más a la botella, podríamos escribir unos cuentos de lo más amenos repletos de un simbolismo atroz y tronchante: Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado».

—No. Los cataclismos son fundamentales para el ser humano. Lo que me gustaría pensar es que los motivos, que bien sabes, no podemos buscar, son ellos los que nos buscan, me darían el coraje que me falta para escribir algo decente.

Gigi y yo nos miramos atónitos. El bar donde platicábamos se había vaciado, la música cesado y el camarero, calvo y medio idiota —es un buen hombre los domingos y los lunes— se había largado y nos había dejado encerrados allí dentro. Menudo follón, porque hasta la tarde de mañana no podríamos hacer otra cosa que bebernos los estantes, pedirle disculpas por sentarnos en una esquina tan oscura que no nos había vislumbrado con sus ojos de topo, y por vivir tan ensimismados que ni nos habíamos percatado de los cambios que sucedían en nuestro más íntimo contexto. Como ven, Gigi y yo carecemos de cualquier estímulo sexual.

Pasada una semana desde aquel extenuante suceso, me vi inmerso en una espiral repleta de vaivenes emocionales, lecturas compulsivas, -estoy releyendo obras que no dominé en su momento (Tendidos en la oscuridad y Ve y dilo en la montaña, por decir dos de las más enormes)- hasta que, sin desearlo, abrí mí correo electrónico para hallarme inmiscuido en esta extraña historia:

La casa se hallaba en lo alto de un promontorio delimitada por un sendero dibujado con unos guijarros color esmeralda que circunvalaban todo el territorio adoptando la forma de un anillo casi perfecto. Era un espacio cristalino y limpio. El cielo, aposentado a las espaldas de aquel mastodóntico edificio de madera, nosotros seríamos sus arrendatarios, acentuaba la blancura de los muros, y el tejado a dos aguas, vetusto como el mar que lo rodeaba, adquiría la elegancia de un sombrero picudo típico de la antigua nobleza británica. En Nueva Inglaterra todavía sobreviven las buenas costumbres. Una bonita manera de recrear y saludar al viejo imperio.

Cuando mi compañero y yo llegamos hasta aquel collado, descargamos nuestras maletas, saludamos al exterior, repleto de garzas color ceniza, más tarde nos enteraríamos que estaban protegidas, después, desgraciadamente, de que uno de nosotros matase con un tiro certero en la cabeza a uno de aquellos pobres animales, nos dimos un larguísimo abrazo y bebimos de aquella botella que nos había hecho compañía desde nuestra partida allí en Nantucket. El tintineo de las copas al atardecer engrandeció nuestra libertad. La paz que buscábamos se forjó a lo largo y ancho de aquellas playas cuyas melodías marítimas adquirían el sentido único de la existencia de dos hombres venidos a menos.

(Como puedes comprobar, a raíz de la encarnizada discusión del otro día -es mejor que no volvamos a ese bar después de la que armamos-, tú tenías razón: lo elástico de la lengua nos permite manejar a nuestro antojo qué decir y, sobre todo, cuánto estamos dispuestos a fantasear. Siempre había pensado que para escribir era necesario una pizca de supervivencia y otro poco de suerte vital, pero, no podía estar más equivocado: la poética de Aristóteles apunta lo dicho, aunque sigo creyendo que los latinos superaron en excelencia a los griegos, no obstante, y lo digo sin temor alguno, me quedo con el sabor de un buen martini bien nacido el nuevo día. Luego llega la oscuridad; ésta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes).

GI-GI

Noche Blanca

Gonzalo Hinojosa

Días más tarde me enteré de que mi colega uruguayo le había puesto MDMA a mi bebida sin decírmelo. Había reunión en su casa y la pequeña sala estaba atestada de gente con copas en la mano y el porro comunal en la otra. Solos de jazz se mezclaban con cumbias selváticas y con el típico rock de ocasión. Mi trasero estaba posado en el sofá y mi cuerpo se preparaba para caer en la somnolencia que provoca la cerveza tomada a prisa después de cenar, cuando una euforia descomunal invadió mis entrañas, induciéndome a un trance hasta entonces desconocido. Tenía unas ganas salvajes de expandirme, así que no tardé en hablar con la chica que estaba a mi lado. Había notado que tenía un tatuaje de la cara de Dostoievski y llevaba toda la noche planteándome si debía comentárselo o no. Te gusta el gran Mijáilovich, le dije. Dio un saltito por el susto y, cuando ordenó la situación en su mente, me dijo que sí, que en un momento de su vida en el que nada tenía sentido, El Idiota la había salvado de la desesperación total. Esas cosas pasan, así que no quise preguntar más, sino que me dediqué a meterle un rollazo sobre por qué nuestro amigo ruso era un maestro y ella pareció escuchar encantada. Poco antes de dar el paso coherente de salir a bailar a una discoteca, comenzaron a fluir los gin tonics para que la ocasión tuviera el caché que se merecía. Mi cuerpo estaba más ansioso que de costumbre, pedía ser azotado por ritmos electrónicos con bajos sobrecargados, así que no podía esperar para salir de la casa y dejarme el esqueleto. En la calle el grupo se dispersó de manera inevitable, pero los pocos supervivientes estábamos dispuestos a darlo todo. Sofía, porque así se llamaba mi nueva amiga, quedó entre los que entramos a la discoteca y la química siguió fluyendo entre nuestros cuerpos una vez que estuvimos en la pista de baile. El tiempo parecía haber perdido su densidad y, en algún punto, quedamos solos ella y yo. Ya había asumido que no pasaría la noche en mi cama, así que el paso hacia el piso de Sofía se dio de la manera más natural. Una vez en su cuarto, cometió el acierto de dejarme escoger la música. He notado que llevas un iPod, me dijo, puedes conectarlo a los altavoces, estoy segura de que tienes buen gusto. Sólo a mí se me ocurriría poner Beethoven, pero a ella no pareció desagradarle, sino todo lo contrario. Empezamos a besarnos de manera apasionada y cuando ya era inevitable lo que ocurriría (sólo quedaba la ropa interior por desaparecer de nuestros cuerpos), me dijo que no me preocupara, que se tomaba la pastilla. Nunca llevaba condones encima porque nunca esperaba que me ocurriera algo parecido. No tenía miedo alguno a que algo malo pasara y sólo al día siguiente se me cruzó por la mente la idea de que podía haber contraído una venérea o de que ella podía haber mentido sobre lo de la pastilla. Ya en pelotas me atreví a hacer algo que nunca en mi vida había hecho: comencé a besar sus senos y bajé con la boca poco a poco hasta posar mis labios en su vulva. Era mi primer cunnilingus, así que no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, pero la intuición biológica y las muchas horas pasadas en foros de internet escudriñando las enseñanzas de sexólogos sin título, guiaron mis labios. También parecía ayudarme el póster de Jim Morrison, con su mirada de complicidad sensual, observándonos desde la otra punta del cuarto. Creo que se corrió, porque en algún punto comencé a notar espasmos y, de repente, su cuerpo se arqueó hacia arriba como si una corriente eléctrica terrorífica la hubiera azotado. Antes de comenzar a consumar el acto me pidió, con respiración entrecortada, que esperara un momento. Mi pene pedía a gritos introducirse en su vagina, pero logré contener las ganas de hacer algo agresivo y, después de lo que pareció una eternidad, me dejó penetrarla. Las percusiones violentas de Ludwig nos acompañaban y, justo cuando la sinfonía llegaba a uno de sus puntos álgidos, noté cómo sus paredes vaginales se contraían, invitándome a subir el ritmo y a correrme de manera violenta. Luego llegó la calma y el sueño. Volvimos a hacer el amor al despertar pero no fue lo mismo. Como no se me pasó por la cabeza pedirle su móvil ni ella pareció dispuesta a saber más de mí, perdimos el contacto. Cuando le conté la historia a mi colega uruguayo, me dijo que no sabía quién era Sofía ni cómo había acabado en su fiesta. Supongo que esas cosas pasan, no es la primera vez que alguien se une de manera aleatoria a mis guateques tropicalípticos, agregó con tono orgulloso. El mundo es un lugar curioso y nuestros destinos se van tejiendo rodeados de coincidencias absurdas, por lo que, cuando años después me mudé a Barcelona y una tarde nubosa nos cruzamos en el Raval, no me extrañé demasiado. Iba de la mano de un hombre mayor que ella y a su izquierda caminaba un niño de ojos castaños, con melena y gestos delicados. Fijé la mirada buscando sus pupilas y Sofía agachó la cabeza. A veces, es mejor no preguntar.

Elogio encomiable de la familia

Manuel Jorques

Convencer a mamá de que lo mejor para ella —y para todos— era que se viniese a la ciudad, fue tarea imposible. Mamá estaba tan apegada a su vieja casa, a sus muebles, a sus cosas rudimentarias e inservibles, que alejarse del campo y de su pequeña aldea era peor que morirse.

—De aquí no me sacan si no es con los pies por delante —solía decir.

Tuvo que ser Melva, cómo no, la que consiguiera sacarla de allí a rastras, haciendo oídos sordos a sus lamentos, sus chillidos y sus pataleos, porque mamá, pese a tener ya cerca de noventa años, conservaba una vitalidad sorprendente e inaudita. Lo que no sabía mamá es que los médicos habían sido unánimes: apenas le quedaban unas semanas de vida. La enfermedad se había extendido por sus entrañas como una sombra taimada e implacable, y ya no cabía ninguna esperanza. Así que Melva adecentó la habitación de invitados y se la llevó a su amplio y confortable apartamento del centro.

Mamá se pasó cuatro o cinco días maldiciendo.

—No importa —nos tranquilizó Melva —, ya se le pasará el berrinche, ya veréis.

Pero no fue así. Muy al contrario, la ira de mamá se acrecentó hasta tal punto que era imposible siquiera visitarla, porque nos recibía a zapatazo limpio y gritando como una posesa. La misma Melva, sin duda la más decidida de todos los hermanos, comenzaba a dar muestras de flaqueza.

—Rechaza la comida —nos dijo—, agrede a Erik y a las niñas, tira cuanto encuentra contra la pared, blasfema, apenas duerme. Es un auténtico demonio.

Marcos, apiadándose de ella, se ofreció a tomarle el relevo, pero Melva se opuso.

—Mamá está que se muere, ya lo sabéis —señaló—. No creo que sea buena idea marearla con idas y venidas. Ya que está aquí, que aquí se muera y en paz.

A todo esto, ya había transcurrido más de una semana, y la verdad es que ni el ánimo ni las energías de mamá parecían desfallecer ante la enfermedad que la roía por dentro. Tanto era así, que los hermanos nos reunimos para hablar de nuevo con los médicos, sospechando que tal vez hubiese habido un error en el diagnóstico.

—Las pruebas son concluyentes —nos informaron, tras revisarlas una vez más—. En cualquier momento le empezarán a fallar los órganos vitales. Deben prepararse para lo peor.

Lo peor, sin embargo, ni siquiera hacía ademán de asomar la patita por debajo de la puerta. Mamá estaba acabando con la paciencia de Melva y, por adhesión, de toda la familia, sin ceder ni un ápice en su obstinado y terrible comportamiento.

—Ya ha pasado un mes y las cosas empeoran día a día. Dios tenga misericordia de nosotros —se quejaba Melva.

Justo cuando se cumplían las seis semanas de la llegada de mamá, Melva se derrumbó en el suelo de la cocina, fulminada por un infarto.

Ni que decir tiene que la terrible desaparición de Melva descabezó nuestra familia. De pronto, los restantes hermanos nos convertimos en un cobarde rebaño de ovejas que temblaba de zozobra ante el futuro. Todos pensamos, durante un momento, que Marcos volvería a ofrecerse para acoger a mamá y que de esa manera tomaría el timón de nuestra nave a la deriva, pero no dijo ni pío. Y eso que mamá cayó de pronto en un silencio atroz y en una actitud algo más dócil ante la comida y los cuidados. Por lo tanto, avergonzados pero sin dar nuestro brazo a torcer, decidimos echarlo a suertes.

Ganó —o perdió— Pablo.

Pablo asumió su nuevo rol con una envidiable entereza. El hecho de que fuese soltero aliviaba en cierto modo la situación en lo referente a posibles daños colaterales —Erik y las niñas estaban desconsolados y no querían ver a mamá ni en pintura— y el silencio persistente de mamá parecía anunciar el inicio de su pronosticado declive físico y de su consiguiente fatal desenlace.

Pero no. Mamá ya iba por los dos meses de supervivencia y la ausencia de gritos y malos modos que tanto martirizaron a Melva durante sus últimas semanas de vida dieron paso a una calma tensa e irrespirable.

—Me mira todo el tiempo —nos comentaba Pablo— con esos ojos que dan pavor y que parecen censurarme cuanto haga o diga.

Todos acudíamos regularmente a su destartalada casa y hacíamos lo que podíamos por echarle una mano con mamá. Uno llevaba la compra, otro se quedaba un rato por las mañanas mientras Pablo estaba en el trabajo, otro más cocinaba y limpiaba un poco, yo misma me encargaba de las mudas de ropa y sábanas; en fin, que en ningún momento dejamos a Pablo en la estacada. Y era cierto que mamá había enmudecido, y más cierto aún que su misma presencia resultaba incómoda y desagradable, sobre todo porque nosotros tampoco teníamos nada que decirle y porque pasábamos las hojas del calendario esperando que de una vez por todas cerrara los ojos para siempre.

A los cuatro meses, sin el consuelo de una simple nota, el pobre Pablo se quitó la vida.

Fue mamá la que nos anunció la mala noticia. Pablo se había ahorcado de madrugada en el salón y ella, al levantarse por la mañana, fue quien halló el cuerpo. Desde ese mismo instante, mamá comenzó a llorar. Lloraba y lloraba. Lloró desconsoladamente en el velorio, lloró afligidamente en el entierro, y en casa de Olivia, donde la forzamos a mudarse sin atender a sus quejas y objeciones —también hicimos oídos sordos a las de Olivia, por supuesto—, lloraba sin cesar, día y noche, noche y día, lloraba y lloraba y volvía a llorar.

—Mamá se nos va a disolver en lágrimas —se nos quejaba Olivia, desesperada.

Por mucho que la consoláramos, mamá no cesaba su llanto. Era tan lastimoso oírla llorar a todas horas, que la misma Olivia lloraba también a cada momento, y Eugenio, su marido, nos abría la puerta con los ojos húmedos y los niños nos saludaban entre sollozos, y aquella casa se fue volviendo tan triste y doliente que tuvimos que hacer de tripas corazón para no llevarnos a mamá a su casa del pueblo.

—Cómo la vamos a dejar morir allí sola —argumentó Marcos, entre suspiros, cuando alguna vez planteamos tal posibilidad.

Y fue el mismo Marcos, tras la infortunada muerte de Olivia en un desgraciado accidente doméstico que provocó que tuviésemos que internar a Eugenio en una clínica de reposo, quien no tuvo más remedio que acoger a mamá en su chalet adosado, lo cual tuvo como consecuencia —para escándalo de toda la familia— que su mujer y sus hijos lo abandonaran de la noche a la mañana.

Sin Melva, ni Pablo, ni Olivia, me tuve que multiplicar para auxiliar a Marcos con mamá. Gracias a Dios, mamá había dejado de llorar, pero ahora parecía haber caído en una especie de trance, porque dormía a todas horas y se nos hacía muy dificultoso despertarla un momento para alimentarla y asearla.

—Será que esta vez mamá ya empieza a morirse —le decía yo a Marcos, mitad triste, mitad esperanzada.

Porque el pobre Marcos parecía un alma en pena, y a mí me daba la impresión de que si mamá no se daba prisa, Marcos la iba a adelantar en su viaje al otro mundo. Cada día que pasaba —y ya íbamos para nueve meses de la venida de mamá a la ciudad— se le veía más flaco y más deshecho.

Mientras tanto, mamá, como una marchita bella durmiente que jamás hubiese recibido la visita de su príncipe salvador, yacía en la cama de Marcos, totalmente ajena a la desgracia que sobrevolaba nuestra familia. Aquellas navidades, a diferencia de las de antaño, las pasamos en menguada compañía: ni uno solo de sus nietos, yernos y nueras quiso venir a verla. Mi marido y mis dos niños me habían dado un ultimátum: o mamá o yo. Me apiadé de Marcos y no lo dejé solo en tan señaladas fechas.

Fue el día de Año Nuevo cuando Marcos desapareció. Recorrí todos los hospitales y comisarías, puse anuncios en las calles, movilicé a los pocos amigos que le quedaban para tratar de encontrarlo. Pero fue inútil. A Marcos parecía habérselo tragado la tierra.

Aguanté todo lo que pude, pero sin la ayuda de Tobías, mi marido, no pude hacer frente a los pagos pendientes de Marcos. Cortaron la luz, más tarde el agua. Y ya estaba en curso el procedimiento de desahucio y la consiguiente ejecución de la hipoteca por parte del banco, cuando mamá despertó.

—Mamá —le dije, cogiéndola de las manos— te voy a llevar de vuelta a tu casa.

Pero mamá, desperezándose, me miró a los ojos y esbozó una sonrisa tan tierna como la que yo recordaba de mis días de infancia.

—Ay, hija mía —dijo—, ya se me han quitado las ganas de volver al pueblo y qué puede ser mejor para una vieja como yo que estar con su familia.

El sol entraba de lleno en la habitación a través de las rendijas de la persiana. Entonces caí en cuenta de que principiaba el verano y de que, con toda seguridad, iba a ser un verano muy largo, yo diría que interminable.

Lambi

Eduardo A. Vidal

Tomasín, el padre del patrón, se jacta de preparar el mejor tiramisú de toda la comarca. A menudo nos toca padecer sus excentricidades. En sala sobrellevamos el asunto, los que peor lo pasan son los de cocina, expuestos a la fiebre senil del septuagenario que les sabotea el servicio con su mera presencia. Hasta hoy, el patrón desacreditaba las quejas de los asalariados, desentendiéndose del trato vejatorio que sufre el personal de los fogones durante las visitas de su padre.

—Siempre me guardo medio pollito en la taquilla por si las moscas. De no ser por la tapioca, compadre, le aseguro que a ese viejo atrevido hace rato que ya le hubiera hundido la cabeza en la freidora —me confesó en una ocasión Araceli, la freganchina llegada de lejos que aprendió a cultivar la paciencia; ese consuelo de oprimidos, esa virtud caída en desuso.

La semana pasada Tomasín volvió a hacer de las suyas. Llegó en mitad del servicio con una canasta llena de huevos, afirmando que cumplían con las normas que estipula la producción orgánica, no como los de nuestro proveedor, que según él, son frutos insípidos obtenidos a partir de la explotación intensiva de los recursos. Estaba ido, su pellejo apestaba a sexo. Llevaba camiseta de tirantes y pantaloncillos minúsculos, no se quitó las gafas de sol ni para ir al baño, se desplazaba por el local esquivando el conflicto. Maldijo la obsolescencia programada y bromeó acerca de lo poco que duerme y lo mucho que chinga desde que se le estropeó la tele. Elaboró los tres kilos de su postre fetiche sin incordiar, lavó los utensilios y se despidió agitando una mano, arrastrando hasta la puerta algo similar a un adiós.

Esta mañana, un niño fallecido y quince hospitalizados por intoxicación alimentaria. Inspección sorpresa. Desenfundaron sus acreditaciones, nos tomaron declaración por separado, extrajeron muestras de las cámaras frigoríficas y nos enviaron de vuelta a casa. Clausuraron el establecimiento hasta nuevo aviso, todo apunta a que el origen del mal se hospeda en el legendario tiramisú del patriarca. La Dirección General de Salud ha puesto a mi patrón en búsqueda y captura. El jefe de cocina ha volcado la responsabilidad en el viejo, que en este momento se encuentra en paradero desconocido.

Mi patrón fue incapaz de contener el derrumbe; hace unas horas, segundos antes de convertirse en un prófugo de la justicia, lo vi percutir su cabeza reiteradas veces contra el expositor de los flanes. Tal vez se trate del parafraseado muro de desgracia contra el que tarde o temprano todos nos estampamos, unos encajan lo que venga con temple estoico y otros se escaquean por atajos agravando lo irreversible.

Dentro de lo que cabe, tuve suerte. Ese día Tomasín preparó tres jodidos kilos de tiramisú, de los cuales únicamente vendimos veinte porciones, el resto me lo entregó el jefe de cocina en un embalaje descartable alegando que la textura menguaba en firmeza y por lo tanto no se tendría hasta el día siguiente. Lo metí en el congelador nada más llegar a casa, reservando el manjar para mi día franco.

El breve interrogatorio al que me sometieron los inspectores de sanidad potenció mi voluntad de evasión, así que fui a lo de El Pequeño Rufián e invertí en gramajes de tetrahidrocannabinol los últimos euros que me quedaban, a pesar de que recién estamos a veintiocho y que mi salario peligra, por no mencionar la supresión de los dos platos de comida diarios que estipula mi contrato. Todo resta. Fuerzo en vano una siesta, llueven mensajes que no abro, bebo cantidades exageradas de agua, ojeo Allá Lejos de Huysmans, hurgo en la despensa, oscurece: se han agotado las reservas de café.

Es la quinta vez que abro el refrigerador y extravío la mirada en el moho de las salsas sin tapa, en el óxido de las latas de conserva a medio usar; mientras tanto, un palmo más arriba, en un compartimiento extra destinado a almacenar congelados, aún activa, Salmonella degrada un clásico de la repostería italiana, pendiente de un descuido que le permita expandirse a temperatura ambiente, e irrumpir esplendorosa, en nuestra tosca existencia.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.

Este relato fue originalmente publicado en el número uno de Carne para el perro, fanzine literario de la agrupación Letras de Contestania.