¡REABRE LA TIENDA ONLINE! Utiliza #REAPERTURA para un -10%.

RELATO BREVE

Septiembre, 2018

Salto al vacío

Salto al vacío

Mariángeles Álvarez

Lluvia. Sólo lluvia. Una cortina húmeda que cubre mis ojos, que me impide ver más allá del cristal de la ventana. El cielo, una suerte de sábana blanca, se deja adivinar al otro lado. Un sillón de cuero desgastado, una alfombra raída y yo, somos las únicas inquilinas del apartamento del piso veintisiete de uno de esos rascacielos obsoletos que los turistas fotografían como si de obras de arte se tratara.

Sin embargo, yo siempre he pensado que no eran más que gigantes endemoniados que guardan corazones solitarios en sus entrañas porque, quién si no querría vivir en un lugar en el que la vista no alcanza la tierra y el cielo es tan solo un manto vacío, insípido y alejado de la humanidad.

Al final, he acabado en uno de ellos.

Observo las gotas de agua deslizándose por el cristal. Lo hacen sin prisa, sin orden, sin preocupación. Me recuerdan a mí hace un tiempo, cuando no tenía que vivir en este lugar, cuando era una persona en un mundo real, en vez de un fantasma de mí misma acurrucado en el rincón más alejado del suelo firme.

Continúa lloviendo. Lleva así desde hace días, puede que semanas, no lo recuerdo. En realidad, recuerdo poco de mi vida anterior, tan sólo que había color y era feliz, y vivía en una planta baja. Entonces no necesitaba ese horrible aparato que chirría cada vez que sube o baja.

Cuando llegué a Nueva York pensé que también viviría en una casita de planta baja o, como mucho, en un primer o segundo piso. Al principio fue así. Pero luego todo cambió, todo se hundió: mi trabajo, mi matrimonio, mi cuerpo, mi alma y mi vida entera. No había otro remedio y me mudé.

La primera vez que vi este edificio, desde la acera de la calle Cincuenta y cinco, pensé que no me quedaría, que era un lugar odioso. Recordé mi planta baja, con la luz del sol colándose a raudales por cualquier hueco que encontrara. Y allí no había luz, al menos yo no la podía ver desde la calle.

Y cuando penetré en su interior estuve realmente segura de que no podría vivir en un sitio como ése. Pero entonces lo vi: una puerta metálica me esperaba al final del oscuro y angosto pasillo. Caminé presa de una angustia que crecía por momentos, pero caminé y lo hice porque mis pies me llevaban en dirección a la portezuela que se abría y cerraba sin control, produciendo un desagradable chasquido al golpear con la pared que la enmarcaba.

La tenue luz de la única bombilla que colgaba del techo, en mitad del pasillo, no era suficiente para alcanzar a ver su interior, así que continué caminando hasta estar tan cerca de esa puerta que casi la cruzo sin querer: Tres paredes de madera que parecían haber sufrido un incendio hacía ya mucho, y una hilera de botones, la mayoría de ellos apagados, otros con un brillo tan escaso que era imposible saber qué número tenían grabado.

Una voz me sobresaltó:

—Tiene que usarlo, señorita, si es que quiere llegar viva a su destino.

Me volví. Un hombre de aspecto desaliñado, con apenas unos pocos dientes en su boca, me hablaba desde detrás de un mostrador tan viejo como él o incluso más.

Viva, había dicho, llegar viva a mi destino. Aquella caja elevadora se parecía más a un arca mortuoria que a un salvavidas. Hice caso omiso de sus palabras y proseguí con mi examen de ese hueco infecto. Entré en él y alargué el brazo derecho, tratando de tocar una de las paredes con la mano. Al tacto era una superficie rugosa. Deslicé los dedos por ella y entonces sentí como algo laceraba mi piel.

—¡Ay!

Di un respingo y me eché atrás llevando la mano hacia mí. Vi que me había hecho un pequeño corte del que salía un hilillo de sangre. La succioné con la boca y decidí que jamás viviría en un lugar así. Aquel tipo de la inmobiliaria se había equivocado enviándome allí.

Dudé si regresar sobre mis pasos o continuar adelante. Miré hacia la puerta de la calle. Decenas de coches circulaban hacia un lado y otro, cada uno con un destino conocido. Yo no conocía el mío, así que aún no podía regresar afuera. Un poco más, un paso más. Podría ver si pulsando alguno de esos botones el elevador se ponía en marcha. Podría hacerlo desde donde estaba, sin entrar, sólo desde la puerta, eso sí, con cuidado de que no me seccionara el brazo en una de sus idas y venidas quejumbrosas.

De nuevo alargué el brazo y esta vez tan sólo toqué levemente uno de los pulsadores al azar, llevando atrás el brazo con presteza. No sucedió nada. No se movió ni se encendió nada en absoluto. Puede que no funcionara. Tendría que irme. En realidad, iba a irme de todos modos, aunque antes de hacerlo me gustaría comprobar si ese aparato aún sube y baja.

Miré al hombre del mostrador. Tenía la mirada fija en algo, no sé bien en qué pues allí no había nadie más que yo ni nada más que el ascensor. Pero él miraba otra cosa. Le hice un gesto con la mano y me lo devolvió con su índice izquierdo apuntándome a mí y dirigiéndose hacia adelante con fuerza.

Devolví mi atención a la hilera de botones y pulsé otro con más fuerza. Entonces sucedió algo: la puerta corredera se detuvo y el tubo de neón que había en el techo del ascensor se encendió como por arte de magia. Me quedé quieta, sin saber qué hacer. No sucedió nada más. Parecía como si tan sólo aquel lugar estuviera esperando a que yo entrara en él. Y lo hice. Tal vez fuera curiosidad, tal vez ese ser que todos llevamos dentro sin saberlo, ése que nos obliga a hacer ciertas cosas que en realidad no pretendíamos hacer, o tal vez sólo fuera la corriente del aire gélido del otoño neoyorkino que me impulsó a protegerme de él, lo que hizo que entrase en el elevador.

Una vez allí, no hice nada. Ya no quería observar más, ya no pretendía saber si funcionaba o no. Tan sólo deseaba que no fuera yo la que controlara lo que sucedería a continuación. Cerré los ojos y en ese momento sentí una sacudida que casi me hace caer de espaldas. Y se movió, el elevador se estaba moviendo y yo iba en él. No sabía qué botón había pulsado antes de entrar, así que desconocía mi destino. Pero eso no era algo nuevo. Al menos alguien o algo sí lo sabía.

Continuas sacudidas y un olor acre me acompañaron durante todo el camino. Y yo continuaba sin abrir los ojos. Poco me importaba ya a dónde me conducía aquel aparato. Minutos, puede que horas o incluso días me pareció que habían transcurrido. Y mientras, en esa pantalla negra que se proyecta ante nosotros cuando tenemos los ojos cerrados, vi mi vida, la otra, la anterior, la que había acabado, la de la casita de planta baja o apartamento luminoso y ventilado en un segundo piso; la de los días azules y los alegres ladridos de un perro al llegar del trabajo; la de las risas fáciles y los paseos por Central Park; esos días de vino y rosas de los que el ascensor me estaba alejando cada vez más.

Por fin se detuvo y lo hizo con la misma violencia con la que había arrancado antes. Y la puerta corredera se abrió dejándome frente a otro largo y oscuro pasillo con una sola puerta al fondo y un cartel a la salida en el que podía leerse: «PISO VEINTISIETE». Era el mío, al menos era lo que ponía en la llave que me había entregado el tipo de la inmobiliaria.

Recorrí los diez o doce metros que me separaban de la puerta del fondo, dejando atrás el elevador cuya puerta volvía a abrirse y cerrarse sin control. Al llegar al final, volví la mirada atrás y vi que el aparato continuaba allí, no regresaba a la planta baja. Decidí sacar la llave del bolsillo e introducirla en la cerradura. Era la correcta. La puerta se abrió y ante mis ojos apareció una estancia amplia, sin paredes que la fraccionaran en modo alguno, con una ventana al fondo, un viejo sillón de piel y una alfombra a sus pies.

Puse un pie dentro, pero mantuve el otro en la parte exterior del umbral y de nuevo miré hacia el ascensor. Parecía querer acompañarme con su brusca percusión. Puede que me estuviera diciendo que entrara, que pusiera los dos pies dentro. En mi cabeza tan sólo oía su golpeteo, pero acompañado de imágenes que la unían a viejos recuerdos de una planta baja. Hasta que no pude soportar por más tiempo ese terrible sonido y entré, cerrando con fuerza la puerta tras de mí.

Apoyé mi espalda en ella y la deslicé hasta tocar el suelo. Desde allí veía a través de la ventana, una extensión infinita y blanca, a la que ni tan siquiera alcanzaban las aves, un desierto sin vida en las alturas.

Al cabo de un rato, me levanté y no pude evitar asomarme a la mirilla. El ascensor ya no estaba allí; el golpeteo había cesado y se había ido, dejándome allí arriba, sola. De eso hacía ya cuatro meses.

Ahora la lluvia empañaba el cristal y cegaba mis ojos y yo no había vuelto a usar el ascensor, no había vuelto a la planta baja. Había permanecido allí tanto tiempo, que ya ni siquiera recordaba cómo era vivir en una planta baja. El ascensor se había ido y con él se había llevado mis recuerdos. Ahora tan sólo abría la puerta para recoger la comida que me traía el repartidor a domicilio y cuando éste venía, mientras hacía su entrega y yo le pagaba, el ascensor, en lugar de esperarle allí arriba, regresaba abajo hasta ser llamado de nuevo. No quería verme, ni yo a él.

Puede que, después de todo, aquél fuera mi lugar, donde debía estar, donde permanecer para siempre. Las gotas continúan deslizándose por el cristal en alegre travesía, ajenas a mí. No parece importarles no estar en una planta baja o en un primero. Y a mí, ¿me importa no estarlo? Ya no lo sé, ahora ya no lo pienso, ahora sólo pienso en ese maldito ascensor y en que un día me llevó arriba para no dejarme bajar jamás.

Estoy sola, siempre sola. Desde aquí no oigo nada, ni siquiera cuando abro la ventana. Hasta aquí arriba no llegan las risas de la gente, ni sus gritos, ni siquiera el sonido del tráfico, siempre tan abundante en la ciudad. Aquí todo está muerto.

Pero, y si algún día quiero bajar. Ese maldito aparato no querrá venir a buscarme, lo sé. Piensa que éste es mi sitio. Lo supe cuando entré en él y se puso en marcha aquel día ya tan lejano. Lo odio, lo odio porque me tiene presa de una vida que no quiero. Pero ya no puedo cambiarla, ya no puedo volver atrás y regresar a la calle en lugar de entrar en ese ascensor.

Quiero salir…, y él no me lo va a permitir.

Oigo el murmullo del aire tras el cristal. Es la primera vez que lo oigo desde que estoy aquí arriba. Abro la ventana y miro abajo. Si, ahí abajo hay vida, pero no puedo regresar, no me dejan ya, aunque quiero, ¿quiero?, creo que sí. Sí, sí quiero. Y ningún ascensor obsoleto y quejumbroso me lo va a impedir.

Acerco el sillón a la ventana y me subo a uno de sus brazos. El aire que entra es frío, pero me hace sentir viva. ¡Ahora lo recuerdo! Mi planta baja y las risas alegres. Quiero eso de nuevo, lo quiero todo. Cierro los ojos, doy un paso hacia delante y ya no vuelvo a abrirlos. Ese maldito ha perdido la partida.

Silencio.

Este relato fue seleccionado como ganador en la primera edición de la Bop Writing Party, organizada en colaboración con Aracataca Espresso Bar.

Este relato fue seleccionado como ganador en la primera edición de la Bop Writing Party, organizada en colaboración con Aracataca Espresso Bar.