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RELATO BREVE

Septiembre, 2018

Linda

Linda

Rafa Zamorano

Sternschanze, Hamburgo. En el Ático de Linda Mossen Heinrich. Narrador de noche otoñal.

El ático de Linda Mossen Heinrich (pequeño, de un solo espacio y mobiliario frugal, o del color de la tarde, acogedor y lleno de sentimiento) daba a la Rosenhofstraße, un recodo (apenas una esquina y un tramito empedrado con un muro florido al fondo) que se adentraba como una enredadera en las entrañas del barrio hamburgués de lo alternativo y la bohème. Cuando el sol salía por las mañanas, los días que no había una capa de nubes cubriendo el cielo, se podía ver el rojo del amanecer transitar por las gotas del rocío hasta el empedrado del pavimento, a poca distancia del balcón con ventanal (muy amplio, como suelen ser en Hamburgo para no desaprovechar un ápice de luz) que saludaba la callejuela. Había veces que parecía como si aquél fuera el único ático de la Rosenhofstraße, por la sensación melancólica que envolvía al hecho de que estuviera enfrentado, a la misma altura y a menos de dos metros de distancia, con el ojo triangular de la buhardilla de otro ático. También, porque a los dos lados de ese ojo caían como lágrimas las marcas del tiempo y la lluvia, surcando la pared de piedra de tonalidades oscuras (como ríos o enormes rascacielos) cuya interpretación era susceptible de llamar a lo siniestro en un alma dotada de un mínimo de sensibilidad. Desde que me fijé por primera vez en esta disposición, en una de las ocasiones en que volvimos los dos juntos al ático tras una larga noche de fiesta por la ciudad, comprendí, como por arte de Eureka, que algo de todo ello había en la mirada de Linda, en su modo de actuar, en sus palabras. Comprendí, o más bien creí comprender, que su mirada nostálgica era como aquel ojo, como el silencio de aquella buhardilla, y que a los lados de su mirada le debían caer dos silencios exactamente iguales que las dos lágrimas de aquel ojo, como si se le hubiera secado una tormenta en las mejillas, dejando a su paso una pradera de pureza. Porque tenía unas facciones suaves, unas facciones como de callejuela al amanecer, y eso me hacía pensar en la belleza y sus causas, e inevitablemente me llevaba a buscar un porqué a toda costa (mi gran obsesión), considerando incluso lo remoto e inverosímil como una posibilidad, por muy pequeña que fuera.

No nos habíamos visto en un tiempo. Recuerdo que durante ese tiempo estuve pensando en ella y en el ventanal; concretamente, en ella asomada al ventanal, con la mirada fija en el ojo de la buhardilla, como queriendo penetrar en su interior. En mi imaginación, la escena se parecía a la muchacha en la ventana de Dalí, aunque luché (en vano) para que cobrara un aspecto más parecido a la de David Friedrich. Pensaba que una mujer que contempla el mar (y su belleza) eran algo demasiado tempestuoso como para ser comprendido. Por suerte, Linda no contemplaba el mar. Se limitaba a contemplar la buhardilla (el ojo; no menos inmenso en mi imaginación), y eso hacía que la imagen fuera mucho más concreta, es decir, más asequible. Pero ése no era realmente el problema. El problema era que, en la escena, Linda se encontraba de espaldas a mí. O, lo que es lo mismo, que yo la contemplaba desde atrás. Veía su espalda (su cabello, más bien, a modo de capa, una capa de un rubio oscuro veteada de algunos tramos casi negros), sus piernas (desnudas en la mayoría de las ocasiones, nunca o casi nunca cubiertas), unas piernas cuyas cimas hacían que las puntas de la larga cabellera se curvaran y dirigieran hacia mí; sus brazos, el marco blanco de sus brazos, como ligeros contrafuertes que sostenían su cuerpo contra los límites del vano del ventanal, y una leve redondez en perspectiva sobre este marco, despuntando al alba de su cuerpo en una sensualidad natural y firme.

Sin embargo, era incapaz de verle la cara. No importaba el ángulo desde el que tratara de imaginar la escena: ni siquiera me servía posicionarme pegado a la pared que le daba continuidad al ventanal con el fin de ver de lado su perfil. De hecho, esto era peor. Las formas más extrañas surgían de aquella imagen sinuosa y a contraluz, como si me adentrara en una cueva completamente oscura y tanteara a ciegas sus paredes. Lo ideal, pensaréis, habría sido imaginarme a mí mismo en la buhardilla, para así mirar a Linda directamente desde el ojo. Llegué a esa conclusión en muchas ocasiones, pero siempre que lo intentaba, es decir, siempre que me imaginaba dentro de la buhardilla (sólo la pared con el ojo delante de mí; a los lados y detrás, nada), el ojo aparecía cubierto de una densa capa de polvo. Podía percibir el contorno de Linda detrás del polvo, pero cuando lo limpiaba con la mano, en movimientos llenos de ansiedad, Linda desaparecía. Entonces volvía a imaginarme en la buhardilla, como si le diera a reset o comenzara la partida de nuevo, y el polvo, con el contorno de Linda detrás levemente iluminado, volvía a estar ahí. Llegados a este punto, podían pasar dos cosas: que me acercara al ojo con suma cautela, tratando de conservar su contorno a cualquier precio, para después eliminar la capa de polvo como si estuviera acariciando una porcelana china del siglo III (por decir algo), o que me allegara de un salto y usara mi mano a modo de limpiaparabrisas frenético. De cualquier forma, la imagen nítida de Linda nunca aparecía, y yo me convertía poco a poco en un Diógenes de la frustración, acumulando intentos fallidos que me llenaban de amargura.

Un día decidí que tenía que verla y la llamé. Aquella decisión se sintió como volver a empezar, como si le diera una nueva oportunidad a mi mente para comprender las cosas. Cuando descolgó el teléfono los dos nos quedamos callados. Recuerdo que iba a decir algo (quería decir algo) para romper el silencio, pero entonces ella, con su particular tono de voz, como de nube apacible y solitaria, se me adelantó y dijo que había estado esperando que la llamara. ¿Tan pronto te has olvidado de mí? ¡Cómo me voy a olvidar de ti!, es sólo que he estado muy ocupado, le dije. Quería decirle también que había sido ella misma la que me había mantenido ocupado, y que no había sentido la necesidad de verla físicamente hasta ese momento, pero comprendí que no tendría ningún sentido. Hubo otro silencio, largo o corto, no lo recuerdo, y después ella dijo, de una forma que quería ser tajante pero que dejaba lugar a la esperanza: «Es que ni siquiera me has respondido a los mensajes». Esto me hizo sospechar de su estrategia (fácil de deducir), e inmediatamente le pedí perdón, pero no un perdón al uso, sino una excusa que, al igual que sus palabras, llevaba el perdón implícito. Respondió con un Vale en el que se resumía toda la historia de la Humanidad (así son los alemanes), y después me propuso con creciente alegría en su voz: «¿En el Kuntz a las ocho?» Vale, dije. Okay, dijo, nos vemos luego. Besos. Besos.

El Kuntz (al lado del ático de Linda) era un bar con ambientación tradicional alemana. Tenía un interior espacioso poblado de largas mesas de madera, en las que se sentaban en hileras los bebedores. Siempre había un aire festivo, y la barra tenía ese tono de abundancia de los supermercados, con al menos veinte grifos distintos de cerveza. Nos sentamos al final de una de las mesas, junto a unos desconocidos que ni siquiera nos miraron. Había tres lámparas distribuidas en el techo en un espacio equivalente al de la mesa (el patrón se repetía en todas), y sobre nosotros teníamos la única de las tres cuya luz parpadeaba, en ocasiones, como si estuviera compartiendo cerveza con el resto de la gente y le entrara el hipo divertido de los borrachos. Antes de entrar, en la puerta, Linda me había saludado con una sonrisa. Por la tranquilidad aparente con la que lo hizo, es decir, por el hecho de que contuviera sus formas, tal y como hacen los primerizos que quieren transmitir una imagen lo menos viciada posible (lo más alejada de sí mismos) a sus citas, acabé de convencerme de que estaba dispuesta a olvidar mi reprochable actitud. Quería que la viera de nuevo como cuando la conocí. Y estoy seguro de que ella entendió que así sería (aunque para mí era imposible dejar de verla como la había estado imaginando durante tantísimo tiempo), porque me dijo que fuéramos adentro con una confianza inusitada (exactamente la misma confianza que tendría alguien que todavía no ha sido descubierto), y después dijo qué cerveza quieres (o qué vas a tomar, no lo recuerdo bien), siéntate mientras te la llevo. Y yo fui y me senté al final de aquella mesa parpadeante. Al poco rato Linda llegó con las bebidas e hizo un comentario acerca de la lámpara con hipo, y los dos nos reímos. Le pregunté qué había hecho todo este tiempo, y ella respondió, sin entender muy bien, o pensando que simplemente había formulado mal la pregunta (mi alemán era horrible), que sólo habían pasado tres días desde la última vez que nos habíamos visto, que no le había podido dar tiempo a hacer mucho. He estado esperando tus mensajes, dijo. ¿Sólo eso, sólo esperando mis mensajes?, dije yo, y le di un trago a mi cerveza. La pregunta quería tener un aire inocente, pero a través de la jarra vi el gesto contrariado de la cara de Linda, casi ofendido. Me pareció que era como tratar de mirar a la Linda del ventanal desde el ojo de la buhardilla, y que la cerveza en la jarra era como el polvo del ojo. Pensé que quizá si me mantenía mirándola a través de la cerveza podría descifrar el misterio de su belleza, y con él el misterio de la Linda del ventanal. Pero entonces ella dijo ¿te parece poco?, y vi que su frente se arrugaba con una mezcla de decepción y enfado. Bajé la jarra (no soy un impertinente), y le dije que era imposible que hubieran pasado sólo tres días. Que yo por lo menos llevaba meses soñando con ella, no sabía cuántos, pero meses. Así que no me gastes ese tipo de bromas, le dije, queridita mía, queridita de mi corazón. Y le di otro trago a la cerveza, volviendo al experimento. Quiso saber entonces por qué cojones la miraba a través de la jarra (estaba realmente extrañada), y añadió: «No me llames queridita mía, ni queridita de mi corazón, ni queridita de nada, por favor». Yo le contesté: «Queridita mía, no me digas cojones, no hay cojones en las nubes apacibles que dormitan en los cielos llenos de misericordia; no los hay, no los hay. Pero ella insistió (creo que dijo cojones otra vez) en que dejara de decir tonterías, que ella calaba a los tíos muy rápido, y que el haber pasado una noche con ella (habían sido muchas más) no me daba free way (dijo free way) para comportarme como un idiota. Le respondí, sin pensarlo mucho, que era muy difícil que con tan sólo tres frases que llevábamos de conversación pudiera verme ya como un idiota, que claramente ella quería perdonarme, que me perdonara y ya está (llevaba cincuenta condones en la cartera, la tenía tan llena que parecía que me salía un tumor gigante de la pierna), y que no fuera tan egocéntrica, que ni siquiera había sido capaz de fijarse en lo que llevaba en la pierna, y mira que abultaba, y que el abultamiento era una estrategia para lograr un fin mayor, pero por su egocentrismo ahora teníamos que estar en ese bar bebiendo cerveza, o mirándonos a través de cerveza (al menos yo), y era muy incómodo, muy incómodo. Podríamos estar ya en la habitación, le dije. Tengo que hacer unas pesquisas allí, así que, por favor, deja de ser tan egocéntrica por una vez en la vida. Entonces ella dijo pero qué cojones me estás contando, chaval, que cómo que por una vez en la vida, si no nos conocíamos de nada, que era la segunda vez que nos veíamos, que cómo me atrevía a hablarle así, que quién coño me creía que era yo, y yo le dije, le imploré, que dejara de decir que era la segunda vez que nos veíamos, que bastaba ya con esa bromita, porque me iba a volver loco, si me lo decía una vez más me iba a volver loco, se me iba a salir el corazón disparado por la boca y se iba a desparramar sobre la cabeza del señor calvo que teníamos delante, como la bola de un cañón: ¡PUM!, y entonces tendríamos que limpiarle la cabeza al pobre calvo, pero yo no podría, porque estaría muerto, así que, apelando a su egocentrismo, le dije que tendría que limpiarlo todo ella sola, y que no le convenía para nada. Llegados a este punto, levanté la cabeza y vi que habíamos llamado la atención de nuestros vecinos. Creo que el tono había ido escalando sin que nos diéramos cuenta. El calvo, que al parecer llevaba un rato mirándonos, preguntó si todo iba bien. Yo le dije fenomenal, señor calvo, fenomenal. Sospecho que fue entonces cuando Linda se puso a llorar (aunque quizá había empezado a llorar mucho antes o llevaba llorando desde que entró al bar), y el calvo dijo ¿perdón?, y yo le dije te perdono, señor calvo. No sé qué pudo haber de malo en todo aquello, pero noté que la cara del calvo se enrojecía como un horno de hierro vivo, y acto seguido se abalanzaba sobre mí. Por suerte, la lágrimas de Linda habían formado un enorme charco alrededor de la mesa, con lo que el calvo se resbaló y fue a dar con su cabeza en mi cartera, literalmente se abrió la cabeza contra una cartera llena de condones, y de su garganta salió un ¡urghh!, y yo no pude evitar reírme, reírme mucho, reírme como si se abriera el cielo y cayeran mil buques de guerra a plomo sobre Europa, o sobre América y Europa, destruyéndolo todo, dejando la tierra yerma como la boca de una estatua, porque tenía que ser una maldita casualidad, o amor, amor verdadero, ¡benditas lágrimas de Linda!, ¡bendito ojo!, que ahora lloraba y lloraba, anegándolo todo: las mesas, los borrachos, la lámpara, el hipo de la lámpara, a Linda, a mí. Claramente, era el momento de salir de aquel lugar, así que cogí a Linda (como si cogiera una fuente inmensa) y me la llevé a nado por las calles (que ahora eran ríos) hasta su ático.

No paró de llorar hasta que la dejé en la cama. Yo me fui directo al ventanal y admiré el ojo, allí, tan cerca, a menos de dos metros de mí. Estaba muy cerca de descubrir el misterio, de llegar a la conclusión absoluta acerca del todo: sólo tenía que poner a Linda en el ventanal, enfrentarla al ojo, saltar hasta la buhardilla (agarrándome a las cornisas), romper el ojo (romperlo con ira divina), entrar en la buhardilla, girarme y contemplar a Linda, la Linda del ventanal, la Linda de mis sueños. Pero entonces me volteé y vi su imagen ahogada en las penumbras del rincón más remoto de la cama. Me dio la clara sensación de que tenía miedo, porque me miraba expectante, como las víctimas miran a sus verdugos, y se agarraba las rodillas con los brazos. Saqué la cartera y desparramé todos los condones por el suelo. Le dije: «si quieres los usamos, puedo con los cincuenta», pero ella no respondió, sólo se agarró las rodillas más fuerte, como si las quisiera reventar, cada vez más y más fuerte, con más rabia, con más furia, con más olvido, y con una voz imbuida de toda su fuerza vital, como si fuera un animal acorralado, gritó: «¡Déjame en paz, puto loco; estás loco!, y se puso a llorar. Temí que se inundara la casa, como se habían inundado la calle y el Kuntz, y le dije: «Por favor, Linda, Lindita mía, no llores, lo siento mucho, yo no quería hacerte esto, por favor, no llores, yo sólo quería verte frente al ojo, sólo eso».

Entonces ella me miró, enarcando las cejas, y con lágrimas aún cayéndole por las mejillas y voz de derrota, dijo: «Yo me llamo Anabel, y quiero irme a casa».