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Rebeldes en América

En verdad no sorprende a nadie que las primarias republicanas hayan contribuido poco a mitigar la habitual perplejidad con que se mira a la sociedad americana desde el otro lado del charco. Mientras escribo estas líneas, James Surowiecki se pregunta para la New Yorker por qué demonios los americanos blancos de clase trabajadora adoran a Donald Trump, un excéntrico millonario que anunciaba su candidatura a la presidencia en un ático de Manhattan entre vítores de un puñado de extras pagados por él mismo. A priori brindar una explicación parece todavía más difícil si tenemos en cuenta que un 74% de los asalariados, según las encuestas, considera que «el sistema económico americano favorece por lo general a los ricos».

Pero sucede que los americanos ven en Trump a un outsider, el único de entre los candidatos republicanos que gracias a su inmensa fortuna puede pasarse por el forro a los grupos de presión que controlan el gobierno, como él mismo decía hace unos días a los medios. El caso no tendría más relevancia si no fuera porque, además de una reserva inagotable de personajes a medio camino entre el Spaghetti Western y lo valleinclanesco, América ha dado rebeldes fértiles y originales como pocos países. Algunos fake, es cierto; pero otros, de Thoreau a Neal Cassady, o de Benjamin Tucker a Walt Whitman, han abierto caminos hasta entonces ignotos, descubriéndonos en el transcurso un pedacito de la otra América.

¿Norte contra sur?

La historia tradicional, y tiene algo de razón, lo remonta todo a una gélida noche de diciembre de 1773, cuando un grupo de ciudadanos de Boston asaltan, disfrazados de indios, las naves de la Compañía británica de las Indias y arrojan sus cargamentos de té por la borda. Aquellos hombres, que se hacen llamar Los hijos de la libertad, airados por el monopolio que el rey de Inglaterra acaba de conceder a tal Compañía de Indias, y temiendo que aquello forme parte de una conspiración real para someter a las colonias al despotismo, accionan casi sin quererlo la primera palanca que conduce, a través de una embrollada cadena de represión y radicalismo, a la declaración de independencia y el nacimiento de los Estados Unidos.

Las trece colonias que conciertan su destino reunidas en el parlamento de Filadelfia, sin embargo, estaban lejos de presentar un panorama felizmente homogéneo. En primer lugar, la diversidad religiosa había sido la norma desde el principio: Virginia era sobre todo anglicana; Maryland había servido de refugio a los católicos desde su fundación; los estados de Nueva Inglaterra eran abrumadoramente puritanos. Además, la Constitución no había resuelto el problema de la esclavitud negra, que constituía el grueso de la fuerza de trabajo en las plantaciones del sur. Por si fuera poco, la opinión pública estaba desgarrada en dos campos de opinión política, que poco después darían lugar a algo parecido a nuestros partidos políticos. Por un lado, los federalistas, con George Washington y Alexander Hamilton a la cabeza, defendían la creación de un Estado federal fuerte al estilo de las potencias europeas, con una banca nacional, aranceles proteccionistas e impuestos sobre el alcohol. Por el otro, el partido demócrata-republicano de Thomas Jefferson y James Madison, vigilante siempre frente a los tentáculos del poder, contrario a los ejércitos permanentes, a los impuestos y a la centralización, representaba al grueso de los granjeros y pequeños propietarios. En el fondo de aquella disputa se encontraba un problema filosófico de primer orden que recorrerá toda la historia de América: ¿debe el individuo obedecer al Estado? Y, en caso afirmativo, ¿hasta qué punto? Jefferson respondería tajante a la pregunta: «el mejor gobierno es el que menos gobierna».

Diversas circunstancias enredarían todavía más el panorama americano. El partido demócrata-republicano, disuelto y reconvertido en el partido demócrata en 1828 —precedente del actual partido del mismo nombre—, que en principio cuenta con adeptos en toda la geografía del país, se va convirtiendo para los estados del sur en el refugio de la resistencia contra las intromisiones del gobierno federal; sus representantes locales llaman a desobedecer las leyes federales si violan lo establecido en la Constitución, y estados como Carolina del Sur se atreven a promulgar una Nullification Act, que les otorgaría la facultad de desdecir a Washington. El desafío, que por momentos adquiere tintes dramáticos, no tiene que ver tanto con la esclavitud como con la idea que cada facción tiene de la Unión: el sur prefiere conservar sus atribuciones en una Confederación laxa que deje amplia autonomía a los estados, mientras que el norte aspira a imponer sus intereses industriales y la fuerza de su número a través del gobierno federal. Cuando en 1861, Lincoln y los republicanos se niegan a aceptar la secesión del sur, la guerra es inevitable.

Puede discutirse si existe alguna razón para una incongruencia tal como levantarse en armas por la confederación y la libertad al tiempo que legiones de esclavos negros trabajan al ritmo del látigo en las plantaciones de algodón de Virginia o los arrozales de Nueva Orleans. Sea como fuere, la incongruencia dejaría una profunda huella en el espíritu de Norteamérica y en la reconfiguración de fuerzas que rige hasta hoy. A partir de entonces, y con toda lógica, los afroamericanos volverán sus ojos al partido centralista de turno como estrategia para contrapesar las pretensiones segregacionistas del sur. En 1861, tal partido era el republicano de Abraham Lincoln, y congruentemente los negros se alistaron masivamente en los United States Colored Troops para combatir contra el sur. Eso sí, todavía en regimientos segregados. Más adelante, a excepción del movimiento black power que sacudió el país en los sesenta y setenta, cuando cada barrio de color contaba con una librería de los Black Panthers y predicadores de la Nation of Islam, los negros se integrarán en el partido demócrata, que ahora toma en su programa la defensa de los derechos civiles, tratando esporádicamente de introducirse en las primarias, como Jesse Jackson en el 84 y otra vez en el 88.

Por uno de esos giros tan habituales en la política norteamericana, el otrora partido del Ku Klux Klan, que había surgido entre las bases democráticas del sur, se presentaba ahora en todo el país como el partido de las minorías, mientras el partido republicano pasaba a identificarse con los estados sureños y los poderes locales —sobre todo cuando los demócratas ocupan la Casa Blanca—, perfilado con ambigüedad respecto a los derechos civiles y mostrándose ante el público como el auténtico rostro de América.

Este rocambolesco intercambio de fichas desconcierta incluso a los propios norteamericanos. Cuando el año pasado Cliven Bundy, un vaquero de Nevada, se niega a pagar impuestos por el uso de las tierras públicas donde pastan sus ganados, se organiza al vuelo una milicia de ciudadanos armados para disuadir a las autoridades federales de llevar a efecto la sentencia contra él. Su iniciativa de resistencia recibe la simpatía de varias personalidades de Hollywood y de la política, y cuando se le pregunta en televisión a cuánto asciende su deuda, responde: «no sé cuánto debo porque no abro las cartas del gobierno». Al cabo de un tiempo, unas declaraciones ostensiblemente racistas del vaquero diluyen el espejismo libertario que se había formado en torno a su causa.

El americano como cowboy

Desde el principio de la independencia, los padres fundadores creyeron en el establecimiento de una sociedad que borraría las jerarquías del Viejo Mundo y que, en consecuencia, ofrecería a cada cual oportunidades como no habría hallado nunca. Jefferson en particular vislumbraba una república de granjeros y trabajadores independientes, y durante mucho tiempo se consideró que trabajar por cuenta ajena no era propio de ciudadanos libres.

Como en aquel tiempo ofrecer a cada cual la capacidad de prosperar por sí mismo requería esencialmente de tierras libres donde establecer a la propia familia, aquel espíritu indómito y resolutivo sólo podía sostenerse sobre la expansión territorial. En consecuencia, los intereses de la república se volvieron al interior, a la vasta extensión de las praderas, el valle del Mississippi y las grandes llanuras, un territorio que había sido legalmente comprado a Napoleón por Thomas Jefferson en 1803, pero que de facto habitaban el bisonte y, tras él, los jinetes indios, y que los pioneros habrían de conquistar a su cuenta y riesgo con el pico en una mano y el revólver en la otra. La vida a que todo ello conducía erosionó definitivamente las costumbres antiguas y disfuncionales de Europa; el pionero no necesitaba ejércitos permanentes, iglesias establecidas ni aristócratas que cobraran rentas sobre la tierra. Lejos de la policía y de la justicia del Estado, la práctica del vigilantismo y la vida de frontera inclinaban al pionero de forma natural hacia una forma primitiva de anarquismo, dado que no podía ver en el Estado más que una fuente de restricciones e impuestos parasitarios. En el Oeste, dice Mabel Elliott, «un hombre podía vivir sin preocuparse de los recaudadores de impuestos o de los legisladores, y si se mudaba con suficiente rapidez, ni siquiera tenía que preocuparse de la opinión de su vecino».

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Cazador de búfalos encontrado en 1868 tras un encuentro con los Cheyennes cerca de Fort Dodge, Kansas

El carácter del hombre y la mujer americanos se cimentaron sobre los avatares de un Oeste ignoto, mal dominado por la civilización occidental a pesar del ferrocarril, que se abre paso con dificultades entre las montañas de granito y los territorios indios. Cada vez que la polémica sobre la libertad de armas sacude el país, sus partidarios responden con el siguiente argumento: ¿por qué motivo habríamos de dejar todas las armas en manos del gobierno? El americano medio tolera mal la delegación en instancias superiores: cuando la brutalidad policial sacude los barrios negros de las grandes ciudades industriales de América, los Black Panthers organizan patrullas armadas de autodefensa que siguen a la policía en su ronda rutinaria por el gueto. En un momento dado —recuerda Bobby Seale, fundador del partido—, el policía dice «¡no tiene derecho a observarme!», a lo que su compañero contesta: «no es cierto, una sentencia del Tribunal Supremo de California establece que todo ciudadano tiene derecho a observar a un oficial de policía haciendo su trabajo siempre que se mantenga a una distancia razonable. En esa misma sentencia, se declara que a partir de diez pies se puede decir que existe una distancia razonable. Yo estoy a veinte pies de Usted y le voy a seguir observando, le guste o no».

Una izquierda diferente

En Europa se dice a menudo que Estados Unidos carece de una auténtica izquierda capaz de desafiar el statu quo. El Partido Republicano sería en realidad ultraconservador, quedando los demócratas como una suerte de centro-derecha moderado sin ánimo de revolver el piso más de la cuenta. Nada más lejos de la realidad: el programa demócrata no dista demasiado del programa al uso de los socialdemócratas europeos; la diferencia, más bien, radica en las resistencias que se oponen a su iniciativa reformista y, hasta no hace tanto tiempo, en las alternativas autóctonas a la izquierda europea.

Porque la izquierda ortodoxa de corte marxista, a pesar del loable intento de Dorothy William por matizar el excepcionalismo norteamericano, siempre tendría en ese país el aspecto de un animal exótico mal aclimatado. Es cierto que Eugene Debs y el Socialist Party of America obtendrían excelentes resultados —cerca del 6% de los votos— en las elecciones presidenciales de 1912, pero a fuerza de presentarse como un conglomerado que apelaba a grupos tan dispares como los Industrial Workers of the World y los muy americanos utopistas agrarios.

En la época de los grandes trusts, cuando el control sobre ferrocarriles y telégrafos caía en unas pocas manos y los libros de autoayuda comenzaban a popularizarse entre los aspirantes a self-made man, la gran amenaza para el sistema procedía de los granjeros del suroeste y las grandes llanuras agrupados en el People’s Party. Los populistas eran, en esencia, agricultores afectados por la crisis y el descenso de precios; familias endeudadas que pierden sus tierras hipotecadas y pasan a engrosar el número creciente de los desahuciados —de rabiosa actualidad, ¿no les parece?—. Detestaban el estatus de monopolio que habían alcanzado las grandes empresas, se consideraban estafados por la banca y aspiraban a restaurar el ideal jeffersoniano de una sociedad igualitaria de pequeños propietarios. Después de todo, la tradición americana había hecho del campesinado el pueblo elegido de Dios, único fundamento de una sociedad democrática libre. Durante varias décadas serán la tercera fuerza del país, y en las elecciones de 1896 rozarán la vicepresidencia en una candidatura conjunta con los demócratas.

Esta primera tradición pretendía conquistar el Estado y, a través de él, controlar algunas de las palancas de la economía como los ferrocarriles y el teléfono, además de usar la inflación para aliviar las deudas. Su ideal era la tranquilidad privada de la vida familiar rural, pero se apoyaba en el Estado. No obstante, todavía existía una larga tradición antigubernamental heredada de los padres fundadores y continuada por hombres como Thoreau, Emerson o Warren, que insuflaba en el movimiento obrero su carácter libertario e inconfundiblemente americano dirigido contra el Estado. Henry George, en un libro que alcanzaría junto con la Biblia el podio de libros más vendidos a finales del siglo XIX (Pobreza y miseria, 1879), sostenía la necesidad de desmantelar el aparato de privilegios e impuestos del Estado, reemplazándolos por un único impuesto sobre el valor de la tierra, que tendría la doble ventaja de desalentar la especulación y desconcentrar la riqueza. George creía que aquel enorme adelgazamiento cambiaría la naturaleza del Estado hasta convertirlo en una «gran sociedad cooperativa», al tiempo que «una mayor igualdad en la difusión de la riqueza tendería a juntar capitalista y trabajador en una misma persona». Asociado a ciertos círculos de obreros e inmigrantes irlandeses en la ciudad de Nueva York, presenta su candidatura a alcalde en 1886, donde finaliza segundo.

Por la misma época, Boston, la ciudad más culta de los Estados Unidos, bulle en multitud de círculos obreros e intelectuales donde se discuten las ideas de Proudhon, leídas desde una mirada norteamericana. Estos hombres y mujeres, que se hacen llamar mutualistas o anarquistas o ambos, en función de pequeños matices, niegan que abolir la propiedad privada sea una necesidad impuesta por el desarrollo productivo. Sostienen que los males del capitalismo se deben más a la falta de competencia que al exceso de ésta, y en consecuencia su lucha se dirige al monopolio y el privilegio. Como diría Benjamin Tucker en la declaración de principios que abría la mítica revista Liberty:

La batalla de nuestro siglo se libra contra el Estado. El Estado, que rebaja al hombre, prostituye a la mujer, corrompe al niño, pisotea el amor, ahoga el pensamiento, monopoliza la tierra, limita el crédito, restringe los intercambios, aumenta el poder del capital ocioso y, a través de los intereses, las rentas, el lucro y los impuestos roba sus productos al trabajo duro y honesto. Cómo el Estado hace estas cosas y cómo se le puede impedir hacerlas es lo que Liberty se propone mostrar con más detalle a medida que avance la prosecución de sus objetivos. Baste por ahora con decir que el monopolio y el privilegio deben ser destruidos, que la oportunidad existe y que el reto nos anima. Éste es el trabajo de Liberty y ‘¡abajo la autoridad!’ su grito de guerra.

Nos encontramos con el extraño caso de un grupo de radicales para quienes, al contrario de lo que sucede en Europa, el libre mercado no es el mal sino la herramienta que permitirá a los trabajadores liberarse del yugo de sus patrones, del privilegio bancario, del terrateniente. Tucker, retorciendo la conocida sentencia de Jefferson, llegará a declarar que «los anarquistas (individualistas) son demócratas jeffersonianos hasta sus últimas consecuencias y sin miedo de éstas, para quienes el mejor gobierno es el que menos gobierna, y el que menos gobierna el que no lo hace en absoluto».

Gracias a aquella revista animada y polémica, que durante veintisiete años se mantuvo sobre los varios miles de suscriptores y que ganó la simpatía de intelectuales de la talla de Walt Whitman y H. L. Mencken, grupos de diverso tipo proliferaron a lo largo y ancho del país; en los barrios industriales de Detroit, en el gueto de Nueva York. Moses Harman publicaría Lucifer, un periódico dedicado a la liberación de la mujer, al control de la natalidad, a la oposición a la Comstock Act, que legalizaba el sexo forzoso dentro del matrimonio. Aquella revolución cultural, a la vez sexual, política y económica, que podríamos ver como un largo mayo del 68 en la América del siglo XIX, tocaría no obstante a su fin. No había lugar para ella en el siglo XX, con sus estructuras rígidas, sus ejércitos y sus discursos nacionalistas.

¿Una derecha antiimperialista?

En los años cincuenta, cuando las edge cities sembraban de viviendas unifamiliares la periferia de las ciudades americanas y la ruta 66 adquiría su fisionomía legendaria, los Estados Unidos llevaban ya décadas deslizándose silenciosamente por el camino que separa la república del imperio. Con el pretexto de la lucha contra el comunismo, las reuniones del Congreso se habían convertido en una mera refrenda de las actividades secretas de agencias como la CIA y la Comisión para la Energía Atómica; los ejércitos estaban permanentemente movilizados, incluso en tiempo de paz, y la economía estaba esclerotizada y corrompida debido al New Deal y a la economía de guerra.

Aquella deriva, aplaudida desde las élites, encontró a sus más certeros críticos entre lo que se dio en llamar la vieja derecha; un movimiento de base republicana opuesto tanto al imperialismo externo como al autoritarismo interno, que veía en la guerra la fuerza disolvente que acabaría con los valores cívicos que en el pasado habían hecho de América la nación más libre de la Tierra. Eran, sin embargo, de derecha, porque se identificaban con los valores tradicionales. Cuando la administración Truman trataba de legislar sobre el reclutamiento forzoso para tiempo de paz, el congresista Howard Buffett se opondría vehementemente a la medida, arguyendo que aquello «probaría al mundo que Hitler estaba en lo cierto —que la amenaza externa del comunismo justifica un régimen interno de militarismo y regimentación». La ley, proseguía, «descansaba en el concepto totalitario de que el individuo pertenece al Estado».

Ernest Weir, un empresario del acero involucrado en las actividades de la vieja derecha, lo expresaba así en 1951:

Piense en lo que significa todo esto. Significa que dentro de veinte años habremos tenido dos generaciones enteras de americanos que no han tenido la oportunidad de conocer la verdadera América. No habrán experimentado la verdadera independencia individual que hizo grande a este país, sino que aceptarán el control meticuloso sobre su vida privada por el gobierno como algo a lo que acostumbrarse.

Paz con todas las naciones e imperio de la Constitución sobre los intereses creados parecían la última palabra del movimiento. En muchas facetas, desde luego, la old right no estaría a la altura de su época, y al cabo sus adherentes serían tratados con algo de razón como la vieja guardia de un mundo crepuscular que tocaba a su fin. Su legado, sin embargo, les sobrevivirá.

¿Americanización inevitable?

En El planeta americano, Vicente Verdú llama a los europeos a resistir la creencia popular que hace de Norteamérica el anticipo de nuestro futuro. Si bien su modelo parece adaptarse razonablemente bien al temperamento y a la mentalidad de los americanos, prosigue, no tiene por qué sentarnos bien a todos. Europa debería jugar las cartas de su historia compleja, sus tradiciones y sus conflictos resueltos con éxito. Probablemente tenga razón. Pero si debemos resistir al Imperio quizá no sea tan mala idea aprender de sus rebeldes.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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