Olvídese de Proudhon

Nota: éste es el prólogo que abre nuestra publicación en papel Idea general de la Revolución, de Pierre-Joseph Proudhon.

Si hubiera de dar una advertencia a quien se acerque a Proudhon por primera vez, sería: olvídese de lo que supiera o creyese saber sobre él hasta ahora. El lenguaje del francés, no siempre claro, dado no pocas veces a la antinomia, se ha prestado con demasiada frecuencia al desbroce de los cazadores de citas, hasta el punto de que hoy el personaje popular e imaginado se parece muy poco al de verdad. Quizá muchos le reconozcan por una sentencia abusada hasta el aborrecimiento: «la propiedad es un robo», y en cambio desconozcan de él ésta otra, opuesta a la primera: «la propiedad, contrapeso del Estado y salvaguarda de la libertad». Las razones para esta memoria selectiva acerca del pensamiento de Proudhon son variadas, y quizá no sea éste el mejor espacio para hablar de ellas. Baste decir que habitualmente se ha primado al escritor precoz de ¿Qué es la propiedad?, enfant terrible que causó el revuelo entre la sociedad parisina con sus deducciones lógicas y sus proclamas incendiarias, leído como un anticipo del anarquismo colectivista de Bakunin. El 1848, dirá: «estos diputados se asombran de que yo no tenga cuernos y garras». Tal mirada nos ha privado de echar la vista a su periodo de madurez, que da inicio con el libro que presentamos en esta edición, Idea general de la revolución en el siglo XIX —considerado por Benjamin R. Tucker como su mejor trabajo— y continúa con El principio federativo y La capacidad política de la clase obrera.

Este último periodo de Pierre-Joseph Proudhon, algo más sereno, repleto de matices, ha despertado el interés de cierto sector de la izquierda europea que desde los años ochenta busca una alternativa al «socialismo real» de la Unión Soviética, y desde entonces no ha dejado de influir, siquiera como eco lejano, en la crítica de los movimientos sociales al statu quo. Después de todo, fue Proudhon quien anticipó que la estatalización de la economía al estilo de Marx llevaría a la estatalización de las ciencias, de las artes, y de la sociedad civil, y quien articuló por primera vez un proyecto que tenía por objetivo declarado hacer compatibles la libertad y lo espontáneo de la sociedad de mercado con la equidad. Por ese motivo, Luciano Pellicani y Monique Canto-Sperber, cada uno de forma independiente, han querido ver en él a un «socialista liberal», pero el término es excesivo. Proudhon concibió una sociedad pluralista que contrasta con el modelo monolítico y centralizado de Marx, pero su proyecto trasciende la idea de un capitalismo humano o socialdemócrata, como pretenden estos autores; el francés imagina más bien una sociedad de trabajadores independientes, fábricas autogestionadas y cooperativas de crédito, donde el Estado, cuando existe, está tan limitado y descentralizado como sea posible a la administración de la cosa pública. Su proyecto está tan lejos del capitalismo como del comunismo; sin caer, al mismo tiempo, en esa suerte de tercera vía que Pellicani y Canto-Sperber llaman socialismo liberal. El proyecto de Proudhon es, como veremos más adelante, el mutualismo.

En cualquier caso, volvamos a nuestro hombre. Pierre-Joseph Proudhon nació un 15 de enero de 1809 en Besançon, el Franco Condado, en el seno de una familia humilde: su padre era tonelero y cervecero; su madre, sirvienta. Perteneció a una generación de hombres que, una vez alcanzado cierto nivel de cultura autodidacta, podían aspirar a viajar de un lugar a otro desempeñando los trabajos más variados: un día era tipógrafo en Besançon; otro, agente de comercio en Lyon, y al siguiente lanzaba un pequeño periódico que inflamaba los corazones en las barriadas de París.

Sería tentador remontar todo el mutualismo francés a sus propios escritos, pero lo cierto es que el pionero de Besançon —él mismo era un obrero tipógrafo, como decíamos— tomó el nombre y el fondo de sus ideas después de entrar en relación con los núcleos obreros de Lyon en la década de 1840. Algo que no suele aparecer en los libros de historia es que el mutualismo fue durante las décadas centrales del siglo XIX la ideología par excellance de la clase obrera francesa, sobre todo de cierta vanguardia procedente de los estratos cualificados y semiartesanos de la misma, todavía de un estatus relativamente holgado si se los compara con los proletarios ingleses, pero amenazados por el curso de la mecanización. Se trataba de tipógrafos, trabajadores del bronce y el mármol, sombrereros, zapateros, peleteros, cerrajeros y un largo etcétera. En su inmensa mayoría trabajaban como asalariados para industrias de pequeño y mediano tamaño en los suburbios de ciudades como París y Lyon, conforme al incipiente desarrollo del capitalismo francés; excepcionalmente también como autónomos y pequeños propietarios.

En aquel tiempo, la proliferación de sociedades cooperativas de producción y de consumo alimentó por algunas décadas la idea —compartida incluso por Bakunin en su Catecismo revolucionario de 1866— de que el capitalismo podía superarse pacíficamente mediante la asociación voluntaria de los trabajadores. El mutualismo de estos obreros de vanguardia, de la que Proudhon formaba parte, trataba de averiguar de qué modo podía precipitarse esa transición sin abolir la propiedad (garantía de libertad y «contrapeso del Estado») ni caer en la expropiación violenta. Por algún tiempo Proudhon osciló entre diferentes experimentos creativos como el banco de trueque, pero terminaría convenciéndose de que el único medio para lograr semejante fin consistía en abolir el privilegio y el monopolio, liberando el mercado al tiempo que se desmantelaba el Estado para entregarlo a compañías de trabajadores. Como decía Engels en 1867: «ellos [los mutualistas] dicen: suprimamos el Estado y el capital se irá al diablo. Nosotros [los comunistas] proponemos el proceso inverso». En especial, el Banco de Francia debía ser transformado en un banco mutuo gestionado por cooperativas de trabajadores con la finalidad de proporcionar crédito al precio de costo («gratuito») al tiempo que el monopolio sobre la tierra debía disolverse para entregar la tierra a los campesinos. Como resume genialmente Proudhon en La capacidad política de la clase obrera (1865):

Digamos que el proletariado no pretende despojar a la burguesía de sus bienes adquiridos, ni de ninguno de los derechos de que goza justamente; no se quiere sino realizar, bajo los nombres perfectamente jurídicos y legales de libertad de trabajo, crédito y solidaridad, ciertas reformas cuyo resultado sería abolir (¿qué?) los derechos, privilegios y demás beneficios de que la burguesía goza de una manera exclusiva, y por este medio hacer que no haya burguesía, ni proletariado, es decir, absorberla.

El desarrollo del mutualismo conduciría naturalmente a la «disolución del Estado en el organismo económico» de forma que todos los resortes útiles de la administración (banca, seguros, ferrocarriles, minas, etc.) serían entregados a compañías de trabajadores y sometidos a la ley de la libre competencia. Proudhon llegaba por este camino al anarquismo: negó el contrato social como fundamento del Estado, dado que sólo el individuo puede establecer contratos soberanos; negó los impuestos, dado que roban al trabajo su producto legítimo, y estableció como su meta la constitución de una «sociedad sin autoridad». Como explica en Idea general de la revolución en el siglo XIX (1851):

Para que yo viva libre, para que yo no sufra más ley que la mía, para que yo me gobierne a mí mismo, se hace indispensable el renunciar a la autoridad del sufragio y abandonar el voto lo mismo que la monarquía y el sistema representativo. Se necesita, en una palabra, suprimir todo lo que hay de divino en el Gobierno, y reconstruir el edificio sobre la idea humana del CONTRATO.

En el puesto del gobierno, como indica algunas líneas más abajo, «colocaremos la organización industrial». No obstante, el pionero de Besançon fue consciente durante toda su vida de la tensión irresoluble entre libertad y orden; el segundo, diría, es hijo de la primera, no al contrario, pero al mismo tiempo sostienen una lucha irresoluble. Esto se aprecia con nitidez en su postura acerca de los aranceles; es partidario de suprimirlos, pero siempre cumplidas ciertas condiciones, pues de lo contrario aquella medida progresista daría lugar a efectos indeseados —una tesis discutible, desde luego, pero que resume su forma de proceder—. En sus últimos años, Proudhon evolucionaría a una suerte de federalismo libertario, donde si bien el Estado permanece como administrador de algunas funciones comunes, el ideal continúa siendo reemplazar el gobierno por el contrato, plasmado esto tanto en una economía libre y controlada por los trabajadores, como en una organización política que debía fundamentarse en el pacto entre municipios y regiones.

Como dice en La capacidad política (1865):

En cuanto esté proclamada en cualquier punto del globo la reforma mutualista, la confederación llegará a ser una necesidad en todas partes. Y para que exista, no será preciso que los Estados que se confederen estén contiguos ni agrupados en un mismo recinto, como lo estamos viendo en Francia, en Italia y en España. Puede muy bien haber una confederación entre pueblos separados, disgregados y distantes los unos de los otros: basta para ello que declaren unir sus intereses, y darse garantías recíprocas, conforme a los principios del derecho económico y de la reciprocidad.

En una sociedad libre, dice en El principio federativo (1863), «el papel del Estado o del gobierno es por excelencia un papel de legislación, institución, creación, inauguración, instalación; es, tan poco como sea posible, un papel de ejecución». El resultado de esta revolución, a la vez política y económica, sería una suerte de socialismo libertario donde las masas accederían al poder, no para ejercerlo, sino para prevenir la constitución de privilegios y garantizar la instauración de un mercado en manos de los trabajadores. En la terminología de Proudhon, el concepto de socialismo estaba tan opuesto al comunismo como al capitalismo. Como sostiene en la misma obra (1863):

Quien dice socialismo en el buen y verdadero sentido de la palabra, dice naturalmente libertad del comercio y de la industria, mutualidad del seguro, reciprocidad del crédito, del impuesto, equilibrio y seguridad de las fortunas, participación del obrero en los destinos de las empresas, inviolabilidad de la familia en la transmisión hereditaria.

Proudhon conservó durante mucho tiempo la esperanza de plasmar sus ideas a través de la vía parlamentaria: en la década de 1840 fue elegido diputado por la Asamblea Nacional, y  en 1848 y 1849 formó parte de la Asamblea Constituyente de la Segunda República Francesa. Al contrario de lo que sucederá con el anarquismo a partir de Bakunin, los mutualistas franceses no veían nada intrínsecamente inmoral en la participación política; incluso cuando el fin último era la sustitución del gobierno por el contrato, debía avanzarse por aproximaciones antes que por absolutos. Cuando Proudhon, hastiado, ya se había retirado de la actividad parlamentaria, una agrupación de obreros mutualistas se lanzó a presentar su candidatura a la Asamblea Nacional en 1864. Para publicitar su programa publicaron el célebre Manifiesto de los Sesenta, donde se recogían algunas demandas reformistas para atemperar la situación obrera (limitación del trabajo infantil, educación gratuita) pero sobre todo se reclamaba la abolición del privilegio y la instauración de un mercado libre operado por y para los trabajadores. Como declaraban sin ambages:

No se nos acuse de soñar con leyes agrarias, igualdad quimérica que pondría a cada individuo en el lecho de Procusto, ni con repartos de propiedad, máximum, impuesto forzoso, etc. No; es tiempo ya de acabar con esas calumnias propagadas por nuestros enemigos y adoptadas por los ignorantes. La libertad, el crédito, la solidaridad, estos son nuestros sueños. […]. El día en que estos sueños se realicen, no habrá más burguesía ni proletariado, amos ni obreros.

Entre estos obreros, que se consideraban los pioneros de una nueva Revolución Francesa, se encontraban hombres como Tolain, Baraguet y Ripert; miembros de la Comisión Obrera enviada a Londres para reunirse con los sindicalistas británicos, que en ese mismo año daría lugar a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Habitualmente se presenta a la Primera Internacional como un organismo dividido en dos grandes alas, bakuninista y marxista, que terminaría escindiéndose debido a las diferencias irresolubles entre sus dos grandes líderes. Ésa es la imagen que nos ha transmitido la educación oficial. Pero no se corresponde a lo que fue la Internacional durante la mayor parte de su desarrollo: los mutualistas no sólo participaron decisivamente en su fundación junto a las trade unions británicas, sino que dominaron abrumadoramente el tono de los debates y el contenido de las propuestas aprobadas en los congresos de Ginebra (1866), Lausana (1867) y Bruselas (1868). En este último, al finalizar el congreso la comisión de la AIT declaraba que la producción [el productor] únicamente puede conseguir la posesión de las máquinas mediante las asociaciones cooperativas y una organización de crédito mutuo. […]. 

Sólo la unión de marxistas y bakuninistas para aislar el ala mutualista de la Internacional comenzaría a debilitar su dominio a partir de 1869, en el congreso de Basilea. Pero no sería hasta 1872 cuando serían apartados por los colectivistas, aprovechando que la represión contra la Comuna de París prácticamente había acabado a sangre y fuego con el obrerismo francés.

Antes y en paralelo a la fundación de la Internacional, los barrios obreros de Francia y en especial de París eran un hervidero de sociedades y clubes mutualistas. Louis-Eugène Varlin fundó en 1857 la sociedad mutua de encuadernadores, auténtico germen de un sindicato que sembraría de huelgas el sector entre 1864 y 1865. Aprovechando la infraestructura sindical, Varlin fundaría el banco mutuo de encuadernadores, donde se ofrecía crédito al precio de costo de acuerdo con las propuestas de Proudhon. El sindicato se integraría desde el principio en la propia Internacional. En el sector del bronce, Henri Tolain ayudaría a organizar las primeras huelgas en 1867, integrando asimismo sus organizaciones en la AIT. Si Proudhon ha sido acusado con toda justicia de misógino en muchas ocasiones, no debemos olvidar que el mutualismo francés era un movimiento diverso donde cabían auténticos feministas, como el propio Varlin; y mujeres, como Nathalie Lemel, que ocuparía un cargo de importancia en el famoso banco mutuo de los encuadernadores.

Tras la captura de Napoleón III por el ejército prusiano y la huida del gobierno republicano de la ciudad de París en 1871, estalló un motín encaminado a organizar la defensa y los servicios regulares de la capital. En esta Comuna de París, las dos facciones que junto a toda una variedad de reformistas menores dominaron el gobierno eran, por un lado, los blanquistas, de tendencia comunista y seguidores de Louis Auguste Blanqui; y, por el otro, los mutualistas, entre los que se encontraban Varlin y Nathalie Lemel. La casa de la moneda estaría al cargo de un obrero mutualista, Camélinat. Las medidas tomadas por la Comuna durante sus escasos 60 días de vigencia (supresión de deudas, limitación jornadas de trabajo, etc.) no podían ser otra cosa que un compromiso entre las facciones en el poder, absolutamente condicionado por el estado de sitio y la extrema penuria de las clases populares. Pero es destacable el papel que jugaron los mutualistas; por ejemplo, al redactar el Manifiesto contra la guerra de las Secciones de París adheridas a la Internacional, al oponerse vehementemente a las medidas más autoritarias de la Comuna, como la constitución de un Comité de Salud Pública; o al promover, a través de sus delegados, la implantación de medidas mutualistas como la autogestión de las fábricas cuyos propietarios habían huido, o la instauración de una federación francesa basada en el pacto entre municipios.

Después de aquello, en Francia sólo quedan del mutualismo el hedor a sangre y pólvora que acompaña a todas las represiones cruentas. Gracias a William Greene y a Benjamin Tucker, sin embargo, las ideas de Proudhon germinan en la otra orilla del Atlántico; ambos gentlemen emprenden el viaje a París para estudiar los manuscritos prou­dhonianos, y en torno a la revista Liberty —que lleva por subtítulo una sentencia del francés: «libertad, no hija sino madre del orden»— se reu­nirá una espléndida tradición local de mutualismo, fundida con el liberalismo radical autóctono de Jefferson y Paine. What Is Mutualism?, de Clarence Lee Swartz, y Voluntary Socialism, de Francis Tandy, sobresalen en el furor literario de la época, además de la propia obra de Tucker, Instead of a Book. En España, Proudhon llega tras la Revolución Gloriosa de 1868, cuando se editan muchas de sus obras, y su programa pasa a formar parte de cierto sector radical del obrerismo y del republicanismo federal; el propio Pi i Margall se declara su discípulo, traduce muchas de sus obras y adopta hasta el lenguaje del francés. Ciertas asociaciones obreras de aquí y allá, asimismo, toman el ideario mutualista; reforma agraria, reforma del crédito, autogestión y asociación de los trabajadores. El cantonalismo, que estalla en 1873, si bien hunde sus raíces profundas en el alma centrífuga de la cuenca mediterránea, encuentra también parte de su inspiración en Proudhon. En América Latina, el venezolano Ezequiel Zamora alienta durante algún tiempo la esperanza de los proudhonianos en una reforma agraria y un gobierno limitado sin privilegio.

¿Y qué queda hoy de Proudhon? Ya hemos visto más arriba que la izquierda europea volvió su interés en Proudhon después de comprobar el fracaso del «socialismo real». En la actualidad, los escritos del francés han inspirado cierto renacimiento de mutualismo de la mano de Kevin A. Carson, que en dos de sus principales obras, Studies in Mutualist Political Economy y Organization Theory, ha pretendido actualizar el programa del francés, haciéndolo accesible a un abanico de lectores más amplio. Otros como David Schweickart y David Prychitko recogen de forma más o menos explícita las ideas de Proudhon en sus propuestas de «democracia económica» y «socialismo de mercado». En el terreno de los hechos, su herencia es todavía más interesante a la luz de experiencias como el hospital SCIAS de Barcelona, una cooperativa de consumidores y de trabajadores que cuenta con más de 160.000 socios; o de los experimentos de autogestión dentro de grandes empresas capitalistas como 3M, Google o Semco, que confirman muchas de las intuiciones del tipógrafo de Besançon. La idea de una multitud de cooperativas de profesores, equipadas con la libertad de decisión y los incentivos adecuados para mejorar e innovar sus métodos pedagógicos, guarda perfecta sintonía con las propuestas de Ken Robinson, al tiempo que el trabajo en red a través de Internet avanza nuevas y proudhonianas formas de relacionarnos con el trabajo y con los demás. Quizá no haya habido otra época más proclive a la descentralización y a la participación, ni más ávida en la búsqueda de conciliar mercado y justicia, competencia y cooperación, como la nuestra.

En último lugar, cabe hacer algunas apreciaciones sobre esta edición. Cuando iniciamos la tarea de recuperar Idea general de la revolución para el público hispanohablante, nuestra idea era transcribir la traducción original al castellano de J. Comas publicada por vez primera en 1868. Sin embargo, pronto se hizo evidente que aquella edición arcaica requería de una revisión profunda y extensa, que actualizara no sólo el lenguaje sino que arrojase luz sobre muchos párrafos oscuros, de modo que, a tientas y casi sin quererlo, nos hemos visto envueltos en una traducción completamente nueva basada en el original francés, con la inestimable ayuda de la edición inglesa de John Beverly Robinson. Lo que sigue es el fruto de aquel esfuerzo, llevado a cabo casi en solitario por Pablo Molina Albert y revisado por el cuerpo editorial de esta casa.

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