Only in San Francisco

They danced down the streets like dingledodies, and I shambled after as I’ve been doing all my life after people who interest me, because the only people for me are the mad ones, the ones who are mad to live, mad to talk, mad to be saved, desirous of everything at the same time, the ones that never yawn or say a commonplace thing, but burn, burn, burn like fabulous yellow roman candles exploding like spiders across the stars and in the middle you see the blue center light pop and everybody goes Awww!

—Jack Kerouac

San Francisco es la ciudad de los locos.

He pensado muchas otras formas de describirla, novelas enteras podrían hacer un retrato detallado de todos los matices de la ciudad, y aun así no estarían diciendo mucho más que eso.

Cuando llegué a San Francisco no tenía ni idea de qué había venido a hacer aquí. Si alguien me preguntaba, me inventaba cualquier cosa que no diera lugar a otra pregunta más. Pero, echando la vista atrás, era la locura misma lo que me atraía y me tentaba a abandonar mi cómoda y feliz vida en la maravillosa Madrid.

Se ha dicho mucho acerca de los cambios que está experimentando la ciudad, incluso se habla de derrumbe existencial. Se han abierto batallas campales dialécticas en ese pueblo de oráculos llamado internet. Y por las mismas calles de San Francisco se adivinan esos rumores, esos vientos de cambio y rechazo a lo nuevo, a lo que no conocemos, a lo difícil, a la vida. También se oyen gritos de algún hombre que habla con otro plano de la realidad en medio de Market Street.

San Francisco es la ciudad que es fagotizada día sí, día también, por una misteriosa niebla apodada Karl que hasta tiene cuenta en Twitter, desde la que se regodea amenazante en su tarea de ocultar el sol de media ciudad. Y es que el paradisíaco clima californiano se funde con un microclima que nadie entiende, provocado, dicen, por una bahía que fabrica atardeceres psicodélicos a ritmo trepidante. Es difícil no inspirarse y no crear con una intensidad enfermiza en tales condiciones, es imposible desnormalizar la locura. Cada calle es un desgarro en un poema, cada parque es una simbiosis de estereotipos tan esquizofrénicos que sacan los colores a aquellos que se ríen de ellos, cada noche es un temblor que en ocasiones le despierta a uno con los pelos de punta.

Hippies. Techies. Hipsters. Millennials. Ravers. Homeless. Internet se aburre tanto que ha empezado a etiquetar personas como el mozo de almacén del supermercado de la esquina. Pero no se han enterado, esto es San Francisco, aquí todos tienen la misma etiqueta, todos están locos.

No es casualidad que el frenesí de las startups (empresas que arden y arden hasta que implosionan o se convierten en una estrella que cambia el rumbo del mundo) haya encontrado su hogar en San Francisco, la ciudad que puede ser borrada del mapa cualquier día por un terremoto de proporciones bíblicas. Las startups son el equivalente empresarial del homínido suicida, loco, imparable, o en resumen, vivo.

A pesar de ello, parece haber un rechazo especial hacia el apodado techie, aunque yo prefiero llamarlo desconocimiento, o lo que es lo mismo, miedo.

Puede que el problema sea que la propia etiqueta de techie es un sinsentido del que no ha profundizado en lo que significa trabajar en el mundo de la tecnología. O quizá sea un delirio del que dice haber atrapado el escurridizo concepto de humano. Quizás de tanto etiquetar han acabado etiquetándose incluso a sí mismos. Más sorprendente es que algunos de estos desafortunados etiquetados vengan desde dentro del sector. A todos ellos, sólo puedo decir: no existe eso que llamáis techie. No hay tal cosa como típico techie. Todas las personas que he conocido trabajando en el mundo tech tienen una vida interior tan multicolor que haría temblar incluso al rey de los hippies. Esos a los que llaman techies son creadores, y por el hecho de serlo ya son más complejos, y sea dicho de paso, están más vivos, que cualquier acólito del pensamiento cristiano cuya idea de existencialismo pase por alimentarse de plantas, hablar con los animales, dar de comer a los pobres y fumar porros en Golden Gate Park.

Quizás sea ese olor a individuo lo que tanto asusta, esa fragancia que empieza a dejar en evidencia a la cruz, esos héroes que parecen sacados de una tragedia griega, que anuncian nuevos tiempos de divinidad, de verdadera divinidad. Asusta que esos que se saben capaces de crear estén creando, que estén moldeando el mundo a su antojo. Asusta que ese valor de crear empiece a cotizarse al precio que siempre debió hacerlo. Que la vida sea vida.

No puedo terminar sin mirar en mi bola de cristal, para regocijo de internet. La grandeza de esta ciudad dependerá de que se deje de etiquetar personas, de que arte y tecnología bailen violentamente y den sentido a la existencia de la humanidad. Un baile contagioso, un virus que trascienda el puente de Oakland. Un verdadero renacimiento ya no solo de San Francisco, sino del género humano. Y eso sólo puede pasar en la ciudad de los locos.

Only in San Francisco

Ilustración de portada: Óscar Bometón

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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