Mon Frère, Mon Semblable

I think of Dean Moriarty, I even think of Old Dean Moriarty, the father we never found, I think of Dean Moriarty.

Nota del autor: Esta historia no es verídica, pero tiene el mismo objeto y, a su manera, viene a ser la misma que la historia del hombre que a la puerta de la cueva llamó al hombre muerto. Se la dedico a mi hermano Jeppe, quien ahora es ese hombre muerto a quien yo llamaría si pudiera, pero tan sólo tengo estas palabras, por lo que continuará muerto, y por tanto, también lo estaré yo, a mi manera. ¿Pero para qué sirven las palabras si no es para llamar a los muertos y enmendar los errores de este mundo?


Mon Frère, Mon Semblable
Sobre ríos y carreteras; el American Way y mi hermano perdido.

En aquellos días, que parecían alargarse eternamente, aunque sólo duraron dos años, vivíamos —mi hermano Jeppe y yo— en una casa de altos y estrechos muros con vidrieras, que a pesar de estar sucia y destartalada, y sus ladrillos rojos desvaídos, causaba una buena impresión. Mientras, nosotros, harapientos y enjutos, parecíamos jóvenes salidos de otra época, llamados a comparecer por sus pecados —como Huck Finn o el joven Neal Cassady—, que con el pelo estirado y brillante y el mentón en alto, tratábamos de compensar con nuestra elegancia la falta de higiene y de ropa, de las que no se podía echar la culpa a otro sino a nuestro oprimido padre, y a nuestra vida errante de chicos abandonados o, más bien, libres. La casa estaba pegada a otra igual, y a otra, y a otra, y así hasta el final de la manzana, y en todo aquel conjunto de viviendas deshabitadas y raídas, nosotros no éramos más que unos borrachos polvorientos del desfile dominical. Unidos en busca del calor, el apoyo, el consuelo, o bien de los tres, que para aquellos que vivían entre sus paredes era el fluir de las vidas, los secretos, las fiestas, las peleas, el sexo de domingo, todo lo que se transmitía de una pared a otra. Jeppe y yo y nuestros tres compañeros de piso éramos los más jóvenes de la manzana, razón por la que los demás nos trataban con desconfianza, una orgullosa estirpe portuguesa y sus parientes cercanos. Aunque esto es una suposición mía, dado que la mayoría de nuestros vecinos siempre estaban dentro de sus casas. No sólo éramos los más jóvenes, sino también los últimos de la calle, junto al callejón que podíamos avistar desde las ventanas que daban a ese lado, y al que podíamos dirigir la vista y fingir que los otros no existían. En efecto, no lo hacían, pues de todas maneras, ¿quiénes eran ellos? Nosotros éramos jóvenes, el mundo era nuestro y nuestra meta principal era emborracharnos, colocarnos y echar un polvo, algo que mi hermano Jeppe hacía con cierta frecuencia, y también mis compañeros de piso; no yo, el disidente solitario, no por mis escrúpulos morales, sino, meramente, por tener un objetivo diferente en la vida: sacar una carrera universitaria que me permitiera subsistir mientras escribía. Me decían —tanto Jeppe, como los otros— que antes de escribir tenía que vivir, pero Jeppe vivía suficiente por ambos, así que dejaba que él viviese las aventuras, y yo permanecía lo suficientemente sobrio como para poder narrarlas al detalle.

Por aquel entonces yo trabajaba en un supermercado de reponedor, mientras que Jeppe, milagrosamente, había conseguido trabajo en una gran librería, o lo que es lo mismo —e incluso mejor— en su almacén. A diario me traía los libros que hurtaba para que pudiera aumentar mi creciente biblioteca, libro sobre reluciente libro, apilados como ladrillos contra mi pared, cada uno de ellos aportando un pedazo de la muy necesitada sustancia que precisaba mi muy insustancial sueño. Y así fue como una noche Jeppe irrumpió en mi habitación y se lanzó sobre mí en la cama, arrojando sobre mi cara el olor a cerveza de su ácido aliento, gritando en mi oído que aquí estaba el único libro que necesitaba leer. Apretó contra mi pecho un fino libro con el lomo naranja, golpeándolo con su palma unas cuantas veces, como haría un viejo y marchito sacerdote al legar su más preciada biblia a su acólito. El libro era En el camino.

Se apartó de mí y puso las manos en su nuca. Yo estaba desnudo bajo las sábanas, y resentido por las libertades que se toman los hermanos mayores. Siempre ven las cosas de forma opuesta a la tuya, piensan que el mundo era suyo antes de tu llegada y cualquier espacio ocupado por ti lo consideran  un regalo por el que esperan que estés eternamente agradecido y en deuda con ellos. Me percaté de que pensaba quedarse durmiendo a mi lado hasta que hubiera acabado el libro, toda la noche si es que tardaba todo ese tiempo en hacerlo, porque quería estar ahí en el instante en el que lo terminase, para presenciar el momento de mi bautismo, y así revivir el suyo. Sin embargo, yo no estaba por la labor. Tenía que levantarme dentro de dos horas para ir al trabajo.

Le dije que le dieran, y lo tiré de la cama. Cayó al suelo con un golpe sordo y no se levantó, y por mí podía quedarse ahí toda la noche acostado, mientras permaneciese en silencio y me dejase dormir. Pero, cómo no, debería haber imaginado que estaba tramando su próximo movimiento: tenía que conseguir que leyese el libro y que faltase al trabajo, si no no estaríamos hablando de mi hermano mayor. Cuando unos minutos más tarde se marchó de la habitación silenciosamente, pensé que se había cansado, así que me volví a la cama maldiciendo las menos de dos horas que me quedaban para dormir. Pero volvió con una botella de whisky —escocés, como era de esperar— y con este pequeño incentivo en su regazo se subió a la cama, me pasó un vaso y, antes de que pudiera decir que no, sirvió un vaso para mí, uno para él y otro para sus fantasmas. Y estos eran legión, surgiendo de los cadáveres esparcidos en los sangrientos campos de batalla del dormitorio de su infancia. Le acogí conmigo, a mi hermano, y fue algo sorprendente ver la sonrojada sinceridad de su alma, brillando allí en sus ojos. Tuve una visión de hermanos, y de quiénes eran ellos, y lo que representaban, o lo que podían llegar a representar, sobre lo que pensaba volver más tarde, pero sucedieron tantas cosas entremedias, que lo olvidé tan pronto como tuve una visión suya, de mi hermano, Jeppe, de quién era él, qué había en su interior, y fue algo sorprendente para mí, el hermano más pequeño, descubrir que el mayor me había hecho replantearme todo, pues ahí estaba, a punto de cometer una pequeña gran negligencia. Una impactante deficiencia en mi educación, el enseñarme un libro —¡un libro!— que dijo que cambiaría mi vida.

Así que bebí vaso tras vaso, tras vaso, y así leí y viajé junto a Jack —a.k.a.— Sal, en la parte trasera de la camioneta, a través de las infinitas carreteras americanas, a lo largo de los oscuros y profundos ríos americanos y de los interminables sueños americanos, durante aquella solitaria noche, con el frío de diciembre en las paredes, y los fantasmas de mi hermano afuera, en las calles, corriendo y aullando como perros salvajes, aunque Jeppe estaba a salvo, por una vez en su vida, junto a mí. Sólo hablo de los fantasmas de mi hermano pues yo no tenía ninguno, al no ser el hombre loco que mi hermano era. Él ardía, corría a través de la noche, subido a su espalda, hacía que le revelase a él todos los secretos que sabía, pero lo que realmente sabía de él, mi hermano, no eran más que todo esto, mis palabras, mis suposiciones, la opinión que uno espera de quien vive cobardemente, de aquel que permanece pasivo. De todas maneras, hay que reconocer que Jeppe era una especie de Caín y, a causa de una quimera lanzadora de fuego, sería perseguido y desterrado hasta los confines de la tierra. No pudiendo asentarse en ningún lugar, si juzgamos su situación y su objetivo, atendiendo a los medios empleados para conseguirlo, diría que prefería liberarse de su piel y volar, sin ataduras, y ser libre. Pero no aquella noche. Aquella noche había conseguido algo de descanso, y su cara, mientras dormía, reflejaba la paz y la dicha de su infancia, y yo le contemplaba durmiendo, y pensaba en lo que significa ser el hermano de alguien, tener un hermano. Pero allí estaba él, en su cuerpo, y yo en el mío, nuestros cuerpos físicos entre nosotros aunque, ciertamente, él también estaba dentro del mío. Tan certeramente como se sentía diciembre entre las paredes aquella noche. Sin embargo, yo entonces aún era muy joven para comprenderlo, para saber por qué y muchas otras cosas. Pensaba que aún teníamos muchos años por delante. Años atrás albergaba un sentimiento de supremo contento y contención —efímero, elemental—, cuando no éramos más que dos renacuajos cabezotas que salían a navegar en las noches de ensueño subidos al barco dorado de su padre, su Chrysler del 69, quien nos hablaba en voz muy baja para que permaneciésemos callados, sentados en la parte de atrás, Jeppe a un lado y yo al otro, con las ventanillas bajadas para que entrase el fresco aire nocturno. El misterio de la luna plateada de los campos del Medio Oeste elevaba a los cielos nuestras jóvenes y ansiosas almas, y nos mantenía despiertos, mientras nuestras mentes trataban, en vano, de igualar la gran extensión de tierra, de llenarla con la magia de nuestras jóvenes imaginaciones. Con Papá al timón, y con este viejo barco como nuestro fiable buque, podíamos arriesgarnos, sabiendo que no sufriríamos daño alguno, a contemplar la oscuridad, con un poder aún más grande que el de la luz, o al menos eso nos parecía, que estábamos en presencia de una verdad que no podíamos llegar a comprender, pero que llegó hasta nosotros adoptando la forma de fantásticos monstruos, bestias legendarias de ojos rojos, una tribu de terribles Grendels, y nosotros, los hermanos Beowulf, éramos los responsables de su destrucción y de la liberación del mundo. Y así volamos, y volamos, sanos y salvos, coche y alma alineados, mi hermano y yo, al igual que volé aquella noche mientras leía, en parte gracias al whisky escocés que ardía en mi vientre y en mi alma, mientras mi hermano, tumbado a mi lado en la cama, roncaba profundamente.

Debo confesar que, entonces, el libro no me gustó. Me pareció un viaje triste, que había durado demasiado. Y lo único que podía pensar, al llegar al final de la novela, del atormentado muso beat del escritor, «enfundado en un apolillado abrigo», era que el mejor de los conductores no podía tener el mejor de los coches, el Cadillac, desde cuya luna trasera Jack —a.k.a.— Sal se despedía tristemente. El amigo que había abandonado a su hermano de espíritu, a su muso. Tras 3000 millas de viaje, le había abandonado. Quizás se lo merecía. Y así es como Jack —a.k.a.— Sal no fue el único, sino uno de muchos de los que darían media vuelta para volver junto a su madre, junto al padre vagabundo, aquel que se perdió, el buscado al que nunca encontraron, como todos los padres que están perdidos y nunca son encontrados. En algún momento, y sólo unos años después de aquella lectura, me daría cuenta de que Neal era como un hermano para Huck, otro chico que también fue dejado a su suerte, con gran experiencia de la vida, testigo, y capaz de dar testimonio de todas las formas de degradación. Estos pícaros, estos benditos tontos son sustitutos de los cobardes, guardianes de las almas secretas de los hijos malcriados de la civilización —los Toms traidores— que juegan, pero que dejan a sus hermanos beat que paguen el precio por ellos, aunque lo más seguro es que les tiren alguna moneda, que sólo alcanza para pagar la mitad del billete, antes de dar marcha atrás y volverse a las cocinas soleadas de alguna tía suya, llamada Sally, donde los encontrarás años más tarde, en un alcohólico amanecer de ojos rojos empañados por sus sueños perdidos. Todo lo que han podido llegar a ser, y todo lo que han conseguido, ha sido ser libres, libres como Huck, o como Neal. Si tan sólo hubieran atendido la llamada de la aventura, se lo hubieran tomado como algo más que un juego, se hubieran lanzado seriamente a la carretera, o al río, siguiéndolo hasta su final. Las cosas que hubieran podido encontrar, lo que hubieran podido conocer, si tan sólo hubieran saludado al mundo como Huck, como Neal, como un chico que está destinado a existir desnudo —en el sentido literal y figurado de la palabra— si sólo, sólo, sólo, si sólo su mantra hubiera ascendido como el humo santo, con la embriagadora acritud del espíritu gastado, y todo ello ardiendo, esfumados sus sueños de infancia, esfumado su Huck, y N.C., el héroe secreto, el benditohombredelaverga, esfumado, y aquí su santa aparición ascendiendo, y ascendiendo de nuevo, la mugrienta mueca beatificada, de nuevo —que de la palabra oscura a la tierra oscura regresa— ¡y la palabra es ahora! Todo se transforma de nuevo, se restaura, y la barra se ha liberado, y mira,  aquí viene la santa tribu, los monaguillos del placer, ¡y la palabra es wow! Y wow es esa estrella en la pradera que «dedicará sus mejores destellos», y wow la noche tan oscura y profunda como el sueño, y toda América y la benevolente luna de cuento de hadas en el amable y gran cielo de Nebraska, bendiciendo a los chicos que viajaban en la camioneta, entre ellos el joven Jack —a.k.a.— Sal, cargando una maldición, una visión de la verdadera América, de la que nunca podrá deshacerse. Pero en ésta, su Iglesia, se congregarán, rezarán sus oraciones, beberán su vino; y los sacerdotes, con una sonrisa en los labios, les darán las gracias, deseándoles lo mejor del mundo; y en la parte trasera, uno de los prójimos se levantará y se pondrá de pie, por una sagrada necesidad. Pero mear contra el viento nunca fue una buena idea, excepto por las risas que se echarán los demás, los rugientes vítores de camaradería, y esa luz ardiente entre ellos; eso es América, cómo era, cómo debía ser, eso es lo que es, el wow, el sueño de Dean, de Neal, o de Huck, el que persigue Jack —a.k.a.— Sal del este al oeste, del norte al oeste, el olor crudo de la carne, de los ríos, de la democracia, eso es lo que perseguía y pasará el resto de su vida persiguiendo, tras haberlo encontrado una vez, en la parte trasera de aquella camioneta, condenado para siempre a recordar, a soñar, a beber, a olvidar.

Pero yo, en aquel entonces, no sabía nada de Jack, ni de su vida, ni de su destino, sólo que el libro me había parecido triste, el viaje había durado demasiado, y al final no había servido de nada. Aunque, realmente, de nada podría haber servido, pues entonces no sabía nada más, sentía una profunda tristeza por lo que pasaría en su futuro, por lo que habría sido de Dean (pues entonces tampoco conocía la historia del muso), porque ¿dónde podía acabar encontrando a su padre si no era en sí mismo? En el mundo no había lugar para la gente como él. Estaba al punto de echarme a llorar cuando cerré el libro, porque había visto en Dean a mi hermano Jeppe, y el libro me hizo darme cuenta de algo en lo que, hasta ese día, había evitado pensar. Concretamente, que a no ser que el mundo cambiara, ellos no cambiarían… Pero aquí lo dejé, con miedo a expresar lo inevitable, a darle nombre, y con miedo a la vida, a la maldición. Y cuando mi hermano se despertó, ansioso de oír qué me había parecido el libro, de ser testigo de mi conversión a su religión, no pude más que confesar mi ambivalencia. No podía gustarme el libro tanto como a él porque no quería alentar su peligrosa tendencia a los excesos (porque se quemaría, lo haría), y tampoco me había parecido para tanto. ¿Pero qué es lo que nos pasa?, ¿por qué hacemos esto? ¿Somos tan malos, somos unos animales tan despreciables que cuando aparece algo que puede gustarnos, que podemos recibir con los brazos abiertos y acariciarlo suavemente para abrazar algunos sueños, visiones, que nos mantienen a flote en este gran mar que nos ahoga y que es la vida, lo rechazamos? Bien debo ahora admitir que encuentro algo más que un pequeño placer en llevar la contraria, por lo que me convencí a mí mismo de que odiaba aquel libro. Mientras, Jeppe me dedicaba una ansiosa y sincera mirada, como si fuera un niño pequeño y pertinaz, que va a mendigar a la puerta trasera de una tienda a que le den un caramelo, como si ese caramelo fuera el único que saboreará en toda su vida. Así fue como rompí el ya frágil corazón de Jeppe, cuando él había creído en mí. Y para añadir algo más sádico a mi crueldad, le dije que el libro, al igual que el viaje que narraba, se me había hecho muy largo, y que me había cansado de leerlo a la mitad.

De la misma forma en que un anciano de la iglesia dirige su mirada a un recalcitrante, mi hermano me miró a mí. Me quitó el libro de las manos, despacio, con cuidado, como si el haberlo hecho de otro modo hubiera supuesto una ofensa. Y en ese mismo momento me arrepentí de mi comportamiento mezquino. ¿Pero qué podía hacer? Estaba borracho y exhausto, me había quedado sin trabajo y ahora tendría que encontrar otro. No quería hacer otra cosa más que meterme en la cama, taparme con las sábanas hasta la cabeza y olvidarme de todo. Jeppe parecía estar de acuerdo con aquello, por lo que se marchó de mi habitación sin mediar palabra, cerrando la puerta con cuidado, otra señal de su estado de ánimo, pues normalmente la cerraba de un portazo o la dejaba abierta de par en par. Ésa fue la primera vez que entré en contacto con el libro que, por una razón u otra, me ha buscado una y otra vez durante años, volviendo a él con obstinada regularidad, en los primeros años de universidad, luego en la facultad, más tarde como tema de tesis para mi doctorado. Y cada una de esas veces sentía como si mi hermano estuviera llamando a la puerta, para recorrer mi cara con su mirada de nuevo, la afligida mirada de un chico traicionado, desvanecido el interminable horizonte de su esperanza, lo que explica mi ambivalencia y, finalmente, mi amor —sólo plenamente comprendido en mi última lectura, acometida hará cosa de un mes, para la redacción de este artículo— por esta pequeña obra de tan duradero extraño poder.

¡Cómo pude pasarlo por alto! Lo leí más de veinte veces desde aquella decepcionante primera vez, extrayendo en cada una de ellas algo diferente a la fuerza principal del libro. Pero —por fin—, aquí llegó, llámalo epifanía, llámalo mi hermano regresando a mí, su espíritu afligido aquí en la habitación, riendo. De la misma manera en que los hermanos mayores siempre acaban acudiendo en busca de sus hermanos pequeños con el tiempo. La enloquecida carrera de Sal del final de un mito a otro, y Jack, no lejos de su alter ego, en su máquina de escribir, persiguiendo la febril, frenética e impredecible locura de su muso, con una franqueza descorazonadora, su deseo tanto de vivir como Cassady, de conocer la vida de una forma tan libre; como de escribir sobre el lugar en el que ambos podrían vivir y envejecer juntos. Pero esto último no era posible, no podía suceder. Y cómo no pudiste darte cuenta, Ti Jean, del inevitable y triste final, tú en una enfurecida borrachera, él una solitaria vía de tren. Ambos se perdieron para siempre, como se pierde el tiempo, y la esperanza, tan suave y escurridiza como el aliento infiel de un amante, la traición tan inevitable como la de Tom a Huck, su compañero de juego. Y Huck, el espíritu puro de América, todavía sin enloquecer, dispuesto a albergar todo tipo de locura, pues pensaba que bien locos estaban aquellos que vivían en casas decentes, llevaban zapatos y habían recibido una buena educación, por lo que su comportamiento perturbado era de esperar. La imaginación de Tom era aún mayor, gracias a su educación y su situación en la vida, y el apoyo de toda la sociedad civilizada, por extraño que parezca. Por ello, Huck se tragaría sus escrúpulos y torturaría al pobre Jim, su verdadera alma gemela, dos figuras marginadas de la historia de América, ésa que cuentan y que protagonizan los Toms de clase media.

Pero Tom volvería a nacer en una ciudad de Massachusetts, hijo de unos inmigrantes francocanadienses de clase obrera, no siendo otro que Ti Jean, atormentado, como yo, por la muerte de un hermano. Ese hermano, Huck Finn, el dulce y santo Huck, la perdida alma democrática de América, el chiflado espíritu libre de un chico que viviría la vida, tan puro y desnudo, como le trajeron al mundo. No hay otro personaje que sea tan desgarrador, por su inocencia, y por ello hay una sombra sobre toda la novela que haría que a este lector le parecieran extrañas sus últimas páginas. En absoluto extrañas, más bien inevitablemente tristes, pues Huck es demasiado bueno, demasiado puro, y el mundo, siendo como es —o América, en la que el mundo se estaba convirtiendo, aunque ellos entonces no podían saberlo— estaba perdido, y Huck no podía ser encontrado, ni salvado, puesto que ya ha sido encontrado y salvado al estar perdido desde el inicio. Ésta es la paradoja del sueño americano, su verdadero corazón, el de los soñadores, los escritores, los virtuosos pecadores, los locos de Kerouac, los beats, los portadores de esta peculiar llama. Así es como Jack pudo resistir cuando desde el Oeste apareció su «taleguero nimbado de misterio», hablando dulcemente en su cadencia acelerada, loca y sexy, arrastrándole hacia abajo de nuevo, para pasar sus días con los «hermanos de debajo del puente», como sentía entonces el peso de su inmundicia, el apretón corruptor del alma del «tedioso intelectualismo» de las tribus del Este. Cómo se levantaba, cómo se despertaba, anhelando su liberación y el vuelo hacia el Oeste, la tierra mítica, la única tierra que puede albergar la capacidad de imaginación de un chico joven. Se sumergía en ella en busca del «Sastre Natural de la Alegría Natural» en esta «afirmación salvaje de explosiva alegría americana». Perseguía a su muso, su Neal, su Dean, su Cody. Su aventura de una punta a otra del gran continente, que duraría siete años, como la del extraviado Odiseo, pero sin la prudente Penélope esperándole en casa, de cuya mortal domesticidad él había volado, pues ella lo encerraría en un círculo de suave cuidado y confort, y le exprimiría, le exprimiría para sacarle hasta el alma. Ah, pero dirán que fue la fama la causante de aquello, el tiempo, la imposibilidad de volver a encontrar a Dean, de llegar a ser Dean, el veneno de su epifanía que se filtraba en su sangre lentamente. Jack, mi hermano; y Dean, mi hermano; y Jeppe, mi hermano; todos ellos traicionados, al igual que todos traicionaron a los hermanos que dejaron atrás para asomarse, en vano, a sus ventanas. Nos prometieron una fiesta, una fiesta sin final, o al menos, la salvación, algún momento sagrado de gracia, o de transfiguración: Nuestros héroes en llamas, descubiertos, y el mundo regocijándose. En cambio, lo que obtuvimos y sentimos durante todo el trayecto, y éste es el secreto de nuestra desesperación —o, al menos, el de este lector mientras leía el libro— fue el deseo de conseguir un final que no fuera trágico, pero nadie ha conseguido imaginar un final alternativo, pues éste es el único destino posible que ofrece América a los Hucks y los Deans y los Jacks, y el de mi propio Jeppe. ¿Hay otro sitio en América para estos locos, excepto allá abajo, adonde el espíritu beat los conduce?, ¿y no es ése el objetivo? ¿Crear el anhelo de encontrar la dirección, la posibilidad de redención, la salvación en un mundo mejor que éste, un lugar para los padres y hermanos perdidos, un lugar en el que mi hermano y yo, Huck y Jim —no, no Tom, puesto que Tom es el problema pues esto no es ficticio, mis amigos, aunque tampoco verídico— Sal y Dean, Jack y Neal, puedan envejecer juntos?

Y ahí está la revelación, al final, después de todos estos años y de todas estas lecturas; y esta última es la más sobria de todas, pues los años me han hecho estarlo, y mi hermano Jeppe, perdido en algún lugar de ahí afuera, donde siempre estuvo, donde siempre estará, junto al abuelo que nunca conocí, compartiendo asiento con los adictos y los borrachos —los desamparados— que en algunas ocasiones se quedan un tiempo en un sitio, no debajo de un puente, sino en un refugio construido para colocar los contenedores de basura. Más que refugio, es un lugar con un techo, que ofrece una protección deplorable, pues no son más que tablones de madera que te dejan expuesto a los elementos, sin paredes. Por eso los Hucks adultos están completamente desprotegidos, a merced de los cielos y de los ojos de aquellos que los observan desde lo alto, en sus habitaciones; y son perseguidos por una maldita ópera. No es que deseemos que estén enfermos, imagino, pero no queremos que sean testigos de nuestros sueños, de nuestro fracasado intento de alcanzar la libertad, la eterna juventud, o de que nuestros hermanos regresen, una sóla vez. Por favor, sólo una vez más, sólo una vez más, sólo una vez más, sólo una vez más…

Traducción de M. Vega – Ilustración de portada: Dale Adam Bentham

Este relato fue originalmente escrito en inglés en marzo de 2015.

Puedes encontrar este relato impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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