¡YA A LA VENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMICS EXISTENCIALES!

Mitología


En este apartado reuniremos fragmentos míticos de la literatura o de ilustres que nos sirven de inspiración, traducidos al castellano y en formato único.

En este apartado reuniremos fragmentos míticos de la literatura o de ilustres que nos sirven de inspiración, traducidos al castellano y en formato único.

s. XXI

s. XX

1918 · Manifiesto dadaísta · Tristan Tzara

s. XIX

1896 · Semblanza del conde de Lautréamont · Rubén Darío

17 de diciembre, 1887 · Dos socialismos · Ernest Lesigne

1845 · Stirner responde a sus críticos · Max Stirner

1845

Stirner responde a sus críticos

Stirner responde a sus críticos

Max Stirner

Contra El Único y su propiedad de Max Stirner han aparecido tres ensayos principales:

1: La crítica de Szeliga (Franz Zychlin von Zychlinski, 1816-1900) en el número de marzo del Norddeutschen Blätter, revista cultural mensual del norte de Alemania.

2: Sobre la esencia del cristianismo en relación a «El Único y su propiedad», en la revista trimestral de Wigand (Crítica anónima firmada con el seudónimo de Ludwig Feuerbach).

3: Un folleto, El último filósofo de M. Hess.

Szeliga aparece como crítico, Hess como socialista, y el autor (anónimo) del segundo ensayo como… Feuerbach. Sobre las palabras que resultan más llamativas en la obra de Stirner, es decir, el «Único» y el «egoísta», coinciden los tres adversarios entre sí. Por lo tanto lo mejor será valerse de esa unanimidad y discutir por anticipado los puntos en común.

Después de que Szeliga admitiese con toda seriedad que el Único es «llegar a ser» y lo identifique con el «hombre» («el Único no siempre ha sido Único, no siempre ha sido Hombre, sino que primero fue niño y después adolescente»), hace de él un «individuo de la historia universal» y encuentra finalmente, después de cierta definición de fantasmas (en lo que resulta que «una mente irreflexiva es sólo un cuerpo y el mero cuerpo la irreflexión misma»), que el Único es «en consecuencia el fantasma de todos los fantasmas».

Aunque añade: «Para el crítico, para quien la historia universal no se limita a ideas fijas que se reemplazan entre sí sino de pensamientos creativos que se desarrollan constantemente, para ese crítico, el Único no es simplemente un fantasma sino un resultado de la autoconciencia creativa, que en su tiempo, nuestro tiempo, se manifiesta para cumplir su tarea, una tarea específica»; mas ese «resultado» solo no es más que un «pensamiento», un «principio» y un libro.

Feuerbach no profundiza de forma más detallada en el Único, a quien ve como un «único individuo» al que se «abstrajo de su clase o género y se le puso frente a los otros individuos como sagrado e invulnerable». En ese acto de seleccionar y confrontar «consiste la esencia de la religión. Ese hombre, el Único, incomparable, ese Jesucristo, única y exclusivamente es Dios; ese roble, ese lugar, ese bosque, ese toro, ese día es santo, no los otros». Y concluye: «Quítate de la cabeza al Único que está en los cielos, pero también al Único que pisa la tierra».

Hess sólo hace referencia al Único. Primero identifica a Stirner con el Único y dice de este último que «él es el tronco sin cabeza y corazón, es decir, tiene justo esa ilusión; porque carece no sólo de espíritu sino también de cuerpo, él no es nada más que su propia ilusión»; y finalmente concluye sobre Stirner, el Único: «no hace más que alardear».

El Único aparece por ende como «el fantasma de todos los fantasmas», como el «individuo santo que habría que sacarse de la cabeza» y como un simple «fanfarrón».

Stirner otorga un nombre a El Único, dejando sin embargo claro que los nombres no le denominan; denomina al Único para establecer a continuación que no es más que eso, un nombre; por tanto, quiere decir algo diferente de lo que dice, del mismo modo que quien te llama Luis no lo hace refiriéndose a un Luis cualquiera, en abstracto, sino que se refiere a ti, para quien no tiene otra palabra. Lo que Stirner dice es una palabra, un pensamiento, un concepto; lo que quiere decir no es ninguna palabra, ningún pensamiento, ningún concepto. Lo que dice no es lo que se quiere decir, y aquello que busca decir es indecible.

Quienes hablaban del ser humano siempre se han jactado de estar hablando del «ser humano real e individual», pero ¿era eso posible mientras se intentaba expresar a ese humano mediante un concepto general, mediante un predicado? Para designarlo, ¿no sería necesario recurrir, en lugar de a un predicado, a una designación, a un nombre, en dónde lo más importante sea lo que se quiere decir, es decir, lo que no se dice? Algunos se consolaban [1] con la «individualidad plena y verdadera», que no se libra, sin embargo, de remitir a la «especie»; otros con el «espíritu», que igualmente es una determinación y no la completa indeterminación.

Sólo en el Único parece alcanzarse esa indeterminación porque se le presenta como el Único que se quiere decir; porque si se le toma como concepto, es decir, como algo manifiesto, aparece como algo enteramente vacío, como un nombre sin determinación, y así apunta a un contenido que está fuera y más allá del concepto mismo. Si se le fija como concepto (y eso es lo que hacen los adversarios aquí) entonces se debe intentar dar una definición del mismo y con ello necesariamente se llegará a algo diferente de lo que se quiere decir; se intentará diferenciarlo de otros conceptos y, por ejemplo, entendiéndolo como «el único individuo perfecto», a través de lo que resultará más fácil poner de manifiesto su falta de sentido. ¿Pero cómo se puede definir uno a sí mismo? ¿Acaso eres un concepto?

«Humano» como concepto o predicado no te define o te agota porque tiene su propia connotación y porque se puede decir lo que es humano y lo que no, es decir, porque es susceptible de ser definido de un modo que quedes excluido. Ciertamente también tú, en tanto que humano, tomas parte en el contenido del concepto de humano, pero no tienes parte en él en tanto que eres tú. El Único, por el contrario, no tiene contenido alguno, es la indeterminación misma; recibe su determinación y su contenido sólo a través de ti. No hay ningún desarrollo conceptual del Único, no se puede edificar ningún sistema filosófico a partir de él, tomándolo como principio, como se ha hecho a partir del Ser, del Pensamiento o del Yo; con el Único acaba todo desarrollo conceptual. Quien lo tome como principio creerá que puede tratarlo filosófica o teóricamente y por fuerza dará en vano golpes contra él. El Ser, El Pensamiento y el Yo son sólo conceptos indeterminados, que reciben su definición por medio de un desarrollo conceptual; el Único, en cambio, es un concepto que no puede ser determinado ni acercarse a ese estado o recibir un «contenido más preciso» mediante otros términos. No es el principio de una serie de conceptos, más bien no admite desarrollo. El desarrollo del Único es el desarrollo propio tuyo y mío, un desarrollo totalmente único, ya que tu desarrollo no es en absoluto mi desarrollo. Sólo como concepto, es decir, como «desarrollo», son una y la misma cosa; en cambio tu desarrollo es tan diferente y único como el mío.

En tanto que eres tú el contenido del Único, no cabe pensar en un contenido propio del Único, es decir, en un contenido del concepto. Con la palabra Único no se pretende decir qué es lo que eres, de la misma forma que cuando en el bautismo te dan el nombre de Luis no se pretende decir qué es lo que eres. Con el Único concluye el reino de los pensamientos absolutos, es decir, de los pensamientos que contienen otros, igual que con un nombre vacío de todo contenido se termina el concepto y el mundo conceptual: el nombre es una palabra vacía de contenido, que puede únicamente recibir un contenido por medio de lo que se quiere decir.

Pero con el Único no sólo se pone de manifiesto la «mentira del mundo egoísta hasta ahora», como lo imaginan los mencionados adversarios; no, en su pobreza y desnudez, en su «franqueza» indecente (citando a Szeliga, página 34) sale a la luz la pobreza y la desnudez de los conceptos e ideas, se pone de manifiesto la vanidosa opulencia de sus adversarios y queda claro que el mayor «palabro» es el que aparenta ser la palabra con más contenido. El Único es la frase franca, innegable, patente; es la clave de bóveda de nuestro mundo de frases, «cuyo principio fue el verbo».

El Único es una expresión de la que se admite con toda sinceridad y franqueza que no expresa nada. El Humano, el Espíritu, el individuo verdadero, la personalidad, etc., son expresiones o predicados que rebosan de contenido, frases con la más alta riqueza de pensamientos; el Único, frente a esas frases sagradas y eminentes, es la frase vacía, modesta y completamente vulgar.

Algo así presintieron los críticos en el Único; se atuvieron al hecho de que era un «palabro». Pero creyeron que su pretensión era nuevamente la de ser una frase sagrada y sublime, y le negaron esa intención. Pero el Único no pretende ser nada más que la palabra vulgar, sólo que con eso mismo es realmente aquello que las frases altisonantes de los adversarios no logran ser, arruinando así su creación de frases.

El Único es una palabra y con una palabra se debería poder pensar algo, una palabra debe tener un contenido de pensamiento. Pero el Único es una palabra carente de pensamiento, una palabra sin contenido de pensamientos. Pero entonces ¿cuál es su contenido si no es el pensamiento? Es uno que no puede repetirse dos veces, y por tanto, tampoco se puede expresar; porque si se pudiera expresar, si se pudiera expresar realmente y completamente, estaría ahí por segunda vez, se repetiría en dicha «expresión».

Dado que el contenido del Único no son pensamientos, es algo impensable y, por tanto, que no se puede expresar; y puesto que es indecible es un término completo e íntegro, al mismo tiempo que no es ningún vocablo. Sólo cuando no se dice nada sobre ti y simplemente se te nombra, se te reconoce por lo que eres. Mientras se diga algo sobre ti, se te reconoce como ese algo (humano, espíritu, cristiano, etc.). El Único no expresa nada porque no es más que un nombre y sólo dice que tú eres tú y nada más que tú, que tú eres el único tú o que tú eres tú mismo. Por lo cual quedas libre de predicado, y al mismo tiempo, libre de determinación, de vocación, de ley, etc.

La especulación aspiraba a encontrar un predicado que fuera tan universal que comprendiera a todos y a cada uno. Semejante predicado, sin embargo, no debía expresar lo que cada uno debe ser, sino lo que cada uno es. Así, si «humano» fuera el predicado, no habría que entenderlo como algo que cada uno debe llegar a ser, pues de lo contrario todos los que no hayan llegado todavía a serlo quedarían excluidos, sino como algo que cada uno es. Pues bien, «humano» expresa realmente lo que cada uno es. Pero ese qué expresa ciertamente lo universal que hay en cada uno, lo que cada uno tiene en común con el otro, pero no es una expresión para «cada uno», no expresa quién es cada uno. ¿Acaso quedas definido completamente con decir que eres humano? ¿Ha quedado dicho así quién eres? ¿Cumple ese predicado «humano» la tarea del predicado, que es expresar completamente al sujeto, o es más bien al contrario y omite del sujeto justamente la subjetividad, sin decir quién sino solamente qué es?

Por tanto, si el predicado ha de comprender en sí a cada uno, entonces cada uno debe figurar en él como sujeto, es decir, no sólo como lo que es sino como quién es.

Ahora bien ¿cómo puedes estar presente como quien eres, si no es estando presente tú mismo? ¿Eres un doble o sólo estás ahí una vez? Tú no estás en ninguna parte fuera de ti, no estás en el mundo dos veces, tú eres ¡único! Sólo puedes estar presente si lo estás en persona.

«Tú eres único»; ¿No es acaso eso un juicio? Si en el juicio «Tú eres humano» tú no estás presente en tanto tú, ¿lo haces acaso en el juicio «Tú eres único» verdaderamente? El juicio «Tú eres único» no significa otra cosa que «Tú eres tú», un juicio al que un lógico llamaría tautología, porque no sentencia nada, no dice nada, porque está vacío, es un juicio que no es un juicio. En el libro [2], página 232, se toma el contrasentido del juicio como se manifiesta en el juicio «infinito» o indeterminado; aquí, en cambio, se toma en el sentido del juicio «idéntico».

Lo que el lógico trata con desdén, es ciertamente ilógico o simplemente «formalmente lógico»; pero también es, desde el punto de vista lógico, una frase y nada más; es la lógica que termina hecha vocablo.

El Único no pretende ser más que la última y moribunda expresión (predicado) acerca de ti y de mí, la expresión que se vuelca en el pensamiento: una expresión, que es más que una expresión, una expresión que enmudece, una expresión muda.

¡Tú, el Único! ¿Qué contenido de pensamiento queda en eso, qué contenido en el juicio? ¡Absolutamente ninguno! Quien tome al Único por un concepto, quien pretenda deducir de él todavía un concepto propio del pensamiento, quien opine que con lo de «Único» queda expresado qué eres tú, demostraría simplemente que cree en los conceptos porque no sabe reconocerlos como conceptos que son; demostraría que está buscándole al concepto un contenido propio.

Tú, que eres impensable e inexpresable, eres el contenido de la frase, eres el dueño de la frase, la frase en persona, eres el quién y el Él de la frase. En el Único puede brotar la ciencia como si fuera vida, en cuanto vuestro eso se convierte en este y este otro, que ya no se busca a sí mismo en la palabra, en el logos, en el predicado.

Notas al pie

[1] La traducción literal de beruhigen es tranquilizar. (N. del T.)

[2] Stirner se refiere a su única obra El Único y su propiedad. (N. del T.)

Este texto, donde Stirner responde a objeciones y malinterpretaciones de sus críticos, apareció en alemán en 1845 publicado por la Wigand’s Vierteljahrschrift, bajo el título de «Recensenten Stirners», y ha sido traducido al castellano por James Arias y Joaquín Padilla, en mayo de 2015.

Este texto, donde Stirner responde a objeciones y malinterpretaciones de sus críticos, apareció en alemán en 1845 publicado por la Wigand’s Vierteljahrschrift, bajo el título de «Recensenten Stirners», y ha sido traducido al castellano por James Arias y Joaquín Padilla, en mayo de 2015.

1887, 17 de diciembre

Dos socialismos

Dos socialismos

Ernest Lesigne

Hay dos socialismos.

Uno es comunista, el otro es solidario.

Uno es dictatorial, el otro libertario.

Uno es metafísico, el otro positivo.

Uno es dogmático, el otro científico.

Uno es emocional, el otro reflexivo.

Uno es destructivo, el otro constructivo. Ambos están por el máximo bienestar posible para todos.

Uno busca establecer la felicidad para todos. El otro busca hacer capaz a cada uno de ser feliz a su manera.

El primero considera al Estado como una sociedad sui generis, de una esencia especial, el producto de una suerte de derecho divino aparte y por encima de toda la sociedad, con derechos especiales y con derecho a una obediencia especial; el segundo considera el Estado como una asociación como cualquier otra, generalmente manejada peor que las otras.

El primero proclama la soberanía del Estado, el segundo no reconoce ninguna clase de soberanía.

Uno desea a todos los monopolios controlados por el Estado; el otro desea la abolición de todos los monopolios.

Uno desea a la clase gobernada convertida en la clase gobernante; el otro desea la desaparición de todas las clases.

Ambos declaran que el presente estado de cosas no puede perdurar.

El primero considera las revoluciones como los agentes indispensables de las evoluciones; el segundo enseña que la represión por sí sola convierte a las evoluciones en revoluciones.

El primero tiene fe en un cataclismo.

El segundo sabe que el progreso social es el resultado del libre juego de los esfuerzos individuales.

Ambos entienden que estamos entrando en una nueva fase histórica.

Uno desea que no haya más que proletarios. El otro desea que no haya más proletarios.

El primero desea tomar todo para todos.

El otro desea que cada cual tenga lo que le pertenece.

El primero desea que todos sean expropiados. El otro desea que todos sean propietarios.

El primero dice: «Haz como desea el gobierno». El segundo dice: «Haz como te plazca».

El primero amenaza con el despotismo. El otro promete libertad.

El primero hace a cada ciudadano un sujeto del Estado.

El segundo hace al Estado un empleado del ciudadano.

Uno proclama que el sufrimiento de los trabajadores es necesario para el nacimiento de un nuevo mundo.

El otro declara que el progreso real no causará sufrimiento a nadie.

El primero tiene confianza en la guerra social. El otro cree en las obras de la paz.

Uno aspira a comandar, regular, legislar.

El otro desea que exista un mínimo de comando, regulación, legislación.

Uno será seguido por la más atroz de las reacciones.

El otro abre horizontes ilimitados de progreso. El primero caerá, el otro triunfará.

Ambos desean igualdad.

Uno bajando las cabezas que sobresalen muy alto.

El otro elevando las cabezas que están muy bajo.

Uno busca igualdad bajo un yugo común.

El otro asegurará la igualdad en completa libertad.

Uno es intolerante, el otro tolerante.

Uno asusta, el otro reconforta.

Uno desea dar instrucciones a todos.

El segundo desea que cada uno se instruya a sí mismo.

El primero desea sostener a todos.

El segundo desea que cada uno sea capaz de sostenerse a sí mismo.

Uno dice:

La tierra al Estado.

La mina al Estado.

La herramienta al Estado.

El producto al Estado.

El otro dice:

La tierra al agricultor.

La mina al minero.

La herramienta al trabajador.

El producto al productor.

Hay sólo esos dos socialismos.

Uno es la infancia del socialismo; el otro su madurez.

Uno ya es el pasado; el otro es el futuro.

Uno dará lugar al otro.

Hoy cada uno de nosotros debe elegir por uno o el otro de esos dos socialismos, o confesar que él no es un socialista.

Este poema en prosa se publicó originalmente en el Nº 114 de la revista Liberty, el 17 de diciembre de 1887, bajo el título de «Socialistic Letters», y ha sido traducido al castellano por Víctor Olcina en mayo de 2015.

Este poema en prosa se publicó originalmente en el Nº 114 de la revista Liberty, el 17 de diciembre de 1887, bajo el título de «Socialistic Letters», y ha sido traducido al castellano por Víctor Olcina en mayo de 2015.

1896

Semblanza del conde de Lautréamont

Semblanza del conde de Lautréamont

Ruben Darío

Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. Él se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empíreo el recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura.

León Bloy fue el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama Cantos de Maldoror, en el cual está vaciada la pavorosa angustia del infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay que juzgar al espectro, porque se llega a serlo». Y si existe autor peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.

Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones. Como Job, puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja sobre mí y hablaré con amargura de mi alma». Pero Job significa «el que llora»; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un breviario satánico; impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu maligno, dice Quevedo en su Introducción a la vida devota, se deleita en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo será eternamente». Más aún: quien ha escrito los Cantos de Maldoror puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo de las enfermedades nervíosas, eran y son vistos por la Santa Madre Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el exorcismo. «¡Alma en ruinas!», excelamaría Bloy con palabras húmedas de compasión.

Job: «El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de desabrimiento…».

Lautréamont: «Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha dicho. Eso me extraña. iCreía ser más!».

Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.

Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos por los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fue celeste, y Lautréamont infernal.

Escuchad estos amargos fragmentos:

«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor…

»Mas, ¿quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. “No quedaba en mi la menor partícula de divinidad”: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta voluptuosidad inefable».

León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado, suponiendo que no fue sino un blasfemo por amor. «Después de todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, puesto que no toca nunca los Símbolos», dice. Oíd la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios. Los perros aúllan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare; sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una joven que canta un aire sublime; contra las estrellas al Norte, contra las estrellas al Este, contra las estrellas al Sur, contra las estrellas al Oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a rocas gigantes, yacentes en la obscuridad; contra el aire frío que ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye, al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos y les hacen chocar los dientes; contra sus propios ladridos, que a ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros tantos misterios que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos inteligentes; contra las arañas suspendidas entre las largas patas, que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han encontrado qué comer durante el día y que vuelven al nido, el ala fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el abismo; y contra el hombre que les esclaviza…».

«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:

—Cuando estés en tu lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la figure pale et longue

—Yo —sigue él—, como los perros sufro la necesidad de lo infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad! Es ello insensato, delirante; “mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar”».

Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el deus enloquecía a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas semejantes: Y que el autor vivió eso, y que no se trata de una obra literaria, sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás.

El cómo se burla de la belleza —como de Psiquis, por odio a Dios—, lo veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños poemas:

«…El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre la curva que describe un perro que corre tras de su amo …». «El vautour des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo se asimila…». El escarabajo, «bello como el temblor de las manos en el alcoholismo…».

El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves de rapiña»., o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o, todavía, «como esa trampa perpetua para ratones toujours retendu par l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment et fonctionner même caché sous la paille», y, sobre todo, bello «como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una maquina de coser y un paraguas…».

En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un humor hiriente y abominable.

¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el lector el que Baudelaire le dedica en las Flores del Mal, al lado de esta despedida:

«Adieu, vieillard, et pense à moi, si tu m’as lu. Toi, jeune homme, ne te désespere [sic] point; car tu as un ami dans le vampire, malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit la gale, tu auras deux amis».

Él no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.

El Bajísimo le poseyó, penetrando en su ser por la tristeza. Se dejó caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son aquéllos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el búho, la víbora, la araña. La Desesperación es el vino que le embriaga. La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera transcendencia: «Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en las familias… ¡Ay…! ¡Ay…!, grita la bella mujer desnuda: los hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me desprecien».

Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la inconsciencia profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Ésa es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber realizado el hallazgo».

El poema de Lautréamont se publicó hace diecisiete años en Bélgica. De la vida de su autor nada se sabe. Los modernos grandes artistas de la lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, inencontrable.

Este texto pertenece al libro de Rubén Darío Los raros, publicado por primera vez en 1896, en Buenos Aires, e impreso por Tipografía La Vasconia.

Este texto pertenece al libro de Rubén Darío Los raros, publicado por primera vez en 1896, en Buenos Aires, e impreso por Tipografía La Vasconia.

1918

Manifiesto dadaísta
[EXTRACTO]

Manifiesto dadaísta
[EXTRACTO]

Tristan Tzara

Cada página debe abrirse con furia, ya sea por serios motivos, profundos y pesados, ya sea por el vórtice y el vértigo, lo nuevo y lo eterno, la aplastante espontaneidad verbal, el entusiasmo de los principios, o por los modos de la prensa. He ahí un mundo vacilante que huye, atado a los cascabeles de la gama infernal, y he ahí, por otro lado, los hombres nuevos, rudos, cabalgando a lomos de los sollozos.

He ahí un mundo mutilado y los medicuchos literarios preocupados por mejorarlo. Yo os digo: no hay comienzo y nosotros no temblamos, no somos unos sentimentales. Nosotros desgarramos como un furioso viento la ropa de las nubes y de las plegarias y preparamos el gran espectáculo del desastre, el incendio, la descomposición. Preparamos la supresión del dolor y sustituimos las lágrimas por sirenas tendidas de un continente a otro. Banderas de intensa alegría viudas de la tristeza del veneno. DADÁ es la enseñanza de la abstracción; la publicidad y los negocios también son elementos poéticos. Yo destruyo los cajones del cerebro y los de la organización social: desmoralizar por doquier y arrojar la mano del cielo al infierno, los ojos del infierno al cielo, restablecer la rueda fecunda de un circo universal en las potencias reales y en la fantasía individual.

Todo hombre debe gritar. Hay una gran tarea destructiva, negativa por hacer. Barrer, asear. La plenitud del individuo se afirma a continuación de un estado de locura, de locura agresiva y completa de un mundo confiado a las manos de los bandidos que se desgarran y destruyen los siglos.

El manifiesto dadaísta de Tristan Tzara vio la luz en 1918, en el Nº3 de la revista Dada, bajo el nombre de «Manifeste Dada». Este extracto ha sido traducido por Víctor Olcina, en mayo de 2015.

El manifiesto dadaísta de Tristan Tzara vio la luz en 1918, en el Nº3 de la revista Dada, bajo el nombre de «Manifeste Dada». Este extracto ha sido traducido por Víctor Olcina, en mayo de 2015.