¡YA EN PREVENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMIC EXISTENCIALES!

Más allá de Murray Rothbard

Nota: éste es el prólogo que abre nuestra publicación en papel Manual Agorista, de Samuel Edward Konkin III.

Quizás el mejor modo de presentar este Manual agorista consista en trazar, siquiera brevemente, sus raíces ideológicas desde el nacimiento del moderno libertarianism americano a mediados del siglo XX hasta la aparición de esta obra en 1987. Hay una imagen que siempre me ha llamado poderosamente la atención: la de Samuel Konkin III a bordo de un viejo Toyota destartalado cruzando las carreteras interestatales que van de Nueva York a California junto a cuatro de sus colegas, libertarios y aficionados a la ciencia ficción como él. Años después, confesaría sobre el viaje: it was right out Jack Kerouac. El episodio no tendría más trascendencia si no fuera porque escenifica el relevo generacional respecto a la quinta de Rothbard y Rand, intelectuales para los que la actividad política consistía esencialmente en una rutina de charlas educadas a través del humo de pipas y cigarrillos acerca de los principios de la economía y de la ética.

No es ningún secreto que Samuel Konkin (1947-2004), nacido y criado al otro lado de las cataratas del Niágara, se inició en la política durante su estancia en la Universidad de Alberta, en la que llegó a ejercer un pequeño cargo dentro del Social Credit Party, una suerte de movimiento populista inspirado en las teorías de C. H. Douglass y que podríamos describir como la versión descafeinada y reformista de las ideas de Silvio Gesell, a su vez inspiradas en Proudhon y Henry George. Konkin recordaría con simpatía aquella etapa; le había revelado ciertos instintos de la población local que interpretaba como libertarios. La gente, después de todo, percibía con nitidez los vínculos entre el Estado y los poderes del capitalismo corporativo, sobre todo la banca. Por aquel entonces ya dedicaba buena parte del tiempo a devorar libros de ciencia ficción, y no tardaría demasiado en topar con uno que trastocaría los cimientos de su edificio ideológico; se trataba de The Moon Is a Harsh Mistress, escrito por Robert A. Heinlein en 1966. Sobre el escenario de una rebelión de colonos humanos establecidos en la Luna, el libro perfilaba la posibilidad de una sociedad anarquista racional ordenada enteramente sobre relaciones voluntarias de mercado. En los diálogos de Bernardo Paz, un filósofo de ficción inspirado en la figura real de Robert LeFevre, Konkin encontró las pequeñas dosis de teoría libertaria que pondrían en marcha los resortes para su conversión. Poco después se trasladaba a Madison para proseguir sus estudios de posgrado en química, donde un compañero de piso le introdujo en el club conservador de Wisconsin; el resto es historia.

A finales del siglo XIX, el movimiento libertario americano giraba en torno a figuras como Benjamin Tucker o Dyler Lum y apelaba pura y simplemente a los intereses de la clase trabajadora. El movimiento libertario, o libertarian, de los años 60 es otra película; gravitaba en torno a dos grandes magnetos, Ayn Rand a un lado, Murray Rothbard al otro, y a pesar de la enorme expansión que conocería en breve plazo de tiempo, se sentía más bien como una suerte de apéndice refractario del liberalismo clásico. No es casual que Samuel Konkin topara con otros libertarios en el club conservador de Wisconsin; por entonces muchos provenían de la derecha tradicional, y otros tantos volverían a ella en cuanto vieran la oportunidad de medrar en el Partido Republicano. La tentación de ocupar un asiento en la Cámara de Representantes podría hasta con Dana Rohrabacher, estrecho colaborador de Konkin en los inicios.

Nuestro hombre tendría la oportunidad de darse a conocer en la escena libertaria de ámbito nacional durante su breve pero intensa estadía en Nueva York, adonde llegaba para emprender un doctorado en Mecánica Cuántica que nunca alcanzaría a concluir. Aquellos años serían vibrantes: a inicios de los 70 frecuentaba la mítica sala de Murray Rothbard en Manhattan, se codeaba con la flor y nata de la intelligentsia libertaria y tomaba lecciones de Ludwig von Mises en sus seminarios en la Universidad de Nueva York. Sería injusto pensar aquel movimiento como de derecha. Durante los sesenta, desde Left & Right y otras publicaciones, Rothbard y Hess habían promovido la alianza con amplios sectores de la izquierda para frenar la guerra, el servicio militar obligatorio y el poder corporativo. Karl Hess apoyaría explícitamente al Black Panther, y Murray Rothbard elogiaba el movimiento por el Black Power en los siguientes términos: «se han dado cuenta de algo que los libertarios conservadores parecen olvidar: que para conseguir la libertad y autonomía de los negros, el gobierno de los blancos sobre los negros deben terminar» (Left & Right, vol. 3, n. 3, 1967). La conversación y el debate con sectores de la izquierda fluían, y a ello ayudaban los numerosos puntos en común: la oposición a la guerra y al complejo militar-industrial, la desconfianza hacia el gobierno federal, una posición tolerante respecto a la legalización de las drogas, y otras tantas. Rothbard llegaría a apoyar la ocupación estudiantil de las universidades, y se reuniría con Murray Bookchin en 1968 para tantear un acercamiento con el ala comunalista. Durante algún tiempo, el movimiento libertario llegaría a ser un auténtico people’s movement, como clamaban sus cabezas visibles, con varios miles de adeptos a lo largo y ancho del país, sobre todo entre los estudiantes. Es cierto que Rothbard había fundado el anarcocapitalismo, la sección del libertarismo que propugnaba privatizar todas las funciones del Estado, pero en su opinión aquello no conduciría al dominio de las corporaciones sino a expandir las oportunidades para todos. Konkin tomaría de él el núcleo y la base de sus ideales, a pesar de renunciar al término capitalismo por considerar que evocaba el dominio de los capitalistas; más adelante volveremos sobre esto. El sector objetivista del movimiento merece lugar aparte. Por medio de novelas como La rebelión de Atlas (1957), Ayn Rand había acostumbrado a cierto número de libertarios a pensar en la élite de empresarios que gestionaba los negocios del país como la «minoría más perseguida de América»; de algún modo se trataba de la teoría de clases marxista vuelta del revés. Murray Rothbard denunciaría a este sector objetivista como una secta edificada en torno al culto a su creadora, que entre otras muchas cosas confundía la idea de libre empresa con la «sacralización de la gran empresa». Roy Childs escribiría incluso un pequeño ensayo que marcaba distancias respecto al elitismo de Rand: Big Business and the Rise of American Statism (1971), donde trataba de demostrar la perniciosa influencia de las grandes empresas, casi siempre detrás de la creciente intervención del Estado en la sociedad. A la llegada de Samuel Konkin III a Nueva York, el movimiento libertarian era plural, estaba fragmentado y contaba con multitud de tendencias y respuestas a las mismas preguntas. Sam bebería un poco de todas ellas a la vez, ya sintiéndose dentro de aquello, mientras pateaba campus universitarios y municipios haciendo propaganda de los ideales del Libertarian Party, fundado en 1971. «Es probable que no veamos a otro como él de nuevo», diría Jeff Riggenbach, en términos algo lacónicos, a propósito de su fallecimiento; y, en efecto, Sam llamó la atención enseguida por su energía inagotable y su talante estrafalario pero siempre perspicaz e incisivo.

No tardaría demasiado en desencantarse del partido, como explica a lo largo de esta misma obra; lo que nos interesa saber ahora es que abandonaría el partido en 1974 para convertirse desde entonces en su «peor enemigo vivo». En 1975 dejaba definitivamente Nueva York, tomaba la carretera en dirección a California y renunciaba a toda esperanza de vida académica para dedicarse en cuerpo y alma a la contraeconomía y al agorismo. En lugar de la actividad política para tomar el Estado y desmantelarlo desde arriba, Konkin pasaría a propugnar una estrategia desde abajo basada en la economía paralela o contraeconomía, practicada en el subsuelo de los impuestos y regulaciones del Estado, que llegado el momento debería alcanzar el potencial para reemplazarlo. A este maridaje entre mercado negro e ideología libertaria lo llamó agorismo, y su obsesión durante mucho tiempo sería convertir a los contraeconomistas, o agentes del mercado negro, habitualmente desprovistos de una ideología, en libertarios; y a los libertarios, a su vez, en contraeconomistas. En 1980 publicaría la obra capital de esta innovadora ideología, el New Libertarian Manifesto, si bien buena parte de sus mejores ideas se terminarían plasmando de forma fragmentaria y caótica, en la publicación periódica New Libertarian, de la que era editor y en la que colaboraba una plantilla de escritores brillantes como Robert Anton Wilson, James. J. Martin, Wendy McElroy, Murray Rothbard o Robert LeFevre. A finales de los años ochenta, el agorismo había alcanzado tal predicamento que Konkin llegaría a abrir incluso unas oficinas en el centro de Long Beach (California), donde se impartían clases, conferencias y charlas; sería sin duda el cénit de su actividad política, y es en ese contexto en que debe situarse la publicación de An Agorist Primer (1987), el Manual agorista que presentamos en estas páginas. Si bien el agorismo derivaba del anarcocapitalismo de Rothbard y compartía con él lo fundamental de su estructura, representaba de alguna forma una vuelta a los orígenes populares del anarquismo individualista americano, a Tucker y Spooner, del que había tomado incluso el aborrecimiento hacia el parlamentarismo. Sam conocía bien el ejemplo de los emprendedores y vendedores suburbiales que constituyen la vértebra indispensable de los países del Tercer Mundo, y que operan aún en nuestras ciudades; pretendía liberar el potencial empresarial de todo el mundo contra el Estado y los capitalistas privilegiados —he aquí por qué nunca aceptó el término «anarcocapitalismo»—. De hecho, Rothbard le reprochará precisamente eso: que sus ideas apelan a las clases marginales autoempleadas, más que a la masa de trabajadores y oficinistas asalariados que constituyen el grueso de la población de cualquier país desarrollado. El agorismo aspiraba, influido por el mutualismo de Benjamin Tucker, a desdibujar la distinción entre trabajadores y capitalistas.

El valor de esta obra que presentamos a continuación radica, por un lado, en su originalidad —pocas ideas más innovadoras que el agorismo, expuesto aquí con insuperable concisión—, pero también en el hecho de que será la última gran empresa de Samuel Konkin. Después del Manual agorista había acariciado un gran proyecto de libro titulado Contraeconomía, pero quedaría inconcluso; cuatro años más tarde contrajo matrimonio con Sheila Wymer, un affaire breve pero de profunda huella; de él nacería su único hijo, Samuel Konkin IV, y no se repondrá jamás del golpe. Sam fallecería en 2004 a la edad de 56 años, en Los Ángeles.

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Una opinión en “Más allá de Murray Rothbard

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