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Líneas rojas y geografía de la pobreza

En 1935 la Home Owner´s Loan Corporation (HOLC, corporación de préstamos para propietarios de viviendas) empezó a publicar unos mapas un tanto peculiares de las áreas urbanas de Estados Unidos. La HOLC era una más de la sopa de letras del New Deal; una agencia federal que tenía como objetivo reactivar el moribundo mercado inmobiliario tras la catástrofe de la Gran Depresión. La HOLC, concretamente, iba a dedicarse a refinanciar hipotecas para evitar desahucios, utilizando los nuevos créditos garantizados por el gobierno federal que buscaban promover la compra de vivienda.

Antes de empezar a dar créditos y asegurarlos, los burócratas de la HOLC necesitaban establecer unos estándares para determinar la solidez de los préstamos. Si el gobierno federal iba a garantizar hipotecas, lo haría dejando muy claro en qué zonas los bancos podían destinar el dinero. De aquí, entonces, los mapas; la HOLC iba a establecer, en detallados informes, qué barrios, incluso qué bloques de viviendas, debían recibir ayuda.

Los informes son, ochenta años después, lecturas fascinantes. La HOLC clasificó los barrios en cuatro categorías, según su atractivo para prestamistas, «A», o verde, para zonas en crecimiento, «B» (azul) para barrios algo más consolidados, «C» (amarillo) para barrios con viviendas antiguas y deterioradas, y «D» (rojo) para zonas con problemas. Los tipos de interés, se entendía, iban a seguir esta percepción de riesgo; con las zonas verdes y azules teniendo un fácil acceso a préstamos, y las amarillas y rojas recibiendo mucha menos inversión. El gobierno federal, con estos mapas, estaba designando una lista de barrios donde los desahucios iban a ser mucho más habituales, y los prestamistas no iban a poner dinero para arreglar o rehabilitar edificios. Estaba marcando zonas para la decadencia.

Los criterios escogidos para dibujar las zonas fueron variados, pero tenían siempre algo en común: los suburbios de nueva construcción iban a recibir mucho más acceso a crédito, mientras que los barrios de clase trabajadora densos en el centro de las ciudades caerían, casi inevitablemente, en áreas amarillas o rojas.

De forma más significativa, la HOLC en sus informes señalaba abiertamente la composición étnica y racial de los barrios como uno de los criterios para su designación. Los barrios blancos, anglosajones, protestantes eran vistos inevitablemente con buenos ojos, mientras que cualquier cosa que se desviara de lo WASP recibía comentarios  negativos. Un exceso de inmigrantes polacos, italianos o irlandeses era visto como señal de desorden, de barrio de recién llegados con poco aprecio al lugar. Un suburbio con demasiados judíos era motivo suficiente para bajarle la categoría, tras un par de comentarios antisemitas. Un barrio con negros, aunque fuera un porcentaje pequeño, era motivo suficiente para adjudicar un «D», no importara lo bonito o próspero del lugar. Es lo que se vino a conocer como redlining (líneas rojas), el primero de una larga lista de políticas públicas que han definido la geografía urbana de los Estados Unidos.

Los mapas de la HOLC son, hoy en día, documentos vetustos, informes obsoletos que reflejan una América olvidada. Los informes son como cápsulas del pasado, en un tiempo donde ciudades como Detroit, Buffalo o Saint Louis tenían el doble de habitantes de los que tienen ahora. El lenguaje es extraordinariamente racista, un recordatorio de que el New Deal no hizo nada para acabar con la segregación. Lo significativo de los mapas de la HOLC, sin embargo, y sus mosaicos de zonas amarillas y rojas, no es su interés histórico, sino la extraordinaria pervivencia de su legado.

Basta colocar los mapas de la HOLC sobre un mapa actual indicando las zonas de pobreza en un área urbana de Estados Unidos para ver que el dibujo es, a grandes rasgos, el mismo. Los barrios urbanos que en los años treinta fueron marcados como no aptos para recibir inversiones siguiendo líneas raciales fueron progresivamente abandonados, entrando en decadencia. Son los barrios pobres hoy, ochenta años después. De sus habitantes, aquellos que pudieron mudarse a los suburbios lo hicieron. Los que no pudieron, fuera por falta de recursos, fuera por discriminación más o menos sutil, acabaron en las cada vez más desiertas inner cities, golpeadas por la pérdida de población y el declive industrial.

La política de redlining no explica, por sí sola, la discriminación racial o la pobreza en Estados Unidos. Los mapas de la HOLC no tuvieron nada que ver con la desindustrialización o la llegada del automóvil, dos de los motores que acabaron por llevar las fábricas lejos de las ciudades. Tampoco son el primer caso de políticas de vivienda explícitamente excluyentes; durante décadas las ciudades recurrieron a sus planes urbanísticos para intentar mantener según qué barrios libres de indeseables. Los mapas, sin embargo, sí son una muestra de políticas abiertamente discriminatorias de tiempos pasados que siguen resonando en la vida de las ciudades americanas décadas después.

En Estados Unidos es muy difícil hablar de raza y discriminación racial sin hablar de geografía. Una de las mayores sorpresas al visitar el país es la confirmación que la frase «barrio negro» o «barrio latino» es realmente una expresión literal. En casi todo el país, las divisiones étnicas y sociales son divisiones físicas, con fronteras invisibles separando grupos económicos y sociales. Eso se traduce en una creciente concentración de la pobreza, casi siempre siguiendo líneas raciales.

Esta concentración de la marginación representa uno de los problemas centrales al hablar de raza en Estados Unidos; las experiencias vitales de blancos y negros son a menudo radicalmente distintas. La mayoría de blancos viven en suburbios de clase media, donde el crimen es bajo, los colegios son decentes, todo el mundo tiene coche y organiza barbacoas los domingos. La pobreza es casi invisible; uno sólo la ve desde la autopista camino del trabajo al entrar en la ciudad, en uno de esos barrios que siempre se intenta evitar.

Para muchos latinos y afroamericanos, sin embargo, su vida es muy distinta. Suelen vivir en barrios densos, semi-abandonados, víctimas de décadas de dejadez y falta de inversión. Las fábricas hace tiempo que dejaron la ciudad, y los puestos de trabajo son escasos, a menudo en el sector servicios. La pobreza es abundante y visible; el crimen es algo cotidiano. Es difícil ir a ninguna parte sin tener el coche; los autobuses son lentos e incómodos. Cosas como hacer la compra o ir a una oficina en el centro de la ciudad o los suburbios son ejercicios de paciencia. Los colegios, que en casi todo el país están a cargo del municipio, tienen profesores mal pagados, instalaciones obsoletas y alumnos que a menudo vienen de familias desestructuradas. Un chaval de los suburbs nunca habrá visto un detector de metales fuera de un aeropuerto; en un barrio pobre tienen que cruzarlo para entrar en el instituto.

La frontera entre estos dos mundos, la América de clase media en los suburbs y la pobre en las ciudades, está creciendo. Aunque la segregación racial ha disminuido ligeramente en las últimas décadas en la mayoría de estados del país, el aumento de las desigualdades ha hecho que el porcentaje de americanos que viven en barrios extremadamente ricos o extremadamente pobres esté aumentando.  En un país donde las minorías raciales tienen una probabilidad mucho más alta de ser pobres, esto a menudo conlleva interpretaciones del mundo encontradas.

Cuando alguien en Estados Unido habla de oportunidad, movilidad social o seguridad económica, estas ideas pueden tener un contenido radicalmente distinto según el barrio de procedencia del oyente y el color de su piel. Para alguien que ha crecido en los suburbs, oportunidad es acabar el instituto, ir a la universidad, encontrar un trabajo y comprar una casa. Movilidad social es escoger una profesión con futuro y trabajar en una gran multinacional, ser un médico o abogado de cierto prestigio, o abrir un negocio. Seguridad económica es poder pagar la hipoteca y ahorrar suficiente para enviar a los hijos a la universidad.

Para muchos afroamericanos, oportunidad es ser un buen atleta en el instituto e ir a la universidad a jugar al baloncesto o fútbol americano, o simplemente salir del barrio. Una carrera profesional es encontrar un trabajo medio estable con horas decentes, y con suerte encontrar algo de oficina que pague lo suficiente para ir a un community college a tiempo parcial. Seguridad económica es llegar a final de mes, y poder pagar las letras del coche. Las barreras de entrada para llegar a la oportunidad, movilidad y seguridad de los suburbs son gigantescas: la universidad es increíblemente cara, y acabar el instituto mucho más difícil cuando tu vida familiar está marcada por mudanzas, pobreza e inestabilidad. Sin acceso a educación o buenos puestos de trabajo, cualquier movilidad social exige una disciplina y fuerza de voluntad cien veces mayor que para alguien que haya crecido en los suburbs. La seguridad económica es un problema diario, sin poder ahorrar o hacer planes más allá de final de mes.

Acentuando el problema, estas divisiones son a menudo perpetuadas con políticas públicas. Una de las formas más efectivas de aumentar la movilidad social para minorías con pocos ingresos es una mudanza a zonas con menos concentración de pobreza. Muchos suburbios, sin embargo, trabajan activamente para no tener viviendas en alquiler asequibles en su municipio. Los departamentos de policía son mucho más agresivos con las minorías, haciéndoles la vida imposible. Por añadido, la misma precariedad de la vida con pocos ingresos hace que el acceso a crédito sea mucho más complicado; el comprar una vivienda es un hábito de clase media fuera de su alcance.

La discriminación racial en Estados Unidos, o al menos la discriminación racial abierta, directa y legalmente reconocida es una cosa del pasado. El racismo obvio e indiscriminado es ya casi invisible. Lo que persiste, y empeora, es la discriminación de partida, la derivada de crecer y vivir en barrios donde las oportunidades hace tiempo que desaparecieron. El racismo no es ya el de tratar minorías como inferiores, o excluirlas explícitamente. El racismo hoy es negarse a entender el hecho de que durante décadas negros y otras minorías fueron forzados a vivir en callejones sin salida, y siguen ahí encerrados. Pueden salir, pero nadie ha hecho nada para eliminar las barreras erigidas durante décadas.

En cierto sentido, las conversaciones sobre raza, clase social y desigualdad son hoy más difíciles que durante el movimiento por los derechos civiles en los años sesenta. Hace cincuenta años el argumento moral era evidente, y aquellos que se oponían a los cambios eran líderes segregacionistas, con nombres y apellidos, que podían ser derrotados políticamente. Ahora, sin embargo, el racismo y la discriminación no es fruto de leyes injustas, sino de la misma estructura social. Es cuestión de dónde se vive, y los problemas que muchos americanos evitan simplemente dando la espalda a las viejas ciudades industriales.

La nueva discriminación no es la del odio racial, es la ignorancia inconsciente de los problemas ajenos. No es sólo una barrera económica o política; es una división cultural. Las heridas de años de desigualdad forzosa siguen resonando, años después.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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