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Las trincheras del fútbol en los Estados Unidos

Tras décadas de pelea en la sombra, el soccer ha asomado la cabeza en Estados Unidos. Millones de jugadores federados, éxitos de la selección femenina, apostar por el fútbol formativo e inversiones como David Beckham lo han conseguido. No es cuestión de un colectivo o de un par de ciudades. El fútbol ha llegado para quedarse.

Una historia de hundimientos, héroes olvidados, focos malgastados, talones de un lado para otro, adolescentes utilizados y hasta conflictos políticos internacionales que han cesado pero que merece la pena recordar:


Un cuento de hadas de serie B

Para resucitar el fútbol hizo falta mancharse de barro. Los milagros no tienen por qué ser en un Mundial contra las estrellas más reconocibles, ésa es la belleza del deporte. Y fue ahí donde la afición estadounidense vibró de nuevo con el balompié.

Puerto España acogía un duelo por el último puesto libre en el Mundial de Italia 1990. La afición de Trinidad y Tobago ya estaba celebrando su clasificación con un espectáculo previo al partido, el empate les valía. Recibían a Estados Unidos, en la capital y en un estadio abarrotado; apenas una veintena de aficionados visitantes se colaban en la marea roja de los locales. Ambiente hostil para un grupo acostumbrado al fracaso.

El cuento de hadas no necesitaba de maravillas. Paul Caligiuri bajó el balón con el pecho y el estómago, sin dominar el esférico, que seguía botando en contra de su voluntad. Entonces recortó a un defensor con la derecha, sin rasear el balón. Ahí apareció, la posteridad estaba delante de él, su pierna izquierda enganchó una volea muy lejana, aquel chut reconcilió a Estados Unidos con un Mundial cuarenta años después. Un acto de fe de Caligiuri que dio sentido a todo.

El oxígeno llegó en forma de Mundial

Si la volea de Caligiuri permitió al soccer coger fuerzas, no fue hasta el Mundial de 1994 cuando este deporte recuperó la respiración en el lejano oeste. Estados Unidos era elegido anfitrión del acontecimiento. De repente el fútbol importaba, los ojos del deporte global miraban a la nación de las barras y estrellas. El orgullo nacional estaba en juego en aquel deporte del que el grueso de la población se burlaba.

Sometidos a una preparación especial durante dos años, el combinado nacional estadounidense debía estar a la altura. «El futuro del soccer dependía de nuestra actuación en el Mundial 94», ha reconocido décadas después Alexi Lalas, central de aquella selección formada por universitarios y jugadores semiprofesionales.

Tras superar la fase de grupos los octavos de final enfrentaban a Estados Unidos y Brasil. El 4 de julio, con un calor incesante, una Brasil pasada de revoluciones se quedó con 10. Aquel día nacional de 1994 rozó la épica, pero los cariocas estaban lanzados a por el título.

El camino acababa ahí para Estados Unidos. Bueno, mejor dicho, el camino empezaba justo en ese momento.

Los jóvenes pudieron comprobar la magnitud del soccer. Por primera vez en muchas décadas, los futbolistas que se formaban en Estados Unidos podían tenían referentes en su país. La actuación nacional no defraudó.

Cumplir lo pactado

Lejos del glamour del Mundial, la vida no era muy distinta. El fútbol fue un pasatiempo de apenas un mes para la población. Una novia de verano con la que se divirtieron pero que jamás tuvo opción de compararse con amores longevos como el baloncesto, el fútbol americano o el béisbol.

De poco sirvió que aquel combinado que les hizo levantarse del sillón lograra un sorprendente cuarto puesto en la Copa América de 1995. El Mundial ya estaba en el pasado. En lugar de aprovechar la inercia del torneo, no sería hasta 1996 cuando la Major League Soccer abría el telón, una liga que involucraba a Estados Unidos y Canadá. Y lo hizo de forma obligada como contraprestación a la FIFA por otorgar la organización del Mundial.

La estrategia inicial recordaba a aquella competición enterrada que fue la North American Soccer League en la que jugaron Pelé, Beckenbauer o Cruyff, entre otros. Llamar la atención y pensar que el espectador sería fiel sin esperar nada a cambio. Luces, cámaras, un par de nombres propios y dudas, muchas dudas. Una especie de Live fast, die young (1967-1984) que se contentaba con un buen número de espectadores.

La primera etapa de la MLS, 1996 a 1999, heredó lo peor de aquella liga previa: franquicias con serios problemas económicos, nula preparación, sin una estructura de fútbol formativo y mucha improvisación. Un caldo de cultivo que dio lo esperado: un par de jugadores talentosos pero rozando la jubilación y un nivel medio paupérrimo.

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Evolución del soccer en los Estados Unidos

Por el bien del soccer, en 1999 apareció Don Garber, un ejecutivo de la NFL que condujo el cambio.

Su propuesta fue cambiar el modelo. Ser realista, aceptar que el baloncesto y el fútbol americano no tenían rival, pero comprender que la misión era encontrar su espacio, asentarse y mirar qué opciones había. Por aquel entonces se dudaba de la continuidad de la liga, otro gatillazo hubiera sido insalvable para la salud del fútbol en Norteamérica. La precariedad estaba ya instalada, las grandes figuras recelaban de la MLS. El cambio no era aconsejable, era obligado.

El poco dinero que había cambió de manos con la entrada de Don Garber como jefe de operaciones. Sin talones para llamar a las estrellas tocó usar la lógica. De nada sirve juntar un par de nombres rutilantes y desfasados si el fútbol formativo no consigue generar profesionales para formar plantillas de nivel. Las canteras comenzaron a funcionar, se cambió el sistema; las franquicias se vieron obligadas a destinar más recursos a sus equipos sub 14, sub 16 y sub 18.

La lógica del caos

El fútbol y el sentido común no tienen un punto de unión en Estados Unidos. Cuando apenas se sabía si la Major League Soccer tenía opciones de sobrevivir llegó el Mundial de 2002. La afición llegaba desencantada. Pocas veces le habían pedido nada a la selección pero en el Mundial previo sí había sido así. El sorteo de 1998 enfrentó a los norteamericanos e Irán, en pleno conflicto político, con mensajes cruzados de Bill Clinton y Ayatolás calentando la previa. Con un sentir unísono de la gente, sin margen para fallar a su país. Se confundieron los papeles y el partido de fútbol se convirtió en mucho más. La derrota frente a Irán dio más argumentos a aquellos que no sentían el más mínimo interés por el balompié.

Pero la actuación de 2002 les obligó a dedicar su atención al soccer. Derrotar a Portugal y a México colocaba a la selección de Bruce Arena en cuartos de final. Enfrente estaba Alemania. Hueso duro pero no inalcanzable. La actuación estadounidense fue gloriosa, tanto que sólo el árbitro impidió el pase a semifinales al no pitar una mano clara de Torsten Frings en la línea de gol con Oliver Kahn ya batido.

Regresó la esperanza. Había indicios de ir por el camino adecuado pero faltaban certezas.

Llámalo X

El nivel subía, la selección masculina demostraba competitividad y la femenina autoridad. Las licencias federadas para el fútbol crecían exponencialmente. Sólo faltaba magia. La liga se había instaurado en un nicho de mercado que crecía pero estaba en un segundo plano, se buscaba un golpe de efecto.

«Trae a la estrella y ellos vendrán». ¿Y si no puedes contratar a una figura mundial? Pues te la inventas.

Freddy Adu, el juguete roto de agentes, empresarios y buitres que corrieron para salir en la foto. Este chaval de ascendencia africana era un prodigio. El fútbol base se le quedaba pequeño —no sólo a nivel nacional; brilló en el Mundial sub 17 jugando con tres años menos que sus rivales —. Una maquinaria con capacidad para traspasar fronteras.

Lástima que aparecieron personas que quisieron saltarse el orden lógico. Freddy Adu pasó de semiprofesional a reclamo mundial. Todavía no se había asentado cuando ya se encargaron los promotores de darle a conocer, generar expectativas irreales, poner su imagen en todos los anuncios posibles y llamar a Pelé para que le eligiera como sucesor. Le apartaron del camino y cuando ya no daba más de sí en Estados Unidos le echaron a los leones, a recolectar los últimos billetes que podía en un fútbol para el que no estaba preparado, el portugués. El fútbol estadounidense seguía huérfano de ese nombre diferencial.

Bajó el ángel

Con David Beckham cambió todo. El inglés dejaba el Real Madrid, se negaba a escuchar ofertas de las grandes ligas europeas, cogía un vuelo y se plantaba en California. Era el 2007. El «23» más reconocible de la historia del fútbol no necesitó aterrizar para dejar claro que empezaba lo bueno. Llegaban las normas de jugador franquicia y aparecían los millones de antaño, con las bases formativas que nunca habían existido.

El reclamo comercial estaba, pero es que además, hacía muy bien su trabajo. Su huella se hizo palpable, dejó el sendero marcado para que los Villa, Pirlo, Kaká o Gerrard de ahora se ofrezcan a ese fútbol. Beckham consiguió que todo el mundo torciera el cuello para ver qué pasaba ahí, al otro lado del charco.

Su legado deportivo es incontestable, se alzó campeón de la liga en dos ocasiones y abrió los ojos a muchos empresarios: invertir en soccer era rentable. La estrella llegó y ellos fueron; aficionados y empresarios.

¿Es compatible el fútbol con la cultura americana?

Sí. Sin duda. El fútbol está en Estados Unidos. Las licencias para practicar este deporte se cuentan por millones. El soccer se ha confirmado como la actividad a la que apuntar a los escolares para alejarles de deportes considerados más violentos como el hockey hielo o el fútbol americano. Además el fútbol en Estados Unidos tiene un componente tan atípico como positivo: de los casi cuatro millones de licencias federativas hay paridad de sexos.

Si el soccer consiguió mantener un hilo de esperanza fue por el gran nivel del fútbol femenino. La situación de igualdad en las licencias y la precariedad extendida en el fútbol femenino mundial hacen que la balanza se equilibre. Con el título recientemente cosechado en 2015, Estados Unidos cuenta con tres Mundiales femeninos —de siete ediciones— (1991, 1999 y 2015), mientras que sus homólogos masculinos sólo se han subido al podio una vez (1930). No hay comparación posible. Aún así, es el fútbol masculino el que consigue los mayores impulsos e insufla vida —y, sobre todo, billetes— al soccer.

La cultura estadounidense ha demostrado ser compatible con el fútbol y consecuente con sí misma. La aceptación y adaptación han sido claves, alejarse de descensos, incluir límites salariales, drafts y el tratamiento al espectador que hace de un partido un evento para todo el día. El fútbol estadounidense ha sabido ser fiel a la gente que se interesa por él. Gracias a esas adaptaciones del sistema europeo las aficiones se afianzaron y aumentaron, los estadios se convirtieron en necesarios y las aficiones han tomado el mando: lo que de verdad sostiene a una liga son los jugadores nacionales y, sobre todo, la rivalidad entre equipos que involucre a grandes masas sociales. De esta forma un duelo Seattle-Portland no es atractivo por Dempsey o Martins, lo es por el enfrentamiento pacífico de aficiones, la pasión, los carteles, esa intención de burla… Eso es lo que engancha de verdad y eso es algo que deportes como el baloncesto o el béisbol no ofrecen a día de hoy en Estados Unidos. Y no es cosa de latinos, es un punto común de Dallas a Seattle o Los Ángeles a Washington, con toda la diferencia social que hay entre ellas.

Con la instauración del soccer en Estados Unidos la imagen de este deporte como deporte mundial no tiene fisuras. Norteamérica era el único rincón que se resistía al balompié. El fútbol supera fronteras y se convierte en el lenguaje global.

¿Y ahora qué?

El plan actual del fútbol estadounidense es ambicioso. El fútbol femenino ya ha alcanzado el cetro mundial marcado como objetivo para 2015, el combinado masculino se ha puesto como horizonte llegar a semifinales del Mundial en 2018 y la propia Major League Soccer tiene señalado en rojo el 2022 como año en el que estar al nivel de las grandes ligas mundiales. Suena demasiado optimista, ¿no? También sonaba irreal tener a Kaká, Pirlo, Villa, Gerrard o Giovinco hace unos cuantos años. Era utópico pensar que 25 millones de estadounidenses verían un partido de la selección. Y hablar de 15 franquicias con estadios propios o asistencias medias de 44.000 personas como Seattle no se llegaba a plantear. Después de la evolución reciente tienen licencia para soñar.

La oportunidad perdida del fútbol

«Falta un 1 ahí». No sabemos si fueron ésas las palabras que llenaron las redacciones británicas, pero sí conocemos que varios periódicos modificaron el resultado que les llegaba desde Brasil. Los ingleses se regodearon de cómo su selección vapuleó a los Estados Unidos por 10 a 1. La realidad era distinta, no faltaba ningún número. La selección de los tres leones caía 0-1 ante el combinado estadounidense formado por aficionados. Frank Borghi, enterrador de profesión y portero de aquella selección americana del Mundial de 1950 se confesó años más tarde: «Esperaba encajar 4 o 5 goles».

El resultado quedó para la inmortalidad, a pesar de los periodistas ingleses. El gol de Joe Gaetjens conmocionó al mundo. Inglaterra había arrollado 6-1 a un combinado de estrellas del resto de Europa apenas meses antes.

Pese a que los yanks perdieron sus otros dos partidos de aquel Mundial (3-1 vs España y 5-2 vs Chile) el seleccionador William Jeffrey hablaba de aquella gesta como el punto de inflexión para arraigar el fútbol en Estados Unidos.

No podía estar más equivocado. Aquel resultado no cambió el amateurismo del soccer. Tampoco el interés mediático. No cambió nada. El soccer dejaba escapar la oportunidad de oro que nunca más ha tenido para afianzarse. Decidió emprender un camino largo y lleno de obstáculos que por momentos le dejó malherido pero que ahora únicamente son cicatrices.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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