Jeremiah Johnson, el último hombre libre

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.

Estas palabras de Henry David Thoreau (Walden, 1854) podrían muy bien describir el espíritu de aquellos cazadores y tramperos, de aquellos aproximadamente 3000 hombres norteamericanos que recorrieron las montañas entre 1820 y 1840, durante el período de máxima recolección de pieles de castor; de aquellos buscadores de oro (como los de la novela de B. Traven y la maravillosa adaptación de John Huston El tesoro de Sierra Madre) que decidieron un buen día alejarse de la civilización para adentrarse en territorios inhóspitos, como puedan ser las Montañas Rocosas en la frontera entre Estados Unidos y Canadá.

De entre los tramperos libres, que eran de los pocos que comercializaban las pieles con quien les ofrecía mejor precio sin depender de ninguna compañía, ha quedado para la Historia el nombre de John Liver-Eating (Comedor de hígados) Johnson (1824–1900), cuya vida dio pie a las novelas El trampero (The Mountain Man, 1965) de Vardis Fisher y Crow Killer: The Saga of Liver-Eating Johnson de Raymond W. Thorp y Robert Bunker. De ambos libros fue de donde John Milius y Edward Anhalt obtuvieron el material para escribir el guión de una de las más grandes películas de la década de los 70, Las aventuras de Jeremiah Johnson, dirigida por Sidney Pollack y protagonizada por Robert Redford.

El mejor Western y el cine de aventuras se aúnan en un film desarrollado en unos parajes de espectacular belleza en donde, eso sí, cualquiera de nosotros no duraría con vida ni dos días. El joven protagonista, de cuyo pasado sólo sabemos que ha luchado en la guerra Estados Unidos-México (1846-1848) y que «huye del resto de los hombres, del barullo de las ciudades, del griterío y la obligación de comunicarse, de las incomprensibles mujeres», decide ganarse la vida vendiendo las pieles de osos grizzlies y castores. Ya sólo con la compañía de su fusil Hawken, sin responder ante el recaudador de impuestos ni ante ninguna otra autoridad, se adentra con la esperanza de prosperar en tan duras tierras.

Pese a la fortaleza y empecinamiento de nuestro personaje, que se desespera antes las dificultades de la pesca en las aguas heladas o ante la tarea de encender una hoguera durante una tormenta de nieve (imposible no acordarse del pobre personaje del relato de Jack London To Build a Fire), serán los consejos del veterano trampero Garra de Oso (Will Geer) los que realmente le servirán para no sucumbir al primer invierno.

La caza es para la propia subsistencia y hay un mensaje claro de respeto al entorno. Otra vez Thoreau: «Quisiera hablar a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo agreste, en contraposición a la libertad y la cultura meramente civiles, considerar al ser humano como un habitante, o una parte integral de la Naturaleza, más que como un miembro de la sociedad. Quisiera hacer una declaración extremista, y si es así le daría un gran énfasis, porque ya hay suficientes defensores de la civilización: el sacerdote, el consejo escolar y cada uno de vosotros os ocuparéis de ello». (Caminar, 1861)

Y la convivencia con las tribus indias, si bien pacífica al principio, dista de ser idílica, pues de uno de sus encontronazos con los temibles indios Crows se sucederá una tragedia y una terrible espiral de violencia, que pudo haber sido mostrada con más crudeza aún si entre Redford y Pollack no hubieran edulcorado la historia de Milius pues en ésta se «especificaba que su personaje debía eventrar a los indios que iba matando para devorar sus vísceras».

A partir de este punto se nos muestra una incesante búsqueda de venganza, y el joven del principio, como aquel legendario Comedor de hígados (del que se dice que estuvo 20 años luchando contra los Crows que asesinaron a su esposa, una india de la tribu Flathead), es ahora una implacable máquina de matar.

Jeremiah Johnson, el Dersu Uzala de las Rocosas, parafraseando a Javier Pérez de Albéniz, es ya conocido, admirado y temido tanto en el valle como en la montaña, y cuando parte para Canadá tiene lugar un último y muy significativo encuentro con su íntimo enemigo, el jefe Crow, en donde vemos la rabia contenida pero también el respeto entre ambos guerreros.

El final del film es también el retrato del final de una época y de un tipo de individuo emboscado (tomo el término «emboscado» del ensayo de Ernst Jünger La emboscadura), uno que «supuso que los pocos hombres que necesitaban espacio y libertad tanto como necesitaban oxígeno se irían al norte, hacia Canadá. Y de nuevo al norte, hasta que en toda la tierra no quedasen más tierras limpias a las que ir, sino tan sólo los desperdicios, el hedor y la fealdad en que miles de millones de enjambres humanos convertirían la tierra».

Los EEUU del período en que se desarrollan las andanzas de Jeremiah coinciden con una generación muy brillante de escritores con biografías apasionantes y llenas también de aventuras, baste si no el ejemplo de Samuel Clemens (Mark Twain): «Tipógrafo, periodista, piloto fluvial, subteniente de las fuerzas del Sur, buscador de oro en California, autor humorístico, conferenciante, director de un diario, novelista, editor…» o de Herman Melville: «La muerte de su padre lo dejó en la indigencia a los quince años. Desempeñó los más diversos oficios: empleado de banco, peón, maestro de escuela y grumete. Así empezó su larga amistad con el mar. En 1841 navegó en una ballenera por el Pacífico. Desertó en las Islas Marquesas, fue capturado por caníbales y convivió algún tiempo con ellos».

Otro titán de la aquel tiempo, Walt Whitman, dijo una vez: «No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas». Eso, nada más y nada menos, es lo que intentaron estos chiflados tramperos y literatos y lo que ya pocos, incluido el que escribe, se atreven a hacer.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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