Heidegger, Rorschach, Robby y otros superhéroes apocalípticos

Heidegger y Wittgenstein contra la civilización tecnológica

Vivimos inmersos en una civilización tecnológica. Sabemos los milagros del último cachivache que la NASA ha enviado a lo más profundo del espacio exterior mientras se forman colas cada vez que Apple saca un nuevo aparatejo con diseño made in Jonathan Ive. Y «la máquina de pensar suprema» según Forbes, con ese estilo de presentación de un jugador de fútbol o de Miss Universo que caracteriza a los medios de comunicación dirigidos a las masas, es Raymond Kurzweil, un futurólogo que dirige el departamento de ingeniería de Google.

Sin embargo, hasta no hace mucho las «máquinas de pensar supremas» todavía eran los filósofos. Entre los más venerados se encontraba Martin Heidegger, pastor del Ser, catedrático de Metafísica y «rey secreto de la filosofía» según su alumna, discípula y amante Hannah Arendt (además de rector de la Universidad de Heidelberg y nazi comprometido hasta la derrota final y más allá).  Si hay algo que detestaba el más grande filósofo del siglo XX, con permiso de Ludwig Wittgenstein, era precisamente la civilización tecnológica. De ahí la más fenomenal boutade jamás dicha por ningún ser humano, batiendo todos los récords establecidos por sus ilustres predecesores en el pensamiento puro (¡y se lo habían puesto difícil! De Aristóteles, haciendo apología de la esclavitud, a Berkeley, encerrándose en el solipsismo mientras se extrañaba de que los demás no lo hicieran también) cuando comparó los campos de exterminio con los mataderos industriales. ¿Cómo se puede poner al mismo nivel el genocidio perpetrado por los nazis contra los judíos y otros grupos degenerados con la aplicación de la ciencia y la tecnología para producir alimentos a una población cada vez más numerosa?  Para Heidegger eran esencialmente lo mismo porque lo que subyacía tanto a los campos como a los mataderos era una mentalidad: la ideología de la eficiencia y la productividad.  Tanto unos como otros no eran para Heidegger sino ejemplos del mal de fondo: una racionalidad instrumental que despojada de cualquier consideración ética se sumergía en el nihilismo del consumismo vacío, el tecnofetichismo y el ultracapitalismo (o el megacomunismo, tanto monta, monta tanto, Roosevelt como Vladimir Il’ič Ul’janov).

El desprecio de Wittgenstein por la civilización tecnológica, que le parecía vulgar, superficial, hipócrita y banal, le llevó a simpatizar con el comunismo incluso cuando llegó al abismo estalinista.  Tras su visita a la Unión Soviética, y al revés de lo que había sucedido con Bertrand Russell, proclamó no sólo las excelencias de la dictadura sino las virtudes de Stalin. Tanto Heidegger como Wittgenstein eran políticamente dos reaccionarios que paradójicamente combinaban cierta preocupación de corte social con un desprecio absoluto hacia la masa, lo que los llevaba a justificar los movimientos populistas liderados por una vanguardia carismática, ya fuese en el caso de Heidegger de corte nacionalista o, como en el caso de Wittgenstein, de dimensión clasista. De tendencias místicas y abonados al pathos del lenguaje críptico, tanto Heidegger —que sometió al poeta alemán y judío Paul Celan al escarnio del más vergonzoso de los silencios cuando éste intentó dialogar con él sobre su compromiso con los nazis— como Wittgenstein —que sometía a sus admiradores del positivista Círculo de Viena a lecturas poéticas de Rabíndranáth Tagore cuando pretendían discutir los fundamentos lógicos y las condiciones empíricas de la realidad— consideraban que la civilización tecnológica significaba la decadencia espiritual de Occidente por lo que era necesaria una revolución política que amparase la emergencia de un hombre nuevo y una civilización poética.

McLeod Wilcox y Alan Moore, profetas del apocalipsis

¿Es usted un tecnófobo o un tecnófilo?  O dicho a la manera de Umberto Eco, ¿un apocalíptico o un integrado? A grandes rasgos, frente al hecho tecnológico la editorial Marvel se ha constituido como el abogado defensor de la tecnología ya que aunque tiene en cuenta los riesgos de la misma, finalmente los peligros tecnológicos que representan algunos villanos, del Doctor Muerte a Galactus, se arreglan con más tecnología, de ahí los benevolentes genios tecnológicos, de Reed Richards a Tony Stark pasando por Bruce Banner o Hank Pink, que aunque a veces nos meten en problemas parecen seguir la máxima de Hölderlin según la cual donde está el peligro también está la salvación.

Por el contrario, Watchmen, el cómic underground, alternativo y heterodoxo de Alan Moore, es una denuncia del peligro absoluto que representa la tecnología. A sus dos héroes más poderosos, Doctor Manhattan y Ozymandias (al que no por casualidad también podríamos calificar como «la máquina de pensar suprema» al estilo Kurzweil) sólo es capaz de oponerse un, en comparación, pobre humano sin más poderes especiales que su enorme capacidad de superación, un supererogatorio kantiano sentido de la justicia y, en el nombre lleva la sentencia, un punto de locura psicoanalítica que vuelve locos a los psiquiatras que lo tratan: Rorschach.

Anarquista como Rothbard, pero en la acera política de enfrente, la izquierdista colectivista en lugar de la capitalista, Alan Moore critica los tradicionales cómics de superhéroes por ser una «catástrofe cultural» debido a que su éxito en el siglo XXI, vía su alianza con superproducciones cinematográficas, significa la derrota de la razón en una extensión muy amplia del público que se ceñiría a los universos limitados, absurdos y descontrolados de Marvel o DC, en lugar de tratar de analizar directamente las complejidades de la vida moderna. Además, esta cultura infantil e ingenua estaría haciendo de tapón para las formas culturales de nuestra época que están pugnando por salir pero que se encuentran con el dique fosilizado de los cómics. Moore de este modo es heredero de la crítica a la cultura pop que desde Ortega y Gasset en La rebelión de las masas hasta Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, pasando por los frankfurtianos Adorno y Horkheimer en La dialéctica de la Ilustración o Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento, han tematizado una presunta splengeriana «decadencia de occidente» a partir del éxito de los medios de comunicación y entretenimiento masivos. Lo que no deja de ser paradójico es que todos los autores citados hayan criticado dicha industria cultural desde los mismos mecanismos de la industria cultural, en sus respectivos casos mediante ensayos de corte más o menos divulgativo que en el caso de Alan Moore llega al colmo con uno de los cómics de superhéroes más famosos de la historia, al que su autor pretende diferente porque sería una crítica de dicho tipo de cómics como Don Quijote era una parodia de las novelas de caballerías, pero que no llega a alcanzar ni mucho menos su objetivo, más bien al contrario, desde el momento en que incluso alguien tan ultraconservador como el candidato republicano a la nominación para presidente de los Estados Unidos, Ted Cruz, cita entre sus cinco superhéroes favoritos a Spiderman, Lobezno, Iron Man, Batman y… Rorscharch.

Antes de que se produjese la «superación de las ideologías» (en la inmortal expresión de Lucio Colletti) el cine produjo tres películas que expresaban visiones del mundo tan poderosas políticamente como cinematográficamente. Con El nacimiento de una nación (1915), David Wark Griffith sentó los cimientos de lo que sería el cine clásico además de levantar acta de una concepción aristocrática basada en la raza de los Estados Unidos de América que supuso el revitalizamiento del Klu Klux Klan. Por otro lado, Serguei Eisenstein en la Unión Soviética le ofrecía la mejor coartada al golpe de estado bolchevique que acabó con la incipiente democracia rusa al rodar El acorazado Potemkin (1925), convirtiendo la propaganda en un arte. Fritz Lang, con la colaboración de su esposa Thea von Harbou, terminó el gran tríptico cine-político con Metrópolis, una apología nacional-socialista de la tecnologización de la sociedad humana que llevaría a una fraternidad universal a través de una sociedad vertical en la que el amor haría de mediador («Mittler» que rima prodigiosamente con Hitler) entre el «cerebro» —una jerarquía dictatorial al estilo del gobierno de los sabios de Platón que hizo salivar al cinéfilo Goebbles (mientras Lang huía a Hollywood, Harbou se afilió al Partido Nazi)— y las «manos», los trabajadores proletarizados.

Metrópolis nos interesa porque fue la primera vez en que se contempló que el futuro de la humanidad pasaba por la robotización a través de una Maschinenmensch, una máquina-humana. Si Lang/Harbou tenían una visión ingenua y optimista sobre la culminación de la relación hombre-máquina, en Planeta prohibido (1956) Fred McLeod Wilcox introducía un factor peligroso en que las máquinas pudiesen ir más allá de nuestros planes y nos arrastrasen a la destrucción. Versionando muy libremente la Tempestad de Shakespeare, el mundo feliz («brave new world») que se encuentran unos astroargonautas es un planeta casi deshabitado en el que únicamente viven un científico loco, su pizpireta hija y Robby, un todopoderoso robot, a medio camino entre la esclavitud y el pequeño y manejable genio de la lámpara. Sin embargo, bajo tierra hay una Inteligencia Artificial (I.A.) con ese poder tecnológico que puede pasar en ocasiones por magia haciendo de gran e ingobernable genio de la lámpara. En ese sentido, la advertencia es clara: ten cuidado con lo que deseas porque se podría hacer realidad.

Ray Kurzweill, el famoso futurólogo al que nos referíamos antes (con una tasa de aciertos en sus predicciones que haría sonrojarse al mismísimo Nostradamus. Dicho esto con la mayor de las ironías) aventura que aproximadamente por el 2045 se producirá la emergencia de la I.A. en todo su esplendor capaz de automejorarse a sí mismas hasta sobrepasar la capacidad humana de controlar el proceso multiplicando la inteligencia (no la humana necesariamente, que lleva milenios más o menos en el mismo nivel debido a los frenos biológicos de evolución del cerebro). Lo que John von Newman denominó en 1958 «singularidad».

Lo que plantea McLeod Wilcox a través del ejemplo de otra civilización alienígena, el autogenocidio tecnológico de los Krells, el acontecimiento de la singularidad podría significar paradójicamente la extinción de la civilización que lo alcanzase. Lo que sería una solución a la paradoja de Fermi cuando plantea que si existen miles de millones de posibilidades de que haya civilizaciones inteligentes, ¿por qué ninguna ha contactado con nosotros? Una de las posibles hipótesis es que toda civilización se encuentra más tarde o más temprano con un «Gran Filtro» que acaba con ella.  Los dos candidatos con más probabilidades de acabar con dichas civilizaciones son de orden natural, como una explosión de rayos gamma, o bien la propia dinámica del desarrollo tecnológico. Que bien podría ser la singularidad de la I.A. que espera con tanto entusiasmo Kurzweil pero con respecto a la cual el cine ha sido más bien pesimista, del referenciado Calibán del Inconsciente de Planeta prohibido a la I.A. asesina de Hal 9000 en 2001: una odisea del espacio. «Los Krells olvidaron una cosa al construir su Gran Máquina —nos advierte el científico desquiciado interpretado por Walter Pidgeon—: los monstruos del Ello».  Esa Gran Máquina era capaz de materializar lo que se imaginase. Y es que si estamos hechos de la materia de los sueños, los Krells encontraron la forma de hacer que los sueños se hicieran materia. Una forma de denominar freudianamente, tan en boga ahora, la hybris de los griegos: esa combinación de soberbia y codicia que hace al ser humano tan peligroso.

Metrópolis y Planeta prohibido representan las dos dimensiones de la tecnología que representaban Ícaro y Dédalo, los dos ingenieros capaces ambos de volar, pero uno limitándose a sí mismo mediante la prudencia mientras que el otro se dejó llevar sin ningún control movido por la hybris, sin comprender que la tecnología por la tecnología conduce a la destrucción no sólo del ser humano sino de lo propiamente humano.

Por otro lado, cabe ser optimistamente pesimistas acerca del desarrollo de la I.A. porque será difícil que la desarrollen mucho más mientras sigamos en la niebla del conocimiento acerca de la naturaleza del pensamiento humano. Del mismo modo que Carl Sagan y Stephen Hawking no consideran una buena idea, por razones de prudencia, enviar mensajes a potenciales visitantes alienígenas, no vaya a ser que sean agresivos y colonialistas, así deberíamos ser prudentes a la hora de crearnos un enemigo interior. Supuestamente la programación ético-asimoviana de la I.A. nos haría estar a salvo de cualquier ataque robótico, pero las leyes de Asimov son muy frágiles, tanto porque son dependientes de cómo se defina ser humano o ser racional como por la cuarta ley que introdujo Asimov en sus últimas obras, que permitía a un robot infligir un daño a un ser humano concreto si con eso se ayudaba a la humanidad abstracta en su conjunto. Lo que significa abrir la veda del asesinato por motivos humanitarios, de los que la historia de la humanidad está llena y que podría ser semejante en el caso de los robots.

Mucho más importante para ese desarrollo de la I.A. será el descubrimiento del idioma de la mente humana, lo que podríamos denominar mentalés, que nos dará las claves de cómo somos los seres humanos. Entonces, sí, la I.A. estará más cerca de realizarse. Pero ya en el siglo XXII. El paraíso tecnológico, como la tierra prometida, Kurzweil, nuevo Moisés, nunca llegará a pisarlo.

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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