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RELATO BREVE

Mayo, 2018

El gran salto hacia delante

El gran salto hacia delante

Diego Luis Sanromán

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EXT. AFUERAS DEL PUEBLO – MEDIODÍA

Una carreterucha comarcal llena de baches serpentea hasta la entrada del pueblo. Sobre un risco, la dentadura mellada de un castillo en ruinas. El sol en su vertical, matraca de chicharras. Una ronda de buitres traza círculos sobre el fondo de un cielo sin nubes. El azul del cielo hace daño a la vista: los rayos solares inciden por un momento en el objetivo de la cámara y ciegan a los espectadores. Bajo el carrusel de buitres voladores no vemos al consabido burro destripado y en proceso de descomposición, sino a otro buitre, sólo que éste muerto, al que dos de sus congéneres lanzan picotazos desconfiados. Un comienzo de spaghetti western, pero no.

Inserto de un cartel donde se lee el nombre del pueblo: FONDA SIN FONDO. Se oye una ráfaga de viento seco.

EXT. CALLE DE FONDA SIN FONDO – MEDIODÍA

Plano corto de los pies de la TÍA JACINTA. La mujer calza unas zapatillas de felpa de caballero con las punteras comidas por el uso y seguramente heredadas de su difunto marido. Alrededor, un muladar de mondaduras de pipas. La cámara se eleva hasta mostrarnos el libro que está leyendo. Se trata de Anna Karénina. La TÍA JACINTA baja el libro: largo primer plano en el que contemplamos sus ojillos entrecerrados, su bulbosa nariz de patata, las oscuras arrugas que le surcan las mejillas. Balbucea algo, pero no entendemos lo que dice: parece que estuviera masticando las palabras con sus encías sin dientes.

La mujer se levanta del banco en el que estaba sentada y, arrastrando las zapatillas, echa a andar por una callejuela en acusada pendiente.

EXT. ESTACIÓN DE FONDA SIN FONDO – MEDIODÍA

Corte a primer plano del FORASTERO. El sudor se le escurre por debajo del canotier, el cual le da un aire anticuado y un poco idiota. Una impresión, por cierto, que acentúa la pajarita colorada que le estrangula el pescuezo. Sonrisa temblona.

En off, la voz tortuosa del ALCALDE.

ALCALDE: Hay empresas que engrandecen a los pueblos. Gestas que se dirían obra de titanes, pero que no son en verdad sino resultado del esfuerzo conjunto de los grupos humanos. Y son precisamente tales hazañas las que hacen que esos pueblos penetren por el estrecho corredor de la historia. [El FORASTERO mira de reojo y trata de mantener la sonrisa. Con un pañuelo bordado se seca el sudor de la frente, luego del belfo]. Permítanme que les haga la siguiente pregunta: ¿quién conocería ahora el nombre de Aníbal si éste no hubiera cruzado el Aconcagua a lomos de una cangura de dos plazas? Nadie. ¿Y quién hizo posible semejante proeza? En efecto… Su querida abuela, que le llenó el petate con las vituallas necesarias para tamaña singladura…

El ALCALDE es un viejecillo achaparrado, tocado con una boina capada y cubierto por un chaqué que le queda grotescamente grande. El atril desde el que pronuncia su arenga es en realidad un desvencijado pupitre de escuela de los de antaño. El hombrecillo se sirve un vaso de tinto de una frasca y lo apura de un golpe. Después se limpia con la manga.

ALCALDE: Estoy seguro de que todos ustedes recuerdan el día en que nuestro querido amigo cruzó las lindes de nuestra comarca…

El ALCALDE señala con un gesto de la mano al FORASTERO, sentado a su izquierda, que intenta mantener su trémula sonrisa y aflojarse un poco la argolla de la pajarita. Suda copiosamente. Corte a plano de conjunto en el que vemos a media docena de ancianos destartalados, vetustos. Entre ellos, la TÍA JACINTA.

Flashback: fundido a un plano idéntico al plano inicial. Durante unos segundos vemos la carretera desierta, después el cuerpo de un hombre que penetra arrastrándose por una esquina. A la cintura lleva atada una cuerda de la cual pende un bidón de gasolina de unos diez litros. Por fortuna, vacío.

ALCALDE (en off): Aquella mañana los vencejos volaban del revés y marcha atrás, un extraordinario acontecimiento que algunos interpretaron como un presagio de prodigios imposibles. El señor Mauricio, sin ir más lejos, decidió levantarse de la cama en la que había estado recluido durante los dos últimos años, cavar un hoyo en el camposanto y ovillarse dentro para dormir el eterno sueño de los justos. Que en paz descanse.

La cámara recorre los rostros de los paisanos. Después, plano general en el que vemos que todos los personajes están situados en el andén de una estación ferroviaria. En un cartel puede leerse: TERMINAL DE FONDA SIN FONDO, y debajo su traducción a una lengua oriental, tal vez japonés. El alcalde se echa otro chato de vino al coleto y continúa su discurso.

ALCALDE: Una de las cabras de doña Fulgencia parió siete michines de color morado, aunque entonces a nadie le llamó la atención porque es bien sabido que la señora Fulgencia no suele proporcionar a sus bestias lo que podría llamarse una —ejem— alimentación ortodoxa.

Flashback: el hombre del bidón, en el que ahora reconocemos al FORASTERO, se encuentra a la entrada del pueblo. Tiene el aspecto de un náufrago zozobrante. Una cabra se acerca por la derecha y empieza a mordisquearle el calcetín del pie contrario; el otro lo lleva completamente descalzo. El FORASTERO intenta espantar al animal de una patada, pero lo único que consigue es caerse de culo.

FORASTERO [lloriqueando, con el antebrazo sobre el rostro en un gesto melodramático]: ¡Ah, destino cruel! ¿Por qué has de cebarte siempre con los peor preparados para resistir tus embates? ¡Pobre de mí! ¿No habrá por aquí ningún corazón compasivo que llene con la esencia vital e indispensable el bidón de este viajero desnortado? [Y más prosaico]: El puto coche me ha dejado tirado a veinte kilómetros carretera abajo. ¡’Dita sea la!

Rueda de buitres al fondo.

Otra vez el ALCALDE tras su pupitre-atril: No es necesario que les recuerde lo mucho que lamentamos no poder satisfacer a la sazón las necesidades de aquel recién llegado. Cada uno de los presentes tuvo ocasión de verter entonces la porción de lágrimas que el hado le había reservado para tales ocasiones. [En ese momento el ALCALDE adopta maneras de cantante de gospel y entona el siguiente fragmento]: «Too many teardrops / For one heart to be crying / Too many teardrops / For one heart to carry on». Oh yeah, brothers and sisters! [Luego recupera el tono inicial]. Ahora bien, lo que no podía procurar nuestra pequeña comunidad —no nos engañemos— apenas salida del neolítico, bien supieron compensarlo el calor, el amor y el buen hacer de nuestras gentes.

Flashback: vemos al FORASTERO acurrucado en posición fetal sobre el seno de una de las ancianas de la comitiva. La mujer lo arrulla y le acaricia el cabello, mientras el hombre se chupetea el pulgar. Pasados unos segundos, la vieja se saca un pecho y da de comer al hambriento. Corte a un primer plano del FORASTERO en el tiempo presente: el tipo se pasa la manga por los labios como si hubiese terminado de mamar.

ALCALDE [suspirando]: ¡Aaaaaaaaaah, ha pasado tanto tiempo desde entonces! Parece que fue ayer, pero ya ha transcurrido casi una semana… ¡Y hemos sido tan dichosos compartiendo tantas y tan radiantes experiencias! ¡Tan felices todos juntitos, arracimados, como quien dice! [Se enjuga una lágrima inexistente y engulle otro vaso de vino]. ¡Una semana ya! ¿Se dan cuenta del portento?

Encadenado a las imágenes en blanco y negro de un noticiario tipo NO-DO. Película con rayaduras y mucho grano, música entre marcial y circense. Vemos a uno de los ancianos —un hombre menudo como un polluelo tísico— cargando una pesada traviesa de ferrocarril. La voz del ALCALDE adquiere ahora el deje gangoso de un locutor de otros tiempos.

ALCALDE: La nuestra es una tierra dura, exigente como una madre severa con aquellos que la pueblan. Árida, pedregosa, indomeñable: así es ella y así son también sus gentes.

Vemos a la TÍA JACINTA y a otra vieja con las sayas arremangadas y remetidas en el elástico de las medias. Con sendos martillos hidráulicos horadan el terreno, reducen a polvo grandes macizos de roca, perforan la pared de una montaña y, para rematar, trazan molinetes con la herramienta por encima de sus cabezas, un poco a la manera de Thomas «Leatherface» Hewitt.

ALCALDE: La aridez del territorio, la sequedad del clima, sin duda han determinado la forja de nuestro carácter, asimismo seco y un tanto desabrido. Ardua tarea es conseguir extraer de esta tierra la preciada agua que a pesar de todo atesora en sus entrañas y harto difícil es también que los fondasinfondeños den muestras de esa sensibilidad que no obstante ocultan en los recovecos más recónditos de su corazón. Sentimos la muerte de los nuestros como el que más, pero es raro que alguien mancille el velatorio de un finado con humedades que a todos se nos antojan obscenas.

Un anciano hace un alto en su trabajo y reposa sobre el mango de un pico. Del bolsillo de la camisa se saca un saquito lleno de picadura de tabaco. Se prepara un cigarrillo, lo enciende, se retira una hebra de tabaco de la punta de la lengua. De un par de caladas hondas apura el pitillo y de un capirotazo lo arroja bien lejos. Después suelta un copioso gargajo negro y retorna a la tarea.

ALCALDE: Administramos con rigor la economía de nuestras lágrimas.

Un lugar a mitad de camino entre un laboratorio y la fragua de una herrería. Otro anciano, o tal vez el mismo, trabaja con una pistola de soldar en lo que parece la placa de un circuito integrado. A su lado una vieja chiquita y encarrujada como un guisante añejo manipula con unas tenacillas las patitas de un microchip.

ALCALDE: El tiempo, en la doble acepción del término, es otro factor que no puede desconsiderarse si queremos comprender el carácter nacional de los habitantes de Fonda sin Fondo. Nuestro clima alterna los inviernos glaciales con los veranos africanos, y ambos son implacablemente secos. Las primaveras floridas, los otoños pluviosos son aquí un raro milagro.

Una de las viejas limpia con mimo lo que parece el cuadro de mandos de un avión comercial. Plano medio de la anciana, que sonríe a cámara, guiña un ojo y después alza el pulgar de la mano derecha en señal de que acaba de poner el broche final a una labor bien hecha.

ALCALDE: Esto ha marcado también el modo en que los fondasinfondeños experimentan el devenir del tiempo histórico. Se diría que nuestro pueblo vive en un presente perpetuo, entre congelado y aplatanado. Somos de natural indolente y siempre nos hemos mostrado recelosos a internarnos por la vía de eso que llaman Progreso.

Foto de grupo en la que vemos a la media docena de ancianos de la estación solo que en este caso ataviados con su ropa de faena y pertrechados con sus aperos particulares: el anciano fumador y su pico, TÍA JACINTA con su martillo hidráulico, etc. Todos posan en actitud hierática mientras va apareciendo la palabra FIN.

De vuelta a: EXT. ESTACIÓN DE FONDA SIN FONDO – MEDIODÍA

Plano medio del ALCALDE tras su pupitre en ligero contrapicado.

ALCALDE: Como los pueblos primitivos, dábamos vueltas en una eterna rueda de rutinas repetitivas. Sudando la gota gorda o tiritando de frío, según correspondiese. Y todo habría continuado igual de no ser por la llegada de nuestro ahora estimadísimo amigo…

Contraplano del FORASTERO, que balbucea un «gracias, muchas gracias» casi inaudible.

ALCALDE: Verlo en tal necesidad, lejos de los suyos y ansioso de volver a encontrarse entre ellos, fue lo que despertó nuestro ánimo en el fondo compasivo y nos impulsó a dar el salto desde la circularidad neolítica en la que estábamos enclaustrados [vemos la ronda de buitres contra el cielo despejado] hasta el tiempo lineal, progresivo y progresista que es propio de la Historia de los Modernos, amén. Como fuera, teníamos que sacar a nuestro joven asilado de Fonda sin Fondo, y he aquí el resultado…

Vemos el hocico fusiforme del testero de un tren que va aproximándose desde la lejanía del páramo: se trata de un Shinkansen E6, un tren bala japonés, lo último de lo último en cuestión de tecnología ferroviaria. Corte a la estación de Fonda sin Fondo. Los ancianos, el ALCALDE y el FORASTERO componen ahora un apretado cortejo que aguarda, entre excitado y alborozado, la llegada del tren. Alguno incluso saluda con la mano o con el pañuelo.

Cuando el E6 está a punto de entrar en la estación, la TÍA JACINTA da un fuerte empellón al FORASTERO, que trastabilla durante unos segundos sobre el bordillo del arcén y, al final, acaba por caer a las vías. Su grito postrero se confunde con el chirrido de los frenos de la máquina. El canotier flota por unos instantes en el aire, después trazando suaves ondas aterriza a los pies de los habitantes de Fonda sin Fondo.

Se oye una VOZ EN OFF que, a modo de moraleja, sentencia: Por desgracia, la tía Jacinta había terminado de leer Anna Karénina aquella misma mañana.