El capital en el siglo XXI: una lectura diferente

El fenómeno básico que describe Thomas Piketty en este libro es simple: «Cuando la tasa de rendimiento del capital excede de forma significativa la tasa de crecimiento de la economía […], entonces, se sigue lógicamente que la riqueza heredada crece más rápido que la producción y la riqueza.»

Su narración histórica acerca de la acumulación de riqueza, la masa de evidencia estadística que despliega en apoyo de la misma y sus análisis acerca de las tendencias actuales son todos ellos una excelente lectura. Su debilidad radica no en la descripción, sino en la prescripción: en su análisis acerca de las causas primeras de la concentración de la riqueza y en los remedios que propone.

En cada caso Piketty ignora hasta qué punto la tasa de rendimiento de la tierra y el capital están influidas por la intervención del Estado sobre el mercado. De ser cierta su acusación, es más bien una acusación contra el corporativismo, no contra los mercados libres.

Por ejemplo, argumenta que la tendencia de las rentas a exceder las tasas de crecimiento no tiene nada que ver con las imperfecciones de mercado. Ignora en gran medida hasta qué punto las tasas de rendimiento sobre la propiedad dependen de la estructura legal; dice que el crecimiento de la desigualdad en Francia tras la Revolución es equiparable al de Inglaterra en el mismo periodo, a pesar de que el Código Civil había «abolido todos los privilegios legales» y «garantizado absoluta igualdad ante las leyes de propiedad así como libertad de contrato […]». Al argumentar de ese modo Thomas Piketty parece olvidar la fundamental distinción de Henry George Jr., entre «igualdad ante la ley» y «leyes iguales». La «igualdad de derechos y oportunidades» es insuficiente si no se tiene en cuenta de qué derechos y qué oportunidades estamos hablando. Sin duda todos hemos oído hablar de la observación de Anatole France acerca de que «la ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto al rico como al pobre dormir bajo puentes, mendigar en las calles y robar pan».

Piketty se muestra muy preocupado con los rendimientos del capital, pero una parte muy importante de lo que cuenta como stock de capital, del que se derivan las «rentas», no contaría siquiera como propiedad en un régimen de libre mercado genuino. Los esclavos humanos han sido una de esas formas de «propiedad», con un enorme valor de capital en el mercado hasta la ilegalización estadounidense de 1865. Hoy en día caen bajo la misma etiqueta las rentas que se derivan de propiedades cuyo título originario viene del cercamiento de tierras libres y sin aprovechar, o de la «propiedad» sobre las ideas (patentes y copyrights).

Como Marx, Piketty asume que el capitalismo neoliberal (estatal) es un producto en gran medida espontáneo del mercado. Marx dedica una parte importante del vol. I de El capital a la historia de la expropiación de las tierras campesinas en Inglaterra, lo cual redujo inmensamente las oportunidades para una subsistencia confortable y para el autoempleo, e incrementó numéricamente la fuerza de trabajo que competía por acceder a un empleo, desplazando drásticamente de ese modo el poder de negociación de los trabajadores a los propietarios del capital. Pese a todo, Marx todavía sostenía que la apropiación del valor excedente era inherente al trabajo asalariado como tal.

A pesar de profundizar en la literatura francesa e inglesa del siglo XIX, Piketty presta muy poca atención a los orígenes de todas aquellas grandes fortunas de las que vivían las clases rentistas. Como diría una figura literaria de la talla de Honoré de Balzac, las grandes fortunas se fundan en grandes crímenes. Desde la Baja Edad Media en adelante, el campesinado ha venido siendo despojado de sus derechos de propiedad consuetudinarios en gran parte de la tierra de Inglaterra, primero mediante el cercamiento de los campos abiertos para el pastoreo de ovejas, y después mediante el cercamiento parlamentario de los pastos, los bosques y las tierras pantanosas en el siglo XVIII. Y el origen de muchas grandes fortunas americanas, como apunta Michael Hudson (Piketty’s Wealth Gap Wake Up, Naked Capitalism, 25 abril, 2014), se encuentra en circunstancias similares a las de los cleptócratas postsoviéticos de hoy: en el fraude, el soborno, el cercamiento o la «privatización» política de los comunales.

La «difusión del conocimiento»

Piketty argumenta que la principal fuerza para que los niveles de vida converjan a nivel internacional es la «difusión del conocimiento»: los países pobres recuperan el atraso adoptando las tecnologías y habilidades del mundo desarrollado. Pero comete el error de pasar por alto hasta qué punto las políticas estatales promovidas por los países desarrollados bloquean deliberadamente este proceso. La ampliación de plazos en las patentes sobre tecnología de uso general bajo la Ronda de Uruguay del GATT significa que en muchos casos las grandes empresas occidentales obtienen un monopolio legal sobre la última generación de tecnologías productivas, relegando a los países del Tercer Mundo al papel de proveedores de mano de obra y materias primas para las fábricas e instalaciones de propiedad occidental.

Y cuando las poblaciones locales pueden acceder a la propiedad sobre las últimas tecnologías, las grandes empresas occidentales todavía están en disposición de marcar las condiciones, al usar marcas comerciales y patentes para mantener un monopolio sobre la venta del producto (véase, por ejemplo, el modo en el que las leyes de marcas comerciales permiten a Nike subcontratar toda su producción de zapatillas a fábricas independientes por un puñado de dólares el par, y luego fijar un precio cien veces más alto en los puestos de venta de Occidente).

Piketty también pasa por alto la tendencia a las crisis de exceso de inversiones en capital y tasas de beneficio decrecientes que produce la sobreacumulación, en ausencia de policías estatales hamiltonianas que incrementen artificialmente la necesidad de capital. En un espacio comenta que un exceso de deuda pública puede afectar a los rendimientos de la riqueza privada, y en otra parte comenta que «demasiado capital mata los ingresos del capital», pero no reconoce esto como parte de un fenómeno más amplio en el que el gobierno da empleo al capital excedente que de otro modo permanecería ocioso.

Sostiene que la predicción de Marx de que la tasa directa de beneficio tendería a caer «se ha mostrado bastante equivocada», a pesar de que el propio Marx ya había señalado cierto número de políticas estatales que podían contrarrestar esta tendencia, en la sección sobre el capitalismo de monopolio del vol. III de El capital. En ausencia de subvenciones estatales a las corporaciones, de factores de producción subsidiados, de gasto estatal directo para absorber el capital excedente y la capacidad industrial no aprovechada; ausentes también los subsidios y otras formas de promocionar formas de producción artificialmente intensivas en capital; en ausencia de cárteles fabricados por la regulación y de precios fijados que permiten obtener enormes beneficios a costa del consumidor en el proceso de intercambio, la tasa real de beneficio que quedaría sería presumiblemente mucho más baja que en la actualidad.

Y, por supuesto, todas estas tendencias hacia el exceso de capital, la sobreproducción y el subconsumo que Keynes había subrayado son resultado, no del mercado sin restricciones sino de la intervención estatal.

Como anota Piketty, las mejoras en la productividad y el progreso tecnológico pueden contrarrestar la tendencia hacia la acumulación de la riqueza. Esto no significa, por supuesto, que siempre la contrarrestarán. El resultado dependerá de lo fácil que sea capturar, como fuente de rentas, las mejoras productivas derivadas de la nueva tecnología mediante restricciones estatales. Históricamente, desde el nacimiento de los primeros Estados y sistemas de clases, ha habido una lucha encarnizada entre las tecnologías de la abundancia y las de la restricción.

Hoy en día, la principal dirección del progreso tecnológico tiende a la efimerización, esto es, al rápido abaratamiento de los bienes de capital necesarios para producir. Piketty parece pasar por alto ese cambio. El efecto es el de reducir radicalmente los costes generales de la inversión en capital, y de incrementar enormemente la tasa del stock de capital que se invierte. El resultado natural de esto sería una economía cada vez más descentralizada de producción a pequeña escala, en el que los medios de producción están al alcance de la gente común, que produce en pequeños negocios, con la gran masa de la población pudiendo vivir confortablemente sin depender del capital de las clases rentistas.

Las clases rentistas intentan contrarrestar esta tendencia natural a través del Estado, usando derechos de propiedad y escaseces artificiales —patentes y copyrights, por ejemplo— para capturar las tecnologías de la abundancia como una fuente de rentas.

Incentivos perversos

Uno de los rasgos más impresionantes del libro de Piketty es su análisis de la composición cambiante de los ingresos del 1% más rico. Ese 1%, que en el pasado derivaba la mayor parte de sus ingresos de las ganancias sobre la propiedad, deriva hoy sus ingresos de salarios ejecutivos y profesionales; en la actualidad tienes que ir hasta el 10% más rico de ese 1% para encontrar el grupo de gente que vive principalmente de rentas e inversiones. No es tanto la clase de propietarios súper ricos la que ha aumentado sus ingresos a expensas de quienes perciben salarios normales, sino el estrato superior de los ejecutivos asalariados. De acuerdo con David Gordon en Fat and Mean: The Myth of Management Downsizing, el salario de ejecutivos y supervisores ha pasado de alrededor de un cuarto de las retribuciones totales del trabajo en los 70 al 40% en los 90. Esto significa que si los salarios de los ejecutivos volvieran a su porcentaje sobre el total del trabajo de los 70, los salarios de los trabajadores de producción podrían incrementarse en cerca de un tercio.

La figura jurídica de la corporación, establecida por el Estado, permite a los ejecutivos —apelando al mito de que gestionan la propiedad de los accionistas— actuar como propietarios de facto y expropiar el valor y los aumentos productivos conseguidos por otros accionistas como los trabajadores de la producción, cuyo conocimiento idiosincrásico, habilidades y relaciones sociales constituyen un «capital humano» que con frecuencia aporta más al valor líquido de la empresa que el capital físico. Como consecuencia de todo esto, los ejecutivos tienen incentivos perversos para tomar una porción más grande de una tarta más pequeña, canibalizando el capital humano y otros activos productivos de largo plazo para obtener beneficios a corto plazo y ganar a sus propias bonificaciones. La ironía es que, aunque tomen el «valor de los accionistas» como un eslogan para legitimar su propio poder, en realidad dañan los intereses a largo plazo de accionistas y trabajadores. De modo que el dominio de los ejecutivos es al menos tan responsable como el aumento de los rendimientos sobre la tierra y el capital del porcentaje decreciente de la tarta económica. La ironía es que la panacea de aumentar la educación y universalizar el paso por la universidad —favorecidos indistintamente por el centro-izquierda y por los neoconservadores— es uno de los factores clave a la hora de exacerbar el dominio de los ejecutivos. El principal efecto ha sido simplemente inflar los requisitos de educación oficial para hacer cualquier cosa.

Piketty es más famoso por sus recetas políticas, que consisten en más impuestos progresivos sobre las rentas más altas y un impuesto sobre la riqueza para contrarrestar lo que percibe como una tendencia natural hacia la concentración. Pero como ya hemos visto, la concentración y acumulación de riqueza no son «tendencias naturales» en absoluto, sino el resultado de una intervención estatal masiva y en curso para extraer rentas desde la sociedad hacia las clases privilegiadas. Incluso en la cúspide del gigantismo industrial y las inversiones intensivas en capital, a mediados del siglo XX, gran parte de los rendimientos sobre la tierra y el capital dependían de restricciones estatales y monopolios patrocinados por el Estado de varias formas. Anulando simplemente todo título artificial sobre tierras e ideas que no están en uso, suprimiendo cárteles reguladores, barreras de entrada, monopolios y demás, se destruiría la gran masa de los rendimientos sobre la tierra y el capital. Y hoy en día, presumiblemente, las tecnologías de la abundancia están haciendo tales monopolios imposibles de proteger, sin importar que los Estados oficialmente los revoquen o no. Lo que ya han hecho el compartir datos, la encriptación y el descifrado de DRM (Digital Rights Management) a las industrias de la música y el cine, pueden hacerlo la microfabricación de código abierto y las técnicas de horticultura intensiva como la Permacultura, que hacen uso intensivo de capital y de tierra, a los monopolistas industriales.

El impuesto sobre la riqueza que propone Piketty es una segunda intervención para corregir los males que se derivan de una previa primera intervención del Estado para redistribuir la riqueza hacia arriba. Sería algo así como un epiciclo ptolemaico, o un paso extra en la máquina de Rube Goldberg. La respuesta lógica a las rentas artificialmente altas sobre la propiedad y a la concentración de la riqueza consiste en abolir las intervenciones del Estado que crean tales rentas previamente, y en dejar a la competencia sin restricciones que las reduzca a cero al tiempo que disuelve la concentración ilegítima de la riqueza.

En lugar de añadir nuevas capas de intervención estatal para aminorar los males creados por el Estado previamente, eliminemos la intervención original que creó tales males.

Traducción de Víctor Logos – Ilustración de portada: Mark Schoenecker

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº2 de la Revista STIRNER.

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