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Milonga

Os propongo una nueva forma de amar. Mantengamos las distancias. Mitifiquémonos.

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Anoche se durmió vestido, viendo una pelea de muay thai en streaming. El radiador no funciona. Está nublado. El parloteo de dos abuelitas que se han detenido a saludarse bajo su ventana le llega distorsionado, como emitido desde ultratumba. Son casi las ocho. El repartidor de cerveza empuja con el pie un barril de acero, haciéndolo rodar hasta la entrada del bar. Crujen las primeras hojas mustias del otoño. Suena la primera alarma. Fermín atraviesa entresueños la confusión propia del nómada que preferiría yacer eternamente inactivo. La alarma se prolonga, anuncia el retorno a lo tangible. Su columna no reconoce el colchón en el que lleva horas abandonado al reposo. Definitivamente algo no encaja. Intuye el vacío en la habitación. Aumentan las pulsaciones. Entorpece en vano la conversión que lo separará del bendito ensueño. Chapotea aturdido en la intranquilidad. El sentimiento de extravío lo cachetea. Percibe cómo las capas del sobresalto se van rasgando. Entreabre los ojos. Entiende por qué no hay muebles. Apaga la alarma. La calma se asienta. Pantufla izquierda en pie derecho y viceversa. Avanza por el apartamento como un zombi con el ordenador bajo el brazo. Escarba entre los cartones de la mudanza. Desenrosca con esfuerzo la cafetera moka. Le pega un mordisco a una porción de pizza que pasó la noche a temperatura ambiente. No escatima en mayonesa con las otras tres porciones que hay en el plato. La aceituna como guinda. Ahora café, cigarro y el periódico en línea. Cenizas al suelo. Otro atentado en Turquía. Vídeo gracioso de mascotas intrépidas. La segunda alarma está sonando. Se arrastra hasta la habitación y la desactiva. Mete panza en el espejo del armario. Vuelve a sentarse. Absorbe información. Se acondiciona. La tercera alarma le avisa de que es la hora de la ducha. El deber ingrato le espera. Hoy debuta como reponedor en el hipermercado del centro comercial. El agua caliente que cae por su espalda le provoca un ronroneo. No hay toalla. Dos canas nuevas en el espejo. Maquinilla desechable con las hojas oxidadas. Agua y dentífrico. Chupito de enjuague bucal. Antitranspirante de bolita. Colonia made in Taiwan. Listo para prosperar. Dispuesto al yugo. Hasta que se pregunta por el uniforme. No sabe dónde lo metió. No está en las cajas que hay apiladas en el salón. Baraja la putada de haber perdido algún bulto durante el traslado. Está completamente seguro de haber olvidado algo en el autobús. El tiempo se acorta. Tanto la camisa como el pantalón son imprescindibles. Ahora sí que la cagué, la cagué, la cagué, la cagué. El encargado le dijo que en la empresa se premia a los puntuales. Entra en pánico. Lo ve oscuro. Ningún familiar que le saque las castañas de la hoguera. Amigos lejos. Flaquea. El permiso de trabajo no se renovará automáticamente. Si no hay permiso hay que volver a casita. Una reflexión fatalista paraliza a Fermín. Fuera se pone a llover. Gotones contra el vidrio. Un relámpago le esclarece la memoria. Busca entusiasmado la bolsa en la que estaban guardados los botes de conserva. Y sí. Todo lo que necesita para presentarse a trabajar debidamente está allí. Se dice que lo de la impuntualidad lo arreglará contando alguna patraña. Pero no. Resulta que uno de los frascos de chimichurri casero se partió. La indumentaria es una esponja aceitosa con trazas de orégano y perejil que apesta a vinagre.

Fermín toma asiento. Delante tiene a dos lameculos del mandamás. Les explica lo del lío con el chimichurri y la ropa. Entrega el uniforme sin lavar como prueba de su mala fortuna. Pide disculpas por no haber llamado antes. Asegura estar recuperándose recién ahora del pico de estrés que le produjo el percance. Menciona la hidroxicina. Los dos lameculos le enseñan la puerta y se despiden conteniendo la risa. Fermín sale cabizbajo, pensando que este tipo de escarmientos no son producto del azar. No localiza la salida, ha olvidado por dónde entró. Se cuela en la escalera de emergencia. Abre la puerta que da a la azotea y el aire fresco lo tranquiliza. La lluvia se ha detenido. Se acusa de postergar obligaciones. Se pone las gafas y alcanza a ver la carretera. Se autoproclama white trash iberoamericana. Ahora le urge perder de vista a su especie. La vida, que ya era difícil de sobrellevar con euros ahorrados, no promete satisfacciones inmediatas. El mero hecho de plantearse lo que hará mañana lo pone a andar hacia la cornisa. Detiene el paso a unos centímetros del borde. Asoma la cabeza. Se trata del patio de las basuras. Nueve metros. Caída libre. Sabía que llegaría este día. Lo encara con dignidad. Se agarra bien a la escalera metálica y comienza a bajar. Se da una pausa en el descansillo. No hay cámaras a la vista. Verifica que abajo no lo esperen perros genéticamente modificados para matar. La estructura en la que está sentado le hiela el culo. Cambia de escalera. Sigue bajando. Ha localizado el botín. Dos metros lo separan de las napolitanas de jamón y queso. Otra escalera. Divisa unos postrecitos achocolatados. Toca tierra. Trepa al contenedor. Más escarba, más encuentra. Explora la mina de alimentos vencidos saltando de contenedor en contenedor e improvisa un meneíto de caderas como festejo. Llena la mochila de papeo y se escapa saltando la valla.

Al día siguiente se vuelve viral una copia de la grabación, registrada por las cámaras de seguridad del centro comercial, en la cual se ve a Fermín hurgando en los desperdicios del hipermercado. El vídeo va acompañado de una descripción en la que se puede leer lo ocurrido en la oficina del lameculos más joven, incluidos los detalles del chimichurri y el uniforme. Los internautas ya están al tanto de cómo se descarriló su primer y último día como reponedor. El asunto se debate. Los gerentes piden disculpas. La opinión pública trata el tema como una cuestión de Estado. Los sindicatos piden explicaciones al gobierno. Definitivamente alguien ha metido la pata. El tipo que compró la cinta a los lameculos y luego subió el vídeo a internet es citado a declarar. Testifica que a las tres de la tarde casi todo el personal estaba al tanto de la historia de Fermín. Casi todos se habían dado una vuelta por el despacho del lameculos para ver la bolsa con el uniforme aceitoso. A las tres y media el encargado de seguridad ya estaba cotilleando por los pasillos sobre lo que las cámaras habían grabado. A las cuatro, los dos lameculos y el de seguridad ataban cabos y la idea de hacer leña con el árbol caído iba tomando forma. La precariedad laboral que afectaba a Fermín fue motivo de mofa en la empresa, desde las limpiadoras hasta el supervisor, pasando por el encargado de depósito y las cajeras, hasta llegar a los oídos de las dependientas de las tiendas de ropa, que se ocuparon de divulgarlo al resto de empleados del centro comercial.

Se pudrió la torta. Hasta los despolitizados del país se indignan. Hasta el último tonto del pueblo se define. En el periódico de la oposición se publica una columna que incluye una reseña biográfica del prohombre del basural. Un escritor respetado organiza un acto en apoyo al que acuden varios cantautores reconocidos. Un poeta urbano recita un discurso encaminado en proponer a Fermín como icono generacional. El partido neonazi manifiesta su apoyo al joven pese a ser un inmigrante. No soportan ver a un caucásico que pasa hambre. Lumpenproletariado y jóvenes creativos falsifican la desesperación sincera de los que no han tenido otra opción. Anarcocapitalistas presencian la función devorando popcorn. La ilustración oscura la achaca a la ultracompetitividad del sistema. Hija garrula de folclórica cocainómana dedica unas palabras de aliento a Fermín en el programa de chismes para el que colabora. Han tocado al vulnerable que no debían. Izquierda populista e izquierda neoliberal se pelean por instrumentalizarlo. Por la calle se escuchan consignas. Eslóganes que ponen a temblar al engominado Cerdito Violencia y a su panda de corruptos bronceados.

El pueblo se rinde a Fermín, el último humillado, que sigue sin pronunciarse. El prohombre se niega a conceder entrevistas. Montajes sentimentalistas con la imagen de su imagen copan las redes sociales. Se tensa el ambiente en las gradas de los estadios. Un actor prestigioso alza el puño en horario de máxima audiencia y en cada hogar el padre de familia vuelve a sentirse un veinteañero. Sus esposas aprueban el alzamiento. Los que mandan lo ven oscuro. La rabia ya tiene una diana certera. A nadie le importa que colgar ladrones de guante blanco sea ilegal. Se suceden los escraches. Hierve el tumulto. Tres estudiantes muertos. Fin del raciocinio. El rol del individuo queda obsoleto.Todos están de acuerdo en quién es el enemigo.

El Estado se defiende. Aparece un testigo que afirma estar al tanto de los derrapes del venerado. Se presenta como amigo de Fermín. Desvela en programas de dudoso rigor periodístico los trapos sucios de su antiguo compañero de juerga. Por un buen fajo de dinero público, describe para todo el país el after del que salieron intoxicados una mañana de mascletá, antes de inmiscuirse entre unas rejas para acortar camino y recorrer el centro de la plaza en la que estaba instalada la pirotecnia, ambos dándole alegres caladas a sus cigarrillos deformes hasta que apareció un policía exaltado. También relata cuando Fermín se presentó en aquellos bloques flamencos a por tapioca y el patriarca le prohibió a la prole venderle y no lo dejaban irse porque veían en él cara de poli y tuvo que mostrar su permiso de residencia. Y cuando en la cena de empresa mandó volcar una pizca de M en el zumillo del jefe sin que éste se pispase y una hora más tarde le pidió un aumento. Y cuando estando con un tal Fabio Fusquet robaron y quemaron una bandera de la Santa Faz en el ocaso de un botellón. Y cuando, en esas innobles mañanas de sábado, Fermín se dormía a punto de llegar a casa y tenía que despertarlo el señor de la licorería de abajo, con algo de remordimiento por haberle vendido el día anterior el veneno que había permitido semejante estado. Y cuando montó en el coche de un desconocido y a ciento sesenta por la autovía dirección Elda el tipo le ordenó que se quitara la camiseta y, a pesar de que el acosador conducía sin manos con intención de extorsionarlo, Fermín no cedió. Y cuando estando solo en la terraza de un bistró se puso a conversar incoherencias con un grupo de manuches que bebían en la mesa de al lado y acabó retando al bocazas de la banda a echar un pulso, y le ganó, pero tuvo que salir corriendo. Y cuando se dio un chapuzón en el puerto dejándose hundir por la inercia y dos jubilados rubios que hacían ejercicio en el muelle lo sacaron a flote. Y cuando en el quinto piso de un hotel sus dedos aguantaron lo que había que aguantar agarrados de la barandilla y estuvo suspendido algunos segundos en el vacío, para ganarle la apuesta a unos cocineros vascos que estaban de vacaciones. Y cuando se bebió toda esa leche de maría y el volcán entró en erupción pasadas las dos horas, sorprendiéndolo en su balcón y él creyendo que vivía en una planta baja siendo que estaba en un tercero, con un pie al otro lado de la barandilla, dispuesto a bajar un rato a tomar el aire, hasta que Cristian Díaz, un amigo de Constitución que vivía con él en esa época, le salvó la vida haciéndolo entrar en razón. Y cuando consiguió cerrar el ventanal con acristalamiento múltiple justo a tiempo, impidiendo que una piedra del tamaño de un puño arrojada sin motivo aparente por un borracho desde el jardín comunal le abriera la cabeza, y no le quedó otra que llamar a la policía para que el seguro cubriera los daños y su casa apestaba a cannabis pero los agentes hicieron como si nada y la que entonces era su novia pasó miedo y mucha vergüenza. Y cuando un ratero que se coló en los baños de la estación de trenes para robarle acabó con la nuca estampada contra la loza de los orinales, y no se movía, pero cuando llegó la ley el malandrín revivió y él se libró de algún tipo de condena injusta por aplicar defensa propia. Y así hasta agotar todas las historias morbosas que había presenciado y demás batallitas que Fermín le había confesado durante esas noches en que se la sudaba todo y fardaba de sus imprudencias.

Nadie habla del desempleo. Todos los estratos sociales sintonizan las apariciones del chivato en las que desenmascara a Fermín, al que representa como un politoxicómano indócil, un vividor puesto de ácidos en el despeñadero, dándoselas de singular, empuñando el ron, Escohotado como coartada, perreándole a un botellín de Heineken vacío en el medio de la pista, desluciendo el terciopelo rojo del Swing en la calle Jorge Juan a pasitos del ayuntamiento, contaminando ámbitos con su turbación, con sus idas y venidas al baño, con su misma mierda de siempre, litigando en trance con boas en los brazos, evitando el rebaño de carnaza joven que se estruja, apartado, porfiado, acorralado por cucharas pegajosas, columpiando el papel de aluminio, sacando y metiendo velocidad en la nevera, él al final del viaje, Fermín en la agonía de la resaca, anhelando el sosiego de la vejez. Expuesto queda el retrato del hijo de un país humilde que entró en la pubertad con la culpa a cuestas, cuando su primera eyaculación lo pilló dormido. El hijo de una familia humilde con lágrimas en los ojos, rogándole al supremo que haga la vista gorda e insistiendo en que no se volverá a repetir.

Por primera vez, Fermín se exprime públicamente. Escoge una televisión privada. Pide cien mil por adelantado y el contrato es redactado a su antojo. Comparece con los ojos irritados, alega alergia a todo, ni el entrevistador ni la audiencia le están creyendo. Se quita el micro, lo deja sobre el sillón y se retira del plató. El abucheo es general.


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