Prefacio

Mandioca es un estado mental, un vestigio de trágica tropicalidad que me asalta aquí en Europa a miles de kilómetros de mi tierra natal, que, por cierto, de tropical no tiene nada. Mandioca es rioplatense, fronteriza, provinciana, capitalina, agresiva, sedentaria, nómada. Mandioca es flamenca. Mandioca son las siluetas de las palmeras agitándose en un atardecer púrpura. Mandioca es el chico al que le extirpan un dios monoteísta que tenía alojado en el testículo izquierdo y, para dejar constancia de los beneficios del despojo, inaugura un diario íntimo. Mandioca es un expatriado en Helsinki que se despierta aliviado en mitad de la noche al comprobar que se encuentra lejos —y por lo tanto a salvo— de los lingotazos de papuza que se pegaba en su terreta.

Mandioca es un muchachote que quiere vengar a su padre y se mete Ron & Anfetas y parte en coche rumbo a la capital, acompañando a otro colgado que planea disparar al presidente. Mandioca es el señor Shuang, que deberá transformar su anticuado restaurante asiático si lo que quiere es sobrevivir a la gentrificación y acaparar la atención de la aristocracia underground. Mandioca es ajenjo y fungui, ramificaciones lúgubres, poemas vulgares serpenteando en la velada, alguien describiendo el aroma de un cuello de porcelana durante la sobremesa, una mala interpretación de Los cantos de Maldoror.

Mandioca es algo que saco adelante sin saber muy bien por qué. Mandioca es mierda autobiográfica, el individuo confrontado a los demás, que son el infierno, el infierno tan temido y también la solución, los benditos amigos, bálsamo reconstituyente. Mandioca es la noche temblorosa, el bohemierío con su pestilente manera de promover la cultura, los diálogos entre gente civilizada que se mete molly para empatizar con desconocidos, autores que no escriben, esculturas fluorescentes, La Barra Pompeyana, Pich localizando Il codino, espirales de pétalos marchitos y demás movidas en las que hamacarse cuando es inevitable que todo vaya mal. A Mandioca no le preocupa la ira de dios, porque Cristo in croce mostrava un sorriso indulgente e quasi incredulo cuando yo escribía todos esos disparates engarzados en el ordenador.

Mandioca soy yo saliendo de un after, del Clover por ejemplo, hasta las trancas, siendo gentil con los mendigos por temor a verme en las mismas cuando envejezca solo y jodido. Mandioca es la plañidera enfrentándose a alucinaciones demoníacas en el caos lisérgico de sus veinticinco metros cuadrados de buhardilla. Mandioca es una musa pálida de uñas esmaltadas en negro sujetando un libro cualquiera de Lowry. Mandioca es el lumpen errante, los ladridos en la cañada, la resina de mota poniéndote pegajosos los pulgares. Mandioca son los productores sin escrúpulos que filman un reportaje con testimonios que desacreditan a la joven poetisa de moda. Mandioca es el chico primate en Salamanca, metiéndose escama en el domicilio del tranza, dejando un rastro de sangre en la acera al salir de su portal, con la hemorragia nasal advirtiéndole de que ya era hora de moverse a otra ciudad. Mandioca es el bibliotecario que pone a leer a los macarrillas sin futuro. Mandioca es un niño dándole las gracias por tanto a las tortugas adolescentes. Mandioca es el treintañero que se suicida lanzándose por la ventana de la oficina en la que trabaja.

Mandioca es el jardín de las delicias, chamanes y barbitúricos, la catástrofe estética, white trash made in Uruguay, guachín, we found love in hopeless place, puro sortilegio. Mandioca es pop cutre, sopas de sobre. Mandioca es un señor que va a ser desahuciado. Mandioca es el cantante de una banda de rock progresivo que, con el fin de succionar un poquito de fertilidad poética, masturba a un caballo en el establo al que ha entrado para guarecerse de la tormenta que lo sorprende durante su escapada. Mandioca es vida y obra de un napolitano entrado en canas que dejó una huella imborrable en nuestros corazones. Mandioca es un homenaje fallido a la juventud y a la autodestrucción que profesé en compañía de otros guerreros provenientes de los rincones más aburridos del planeta.

Mandioca es un profesor valenciano que abandona una prometedora carrera en la enseñanza privada para irse a vivir a América Latina y, tras malgastar varios meses de su tiempo en prostíbulos y billares, encuentra un trabajo bien pagado dando clases a niñas ricas de faldas a cuadros, pero el viejo que desflora a las alumnas no le perdonará lo del ojo en la cerradura. Mandioca es un periodista a punto de ser despedido por pecar de cáustico en los artículos de mierda que escribe, que programa una entrevista con un escritor críptico que resulta ser un viejo cachondo obsesionado con los bonsáis y la estética de los descampados. Mandioca es lo que ya dijo en su trilogía sucia el habanero Pedro Juan Gutiérrez.

Mandioca es un infeliz que se obliga a sí mismo a creer en la astrología para triunfar entre las doncellas supersticiosas. Mandioca es furia proletaria. Mandioca son las dos almas gemelas que se desencuentran en la capital de Francia con la guerra santa llamando a sus puertas, él tragando bebidas con taurina y su vecina estrellando el respaldo de la cama contra la pared junto a su amante vikingo, que empotra insistentemente a la frágil vecina contra el respaldo que a su vez se estampa contra la pared, y el poeta que vive al lado sube el volumen de la música para no enloquecer de envidia, etcétera. Mandioca es un mal necesario que se ha permitido prescindir del verdadero talento, he ahí su mérito. Personajes desfondándose en los excesos, fulminados por la calamidad leve. Mandioca es una desfachatez.

Si bien todos estos relatos han sido escritos en una París casi siempre lluviosa y encapotada, condicionados por un decorado de bares que cierran temprano e inspirados por rostros atribulados que se derriten en los vagones que frecuento, mis voces evocan nostalgia estival en cada uno de ellos. Todo lo que he escrito ha sido fraguado en unas ganas terribles de reconstruir esas noches al borde de su majestad, el mar Mediterráneo. El castillo de Santa Bárbara, custodiando desde la altura, es el comienzo y el fin, independientemente de que me empecine en buscar nuevos paisajes anímicos para no resultar repetitivo. Allí todo es más intenso, es innegable, sobre todo si has visto cómo un abuelo deshidrataba ñoras esparciéndolas sobre la arena, dejando que el astro dorado hiciera su trabajo.


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Relatos

Por el bien de los demás
El fabuloso bebistrajo
Croquis parisiens
Echinopsis Pachanoi
Querido diario
Poema Violento
Sublimación
Pendientes de Mara
Tótem
Augurios
Ingravidez
Gracias mil al imperio
Milonga
Plañidera
Beati Hispani