El fabuloso bebistrajo

Corrían tiempos desenfadados, consumíamos como si no hubiera un mañana, los de arriba nos decían que la economía del país estaba en las grandes ligas y hasta el más inepto de la provincia tenía derecho a un jornal sustancioso. Nosotros éramos lo que éramos, un grupillo de mercenarios de la hostelería llegados de los rincones más aburridos del planeta, expertos en evitar que el curro interfiriera con las parrandas descomunales que nos pegábamos. Amparados por el barrio histórico multiplicábamos y extinguíamos neuronas, las reuniones celebradas en nuestros hogares eran mixtas y en ellas los asistentes se procuraban sus propias sustancias, nadie cargaba con la calavera de nadie, bastante pesaban ya las cruces propias.

Gastábamos lo que no teníamos, la alegría nos costaba un chasquido de dedos. En ocasiones salíamos a hincar los codos en las barras del centro, ocurría cuando nos hartábamos del debate y la ponzoña o cuando a alguno le daba por mear desde el balcón o por decir ti amo. Nos planteábamos sin responsabilidad alguna los paralelismos que se trazaban entre nuestra modesta ciudad y el sobrevalorado averno. Pasábamos el rato hundidos en la osadía, engullidos noche tras noche y devueltos alba tras alba a colchones desconocidos, con los párpados exhaustos y las pupilas cual lagunas negras que se extienden más allá de la claridad. Ejercitando nuestra virtud conseguíamos olvidar los asuntos pendientes. Lombardo y Gondolino zurraban la piñata en el edificio Carbonell, ¡Calla Lola!, y la perrita porculera que no dejaba de ladrar. Nos exponíamos a jornadas gobernadas por el maléfico dios Sol, inducidos por la facturación del placer exagerado. Acostumbrados a las baldosas rotas, a las flores de plástico, al griterío de los turistas durante la siesta impasible.

Ninguno de nosotros se apreciaba lo suficiente como para considerarse un cazador, estábamos al tanto de nuestra condición de carroñeros, hallábamos lícitas nuestras prácticas, aceptábamos las etiquetas adjudicadas por los catequistas, que osaban criticarnos. Acudíamos a la cita diaria con el yugo matutino sin vacilar, nos desplazábamos flotando y los transeúntes apresurados no contaminaban el trance que, a pesar de tres horas de sueños inquietos, persistía vagamente ablandando los escaparates y realzando las bocanadas de olor a tostada que se evadían de las cafeterías. La nuestra no era una ciudad, era un telón de palmeras prominentes que se agitaban a lo lejos; francamente, habitábamos el jodido paraíso.

Las veladas flojas las piloteábamos robando algo de alcohol y yendo a hacer puerta a los locales que frecuentaban las damiselas conversadoras. Lo vertíamos en una jarra plástica con capacidad para cinco litros, e intentábamos alcanzar en cada sorbo al menos uno de los muchos ansiolíticos que aguardaban en el fondo del brebaje. Una vez manifestados los efectos de la jarra loca, los acontecimientos desvariaban penosamente. En el mejor de los casos, fantaseábamos con peinar hacia adentro cual balazo en la nuca las vulvas de las damas que salían a fumar. En el peor, nos metíamos excrementos de paloma en los sobacos y hacíamos carreras de carretillas humanas hasta dormirnos en la arena.

Dependíamos de la noche, en ella los bocados y las tormentas de humo eran un deleite si el tío Tony, nuestro mentor, se pasaba por el bar de Imán y nos entretenía un buen rato con sus coloquios sobre la erótica del poder o la novedosa técnica de corte que se le había ocurrido la noche anterior, en su precario laboratorio. Tony vestía como el candidato a la presidencia de una república bananera y dedicaba gran parte de su tiempo a pasear su anacrónica cabellera gris por el circuito de siempre. Entrada ya la noche se fundía con la vida nocturna y no era difícil identificar su alopecia, su irrisoria coleta entre la concentración tumultuosa de rapaces inquietos y Erasmus de bragas meadas que trastabillaban en las terrazas. Las veces en que por capricho del azar me quedaba a solas con él, el tío Tony abría la carcasa de camello napolitano que cubría su cuore dejando entrever a un cincuentón algo arrepentido de tanta farra, de tanta fulana codiciosa embutida en látex, de tanta niñata trepadora hurgando en sus cajones, husmeando todas en busca de algún caramelo escamoso, risueñas y algo ansiosas, fingiendo caso omiso a la fetidez de las botas que Tony se quitaba cuidadosamente y colocaba junto a sus quince pares de calzado alineados a lo largo del pasillo de su apartamento.

Las batallitas que contaba en los bares duraban un buen rato y él las acompañaba de gestos bruscos, brincos satánicos que lo ponían en evidencia y lo confirmaban como uno de los veteranos más bellos y más en forma de este continente; una suerte de galantuomo grasiento, un farsante espléndido dotado de nariz patatera y barbilla prominente, ¡un animal social cargado de comedia! Flaqueaba poco el virulento Zio Tony, pero también ocurría que se enamoraba como un paria de adolescentes zalameras que se lo follaban con un twerk espasmódico si él a cambio les lamía hasta la sombra, al tiempo que les alcanzaba la botella con el papel metálico en el pico y los orificios y la ceniza de cigarro y el amoníaco en la cuchara en llamas y toda esa decadente crudeza de la que son capaces algunos espíritus mal saciados.

Gatitas de angora en lencería de encaje para los amaneceres peliagudos, caras pálidas de labios escarlata en cuerpos esbeltos, morenazas de posaderas vertiginosas y tetas como cabezas de enanos, rubias pulposas de curvas venosas y vaginas infernales; lo zio Tony conosceva bene a dio, pero a pesar de ello no quiso explorar el valor simbólico de la sexualidad, ya que, para él, el sexo era un cactus colosal tañendo un cojín satinado. No todo era desenfreno, Tony tenía su propia esmeriladora, con la que se entretenía afilando su colección de tijeras, sobre todo las largas tardes de invierno, durante el tiempo grisáceo que se dilata, horas y horas de desánimo en las que hasta el mismísimo Cristo fantasearía con un pico de azúcar moreno. Más que las tijeras, a Tony lo que realmente le encantaba era afilar, recordar en tal benigna labor la importancia de saber cuándo ser piedra y cuándo ser el filo.

Entre vasos de tubo y humo espeso se le calentaba la lengua y nos relataba vivencias íntimas, anécdotas del culo las llamaba él. En un alarde de sinceridad, autocrítica e infinito sentido del humor, Tony nos describía cómo transcurrían sus momentos bajos al alejarse de la muchedumbre; habituales eran los episodios en que escuchaba voces que venían de alguna parte, y él, en vez de lloriquear y retorcerse en la cama, optaba por la valentía y el patetismo: cogía la katana dorada, la más grande, y se ponía en posición ninja frente a la puerta principal, dispuesto a rebanarle un brazo al inexistente intruso. Después de un par de horas se aburría y se apegaba a la mirilla. Nadie, madrugada triste, nadie. A falta de contrincantes, abandonaba la paranoia de los intrusos y se ponía cómodo frente a la piedra de esmerilar; empuñaba la chaira y asentaba el filo del sable con tesón, en un vaivén acrobático, con la frente alzada y la mandíbula encabritada al ritmo de una tarantella retozona.

Otro de sus deplorables espejismos consistía en especular con que su chica, dulce como el almíbar y de sueño profundo, lo quería liquidar. Este fantasma irracional asediaba a Tony no pocas veces, la explicación que él daba era mezquina; según nos contó en una mañana de cañitas y tapeo, ella le había dicho que él la opacaba con su rocambolesca serenidad, y, según Tony, eso significaba que ella planeaba cortarle el rabo. Pero más allá de todo eso él nos mimaba y viceversa, no temíamos al ogro, nos deleitábamos con él. El muy santo nos permitía el gramo a cuarenta, nos hacía jurar que no volverían las llamadas a altas horas, pero pasábamos hasta el culo; marcábamos su número y nos aliviaba escuchar al otro lado el tono indulgente del tío Tony, dando el visto bueno para que pasáramos por su casa a beber cientos de chupitos, estudiar sus expresiones, imitar su estilo y esnifar hasta que se nos cayeran los dientes. Al despertar nos encontrábamos con los cuencos y las cucharas sobre la mesa, él no tardaba en aparecer con su tradicional olla popular, el caldito Medellín, una receta reconstituyente ideada por el mismísimo Zio que consistía en hervir a fuego lento en tres litros de agua: medio kilo de jengibre, medio kilo de apio con hojas y todo, dos dientes de ajo, tres cubos de caldo sabor pollo, pimienta, y, justo antes de ser servido, el zumo de cuatro limones recién exprimidos. El antídoto de los leones durante la mattina da coglioni.

Más allá de la inmensa bondad con la que daba ejemplo, Tony no podía eludir el hecho de que su actitud para con la vida era de naturaleza perversa y denigrante; en ocasiones, chispazos de lucidez acudían a él creando un conflicto íntimo que confrontaba al Zio del presente con el Zio infante, aquel que volaba las pandorgas fabricadas por su abuelo, el que correteaba sin tropezar por los descampados de Parténope, entre el Mediterráneo y el Vesubio, sonrojándose durante las estaciones en flor, con la crostata di tagliolini humeante esperándolo cuando volvía del colegio.

No hace mucho, mi teléfono fue un doblar de campanas. Se trataba de Pasquale, el hijo físicoculturista de Tony, que había venido a pasar un par de meses en la ciudad para broncearse, follar a diestro y siniestro, ponerse hasta el ojete de todo y alejarse durante un tiempo de su vieja y problemática Nápoles. El musculitos moqueaba arrebatado desde el otro lado de la línea y juraba venganza, unos agentes venían de comunicarle que a su padre le habían abierto la tapa del cráneo a machetazos. Según informaron los polis, habían sido unos clientes, habituales suyos, a los que nuestro querido Tío había intentado timar con mercancía mal adulterada. Antes de quitarle la vida, los indeseables se entretuvieron introduciendo por la boca todo lo que encontraron alrededor de la escena del crimen, obligándolo a tragar sin opción a protesta.

La atrocidad tuvo lugar en un terreno baldío cercano al club de golf, no muy lejos de la costa. Durante la autopsia, además de la droga que les había intentado colar, los médicos forenses se encontraron otras rarezas en el esófago de Tony. Mierda de perro, un vaso desechable, la cabeza de un patito de goma, hierbas silvestres, yeso, semillas de algarrobo… y juguetes, lo último que tragó antes de que se lo cargaran fueron juguetes. Figura articulada de acción, metralleta a escala y la nalga hueca de una Barbie. Ilusiones ajadas, restos de una familia que se mudó o simplemente decidió dar un paso más en el entretenimiento de sus retoños.

La mueca macabra de Tony, alumbrada por linternas instantes antes de ahogarse, fue pesadilla recurrente para mí. La pierna musculosa de algún héroe sobresaliendo de su boca y sus ojos rotos por las lágrimas, el pobrecito con las manos atadas a la espalda, sin camiseta, sus senos peludos temblando como flanes, sin más arma que sus rodillas enterradas en el barro, vulnerable entre matojos. Le impusieron la infancia con prepotencia, se la hicieron tragar, lo bajaron del pedestal a golpe de filo herrumbrado aquellos obreros bajitos y regordetes de ojos cansados a los que él creía gente calma y a los cuales se animaba incluso a parodiar en público.

Si el Tío no hubiera muerto y abriésemos la puerta de su salón un amanecer cualquiera, nos lo encontraríamos de seguro despelotado en el sillón de mimbre, con las persianas bajadas, frente al ordenador, con la verga flácida y los cojones como tomates, empeñado en entender las instrucciones que le propone un joven barman ecuatoriano de acento subyugado, en un vídeo de calidad ochentera filmado en una tasca de neones imposibles y una barra color humo. Ahora vamos a preparar un Bladi Merrri, un delisioso Bladi Merrrrri, advertiría el hombrebarra de piel cobriza. Sería entonces cuando Tony detendría el video y descifraría la auténtica razón por la cual se ha visto interesado en tan trasnochada receta. Abruptamente se pondría de pie y se ataría el cinturón que antes le rodeaba los tobillos, marcharía hacia el baño y durante el trayecto iría ultimando detalles, calibrando hipotéticamente los sabores que en unos minutos serían mezclados, aptitud desarrollada para compensar la desventaja de tener el paladar forrado por una costra y los orificios nasales chamuscados.

Tony atravesaría el arduo pasillo, entraría en la cocina, abriría la nevera, se recogería el escaso cabello y manosearía la botella gigante de gazpacho andaluz casero, que estaría ya por la mitad, para después volcarle dentro un cuarto de litro del vodka de cien euros. A esta santa unión de líquidos, Tony adjuntaría semillas de cilantro molidas y también unas gotitas de aceite de nuez. Taparía la botella, la batiría, la menearía enérgicamente, la zarandearía con ímpetu con las dos manos, exhausto, dejaría caer los brazos sujetando fuertemente la botella en la mano izquierda, y el revuelo cesaría. Tony dirigiría la vista al techo, cerraría los ojos y respiraría profundamente. Con la cabeza echada hacia atrás y tras varios minutos de silencio e introspección sartreana, aplicaría la degustación con connotaciones místicas, la efectuaría con carácter de arcángel, colocando la botella en posición vertical y con el pico a varios centímetros por encima de su rostro; fijaría la mirada en el pico de la botella, trabando el maxilar inferior, y con certero tino embocaría en el pozo sediento sin siquiera salpicarse; el bebistrajo, con frescura de cascada imprevista, atravesaría la bocaza de Tony y se deslizaría por el gaznate como desvirgando un tobogán de carne tórrida. Se zamparía sin problemas todo el brebaje a una velocidad asombrosa, sin que se le moviera ni un solo pelo de la barriga. La ridícula coleta, que sería chafada contra la nuca, le provocaría un cosquilleo juguetón, la guinda en el pastel. Aún erguido, se le ocurriría su propio epitafio y no dudaría en pronunciarlo precedido por un eructo, soltaría la botella vacía y la misma se haría trizas contra el suelo, habría trozos de vidrio esparcidos por toda la cocina. Al hacerle efecto la descarga etílica, Tony confirmaría que está vivo, que la plenitud existe pero nunca dura lo suficiente.


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