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Beati Hispani

Quibus vivere bibere est

I

La silueta de un toro de lidia imponía sus catorce metros de concordia patriótica. La comarca se preparaba con optimismo para la segunda mitad de temporada. Jubilados epicúreos perdían sus chanclas en la arena. Viejos amigos bebían vino ecológico en un cortijo y fotografiaban el perfume cítrico de la huerta. Niñas de la aldea blanca se aburrían en la plaza. Plantas suculentas cicatrizaban a la sombra. El azul cobalto del Mediterráneo se confrontaba a su débil reflejo en el cielo despejado de Sefarad. Abuelitos abatidos por la siesta se perdían las primeras caladas de sus nietos. Campesinos maceraban el licor de níspero que mitigaría las ganas de ingerir carnes rojas durante los embarazos. Papá conejo conciliaba el sueño en un laberinto a dos metros bajo tierra. Las lagartijas trepaban por los barrancos. Torres de alta tensión escoltaban la carretera. El betún amagaba con arder. El verano estaba en su cénit.

Hernán se había empecinado en atravesar medio país con el objetivo de entrevistar a Darío Báez, narrador sutil para algunos, elitista sórdido para otros, anciano pornógrafo para la gran mayoría. Obtuvo la dirección del escritor vía un contacto que manejaba, a la sombra, información confidencial extraída del mundillo literario. El informante insistió en lo hostil que podría llegar a resultar el encuentro, dado el carácter arisco del autor, al que calificó de acérrimo. Pero Hernán se consideraba un todoterreno y no tenía nada que perder, se ganaba la vida escribiendo en una revista masculina líder en el sector y, a grandes rasgos, se podría decir que le iba bien. Pero el estilo de sus crónicas breves, ya de por sí cáustico y poco conciso, había degenerado y los mandamases amenazaban con reestructurar la plantilla. La entrevista a Darío Báez era su conejo en la chistera, y también una perfecta coartada para desfasar durante las merecidas vacaciones sin dejar de producir el jugoso material con el que se libraría de quedarse en la puta calle en septiembre. La ocurrencia de entrevistar a tan trasnochado personaje se debía a la devoción que Don Tabernero, redactor jefe de la revista, profesaba a viva voz por dicho autor.

A mano izquierda tenía la mar, a mano derecha las montañas. Las palmas de sus manos transpiraban y dejaban pegajoso el volante, las gafas de sol se resbalaban con el sudor que le caía de la frente. El respaldo se adhería como velcro a su espalda y sus testículos se asaban allende la bragueta. Llevaba tres horas con el aire acondicionado estropeado. La emisora mal sintonizada amenazaba con volverlo mongólico. En el paisaje divisó por fin los rascacielos de Benidorm y calculó que ya no debía de estar muy lejos del pueblo. Aplazó el sofoco encendiendo un cigarrillo e hizo un alto en la gasolinera. Llenó la guantera de bebidas energéticas y se hizo con un ventilador minúsculo que incluía baterías recargables. Al retomar la ruta fue perturbado en reiteradas ocasiones por los espejismos que encharcaban varios tramos de asfalto. En un cruce, una prostituta en bikini al resguardo de una sombrilla le ofreció algo tibio y viscoso. Él sacudió la cabeza diciendo NO y las hormigas enloquecieron entre los cantos rodados.

Aparcó el coche en la calle principal, caminó un cuarto de hora hasta que se acabó el pueblo y encontró al fin la casa. El tejado se caía a pedazos, las plantas trepadoras amenazaban con cubrir un tercio de la fachada. Hizo sonar el timbre varias veces, nadie atendió. Las cigarras, enganchadas a los naranjos, se rompían en chirridos. Abrió el portón del costado y avanzó por el sendero sin pensar, dando por supuesta la dilatada sobremesa con la que se estarían distrayendo los vecinos.

Se paseó por el jardín trasero con las manos metidas en los bolsillos, con la maleza hasta las rodillas, con la duda de si era una casa abandonada lo que había ido a buscar. Al llegar a la glorieta clavó sus ojos en el tapiz de parras y se sintió extrañamente conmovido ante la agresividad con que las vides habían cubierto la totalidad de la pérgola. Las ramas habían tejido una tupida maraña, un manto sereno, un refugio sólido de sombra fresca en el que no dudó en guarecerse. A través de uno de los escasos recovecos que concedían las hojas distinguió una nube exageradamente lechosa. Arrancó una uva del racimo más próximo y la dejó caer, para después deslizarla con el zapato hasta al hocico de un gato sin dueño que le hacía compañía; el felino olisqueó la piel púrpura y se espantó por nada, escabulléndose por debajo del alambrado que separaba la propiedad del descampado.

La puerta trasera se abrió y apareció un joven con un cigarrillo colgando del labio; llevaba una boina ladeada y una camiseta de tirantes blanca en tela de rejilla, su pecho estaba adornado con collares de semillas y sus muñecas con bisutería barata y cuero. Avanzó, se acercó al trípode de Hernán y amagó con patearlo. El periodista, con intención de restarle importancia al desacato, preguntó por Báez y le explicó lo de la entrevista; el muchachito frunció el ceño para la cámara y puso morros de patito. Sin que el cretino se lo pidiera, Hernán enseguida se dio cuenta de que lo que el muy presumido pretendía era que le hiciera unas cuantas fotos para subir a su perfil del Feis.

Después de unas cuantas capturas y varias cervezas que el macarra había estado trayendo de la cocina durante la sesión, los dos se sentían lo suficientemente seguros como para charlar sin prejuicios. El joven dijo llamarse Teo y aclaró de antemano que él y su chica no vivían allí, que se instalaban ocasionalmente, fin de semana sí, fin de semana no. Le contó que Báez se había largado del terreno por culpa de unas cuantas pulgas que tomaron el control de la casa y acabaron despertando rasgos esquizoides en su conducta. En la mañana en que se entregó a la locura se había cumplido ya un mes desde la aparición de la primera pulga. El viejo dio portazo en pijama y pantuflas y, tras recorrer doscientos metros, entró en un supermercado y pidió asilo político. Hasta la hora del cierre no pudieron llevárselo. Una vez rehabilitado, le dejaron marcharse de la clínica en la que había estado retenido contra su voluntad durante cinco meses. Su hija le informó de la completa exterminación de los parásitos con los que había tenido la mala fortuna de compartir techo, pero él prefirió no regresar al escenario original de su calvario. Se compró un ático en el centro de Alicante y se negó a vender la propiedad que despreciaba. Desde entonces, la única que le sacaba provecho al caserón era Candela, su nieta.

Teo le dijo que ese sábado, a pesar de que Candela se había quedado en la ciudad por un cumpleaños, él había venido igualmente, ya que necesitaba desconectar de su curro y echar unas birras viendo el boxeo. Hernán comprobó la hora en su muñeca y pidió amablemente la nueva dirección de Báez. Teo aceptó, pero con la condición de que se quedara a pasar la noche y lo acompañara a pillar algo de droga y más hielo. Al principio Hernán esquivó el trato, pero más tarde se lo replanteó y optó por aceptar la oferta.

Teo le lanzó un casco roñoso desde la puerta del cuarto de baño y le dijo que esperara en el salón comedor mientras él cagaba. Hernán se dejó caer en un sillón de mimbre y encendió un cigarrillo sin dejar de abanicarse con las manos. El escritorio de Báez seguía allí. El ordenador estaba cubierto por un tapete de piel que había curtido un aficionado, las bibliotecas de bambú atestadas de lomos impíos, la sección de novela negra eran tres pilas de dos metros que amenazaban con desplomarse. Sobresalían medicamentos de un cajón a medio abrir, un ejemplar destartalado de Mi corazón es una casa helada en el fondo del infierno servía de posavasos a la cerveza que estaba bebiendo el bribón, con el que Hernán estaba a punto de ir a comprar tema a la casa de un gitano elegante que vivía cerca del cementerio y al que apodaban El Guchi.

II

Un mosquito sobrevolaba mi oreja, abrí un ojo y me reconfortó comprobar que aún estaba en la antigua casa de Báez. El teléfono móvil me sacaba de dudas, era lunes, es decir, habían pasado solamente dos días. Me alcé y marché meditabundo, di vueltas en la habitación rascándome las nalgas hasta llegar a la ventana, corrí la cortina y mi vista se encaprichó con una puesta de sol sanguínea, el ocaso dejaba al descubierto la rareza de las sillas de hierro, la claridad se replegaba y daba una tregua a los azulejos de la piscina vacía, ardía la brisa en la parafraseada calma de la costa.

No había hecho otra cosa que desperdiciar el tiempo en beber como un reo. Algo no iba bien, recordaba vagamente una pala y a Teo dándome órdenes. Tras un esfuerzo titánico, me vinieron a la memoria varias versiones de las idas al cajero automático y deduje que, probablemente, habíamos ido a visitar a El Guchi más de una vez. Bajé a la cocina a por algo de agua fresca y me encontré con que la nevera estaba desenchufada, barajé la posibilidad de que Teo estuviera detrás de todo aquello. Desquiciado, busqué mi cámara por toda la casa y no la encontré; tampoco estaba mi mochila con el ordenador. Aún tenía las llaves del coche en el bolsillo del pantalón, la billetera también. Me escurrí por una ventana porque las puertas estaban bajo llave. Presenté la denuncia ante las autoridades competentes y me desplacé hasta la playa en busca de ducha fría y cama limpia.

Me alojé en un hotel tirando a decente, amanecí desayunando bollería industrial y zumo de manzana. Terminé de leer la obra más cuestionada de Báez y el balance fue positivo. Pasé un buen rato en la barra ojeando el periódico local e intercambiando impresiones con el conserje, su esposa no paraba de advertirnos del calor sofocante que nos preparaba la jornada y lo concurrida que estaría la playa a media tarde. Hice un par de llamadas, pedí nuevamente unos cuantos favores a viejos conocidos y conseguí la dirección correcta. Me bebí unos cuantos anises con la pareja de veteranos y me fui por las ramas, acogí efusivamente a los mochileros despistados que habían venido a hospedarse y me presenté ante las clientas más atractivas como el hijo del matrimonio que durante sus vacaciones echa una mano en el negocio; pero mentí mal, y ninguna quiso creerme. Más tarde, un par de cafés irlandeses y unas cuantas caladas de rubio me pusieron en mi sitio. Fui al centro comercial y compré ropa elegante. Una ducha fría me despojó de la náusea amarillenta con que la ebriedad machaca justo antes de disiparse.

La Ley llamó al hotel y me citó en comisaría, mis pertenencias no habían sido robadas. El oficial me explicó que, el domingo, un vecino les había llamado al ver a dos jóvenes disfrazados de toreros —y con enormes gafas de sol— enterrando objetos en el descampado contiguo a la antigua casa del escritor; incluso habían comenzado a prender una hoguera. Al oír esto, la memoria me habilitó imágenes esclarecedoras, me vislumbré diseñando un mapa del tesoro en compañía de Teo; él cavaba con tenacidad mientras yo le animaba, con la mochila metida en una bolsa de basura en una mano y, en la otra, el mechero que acabaría por encender la fogata, hecha con guías telefónicas. El oficial hizo un gesto que oscilaba entre la reprobación y la vergüenza ajena.

Me di asco. Recuperé el material y me permití un último trago en la tasca de enfrente. Conduje hacía Alicante sin perder de vista la costa, estaba muy cerca de lo que había venido a buscar. Saqué unos comprimidos que tenía en el bolsillito de la mochila y uno de ellos fue a parar a mis adentros, arrastrado por un torrente de cerveza muy fresca. Me encendí un cubanito y, al levantar la vista, la majestuosidad de un peñasco me estremeció. Pisé el acelerador. Algo semejante a la satisfacción me acompañó durante todo el trayecto.

III

Un castillo fortificado custodia la bahía desde la cima del monte. Aparco el coche en la ladera y monto hasta un barrio de peatonales empinadas. Macetas floridas, azulejería, rejas de forja, gatos aburridos, abuelas tejiendo, fuentes secas. Dejo atrás el encanto del casco antiguo y sus bares impíos. Bordeo el Mercado Central, la aplicación me comunica que me acerco a su domicilio. Hago sonar el séptimo, alguien respira en el telefonillo, se abre el portal. Un ascensor me lleva hasta la cima. La puerta espera entreabierta, oigo una balada intimista que proviene del interior del apartamento, una voz femenina me invita a pasar, obedezco; la corriente de aire provoca un portazo a mis espaldas. Teo, en pantuflas y sobre una alfombra sintética de estampado vacuno, suelta una carcajada cómplice y festeja mi presencia dando brincos y batiendo las palmas al estilo orangután. La nieta del viejo se presenta como Candela Báez; yo me presento como Hernán, un periodista interesado en entrevistar a su abuelo. Teo me abraza efusivamente y suelta algunos comentarios relacionados con la parranda que nos montamos no hace mucho. Le pido que me recuerde el motivo por el cual habíamos enterrado objetos en el terreno baldío y, sobre todo, que me explique por qué coño me encerró en la casa. Me responde que hay cosas que es mejor dejar que se diluyan en el tiempo, que yo me había desenvuelto con naturalidad durante la ofrenda descampista y que eso me honraba, me pide disculpas por encerrarme y me ofrece un abrazo que sugiere arrepentimiento honesto. Le doy mi perdón, les confieso que la entrevista a la que aspiro es una idea que nació muerta. Candela, la nieta del escritor, me frota el hombro en señal de aliento.

La música que nos llega desde el pasillo reviste las paredes de un marrón distendido. Teo me narra nuevos detalles del tiempo que pasamos juntos; según él, durante esos dos días sucedió algo mágico entre nosotros y esa comunión sigue vigente a ojos del descampado. Me comenta lo bien que le habló a Báez de mí y me asegura una entrevista jugosa. Abruptamente, una figura delgada irrumpe haciendo sonar un saxofón con ternura, dando saltitos y con los ojos fuera de órbita. Lo reconozco, se trata del hombre al que he venido a ver y lo único que lleva puesto son unas botas militares. Lunares y escroto a la vista, pellejo plegado sobre pellejo, melena de plata alborotada, barba límpida, muslos transparentes, rodillas como nudos, sonrisa unilateral y gafas redondas. Báez saluda a todos de una vez con un desairado buenaaaaaas. Nos damos un firme apretón de manos y le trasmito mi intención de entrevistarlo, él accede a medias y me consuela con un quizá más tarde. Pide a su nieta y a Teo que vayan al mercado a por lo necesario para preparar algunas paellas y organizar una comilona en la terraza. ¡No escatiméis en vino!, les grita, ¡estáis advertidos! El viejo busca números en una agenda e invita a una veintena de amigas, que confirman al instante su asistencia. Bebemos ron sin pausa y le damos al palique, me cuenta la historia de sus treinta bonsáis al tiempo que los riega. La terraza del ático mide sesenta metros cuadrados y la mitad está techada; las vistas son de tarjeta postal.

IV

Candela y Teo han vuelto. Báez fríe ajos, cebollas y pimientos. Hay tomates deformes en la tabla. Alcachofas de entrañas violetas en la cesta. Magro troceado. Habas rozagantes. Mejillones. Laurel. Aceite virgen extra estallando simultáneamente en cuatro paelleras de las grandes. Azafranal en vena. Corona de ñoras para el anciano que rellena el vaso con el rabo al aire; los granos de arroz bomba se cuecen en amarillo. Van llegando las invitadas. Las hermanas cincuentonas sonrojadas, la presidenta del ateneo, las lectoras leales del abuelo locuaz y las maduras de escotes lubricados. Se descorchan tintos y blancos. Llegan más invitados. Su nieta reparte guantes de látex para los que prefieren comer con los dedos. El arroz está en su punto. Mesa kilométrica en forma de U. Hay whisky japonés, hay jolgorio en conversaciones cruzadas, hay alguien que corta compulsivamente rodajas de pan, la palabra ha claudicado, todos saben que éste es el lugar en el que hay que estar, el anfitrión pasa de mariconadas foráneas y se decanta por un tinto local. Tenedorazo va, tenedorazo viene. Sin flaquear ante la lluvia de alioli de la alquimia arrocera, Báez se reclina sobre su asiento y recita:

Los algarrobos se ahuecan sobre sí mismos

su contorsión nos habla de cien años de sequía.

Pero yo soy un hombre y no comprendo

la utilidad de sufrir tan largo tiempo.

Báez calla y le llueven los besos. El poeta ha dicho. Ahora resulta que el del bar de abajo sube con sus amigotes y traen un carro de la compra hasta arriba de flanes. El postre es anunciado por un par de niños alborotados que empuñan cucharitas. Algunas de las señoras se animan con el baile. Una multitud de amigos de Teo que no habían sido invitados se suman al festejo y Báez recibe con abrazos a las jovencillas que los acompañan. Gente mayor con ganas de templar apura el espejo de caramelo, colonia y talco en el dobladillo almidonado, gotas de orina secándose en la cremallera. El anfitrión se ha puesto un sombrero de paja de la marca Cerol. Teo se aproxima a la ensaladera que contiene el ponche estrella, compuesto por cava, naranja y vodka, para dejar caer algo dentro y revolver discretamente con el cucharón, como si nada hubiese ocurrido. Vasos que se vacían, platos desechables apilados en un rincón, pasan los minutos y la alegría se acrecienta. Chaparrón de cerveza, hueso de aceituna en el cenicero, júbilo pagano, cuchillazo al melón y estocada al jamonal.

El charlatán al que nadie invitó se calza la gorra y dice adiós. Unos señores discuten sobre trajes a medida. Las ninfas se descalzan para hacer malabares. El amigo pastelero ha alquilado una fuente de chocolate a último momento y la pone en marcha ante la ovación del gentío. Rodajas de banana y fresas resplandecientes son ensartadas en palillos redondos; con una brocheta frutal en cada mano, el abuelo improvisa una yincana de lo más pícara en la que el premio es un monte de Venus esculpido en mármol. Báez saca el cochinillo que guardaba celosamente en la nevera, lo acomoda en su regazo y valiéndose del cadáver se anima con la ventriloquía; con los ojos cerrados, el cerdito inerte interpreta a capela un clásico del punk peruano, hasta que Báez se aburre del número burlesco que está ejecutando y lo interrumpe alzándose, irritado por su propia desfachatez. Enaltecido por los aplausos, pide silencio con el rostro tomado por el rigor, sujeta con una mano las patas traseras del cochinillo y con otra las delanteras, coloca el cuerpo inerte del lechón en posición horizontal y, agitándolo hacia atrás y hacia delante, apunta a los invitados con la cabeza del animal, ¡Os presento al cerdo metralleta!, emulando los disparos de un arma vetusta, ¡Tra-tra-tra-tra-tra! ¡Encended la barbacoa coño, que este lechoncillo huele a pólvora!

La atractiva amiga de Candela, que hace media hora bailaba danza clásica en un rincón, se acerca ahora a Báez y le pide que acepte bailar una bachata bien apretaditos. Baeza analiza la figura de la bailarina, ajustada en la sutileza del leotardo, y acepta. El novio de la chica, un musculitos con trenzas asiduo a la música de Jah, se encuentra visiblemente afectado ante la pesadilla materializada que supone ver a la mujer que uno ama restregando sus glúteos prietos contra la pelvis de un anciano en pelotas. Nada puede hacer el pobre, salvo resignarse y tragar.

Báez ha ido a vestirse, la terraza está que explota. Suena el timbre, es El Guchi, charlan cinco minutos y el sujeto se larga tan rápido como ha llegado. Báez se guarda algo en el bolsillo. Coxis que van y coxis que vienen. Pantalones elásticos imitan el encanto visual del cuero. Asalariados bien remunerados se retuercen al son de compases barriobajeros. Pintalabios rojos en rostros pálidos con vestiditos de otra época. Un grupete de veteranos se entretiene jugando al Carcassonne, uno de ellos invita a uñas de yeyo a los curiosos. Candela echa más hielo a los ponches y añade también un poco de azúcar. El tiempo les hace creer que no está pasando. Tres generaciones entregadas al ritual más antiguo, delirando hasta que el músculo padre lo permita, prolongando la alegría como si no hubiese un mañana, sin sospechar de la ominosa resaca que les alcanzará cuando todo esto acabe.

Hernán ha olvidado por completo qué lo ha traído a esta punta del país, así que aprovecha un acercamiento al solicitado Báez para ir al grano y le pregunta si tiene pensado publicar en breve una nueva novela, a lo que el autor responde con un , agregando que lo próximo que publique vendrá con sorpresa. El periodista indaga en la respuesta y el entrevistado corresponde vomitándole en la camisa. Hernán se da la vuelta y le comenta a un tipo disfrazado de huevo frito que pasaba por ahí que ya es hora de buscar una compañera de baile y de pasar a un alcohol más potente; minutos después, arruina su última oportunidad de bailar acompañado al decirle a una chica que su buen gusto para vestir suple con éxito su falta de personalidad.

Tras unos cuantos chupitos de Listerine, Báez vuelve a acercarse a Hernán y se disculpa por el indeseable incidente; le invita a su mejor coñac, sirve dos copas. Hasta le trae una camisa limpia. Hincan los cuatro codos en la balaustrada de granito, señalan el mar, señalan las montañas, donde la ciudad amaga con acabarse aparecen los descampados, explica el profeta al discípulo aventajado. Báez habla de hacer algunos cambios, de reeducar, de encaminar la responsabilidad que implica la supuesta muerte de dios, haciendo especial hincapié en la necesidad de un espacio neutral. Se contradice, el discurso parece improvisado, como una batería que crea espacio para que se desarrollen los demás instrumentos; con estruendo y galope invita al aprendiz a amplificar el concepto, la idea, el proyecto que lo ocupa.

Le revela que su próximo libro vendrá con fotos que realizó durante sus paseos matutinos, osadas fábulas en muladares improvisados, en terrenos con menos bolsas residuales que escombros de edificios vecinos. Suelta batallitas, hazañas de sus veintitantos vividas cerca de estos parajes, sirve dos coñacs más y ya van seis. Le ofrece habanos, se pone serio y advierte de lo que vendrá. Los jefes de familia sentados en la escalera, con la recámara llena y el dedo que se impacienta. Jovencitas disimulando sus respectivas virginidades por miedo a que se las arrebaten los instaladores de puertas blindadas. Amas de casa recluidas, machetes en la encimera. Las fuerzas del orden descuidando la disciplina y traicionándose hasta tumbar la jerarquía que los contiene. Al desplegarse estrategias contradictorias la mayoría desertará, las revueltas serán una carnicería. Obsoletos los discursos, obsoletos los reinos, los ministerios y el lujo. Más egoístas de lo que hemos sido el peor de nuestros días, estaremos conformes si pasa una semana sin que nos muela a palos una turbamulta o nos orine encima un jinete del camino, cuando nos toque ir al quinto coño a por agua.

Un par de vejestorios y un treintañero sobresaltado interrumpen la conversación e intentan convencer a Báez de que vuelva al jolgorio y conceda el honor de su presencia a los invitados. Hernán se pone agresivo con los impertinentes y el escritor les pide paciencia, los invita a marcharse. Ocho coñacs y la verborrea del anfitrión ya ha secuestrado al periodista:

El descampado será mi redención. Acudo a él tres veces por semana con mis herramientas y ejercito brazos, profundizo en la tierra. Es un lugar poco frecuentado, tengo sobornados a los que pasean por allí a sus perros. Al irme, cubro el hueco con tablas y tapetes de hierba artificial. Excavo por la mañana, escribo por la tarde, leo por la noche. Candela y su novio se persuadieron de la importancia del proyecto, la mayoría de los que festejan ahí a tus espaldas también están al tanto y siguen mi ejemplo. Formaremos una legión de excavadores, cuando la voz se corra entre los escogidos. Deshojo la espera entre obra y obra, en ellas desgasto mi tiempo libre; no hay reposo. Esta semana he acabado de comprar los materiales y artefactos, lo guardo todo en un garaje que he alquilado. Me mueve el ansia de comenzar a colocar las planchas de acero corrugado, de dar los últimos retoques en la despensa y en el evacuador, antes de enterrarlo todo. El próximo invierno espero haber avanzado lo suficiente como para poder asegurar las ventilaciones y poner el generador en marcha. Una vez terminada mi obra, volverán mis sueños de cuna, escampará el insomnio que me asola desde que me sitiaron aquellos inquilinos indeseables. Seguramente ya te habrán hablado de ellos. Báez calla. ¿Qué ocurrió exactamente con esas pulgas?, pregunta Hernán, sacando la grabadora y presionando el botón. A ese cajón prefiero no asomarme. He sido arrojado al mundo, arrojo libros al mundo, me leen, me angustio. Pero que no se confundan, diles que soy como el dragón, que tan pronto se sumerge en el océano como se alza sobre las nubes.


<<< Plañidera ···


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Prefacio

Relatos

Por el bien de los demás
El fabuloso bebistrajo
Croquis parisiens
Echinopsis Pachanoi
Querido diario
Poema Violento
Sublimación
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Gracias mil al imperio
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