¡YA EN PREVENTA LA COLECCIÓN EN TAPA DURA DE CÓMIC EXISTENCIALES!

Canino: Kyodontas, el teléfono es la sal

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Análisis social, político, sexual y psicoanalítico del film Canino, a partir de cuatro lecturas:

La sociedad informe

¡Bienvenidos a tiempos interesantes!

Manifiesto contrasexual

Introducción al psicoanálisis lacaniano

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Los peligros de la sociedad postmoderna

Una canción de Orxata Sound System describe una situación familiar: una pareja es víctima de un ERE, la yaya anuncia que el banco se queda con la casa y el yayo mata a siete personas en la sucursal y seguidamente se vuela los sesos. Se trata de un retrato del panorama económico que aqueja a muchas familias españolas tras el estallido de la crisis. En este contexto, el grupo valenciano hace referencia a Canino (Kynodontas), película griega estrenada en 2009. Dice así: «Quan tens la mort als ulls i l’amor al cor/ la familia entra en xoc, compartint per l’humor i el sentir/ a Kynodontas, el telèfon és la sal». Con tales versos, Orxata pone en relación la situación económica española contemporánea con una película que, a priori, descarta cualquier referencia explícita al mundo actual. Sin embargo, la película griega posee una ideología soterrada que pone en duda los principios de la sociedad postmoderna, con sus múltiples síntomas e implicaciones, en especial aquellos que conciernen al crack económico mundial de 2008. Es entonces cuando aquellos versos cobran sentido, pues quieren enarbolar la misma bandera crítica de Canino para combatir la miseria presente que viven ambos países europeos, Grecia y España.

Aunque la relación entre Orxata, Canino, la crisis económica (griega o española) y la sociedad postmoderna, puede parecer en una primera instancia débil, me dedicaré en la primera parte de este artículo a describir los múltiples vínculos que las aúnan bajo una misma macro-ideología. Para comenzar, es necesario explicar cuál es el argumento de Canino. En la película, un padre tiene encerrados en casa a sus tres hijos adolescentes. Ha construido para ellos un nuevo mundo centrípeto, cerrado en sí mismo, con valores inamovibles y estrictas normas de comportamiento. Su universo termina en los límites del jardín que separan la propiedad del resto del mundo, un lugar con el que los jóvenes no mantienen ningún tipo de comunicación y del que nada conocen. Para evitar la huida de uno de ellos, el padre describe ese exterior como un lugar lleno de peligros al que sólo podrán acceder cuando su diente canino haya caído y en su lugar haya nacido uno nuevo. Una idea que neutraliza su necesidad epistémica del mundo y los mantiene en un estado de perpetua consecución de un objetivo que sólo nosotros sabemos imposible. Nos encontramos ante una especie de sistema hermanastro del que construía Shyamalan en El bosque, pero que reduce el colectivo social a su nivel micro, que es el familiar. Hasta el momento, la situación descrita puede recordar al viciado universo autoconclusivo de los reality shows, al paraíso edénico del mundo bíblico o a la representación de un régimen dictatorial que marca una clara dualidad dentro-fuera (yo-otro). Con el desarrollo del artículo, veremos hasta qué punto es Canino un poco de todos ellos.

Canino se estrena en el 2009, en pleno seísmo económico mundial, y en el momento en que la caída en picado del sistema político-económico griego comienza a vislumbrarse y se revelan los verdaderos datos macroeconómicos (valor de la deuda, etc.) que el gobierno de Atenas había estado ocultando. Grecia y el mundo entero se enfrentan a un verdadero accidente integral, como lo denomina Gerard Imbert en su incisivo libro La sociedad informe. El accidente integral caracteriza el mundo actual globalizado, pues tiene «un carácter viral, una gestación invisible, una reproducción incontrolable y progresiva y unas consecuencias imprevisibles e irreversibles». Hablamos del crash bursátil, el cambio climático, la reducción de los recursos naturales, el brote de una epidemia mortal… todos ellos fenómenos que están a la orden del día y que generan el pánico en la población porque sus causas sobrepasan al individuo.

Este accidente a escala universal es tan sólo uno de los aspectos concretos que caracterizan la sociedad contemporánea y guarda directa relación con un concepto más global que es la liquidez descrita por Bauman. Esta idea se encuentra en las bases de la concepción de la posmodernidad, pues describe un mundo en transformación constante y por tanto un mundo en el que el individuo ya no tiene nada a lo que agarrarse, pues todo es efímero, voluble, líquido —debido a ese accidente integral podemos pasar en un solo día de tener trabajo y dinero, a estar completamente arruinados—. Con ello, estamos describiendo un universo en que se ha derrumbado el sistema de valores y en que los grandes relatos han entrado en decadencia. El hecho es que en la base de tal fenómeno se encuentran muchas de las características de la sociedad contemporánea, como son la hipervisibilidad y su consecuente desaparición de la intimidad, la función escópica y la inmediatez informativa con la desensibilización que les va ligada, la satelización de referentes y el politeísmo de valores como causa de la degradación de los sistemas de autoridad (como la familia o la escuela)…

En definitiva, y siguiendo con las ideas de Imbert, nos encontramos en una sociedad informe en que se ha producido una «crisis de la centralidad», es decir, de todos los sistemas por los que se rige la conducta humana, tanto los ideológicos, como los axiológicos, los estéticos y los éticos. En otras palabras, estamos viviendo la pesadilla de Lacan, con la muerte de la ley simbólica —o de los grandes sistemas de representación— capaz de estructurar la relación del individuo con el mundo. En este contexto, la a-nomia (falta de norma) se convierte en uno de las grandes constantes de la posmodernidad, resultando en sujetos amorales o borderlines: seres que no conocen los límites, instaurados en una cultura del exceso, que pierden su sentimiento de pertenencia a una comunidad, indiferentes ante lo público y desafectados políticamente. Veamos ahora cómo tal fenómeno es gestado ideológicamente en la película de Giorgos Lanthimos.

En este contexto, la actitud del padre (real y simbólico) de Canino se inscribe en una línea de vuelta a la modernidad, es decir de la restauración de un sistema de valores que la posmodernidad ha dinamitado. Hablamos de la modernidad como modelo regidor del mundo surgido a partir de la Ilustración y caracterizado por «la nominalización, la clasificación y la jerarquización», por la confianza en el saber y en la creación de una sociedad regida por unos valores absolutos. El padre de la película reacciona ante la liquidez postmoderna y construye una microsociedad (la familia) en la que sus miembros puedan desarrollarse idealmente sujetos a un principio de autoridad, siendo educados bajo principios morales y normas sociales y aprehendiendo una visión del mundo clara, invariable y, definitivamente, comprensible. El micro-universo creado por el padre de Canino quiere crear una sociedad ideal basada en la idea de que el ser humano necesita constituirse sabiendo que las acciones que ejecuta en acorde con lo simbólico —la ley paterna que da unas pautas de comportamiento para que el individuo pueda relacionarse con el mundo y vivir en comunidad— tienen una importancia en el orden de lo real, que es lo absoluto. Es decir, y hablando en términos lacanianos, que si lo real tiene que ver con los valores absolutos, como lo son la justicia o la verdad, éstos han sido puestos en duda por la posmodernidad derivando en el sujeto anómico del que hablábamos anteriormente. De modo que el padre de Canino lucha por restablecer unos principios claros y estables que respondan simbólicamente a lo real, para evitar que sus hijos se conviertan en seres sin compromiso social —aunque éste sea a pequeña escala—, en individuos borderlines, a la deriva. Los intenta proteger, pues, de ese exterior líquido, inestable y devastado, que es el mundo en el que vivimos.

El lenguaje como ejercicio de poder

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En los totalitarismos

Sin embargo, Canino se encuentra lejos de lo que muchos definirían como film utópico, y ha sido descrita repetidamente como una película que genera un universo enfermizo, que viaja a las tinieblas del corazón humano y que indaga en la familia como «ingeniería de lo monstruoso» (Jordi Costa, El País). En efecto, la película griega muestra un clima asfixiante en el que toda libertad individual se ha perdido, y en el que cualquier comportamiento fuera de la norma es severamente castigado. La sobreprotección acaba derivando, pues, en formas totalitarias donde la figura del padre es autoridad inequívoca y su palabra principio absoluto del universo centrípeto en el que conviven. Se trata de un ejercicio de poder propio de los fascismos, en los que se suprime la discrepancia con el deseo de crear una supuesta sociedad utópica perfecta cuyos problemas son exclusivamente encarnados en una —falsamente— maligna otredad.

Tomando la función del padre como paradigma del ejercicio de poder, cabe volver a Lacan para abordar el concepto del lenguaje, que para el psicoanalista era la forma estructural con la que se insería al individuo en el orden simbólico. El lenguaje constituye al sujeto, pues cuando éste adquiere la habilidad de utilizarlo es capaz de materializar su deseo y por tanto de ponerse en relación con el resto de sujetos y objetos. Teniendo en cuenta esta nomenclatura, si existe un trucaje de ese lenguaje existe una manipulación por parte del padre (o del que ejerce el poder) hacia sus hijos, pues de esta manera está trastocando su forma de comprender y enfrentarse al mundo. Adoptando una perspectiva nietzschiana, el lenguaje en sí es ya una forma de mentira, que, sin embargo, resulta necesaria en la sociedad para poder fijar una verdad común (lo que denomina «tratado de paz»). Esto es así porque el lenguaje es una convención de la que se sirve el ser humano para poder diferenciar entre lo verdadero y lo falso, lo correcto y lo incorrecto, pero que en ningún caso puede expresar la verdadera multiplicidad de la realidad en la que vivimos.

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Significantes de nuestro entorno habitual como son el teléfono, la carretera o un zombie son dotados en el universo de la película de un nuevo significado correspondiente a algún elemento que se encuentra dentro de la casa, impidiendo siempre el conocimiento del fuera. Como dice Orxata, «El teléfon és la sal» y «Zombie és una flor». Cuando el lenguaje se convierte en el artífice del conocimiento, la manipulación del mismo permite un invisible ejercicio de poder. La falta de libertad de los adolescentes de Canino tiene que ver con una inconsciente falta de conocimiento, pues la realidad les ha llegado truncada desde siempre y el control ejercido sobre ellos se encuentra en la estructura básica a través de la que se relacionan con el mundo. Se trata pues de uno de aquellos sistemas de creencias descritos por Michel Foucault que hacen que el individuo no sea forzado a hacer algo sino que lo haga por sí mismo. El ejercicio de poder, pues, basado en la producción de verdad. La invisible falta de libertad que de ello se deriva tiene una clara equivalencia con los fascismos pero encuentra también una interesante lectura actual. No deberíamos, así, considerar el mensaje de Canino como algo puramente externo a nosotros, puesto que la película habla de unas estructuras invisibles que acaban ejerciendo el control sobre el ser humano sin que éste sea consciente de ello.

Un análisis sobre el tema en la contemporaneidad lo lleva a cabo Žižek en su libro ¡Bienvenidos a tiempos interesantes!, en el que explica que actualmente el ciudadano posee una libertad formal «de elegir dentro de las coordenadas de las relaciones de poder existentes» mientras le es privada la libertad real de cambiar esas mismas coordenadas. Habla el filósofo esloveno de un «marco trascendental» que representa una visión específica de la vida social que no es nunca neutral, pues privilegia unos valores y prácticas determinadas. La inconsciencia de la existencia de ese marco (o como lo llama Badiou, «la ilusión de democracia») es la que impide a los adolescentes de Canino y a nosotros mismos desarrollarnos y luchar por una verdadera libertad. ¿Hasta qué punto, pues, podemos elegir y hasta qué punto la society of choice es una pura ilusión que nos distrae de saber que el sistema ya elige por nosotros? ¿Hasta qué punto, en definitiva, estamos también nosotros encerrados en la casa metafórica de Canino?

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En torno a la sexualidad

En un momento de la película, la hermana mayor pregunta a la madre «¿Qué es un coño?», a lo que ella responde «Un coño es una gran lámpara». Este intercambio de frases muestra que el sexo —y todo lo que con éste se relaciona—, no tiene nombre para los hijos de Canino, por lo que es tratado como si no existiera. En efecto, las relaciones sexuales que el hermano lleva a cabo con Cristina son concebidas, tanto semántica como formalmente, como una pura actividad física de supervivencia. Cuando el sexo no tiene nombre, y por tanto, no está inserto en el orden simbólico, deja sistemáticamente de tener ningún tipo de carga social ni cultural. Es en este punto donde Canino lleva a cabo un replanteamiento de la sexualidad, en sus formas y prácticas, acercándose a las ideas que expone Beatriz Preciado en su ópera prima Manifiesto contrasexual (herederas de otros estudios alrededor del tema como son los de Michael Foucault o los de Judith Butler).

El sistema heteronormativo sería, según la filósofa castellanoleonesa, el gran marco trascendental o aparato lingüístico de la sexualidad en nuestra sociedad, y por tanto, una de las soterradas formas de ejercicio de poder que comentábamos. A través de él, los humanos constituimos nuestra identidad sexual y corporal. En efecto, como afirma Beatriz Preciado en su manifiesto, el cuerpo es un «‘texto’ socialmente construido» cuyos órganos reproductivos son identificados como órganos sexuales, convirtiéndose tal asociación en la base de la diferencia sexual entre hombre y mujer. Así pues, la tecnología social heteronormativa es «una máquina de producción ontológica», que reinscribe al individuo en las prácticas del género en su cuerpo hasta definir su identidad sexual. Se trata de un ejercicio de control de la sexualidad basado en «la producción de diferentes deseos y placeres que parecen derivar de predisposiciones naturales». Preciado lleva a cabo un proceso de desmantelamiento de todas las tecnologías invisibles de dominación de la sexualidad, abogando por una desterritorialización del sexo y cuestionando las grandes categorías simbólicas que son el hombre, el humano, la mujer, el sexo o la raza.

Teniendo en cuenta las ideas de Preciado, Canino se convertiría sistemáticamente en un film contrasexual, pues el sexo para sus personajes no ha sido construido socialmente, y por tanto, sus prácticas se alejan de todas aquellas que encajan en la heteronormatividad. En Canino ni existe la homosexualidad, ni la heterosexualidad, tampoco el incesto, ni los órganos sexuales. Llegando al extremo, la madre puede dar a luz a un perro que se convierta en un hijo más de la familia. Así pues, Canino propone un «fin del cuerpo como ha sido definido por la modernidad», así como de las prácticas sexuales que le son supuestamente intrínsecas y naturales. Cabe apuntar aquí que el sistema creado por el padre es, como el nuestro, eminentemente patriarcal, y que el film ejerce una severa crítica hacia el mismo. El hecho es que todas las relaciones sexuales “dentro de la norma” (o heteronormativas) de la película, resultan insatisfactorias para uno de los dos miembros que las practica, y éste es siempre la mujer. Existe en la ideología de Canino una rebelión contra el sexo normativo de nuestra sociedad, en aras de la persecución de una sexualización de la totalidad del cuerpo y de una nueva naturaleza liberada de los ejercicios de control del sistema. Por eso las prácticas sexuales entre las hermanas se basan en chuparse entre ellas zonas no erógenas (no sexuales) como son el hombro o la barriga.

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En la construcción identitaria

Llegados a tal punto, cabe sacar a colación la principal metáfora de Canino, que da título a la película, y que es ese adiestramiento del perro que pronto formará parte de la familia. De la misma manera, como si se tratasen de animales, quiere el padre educar —o adiestrar— a sus hijos. Sin embargo, y en medio del pesimismo que se destila de las ideas que hemos ido apuntando, Lanthimos lanza un mensaje de fe en el ser humano, mostrando su capacidad de rebelarse para alcanzar el pensamiento individual y diferenciarse del resto de especies que pueblan el planeta. Tomando una concepción sartriana al respecto, en el ser humano «la existencia precede a la esencia», es decir, que cada uno crea una ética de responsabilidad individual según los actos que lleva a cabo libre y responsablemente, apartándose así de cualquier sistema de creencias externo a él. Rechazando el nihilismo de Hegel, el director griego se acercaría pues a las ideas del filósofo francés concibiendo al ser humano como un «proyecto en situación» y no como el poseedor de una naturaleza determinante ante la que nada se puede hacer.

La rebelión de Canino se encarna en el personaje de la hermana mayor, y el punto clave de la ruptura con el orden simbólico paterno se produce cuando ve una película que se desarrolla en el mundo exterior (por las referencias que se hacen deducimos que se trata de Rocky). Así, el director griego elabora un canto de amor al cine como fuente de cultura y pensamiento que deriva en fuerza emancipadora. Cuando la hermana mayor ve esta cinta, conoce un nuevo lenguaje, el lenguaje del exterior que hasta entonces le había sido privado, por lo que se abre ante ella una nueva realidad. La metáfora lingüística se hace evidente cuando la adolescente se apropia de algunas frases de la película y las reproduce literalmente para expresar algunos de los sentimientos y emociones que antes no encontraban articulación vocal (puesto que en el lenguaje paterno no había lugar para ellas). Se trata de emociones negativas, esencialmente de rechazo (hacia un sexo no deseado, como comentábamos anteriormente) y violencia, que al fin pueden ser estructuradas mental y lingüísticamente, y por tanto comprendidas. La capacidad para reconocer un malestar, antes sólo latente, se convierte pues en el origen del personal ataque de tal personaje al sistema paterno. Abundando en la metáfora, nos fijamos en que los personajes de Canino no tienen nombre (tan sólo el que proviene del exterior posee uno). Alegóricamente, el nombre es la materia prima para la construcción identitaria, por lo que al carecer de él, los personajes de Canino se convierten en seres a los que la identidad les ha sido arrebatada. Sin embargo, cuando la hermana mayor mira Rocky, encuentra un nombre para sí misma: Bruce. Sólo llamándola así responderá a lo que se le pida, le dice a su hermana pequeña. Se trata del primer escalón para la persecución de una identidad propia que rompa con la dictadura a la que está sometida.

A modo de conclusión: lo normal versus lo excéntrico

Centrándonos más en el aspecto psicoanalítico del lenguaje y del nombre del padre, podríamos decir que la figura paterna del film ejerce una doble función lacaniana y que tiene que ver con la ruptura de la relación entre el interior y el exterior. Esta figura ejerce un rol paterno en tanto que realiza la función del No del padre instaurando la ley a sus hijos en forma de normas y pautas de comportamiento. Es decir, que los introduce en su orden simbólico particular que les permite vivir según las reglas que rigen su micro- sociedad. Sin embargo, el padre ejerce un rol materno en lo que a la relación con el exterior se refiere: podríamos decir que la casa es un equivalente a ese vientre de la madre del que los hijos nunca son arrancados y en el que viven perpetuando el goce. Esto es así porque los adolescentes del film nunca son conocedores del exterior ni de las normas del mundo real. Por tanto serían verdaderos borderlines a la hora de enfrentarse a ese mundo. De aquí surgen los adjetivos que se han achacado una y otra vez a la película y que se encuentran en el campo semántico de «lo raro» y «lo excéntrico».

El nuevo lenguaje constituido por el padre es diferente al nuestro pero no por ello es necesariamente menos válido (o menos opresor). Es así como Canino hace tambalearse las normas y conceptos que estructuran nuestra visión del mundo, pues delata su carácter artificial, su aspecto de ser algo creado y no natural. Unas palabras de Descartes, usadas por Žižek para hablar de la multiculturalidad en el cine, ilustran muy bien esta idea: «No todos los que piensan de modo contrario al nuestro son por ello bárbaros y salvajes, sino que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la razón». Con ello, se hace necesario el replanteamiento de unas formas epistémicas que aceptamos porque así nos han sido dadas. La pregunta que surge es pues: ¿Por qué las costumbres de Canino son marcianas y no lo son las que ejecutamos nosotros cada día?

Puedes encontrar este artículo impreso en el Nº1 de la Revista STIRNER.

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