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En el gélido invierno de 1848, cuando las calles de París se siembran de barricadas, Pierre-Joseph Proudhon es testigo del primer asalto al orden establecido desde tiempos de Sieyès. Aquella revolución titubeante dará a la postre con Napoleón III en el Palacio del Elíseo, pero del poso de su fracaso nace Idea general de la Revolución, la obra que habría de servir de guía a los revolucionarios del futuro. Siempre en el filo de la utopía, Proudhon brinda reflexiones certeras sobre los peligros y promesas del cambio, sobre el papel del Estado frente a la libertad individual o sobre la necesidad de repensar el mercado, anticipando ideas tan actuales como el socialismo de mercado o la democracia económica.

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En el gélido invierno de 1848, cuando las calles de París se siembran de barricadas, Pierre-Joseph Proudhon es testigo del primer asalto al orden establecido desde tiempos de Sieyès. Aquella revolución titubeante dará a la postre con Napoleón III en el Palacio del Elíseo, pero del poso de su fracaso nace Idea general de la Revolución, la obra que habría de servir de guía a los revolucionarios del futuro. Siempre en el filo de la utopía, Proudhon brinda reflexiones certeras sobre los peligros y promesas del cambio, sobre el papel del Estado frente a la libertad individual o sobre la necesidad de repensar el mercado, anticipando ideas tan actuales como el socialismo de mercado o la democracia económica.

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PRÓLOGO

por Víctor Olcina

NOTAS PRELIMINARES

Segundo estudio − ¿Existen suficientes motivos para que la Revolución se produzca en el siglo diecinueve?

I

Ley de la tendencia en la sociedad: la Revolución de 1789 no hizo más que la mitad de su obra

II

Anarquía de las fuerzas económicas: tendencia de la sociedad a la miseria

III

La anomalía del gobierno: tendencia hacia la tiranía y la corrupción

Tercer estudio − Del principio de asociación

Cuarto estudio − Del principio de autoridad

I

Negación tradicional de la idea de gobierno: origen de la idea que le sucede

II

Crítica general de la idea de Autoridad

Quinto estudio − Liquidación social

I

El Banco Nacional

II

Deuda pública

III

Las deudas hipotecarias: obligaciones simples

IV

La propiedad inmueble: edificios

V

La propiedad de la tierra

Sexto estudio − Organización de las fuerzas económicas

I

El crédito

II

La propiedad

III

División del trabajo, fuerzas colectivas, máquinas, asociaciones de trabajadores

IV

Constitución del valor: organización de los precios bajos

V

Comercio exterior: equilibrio de importaciones y exportaciones

Séptimo estudio − Disolución del gobierno en el organismo económico

I

La sociedad sin autoridad

II

Eliminación de las funciones gubernamentales: adoración y culto

III

La justicia

IV

La administración. Policía

V

Instrucción pública. Obras públicas; agricultura y comercio;
Hacienda

VI

Política exterior; guerra y marina

Epílogo

Proudhon, el pionero

por Víctor Olcina

Si hubiera de dar una advertencia a quien se acerque a Proudhon por primera vez, sería: olvídese de lo que supiera o creyese saber sobre él hasta ahora. El lenguaje del francés, no siempre claro, dado no pocas veces a la antinomia, se ha prestado con demasiada frecuencia al desbroce de los cazadores de citas, hasta el punto de que hoy el personaje popular e imaginado se parece muy poco al de verdad. Quizá muchos le reconozcan por una sentencia abusada hasta el aborrecimiento: «la propiedad es un robo», y en cambio desconozcan de él ésta otra, opuesta a la primera: «la propiedad, contrapeso del Estado y salvaguarda de la libertad». Las razones para esta memoria selectiva acerca del pensamiento de Proudhon son variadas, y quizá no sea éste el mejor espacio para hablar de ellas. Baste decir que habitualmente se ha primado al escritor precoz de ¿Qué es la propiedad?, enfant terrible que causó el revuelo entre la sociedad parisina con sus deducciones lógicas y sus proclamas incendiarias, leído como un anticipo del anarquismo colectivista de Bakunin. El 1848, dirá: «estos diputados se asombran de que yo no tenga cuernos y garras». Tal mirada nos ha privado de echar la vista a su periodo de madurez, que da inicio con el libro que presentamos en esta edición, Idea general de la revolución en el siglo XIX —considerado por Benjamin R. Tucker como su mejor trabajo— y continúa con El principio federativo y La capacidad política de la clase obrera.

Este último periodo de Proudhon, algo más sereno, repleto de matices, ha despertado el interés de cierto sector de la izquierda europea que desde los años ochenta busca una alternativa al «socialismo real» de la Unión Soviética, y desde entonces no ha dejado de influir, siquiera como eco lejano, en la crítica de los movimientos sociales al statu quo. Después de todo, fue Proudhon quien anticipó que la estatalización de la economía al estilo de Marx llevaría a la estatalización de las ciencias, de las artes, y de la sociedad civil, y quien articuló por primera vez un proyecto que tenía por objetivo declarado hacer compatibles la libertad y lo espontáneo de la sociedad de mercado con la equidad. Por ese motivo, Luciano Pellicani y Monique Canto-Sperber, cada uno de forma independiente, han querido ver en él a un «socialista liberal», pero el término es excesivo. Proudhon concibió una sociedad pluralista que contrasta con el modelo monolítico y centralizado de Marx, pero su proyecto trasciende la idea de un capitalismo humano o socialdemócrata, como pretenden estos autores; el francés imagina más bien una sociedad de trabajadores independientes, fábricas autogestionadas y cooperativas de crédito, donde el Estado, cuando existe, está tan limitado y descentralizado como sea posible a la administración de la cosa pública. Su proyecto está tan lejos del capitalismo como del comunismo; sin caer, al mismo tiempo, en esa suerte de tercera vía que Pellicani y Canto-Sperber llaman socialismo liberal. El proyecto de Proudhon es, como veremos más adelante, el mutualismo.

En cualquier caso, volvamos a nuestro hombre. Pierre-Joseph Proudhon nació un 15 de enero de 1809 en Besançon, el Franco Condado, en el seno de una familia humilde: su padre era tonelero y cervecero; su madre, sirvienta. Perteneció a una generación de hombres que, una vez alcanzado cierto nivel de cultura autodidacta, podían aspirar a viajar de un lugar a otro desempeñando los trabajos más variados: un día era tipógrafo en Besançon; otro, agente de comercio en Lyon, y al siguiente lanzaba un pequeño periódico que inflamaba los corazones en las barriadas de París.

Sería tentador remontar todo el mutualismo francés a sus propios escritos, pero lo cierto es que el pionero de Besançon —él mismo era un obrero tipógrafo, como decíamos— tomó el nombre y el fondo de sus ideas después de entrar en relación con los núcleos obreros de Lyon en la década de 1840. Algo que no suele aparecer en los libros de historia es que el mutualismo fue durante las décadas centrales del siglo XIX la ideología par excellance de la clase obrera francesa, sobre todo de cierta vanguardia procedente de los estratos cualificados y semiartesanos de la misma, todavía de un estatus relativamente holgado si se los compara con los proletarios ingleses, pero amenazados por el curso de la mecanización. Se trataba de tipógrafos, trabajadores del bronce y el mármol, sombrereros, zapateros, peleteros, cerrajeros y un largo etcétera. En su inmensa mayoría trabajaban como asalariados para industrias de pequeño y mediano tamaño en los suburbios de ciudades como París y Lyon, conforme al incipiente desarrollo del capitalismo francés; excepcionalmente también como autónomos y pequeños propietarios.

En aquel tiempo, la proliferación de sociedades cooperativas de producción y de consumo alimentó por algunas décadas la idea —compartida incluso por Bakunin en su Catecismo revolucionario de 1866— de que el capitalismo podía superarse pacíficamente mediante la asociación voluntaria de los trabajadores. El mutualismo de estos obreros de vanguardia, de la que Proudhon formaba parte, trataba de averiguar de qué modo podía precipitarse esa transición sin abolir la propiedad (garantía de libertad y «contrapeso del Estado») ni caer en la expropiación violenta. Por algún tiempo Proudhon osciló entre diferentes experimentos creativos como el banco de trueque, pero terminaría convenciéndose de que el único medio para lograr semejante fin consistía en abolir el privilegio y el monopolio, liberando el mercado al tiempo que se desmantelaba el Estado para entregarlo a compañías de trabajadores. Como decía Engels en 1867: «ellos [los mutualistas] dicen: suprimamos el Estado y el capital se irá al diablo. Nosotros [los comunistas] proponemos el proceso inverso». En especial, el Banco de Francia debía ser transformado en un banco mutuo gestionado por cooperativas de trabajadores con la finalidad de proporcionar crédito al precio de costo («gratuito») al tiempo que el monopolio sobre la tierra debía disolverse para entregar la tierra a los campesinos. Como resume genialmente Proudhon en La capacidad política de la clase obrera (1865):

Digamos que el proletariado no pretende despojar a la burguesía de sus bienes adquiridos, ni de ninguno de los derechos de que goza justamente; no se quiere sino realizar, bajo los nombres perfectamente jurídicos y legales de libertad de trabajo, crédito y solidaridad, ciertas reformas cuyo resultado sería abolir (¿qué?) los derechos, privilegios y demás beneficios de que la burguesía goza de una manera exclusiva, y por este medio hacer que no haya burguesía, ni proletariado, es decir, absorberla.

El desarrollo del mutualismo conduciría naturalmente a la «disolución del Estado en el organismo económico» de forma que todos los resortes útiles de la administración (banca, seguros, ferrocarriles, minas, etc.) serían entregados a compañías de trabajadores y sometidos a la ley de la libre competencia. Proudhon llegaba por este camino al anarquismo: negó el contrato social como fundamento del Estado, dado que sólo el individuo puede establecer contratos soberanos; negó los impuestos, dado que roban al trabajo su producto legítimo, y estableció como su meta la constitución de una «sociedad sin autoridad». Como explica en Idea general de la revolución en el siglo XIX (1851):

Para que yo viva libre, para que yo no sufra más ley que la mía, para que yo me gobierne a mí mismo, se hace indispensable el renunciar a la autoridad del sufragio y abandonar el voto lo mismo que la monarquía y el sistema representativo. Se necesita, en una palabra, suprimir todo lo que hay de divino en el Gobierno, y reconstruir el edificio sobre la idea humana del CONTRATO.

En el puesto del gobierno, como indica algunas líneas más abajo, «colocaremos la organización industrial». No obstante, el pionero de Besançon fue consciente durante toda su vida de la tensión irresoluble entre libertad y orden; el segundo, diría, es hijo de la primera, no al contrario, pero al mismo tiempo sostienen una lucha irresoluble. Esto se aprecia con nitidez en su postura acerca de los aranceles; es partidario de suprimirlos, pero siempre cumplidas ciertas condiciones, pues de lo contrario aquella medida progresista daría lugar a efectos indeseados —una tesis discutible, desde luego, pero que resume su forma de proceder—. En sus últimos años, Proudhon evolucionaría a una suerte de federalismo libertario, donde si bien el Estado permanece como administrador de algunas funciones comunes, el ideal continúa siendo reemplazar el gobierno por el contrato, plasmado esto tanto en una economía libre y controlada por los trabajadores, como en una organización política que debía fundamentarse en el pacto entre municipios y regiones.

Como dice en La capacidad política (1865):

En cuanto esté proclamada en cualquier punto del globo la reforma mutualista, la confederación llegará a ser una necesidad en todas partes. Y para que exista, no será preciso que los Estados que se confederen estén contiguos ni agrupados en un mismo recinto, como lo estamos viendo en Francia, en Italia y en España. Puede muy bien haber una confederación entre pueblos separados, disgregados y distantes los unos de los otros: basta para ello que declaren unir sus intereses, y darse garantías recíprocas, conforme a los principios del derecho económico y de la reciprocidad.

En una sociedad libre, dice en El principio federativo (1863), «el papel del Estado o del gobierno es por excelencia un papel de legislación, institución, creación, inauguración, instalación; es, tan poco como sea posible, un papel de ejecución». El resultado de esta revolución, a la vez política y económica, sería una suerte de socialismo libertario donde las masas accederían al poder, no para ejercerlo, sino para prevenir la constitución de privilegios y garantizar la instauración de un mercado en manos de los trabajadores. En la terminología de Proudhon, el concepto de socialismo estaba tan opuesto al comunismo como al capitalismo. Como sostiene en la misma obra (1863):

Quien dice socialismo en el buen y verdadero sentido de la palabra, dice naturalmente libertad del comercio y de la industria, mutualidad del seguro, reciprocidad del crédito, del impuesto, equilibrio y seguridad de las fortunas, participación del obrero en los destinos de las empresas, inviolabilidad de la familia en la transmisión hereditaria.

Proudhon conservó durante mucho tiempo la esperanza de plasmar sus ideas a través de la vía parlamentaria: en la década de 1840 fue elegido diputado por la Asamblea Nacional, y  en 1848 y 1849 formó parte de la Asamblea Constituyente de la Segunda República Francesa. Al contrario de lo que sucederá con el anarquismo a partir de Bakunin, los mutualistas franceses no veían nada intrínsecamente inmoral en la participación política; incluso cuando el fin último era la sustitución del gobierno por el contrato, debía avanzarse por aproximaciones antes que por absolutos. Cuando Proudhon, hastiado, ya se había retirado de la actividad parlamentaria, una agrupación de obreros mutualistas se lanzó a presentar su candidatura a la Asamblea Nacional en 1864. Para publicitar su programa publicaron el célebre Manifiesto de los Sesenta, donde se recogían algunas demandas reformistas para atemperar la situación obrera (limitación del trabajo infantil, educación gratuita) pero sobre todo se reclamaba la abolición del privilegio y la instauración de un mercado libre operado por y para los trabajadores. Como declaraban sin ambages:

No se nos acuse de soñar con leyes agrarias, igualdad quimérica que pondría a cada individuo en el lecho de Procusto, ni con repartos de propiedad, máximum, impuesto forzoso, etc. No; es tiempo ya de acabar con esas calumnias propagadas por nuestros enemigos y adoptadas por los ignorantes. La libertad, el crédito, la solidaridad, estos son nuestros sueños. […]. El día en que estos sueños se realicen, no habrá más burguesía ni proletariado, amos ni obreros.

Entre estos obreros, que se consideraban los pioneros de una nueva Revolución Francesa, se encontraban hombres como Tolain, Baraguet y Ripert; miembros de la Comisión Obrera enviada a Londres para reunirse con los sindicalistas británicos, que en ese mismo año daría lugar a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Habitualmente se presenta a la Primera Internacional como un organismo dividido en dos grandes alas, bakuninista y marxista, que terminaría escindiéndose debido a las diferencias irresolubles entre sus dos grandes líderes. Ésa es la imagen que nos ha transmitido la educación oficial. Pero no se corresponde a lo que fue la Internacional durante la mayor parte de su desarrollo: los mutualistas no sólo participaron decisivamente en su fundación junto a las trade unions británicas, sino que dominaron abrumadoramente el tono de los debates y el contenido de las propuestas aprobadas en los congresos de Ginebra (1866), Lausana (1867) y Bruselas (1868). En este último, al finalizar el congreso la comisión de la AIT declaraba que la producción [el productor] únicamente puede conseguir la posesión de las máquinas mediante las asociaciones cooperativas y una organización de crédito mutuo. […].

Sólo la unión de marxistas y bakuninistas para aislar el ala mutualista de la Internacional comenzaría a debilitar su dominio a partir de 1869, en el congreso de Basilea. Pero no sería hasta 1872 cuando serían apartados por los colectivistas, aprovechando que la represión contra la Comuna de París prácticamente había acabado a sangre y fuego con el obrerismo francés.

Antes y en paralelo a la fundación de la Internacional, los barrios obreros de Francia y en especial de París eran un hervidero de sociedades y clubes mutualistas. Louis-Eugène Varlin fundó en 1857 la sociedad mutua de encuadernadores, auténtico germen de un sindicato que sembraría de huelgas el sector entre 1864 y 1865. Aprovechando la infraestructura sindical, Varlin fundaría el banco mutuo de encuadernadores, donde se ofrecía crédito al precio de costo de acuerdo con las propuestas de Proudhon. El sindicato se integraría desde el principio en la propia Internacional. En el sector del bronce, Henri Tolain ayudaría a organizar las primeras huelgas en 1867, integrando asimismo sus organizaciones en la AIT. Si Proudhon ha sido acusado con toda justicia de misógino en muchas ocasiones, no debemos olvidar que el mutualismo francés era un movimiento diverso donde cabían auténticos feministas, como el propio Varlin; y mujeres, como Nathalie Lemel, que ocuparía un cargo de importancia en el famoso banco mutuo de los encuadernadores.

Tras la captura de Napoleón III por el ejército prusiano y la huida del gobierno republicano de la ciudad de París en 1871, estalló un motín encaminado a organizar la defensa y los servicios regulares de la capital. En esta Comuna de París, las dos facciones que junto a toda una variedad de reformistas menores dominaron el gobierno eran, por un lado, los blanquistas, de tendencia comunista y seguidores de Louis Auguste Blanqui; y, por el otro, los mutualistas, entre los que se encontraban Varlin y Nathalie Lemel. La casa de la moneda estaría al cargo de un obrero mutualista, Camélinat. Las medidas tomadas por la Comuna durante sus escasos 60 días de vigencia (supresión de deudas, limitación jornadas de trabajo, etc.) no podían ser otra cosa que un compromiso entre las facciones en el poder, absolutamente condicionado por el estado de sitio y la extrema penuria de las clases populares. Pero es destacable el papel que jugaron los mutualistas; por ejemplo, al redactar el Manifiesto contra la guerra de las Secciones de París adheridas a la Internacional, al oponerse vehementemente a las medidas más autoritarias de la Comuna, como la constitución de un Comité de Salud Pública; o al promover, a través de sus delegados, la implantación de medidas mutualistas como la autogestión de las fábricas cuyos propietarios habían huido, o la instauración de una federación francesa basada en el pacto entre municipios.

Después de aquello, en Francia sólo quedan del mutualismo el hedor a sangre y pólvora que acompaña a todas las represiones cruentas. Gracias a William Greene y a Benjamin Tucker, sin embargo, las ideas de Proudhon germinan en la otra orilla del Atlántico; ambos gentlemen emprenden el viaje a París para estudiar los manuscritos prou­dhonianos, y en torno a la revista Liberty —que lleva por subtítulo una sentencia del francés: «libertad, no hija sino madre del orden»— se reu­nirá una espléndida tradición local de mutualismo, fundida con el liberalismo radical autóctono de Jefferson y Paine. What Is Mutualism?, de Clarence Lee Swartz, y Voluntary Socialism, de Francis Tandy, sobresalen en el furor literario de la época, además de la propia obra de Tucker, Instead of a Book. En España, Proudhon llega tras la Revolución Gloriosa de 1868, cuando se editan muchas de sus obras, y su programa pasa a formar parte de cierto sector radical del obrerismo y del republicanismo federal; el propio Pi i Margall se declara su discípulo, traduce muchas de sus obras y adopta hasta el lenguaje del francés. Ciertas asociaciones obreras de aquí y allá, asimismo, toman el ideario mutualista; reforma agraria, reforma del crédito, autogestión y asociación de los trabajadores. El cantonalismo, que estalla en 1873, si bien hunde sus raíces profundas en el alma centrífuga de la cuenca mediterránea, encuentra también parte de su inspiración en Proudhon. En América Latina, el venezolano Ezequiel Zamora alienta durante algún tiempo la esperanza de los proudhonianos en una reforma agraria y un gobierno limitado sin privilegio.

¿Y qué queda hoy de Proudhon? Ya hemos visto más arriba que la izquierda europea volvió su interés en Proudhon después de comprobar el fracaso del «socialismo real». En la actualidad, los escritos del francés han inspirado cierto renacimiento de mutualismo de la mano de Kevin A. Carson, que en dos de sus principales obras, Studies in Mutualist Political Economy y Organization Theory, ha pretendido actualizar el programa del francés, haciéndolo accesible a un abanico de lectores más amplio. Otros como David Schweickart y David Prychitko recogen de forma más o menos explícita las ideas de Proudhon en sus propuestas de «democracia económica» y «socialismo de mercado». En el terreno de los hechos, su herencia es todavía más interesante a la luz de experiencias como el hospital SCIAS de Barcelona, una cooperativa de consumidores y de trabajadores que cuenta con más de 160.000 socios; o de los experimentos de autogestión dentro de grandes empresas capitalistas como 3M, Google o Semco, que confirman muchas de las intuiciones del tipógrafo de Besançon. La idea de una multitud de cooperativas de profesores, equipadas con la libertad de decisión y los incentivos adecuados para mejorar e innovar sus métodos pedagógicos, guarda perfecta sintonía con las propuestas de Ken Robinson, al tiempo que el trabajo en red a través de Internet avanza nuevas y proudhonianas formas de relacionarnos con el trabajo y con los demás. Quizá no haya habido otra época más proclive a la descentralización y a la participación, ni más ávida en la búsqueda de conciliar mercado y justicia, competencia y cooperación, como la nuestra.

En último lugar, cabe hacer algunas apreciaciones sobre esta edición. Cuando iniciamos la tarea de recuperar Idea general de la Revolución para el público hispanohablante, nuestra idea era transcribir la traducción original al castellano de J. Comas publicada por vez primera en 1868. Sin embargo, pronto se hizo evidente que aquella edición arcaica requería de una revisión profunda y extensa, que actualizara no sólo el lenguaje sino que arrojase luz sobre muchos párrafos oscuros, de modo que, a tientas y casi sin quererlo, nos hemos visto envueltos en una traducción completamente nueva basada en el original francés, con la inestimable ayuda de la edición inglesa de John Beverly Robinson. Lo que sigue es el fruto de aquel esfuerzo, llevado a cabo casi en solitario por Pablo Molina Albert y revisado por el cuerpo editorial de esta casa.

A la burguesía

A vosotros, hombres de la burguesía, dedico estos nuevos ensayos. Vosotros habéis sido siempre los más intrépidos, los más capaces revolucionarios.
Fuisteis vosotros quienes, desde el siglo tercero de la era cristiana, extendisteis con vuestras federaciones municipales el sudario sobre el Imperio Romano en las Galias. Si no hubiera sido por los bárbaros, cuya llegada alteró repentinamente el orden de las cosas, la república que establecisteis habría gobernado la Edad Media. Recordad que la monarquía de nuestro país es franca y no gala.

Fuisteis vosotros los que después derrocasteis al feudalismo, oponiendo la ciudad al castillo, el rey a los vasallos.

Vosotros fuisteis, en fin, quienes durante ochenta años proclamasteis, una tras otra, todas las ideas revolucionarias: la libertad de culto, la libertad de prensa, la libertad de asociación, de comercio e industria: sois vosotros quienes, por vuestras lúcidas Constituciones, habéis limitado al altar y al trono, y establecido la igualdad ante la ley sobre sólidos cimientos, quienes habéis hecho públicos los registros del Estado, quienes subordinasteis el Gobierno al pueblo, a la soberanía de la Opinión.

Sois vosotros, vosotros solos, sí, quienes habéis sentado los principios y fundamentos para la Revolución del Siglo XIX.

Ningún ataque que se haya hecho contra vosotros ha sobrevivido.

Nada que hayáis emprendido se ha quedado corto.

Nada de lo que os propongáis fallará.

El Despotismo ha agachado su cabeza frente al burgués: el soldado victorioso [1], el ungido legítimo [2], el rey ciudadano [3], se evaporaron como fantasmas tan pronto como tuvieron la mala fortuna de desagradaros.

Burgueses de Francia, la iniciativa del progreso humano es vuestra. El trabajador descarriado os acepta como su maestro y modelo. ¿Es posible que, después de haber llevado a cabo tantas revoluciones, os hayáis convertido ahora en contrarrevolucionarios, contra toda razón, contra vuestros propios intereses, contra vuestro propio honor?

Conozco vuestras quejas: no sólo se remontan a febrero.

Cierto día, el 31 de mayo de 1793, fuisteis tomados por sorpresa y suplantados por los sans-culotte. Durante catorce meses se desarrolló el periodo más terrible que hubierais presenciado: el timón estaba en manos de los líderes de la turba. ¿Qué podían hacer ellos por sus de­safortunados partidarios durante aquellos catorce meses de dictadura popular? ¡Pues nada! Presuntuosos y fanfarrones como de costumbre, sus esfuerzos se redujeron a continuar con vuestra tarea de la mejor forma que pudieron. En 1793, justo igual que en 1848, aquellos que fueron elegidos por el pueblo —que en su mayor parte no eran del pueblo— no se preocuparon por nada salvo de conservar sus derechos de propiedad: no les importaban los derechos del trabajo. Todo el poder del gobierno, aparte de oponer resistencia a los enemigos exteriores, estaba centrado en mantener vuestros intereses.
Sin embargo, fuisteis heridos por este asalto a vuestro antiguo privilegio. Debido a que el pueblo, por inexperto, no sabía cómo continuar la revolución que había empezado, desde la mañana siguiente del Termidor en adelante parecisteis oponeros a ella. Esto supuso un alto en el progreso de nuestro país y el principio de nuestra expiación. El pueblo pensó vengarse votando por la autocracia de un héroe como medida para limitar vuestra insolencia. Habíais mostrado resistencia, os encaramasteis hacia el despotismo. La Gloria, la más vana de las divinidades y la más asesina, tomó el lugar de la Libertad. Durante quince días la tribuna estuvo muda, las clases altas humilladas, la Revolución bloqueada. Por fin, gracias a vosotros, la Constitución de 1814, arrancada, no otorgada, pese a lo que digan, devolvió la Libertad al mundo; no habían pasado ni quince años cuando el antiguo régimen encontró su propio Waterloo en aquellos días de julio.
En 1848, el pueblo, seguido como en el 93 por sus bayonetas, sacó al antiguo truhán de las Tullerías y proclamó la República. Obrando de esta manera, se irguió él mismo como intérprete de vuestros sentimientos, sacando la legítima conclusión de vuestra larga oposición. Pero el pueblo no estaba instruido todavía en la vida política; por segunda vez fracasaron en controlar la revolución. Como en el 93, su presunción alzó de nuevo vuestra ira.

Pero, ¿qué mal había hecho el pueblo inocente durante sus tres meses de interregno para que vosotros os mostrarais tan fervorosos reaccionarios cuando al poco tiempo se os restauró en el poder? El Gobierno provisional no había hecho sino intentar calmar vuestra vanidad, vuestra desazón. Su primera idea fue retomar el concilio de familia: su único deseo era haceros el guardián de las clases bajas. El pueblo observó y aplaudió. ¿Fue entonces, en represalia por esta tradicional hermandad, o en respuesta a la usurpación de vuestro puesto, que cuando fuisteis restablecidos en vuestra preponderancia política, decidisteis tratar a estos simples revolucionarios como a un puñado de criminales y proscritos; que disparasteis y llevasteis a galeras a aquellos imponentes y pobres trabajadores que habían sido empujados a la revuelta por el hambre, y cuyo sacrificio sirvió de base para tres o cuatro intrigas en la Comisión Ejecutiva y en la Asamblea? Caballeros, fuisteis crueles e ingratos. Más aún, la represión que llevasteis a cabo tras los sucesos de junio clama venganza. Os convertisteis en cómplices de la reacción; deberíais avergonzaros de vosotros mismos.

Y ahora, corruptos conspiradores políticos de toda calaña, el objeto de vuestro eterno odio ha reaparecido. Los clérigos han dirigido hacia vosotros sus confabulaciones; los amigos de los extranjeros os han hecho financiar su política antinacional; los parásitos de todas las tiranías que habíais derrocado hacen de vosotros sus asociados en su venganza destructora de toda libertad. En tres años, vuestros supuestos salvadores os han cubierto de ignominia excediendo la desgracia que han dejado a los obreros después de más de medio siglo de fracasos. Y estos hombres, a quienes vuestra ciega pasión ha dejado alcanzar un poder ilimitado, os desprecian y ridiculizan; os llaman enemigos del orden, indisciplinados, contagiados de liberalismo y socialismo: os consideran revolucionarios.

Aceptad, hombres de la burguesía, este bautismo como un título de vuestra gloria y como una prenda de reconciliación con el obrero. La reconciliación es la Revolución. El enemigo se ha establecido en vuestros dominios; que sus insultos sean vuestro grito de batalla. Vosotros, los primogénitos de la Revolución, que habéis visto nacer y morir tantos despotismos, desde los césares hasta los últimos de los Borbones; vosotros no podéis escapar de vuestro destino. Mi corazón me dice que por fin conseguiréis algo. El pueblo os aguarda, como hizo en el 89, 93, en 1830 y en 1848. La Revolución os extiende sus manos: salvad al pueblo, salvaos a vosotros mismos, como hicieron vuestros padres, a través de la Revolución.
¡Pobre Revolución! Todo el mundo le arroja piedras. Los que no la calumnian desconfían de ella y trabajan distraerla. Uno habla de extender el poder del presidente: nuevos discursos sobre la necesidad de fundir dos ramas del poder y de la necesidad de poner fin a la necesidad de elegir entre monarquía y democracia. Uno implora por la Constitución de 1848, otro exige la legislación directa. Podría decirse que no es más que un conspiración de los empiristas contra las ideas proclamadas en febrero.

Si esta política fuera útil para algo, si tuviese la más insignificante virtud de conservar la paz, yo guardaría silencio. No me importunaría, caballeros, en perturbar vuestra paz. Pero, admitidlo o rechazadlo cuanto gustéis, la Revolución se dirige hacia vosotros a una velocidad de millones de leguas por segundo. No es cuestión a discutir: requiere preparación para recibirla, y sobre todo, para entenderla.

Durante el paréntesis de mi largo encarcelamiento, cuando el Poder, rompiendo mi pluma de cronista, me mantuvo alejado de las polémicas del día a día, mi alma revolucionaria fue transportada al mundo de las Ideas para vivir allí sus propios viajes.

Yo, de mis peregrinaciones realizadas más allá de las preocupaciones del mundo, he traído una simiente que no podrá menos que fructificar si es plantada en terreno adecuado. Vosotros, caballeros, podréis tener el honor de ser los primeros en plantarla; su primer fruto servirá para recordaros la única cosa por la que verdaderamente vale la pena preocuparse: la Revolución.

¡Que exploradores más atrevidos que yo, animados por mi ejemplo, puedan al fin completar el descubrimiento con el cual los hombres han soñado desde hace tanto tiempo, la República Democrática y Social!

Salut et Fraternité,
P. J. Proudhon.
Conciergerie, 10 de julio de 1851.

Idea general de la revolución en el siglo XIX

En cada historia revolucionaria han de ser observadas tres cosas:

1. El anterior estado de las cosas, que la revolución busca desmontar y que se convierte en contrarrevolución por su deseo de supervivencia.

2. Las diversas partes que adoptan diferentes puntos de vista de la revolución, de acuerdo con sus prejuicios e intereses, pero que aun así toman parte en ella y la utilizan para su propio beneficio.

3. La revolución misma, que constituye la solución.

La historia parlamentaria, filosófica y teatral de la Revolución de 1848 podría aportar ya material para varios volúmenes. Me limitaré a discutir desinteresadamente ciertas cuestiones que pueden arrojar algo de luz sobre lo que conocemos actualmente. Espero que lo que diga baste para explicar el progreso de la Revolución del siglo XIX y para permitirnos conjeturar sobre su futuro.

Ésta no es una declaración de hechos; es un programa especulativo, una imagen intelectual de la Revolución.

Llenadlo con datos sobre el lugar y la hora, fechas, nombres, manifiestos, episodios, arengas, miedos, batallas, proclamaciones, manipulaciones, maniobras parlamentarias, asesinatos, duelos, etc., etc., y tendréis una Revolución de carne y hueso, como la descrita en las páginas de Buchez y Michelet.

Por primera vez, el público será capaz de juzgar el espíritu y la forma de una revolución antes de haberla conseguido; quién sabe si nuestros padres no hubieran evitado el desastre si hubieran sido capaces de leer de antemano su destino en un informe general y abstracto sobre los peligros, los grupos y los hombres.

Con este motivo dirigiré mi empeño por aducir los hechos como pruebas lo más lejos posible. Y entre los hechos, elegiré siempre los más simples y los más conocidos: éste es el único método por el que la Revolución, de aquí en adelante una visión profética, podrá por fin convertirse en una realidad.

Primer estudio
La Reacción causa la Revolución

La fuerza revolucionaria

Hoy en día se cree, tanto entre los hombres de altas miras como entre los conservadores, que una revolución, si es atacada con audacia en su principio, puede ser detenida, reprimida, reconducida o pervertida; también creen que para esto sólo hacen falta dos elementos, la sagacidad y el poder. Uno de los escritores más considerados de nuestros días, M. Droz, de la Academia Francesa, ha escrito una crónica de los años del reinado de Luis XVI, durante el cual, según él, la Revolución podría haber sido prevenida y detenida.

Entre los revolucionarios del presente, uno de los más inteligentes, Blanqui, está igualmente convencido de que el Poder, si le es dado la suficiente fuerza y destreza, es capaz de llevar a la gente donde desee, destruir sus derechos y aniquilar el espíritu revolucionario. Toda la idea política del Tribuno de Belle-Isle —ruego a sus amigos que tomen este apodo como una muestra de aprecio hacia él—, al igual que la del Académico [4], viene del miedo que tiene a ver la Reacción triunfante, un temor que no vacilo en calificar de ridículo. La Reacción, el germen del despotismo, está en todos los corazones: se manifiesta a la vez en los dos extremos del horizonte político, y no es el menor de nuestros problemas.
¡Detener una revolución! ¿No es eso una amenaza contra Dios, un desafío al destino inflexible? ¿No es, en una palabra, el mayor absurdo imaginable? ¡Eviten entonces que caigan los objetos al suelo, que las llamas quemen y que el sol brille!

Quiero mostrar, con lo que pasa delante de nuestros ojos, que al igual que el instinto conservador es inherente a toda institución social, la necesidad de una revolución es igualmente irresistible; que todo partido político puede turnarse a ser entre reaccionario y revolucionario; que estos dos términos, reacción y revolución, vinculados el uno al otro por sus significados contrapuestos y correlativos, son esenciales para la Humanidad, a pesar de los conflictos entre ellos. Por tanto, para evitar las piedras del que amenazan a la sociedad a izquierda y derecha del camino, la única senda posible es que la reacción se intercambie continuamente los papeles con la revolución, que es justo lo contrario de lo que los legisladores actuales presumen de haber hecho. Y, para más inri —y si se me permite la expresión—, tratar de embotellar la fuerza revolucionaria mediante la represión, es condenarse uno mismo a atravesar de un solo salto la distancia que la prudencia aconseja cruzar gradualmente y a progresar dando saltos en vez de andar continuamente.

¿Quién desconoce que los más grandes soberanos se han hecho ilustres al convertirse en revolucionarios dentro de los límites de las circunstancias en que vivieron? Alejandro de Macedonia, que unificó Grecia; Julio César, que fundó el Imperio Romano sobre los cimientos de la hipócrita y frívola República; Clovis, cuya conversión marcó el establecimiento del cristianismo en la Galia, y hasta cierto punto causó la fusión de las hordas de los francos en el suelo galo; Carlomagno, que comenzó a centralizar los alodios y marcó el inicio del feudalismo; al igual que el rey Luis el Gordo, querido entre el Tercer Estado por los grandes favores que concedió a las ciudades; San Luis, que organizó las corporaciones de artes y oficios; Luis XI y Richelieu, que completaron la derrota de los barones; todos ellos, en diferente medida, realizaron actos revolucionarios. Incluso la deplorable masacre del día de San Bartolomé fue dirigida directamente contra los señores más que contra los reformistas, siguiendo la opinión del pueblo, con lo que se estuvo de acuerdo con Catalina de Medicis. No fue hasta 1614, en la última reunión de los Estados Generales, que la monarquía francesa pareció renegar de su función de liderazgo y traicionar su tradición: el 21 de enero de 1793 fue castigada por su crimen.

Sería muy fácil buscar otros ejemplos: cualquiera con un mínimo conocimiento de historia podrá dar más nombres.

Una revolución es una fuerza contra la cual ningún poder divino o humano puede imponerse: su naturaleza es la de reforzarse y crecer con la resistencia que encuentre. Una revolución puede ser encauzada, apaciguada, demorada: yo simplemente digo que la mejor idea consiste en entregarse a ella, poco a poco, de modo que la evolución de la Humanidad pueda lograrse de forma callada y sin traumas, y no a base de grandes sacudidas. Una revolución no puede ser aplastada ni engañada ni corrompida: no puede ser conquistada. Cuanto más se le reprima mayor es la fuerza de su retorno y más irresistible su acción. Es precisamente el mismo caso que cuando una idea triunfa, independientemente de que sea perseguida, hostigada y apaleada durante su nacimiento, o si crece y se desarrolla sin obstáculos. Como la Némesis griega, que no se conmovía ante ruegos o amenazas, la revolución avanza con paso sombrío y rotundo, sobre las flores que le lancen sus aliados, la sangre que derramen sus defensores o los cadáveres que dejen sus enemigos.

Una vez terminaron las conspiraciones en 1822, algunos pensaron que la Restauración había derrotado a la Revolución. Fue entonces, bajo el gobierno de Villèle y durante su expedición a España, que éste fue insultado. ¡Pobres necios! La revolución había muerto: os estaba esperando en 1830.

Cuando las sociedades secretas fueron disueltas en 1839, tras los ataques de Blanqui y Barbès, la nueva dinastía pensó que era inmortal: el progreso parecía estar a sus órdenes. Los años posteriores fueron los más florecientes del reino. No obstante, fue en 1839 cuando empezó a haber descontento entre los hombres de negocios de la coalición y entre la gente que protagonizó el levantamiento del 12 de mayo, que llevó a los sucesos de febrero. Quizá con mayor prudencia o audacia la existencia de la monarquía, que se había convertido en algo totalmente reaccionario, podría haber prolongado su agonía unos años más: la debacle, aun habiendo sido retrasada, hubiera sido todavía más violenta.

Tras febrero vimos a todos los partidos antiguos —diría incluso facciones— que se habían opuesto a la revolución en el pasado, tratar de sofocar una nueva revolución que no llegaban siquiera a entender: los jacobinos, los girondinos, los bonapartistas, los orleanistas, los legitimistas, los jesuitas… Llegados a cierto punto, su alianza fue total; no me atrevería a decir que el partido republicano salió bien parado de esa situación. Dejemos que la oposición siga y persista: su derrota será absoluta. Cuanto más se demora el inevitable cambio, más alto será el precio a pagar por la demora: esto es una lección tan fundamental en las revoluciones como un axioma en geometría. La revolución nunca abandona una causa por la simple razón de que nunca está equivocada.

Toda revolución se declara primero como una manifestación de la gente, una acusación contra una situación triunfante, que siempre perjudica a los pobres en primer lugar. Va contra la naturaleza de las masas rebelarse, salvo cuando se les daña física o moralmente. ¿Acaso esto es algo que haya que reprimir, perseguir y atacar? ¡Qué disparate! Un gobierno cuya política consiste en ignorar los deseos de las masas y reprimir sus protestas se condena a sí mismo: es como un criminal que combate sus remordimientos ejecutando nuevas fechorías. Con cada acto criminal, su conciencia le remuerde con más saña, hasta que al final su razón le abandona y se entrega al verdugo.

Sólo hay una forma, que ya he mencionado, de protegerse frente a los peligros de una revolución: es reconocerla. La gente sufre y está descontenta con lo que tiene. Son como un enfermo quejoso o un niño llorando en la cuna. Id con ellos, escuchad sus problemas, estudiad sus causas y consecuencias, engrandecedlos en vez de subestimarlos, y ocupaos sin descanso de aliviar su sufrimiento. Entonces la revolución tendrá lugar sin generar tumultos, como un desarrollo natural del antiguo orden de cosas. Nadie la notará ni sospechará de ella. El pueblo, agradecido, os llamará su benefactor, su representante, su líder. Por ello en 1789 la Asamblea Nacional y el pueblo aclamaron a Luis XVI como el Restaurador de las Libertades Públicas. En aquel momento, Luis XVI, más poderoso que su abuelo Luis XV, podía haber consolidado su dinastía durante siglos: la revolución se le ofrecía como un instrumento de gobierno. ¡El muy imbécil no vio más que una afrenta a sus derechos! Esta increíble ceguera le acompañó hasta el patíbulo.

Por tanto, debe de ser que una revolución pacífica es demasiado ideal para nuestra naturaleza belicosa. Rara vez siguen las cosas los designios naturales y menos violentos: hay muchos pretextos para tomar las armas. Así como la revolución empieza en la violencia de las necesidades, la reacción encuentra su propio principio en la autoridad de la costumbre.

El statu quo siempre busca dar recetas contra la pobreza: es por esto que la reacción tiene la misma mayoría al principio que la revolución al final. En esta marcha en direcciones opuestas, en la que el provecho de una se vuelve continuamente la derrota de la otra, ¡cómo no temer los choques que acabarán sucediendo!

El éxito pacífico de una revolución se enfrenta a dos factores: los intereses establecidos y el orgullo del gobierno.

Por una fatalidad que se explicará posteriormente, estas dos causas siempre actúan de forma conjunta: por tanto, el conflicto se hace inevitable cuando tenemos por un lado las riquezas y el poder, bendecidos por la tradición, y de otro la pobreza, la desorganización y el desconocimiento. La parte aventajada no quiere hacer ninguna concesión, y la descontenta no puede someterse durante más tiempo.

Es curioso entonces observar las fluctuaciones de la lucha, en la que la desventaja parece estar al principio en el lado del movimiento progresista y la ventaja del lado de los resistentes al cambio. Los que sólo ven las cosas de forma superficial, incapaces de comprender un resultado que, según ellos, ninguna inteligencia podría haber anticipado, no dudan en achacar las causas de su descontento a la mala suerte, al crimen de uno y la torpeza de otro, a los caprichos de la fortuna y a las pasiones humanas. Las revoluciones, que para los contemporáneos inteligentes son monstruos, son tratadas por los historiadores que luego las narran como juicios divinos. ¿Qué no se ha dicho sobre la Revolución de 1789? Todavía tenemos dudas sobre aquella revolución, que se asentó en ocho constituciones sucesivas, remodeló la sociedad francesa de abajo arriba y destruyó hasta el recuerdo del antiguo feudalismo. No hemos trazado aún el rumbo sobre su necesidad histórica, y no tenemos un entendimiento claro sobre sus maravillosas victorias. La reacción actual se organizó en buena parte por el odio a los principios y tendencias de la Revolución. Incluso entre aquellos que defienden lo que se logró en 1789, muchos condenan a quienes desean repetirlo. ¡Ya escaparon de milagro a la primera revolución como para arriesgar una segunda! Todos están de acuerdo con la reacción, tan seguros de haber ganado como lo están de su derecho, y multiplicando los peligros que les rodean con las mismas medidas que toman para escapar de ella.

¿Qué explicación, qué demostración puede alejarles de su error si la experiencia que acumulan no les convence lo suficiente?

Demostraré en las diferentes partes de esta obra, y lo haré de la forma más rotunda, que la revolución ha sido llevada a cabo sólo por los conservadores rojos, tricolores y blancos que le dieron la bienvenida: y cuando digo llevada a cabo, me refiero tanto a la explicación de la idea revolucionaria como a la propagación de sus hechos. No nos equivoquemos: si la revolución no existiera, la reacción la habría inventado. La Idea, vagamente concebida bajo circunstancias de penuria, y luego formada y reformulada mediante la contradicción, se asienta ya como un derecho. Dado que los derechos están unidos inextricablemente de modo que no se puede negar uno sin sacrificar el resto, el resultado es que un gobierno reaccionario se ve arrastrado por el mismo fantasma que persigue con un sinfín de actas arbitrarias, y que, al proponerse salvar a la sociedad de la revolución, acaba por convencer a todos sus miembros de que ésta es necesaria.

De este modo, la antigua monarquía, al destituir a Necker y a Turgot, al oponerse a todas las reformas, al defraudar al Tercer Estado, a los parlamentarios, al clero y la nobleza, creó la Revolución. Con esto quiero decir que la llevó al mundo de los hechos, y desde entonces no ha dejado de crecer en alcance y perfección, y de expandir sus conquistas.

Progresión de la Reacción y de la Revolución desde febrero

En 1848, las clases bajas, tomando parte de forma inesperada en las luchas entre la clase media y la Corona, hizo que su grito de ayuda fuera por fin escuchado. ¿Cuál fue la causa de su angustia? La falta de trabajo. La gente exigía trabajo, y su protesta no iba más lejos de aquello. Abrazaron la causa republicana con ardor, siguiendo a quienes proclamaron la república en su nombre con la promesa de darles aquello que ansiaban. Careciendo de mejores opciones, la gente aceptó un boceto de República. Eso fue suficiente para hacerla tomar al pueblo bajo su protección. ¿Quién hubiera pensado que al día siguiente, aquellos mismos que habían firmado tal acuerdo, no pensaron sino en quemarlo? Trabajo, y mediante el trabajo, el pan; ésta era la petición de la clase trabajadora en 1848; ésta era la sólida base con la que levantaron la República: ésta es la Revolución.

Una cosa fue la proclamación de la República el 25 de febrero de 1848 por la acción de una minoría más o menos inteligente, más o menos usurpadora; y otra diferente fue la cuestión del trabajo, que dio a esta república un objetivo, y únicamente éste le dio algo de valor real a ojos de las masas. No, la República de febrero no fue la revolución; fue una promesa de revolución. No es el deber de aquellos que gobiernan esta República, desde los más a los menos importantes, comprobar que esta promesa no se haya roto: corresponde al pueblo, en las siguientes elecciones, determinar en qué condiciones la aceptarán el día de mañana.

En un primer momento, esta demanda de trabajo no pareció exorbitante a ojos del nuevo funcionariado —quienes, por cierto, hasta ahora no se habían interesado lo más mínimo por la economía política—. Muy al contrario, fue un tema por el que se felicitaron mutuamente. ¡Qué pueblo era éste, en el día de su triunfo, que no pidió ni pan ni entretenimiento, como demandó la antigua gente de Roma (panem et circenses), sino que pidió trabajo! ¡Qué garantía entre las clases trabajadoras de moralidad, de disciplina, de docilidad! ¡Qué promesa de seguridad para un gobierno! Con la mayor confianza y, debemos admitirlo, con las intenciones más loables, ¡el Gobierno provisional proclamó el derecho al trabajo! Sus promesas, sin duda, portaban el testimonio de su ignorancia, pero permanecía su buena intención. ¡Y qué cosas no se podrán hacer con el pueblo francés con sólo manifestarle buenas intenciones! No había entonces un solo patrón que no le hubiera dado trabajo a todo el mundo, si el poder de hacerlo hubiera estado en su mano. ¡El derecho al trabajo! El Gobierno provisional reclamará para la posteridad la gloria de esta profética promesa, que confirmó la caída de la monarquía, sancionó la República e hizo la Revolución posible.

Pero hacer promesas no lo es todo: han de ser cumplidas.

Mirándolo más detenidamente, es fácil ver que el derecho al trabajo fue un asunto más problemático de lo que en un principio parecía. Después de mucho debatir, el Gobierno, que gastaba 1.500 millones anualmente para preservar el orden, fue forzado a admitir que no le quedaba ni un céntimo para destinar a ayudar a los obreros; que, para darles un empleo, y por lo tanto para pagarles, habría sido necesario imponer impuestos adicionales, generando un círculo vicioso, porque estos impuestos habrían de ser pagados por los mismos a los que estaba destinado a ayudar. Además, no era asunto del Estado competir con la industria privada, para la que ya escaseaba el consumo y se demandaba una solución; y aún más, que el Estado tomara parte en la producción sólo podía acabar agravando la condición de los obreros. En consecuencia, por estas razones, y por otras no menos importantes, el Gobierno hizo que se entendiera que nada se podía hacer, que era necesario claudicar, mantener el orden, tener paciencia y confiar.

Debo admitir que el Gobierno hasta cierto punto tenía razón. Para asegurar a todos el trabajo, y por consiguiente, el intercambio, resulta necesario alterar el curso de la economía de la sociedad; un asunto muy serio, que se sitúa fuera del alcance de un Gobierno provisional, y sobre el cual tuvo el deber de consultar al País de forma preliminar. Por lo que respecta a los planes que a partir de entonces se fueron proponiendo, y a las conferencias semioficiales con las que seducían a los trabajadores parados, no se merecen el honor ni del recuerdo, ni de la crítica; tantas eran las excusas del conservadurismo que se mostraron en tan poco tiempo, incluso en el seno del partido republicano.

Pero el error de los hombres en el poder, que exasperaba a la clase trabajadora y convirtió una simple cuestión laboral, en menos de diez años, en una revolución definida, se produjo cuando el Gobierno, en vez de recurrir a las investigaciones de los publicistas, como hizo Luis XVI; en vez de apelar a los ciudadanos y preguntarles por sus opiniones sobre la gran cuestión del trabajo y la pobreza, se encerró durante cuatro meses en un hostil silencio. Cuando se le observó dudar sobre si dispensar los derechos naturales del hombre y del ciudadano, desconfiar de la libertad, incluso de la libertad de prensa y de asamblea, rechazar las peticiones de los patriotas relativas a las fianzas y al timbre fiscal; cuando se le vio espiar a los clubes, en vez de organizarlos y dirigirlos; crear para alguna emergencia, de la guardia voluntaria, un cuerpo de pretorianos; intrigar con el clero; retirar las tropas de París porque podían confraternizar con el pueblo; alzar el odio contra el Socialismo, nuevo nombre de la Revolución, fue entonces, bien por temeridad o por incapacidad, o por mala suerte, o por una conspiración o traición, o por todas estas razones juntas, que abocaron a las turbas de pobres sobre París y Ruan a la lucha desesperada. Al final, tras la victoria, al Gobierno no le quedaba más que una idea: apaciguar el grito de los obreros, las protestas de febrero, por cualquier medio necesario, legal o ilegal.

Basta echar un vistazo a las series de decretos del Gobierno provisional y al Comité ejecutivo para convencerse de que, durante este periodo de cuatro meses, la represión fue planeada, preparada, organizada, y la revuelta provocada, directa o indirectamente, por el Poder.

Esta política reaccionaria, nunca lo olvidemos, fue concebida en el seno del partido republicano por hombres asustados de la memoria de Hérbert, Jacques Roux y Marat, que creyeron estar ayudando a la Revolución combatiendo hasta el límite todos los tumultos. Fue el fervor del gobierno lo que dividió a los miembros del Gobierno provisional en dos facciones opuestas, una deseando el conflicto abierto contra la Revolución, con la esperanza de poder reunir el suficiente prestigio como para gobernar ellos solos; y la otra prefiriendo realizar una exhi­bición de fuerza superior al jugar con la distracción de la política y la guerra exterior, con la esperanza de restaurar la paz al darle a los agitadores nuevos problemas por los que preocuparse y a los que temer. ¿Es que podría ser de otra manera? No, porque cada facción dentro de cada grupo de opinión consideraba sus ideas como el verdadero emblema de la República, dedicándose patrióticamente a la destrucción de sus rivales, a quienes consideraban demasiado moderados o demasiado extremistas. La Revolución no pudo dejar de verse cogida entre estos dos rodillos: era entonces demasiado pequeña como para ser percibida por sus formidables paladines.

Recuerdo estos incidentes, no por el absurdo placer de estigmatizar a los hombres —que más que ser culpables estuvieron mal informados, a quienes el curso de las cosas, me parece a mí, instauró de nuevo en el poder—, sino más bien para recordarles que, al igual que la Revolución los derrotó ya una vez, los derrocará de nuevo si persisten en seguir con la desconfianza y la velada difamación que hasta ahora han adoptado hacia ella.

Así, por el prejuicio gubernamental y la tradición propietaria, cuya íntima unión constituye toda la teoría política y económica de los antiguos liberales, el Gobierno —no hago ninguna alusión a los individuos: entiendo por esta palabra la reunión de los poderes antes y después de las jornadas de junio—, mediante su odio a ciertos utopistas más ruidosos que peligrosos, creyó que tenía el derecho de ser el recipiente de la cuestión más vital de las sociedades modernas, pese a que la justicia y la prudencia requerían apelar al país para preguntarle por las demandas de las clases trabajadoras. Ése fue su error; que la lección les aproveche.

Desde ese momento, se reconoció que la República, tanto la de ayer como la del 93, nunca podía ser, durante el siglo diecinueve, la misma cosa que la Revolución. Y si el Socialismo —tan calumniado en aquel tiempo por las mismas personas que, desde entonces, reconociendo su error, se han ido acercando para pedir su alianza—, hubiera propiciado esta pelea; si, en el nombre de los obreros decepcionados, de la Revolución traicionada, se hubiera pronunciado en contra de la República, jacobina o girondina, que nos da lo mismo, esta República hubiera sido derrocada en las elecciones del 10 de diciembre: la Constitución de 1848 no hubiera sido más que una transición hacia el imperio. El socialismo tenía más altas miras; con un consenso unánime, sacrificó la reclamación de una reparación por sus propios agravios, y prestó su voz a la causa republicana. Así, por el momento sólo aumentó su peligrosidad, más que reforzarse a sí misma. Lo que sigue mostrará si sus tácticas fueron sensatas.

Así fue la batalla librada entre todos los intereses de los poderosos, hábil e inexorable, que se aprovechó de las tradiciones del 89 y del 93, y de una revolución que todavía se encontraba en su cuna, dividida contra sí misma, sin precedente histórico, sin poder confiar en ninguna fórmula antigua, movida por una idea que todavía no se hallaba definida.

De hecho, lo que situaba al Socialismo en el colmo de su peligro era que no pudo manifestarse como lo que era, que no podía articular ningún enunciado, que no podía explicar sus agravios ni defender sus conclusiones. Qué es el Socialismo, nos preguntábamos. Y veinte definiciones diferentes competían en mostrar el vacío de su causa. Hecho, derecho, tradición, sentido común, todo se unía en contra suya. Además, existía este argumento, irresistible para un pueblo enseñado a adorar a los antiguos revolucionarios —un culto que todavía permanece entre ellos—, sobre que el Socialismo de ahora no es el del 89 ni el del 93, que no es el del gran periodo de la revolución, que Mirabeau y Danton lo hubieran despreciado, que Robespierre lo habría guillotinado después de haberlo anatemizado, que es la depravación del espíritu revolucionario, que la política de nuestros ancestros se ha descarriado. Si en ese momento el Poder hubiera encontrado un solo hombre que hubiera podido entender la Revolución, hubiese podido moderar su ímpetu a placer, utilizando el escaso favor que hallaba. La Revolución, si hubiera sido bienvenida por las cases gobernantes, se habría desarrollado en un siglo, en vez de precipitarse explosivamente.

Las cosas no pasaron de este modo. Las ideas se definieron por sus contrarias: la Revolución será definida por la reacción. Carecemos de fórmulas: el Gobierno provisional, el Comité ejecutivo, la dictadura de Cavaignac, la presidencia de Luis Bonaparte, han pretendido proveérnoslas. La estupidez de los gobernantes crea la sabiduría de los revolucionarios: sin esta legión de reaccionarios que ha marchado sobre nuestros cuerpos, no podríamos decir, mis amigos socialistas, quiénes somos ni adónde vamos.

De nuevo declaro que no cargo contra las intenciones de nadie. Prefiero creer todavía en la bondad de las intenciones humanas; sin ellas, ¿qué sería de la inocencia del hombre de Estado? Y lo que es más, sin esa presunción no habríamos abolido la pena de muerte para los casos políticos. Pronto la reacción fracasará: no tendría justificación moral, ni razón alguna; no significaría nada para nuestra educación revolucionaria si nuestros representantes, manteniendo todo tipo de opiniones, no formaran una cadena continua, extendiéndose desde el pico de la Montaña hasta la parte de los Legitimistas.

Es la naturaleza de la Revolución del siglo diecinueve alejarse, día tras día, de los excesos de sus adversarios y de los errores de sus defensores, así que nadie puede jactarse de haber sido perfectamente ortodoxo en cada momento de la lucha. Todos nosotros fracasamos en 1848, y eso es precisamente por lo que hemos hecho tantos progresos desde 1848.

Apenas se había secado la sangre de los eventos de junio, cuando la revolución, rebasando las calles, comenzó de nuevo a resonar por los periódicos y entre las reuniones públicas, mucho más explícitamente, más acusadoramente que nunca. No habían pasado ni tres meses cuando el Gobierno, sorprendido por esta persistencia indomable, pidió nuevas armas a Asamblea Constituyente. La revuelta de junio no fue frenada, sino que se reafirmó: sin una ley contra la libertad de prensa y contra las reuniones públicas, no pudo encargarse de mantener el orden y preservar la sociedad.

Es la esencia de la reacción el mostrar sus tendencias malignas frente a la presión de la revolución. Los ministros de Cavaignac dijeron, alto y claro, lo que cierto miembro del Gobierno provisional, reinstaurado ahora en el favor del pueblo, había pensado en sus confidencias secretas.

Pero también es natural para los partidos derrotados incorporarse a la oposición; por lo tanto, el socialismo podría contar con que al menos algunos de sus antiguos adversarios harán alguna vez causa común con él. Y esto fue, efectivamente, lo que ocurrió.

Los mecánicos, junto con un buen número de comerciantes, continuaron exigiendo trabajo. Los negocios no pasaban por un buen momento; los campesinos se quejaban de los altos arrendamientos y de los bajos precios del producto agrícola; aquellos que habían combatido la insurrección y se habían pronunciado contra el Socialismo, pidieron como recompensa subsidios para el momento y garantías para el futuro. El Gobierno no pudo ver en todo esto sino la difusión de una epidemia, el resultado de unas circunstancias desafortunadas, una especie de cólera intelectual y moral que había de ser tratada con sangrías y sedativos.

En esto, el Gobierno se encontró embarazado por sus mismas instituciones. La ley ya no bastaba para su protección y tuvo que aplicar la ley marcial. El Socialismo, por el contrario, se declaró republicano y se quedó del lado de la ley de la forma más inquietante posible, como dentro de una fortaleza. Así ocurrió que, a cada esfuerzo de la reacción, la ley se encontraba siempre del lado de los revolucionarios y contra los conservadores. Nunca hubo tanta mala suerte. El dicho de un ministro de la antigua monarquía, «¡La legalidad es nuestra ruina!», se hizo realidad de nuevo bajo el gobierno republicano. ¡O se acaba con la legalidad, o avanza la revolución!

Fueron impuestas leyes represivas, y varias veces se hicieron más rigurosas. Conforme escribo, la libertad de asamblea ha sido abolida; la prensa revolucionaria ya no existe. ¿Qué resultados ha reunido el Gobierno de aplicar este medicamento antiinflamatorio?

En primer lugar, la petición por la libertad de prensa se ha unido a la afirmación del derecho al trabajo. La revolución ha añadido a sus filas a los antiguos amigos de las libertades públicas, que rechazaban creer que amordazar a la prensa era en realidad el remedio para el contagio de las ideas. Después, conforme la prensa fue siendo suspendida, comenzó la propaganda del boca a boca, o sea, que se puso en marcha el más poderoso método revolucionario contra la violencia de la reacción. En dos años, la Revolución anduvo más camino por entre las charlas íntimas de un pueblo entero, que el que podría haber andado en un siglo de publicación de ensayos diarios. Mientras la reacción desataba su venganza sobre la imprenta, la revolución ganaba en la palabra hablada: ¡el hombre enfermo que debía ser curado de sus fiebres, se retuerce ahora en convulsiones!

¿No son estos los hechos? ¿No somos de ellos testigos diarios? Al atacar la reacción, una tras otra, todas las formas de la libertad, ¿no ha reafirmado, la misma cantidad de veces, la revolución? ¿Y no es la historia contemporánea sino este romance que parezco estar escribiendo, en el que lo absurdo supera con creces las historias de Perrault? La Revolución nunca prosperaría tanto como cuando el más eminente de los hombres de Estado conspirara contra ella e hiciera a sus órganos retirarse del escenario. Es más, todo lo que deba llevarse a cabo contra la Revolución, la reforzará: citemos sólo los hechos principales.

En unos cuantos meses, la enfermedad revolucionaria había infectado a dos tercios de Europa. Sus centros principales eran Roma y Venecia en Italia, y Hungría más allá del Rin. El Gobierno de la República Francesa, para reprimir la Revolución en nuestro país con más certeza, no dudó en hacer una conquista en el extranjero. La Restauración hizo a los españoles levantar la guerra contra los liberales; la Reacción de 1849 emprendió la expedición a Roma contra la Socialdemocracia (empleo esta palabra para indicar el progreso que la Revolución había conseguido en un año). Ciertos descendientes de Voltaire, herederos de los jacobinos —¿acaso podría esperarse algo distinto de los acólitos de Robespierre?— habían concebido la idea de prestar ayuda al Papa, y así unir la República y el catolicismo: los jesuitas se encargaron de llevarlo a cabo. Una vez batida Roma, la Socialdemocracia intentó protestar en París: fue dispersada sin resistencia.

¿Qué ganó con esto la Reacción? Al odio de los reyes y del corazón del pueblo, se le unió el de los sacerdotes, y la guerra contra la autoridad gubernamental se complicó por toda Europa con la guerra contra la autoridad religiosa. En 1848, los doctores dijeron que la única cuestión era la de la exaltación política: muy pronto, por la futilidad de los remedios, se convirtió en una cuestión económica; ahora a la cuestión se le toma por religiosa. ¿No es inútil la medicina? ¿Qué otra ciencia podríamos utilizar?

Evidentemente, era un caso del que cualquier político con un mínimo de sentido común se habría retirado pronto: fue en este preciso instante que decidieron impulsar la reacción hasta sus topes. No, dijeron, una nación no tiene el derecho de envenenarse a sí misma, de asesinarse. El Gobierno es el encargado de velar por su alma: sus deberes son los del guardián y del padre. La seguridad del pueblo es su más alta ley, ¡haced lo que debéis, pase lo que pase!

Se resolvió que el País había de ser purgado, sangrado, cauterizado hasta el límite. Se organizó un vasto sistema sanitario y se siguió con tal devoción que habría honrado a los mismísimos apóstoles. Hipócrates, salvando a Atenas de la plaga, no pareció él mismo más magnánimo. La Constitución, el electorado, la Guardia Nacional, los ayuntamientos, la Universidad, el ejército, la policía, los tribunales, todos pasaron por las llamas. El mundo de los negocios, ese sempiterno amigo del orden, fue acusado de presentar inclinaciones liberales, y se le arrojaron las mismas sospechas que a la clase obrera. El Gobierno llegó hasta el punto de decir, por boca de M. Rouher, que él mismo se consideraba enfermo, que sus orígenes eran una mácula, que llevaba en su seno el veneno revolucionario: ¡Ecce in iniquitatibus conceptus sum! [5]

No se podía confiar en la Instrucción, basada únicamente en la razón y elegida su examinación por profesores laicos. El Gobierno pensó indispensable someter la autoridad del profesorado a la Fe. Se anunció al mundo que la instrucción, como la prensa, ya no era libre, y que los profesores de primera enseñanza estaban ahora sujetos a los sacerdotes y a los hermanos laicos, dejando los colegios en manos de los Congregacionistas, la enseñanza pública a cargo del clero, y emprendiendo sorprendentes despidos a los profesores que denunciaban a los obispos. ¿Qué ganó el Gobierno con todo esto? Nadie tan tímido, por lo general, como los hombres entregados a la educación de la juventud; y el Gobierno, con sus molestias jesuíticas, los abocó de lleno a la Revolución.

Entonces llegó el turno del ejército.

Procediendo del pueblo, habiendo sido reclutado cada año de entre ellos, estando además en contacto continuo con él, nada hubiera sido más seguro que su obediencia al pueblo de cara a un levantamiento popular y una violación de la Constitución. Le fue prescrita una dieta intelectual junto a un completo aislamiento, a la prohibición de pensar y de conversar o leer sobre temas políticos o sociales. Bastaba notar el más mínimo síntoma de contagio en un regimiento, para que fuera inmediatamente purgado, retirado de la capital y de los centros populosos, y enviado, como acción disciplinaria, a África. Es difícil descubrir lo que pensaba el soldado, pero es de lo más cierto que el trato al que era sometido durante dos años le probaba, de la forma más unívoca, que el Gobierno no deseaba ni la República, ni la Constitución, ni la libertad, ni el derecho al trabajo, ni el sufragio universal; que el plan de los ministros era restablecer el antiguo régimen en Francia, de la misma forma que restableció el gobierno de los curas en Roma, ¡y para todo ello quería su colaboración! ¿Terminará el desconfiado soldado por creerse todo esto? Eso piensa el Gobierno; ¡ésa es la cuestión!

Fue a la Guardia Nacional a la que el partido del orden debió su primer éxito en abril, mayo y junio de 1848. Pero la Guardia Nacional, pese a que reprimió la sublevación, no tenía en mente ayudar a la contrarrevolución. Lo dijo hasta el hartazgo. De todas las tareas de las que se ocupa el Gobierno, la que más ocupa su atención es la disolución de la Guardia Nacional o, al menos, su desarme; pero no de una misma vez, cosa imposible, sino gradualmente. Contra una Guardia Nacional armada, organizada, lista para la batalla, el saber reaccionario no conoce ninguna protección. El Gobierno no podrá considerarse a salvo siempre que quede un solo ciudadano soldado. ¡Guardias Nacionales! ¡No podéis ser excluidos de la libertad y del progreso: avanzad hacia la Revolución!

Como todos los monomaníacos, el Gobierno es perfectamente lógico en sus ideas. Las sigue con maravillosa puntualidad y perseverancia. Entiende muy bien que la cura de la nación, y de Europa, de quien se ha constituido él mismo médico, podría no llegar al punto en el que fuera posible eliminar las elecciones populares, y en que el desafortunado paciente, volviéndose loco por su medicación, podría romper sus ataduras, reducir a los guardias, y en una hora de locura destruir los resultados de tres años de tratamiento. Siendo ya una imponente mayoría, votando sobre la cuestión electoral, en mayo y abril de 1850 se había elegido la revolución: monarquía o república, o sea, revolución o statu quo. ¿Cómo protegerse de semejante peligro y salvar al pueblo de su propia ira?

Ahora es necesario, dicen los sabelotodo, proceder indirectamente. Separemos al pueblo en dos categorías, una que comprenda a los ciudadanos a quienes, por su posición, se les presuma ser más revolucionarios: serán excluidos del sufragio universal; los otros, todos aquellos que, por su situación, estén más inclinados a preferir mantener las cosas como están: esos formarán el cuerpo electoral. ¿Y qué si con esta exclusión hemos eliminado a tres millones de individuos de las listas electorales, mientras los siete millones restantes acepten su privilegio? Con siete millones de votantes, más el ejército, nos impondremos con seguridad a la revolución; ¡y la religión, y la autoridad, y la familia, y la propiedad serán salvadas!

Se dice que veintisiete hombres notables en política y ciencia moral estuvieron presentes en esta consulta a hombres de consumada habilidad en matar revoluciones y revolucionarios. La ordenanza resultado de ella fue presentada a la Asamblea Legislativa y confirmada el 31 de mayo.

Desafortunadamente, era imposible elaborar una ley de privilegio que además fuera una lista de sospechosos. La ley del 31 de mayo, cortando casi por igual a la izquierda los Socialistas, y a la derecha los Conservadores, sólo sirvió para agitar más la revolución, haciendo odiosa la reacción. Entre los siete millones de votantes que se mantuvieron, probablemente unos cuatro millones defendían a la democracia. Añadid a estos los tres millones de descontentos que fueron dejados fuera, y tendréis la fuerza relativa de la revolución y de la contrarrevolución, al menos en lo que respecta al privilegio electoral. Además, ¡ved la inutilidad de todo esto! Fueron los mismos votantes del partido del orden los primeros en denunciar la ley del 31 de mayo, en cuyo favor fue promulgada: le culpan de todos sus males presentes y de los mayores males que llegarán en el futuro; están demandando a gritos su derogación en los periódicos. Y la mejor razón para pensar que esta ley no será nunca puesta en ejecución, es que es perfectamente inútil, siendo más del interés del Gobierno el retractarse de su apoyo que el defenderla. ¿No son éstas ya suficientes torpezas y escándalos?

La reacción ha hecho crecer a la revolución en un hervidero durante los últimos tres años. Con su política, primero ambigua, después titubeante, y finalmente abiertamente absolutista y terrorista, ha creado un innumerable partido revolucionario donde antes no podía pensarse ningún hombre. ¡Y, cielos! ¿Por qué usar toda esta arbitrariedad? ¿Para qué toda esta violencia? ¿Contra quién dirigieron la denuncia? ¿Qué monstruo adverso a la civilización y la sociedad buscaban combatir? ¿Sabía alguien si la Revolución de 1848 era buena o mala, esta revolución que nunca se había definido a sí misma? ¿Quién la había estudiado? ¿Quién, con la mano en su corazón, podría denunciarla? ¡Lamentable alucinación! Bajo el Gobierno provisional y el Comité ejecutivo, el partido revolucionario no existía salvo en la imaginación; la idea de un partido revolucionario, con sus fórmulas místicas, había de ser descubierta todavía. Con su declaración contra este fantasma, la reacción ha convertido al fantasma en un ser viviente, un gigante que con un solo gesto podría destrozarla. Eso es lo que apenas podía concebir antes de junio, lo que desde entonces no he podido entender sino gradualmente y, bajo el fuego de la artillería reaccionaria, me atrevo ahora a afirmar con certeza: ¡la Revolución ha tomado forma, se entiende a sí misma, está completa!

Impotencia de la Reacción: triunfo de la Revolución

Y ahora, reaccionarios, sólo os quedan los medios heroicos. Llevasteis la violencia hasta el punto de ser odiados, el despotismo hasta perder vuestra credibilidad, el abuso de vuestro poder legislativo hasta el extremo de la deslealtad. Habéis despreciado con prodigalidad y desvergüenza; habéis buscado la sangre y la guerra civil. Todo esto ha producido sobre la Revolución el mismo efecto que una flecha sobre un rinoceronte. Aquellos que no os odian, os desprecian. Pues se equivocan: vosotros sois gente honesta, henchida de tolerancia y filantropía, movidos por las mejores intenciones, pero vuestra mente y vuestra conciencia están torcidas. Ignoro lo que os proponéis, si pensáis continuar atacando a la revolución o, si por el contrario, decidís negociar con ella, como espero que hagáis. Pero si optáis por la primera, os diré lo que debéis hacer; juzgad vosotros mismos lo que habéis de esperar.

El pueblo, según vosotros, sufre una alienación mental. Es vuestra misión curarle: la seguridad pública es vuestra única ley, vuestro más alto deber. Como seréis juzgados por la posteridad, os deshonraríais si renunciarais al puesto al que la Providencia os ha destinado. Estáis a la derecha: sois la fuerza; vuestra resolución es clara.

Todos los métodos normales de gobierno han fracasado; vuestra política de aquí en adelante se comprende en una sola palabra: Fuerza.

La fuerza, utilizada para prevenir a la sociedad de cometer suicidio, lo que significa que deberéis poner freno a cada manifestación revolucionaria, a cada pensamiento revolucionario, que deberéis meter al país en una camisa de hierro, decretar el estado de sitio en los veintiséis departamentos, suspender las leyes básicamente en todas partes, atacar el mal en su origen deportando del país y de Europa a los autores e instigadores de ideas anárquicas y antisociales, prepararos para la restauración de las viejas instituciones confiriendo al Gobierno poder discrecional sobre la propiedad, la industria, el comercio, etc., hasta que se consiga la cura perfecta.
No negociéis sobre el gobierno absoluto; no discutáis sobre elegir a un dictador. Monarquía legítima, cuasi legítima, una combinación de partidos, imperialismo, revisión total o parcial de la Constitución, todo eso, creedme, no tiene importancia. La acción más pronta es la más segura. Recordad que no es la forma de gobierno la que está en cuestión: es la sociedad. Vuestra única preocupación habría de ser el de aplicar vuestras medidas prudentemente, porque si en el último momento se os escapa la Revolución, estáis perdidos.

Si el príncipe que está ahora en el poder fuera presidente de por vida; si al mismo tiempo la Asamblea, insegura con respecto a los votantes, pudiera prorrogarse a sí misma a voluntad, como solía hacer la Convención, tal vez parecería que habéis descubierto la solución. El Gobierno sólo tendría que mantenerse quieto y celebrar misas en todas las iglesias de Francia por la restauración de la salud del Pueblo. Habría poco que hacer contra la insurrección. La legalidad es tan fuerte en esta tierra nuestra de periodistas, que no hay opresión ni indignación que no estemos dispuestos a sobrellevar tan pronto como se nos hable en el nombre de la ley.

Pero bajo los términos del acuerdo fundamental de la República, Luis Bonaparte deja el ejecutivo a finales de abril de 1852; en cuanto a la Asamblea, sus poderes se extinguen el 29 de mayo siguiente, en el mismo pico del ardor revolucionario. Todo se perderá si las cosas se mantienen como la Constitución prescribe. No perdáis ni un momento, ¡Caveant consules!
Como la Constitución ahora es la causa de todo peligro, pues no existe solución legal posible, y el Gobierno no puede contar con el apoyo de ninguna parte de la nación, puesto que la gangrena lo ha ocupado todo: debéis seguir sólo vuestro propio consejo y de la inmensidad de vuestros deberes, bajo pena de graves daños y cobardía.

***

[Continúa] — Texto íntegro 

Notas al pie

[1] Napoleón. (Nota del Traductor.)

[2] Luis XVIII. (N del T.)

[3] Luis Felipe. (N del T.)

[4] De nuevo, el autor se refiere a Droz. (N. del T.)

[5] ¡Contempladme, he sido concebido en la iniquidad! (N. del T.)