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Desquiciado, insolente, marginal e introspectivo, Mandioca se abre paso entre las miserias del género humano por un recoveco tan exiguo que apenas permite echar un vistazo. Eduardo A. Vidal (1985), nacido en un pequeño pueblo —apenas tres calles— cercano a ciudad de Melo, Uruguay, ofrece en esta colección de relatos, que funciona como una novela episódica, un recorrido por los santuarios más tropicales del mundo. Desde un París que de pronto se asemeja a una pequeña urbe costera repleta de palmeras ácidas, pasando por un Uruguay devoto y una Barcelona utópica hasta llegar a Alicante, descrita como nunca antes a través de unos ojos que no discriminan entre el bien y el mal cuando encaran de frente el Mediterráneo.

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Desquiciado, insolente, marginal e introspectivo, Mandioca se abre paso entre las miserias del género humano por un recoveco tan exiguo que apenas permite echar un vistazo. Eduardo A. Vidal (1985), nacido en un pequeño pueblo —apenas tres calles— cercano a ciudad de Melo, Uruguay, ofrece en esta colección de relatos, que funciona como una novela episódica, un recorrido por los santuarios más tropicales del mundo. Desde un París que de pronto se asemeja a una pequeña urbe costera repleta de palmeras ácidas, pasando por un Uruguay devoto y una Barcelona utópica hasta llegar a Alicante, descrita como nunca antes a través de unos ojos que no discriminan entre el bien y el mal cuando encaran de frente el Mediterráneo.

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Mandioca − Relatos

Prólogo

por David Báez

Yuca, aipim, guacamota, mandicoca, mandiocaldre, mandiocal. ¿Será éste el reconstituyente latino que levantará del PornHub a toda la chusma literaria under de habla hispana y la pondrá a escribir de una vez por todas?

El primero de estos relatos que leí me sorprendió, antes de nada, por su soporte: fotocopia de fotocopia que iba de mano en mano. En el siglo XXI, ¿quién conseguía escribir un relato, imprimirlo, pasárselo a alguien y que éste lo fotocopiase para pasarlo a su vez? Y varias veces, como atestiguaban las letras porosas, ya casi borradas. Se trataba de Gracias mil al imperio.

El estilo era audaz, proteico, caleidoscópico. Las frases tejían una selva luminosa en eterna fermentación, colorida como un reportaje sobre orquídeas en una gran tele de plasma. Lejos de ser un ejercicio vacío —cuántas veces la vacuidad acompaña a los locuaces—, la historia era una hiedra que trepaba por la luz, que enredaba a las flores, colibrí incluido, y escupía cuervos punk. Tomaba un tópico y lo devolvía sangrante. Allí había un escritor que había oído hablar de la eterna otra vuelta de tuerca más de la literatura. No buscaba le mot juste, sino que encontraba la imagen exacta, y ésta caía al alma como la yuca al puchero mexicano.

Cuán vano y estéril, también deshonroso, resulta echar mano del academicismo, tirarse el rollo literario y citar algún viejo neobarroco postmoderno para presentar unos relatos que todavía no han sido leídos y disfrutados por el gran público. La crítica, con sus entelequias y sus Boom: nuevos caminos, por puro mecanicismo, han de venir después.

¿Qué decir entonces para presentar unos relatos de cuya lectura ya he separado demasiado al lector? Tan sólo una cosa más:

Creo que si Eduardo no hubiese leído nunca a Onetti, a Cortázar ni a Lezama, si no hubiese leído nunca un libro, escribiría del mismo modo en que lo hace, puede que todavía mejor. Su material literario viene de una receta personal que incluye una mente enrevesada pasada por huevo y harina e introducida entera dentro de la freidora. El Uruguay de Sanguinetti, la España pastillera de Jaume I y el París de las empanadas porteñas. Todos los fuegos: los azules del gas en las cocinas, la impotencia del humo lejano, la hoguera que no era necesario atravesar pero igual atravesó, los fuegos secretos —introduzca aquí el fuego que prefiera— no le han agriado el carácter, ni han hecho mella en su extraña amabilidad en las situaciones más desesperadas, ni en su capacidad para aprovechar la fuerza del enemigo —del mundo entero— y utilizarla en beneficio de todos nosotros, antes bien, al contrario: sobrevivir a ellos le ha fortalecido las espaldas.

La receta incluye algunos ingredientes y elaboraciones secretas, pero se permite probar todos los platos del menú, mojar yuca en el ceviche y apurar la leche de tigre usando el libro como cuenco.

DAVID BÁEZ
8 de enero de 2016, Alicante

Prefacio

Mandioca es un estado mental, un vestigio de trágica tropicalidad que me asalta aquí en Europa a miles de kilómetros de mi tierra natal, que, por cierto, de tropical no tiene nada. Mandioca es rioplatense, fronteriza, provinciana, capitalina, agresiva, sedentaria, nómada. Mandioca es flamenca. Mandioca son las siluetas de las palmeras agitándose en un atardecer púrpura. Mandioca es el chico al que le extirpan un dios monoteísta que tenía alojado en el testículo izquierdo y, para dejar constancia de los beneficios del despojo, inaugura un diario íntimo. Mandioca es un expatriado en Helsinki que se despierta aliviado en mitad de la noche al comprobar que se encuentra lejos —y por lo tanto a salvo— de los lingotazos de papuza que se pegaba en su terreta.

Mandioca es un muchachote que quiere vengar a su padre y se mete Ron & Anfetas y parte en coche rumbo a la capital, acompañando a otro colgado que planea disparar al presidente. Mandioca es el señor Shuang, que deberá transformar su anticuado restaurante asiático si lo que quiere es sobrevivir a la gentrificación y acaparar la atención de la aristocracia underground. Mandioca es ajenjo y fungui, ramificaciones lúgubres, poemas vulgares serpenteando en la velada, alguien describiendo el aroma de un cuello de porcelana durante la sobremesa, una mala interpretación de Los cantos de Maldoror.

Mandioca es algo que saco adelante sin saber muy bien por qué. Mandioca es mierda autobiográfica, el individuo confrontado a los demás, que son el infierno, el infierno tan temido y también la solución, los benditos amigos, bálsamo reconstituyente. Mandioca es la noche temblorosa, el bohemierío con su pestilente manera de promover la cultura, los diálogos entre gente civilizada que se mete molly para empatizar con desconocidos, autores que no escriben, esculturas fluorescentes, La Barra Pompeyana, Pich localizando Il codino, espirales de pétalos marchitos y demás movidas en las que hamacarse cuando es inevitable que todo vaya mal. A Mandioca no le preocupa la ira de dios, porque Cristo in croce mostrava un sorriso indulgente e quasi incredulo cuando yo escribía todos esos disparates engarzados en el ordenador.

Mandioca soy yo saliendo de un after, del Clover por ejemplo, hasta las trancas, siendo gentil con los mendigos por temor a verme en las mismas cuando envejezca solo y jodido. Mandioca es la plañidera enfrentándose a alucinaciones demoníacas en el caos lisérgico de sus veinticinco metros cuadrados de buhardilla. Mandioca es una musa pálida de uñas esmaltadas en negro sujetando un libro cualquiera de Lowry. Mandioca es el lumpen errante, los ladridos en la cañada, la resina de mota poniéndote pegajosos los pulgares. Mandioca son los productores sin escrúpulos que filman un reportaje con testimonios que desacreditan a la joven poetisa de moda. Mandioca es el chico primate en Salamanca, metiéndose escama en el domicilio del tranza, dejando un rastro de sangre en la acera al salir de su portal, con la hemorragia nasal advirtiéndole de que ya era hora de moverse a otra ciudad. Mandioca es el bibliotecario que pone a leer a los macarrillas sin futuro. Mandioca es un niño dándole las gracias por tanto a las tortugas adolescentes. Mandioca es el treintañero que se suicida lanzándose por la ventana de la oficina en la que trabaja.

Mandioca es el jardín de las delicias, chamanes y barbitúricos, la catástrofe estética, white trash made in Uruguay, guachín, we found love in hopeless place, puro sortilegio. Mandioca es pop cutre, sopas de sobre. Mandioca es un señor que va a ser desahuciado. Mandioca es el cantante de una banda de rock progresivo que, con el fin de succionar un poquito de fertilidad poética, masturba a un caballo en el establo al que ha entrado para guarecerse de la tormenta que lo sorprende durante su escapada. Mandioca es vida y obra de un napolitano entrado en canas que dejó una huella imborrable en nuestros corazones. Mandioca es un homenaje fallido a la juventud y a la autodestrucción que profesé en compañía de otros guerreros provenientes de los rincones más aburridos del planeta.

Mandioca es un profesor valenciano que abandona una prometedora carrera en la enseñanza privada para irse a vivir a América Latina y, tras malgastar varios meses de su tiempo en prostíbulos y billares, encuentra un trabajo bien pagado dando clases a niñas ricas de faldas a cuadros, pero el viejo que desflora a las alumnas no le perdonará lo del ojo en la cerradura. Mandioca es un periodista a punto de ser despedido por pecar de cáustico en los artículos de mierda que escribe, que programa una entrevista con un escritor críptico que resulta ser un viejo cachondo obsesionado con los bonsáis y la estética de los descampados. Mandioca es lo que ya dijo en su trilogía sucia el habanero Pedro Juan Gutiérrez.

Mandioca es un infeliz que se obliga a sí mismo a creer en la astrología para triunfar entre las doncellas supersticiosas. Mandioca es furia proletaria. Mandioca son las dos almas gemelas que se desencuentran en la capital de Francia con la guerra santa llamando a sus puertas, él tragando bebidas con taurina y su vecina estrellando el respaldo de la cama contra la pared junto a su amante vikingo, que empotra insistentemente a la frágil vecina contra el respaldo que a su vez se estampa contra la pared, y el poeta que vive al lado sube el volumen de la música para no enloquecer de envidia, etcétera. Mandioca es un mal necesario que se ha permitido prescindir del verdadero talento, he ahí su mérito. Personajes desfondándose en los excesos, fulminados por la calamidad leve. Mandioca es una desfachatez.

Si bien todos estos relatos han sido escritos en una París casi siempre lluviosa y encapotada, condicionados por un decorado de bares que cierran temprano e inspirados por rostros atribulados que se derriten en los vagones que frecuento, mis voces evocan nostalgia estival en cada uno de ellos. Todo lo que he escrito ha sido fraguado en unas ganas terribles de reconstruir esas noches al borde de su majestad, el mar Mediterráneo. El castillo de Santa Bárbara, custodiando desde la altura, es el comienzo y el fin, independientemente de que me empecine en buscar nuevos paisajes anímicos para no resultar repetitivo. Allí todo es más intenso, es innegable, sobre todo si has visto cómo un abuelo deshidrataba ñoras esparciéndolas sobre la arena, dejando que el astro dorado hiciera su trabajo.

Por el bien de los demás

Como cada domingo desde que falleció mi padre, la campanilla del reloj sonó a las cinco de la mañana. Al poner mis pies en el suelo los gallos del vecino comenzaron a cantar y yo también tarareé algo mientras el pan se tostaba. La noche anterior no había salido, llevaba varios fines de semana sin pasar por lo de Borda a por una borrachera digna. Después de las tostadas, durante el café y el pitillo, me raptó la imagen del bar sagrado. Vi los brazos peludos en la barra, vi las fotos, los marcos amarillentos y las sillas de plástico, los espejos deteriorados, el mortero de mármol polvoriento en la estantería y vi a los amigos que he dejado de frecuentar, los vi entre el humo, convencidos de que ninguna falda sin dueño rompería el maleficio impuesto por la radio destartalada, ningún remedio al tedio atravesaría la puerta acristalada del Borda, ninguna noche, ninguna tarde, jamás.

Quité del agua las flores que había comprado el día anterior y partí rumbo al cementerio. A mitad de camino me encontré con Raúl Garrido, el alcalde, que al ver el ramo intuyó a dónde me dirigía, no pudo evitar emocionarse y evocamos juntos a Papá. El alcalde recordó las noches en Casa Borda discutiendo hasta tarde, las aceitunas, el azar de la baraja, el añil en las cuerdas de Saturnino y otros detalles que en su momento le hicieron sentir vivo. Me narró anécdotas de su juventud en la universidad, la época en que juntos lanzaban piedras contra el águila que aleteaba en la bandera, reflexionó hondamente sobre la gran pérdida que había supuesto su muerte, dijo que mi padre era el hombre más austero y generoso que había tenido el gusto de conocer. Ambos, mientras conversábamos, advertimos que mi padre, además de un sindicalista, era también un delegado, un defensor de los intereses culturales de los inquietos que se hundían en el olvido porque en la capital nadie movía un dedo. Los encontronazos de los últimos meses le habían debilitado. Dos cronistas —perros guardianes de La Moncloa— vulneraron su honor mediante una forma de represión que se diferenciaba de las toscas e indiscretas reprimendas que le había tocado padecer durante el franquismo. Las desacreditaciones sistemáticas que usaron esta vez contra su persona fueron lícitos embustes del siglo veintiuno, calumnias de providencia democrática absolutamente compatibles con los tiempos que corren.

El ramo de flores no cabía en ninguno de los floreros del bar en el que nos detuvimos a formalizar la charla. El camarero nos sugirió colocarlo en la cubeta que nos traería con los tercios, ambos asentimos. El impulso de visitar juntos la tumba de mi padre se fraguó en la octava ronda. Con la tersura de los pétalos colorados rozándonos las mejillas y con el carajillo que nos incentivó a peregrinar partimos cogidos del brazo con el ramo boca abajo, medio deshecho, turnándonos la petaca que me había llevado de casa calzada en el bolsillo interior de mi chaqueta de pana. Depositamos la ofrenda, le hicimos algunas preguntas retóricas al hipotético Dios y nos fuimos al Borda a seguir bebiendo.

Al día después, un grupo de excursionistas hambrientos se presentó en mi tienda con intención de vaciar las estanterías, faltando cinco minutos para la hora del cierre. Un lunes atípico, por la media hora que perdí al cerrar más tarde, por la resaca que me asolaba y porque cuando regresé a mi casa me esperaba sentado en el jardín el bueno del alcalde. Llevaba las pintas de alguien que se hubiera ido a dormir al mediodía. Lo invité a entrar, descorchamos algunas botellas y lo convencí para que se quedara a cenar. Descongelé unas lentejas de mi madre, nos comimos dos platos cada uno ayudados por una barra de pan rústico. Preparé dos cafés a la irlandesa para hacer pasar la ración contundente de legumbres, patatas y chorizo que acabábamos de engullir, y acto seguido lavé los platos mientras el alcalde hacía unas llamadas; marcó tres números y a los diez minutos llegó un chaval que nos trajo fariña. Saqué los hielos y pasamos al salón. Me contó varios trapos sucios del candidato de la oposición, lo del pedófilo enchufado en la alcaldía y otras guarradas que no voy a enumerar porque supongo que ya estaréis al corriente. En fin, entre cubata y cubata el alcalde se apropió de internet autoproclamándose DJ de la velada y mostrándome su lado peor, le falté el respeto apagando el wifi a escondidas y le recordé que mi colección de discos no estaba ahí únicamente para presumir; él ya estaba bastante puesto, así que le dio igual todo y me dejó elegir.

Retomamos la discusión, intenté llevarlo al punto, le hablé de las elecciones nacionales. Tanteé su rabia para saber cuánta era, él no parecía dispuesto a volverse transparente. A la quinta raya que se hizo, mientras me disponía a rescatar otro vinilo de la funda para cambiar de música, el alcalde, sin dejar de bailar y sirviéndose más, dejó caer una proposición. Yo devolví el vinilo a la funda y bajé el volumen, me fue imposible concederle una afirmación fraguada en el arrebato. Le pedí detalles, alguien como él era incapaz de tomar una decisión de ese tipo sin haber tenido en cuenta los detalles; él se detuvo interrumpiendo el meneo de caderas y se hizo sonar uno a uno los dedos de la mano, se fue hasta el fregadero y vació el trago que estaba preparando. Hurgó en la nevera, después en el armario de la vajilla y se acercó con una botella de cava en una mano y dos copas en la otra, dándole caladas al nevado que fumaba sin manos. Bebimos efusivamente y me explicó su plan; Leopoldo, su hijo, estaba de nuestro lado.

Los gallos cantaban, el reloj guardaba silencio. El teléfono daba bramidos en la mesa de la entrada, mi madre llamándome para tenerme al tanto de sus vacaciones en San Petersburgo. Le hablé de tomarme vacaciones, ella me animó a hacerlo y, como no nos divierte el recurso de contratar a un asalariado para someterlo durante nuestra ausencia, decidimos que la tienda permanecería cerrada indefinidamente. Con la mermelada en la tostada, con las legañas difuminando los píxeles de la mantequilla y del mandala frutal que había estampado en el mantel de hule, me pregunté qué sería de mi vida después de que el guiñol homófobo recibiera un balazo en público. Me negué la respuesta, no había marcha atrás.

Al mediodía me cité con Leopoldo, nos conocíamos de vista, él sabía quién era yo y yo sabía quién era él; nunca nos habíamos cruzado la palabra, pero hubo química, nos caímos bien. Me dejó bien claro que en hectáreas a la redonda no existía ser humano alguno capaz de igualarlo en su mayor virtud: la puntería. Yo me esforcé en no exteriorizar la alegría que me golpeaba al oírlo, apreté su mano y le dije que le creía. Faltaban pocos días para que ese carismático grandullón, durante un acto oficial, a cincuenta metros del objetivo y oculto en los matorrales, intentara abatir al Presi.

A la mañana siguiente nos fuimos a cazar, le pregunté por sus ojeras y por las heridas que tenía en los nudillos, me contó que el día anterior, tras despedirse de mí, se fue de putas a la ciudad y acabó en un after de mala muerte, rodeado de rusos. Con ojos de búho me juró que las resacas eran incapaces de doblegarlo, que su pulso y vista eran letales combinados con la mira, y partimos a la matanza. Volvimos con un jabalí, cinco patos y tres ciclistas holandesas que conocimos por el camino. Nos fuimos a dormir temprano.

Amanecía, a las nueve se pasaría Leopoldo a recogerme. Me puse el disfraz. La imagen que me devolvía el espejo era impecable. El traje marrón resaltaba el color de mis ojos y la camisa blanca delimitaba mis pectorales; como podéis apreciar, mi peinado de joven especulador está muy bien logrado. Bueno, el caso es que ensayé largo rato mi talante triunfador, me miré una última vez al espejo para ajustarme la corbata y apuré el café. Fuera sonó una bocina, Leopoldo había llegado. Lo noté ridículamente sereno, me ofreció ron y trufas mejicanas, yo acepté encantado. La amalgama de colocones fue un lujo, un marco a medida con incrustaciones en nácar, uno de esos estados de conciencia que nos confirman que vale la pena seguir vivos.

Leopoldo sacó del bolsillo de la camisa una bolsita, la carretera estaba despejada, nosotros también. Yo me había olvidado la música en casa, así que él metió un CD de salsa que había en la guantera de su cuatro por cuatro. Absorbimos los pianos, las trompetas, las congas y los cencerros, vibramos en la perfecta interacción de nuestros sentidos, entablamos lazos lúdicos con el vigoroso colorido del paisaje. El bólido avanzaba dando tumbos, sonaban escopetazos en un futuro inmediato, el presidente de la nación bailaba claqué en el capó, con la muerte floreciéndole en los ojos el líder popular vomitaba sus propias vísceras sin dejar de zapatear, dándole cada tanto una patadita al parabrisas, sacudiendo los brazos y poniendo carantoñas hasta que perdió el equilibrio mientras cruzábamos un puente y ya no lo volvimos a ver. La línea discontinua trazada en el asfalto se contoneaba bajo los espejismos blandos de las montañas púrpuras, contrabajos envolventes zigzagueaban de un asiento a otro de la nave, el Ron salpicaba el volante, las agujas enloquecían, camioneros envilecidos tocaban bocina escandalizados por nuestra conducta. A golpe de trombón la carretera se fue ensanchando, la concepción materialista de la historia era poco más que una teoría trasnochada, la velocidad tiranizaba la alfombra que habían desplegado los arcángeles para nuestro provecho; teníamos cigarrillos de sobra y un Mateus que Leopoldo descorchó a tiempo, antes de que los del Gran Combo de Puerto Rico estallaran en los altavoces embadurnándonos con su melaza neoyorkina. A ciento setenta kilómetros por hora, en una carretera de La Mancha cuya suavidad no consigo olvidar, yo pintaba a mano alzada una franja morada en el horizonte azafranado. La historia nos absolvería.

Llegamos. Pastillas para las náuseas y antiácidos en la farmacia, un cigarrillo en la plaza Dos de Mayo y otro repaso al plan. Antes de ir a comprar el arma queríamos echarle un último vistazo a lo que sería la zona del golpe, pero no pudimos, los manifestantes habían ocupado la avenida, los antidisturbios tenían miedo, proliferaban los afectados por la hipoteca. El informante nos había llamado para asegurarnos que todo marchaba bien, nos tenía reservado el sitio para aparcar y los matorrales estaban despejados, faltaba ir a por el jierro. Salimos de la ciudad, otra vez la carretera. Nos perdimos buscando el poblado, Leopoldo aparcó el coche en la menos concurrida de todas las calles de tierra que formaban ese mercado de abastos ilegal. Señaló una chabola ubicada a doscientos metros, dijo que no tardaría en regresar. Pasó media hora y Leopoldo no volvía, calculé los minutos que necesitábamos para volver hasta el centro y aparcar el coche, las cuentas se estrechaban, nos estábamos retrasando.

El móvil de Leopoldo recibía llamadas que no me animé a contestar, ahora caigo en que se trataba del informante intentando advertirme de la que se avecinaba. Me estaba quedando sin cigarral, el coche olía a pies, abrí la ventanilla, le di al play y los salseros se pusieron a tocar por sexta vez Azuquita pal café. El resto de la historia ya la conocéis. El hijo de puta que nos tenía que vender el arma se olió que la queríamos para hacer algo grande y creyó que podría sacar provecho chivándose al Estado, que a cambio del favor hará la vista gorda para que ese traidor pueda seguir trapicheando con su mierda. Llegasteis armados hasta los dientes, con Leopoldo esposado, y, a pesar de no haberme resistido a vuestro sometimiento, me sacasteis de la furgoneta a golpes. No pido un abogado, se me está hinchando el párpado, estoy colaborando debidamente, necesito fumar. Repito, Leopoldo nunca me dijo el nombre o el paradero del informante, el alcalde no me dio pistas de dónde se escondería cuando su hijo efectuara los disparos. Nos sacrificamos por el patriota de a pie, que falto anda de alguien con su misma rabia que lo represente.

El fabuloso bebistrajo

Corrían tiempos desenfadados, consumíamos como si no hubiera un mañana, los de arriba nos decían que la economía del país estaba en las grandes ligas y hasta el más inepto de la provincia tenía derecho a un jornal sustancioso. Nosotros éramos lo que éramos, un grupillo de mercenarios de la hostelería llegados de los rincones más aburridos del planeta, expertos en evitar que el curro interfiriera con las parrandas descomunales que nos pegábamos. Amparados por el barrio histórico multiplicábamos y extinguíamos neuronas, las reuniones celebradas en nuestros hogares eran mixtas y en ellas los asistentes se procuraban sus propias sustancias, nadie cargaba con la calavera de nadie, bastante pesaban ya las cruces propias.

Gastábamos lo que no teníamos, la alegría nos costaba un chasquido de dedos. En ocasiones salíamos a hincar los codos en las barras del centro, ocurría cuando nos hartábamos del debate y la ponzoña o cuando a alguno le daba por mear desde el balcón o por decir ti amo. Nos planteábamos sin responsabilidad alguna los paralelismos que se trazaban entre nuestra modesta ciudad y el sobrevalorado averno. Pasábamos el rato hundidos en la osadía, engullidos noche tras noche y devueltos alba tras alba a colchones desconocidos, con los párpados exhaustos y las pupilas cual lagunas negras que se extienden más allá de la claridad. Ejercitando nuestra virtud conseguíamos olvidar los asuntos pendientes. Lombardo y Gondolino zurraban la piñata en el edificio Carbonell, ¡Calla Lola!, y la perrita porculera que no dejaba de ladrar. Nos exponíamos a jornadas gobernadas por el maléfico dios Sol, inducidos por la facturación del placer exagerado. Acostumbrados a las baldosas rotas, a las flores de plástico, al griterío de los turistas durante la siesta impasible.

Ninguno de nosotros se apreciaba lo suficiente como para considerarse un cazador, estábamos al tanto de nuestra condición de carroñeros, hallábamos lícitas nuestras prácticas, aceptábamos las etiquetas adjudicadas por los catequistas, que osaban criticarnos. Acudíamos a la cita diaria con el yugo matutino sin vacilar, nos desplazábamos flotando y los transeúntes apresurados no contaminaban el trance que, a pesar de tres horas de sueños inquietos, persistía vagamente ablandando los escaparates y realzando las bocanadas de olor a tostada que se evadían de las cafeterías. La nuestra no era una ciudad, era un telón de palmeras prominentes que se agitaban a lo lejos; francamente, habitábamos el jodido paraíso.

Las veladas flojas las piloteábamos robando algo de alcohol y yendo a hacer puerta a los locales que frecuentaban las damiselas conversadoras. Lo vertíamos en una jarra plástica con capacidad para cinco litros, e intentábamos alcanzar en cada sorbo al menos uno de los muchos ansiolíticos que aguardaban en el fondo del brebaje. Una vez manifestados los efectos de la jarra loca, los acontecimientos desvariaban penosamente. En el mejor de los casos, fantaseábamos con peinar hacia adentro cual balazo en la nuca las vulvas de las damas que salían a fumar. En el peor, nos metíamos excrementos de paloma en los sobacos y hacíamos carreras de carretillas humanas hasta dormirnos en la arena.

Dependíamos de la noche, en ella los bocados y las tormentas de humo eran un deleite si el tío Tony, nuestro mentor, se pasaba por el bar de Imán y nos entretenía un buen rato con sus coloquios sobre la erótica del poder o la novedosa técnica de corte que se le había ocurrido la noche anterior, en su precario laboratorio. Tony vestía como el candidato a la presidencia de una república bananera y dedicaba gran parte de su tiempo a pasear su anacrónica cabellera gris por el circuito de siempre. Entrada ya la noche se fundía con la vida nocturna y no era difícil identificar su alopecia, su irrisoria coleta entre la concentración tumultuosa de rapaces inquietos y Erasmus de bragas meadas que trastabillaban en las terrazas. Las veces en que por capricho del azar me quedaba a solas con él, el tío Tony abría la carcasa de camello napolitano que cubría su cuore dejando entrever a un cincuentón algo arrepentido de tanta farra, de tanta fulana codiciosa embutida en látex, de tanta niñata trepadora hurgando en sus cajones, husmeando todas en busca de algún caramelo escamoso, risueñas y algo ansiosas, fingiendo caso omiso a la fetidez de las botas que Tony se quitaba cuidadosamente y colocaba junto a sus quince pares de calzado alineados a lo largo del pasillo de su apartamento.

Las batallitas que contaba en los bares duraban un buen rato y él las acompañaba de gestos bruscos, brincos satánicos que lo ponían en evidencia y lo confirmaban como uno de los veteranos más bellos y más en forma de este continente; una suerte de galantuomo grasiento, un farsante espléndido dotado de nariz patatera y barbilla prominente, ¡un animal social cargado de comedia! Flaqueaba poco el virulento Zio Tony, pero también ocurría que se enamoraba como un paria de adolescentes zalameras que se lo follaban con un twerk espasmódico si él a cambio les lamía hasta la sombra, al tiempo que les alcanzaba la botella con el papel metálico en el pico y los orificios y la ceniza de cigarro y el amoníaco en la cuchara en llamas y toda esa decadente crudeza de la que son capaces algunos espíritus mal saciados.

Gatitas de angora en lencería de encaje para los amaneceres peliagudos, caras pálidas de labios escarlata en cuerpos esbeltos, morenazas de posaderas vertiginosas y tetas como cabezas de enanos, rubias pulposas de curvas venosas y vaginas infernales; lo zio Tony conosceva bene a dio, pero a pesar de ello no quiso explorar el valor simbólico de la sexualidad, ya que, para él, el sexo era un cactus colosal tañendo un cojín satinado. No todo era desenfreno, Tony tenía su propia esmeriladora, con la que se entretenía afilando su colección de tijeras, sobre todo las largas tardes de invierno, durante el tiempo grisáceo que se dilata, horas y horas de desánimo en las que hasta el mismísimo Cristo fantasearía con un pico de azúcar moreno. Más que las tijeras, a Tony lo que realmente le encantaba era afilar, recordar en tal benigna labor la importancia de saber cuándo ser piedra y cuándo ser el filo.

Entre vasos de tubo y humo espeso se le calentaba la lengua y nos relataba vivencias íntimas, anécdotas del culo las llamaba él. En un alarde de sinceridad, autocrítica e infinito sentido del humor, Tony nos describía cómo transcurrían sus momentos bajos al alejarse de la muchedumbre; habituales eran los episodios en que escuchaba voces que venían de alguna parte, y él, en vez de lloriquear y retorcerse en la cama, optaba por la valentía y el patetismo: cogía la katana dorada, la más grande, y se ponía en posición ninja frente a la puerta principal, dispuesto a rebanarle un brazo al inexistente intruso. Después de un par de horas se aburría y se apegaba a la mirilla. Nadie, madrugada triste, nadie. A falta de contrincantes, abandonaba la paranoia de los intrusos y se ponía cómodo frente a la piedra de esmerilar; empuñaba la chaira y asentaba el filo del sable con tesón, en un vaivén acrobático, con la frente alzada y la mandíbula encabritada al ritmo de una tarantella retozona.

Otro de sus deplorables espejismos consistía en especular con que su chica, dulce como el almíbar y de sueño profundo, lo quería liquidar. Este fantasma irracional asediaba a Tony no pocas veces, la explicación que él daba era mezquina; según nos contó en una mañana de cañitas y tapeo, ella le había dicho que él la opacaba con su rocambolesca serenidad, y, según Tony, eso significaba que ella planeaba cortarle el rabo. Pero más allá de todo eso él nos mimaba y viceversa, no temíamos al ogro, nos deleitábamos con él. El muy santo nos permitía el gramo a cuarenta, nos hacía jurar que no volverían las llamadas a altas horas, pero pasábamos hasta el culo; marcábamos su número y nos aliviaba escuchar al otro lado el tono indulgente del tío Tony, dando el visto bueno para que pasáramos por su casa a beber cientos de chupitos, estudiar sus expresiones, imitar su estilo y esnifar hasta que se nos cayeran los dientes. Al despertar nos encontrábamos con los cuencos y las cucharas sobre la mesa, él no tardaba en aparecer con su tradicional olla popular, el caldito Medellín, una receta reconstituyente ideada por el mismísimo Zio que consistía en hervir a fuego lento en tres litros de agua: medio kilo de jengibre, medio kilo de apio con hojas y todo, dos dientes de ajo, tres cubos de caldo sabor pollo, pimienta, y, justo antes de ser servido, el zumo de cuatro limones recién exprimidos. El antídoto de los leones durante la mattina da coglioni.

Más allá de la inmensa bondad con la que daba ejemplo, Tony no podía eludir el hecho de que su actitud para con la vida era de naturaleza perversa y denigrante; en ocasiones, chispazos de lucidez acudían a él creando un conflicto íntimo que confrontaba al Zio del presente con el Zio infante, aquel que volaba las pandorgas fabricadas por su abuelo, el que correteaba sin tropezar por los descampados de Parténope, entre el Mediterráneo y el Vesubio, sonrojándose durante las estaciones en flor, con la crostata di tagliolini humeante esperándolo cuando volvía del colegio.

No hace mucho, mi teléfono fue un doblar de campanas. Se trataba de Pasquale, el hijo físicoculturista de Tony, que había venido a pasar un par de meses en la ciudad para broncearse, follar a diestro y siniestro, ponerse hasta el ojete de todo y alejarse durante un tiempo de su vieja y problemática Nápoles. El musculitos moqueaba arrebatado desde el otro lado de la línea y juraba venganza, unos agentes venían de comunicarle que a su padre le habían abierto la tapa del cráneo a machetazos. Según informaron los polis, habían sido unos clientes, habituales suyos, a los que nuestro querido Tío había intentado timar con mercancía mal adulterada. Antes de quitarle la vida, los indeseables se entretuvieron introduciendo por la boca todo lo que encontraron alrededor de la escena del crimen, obligándolo a tragar sin opción a protesta.

La atrocidad tuvo lugar en un terreno baldío cercano al club de golf, no muy lejos de la costa. Durante la autopsia, además de la droga que les había intentado colar, los médicos forenses se encontraron otras rarezas en el esófago de Tony. Mierda de perro, un vaso desechable, la cabeza de un patito de goma, hierbas silvestres, yeso, semillas de algarrobo… y juguetes, lo último que tragó antes de que se lo cargaran fueron juguetes. Figura articulada de acción, metralleta a escala y la nalga hueca de una Barbie. Ilusiones ajadas, restos de una familia que se mudó o simplemente decidió dar un paso más en el entretenimiento de sus retoños.

La mueca macabra de Tony, alumbrada por linternas instantes antes de ahogarse, fue pesadilla recurrente para mí. La pierna musculosa de algún héroe sobresaliendo de su boca y sus ojos rotos por las lágrimas, el pobrecito con las manos atadas a la espalda, sin camiseta, sus senos peludos temblando como flanes, sin más arma que sus rodillas enterradas en el barro, vulnerable entre matojos. Le impusieron la infancia con prepotencia, se la hicieron tragar, lo bajaron del pedestal a golpe de filo herrumbrado aquellos obreros bajitos y regordetes de ojos cansados a los que él creía gente calma y a los cuales se animaba incluso a parodiar en público.

Si el Tío no hubiera muerto y abriésemos la puerta de su salón un amanecer cualquiera, nos lo encontraríamos de seguro despelotado en el sillón de mimbre, con las persianas bajadas, frente al ordenador, con la verga flácida y los cojones como tomates, empeñado en entender las instrucciones que le propone un joven barman ecuatoriano de acento subyugado, en un vídeo de calidad ochentera filmado en una tasca de neones imposibles y una barra color humo. Ahora vamos a preparar un Bladi Merrri, un delisioso Bladi Merrrrri, advertiría el hombrebarra de piel cobriza. Sería entonces cuando Tony detendría el video y descifraría la auténtica razón por la cual se ha visto interesado en tan trasnochada receta. Abruptamente se pondría de pie y se ataría el cinturón que antes le rodeaba los tobillos, marcharía hacia el baño y durante el trayecto iría ultimando detalles, calibrando hipotéticamente los sabores que en unos minutos serían mezclados, aptitud desarrollada para compensar la desventaja de tener el paladar forrado por una costra y los orificios nasales chamuscados.

Tony atravesaría el arduo pasillo, entraría en la cocina, abriría la nevera, se recogería el escaso cabello y manosearía la botella gigante de gazpacho andaluz casero, que estaría ya por la mitad, para después volcarle dentro un cuarto de litro del vodka de cien euros. A esta santa unión de líquidos, Tony adjuntaría semillas de cilantro molidas y también unas gotitas de aceite de nuez. Taparía la botella, la batiría, la menearía enérgicamente, la zarandearía con ímpetu con las dos manos, exhausto, dejaría caer los brazos sujetando fuertemente la botella en la mano izquierda, y el revuelo cesaría. Tony dirigiría la vista al techo, cerraría los ojos y respiraría profundamente. Con la cabeza echada hacia atrás y tras varios minutos de silencio e introspección sartreana, aplicaría la degustación con connotaciones místicas, la efectuaría con carácter de arcángel, colocando la botella en posición vertical y con el pico a varios centímetros por encima de su rostro; fijaría la mirada en el pico de la botella, trabando el maxilar inferior, y con certero tino embocaría en el pozo sediento sin siquiera salpicarse; el bebistrajo, con frescura de cascada imprevista, atravesaría la bocaza de Tony y se deslizaría por el gaznate como desvirgando un tobogán de carne tórrida. Se zamparía sin problemas todo el brebaje a una velocidad asombrosa, sin que se le moviera ni un solo pelo de la barriga. La ridícula coleta, que sería chafada contra la nuca, le provocaría un cosquilleo juguetón, la guinda en el pastel. Aún erguido, se le ocurriría su propio epitafio y no dudaría en pronunciarlo precedido por un eructo, soltaría la botella vacía y la misma se haría trizas contra el suelo, habría trozos de vidrio esparcidos por toda la cocina. Al hacerle efecto la descarga etílica, Tony confirmaría que está vivo, que la plenitud existe pero nunca dura lo suficiente.

Croquis parisiens

La gauche nous a abandonnés,
comme elle a abandonné la laïcité.

−PATRICK PELLOUX

Faim de loup

Alcaparras, peras, huevos de codorniz, anchoas, mostaza a la antigua, chirivías… La lista de la compra arrugada en el fondo del pantalón es rescatada nada más cruzar el umbral del supermercado. Gonzalo lleva el cabello desordenado y largo. Luce una barba de cinco días algo escasa. La palidez de su rostro contrasta con los pelitos que apenas asoman de las mejillas y el mentón, sus andares sugieren miedo al prójimo. Husmea largo rato en la sección quesos y se hace cortar trescientos gramos de provolone. Se le ocurre que un espumante rosado sería una gozada acompañado de los panecitos que irán al horno cubiertos de queso. Se deja camelar por la azafata de una marca de charcutería artesanal y, tras embuchar una decena de las muestras que ésta le ofrece, escoge un surtido de media decena de salchichones y los lanza a la cesta de la compra. Se emociona con un ofertón que muestra una cabecera de góndola, evalúa a fondo la ganga y cambia de opinión, se dice que escatimar en crema de coco sería arriesgarse; la receta de pollo al curry malayo de Ali Hazri Wennstrom es inalterable. La sección de frutas y verduras recrea con énfasis el entorno granjero. Gonzalo encara los cajones de madera y embolsa tres puñados de champiñones. Al tachar el último producto de la lista le entra el apetito. Es hora punta, mocasines y minifaldas dejan estelas de perfume en los pasillos, los ciudadanos no ven la hora de sentar sus nalgas en el calor del hogar. Las cajeras novatas se desquician al ritmo que marca el pitido del código de barras. En la caja rápida los clientes, más distendidos que los que aguardan con carritos inabarcables en el resto de filas, asimilan pacientemente la espera. Gonzalo se niega a pasar por las cajas de autocobro, prefiere la explotación del hombre por el hombre a que más personas se vayan al paro. Los pinos señoriales, adornados con lucecitas blancas y azules, le recuerdan que pronto llegará el nuevo año.

La solitude

Sale de la boulangerie abrazando el pain de campagne. Unos macarras encapuchados discuten a gritos en la salida del metro. Para persuadirlos de que con él no se jode, Gonzalo escupe al suelo como desasiéndose de una muela cariada y apura el paso sacando pecho. Entra con ansia a su apartamento y, al encender el hornito eléctrico, cae en la cuenta de que se ha dejado las llaves puestas en la cerradura por el lado equivocado. Reacciona y las recupera.

Horno caliente, rebanadas de pan sobre la tabla y mandil bien atado. Pone rock sinfónico para distenderse. Asoma la cabeza por la mansarda y la contaminación lumínica le lava la cara. Juega a ser un usuario de Airbnb que ha ido a pasar el finde a París por distracción. Por encima de los edificios, a lo lejos, puede distinguir el resplandor dorado de la necrópolis militar, entre la oscuridad de los tejados y las chimeneas —ahora obsoletas— de la Lutèce de Haussmann. Bocinazos, hervidero de peatones. Le es imposible abstraerse. El jaleo de la urbe fustiga. A salvo de la melancolía, Gonzalo piensa fugazmente en Jacques Tati.

Como de costumbre, la cabecera de la cama de la chica de al lado se comienza a estrellar contra la pared común. Gonzalo tiene una playlist hecha a medida para este tipo de contratiempo, así que la pone y sube el volumen con la intención de que el didjeridoo, instrumento presente en todas las canciones que componen la lista, logre con murmullo de gigante ebrio enmascarar los gimoteos de la desenfadada vecina, que suplica a su compañero que no pare de enterrarle una y otra vez el puñal de carne. El rumor cavernoso del ancestral instrumento cumple su función, enmascara el clamor de la dulce agonía femenina. Con el tiempo, Gonzalo ha aprendido a guarecerse de los chaparrones cotidianos.

Le festin

Restriega un tomate carnoso contra el largo y ancho las rebanadas de pan. Hilos oleicos de virgen extra a las trompetas mortuorias que saltea en un wok tailandés con un poquitito de ajo. Una vez listo el tema, extiende las setas sobre las rebanadas tostadas y las cubre con lonchas milimétricas de provolone. Todo esto entra y sale del horno en menos de cinco minutos, minutos que él aprovecha para agregarle más cilantro al pico de gallo. Abre la botella de espumante, danza en el centro de la cocina con la flexibilidad de una nutria estridente, su torpe cintura se quiebra sin ritmo y su frente transpira igual que lo haría un salami en la guantera de un tractor caribeño. Baja la calefacción. Fuera, el cielo se cierra por completo y la luna se hamaca a ciegas en un diván argentado. Las primeras gotas caen en la penumbra del callejón.

Pizca de orégano y pizca de ají molido sobre el provolone fundido que se ciñe a las setas. Gonzalo desenrosca la Coca Cola Zero, inaugura un vaso de tubo y ya toda la escena toma resplandor de postal lisérgica. Dióxido de carbono, cosquilleo in my face. Queso y orégano nena, musita al masticar, aquí no hay transgénicos que valgan, muchacha, échate p’acá. Saca la tabla de cortar y rebana embutidos. Repentinamente y debido a que la lista de reproducción no es extensa, la música cesa. Los gemidos resuenan en su apartamento, repercuten sugiriendo coito del bueno y se prolongan acreditando la calidad del mismo, blasfemia coral improvisada por la apasionada vecina, Sophie, a quien no le preocupa que los demás oigan lo que hace con sus genitales. Los gritos de placer se introducen en Gonzalo, rasgando vagamente una membrana. Para paliar la erección, se jala un par de sedantes y tira el blíster par terre.

Los chillidos viscerales de la frágil Sophie le traen de inmediato a la memoria una cerda bien cebada que su tío despellejó con la intención de impresionar a la peluquera. Una alegoría rabiosa le atraviesa la cáscara de los sesos. La actividad extraescolar del piso de al lado acaba de perturbar el sueño de un fantasma pajero al que creía haber perdido de vista al acabar el instituto. Reacciona, se zampa la última rodaja de salchichón al roquefort, pone música klezmer para espolearse. Baja la cabeza y se encuentra con el plato vacío. El hambre persiste. Aún hay tres delicias más en la bandeja del horno. Los bajos de los altavoces están al tope. Carga el plato. Vuelve al sofá. No cabe en sí mismo el muchacho. Se promete que es viernes noche y que la soirée está en pañales, se dice que se está bien en casa y que ni aunque se le caiga el techo encima se entregará a la calle.

Engulle lo que tiene delante con las ganas que presumen los románticos. Se bebe litro y medio de refresco con taurina. Fuma cigarrillos con ímpetu. Lanza golpes al aire frente al espejo del armario. Tira las cenizas al suelo que ha fregado esta misma mañana. Finge ser un tipo duro. Recupera del cajón el rallador y una nuez moscada. Vivifica la existencia incorporando a su organismo tabletas efervescentes de cafeína. Ha vuelto a desobedecer las recomendaciones del licenciado. Abre la botella color zafiro y la ginebra lo pone suavecito, bien suavesito.

Voici l’homme

La música vuelve a cortarse, esta vez debido a problemas con la conexión. Los amantes parecen haber detenido la fricción. Gonzalo aprovecha la pausa para regocijarse con la desgracia ajena, sintoniza el telediario. ¡Que comience el espectáculo, que las palabras afiladas y las cámaras ocultas en los barrios conflictivos amenicen la digestión! ¡Que el periodista de ojos azulinos y pandero galáctico nos conmueva mostrando los niños muertos en la franja! ¡Que los dinosaurios del arte dramático posen con su nuevo pasaporte cuando Atenea venda sus piernas por un contrato discográfico, que un viejo que fuma en pipa lea un fragmento de una novela decadente en voz alta!

Los canales relampaguean, el espectador detiene el pestañeo, la realidad se muestra incongruente; ce soir, él y el resto de los humanos son una correspondencia incompatible. Gonzalo se reafirma en que los programas franceses, a determinada hora, se llenan de periodistas y putones esbeltos que hacen muy poco por la salud de la República. Aunque bastante menos izquierdosos que la prensa escrita, los del periodismo audiovisual muestran la hilacha mediante un sensacionalismo bien refinado. Les bourgeois, c’est comme les cochons. Plus ça devient vieux, plus ça devient bête. En Arte están echando un film que ya ha visto, así que vuelve a sintonizar una cadena ordinaria. Compara la televisión de su país con la que viene de sintonizar y echa en falta un tono más familiar por parte de los presentadores, echa en falta el error, echa de menos la naturalidad, la sencillez, la pandereta, la proximidad, la mediocridad, el costumbrismo y hasta la vulgaridad, a la que ya se ha desacostumbrado. La apaga. Como buen hijo de su época, prefiere instruirse en internet.

Mordisquea conjeturas. Esboza tesis estériles con frases improvisadas. Piensa sin filtro. Abre una brecha entre sus impresiones y sus labios para claudicar en el intento de pronunciarse. Desde la pared, un Lautréamont enmarcado lo observa con las manos en los bolsillos. Investiga en webs polémicas, donde reaccionarios de ambos bandos ponen a disposición del ingenuo sus conclusiones borrascosas, donde campan a sus anchas conspiracionistas sin escrúpulos. La información independiente mete leña, la vena de la sien va a estallarle. Él no se casa con nadie, quiere escuchar todas las voces, mirar fijamente al despeñadero. He aquí qué se cuece en su olla a presión, los prejuicios radicales brotan y las falacias lógicas fluyen. Enciende de nuevo la tele. Exaltados recién salidos de la facultad de ciencias políticas. Tribunal revolucionario televisado. Ultraviolencia.

Indignez-vous

Mohamed Merah vive en cada macarra que mete miedo a esta nación / La gente no le presta mucha atención, pero lo de las setenta vírgenes es un factor elemental / La trabajadora social elogia el poster de Malcolm X y los vinilos de DJ Shadow que hay en casa del líder sindical / Zurdos pacíficos que nos dan la lata con el sexe convivial de los bonobos omiten mencionar que la mujer noruega violada en Dubái fue condenada a prisión por embriaguez y por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio / Una superviviente cuenta que esa noche uno de los terroristas subió al escenario y se puso a tocar el xilófono / Juzgadas por procesos populares, humilladas y rapadas ante el público, las prostitutas francesas que sirvieron a los soldados alemanes durante la ocupación fueron sometidas en la ciudad que venía de ser liberada / ¿Gentrificación es higiene racial? / Un equipo de teólogos americanos se entrega a la propaganda religiosa y produce un documental de bajo presupuesto en el que intentan convencernos de que en el Corán se explican verdades que la ciencia tardó siglos en demostrar / Hay una estadística sobre las parisinas que se quitan la vida pasados los veinticinco / Si Marine les parece jodida esperen a que crezca la diabólica Marion Marechal / La moda es adorar a un profeta belicista que se atrevió a fundar una religión en el siglo VII, que, si bien se casó con una niña de seis años, al menos tuvo la decencia de esperar tres años para desvirgarla / Alá está más cerca que la yugular, matad a otros hombres y saldréis a ocho tetas por barba, así lo explicó el enviado / Calla, calla, calla, no lo estropees todo, olvídalo / El individualismo post mayo del 68 ha herido de muerte algunos valores útiles que conformaban las estructuras tradicionales de la Republique / La policía anhela la calma del mes de ramadán / Los nuevos dueños del mundo se quejan de la humillación que sufren desde el siglo pasado y la persecución de que son víctimas en las ciudades y aeropuertos de occidente / Doscientos niños menos en Pakistán y resulta que somos nosotros los intolerantes / Esos psicópatas quieren una segunda Shoah / Intelectuales comprometidos están a favor del multiculturalismo porque sin él se quedarían sin esclavos / Mírame, soy una líder de opinión, mira mis medias rotas, mira las ganas que tengo de cambiar el mundo y no te pierdas las fotos de mi temporada en Estambul / Es embarazoso escuchar tus quejas, las cosas no van tan mal, venga / Antiblanquismo, feminismo, animalismo, igualitarismo, antirreligión, homosexualismo, relativismo moral, Michel Onfray / No odies cariño, Be cool, de lo contrario nunca mojarás el bizcocho / En los hospitales ciertas señoras se niegan a ser operadas por médicos varones, otras denuncian a la empresa para la que trabajan por no servir carne halal en la cantina / Vendrán de lejos, cobrarán poco, trabajarán mucho / Se estrechan los vínculos entre el radicalisme noir y la extrema derecha, ambos persiguen lo mismo / El dios vigoroso del góspel, ante la carencia de ritmo, le puso color y candor al cristianismo / El Estado tolera la discriminación positiva / El multiculturalismo no es ni bueno ni malo, simplemente es / Contra nosotros la tiranía, que gana terreno y viene a degollar a nuestros hijos y a nuestras compañeras, imponiendo su poligamia / El populismo ama tanto a los pobres que hasta los multiplica / Los socialistas quitan votos a los neoliberales para dárselos al FN / Todo lo que va, vuelve, y de vuelta a empezar / Benditos sean los siete planetas, los sietes cielos y los siete brazos del candelabro en estos tiempos de oscuridad / La media luna hincará sus rodillas en la alfombra y orará hasta llegada la madrugada / Pas d’amalgame / En el extrarradio de una ciudad europea, un chaval repartirá entre sus compañeros de instituto ejemplares de Los protocolos de los sabios de Sion, impresos en casa / En ocasiones el racismo se esconde en su denuncia obsesiva / ¡Existen cursos de xenomanía adaptada a sionistas despreocupados! / Mezclémonos sin miedo / Hagamos la vista gorda ante las que verifican el himen de la novia con un pañuelo blanco / ¿Qué fue de Ashraf Fayadh? / Alain Soral es un comediante frustrado / La culpa es de Youtube, ahí los captan, putain, así muerden el anzuelo / Apestará a sahumerio y muerte otra vez, los niños que hoy lanzan piedras mañana se recortarán el bigote y se plancharán el uniforme / Vendrá la gran nación del este a negociar, aquí se le dirá que no, la bestia golpeará con ganas / Pero mueve tu cuerpo como un marginal, muchacho, añade a tu cabeza una gorra de negrata estilado si te has hartado de tu cara de niñato consentido, aquí nadie te conoce, diles que odias a los que odian y sírvete de la música del imperio para quejarte / Nadie se ha enterado de que ayer una ablación fue practicada a una recién nacida en un piso patera de la capital / Condenan el atentado, pero son incapaces de entender la blasfemia / Ante la cámara, el niño dice tener prisa por hacerse mayor y atar a las cuatro hembras que le correspondan mediante las permisiones que otorga el sagrado matrimonio / La culpa es de la net / Una madre de nacionalidad francesa envió a su hijo de tres años llamado Yihad a la guardería vestido con una camiseta que le había regalado el tío de la criatura, en ella se podía leer: Yihad, nacido el 11 de septiembre — Soy una bomba.

Marchons, marchons

Gonzalo necesita un respiro, se da cuenta y apaga el televisor. Los vecinos parecen haber retomado la maratón. Rastrea bajo el sofá y se topa con un cogollo polvoriento; hay más pelusa que sustancia. Salvado, el hallazgo ha coronado la noche. Está que arde, va y viene, echa humo en todas direcciones. Se deja caer en la cama con los brazos extendidos y su cuerpo forma una cruz, su cabeza está apoyada en un cojín colorido de inspiración azteca, el gaznate se mueve como una máquina de escribir que traga saliva compulsivamente. Un millar de ácaros se cuelan por los orificios nasales, los ojos le pican, adiós desloratadina, algo va a explotar en su pecho.

Le entra sed y se plantea salir a tomar el aire, pero el recuerdo de haber visto otra dosis de taurina en el fondo de la nevera se lo impide. Se bebe el medio litro. Se desinfla de miedo y retorna al sofá, se decanta por sentirse otra vez culpable por algo. Vuelve a ponerse de pie, alarmado y recuperando lucidez a medida que acomoda sus ropas; recuerda lo del dentífrico vacío y se debate entre enviar a su cuerpo remolón a ver si hay algo abierto para comprar o quedarse en casa haciendo nada hasta que amanezca. Sabe que ahí fuera le esperan los focos de los coches; bien, ser el protagonista de hoy no está entre sus planes.

Los amantes han mantenido un ritmo constante. Gonzalo oye lo que aparenta ser un batir constante, huevos de avestruz que se estrellan una y otra vez contra el filo de la lúbrica sartén de esmalte rosado que guarda en la entrepierna la vecinita. Empachado de las muestras de cariño provenientes de la casa de al lado, harto de padecer las tribulaciones del fisgón que se limita a oír, decide hacer algo al respecto. Ahora, ya en el rellano, cierra con delicadeza la puerta de su apartamento, se dirige a la puerta contigua y hace sonar el timbre. Sophie tarda en abrir.

Sophie, sans ornament

Sophie vive sola, le gusta el cine en blanco y negro y los musicales indios. Se lleva bien con su madre porque la ve poco. Se educa en bellas artes. Se autodefine de izquierdas. Le gustan los leggings estampados. A menudo sus profesores la invitan a cubatas y conciertos. Cuando acabe la facultad quiere desaprender lo que le han impuesto, y para lograrlo planea trabajar un año como camarera. Una semana de sus estudios cuesta una buena dinerah, lo mismo que contratar a una veintena de niños somalíes dispuestos a matar por pegamento. Una fiesta organizada por ella es autohomenaje. Quiere el amor de la mayoría y que no falten enemigos que la entretengan. Casi nunca se pone sujetador. De pequeña quería ser bailarina. Vive sola. Se cree rebelde. Es perspicaz. Es extrañamente coqueta. Se tiñe el pelo, y, a pesar de contar con grandes espejos en las puertas del armario que hay en su habitación, detesta verse reflejada en ellos. Últimamente lleva mal eso de quedarse a solas consigo misma los días de lluvia. En la resaca se avergüenza de la fortuna que poseen sus padres. Cuando empina el codo se victimiza repitiendo incesantemente detalles técnicos de su futura profesión y habla en tono elegante, arrastrando las palabras, sobre sus planes de recorrer el mundo y dejar todo atrás. Sophie es una perla en un charco de mercurio. Estática. Fulgurante. Perfecta cuando las copas se vacían definitivamente y se apagan las lámparas. Cuando todos se han ido y ya no le hace falta fingir, sirve dos copas y se explaya, te explica qué la aterra, y su retórica hiperactiva se expande como una caricia deslizándose en el silencio.

La porte s’ouvre

—Vengo a verte porque esta situación me ha superado, llevo casi toda la noche intentando cenar en paz y, dado que no controlas el volumen cuando exteriorizas el placer, no logro concentrarme. Créeme, si tuviera otro lugar al que ir no estaría hoy aquí explicando mi padecimiento. Quiero volver a los delirios en blanco y negro del charol, frecuentar tugurios, necesito el mar, vislumbrar el tronar del agua contra las rocas una noche de luna llena, dejar que una ráfaga de viento me parta el rostro e indagar en ella con el tipo de curiosidad que vuelve felices a los de mi especie. Nadie quiere llevarme hasta allá, todos se espantan de la fuente de bronce que hay en la plaza del pueblo, temen las colinas rocosas y la calma exagerada de aquellos parajes. Me presento, yo soy Gonzalo Candelaria, un equilibrista aturdido que interactúa a pesar del mareo, que continúa hasta el final a pesar de que un error costaría lo que una vida. Presque un bâtard que se empeña en existir y hacer de las suyas, arando lides sin plantearse la retirada. Antaño, yo era crédulo y podía permitirme pretender la felicidad, mas hoy, la voluntad que pujaba en mí ha reculado.

—¿Te sientes bien? ¿Qué quieres? No te entiendo.

—¡Por supuesto! ¡Estoy que me salgo! Zarpazo fulminante han lanzado los irreverentes cultivados de la gran ciudad, los leotardos prietos los han puesto dinámicos. Saben que las grietas lascivas ruegan por caer en desuso y que sus trapitos minuciosos no les otorgarán más talento que el de posar correctamente al ser fotografiados. Basura, se lo digo, basura. Gente incapaz de reconocer un simple amago de generosidad, ¡grupo de ratillas somnolientas que desmontan libros arrojando metralla a sus verbos auxiliares, a su indefensa página primera! El poeta que nos describió una araña sangrante hubiera hecho una hoguera con sus cuerpos y sus bocetos si hubiera leído la mierda tan bien vendida que escriben estos muchachotes y muchachitas del sector cultural alternativo. Yo de esas cosas no entiendo, yo pertenezco a la casta de los vencidos. ¡Jodidos modernosos, caricaturescos suicidas, progres navajeros, escuálidos pedantes, soberbios endebles!; vino, mucho vino les daría, pero del tinto, del que parte el alma y pone a dormir a los que fingen. Me disculpo, olvídalo, no quiero aburrirte, solamente quería presentarme.

Le coup de foudre

Sophie enmudece. En el corredor el aire se llena de tules serpenteantes. El botón verde parpadea, la puerta del ascensor se abre dando paso a una nube de mariposas fluorescentes y colibríes tornasolados que, con cadencia picarona, invaden los pasillos y las escaleras del edificio. Lianas trepadoras se expanden por el techo y las paredes. Los dos se ven envueltos, casi trenzados por este tropicalipsis de aleteos y clorofila, prendados ante la gama de subespecies que revolotean desbocadas.

Gonzalo imagina la réflex desenfundada en la mesita de noche y al galán desparramado en la cama con la polla medio tiesa, con el flujo de la doncella secándosele en el escroto y preguntándose por qué ella tarda tanto y quién ha hecho sonar el timbre tan tarde y por qué motivo ella no había ido a ponerlo al tanto de lo que cojones estuviera ocurriendo.

—¡Deja de mirarme así! Sé que vives aquí al lado, sé que eres un cerdo, y ahora también sé que estas mal de la cabeza. Escucha bien, mi novio es camello y le encantan las navajas, si se te ocurre decirle algo a la policía sus amigos se ocuparán de ti y si vuelves a tocar a mi puerta o si te da por mirarme cuando nos crucemos, en el ascensor o en la calle, yo misma me encargaré de que te cuelguen de las pelotas. ¿Entendido? Ahora vete.

—Allá tú si así lo quieres, serás infeliz y envejecerás sola, naufragarás en tus cuantiosas aspiraciones. Sé que me cuentas patrañas, el tipo al que te has estado sacudiendo hoy es noruego, seguramente estudia historia del arte, y en esta ciudad los noruegos no venden droga y mucho menos los que estudian la condenada historia del arte. Sé de lenguas nórdicas, ese afortunado holgazán se corrió cinco veces y maldijo a varios dioses escandinavos en cada descarga. Además, como bien has dicho, vivo aquí al lado, y a pesar de llevar solamente un mes sé que vives sola, percibo que todavía te estimas lo suficiente como para no atarte a ningún rabo. A mí no me la cuelas, él es la polla fresca de la semana.

—Vete, por lo que más quieras. S’il te plaît.

La taupe

De regreso a su madriguera, instalado frente al ordenador y con la pantalla en blanco, se atosiga con la inconcebible posibilidad de que el corrector de faltas ortográficas, como una especie de ente que vigila desde el anonimato, se dedique a enmendar las cagadas que escribe cuando regresa a casa tarde, pasado de rosca. Se convence de que, de ser así, la paciencia del indulgente corrector habrá acabado por mermar. Justo hoy. El ataque de pánico estalla en su pecho al cavilar la llamada telefónica que hará el corrector, advirtiendo a los gendarmes de las barbaridades que él escribe hasta altas horas de la madrugada. El ente, harto de corregir burradas, persuadirá a los guardianes del orden, que tirarán abajo su puerta a fin de incautarle los psicotrópicos. Microsoft Office 2013 pondrá fin a su estadía en el parnaso.

Tantea en internet en busca de algo que lo distraiga, pero la intranquilidad le vuelve a salpicar. Es su culpa, algo terrible ha ocurrido, está ocurriendo o va a ocurrir, y es su culpa. El disparate que se ha inventado se acrecienta, la paranoia lo supera, cuando de pronto ¡Plasca! Un pop-up en el que una japonesa de pezones demenciales le propone una mamada lo rescata, pone fin al desasosiego.

Prueba con un número que encuentra en un foro local y una voz nasal con acento mandarín descuelga el teléfono. Recibe visita una horita más tarde. A pesar de haberse corrido mal, Gonzalo se venga de Sophie pegando berridos desproporcionados durante la media hora que dura el servicio, a diferencia de la trabajadora sexual, que guardó silencio durante el coito. El dolor ha cesado, pero la tristeza es escurridiza, difícil de identificar. La prostituta se retira y él logra al fin adormecerse, con la ilusión de despertarse en un día suave, sin sobresaltos.

Méfiez-vous

La vecinita vuelve a la habitación y se disculpa con el semental por lo del timbre, le dice que la señora Dupont se había quedado sin tila. Ahora los amantes concuerdan en darse una tregua para cenar, pasan al salón, abren bolsas de chips y beben zumo de papaya importado escuchando a Alexander Marcus. El amante noruego sugiere otra tanda de mete y saca, ella aprueba la propuesta pero le advierte de que no sería conveniente entretenerse demasiado, ya que mañana por la mañana tiene que hacer cosas, y pregunta:

—¿Tú me quieres?

El vigoroso estudiante de intercambio, que para conquistar ilusas se disfraza de fotógrafo vikingo provisto de una cámara-falo de talla monstruosa, descolocado ante lo que viene de escuchar, ni siquiera puede moverse. Arquea una ceja y exige una explicación. Sophie se da cuenta de lo que acaba de pensar en voz alta, se disculpa con mirada gacha y alza su rostro de beata mendigando indulgencia. Él acepta las disculpas y se recuesta en el sillón al tiempo que la sujeta por la nuca. Ella se inclina dando comienzo a la lustrada del garrote. El suertudo no da crédito a la profundidad que palpa con la cabeza hinchada de su miembro. Sophie aplica a la felación una mirada desafiante como ninguna otra lo había hecho antes, es la picardía en sus párpados la clave y es el hondo azul de sus dos reliquias adyacentes lo que inmoviliza de placer y tensa los ligamentos del amante esporádico. Las palpitaciones sofocantes generadas por la mamada tumban al rubio, que con los ojos como dos huevos duros y las pestañas como abanicos, crispadas y saludando al techo, se postra ante la certeza inédita de que el glande le va a explotar. La corrida salpica el corset noir con el meneo imprevisible de una manguera desbocada, el grandullón estalla en una carcajada que llenaría de orgullo —o de vergüenza— a sus ancestros.

Echinopsis pachanoi

El señorito renunció a su puesto como docente en la enseñanza privada en cuanto las ganas de huir fueron más fuertes que el raciocinio; a pesar de la brusquedad con que transmitió la decisión a sus superiores, el director se ofreció personalmente a redactarle una carta de recomendación en la que recalcaría su dinamismo y entrega al servicio de la institución. Los otros profesores le hicieron saber lo grande que era la pena de verlo partir tan lejos, e insistieron en lo tristes que se pondrían los alumnos cuando se enteraran de la mala nueva. El señorito sabía que no echaría en falta a esos mocosos malcriados, tampoco a las burguesitas cultivadas y a los pensadores ineptos con los que a diario se veía obligado a almorzar, beber café y comentar los planes para el fin de semana. Se propuso enmendar los daños causados por el colonialismo español al otro lado del Atlántico, aprovechar los nuevos vientos que soplaban en el continente de Bolívar para instalarse allí, dar clases durante el día y por la noche organizarse con los militantes locales; en definitiva, planificar el reguero de pólvora que conduciría a la revolución, liberando a los que, según él, eran pueblos oprimidos. Su padre intentó detenerlo, le recordó los veinte mil sacrificios anuales que ofrecían los aztecas al sol antes de que desembarcara Colombus, y el señorito respondió que no tendría en cuenta los argumentos de un hispanista neoliberal al que le estimula embarrar la majestuosidad de las culturas precolombinas. Como el señorito quemaba su salario en tecnología, comida de autor y chicas casquivanas, no se le daba bien eso de ahorrar, así que su familia tuvo que apiadarse de él y dar luz verde al proyecto, financiando parte de la aventura al benjamín de la casa aun a sabiendas de que su periplo en el nuevo continente acabaría en chasco. El señorito sintió un día el llamado de la Pachamama que lo reclamaba con fervor latinoso, le dio pereza decirle adiós a sus conocidos y su hermana fue la única en acompañarlo al aeropuerto. Se pulió la media botella de licor de turrón que se había comprado en el duty free y escribió anhelos en su libreta hasta quedarse sobado.

Que se aparten las nubes cuando este aeroplano despegue, que las tormentas se disipen, que mis espermatozoides se agiten como maracas cuando la onda expansiva que trae mi tropicalentura ibérica los ponga a todos pícaros, sintonizando la actitud traviesa, pa’que hagáis cositas de las que disgustan al oligarca.

¡Que te quieren ver sumisa, chica! Te voy a dar pa’que tengas y puedas defender tu desayuno suculento, tus hijos, tus caderas, tus ovarios, tu orgullo de hembra insurrecta, tus pezones subversivos, tu útero del que vendrán más almas, carne de cañón espabilada por el tronar bolivariano, masa sedienta, hermosa, que no se detendrá hasta ver decapitada a la sobreprotegida clase media, creando así el sueño de igualdad que se duerme a los pies —y al calor— del estado providencia.

Tras el aterrizaje seré otro, me perderé en valles coloridos con una botella de pulque encanutada en el fardo, elogiaré miradas-luciérnagas en la Avenida Libertadores, embarraré mis botas en las marismas que mamá Anaconda regenta y donde asfixia carpinchos hasta que los lugareños la hostigan forzándola a vomitar el botín. Amaneceré en La Cumbre Chata, con la princesa indigenista que ha abierto un comedor social en el que los ex-hambrientos hacen la digestión en hamacas lentas y se duermen leyendo Pedro Páramo con el vasito de tinto al alcance de la mano.

Pasmarme ante la Aconcagua y postrarme ante el cóndor, restituir la cultura gastronómica autóctona que ha profanado la burguesía colaboracionista a sueldo, darles un escarmiento a los terratenientes chungos que se arman hasta los dientes cuando salen a cazar jabalíes con su jauría de dogos argentinos y sus furgonetas blindadas. Olfatear desierto, pampa, vacas, sabana, costa, parar la oreja y oír las arpas llaneras que me dejarán calentito el esqueleto. Tamalitos envueltos, mejillones como la palma de tu mano que me la pondrán dura cuando suene el charango mezcalinoso de Nico Oneto y maravillosos caldos de liana curen al guerrero. Bien instruidos seremos intratables, hierro con hierro se aguza, desde Baja California hasta Tierra del Fuego, con la violencia placentera de las cataratas les caeremos encima y ni sus abogados les serán útiles. ¡Control con Cola y un brindis por los hermanos de las latitudes en las que copulan los guacamayos! ¡Tres putos hurras por la sensual acuarela! ¡Bendito seas, guaraná magnificente del Mato-Grosso!

Asistiré a partos de murciélagos chupadores, temeré a la araña errante de la extinta United Fruit Company cuando, enganchado a un culo reguetonero y aullando a las nubes, asista a un terremoto de nalgas y riegue mi crema de coco en el cansado cañaveral. Ríos de esperma serpenteando en el bosque intertropical del patrimonio mayúsculo, selva ultramajestuosa de chamanes y toxina, mina de caucho por la que Chico Mendes lo dio todo, hazme entrar en trance, enséñame lenguas tupíes, curte mi paciencia con humedad extrema, adiestra a las hembras mosquito para que me expriman hasta la última gota del jugo fértil, estrujándome el hongo venoso.

Seré un forajido, el guerrillero intelectual definitivo, el del vingtième siècle. ¡Perderé el control conciso de mi Dedo Sin Uña y lo rebautizaré Toscano De Cuero! Me aferraré a mi última ilusión estremecido por la obra humana y, por ella, arremeteré contra la polla impulsiva que hechiza y acribilla con cerbatanas durante el claro de luna en el manglar, al latifundista porfiado que le niega la competencia lingüística al niño que hurga en los basurales. Venimos a por nuestro cacho, Tío Sam. ¡Arderán las fronteras, cuando Iberoamérica unificada sea lo siguiente! ¡Temblad tiranos, temblad!

Durante su primera semana en tierras incas el señorito se alojó en un hotel de tres estrellas, después alquiló un apartamento de lujo y mandó al carajo el plan de recorrer la América mayúscula. Se la pasó bien los primeros meses, luego se dejó vencer por el onanismo y las ediciones de bolsillo de literatura contemporánea que le enviaba su madre a menudo y que él leía recostado, hasta arriba de licor de uvas, masticando papas a la huancaína y escuchando remixes lisérgicos de Yma Súmac. Criando panza, apartado de la enseñanza y distanciado del prójimo, el señorito veía pasar las semanas ajeno al centelleante ajetreo de la vida diurna. En el remordimiento sistemático de sus resacas se planteó infinidad de veces volver a la vieja Europa, pero bastaba con que cayera el día para que se disiparan las dudas, sobre todo cuando Tito golpeaba a su puerta trayendo aguardiente y escamita fina.

Le daba duro a los chilcanitos, día sí día no, cotorreaba largo y tendido con las prostitutas de la casa del billar, exagerando el acento para impresionarlas les describía los balnearios decadentes de la madre patria, se cantaba alguna de Julito si ellas insistían en que subiera al karaoke. Frecuentó en el campo de la ilustración progresista a neófitos de una ingenuidad apabullante, conoció a camaradas leales en el ambiente nocturno, se codeaba con un diplomático venezolano que lo trataba de tú a tú y le animaba a visitar Venezziola, prometiéndole hospedaje y tapioca a voluntad.

Al señorito le quedaban ahorros suficientes como para vivir así tres o cuatro meses más, no le preocupaba no tener trabajo, sabía que todo era cuestión de ponerse. En cuanto se vio agobiado buscó algo en los alrededores y fue solicitado a mitad del primer trimestre, tras la imprevista expulsión de un docente. Aceptó el puesto vacante y una sensación bastante parecida a la esperanza se alojó en su pecho, dio un tirón a la cortina y el ventanal dejó pasar la luz; las motas de polvo cayeron lentas, iluminadas por los primeros rayos embelesaban al joven profesor; el cuadro de Túpac Amaru, los tapices, los muebles y los murales de su casa se desvincularon por completo de la lobreguez, el sueño latino que lo había traído a estos parajes anunciaba su aparición, era la oportunidad de iluminar las conciencias castigadas por siglos, darse a una aventura que lo haría caer con dignidad junto a los pobres, respaldado por la mayoría silenciosa del cuarto mundo, los legítimos herederos del Planeta.

El instituto de enseñanza secundaria, próximo destino del señorito, era el indiscutible responsable de la educación otorgada a las hijas de las familias más pudientes de la comarca. Generación tras generación, afianzando lazos con Roma, la institución había conseguido un renombre. Su edificio era una mezcla entre arte ultrabarroco y fortaleza romana, un bastión desmesurado de disposición grotesca con respecto a la condición del desierto, una fortificación en medio de la nada provista de instalaciones deportivas óptimas y majestuosas aulas del siglo diecisiete, dotadas todas ellas de tecnología punta.

El día de su presentación hicieron acto de presencia los padres de las estudiantes. Desde la asesora de pedagogía hasta el personal de mantenimiento, nadie faltó. El señorito se perdió cien veces en las galerías del imponente edificio colonial y llegó al salón de actos con retraso. La presentación le sentó bien, se dejó querer, la expectación que creaba su persona entre los allí presentes le pareció un derroche de energía, mas no dejó que sus teorías sobre el antagonismo social empañaran semejante bienvenida, a pesar de imaginarse el disgusto que se llevarían los militantes, los muchachos de la bohemia y el diplomático venezolano al enterarse de que el camarada llegado de lejos se había vendido a los acaudalados.

A la mañana siguiente, de camino al trabajo, el señorito miró la hora y se dio cuenta de los minutos que le sobraban. Detuvo el automóvil a un lado de la carretera y aprovechó para repasar los nombres de sus alumnas y relacionarlos con las fotos carnet que prolijamente había engrapado en cada una de las fichas. Sonó su celular y el señorito contestó predispuesto a establecer comunicación con algún errado, dado que el número que aparecía en pantalla no estaba registrado en su agenda.

—Dígame.

Alguien carraspeó al otro lado, el señorito colgó. Perturbado, pero no lo suficiente como para perder de vista el reloj, se dio cuenta de que estaba de retraso. Antes de que encendiera el motor, el teléfono volvió a sonar.

Téngales miedo, son unas putitas muy astutas.

—¿Quién es usted?

Yo… el inocente.

El señorito giró la cabeza y comprobó que la carretera estaba vacía.

—Vaya con cuidado, no toque lo que no es suyo y téngame al tanto de lo que le vaya pasando. Estoy de su lado.

Los zapatos le apretaban, su corbata olía mal. Extrajo del bolsillo de la camisa una caja de cigarrillos y, sin bajarse del coche, se puso a fumar sin perder de vista las rapaces que sobrevolaban la llanura. El resplandor y el vaho, insufribles, lo apartaban de la voluntad de ser. A lo lejos se podían distinguir, en medio de la nada y casi como un espejismo, los campanarios del instituto fulminados por el resplandor. Se habían cumplido siete días desde el acto de presentación. La llegada del nuevo profesor y la expulsión de su antecesor eran temas tratados con pinzas. El párroco y el rector habían aseado su reputación a base de silenciar a los implicados en el escándalo.

Para el señorito, la mañana transcurrió sin más sobresaltos. Aprovechó la hora del recreo para distraerse echando un vistazo a los corredores. Paseó la mirada por los vértices de los marcos, se emocionó con algún que otro óleo italiano y, adentrándose en el pabellón de ciencias naturales, se estremeció con una pareja de ñandúes disecados que custodiaba los fetos de pumas bicéfalos conservados en formol, la colección de mariposas que ocupaba una pared entera y un sinfín de ornamentos debidamente etiquetados al servicio de la ciencia, que él no dudó en manosear.

El suelo de roble y las numerosas lámparas araña de bronce y cristal conseguían aunar la presencia de naturalezas muertas con la de estanterías interminables, llenitas de libros encuadernados en piel de guanaco. Le llamó particularmente la atención una puerta robusta situada al fondo en uno de los rincones: apoyó la oreja en la madera con la intención de averiguar qué se escondía detrás y oyó cuchicheos, arrimó el ojo al agujero de la cerradura pero la escasa luz le impidió averiguar a quién pertenecían las voces. Se hizo silencio y alguien abrió uno de los ventanales.

—Ahora sí, ahora sí que te veo bien, esos lunares tan lindos que tienes en la carita.

—Mi novio se ríe de ellos…

—Eso es porque es demasiado joven, aún no sabe valorar el tesoro que el señor le ha confiado. Ven, ponte aquí.

El ojo del profesor, pegado a la cerradura, alcanzó a identificar un florero de cerámica espantoso que sujetaba un ramo de rosas amarillentas en la penumbra. Vio también un mantel hecho con plumas de cuervo y, por debajo, quince lustros de mesa confeccionada en nogal macizo y marfil, sujetándolo todo, avejentada y recia, quejándose en los ecos del tiempo. El señorito oyó la tos de un fumador veterano, pero, a pesar de las contorsiones que intentó con su globo ocular, lo único que seguía viendo era la mesa, el mantel, el florero y las flores a punto de marchitarse. En su limitado campo de visión irrumpió una silueta menuda y pudo distinguir a una segunda persona de mayor envergadura. El forcejeo entre los dos contornos era cada vez más agresivo. Una mano diminuta se sujetó al mantel de plumas y su par se dejó ver tímidamente apoyada en la pared buscando a tientas el equilibrio. Logró reconocer el rostro que se dejó entrever por la maraña de cabello: era Diana, una de sus alumnas, y detrás, lamiéndole la nuca, el honorable señor Faisán. La mesa pareció adivinar la caída inevitable de alguno de los pétalos, cubierta por su inquilino tierno, su abrigo incondicional, el mantel carroñero que antaño merodeaba en entierros remotos. El señor Faisán tomó a Diana por el cuello arremetiendo desde atrás con insistencia, hasta que la jovencita estalló, las piernas se le aflojaron y arrastró el mantel algunos centímetros para después soltarlo a tiempo antes de derrumbarse exhausta en el suelo. Se agitó el florero, vaciló la brisa que se colaba por la ventana, vibró el pétalo y se desprendió, planeó como una gaviota acartonada y, al caer, no opuso resistencia al colchón de plumas de mal agüero. Desde lo alto, Faisán se acomodó la sotana y tendió una mano a la jovencita, que despeinada y aún temblando, se incorporó con una sonrisa para luego reverenciar al anciano.

El señorito volvió a su aula esforzándose en fabricar fórmulas que le permitieran digerir semejante revelación y retomar el control de la jornada, que definitivamente se le estaba torciendo. Una vez instalado en su escritorio, ojeó su reloj de pulsera y devolvió su mirada a la clase para darse cuenta de que estaba vacía. Tras veinte minutos de retraso, las señoritas entraron escoltadas por la profesora de biología, una dama elegante y discreta con la que él aún no había intercambiado impresiones. Nadie le dio una explicación, así que la exigió sutilmente. Todas miraron a Diana, ella le explicó que hubo reunión sorpresa en secretaría. La profesora de biología se retiró sin haber pronunciado palabra alguna.

Y ahora la complicidad entre las muchachitas es descarada, se intuye un aire socarrón en cada una de las presentes. La desidia en sus miraditas roza el insulto, define la inapetencia. Los aviones de papel surcan la espalda del profesor portando consignas. El señorito olvida fácilmente, se arma de coraje y apunta «“Leer Los infortunios de la virtud» en la pizarra. Lápices, pupitres y demás atrezzo sustentan una clase repleta de mandíbulas tensas que confabulan leyéndose los labios. La tersura en el entrecejo del profesor y sus movimientos livianos delimitan un escenario burlesco. Convencido de tentarlas con su discurso, se deja cegar por su propia lengua e ignora el hastío en las presentes, desfila por el aula con una frescura copiada a los entusiastas del mayo francés. Defiende a Bocaccio paseando sus ganas por las costuras inmaculadas de las faldas a cuadros que le están vedadas y el pálpito creciente resucita los labios sellados de las presentes, humedecidos a favor de consignas maliciosas. Las de la primera fila han visto y oído demasiado, juntas inventan un juego tan diminuto que sólo cabría en sus cabecitas, contando los segundos invocan a la voluptuosidad. Una de ellas no sabe cómo ocupar sus manos y toma un bolígrafo, Diana le guiña el ojo al tiempo que asiente, la intrépida comprende la orden dictada por su compinche; lo manipula, lo muerde, lo besa, lo ensaliva, lo marea de tal manera que detona en sus manos, comienza a salir tinta, tinta, tinta y más tinta que avanza con el rigor del vino endiablado al derramarse. Las manos de la insensata no son capaces de contener el raudal de pigmentos rojizos que brota incontenible también de su regazo. El bolígrafo se retuerce de dolor y pide otro mordisco, ella obedece y le da tres, él responde más rojo que nunca partiéndose de júbilo y las osadas festejan en el cortejo coral de los creyentes instruidos. Aquí se archiva el ideal en que el señorito basó su ambicioso proyecto y del que dependían sus anacrónicas aspiraciones.

Querido diario

13 de abril

Me desperté hace apenas unos minutos, hay en mí una mezcolanza de empeños que no logro clasificar. Es como si todas mis voluntades, en vez de cada una escoger una virtud a la que ensalzar, se hubieran propuesto enfocarse al unísono en la tarea de escribir en tus páginas. Podrás apreciar, querido diario, que cuando me refiero a la voluntad describo un cuantioso número de tentáculos serpenteando, nunca un pulpo.

Comenzaré por el principio, por el día de ayer.

Me encontraba yo en la ducha, frotando mis extremidades agotadas, eliminando el sudor transpirado en un partido de tenis, con el gusto de la victoria conseguida a golpe de raqueta, regocijándome sanamente en el triunfo. Virgen santa… ¡Tengo a dios alojado en uno de mis testículos!, exclamé mientras me enjabonaba ahí abajo. Del susto resbalé, fui a parar al suelo y del suelo al quirófano.

******

Incluso siendo yo el mismo de ayer y de todos los días precedentes a mi nacimiento, la anestesia parece empeñada en alterar mi pluma de la misma manera en que ya ha potenciado mi verborrea. En mi breve encuentro con la enfermera —única persona a la que he visto desde que he despertado— la confluencia resultó como mínimo incómoda. Cualquiera que tenga la intención de entablar una conversación conmigo acabará con la impresión de haber intercambiado palabras con un delirante, o lo que es mucho peor, con un exagerado.

Volviendo a lo importante, me han extirpado a dios del testículo izquierdo y el dolor ha sido desterrado, al acabar la operación el doctor me dijo que no podría haber salido mejor, que me ha ocurrido en la edad idónea y que mañana estaré recuperado y obtendré el alta médica. Confío en regresar a mi hogar y retomar mi rutina lo antes posible.

14 de abril

No ha podido ser. El doctor Singer, amigo íntimo de mi difunto abuelo, se está ocupando personalmente de mi caso. Me ha explicado detalladamente los motivos por los cuales postergó el alta, nada preocupante, dijo, supongo que meras formalidades.

15 de abril

En cuanto salga de aquí, recorreré las tiendas en busca de una chaqueta de piel que cubra mis necesidades, arroparé mi emancipada estampa con nuevas prendas para el nuevo rumbo. Colocaré brújulas en todos los rincones de casa, como también aconseja la Fundación. Es menester vital para esta nueva vía que he escogido no olvidar ni un instante que sólo la ciencia es apta para orientar. Será un discreto homenaje a los mártires que han ardido en hogueras encendidas por devotos, pirómanos a sueldo de no importa qué institución esotérica. Son todos ellos, sin importar color o lengua, la contrariedad amenazante del CED. ¡Filántropos del mundo, uníos!

16 de abril

Ha amanecido para este que escribe, no volveré a mendigar miradas ni a exponerme a la frustración que conlleva el rechazo; viviré sin obsesiones, sin ser víctima del torrente de efervescencia que tiene a medio mundo alterado; las provocaciones de las mujerzuelas en paños menores serán baladí, nada conseguirá distraerme.

Júbilo es lo que envuelve a mis padres en este momento, celebrarán una ceremonia en mi honor y el motivo es que soy el primero de todos los primos en operarse. ¡Es incontenible, voy a explotar de entusiasmo! Será un festejo por todo lo alto, los vinos se entreverarán con los canapés, el champagne brotará de las fuentes, vendrá familia de todos los continentes, traerán frutos marítimos y algas, llegarán en galeones dorados y colmarán de virtud el palacete, ¡no cabremos en el jardín!

Vendrán todos menos el tío David, de todos modos a ese no hay nada que le venga bien, es un amargado, no acepta como acto legítimo la Castración de Espontaneidad Divina; formó parte del consejo que por aquel entonces pretendía ilegalizarla, y, según él, el CED es un ritual espeluznante que implica renunciar a nuestra naturaleza y en ningún caso un acto de saneamiento. Yo digo que si es parte de mi naturaleza ser un esclavo, también es parte de mi naturaleza sublevarme contra el yugo del creador. Ese viejo cascarrabias llama al CED movimiento, gran error comete, porque, que yo sepa, nunca un movimiento se había codeado con el arte, la ciencia y la filosofía de manera tan radiante. No se trata de formar parte de un movimiento, eso son eslóganes para el populacho, se trata de tumbar a la bestia hambrienta, al pasajero oscuro que nos asegura que el ser humano ha sido y será lo que conocemos, y nada más elevado.

17 de abril

Exceptuando al tío David, me siento muy orgulloso de estar emparentado con los miembros de mi familia. Nunca conocí personalmente a ese tipejo, me tenían y me tienen prohibido acercarme a él, me parece justo que así sea.

No disgustaría que alguna enfermera me visitara más a menudo. ¡Mayday! ¡Mayday! No me malinterpretes, las pilas del mando se han agotado.

18 de abril

Este diario del hombre liberado me acompañará hasta cuando duerma. La tinta que lo estructure será dirigida por un ser disciplinado, un ciudadano honesto al servicio del progreso de su especie. La extirpación divina tardó, pero ha llegado. ¡Asoma tu cogote, dios engreído, hasta al último testículo se librará de tus apestosos morros! ¡Escamparán las rameras con sus dudas a otra parte! En este mundo no cabe otra cosa que no sea la certidumbre, la miseria de espíritu que fue caldo de cultivo para el cristianismo no nos pertenece, tampoco hay sitio para los nihilistas en esta maravilla que nos fue heredada; y, desde luego, que vayan buscando escondrijo los hijos de Abraham, porque no caben, no están en nuestros planes. Una raza vencedora no permite que su simio le trepe por la espalda, a una especie orgullosa no le indigna que la caricaturicen, la integridad y la coherencia gobiernan su noche y su día. La próxima vez que quieran debatir conmigo, que traigan sus cerebros.

19 de abril

Me han dado pilas. El contraste estaba mal ajustado. La pantalla es pequeña. En todos los canales abunda la caspa y la gomina. Telebasura es un eufemismo.

20 de abril

Tenía razón el abuelo cuando me decía que nos pasamos la mayor parte de la vida con nuestro peor enemigo a cuestas, mi trabajo contribuirá a que nos lo podamos quitar de encima; siento mucho que él no esté aquí para ver lo lejos que ha ido la Fundación. Si me mirara a los ojos vería al hombre nuevo por el que luchó en su clínica y en los tribunales. Se pondría muy feliz al ver que me he adelantado a mis primos. Por cierto, en ningún caso me estoy refiriendo a los hijos del tío David, a ellos tampoco los conozco, sino a los hijos de la tía Claudia y el tío Ricardo, que ya están en los treinta y nada de nada, dios no ha querido asomar la cabeza para ser decapitado y hoy en día vive oculto en ellos, obrando silencioso en sus partes, camuflado en el esperma, desencadenando pasiones, inventando el amor, dándole un sentido al sábado sabadete. En cambio yo, con apenas veinte años, ya he sido exorcizado en una tarde. Festeja abuelo, mañana levantaremos una copa por ti y otra por el CED, devuélvenos el brindis desde tu sagrada descomposición. Tú que contribuiste con tus estudios en la materia, tú que soñaste junto a tus compañeros burlando leyes; el día está a punto de llegar y muchos quedarán atrás, porque tú me dijiste que esos muchos no merecen nada, ya han tenido el mundo y no han sabido encaminarlo. Festeja abuelo, mi gran día ha llegado, todavía retumban en mi cráneo tus discursos de caballero orgulloso, desde mis primeros pasos hasta tu último día supiste llenarme de sabiduría. Dios ha fracasado, mañana me dan el alta.

21 de abril

¡Ya estoy fuera! En cuanto pueda levantarme de esta cama saldré a pasear por la avenida, ¡No imaginas, querido diario, lo mucho que echo de menos caminar por mi ciudad! Y sin embargo aquí estoy, en la habitación de invitados del apartamento de mi hermana.

23 de abril

La televisión no deja de emitir novedades sobre los disturbios londinenses, que ya se han extendido a otras ciudades. Sí, Londres, la intocable. Hay algunos muertos, las imágenes son escalofriantes. Los delincuentes saquean y los violentos incendian. Los filósofos se aprovechan de la tragedia explicando las causas y justificando los efectos; la opinión pública dice memeces, los subversivos muestran los dientes a lo largo del planeta. Algo se nos está yendo de las manos.

24 de abril

El intercambio de humillaciones es la perdición de la especie.

25 de abril

Desconozco el paradero de mis padres, no los he visto desde que me internaron. Serán 16.000 los agentes que esta noche se encargarán de frenar la criminalidad en las calles de Londres, lo sé porque en la televisión, en las noticias, no se habla de otra cosa. Ante la duda de que la policía sea capaz de devolver la calma, el gobierno estudia la posibilidad de que intervenga el ejército.

Eleonor, mi hermana, apenas me ha dirigido la palabra. Hay en la ciudad demasiadas mujeres que parecen haber sufrido una metamorfosis, no las reconozco desde la operación. Relucen, provocan con su presencia, se perfuman bélicamente, se maquillan en exceso, humedecen sus tangas, dilatan sus vaginas en los aseos de los bares, y piden comida para llevar.

26 de abril

La herida, inexplicablemente, no ha cicatrizado bien. Tiene muy mal aspecto, la verdad. Eleonor, aconsejada por el doctor Singer, me suministró unas pastillas con las que paliar el dolor y quiere que mañana me trasladen de nuevo a la clínica. La idea no me atrae, pero no tengo elección, accederé a que me internen.

27 de abril

Eleonor ha mencionado la importancia de ser discretos, insulta mi inteligencia con esa actitud. Estoy al tanto de lo que ocurriría si la prensa mete las narices en este asunto, soy la oportunidad perfecta para que los detractores del CED nos pongan entre la espada y la pared.

28 de abril

Desde la ventana vigilo la calle estrecha, el Gótico huele a orín y a malta podrida. En la esquina hay unos hombrecillos con cara de malhechores.

29 de abril

Han postergado mi desplazamiento, la clínica no da abasto, hay más jóvenes de la Fundación que se operaron la semana pasada y se han visto obligados a volver, por motivos más graves que el mío.

Eleonor ha retirado el televisor de mi habitación porque según ella me altera. He comido burritos sin gluten. Londres queda lejos, mejor así.

30 de abril

He visto mi cara en las nubes. Dormí poco, me siento mejor. Han llamado mis primos, Joaquín fingió alegrarse por mí, se moría de envidia. Bernardo preguntó por mi herida, le contesté que todo marchaba a la perfección, me animó escucharlo.

Según parece hay tres periodistas locales muy influyentes presionando a la clínica, escupiendo sobre el diploma del abuelo. Sus inquisiciones aún no han llegado a las pantallas, por fortuna todos están distraídos con Londres, que continúa ardiendo. En efecto, me han devuelto el televisor.

1 de mayo

Las horas pesan más que una bolsa llena de caracoles, el sonido de una tuba acompaña el ritmo de mis latidos. Sigo esperando a que llamen de la clínica con la noticia de una cama libre. Anoche mi hermana no durmió en casa, se tira a un comunista siniestro de cabeza rapada, esa mosquita muerta no aprende.

2 de mayo

Recuperé la confianza en mí mismo manipulando unos pinceles olvidados, una virtud que ya creía extinta. He pintado mi mejor obra. ¡No entiendo cómo no se me ocurrió antes, estoy hecho para el arte!

3 de mayo

Pinto las atrocidades que veo en los telediarios. Nada más útil que inmortalizar esas escenas de guerrilla callejera como un testimonio que plasme el comportamiento primitivo; la rebelión de las masas, un hombre agrediendo a otro para abrirse paso en la historia, la muchedumbre ebria de muchedumbre estirando el brazo para que le llenen la copa.

Ah, la policía ha venido a hablar con mi hermana, oí como les decía que no tenía ni idea de dónde estaba yo, es hábil al mentir la muy furcia, siempre lo ha sido. Cuando se marcharon los agentes del orden me desinfectó y preparó sopa.

4 de mayo

Me han concedido la oportunidad de exponer mis obras, estoy que no quepo en mí. La carta ha llegado esta mañana, viene firmada y con el sello de la Fundación. Acallarán sus conciencias haciéndome este favor. Son un encanto a pesar de la que está cayendo, apuestan por el arte.

Veo a dios en todas partes, pellizcando los marcos de mis cuadros, mimetizado entre los vándalos que he pintado, arrimando la cerilla al cóctel molotov que alguno de sus borregos está sujetando, etc. Está avanzando, se hace fuerte, acaudilla el caos y afianza nuestra condición de esclavos. Las represalias por parte del Estado serán notables, nadie triunfará, se trata de una guerra entre hermanos.

5 de mayo

No han llamado de la clínica. Supongo que salir a estirar las piernas al parque sería saludable para mi aquejado cuerpo, saldré entrada la tarde y buscaré algún hospital en el que me admitan. Eleonor sabrá comprenderlo, el dolor me supera.

He pintado mi herida en un lienzo, se asemeja a una celda con barrotes doblados; si pudiese tener olor, olería a éter. Cuando acabe colgaré el cuadro en el salón, sí, en el salón.

6 de mayo

No pude llegar hasta la puerta, me apresuré y caí al tropezar con la alfombra. Leonor me trajo a la clínica, han catalogado mi caso como grave y se han disculpado por no haberme llamado antes, así que aquí estoy otra vez. No tardarán en llegar mis padres, deberán ser precavidos, rodarán cabezas cuando los que investigan destapen la olla y salga el hedor.

7 de mayo

Doris, la encantadora mujerzuela que asegura haberse diplomado en enfermería, me ha dado ánimos; a lo mejor le provoco aflicción, le doy pena, el caso es que sabe demasiado de mí.

Paso la mayor parte de mi tiempo pintando, he comenzado a hacer alguna escultura, nada trascendental, aquí es imposible aspirar a más, el entorno y la escasez de material no lo permiten. He deseado no pocas veces la soledad consentida, pero esto no es lo mismo, el recogimiento me oprime. No son las condiciones que requerí, yo pedía poder levantarme de la cama e ir al baño solo, sin ayuda de nadie. Sí, quería encierro, sí, pero con un par de alas empotradas en mi espalda. Me cago en todo.

Me pregunto si los demás operados serán igual de fieles que yo al pacto de confidencialidad impuesto por la Fundación.

8 de mayo

Podría hacerles saber a mis padres que estoy profundamente disgustado por su comportamiento, pero no remediaría nada; además, los echo de menos. El Dr. Singer ha venido a visitarme por la mañana y ha manifestado su desconcierto ante mi caso. Según él, es la primera vez que ocurre. También lamenta que sean ya tres los días en que no se me permite recibir visitas, todo esto me lo ha comunicado con una mano sujetando una carpeta y la otra en el marco de la puerta. No es el hombre que yo creía, le doy asco, o miedo. Insistió en la enorme cantidad de dinero que le está costando a la Fundación mantener todo este asunto en la sombra. Este vejestorio calculador sospecha de mí, cree que he hablado con la poli, mi ruina está al alcance de sus manos, no dudaría en quitarme de en medio si lo defraudo.

9 de mayo

Alguien de la clínica ha recortado el número del travesti superdotado en la sección de contactos.

El CED agoniza dando tumbos, como cabra envenenada.

10 de mayo

Me han comunicado que se ha anulado mi exposición y con ella la fiesta que celebrarían en mi honor. Me aprietan demasiado las cintas, dijeron que la nueva medicación es milagrosa. Quizá alguna artimaña de escapista podría servirme. Aún tengo mis piernas, pero no la llave de la puerta. Escribo con mi boca, con un lápiz que tenía olvidado en un cajón, cada letra me supone el esfuerzo y la precisión de mil soldados. Se han llevado los pinceles y la paleta que me había traído mi hermana, han dejado el caballete destartalado y un lienzo en blanco.

Seguramente Londres haya vuelto a ser la misma mierda que era antes de los disturbios, los implicados en las revueltas habrán pagado multas o mini penas de cárcel y todos con todos se habrán disculpado. Lo desilusionante que puede llegar a ser la euforia colectiva, mucho ruido y al final nunca pasa nada. Mañana todo volverá a su lugar, las pasiones de los individuos seguirán desordenadas.

11 de mayo

Me han devuelto a casa, puedo caminar sin impedimentos. He quedado estupefacto y desilusionado a partes iguales al comprobar que el dios residente ha vuelto. Durante el viaje en taxi, mis ojos se llenaron de elegantes contornos femeninos de vértigo, advertí su empeño en resaltar el thigh gap. Juro haber visto a damiselas abarrotando las verdulerías, a calabacines rogando ser elegidos, y a ellas eligiendo a los de mejor aspecto, a los menos castigados.

Dios ha incubado en mi llaga con éxito, ha vuelto a su escondite. Me he curado, cierto es, pero he vuelto a ser poseído, la operación no ha servido para nada, un fracaso rotundo. Según me han explicado, dios anidó nuevamente en el único testículo que me queda, el derecho. Sólo nos queda esperar a que dios vuelva a mostrar la cabeza, aguardar días, meses o años a que se decida.

12 de mayo

Querría no crecer, no haber conocido nunca al tesorero de la Fundación, no haber sido defraudado por la gente que antaño meció mi cuna y aseguró a mis padres respaldo ante la adversidad. Dios ha vuelto, sí, ¿qué sabe la gente de él? Se equivoca el que desdeña el impacto.

15 de mayo

Es la segunda vez que me levanto de madrugada a beber agua y escucho ruidos en la habitación de Eleonor, algo le preocupa, espero no ser yo. Mis padres no aparecen por ninguna parte, me evitan con diplomacia, les sobran modales. Yo estoy en plena efervescencia, he comenzado a concebir la ropa y el perfume como herramientas indispensables para la caza de hembras. Me he apartado de los óleos y la paleta.

La culpa no la quiere asumir nadie, los responsables de la castración fallida se niegan a hacer públicos sus nombres, yo los conozco. Mi abuelo se avergonzaría de esos medicuchos de pacotilla, matasanos de tres al cuarto.

17 de mayo

Ayer por la noche fui a visitar a los viejos amigos, a compartir copas y rulo con gente que no frecuentaba desde hace años. Nada ha cambiado, dios y el alcohol, tesoro olvidado.

20 de mayo

Nadie-aniquila-mejor-al-día-que-la-noche-mezquino-será-el-próximo-ademán-que-me-tiente.

26 de mayo

Piedad. Redención. Pecado. Recreación. Sepulcro. Putrefacción.

3 de junio

Te pido perdón por este cruel abandono, por esta desavenencia con mi fiel y corajudo lápiz amaestrado; perdón por no recorrerte, adorado Diario, por la distracción de turno que cautivó a mis genitales y los separó de mí, dejando mi honor a la altura del betún. Son varias las noches en las que no he vuelto a mi cama, he pernoctado con furcias, ¡les he lamido el alma! Tengo fiebre. Me la suda el extravío de la oportunidad sublime de haberme operado con éxito. He gozado como un desbocado en estos días de ausencia, mas el motivo de mi regreso a ti no es el ansia de reposo, no han sido las endiabladas juergas consentidas por dios las que me han aburrido.

He vuelto a tus hojas, querido diario, por temor a que me encierren. No por los puñetazos que le propiné a un impresentable la otra noche en la plaza, tampoco por el semáforo rojo que me salté mientras conducía un coche robado, no, de eso todavía no se han enterado los que castigan. Lo que me obligará a desaparecer de las calles por un tiempo está relacionado con la inminente catástrofe que le espera al CED. Soy un damnificado, una prueba andante, las autoridades quieren que declare. Pero no delataré a los que todavía representan el legado intelectual de mi abuelo.

4 de junio

En mi testículo izquierdo, hace ya un tiempo, fue guillotinada una de las millones de cabezas con las que cuenta el todopoderoso. El corte se negó a cerrarse y fueron los dedos del arrogante, fueron las manos de la divina providencia las que descosieron la sutura; él sabía que vencería, que mi carne era débil, me había visto a los diez años cuando incendié la bicicleta de Eleonor, ¡Él, fue él quien me entregó el mechero! ¡Él me quitó los pantalones y me arrojó a la cama de mi prima! Ahora está de vuelta, está herido, está furioso y pondera su templo.

6 de junio

Mi vida vuelve a su calma, mi teléfono no suena a todas horas, me estoy dando una tregua. Mi hermana se ha ido de viaje a no sé dónde. Le llegó correo de mi madre y lo abrí, en la carta le cuenta lo que yo ya sabía, el cocido estaba podrido y viene de destaparse.

7 de junio

La vida entera cabe en un reloj y, en un segundo de contemplación del mismo, nada en él es trivial; basta con vernos, manecillas de carnepielyhuesos desfilando en círculo, creyéndonos libres de desviarnos, alejándonos del comienzo del problema para iniciar un recorrido de aguja amarrada a un engranaje oculto, traumatizados por las obligaciones que nos interrumpen el sueño. Siempre volvemos al punto de partida; así como ella amanece desde arriba y se despide del doce, nosotros abandonaremos nuestros lechos e iniciaremos el viaje y seremos la aguja que vuelve con la luna, arrepentida de haber huido, de vuelta a la comodidad de la segunda docena, consoladora almohada de un refugio maternal que acapara los sentidos.

12 de junio

Se me ha grabado la confesión de un tunante, aquí va:

«El señor termita, a pesar de no entenderse muy bien con las demás termitas, también contribuía al desarrollo de su colonia. Al señor termita le gustaba sobrevolar la colonia en busca de alguna termita hembra que lo desvirgase, pero nunca tenía suerte. Un buen día la encontró y se lo pasó en grande intercambiando fluidos. Tras el apareamiento, forcejeando entre la corteza de un árbol, se le desprendieron del cuerpo las dos alas que hasta ese momento tan útiles le habían sido. Cayeron repentinamente, como siempre ocurre a los machos de su casta tras estos actos sudorosos. No es muy diferente a lo que sucede con los machos de nuestra especie cuando eyaculan y el truco de magia se ejecuta. Nadie me avisó de que ocurriría esto, este vacío, me han vaciado, protestó consternado el ya no tan jovial señor termita».

16 de junio

En una de mis salidas furtivas en la que yo mismo actué como una presa fácil, conocí una chica. Es sudamericana, no estoy muy seguro de qué país, no me lo quiere decir, bromea todo el tiempo. A ratos me da la impresión de conversar con un extraterrestre, besa con experiencia centenaria.

22 de junio

Ella es capaz de garcharme en un portal como a un perro y luego obligarme a pergeñar una quimera en la que yo seré el padre de sus hijos. Conoce la definición de los sentimientos comunes, pero es incapaz de llevarlos a la práctica. Actúa como una alimaña esta mujer llegada de lejos, la muy cabrona está siempre alerta.

25 de junio

He vuelto a ver Sandra, sí, Sandra, se llama Sandra y tiene la panza llena de huesos. Me promete lecturas interminables en las noches que vendrán, recita romanceros y viejas canciones, canta en inglés y enciende candelas. Me dice vos, sos lo último que me queda, y le creo. Lo dice con un acento que jamás había oído tan de cerca, con una melodía en la que nunca me han mentido.

Le he sustraído algo de efectivo a mi hermana, por el bien de Sandra y de la hija que espera; coño, están solas en esta gran ciudad. Coño, sus padres son un espejismo en la lejanía y tiene solamente veintitrés años.

27 de junio

Sandra se pasea por la Rambla sobándose el vientre, como si el bulto que sobresale fuese un pájaro recién comprado o una bolsa de pánico que amenaza con abrirse. Aún no sabe qué quiere, está en medio de todas las palabras que consigo articular, pero no toca ninguna. Parece estar preparada a que el tiempo ordene las cosas, pero un poco menos preparada para educar, porque en cuanto le fallo me recuerda que otros machos fornidos la han achuchado.

1 de julio

Ella, experta en borrar los rastros, mi escondite tras las últimas revelaciones del Caso CED. Han desenmascarado al tesorero de la Fundación, el traidor ha escapado con los fondos a una isla remota, y mis tíos entre rejas.

3 de julio

Me vi obligado a presentarme en la casa de campo de mis padres, después de dos horas de tren llegué allí disfrazado y les di explicaciones absurdas sobre las llamadas que no les había devuelto. No me creyeron, pero de momento me permiten quedarme.

5 de julio

Deja que te diga que, delante de los ojos del niño que jamás miraría hacia otro lado, Sandra es todavía lo máximo que ha habido y que habrá. Espero que no haya detenido su mirada en otro misterio mejor que yo. Era indomable, era lo único contra lo que deseaba frotarme, era de todos, ella lo sabía y me lo hizo saber pero yo me negué a escucharla. La han deportado.

7 de julio

Diez horas de viaje en coche hasta el país vecino. Mis progenitores dicen que aquí estaré a salvo, se marcharon sin despedirse, les dije que te había quemado, respiraron aliviados al creerse la mentira. No contaba con esta humillación. Han esperado hasta que llegásemos para desvelarme todo este plan de mierda que han tramado a mis espaldas.

9 de julio

Los demás fabrican tapetes y escobas, mendigan caricias y ríen compulsivamente. Los talleres parecen un juego de niños. Hasta los estados de ánimo están distorsionados. Duermo con un ojo abierto y me arranco compulsivamente los pelos de las cejas sin saber por qué. El vinho verde corre a mares y los celadores ni se inmutan.

12 de julio

Ha venido un tipo hablando castellano, me preguntó por el CED, fingí incoherencias.

Nunca un chivato.

13 de julio

¡Aquí un paquete de cigarrillos vale más que un Potosí! Los intercambiamos por mamadas con las esquizofrénicas del carajo, una de esas zorras se burla de mí, va contando por ahí que he intentado arrancarme los huevos con el cuchillo de la mantequilla. Esa víbora no sabe dónde se está metiendo.

14 de julio

Nos han mezclado, no hacen distinción, no prestan atención a los matices. Me preocupan un par de gemelos adultos que no me quitan ojo de encima, sus pantalones huelen a semen y estoy casi seguro de quieren verme sufrir. No se lo permitiré, puedo adelantarme a ellos.

15 de julio

Redimido el que desconozca la aflicción que acompaña al sagrado arrepentimiento.

Poema Violento

Zoe parece tenerlo claro, un yogur de cabra con daditos de kiwi fresco a las frutas desecadas. La dependienta le toma la orden e indica dónde pagar y recuperar su pedido. Zoe da dos pasos y le asalta la duda, a su yogur le va a faltar algo. Consulta con el pelirrojo que está en la caja si aún es posible incorporar a su pedido un chorro lento de miel de manuka y una cucharadita de semillas de amapola. El pelirrojo sonríe con el pedido en las manos y se mete en la cocina. Regresa al minuto con la copa acabada, se la entrega acompañada de una reverencia, entre el deseo y el respeto, deja entrever maneras de esclavo, de nuevo una sonrisa complaciente. Ella, cortejada desde la sumisión, con un ligero rubor en los pómulos, le devuelve ojos entusiasmados y agradece la gentileza mordiéndose el labio.

Hay una cola de personas que se extiende hasta más allá de la puerta; los más distendidos se han instalado en el cordón de la acera, el ambiente en la calle se presta a la interacción. El local es espacioso, el tamaño y la predisposición de bancos y mesas hace pensar en un comedor social warholiano. Se trata de un antiguo taller de corte y pulido de mármol, con muros revestidos de ladrillos rojos, techos elevados de los que cuelgan como tulipanes lámparas de acero inoxidable. Los aseos guardan intacto el encanto industrial de los años cincuenta. La carta dispone de dos tipos de yogur —de vaca y de cabra— que son la base de la copa, el cliente dispone de una cincuentena de toppings para personalizarlos con la combinación que más convenga. Todos los productos que se venden en el establecimiento proceden de agricultura ecológica, tanto los granos de café colombiano como las trufas de caña de azúcar orgánica costarricense con que se sirven, ambos comprados a cooperativas de campesinos. Los yogures son elaborados artesanalmente por los padres del patrón en la finca familiar, donde, para las tareas que caracterizan la ardua vida en la granja, emplean ilegalmente a cinco trabajadores del sudeste asiático, que se desloman de viernes a jueves diez horas diarias por setecientos al mes.

Zoe se sienta en la barra que hay junto al ventanal que da a la avenida. El punk minimalista noruego mantiene a los presentes suspendidos en un letargo banal. Las conversaciones acaloradas divergen en planteamientos incongruentes de inspiración filohippie, expuestos con sarcástico temple por mercenarios del estilo. Zoe toma una foto al copón de yogur y en menos de cinco minutos ya está rascando el fondo. Despega con la cuchara una rodaja de banana deshidratada que estaba fijada en la pared interior de la copa, coge el iPhone y se conecta al sitio en el que colabora evaluando. Sube la foto sin aplicarle filtro y puntúa a la yogurería mientras mastica el último bocado. Redacta una crítica titulada El milagro de la fermentación espontánea, en el que elogia las virtudes de lo consumido, deja claro que la experiencia está muy por encima de sus expectativas, promete volver cada semana a degustar una combinación diferente y se permite un par de florituras dedicadas a los empleados, con la esperanza de que el pelirrojo se ponga en contacto.

El señor Shuang, dueño del restaurante chino que hace esquina, también está allí, pero en otro plan, sentado en las mesas situadas en la otra punta del polígono, con gafas de sol y gorra de los Chicago Bulls, con un yogur a la flor negra de Nueva Guinea con bayas Goji y caramel au beurre salé, cagándose en todo por los quince euros que le ha costado la fantasía láctica que no consigue saborear. El señor Shuang no ha venido para dárselas de sofisticado frente a la pantalla de un portátil. Ha venido a echarle un ojo a la máquina de fabricar dinero que tanto está dando que hablar entre los vecinos, a pesar de llevar sólo dos semanas abierta.

Dandis adictos a su propia conducta llegan en manada a la yogurería, incluso vecinos de otros distritos. El señor Shuang tiene planeado ceder, las cosas ya no son lo que eran y toca adaptarse, muchos de sus colegas del rubro han bajado persiana y se han ido del barrio por no poder hacer frente a los gastos. No le queda otra opción, debe transformar su anticuado restaurante de calendarios descoloridos, pan frito y palillos que nadie usa en una propuesta más acorde con el tipo de negocios que se están poniendo de moda por aquí; es decir, rendir pleitesía a la tendencia imperante, asimilar la decadencia del continente que lo acoge y convertirse en un referente culinario para la aristocracia subterránea. Es por eso que hoy está de incógnito, con la oreja parada y rodeado de lechuguinos, ansioso por conquistar la vanidad de los clientes desacomplejados que, al igual que Zoe, cuando comen fuera, reivindican que los que sirven sirvan con pasión, talento, exotismo, ingredientes frescos y desbordante originalidad. El señor Shuang está dispuesto a reavivar el espíritu del emprendedor voraz, uno casi tan radiante como el que exhibió hace quince años, cuando la vida aún era un festín, en el que se descorchaban todos los vinos.

Después de un estudio minucioso de la carta, el señor Shuang garabatea ideas en su Toshiba, con el yogur a un lado, a medio acabar. Es asaltado por la idea de un nuevo proyecto. Más profundiza en el concepto, más se convence de que, pulido, será la estrategia imperial definitiva. Muy contra su voluntad se vuelve a poner a la cola, memoriza la carta en lo que tarda en ser atendido y pide yogur de cabra con panela y perfume de haba tonka, son veinte euros; paga a regañadientes, dispuesto a todo por mimetizarse. Vuelve a donde estaba sentado, ahora dubitativo frente a la copa, inmóvil, con la visera de la gorra ladeada, escéptico ante el acertijo. Una jovencita andrógina con tacones y tatuajes pasa cerca de su mesa dejando un rastro de fragancia cítrica similar a la del yozu; está inspirado. El señor Shuang se mete una cucharada generosa, mastica con ganas y espera una respuesta de su cerebro; recibe chispazos, pronto una catarata de estímulos lo deja con el semblante de los humanos satisfechos; se le aflojan los músculos, tiene luz verde, puede revolcarse un rato más en las dionisíacas habitudes. La chica babooshka vuelve a pasar, esta vez se le queda mirando con ojos brujos antes de perderse entre los bajos un dark jazz relamido. El señor Shuang empieza a entender de qué va todo esto. Un torrente de efervescencia lo abruma, su próxima aventura toma forma. Aunque el licor de arroz esté esperándolo en la estantería de la entrada, él ha hecho frente a la bestia y la tiene agarrada por los cuernos, no va recular. Lleva dos años dejándose llevar por impulsos improductivos, hace ya veinte meses que no pone los pies en la cocina, su esposa y su hijo han tomado las riendas del negocio, él se limita a recibir y designar mesa a los escasos clientes que llegan. Luego, a mitad de la noche, se larga a casa, abre un bote de aceitunas gazpachas y se tira en el sofá a empinar el codo viendo pelis cómicas de la Transición que compra en el quiosco. Pero hoy está limpio, no hay abstinencia. Para alcanzar el concepto redondo bastó con interrumpir durante veinticuatro horas la ingesta de baijiu. Bendita decisión.

Reynaldo Alvarado, divorciado, peruano de nacimiento, de padre criollo y madre china, llegado a Europa en los años ochenta, es la única persona a quien el señor Shuang considera su amigo. Se conocieron trabajando, Reynaldo dirige una empresa que abastece de hielo a bares y restaurantes a nivel nacional, le va bien, pero le faltan doce años para jubilarse, sabe que el porvenir se estrecha y, en sus peores horas, alcanza a ver la perla de luz del último día brillando al final del corredor. Se juntan en casa de Reynaldo al menos una vez por semana, juegan al ajedrez con los grandes éxitos de Chabuca Granda de fondo y el moscatel siempre cerca del tablero; al final de la tarde, tras varias derrotas consecutivas y un paquete de cigarrillos liquidado, el peruano se pone el delantal y le enseña por qué su país es una potencia emergente en la escena gastronómica mundial. Reynaldo es un hijo de la rosa de los vientos, le divierte reexaminar recetas tradicionales, es un transgresor del cebiche, su descaro es honesto. No es por azar que el señor Shuang está pensando en él en este momento. Reynaldo está hasta los cojones de fabricar y empaquetar hielo, si no se saca un plan B de la manga, los percances logísticos que azotan su ánimo a diario acabarán por provocarle una úlcera irreversible. El señor Shuang marca su número, pregunta si está ocupado y le pasa a explicar.

Comprar de segunda mano tablones de dos metros de largo con patas firmes, bancos de madera con idéntica dimensión, taburetes rústicos, tapices coloridos autóctonos del alto Perú y artesanías pintorescas en cerámica. Cambiar la pintura del local por un color más sobrio sin que resulte funeral. Sumergirse en los bajos fondos de la distribución, conseguir los contactos adecuados y estudiar los catálogos de pescados y mariscos ultracongelados de importación. Negociar con productores locales para ofrecer lo mejor de la huerta, pero sin descuidar las frutas y verduras foráneas. Escribir en alguna pizarra una mención especial a los campesinos con los que trabaja. Vender Pisco sour y Papas rellenas, despachar cebiche vanguardista a buen precio, ofrecer variedad con su buen amigo como socio, asesor y bandera del proyecto.

Reynaldo, que salía de la ducha cuando recibió la llamada, se ha quedado mudo. El corredor queda reducido a escombros, praderas de un verde exagerado se despliegan ante él. Acepta. Pide un retrato suyo en blanco y negro en la puerta que da acceso a los aseos. Le recuerda que es amigo íntimo de los de la asociación, que está a su alcance conseguir músicos amateurs dispuestos a interpretar folclore andino los fines de semana a cambio de algunos piscos al final del show. Bromea con vender mañana mismo su próspero negocio del hielo, menciona sus contactos en el Mercado Central y a una señora israelí que vende buen rocoto. Se compromete a diseñar la carta y encontrar a los proveedores, cita a un sobrino barman y a un coleguita fotógrafo freelance que están a su disposición, le asegura que esto no es más que el comienzo. Ambos coinciden en bautizarlo El Cebichal, se despiden disimulando la euforia, saben que mañana mismo pondrán en marcha sus propósitos. Reynaldo cuelga el teléfono y posa la cabeza en la almohada; es un hombre nuevo.

Zoe y sus amigos. Esos granujillas comenzaron a viajar como ninguna otra generación lo había hecho y vieron demasiadas cosas en muy poco tiempo. Olvidaron los banquetes a base de ultracongelados llegados de muy lejos que el señor Shuang les sacaba a la mesa por un precio más que razonable, así como la Nochevieja en que contrató a un crooner enano de voz nasal que interpretó un exquisito repertorio de hits noventeros en el idioma de Shakespeare, las lasañas del supermercado a las que el señor Shuang aplicaba gratinado letal para luego colarlas en el menú del mediodía, las toneladas de arroz tres delicias humeante, el expositor de helados con la cara de Iniesta, los individuales de bambú mal pintados que regalaba estando bajo la influencia del soju, las servilletas de poliéster plegadas en forma de pimpollo sobre el plato, los mugrientos ventiladores de techo, la cerveza de presión a un euro, el menú infantil con patatas, huevo frito y la carita feliz dibujada con ketchup en el plato. Qué decir de la amable señora Shuang, que se pasaba el día detrás de la barra abriendo cartones de sangría y, cuando las mesas grandes acababan de cenar y pedían la cuenta, sacaba esas botellas que tenía bien guardadas en la despensa por si les caía un control de sanidad, licor chino de sesenta grados con dos lagartos muertos que agitaba antes de servirlo sin mesura, participando ella también en el brindis. Tras el largo trago quedaban todos anestesiados, admirando absortos la botella sobre la barra, venerando la suntuosa matriz acristalada con los reptiles en el fondo, doblegados, severamente empalidecidos, hinchados por el etanol.

El señor Shuang se cruza con Zoe al salir de la yogurería, ella no lo reconoce; él vuelve a casa, aún es temprano, faltan dos horas para que su esposa e hijo cierren el restaurante. Se duerme, una sonrisita voraz le arquea las comisuras. Mañana, en la calma del desayuno, en su segundo día libre de resaca, le dará la buena nueva a su familia.

Sublimación

Una silueta fotografía el amanecer desde el acantilado. Una caña de pesca se arquea al final de la playa. Los pies de una niña tropiezan en la arena y sus veinte dedos encarnan mil sortilegios estivales. Los buenos amigos llenan de vino sus vasos desechables y se tumban en la orilla a contar gaviotas. Jubilados alemanes desayunan sobre las rocas al tiempo que discuten sobre algo relacionado con la búsqueda del placer y el arroz con costra. La red de vóley es colocada por un grupo de amigas que, además de un balón y bocadillos, también se han traído a sus novios. Los propietarios del chiringuito duermen. En el sendero que conduce al pueblo crecen almendros capaces de inducir al desencanto a los beodos que por allí transiten. Jovenzuelos organizan reuniones en los descampados y se retan en duras sesiones en las que prevalece una pedantería acordada. Duplas amorosas aprovechan estos parajes para tomar decisiones vinculadas al aborto. Los bañistas son muy dados a dejarse persuadir por las distracciones que surgen durante el camino. Hay un kilómetro hasta la carretera; una vez allí, basta con ir en dirección a la gasolinera que está en la entrada del pueblo.

La mañana se escabulle entre las fuentes. Las pintorescas callejuelas y aceras están llenas por ser sábado. Las señoras del coro han sacado las sillas y se han instalado a la sombra de las palmeras datileras. Los hoteles de los alrededores cuelgan el cartel de completo. Adolescentes desenvueltos bajo los árboles de la plaza dan sentido al calor. Familias arrastran sus maletas hasta las casas que han alquilado y se apresuran en la ducha para salir pronto a tapear. Las terrazas están atestadas de turistas y lugareños que beben cerveza y se palmean los hombros enérgicamente. La noche se hace y el olor a pescadito frito se escapa de los bares y remonta alborotado calle arriba. Los gatos corretean sobre las botellas rotas más allá de los muros del polígono. Aves finas de riña llenan los bolsillos de un emperador gitano. Unos macarras de voz chillona discuten con el portero y desenfundan documentos de identidad vencidos mientras cubren la fecha de nacimiento con el dedo índice. Dos cincuentones se arrancan los botones en un forcejeo dramático en el que también se acaban enzarzando a navajazos sus respectivas queridas. Franceses estirados se abanican desparramados en hamacas de mimbre. Una aspirante a modelo vacía su plato en el aljibe, masca algodón y fantasea con vivir en Babilonia.

La de la floristería de la plaza ingiere testosterona recostada en su deportivo. Un grupo de motoqueros se agolpa en la entrada de una taberna y sus esposas cantan himnos ruteros y destapan botellines con sus mecheros, sentadas en el cordón de la acera. Doscientos metros más abajo, el patriarca Heredia suelta una vaquilla y la banda recita ahora una tonadilla enajenada. El que se ocupa de las pancartas promueve la falacia lógica. Merche se ha divorciado hace poco porque el banco se quedó con la casa. Los proletarios consumen propaganda catarí. El decaimiento de la criminalidad se debe en gran parte a los ajustes que se llevaron a cabo el año pasado desde el ayuntamiento. La teoría austríaca del ciclo económico embarra el despacho del hijo pródigo que tiene unas cuantas amigas en la izquierda radical, con las que se encierra durante horas a consumir flamenquito. Las rotondas, rebosantes de fiesteros y carritos de supermercado, provocan en los paseantes algunas preguntas relacionadas con la corrupción urbanística. En mitad del jolgorio, dos asistentes sexuales se autodefinen públicamente como lazarillos para discapacitados desenvueltos. Los delanteros del club más laureado de la provincia han venido y se castigan con hachís y Red Bull hasta el llanto. En el tugurio que frecuentan los adúlteros menos pudientes la barra es una sala de espera y la copa de vino se sirve en vasos de plástico. En la misma calle, a alguien que no ha revisado sus deudas le ha caído la del pulpo y ahora tendrá que acostumbrarse a comer con tubos durante un tiempo.

El paliducho discute con constantes referencias a la primera persona del singular y los del botellón lo malinterpretan todo. La joven madre soltera friega kilos de sartenes desde que el padre de las criaturas se ausentara persiguiendo a una veterana. El fortachón que cada abril carga con el nazareno dormirá esta noche entre rejas. Un sentimiento pertinaz y devastador pone fin a la vida del cornudo del pueblo. Los de peinados extravagantes debaten sobre arte efímero en la paz del túnel subterráneo. En los portales nadie pinta corazones. Las pérfidas se sueltan la coleta a medianoche. Cabelleras masculinas se cubren de gomina. Alessandro Malpasso ha terminado otro lienzo, esta noche se pondrá like un astronauta. Músicos llegados de lejos ponen a guarachear al gentío. Desde las tumbonas de la piscina municipal, un padre y su hijo lanzan fuegos artificiales de contrabando y son inmediatamente detenidos por haber forzado el portón del polideportivo. Dos manzanas más abajo, un tablao rezonga por tres guiris a los que se les ha ido la olla y le han metido mano a la bailaora de sobacos sudados que cantaba por soleares. El propietario de un bar, efusivo, se confiesa a su ex empleado y admite que lo despidió por no soportar su acento africano; el negro se pone farruco y le cruza la jeta con un botellín de Fanta, obteniendo la ovación del gentío. Un marido lloriquea en su cama, arrepentido de no haber aceptado cumplir con las pautas, arriesgadas pero coherentes, que le hubieran supuesto la auténtica compañía.

La mayoría de abuelos optan por reunirse en la asociación deportiva, donde beben café licor con limonada, juegan al chinchón y escuchan canciones ligeras de antaño en un radiocasete grasiento. Un ama de casa interpreta su balada predilecta en un karaoke callejero, y, en mitad de la ovación, la señora es raptada por la gloria y dedica una vil reverencia al público presente y se caga en sus putas madres y se zampa salvajemente un puñado de Omeprazoles. Antorchas como soles consumen la noche desde las torres, y los que beben bajo llave no alcanzan a verlo. Palmeras multicolores en el firmamento estrellado. Petardos hasta debajo de las mesas. Guirnaldas extendiéndose de una esquina a otra de la avenida. Puestos que ofrecen chupitos de mistela a voluntad. Decorados medievales en los que musculosos con chalecos de cuero pasean pitones albinas y donde se vende charcutería artesanal y el pan líquido es bebido en pesados griales. Paja en el suelo. Se arquean los lomos de los burros. Feriantes que aturden. Vestidos planchados para la ocasión.

Otro día nace. Mañana de gloria. Pan recién horneado y costa del azahar. Un descapotable atraviesa la ladera en la carretera del monte. Un amigo estrecha la mano de otro amigo con afecto y admiración. Los puestos de comida ofrecen patatas fritas e infinita variedad de salsas. Los raritos improvisan escalas pentatónicas bajo un madroño. Sombras violetas dan fe de una jornada radiante. Neohippies toman sol en el chalet de sus padres y duermen la mona al borde de la piscina soñando con lagartijas y cajones peruanos. Un pickup blanco con tres jabalíes muertos aparca frente al supermercado. La banda municipal desfila motivada por el anís. Alguien lanza caramelos y confeti desde un carruaje de caballos mansos. Un cucharón lleno de aceitunas se vacía en una bolsa transparente. Doña Carlota patea el balde y el ventilador va a parar al suelo. Las motos consiguen ser aún más ruidosas que los jóvenes que las conducen. La parada del bus se colma de lechuguinos. Galanes madrugadores afeitan sus torsos y se entregan al juego diurno de la caza parsimoniosa.

En los punzantes chapiteles de la catedral el tiempo se despista. Las verrugas son pellizcadas involuntariamente en el parque por nietos besucones. El vendedor ambulante extiende su brazo ante el capricho de una cría y el globo y las monedas cambian de manos. Botijos al sol refrescan sus pitorros. Los puestos ambulantes de comida rápida se abarrotan y las planchas salpican grasa si los cocineros sudan alcohol. Una de las hijas del panadero se besa por primera vez con un chino y las conclusiones aconsejan largo noviazgo. Un veinteañero politoxicómano cae en la cuenta de que la naturaleza juega con él como ningún compañerito de colegio supo hacerlo y la revelación le resulta gratificante. Un solterón con halitosis crónica que ríe sus propias ocurrencias frente al espejo del cuarto de baño está casi seguro de que hoy moja. Los dedos de los pies se me están helando.

Unas italianas se maquillan sirviéndose del retrovisor de un Seat descascarado propiedad del hijo menor del charcutero. El cura del pueblo enciende una vela en el altar y reza a escondidas a un Jesús verraco. Una pareja deja a su hijo en el bar con la abuela y aprovechan para echar un polvo entre los matojos. El agua de la fuente es sustituida por fondillón ante la mirada cómplice del concejal de cultura. El bibliotecario que se la pasa recomendando libros a los macarillas vuelca medio gramo de algo en el escote de su novia para recordarnos que la celeridad es enemiga de la certeza. Las barracas ponen a actuar a sus mejores orquestas. La brisa marina huele como los cabellos de una mujer recién duchada. Los solos de trompeta ponen a ondear las faldas espasmódicamente y tengo la impresión de estar acostado sobre una placa de mármol.

Me despierto en el sofá tiritando de frío, sobresaltado, vestido, creo estar llegando tarde al trabajo. Siento vergüenza por algo que no recuerdo haber hecho. Doy un salto hasta la ventana y abro la persiana de un tirón. Fuera todavía es de noche, Helsinki persiste en la oscuridad y la nieve. Todo está en orden. Picoteo unas rodajas de mortadela con la puerta de la nevera abierta y me vuelvo a acostar, con la abstinencia a flor de piel.

Pendientes de Mara

Elisa

Coincidimos en la escuela de arte dramático. Al principio nos llevábamos bien, pero la relación se fue desgastando. Con el tiempo dejó de invitarme a ver esas obras tan insólitas que producían sus padres. Supongo que soy demasiado normal para su gusto, o igual sólo me considera intelectualmente inferior. El caso es que se aburre cuando está conmigo.

Al publicar su segundo libro los periodistas empezaron a prestarle atención y dio el salto de la blogosfera a los periódicos de gran tirada. Es una experta en marketing, consiguió hacer ruido con la traducción de su primer libro al francés y en París la crítica le lanzó unas cuantas flores. Aquel mes la vi por última vez, coincidimos en un concierto y luego nos fuimos a un garito, éramos un grupo grande, de veinte o treinta personas. Mara no se estaba quieta, bebimos absenta y los de la banda —que se habían venido con nosotros— se pusieron bastante pedo; Mara, que también estaba bastante colocada, se encerró con ellos en los aseos y allí se quedaron media hora. Algunos se escandalizaron ligeramente… yo estaba flipando, no me lo esperaba.

El problema es que muchos de sus lectores, cuando compran su libro, lo hacen para llevarse a casa una porción de la sexualidad de Mara, poseer el libro es como poseer uno de sus vellos púbicos, es decir, acercarse un poco más a su coño. Convertirse en la mademoiselle de las letras poéticas bilingüe significa ser deseada por tres generaciones de lectores y autores, francófonos e hispanohablantes. Mara se entregó a los que elogiaban, tanta parafernalia terminó por desbordar su agenda. Ahora es ese cadáver que vemos en las noticias escupiendo a las cámaras y posando con la veintena de hurones que cría en casa de sus padres. ¿Una estratega? No, ella es incapaz de tramar; es jodida, pero su honestidad es irreprochable.

Las cosas como son, señores, siempre con la verdad por delante. ¿Tenéis fuego? Trabajáis con buen material. ¿Hacéis documentales también? ¿Quién más ha aceptado hablar?

Alejandro

No contestaba a mis llamadas, tampoco a mis mensajes. Llevaba dos semanas sin verla, así que esa mañana me lancé decidido al supermercado y compré todo lo necesario para sorprenderla con un desayuno continental. Me quedé con la mirada puesta en su ventana, esperando el instante en que saliera en pijama a deleitarse con la serenata matinal que había venido a interpretarle. Me quedé ahí de pie, apretando el timbre, especulando con hipótesis aberrantes a cual de todas más dañina. No me di por vencido, escondí la guitarra entre unos matorrales y fui hasta el otro lado del edificio; vi que el ventanal del salón estaba abierto y, tras comprobar la solidez de las tuberías que se alzaban hasta arriba del edifico, me animé a trepar. Cinco metros y los caños herían con su herrumbre, tres metros más y me sangraban las manos. Creí que nunca lo conseguiría. Pisé balcón firme, entré sin hacer ruido, mis dedos estaban arruinados. Una pareja de lesbianas dormía la mona en el sofá de cuero, caca de gato y cigarrillos mal apagados en la arena del jardín zen que había la mesa, allí olía a incienso caro. Una pipa de opio crujió en mi zapato, se partió discretamente en la podredumbre chic que se expandía por toda la superficie de la tarima flotante. Pateé sin querer uno de los incontables botellines de champán que había esparcidos por el piso y éste hizo carambola con una pirámide que alguien había construido con botes de Pringles. Los dos gatos, acostados en la alfombra, ni se inmutaron. Un trío interracial roncaba con los miembros enredados sobre un colchón que había tendido en el suelo del pasillo. Comprobé que el timbre estaba desconectado. Avancé. Abrí la puerta de la habitación y allí estaban los dos, la zorra que escribe y el percusionista puertorriqueño que toca las congas en locales de moda. El castigador sabroso y la discípula enaltecida yacían en pelotas tras lo que parecía haber sido una larga sesión de sodomía. Ropa en el suelo, Jack Daniels por la mitad, transpiración, el sol entrando y yo de infiltrado. No los desperté, besé a Mara en la frente y un agrio hedor a semen, látex y flujo vaginal me caló duro en la nariz. El vaho empañó mis gafas, el aire se podía morder. Bajé la cabeza y me fui por la puerta, nadie me oyó salir.

No, no. A ver, a mí me pagáis en efectivo.

Soraya

Cuando lo de Mara llegó a la prensa fue nefasto. En estos tiempos donde todo está al alcance de todos, es nuestro deber poner límites. Las cosas han cambiado, es más fácil desviar la atención de las almas jóvenes que capturarla. Somos nosotros los responsables de mantener bien regados los campos, no debemos desamparar nuestras semillas a la primera de cambio.

Gracias a ustedes.

Ignacio

Se presentó aclarando que necesitaba un tiempo para olvidarse del idiota con el que venía de romper. ¿A vosotros qué os dijo? ¿Seremos una legión de idiotas? ¿Un recurso para que los próximos muerdan el anzuelo? ¿Estaremos siendo injustamente calificados, sin saberlo, como lo peor que le ha pasado?

¡Menuda habilidad para dar con el blanco perfecto! Tiene bien ajustado el radar para almas desechables. Merece una reverencia por tan buen trabajo, por el disfraz de víctima que se ha tejido. ¡Quién lo diría! Parecía indefensa la dueña de este lamento. Se refería a los que habían roto su corazón como orangutanes con garrote que cazaban mariposas. Una predadora astuta que ante cualquier sospecha sonreía, insinuando fragilidad, y obtenía indulto. Maldita la hora en que aparecí con mis complejos de héroe taciturno a rescatarla. Apuesto lo último que me queda a que ella lo tenía todo atado desde principios del verano.

Lo peor no es que me estoy enterando de esto tarde, lo peor es que si vuelve y me sonríe de esa manera tan suya la volveré a creer. Ella vendrá cuando se aburra de tenerlo todo y yo abriré mis brazos, me arrastraré en un ejercicio indigno. ¡Menuda habilidad para manipular rabos trémulos! ¿Ese embrujo le valdrá también con las mujeres? No, entre ellas se conocen las artimañas, las escaramuzas de todo a cien, los regateos de mercadillo, los talones cuarteados, las suspicacias como chanclas desvencijadas y mugrientas; así de malsanas son las audacias de las féminas, cada vez entiendo mejor a los maricas sedientos de lechita, siempre listos a que les rompan el culo.

¿Se pueden cortar las partes en que me toco el pelo? Por favor. ¿Cómo os busco?

José Luis

Mara, Mara, Mara. ¿Qué aportar? Todo se ha dicho. La poesía es la necesidad de un ser inquieto, no de un intelectual. Mara se crió en una familia acomodada, hija de un hedonista convencido y una dramaturga caprichosa, esto es cierto, sin embargo Mara se documentó a diario sobre el drama de los miserables; y os aseguro que su compromiso con los desgraciados de la tierra es tal, que hasta podríamos considerar que ha sufrido en sus propias carnes y entrañas las mismas penurias que los personajes de las historias que lee. La megalómana que leía a Fante con quince años no ha tenido una vida de ensueño, ha perdido años persiguiendo un sufrimiento que no le pertenecía y, para colmo, últimamente se habla más de ella que de los trastornos alimenticios de la reina. Que no cunda el pánico, dejemos que la lluvia traiga consigo el orden, abramos otra botella.

Cuanto más lo pienso más me seduce el proyecto. Da gusto encontrar gente como vosotros.

Héctor

Claro. Sabía de antemano que por ahí venían los tiros, no hacía falta tanto rodeo. Sí, fui yo el que le sugirió que se dejara el flequillo; fue en la habitación de siempre, en el hostal que ustedes ya conocen. Ella llevaba unas semanas de buena racha, le estaba yendo bastante bien con lo del primer poemario, oí una entrevista suya en la radio y se me ocurrió llamarla para quedar, fui yo el culpable del reencuentro. Por aquel entonces Mara tenía una agenda apretada, me sorprendió que sacara tiempo para mí. Reconozco que fui impulsivo, a veces por fortuna lo soy, de otro modo hubiésemos perdido el contacto, ya saben cómo funciona esto.

En la habitación número catorce, como de costumbre, ella en la cama y yo en la alfombra, nos turnamos el calidoscopio —aplazando los sudores— y dejamos el televisor encendido para no sentirnos solos; después ella dio paso a su monólogo sobre astrolabios y brújulas oxidadas; nada parecía haber cambiado. Antes de ir a la cama y abandonarnos al sueño creí conveniente hacer algún comentario sobre Igor, aun sabiendo que no le haría ni pizca de gracia; su respuesta fue esquiva. Estaba fatigado, así que me di por satisfecho con su versión. Leí por distracción hasta que me entró sueño. Al estirarme para apagar la lámpara, que estaba de su lado, la oí pestañear y supe que aún no se había dormido.

Bajamos a por unos cafés. Le hice saber lo que opinaba de los poemas que había publicado y de todas esas fotos suyas en la red, sobre esto último le dije que me parecían elementos extraliterarios, burdo material para incitar a hacerse pajas. Hablamos de lo que estaba pasando, ella era consciente de lo que teclearían los dinosaurios de la crítica literaria cuando se enteraran de que sus padres tenían una editorial. Los precoces con influencias venden, también venden las niñas mimadas con complejo de Dafne, los mercantes de versos fashionistas dirigidos al público postpúber también tienen cabida en este mundo. ¿Por qué indignarse? ¿No les basta con todas esas estanterías de puta novela histórica?

Sé lo que están pensando, siento desilusionarles pero eso es todo lo que puedo ofrecer, no hay más. No hubo discusiones ni tormentos, ese encuentro fue un punto y final a la oración que habíamos dejado abierta. Sé que fuera hay una legión de dedos índices haciendo cola para señalarme. Ellos se equivocan, están apuntando en la dirección equivocada. Tal vez una visita a su familia les aclare las ideas, yo en todo este circo de momento no pinto nada. He intentado ponerme en contacto con Mara, la conozco lo suficiente como para saber que lo que necesita en este momento es que la dejen en paz algún tiempo. Es evidente, a las sanguijuelas se les ha quedado pequeño el estanque. Pero no se equivoquen, a ella le gustaba el juego, la autopromoción le parecía lícita y además le divertía. Al menos de mi parte, estaba advertida.

Estimados representantes de la prensa indie, ya se me va haciendo tarde y no hay oro que evite mi desidia; reconozco lo del flequillo y que hicimos el 69 más original de todo el hostal, mea culpa. Oye, le pasé mi número de cuenta a tu colega…

Arturo

La cena y los cafés ya estaban pagados, corrieron por cuenta de Víctor. Ella escuchaba atenta las desbordantes ocurrencias de su acompañante y ladeaba la cabeza simulando interés; después de todo, soportar al guiñol era infinitamente más entretenido que haberse quedado el domingo en casa, en compañía de su gato, releyendo una novela petulante publicada por algún amigo. Les dije que se arrimaran a la barra para charlar mientras secaba las copas y los invité a chupitos; llevaba meses sin verlos, los noté incómodos. Mara se bebió su anís y nos dijo adéu; Víctor no se lo esperaba. El Romeo sangrante me esperó hasta el cierre a pesar de que fui tajante cuando me propuso ir por ahí a emborracharnos. Me acompañó hasta el metro. Al despedirnos noté que el pobre diablo perfilaba algo bastante parecido a un llanto. Una nube pasajera salpicaba los toldos, las farolas iluminaban la plaza, las parejas se refugiaban en las sombras de las estatuas cagadas por las palomas. Víctor volvió a casa solo, constipado, sin entender, rascando el interior del bolsillo izquierdo de su chaqueta, lamentándose con resentimiento, señalando a la farsante que se decora con gemas los lacrimales.

Os agradecería que os marcharais cuanto antes, tengo cosas por hacer. El patrón llega en nada. Ten, mi número, un día de estos nos llamamos.

Frida

Mara goza de buena salud, si algo le afectó fueron los rumores que se vertieron desde los medios, contra los que no dudaremos en adoptar medidas judiciales. Estará unos días al cuidado de un amigo de la familia, una vez recuperada al cien por cien seréis informados y, si a ella le place, comparecerá. Agradezco las cartas de apoyo y las palabras de aliento de sus lectores. Cuando Mara vuelva a casa empleará su tiempo en leerlas cuidadosamente.

Bueno, id desalojando el pasillo, ya está, ya tenéis lo que buscabais. Guardaos vuestro dinero, una úlcera es lo que me vais a sacar.

Zack

La pobre no supo envejecer, lleva diez años siendo la joven promesa. ¡Pero si a su blog subía pantallazos de las notas que escribía en su móvil! ¡Pero si se ha proclamado ferviente activista en la causa animal! ¿Por qué no protestar por la maldición del coltán en el Congo?

Solita y sin ataduras, es bello sentirla así. Estuvimos juntos un año. Le gustaba impresionar a los que la rodeaban y se dejaba impresionar ingenuamente por los buitres ilustrados. Para mí será siempre la chica insegura de sí misma que adora comprarse ropa y mirarse en el espejo, la princesa de las tinieblas con ojeras y labial rojo intenso, piel tersa y el carácter podrido de la zorra longeva que ve nevar resguardada en la cueva.

¿Cómo ha quedado? Podemos verlo y si no va lo grabamos otra vez, por mi no hay problema. ¿Con quién veo lo del dinero?

Albert

Todo se jodió el día en que le tocaba presentar sus poemas inspirados en los cuadros de Rocamayor; se le fue la mano con alguna sustancia y acabó vomitando sobre los óleos del pintor, que, fuera de sí, asfixiaba a Mara con sus propias manos para que no siguiera arrojando sobre las obras; pinturas muy bien cotizadas que Mara y su familia se negaron a pagar, pues, según ellos, la Historia quiso que así fuera. También dijeron que, al fin y al cabo, gracias al incidente, aquellas escenas dantescas descritas en sus cuadros y ese decadentismo que abanderaba el quisquilloso pintor por fin iban a obtener credibilidad.

Y lo que sigue me lo guardo, hasta ahí os puedo contar. ¿Cuánto va a durar? ¿Quién más va salir?

Igor

Nos han dicho que las alfombras rojas esperan al final del camino, nos engañan. La dinámica lo es todo, correr o perecer. Sucede que flaqueamos cuando nos hablan de medallas y podios, cuando enderezamos bien la columna vertebral, cuando esculpimos diamantes. Tú, dulce Mara, te permites el sufrimiento porque lo puedes soportar, ser cómplice de la melancolía es la dicha que se otorga a quien ha aprendido a regocijarse bajo una corona de espinas. Piensa en tu grandeza, amor mío, ábrete camino, a partir de ahora hemos de permitirte todo, nada te será negado en esta galaxia. Evoca a los dioses, obtén su indulto, sedúcelos. Se ha derramado sangre, sudor y semen por doncellas menos bellas y talentosas que tú, adjudícate sus triunfos, ¡arrebátales la historia!

Deberíamos reptar sigilosos ante ti, obedientes, mostrarte la lengua, renunciar a la sopa boba. Reptar sin que nos veas, a otra altura, en otro universo, deberíamos reptar y lamer tus tacones de ensueño, sólo así nuestra dignidad sería inagotable. La mirada de ellos, de los que no son yo, de los que te van a perforar, de los que quieren meterse en ti, es pura ponzoña; cuídate de ellos, cariño, ignora sus barbas, escucha mis ruegos. El deseo cuando es exagerado fecunda sin penetrar, tus guiños sacuden un instante, hay roces tuyos que le dan sentido a un día, por favor, no te desperdicies. Eres arco y flecha de un ser mitológico, pétalos, pinceladas en el techo, violines, jugo, orquídeas, la lluvia golpeando en la persiana, ausencia de gravedad, un lecho que espera, la luz tenue y el brillo de unas nalgas carnosas dilatando los termómetros de las editoriales.

Sal a la avenida casi desnuda, délivré, desprovista de herencias. Vuelve conmigo. Yo seré testigo de eso y de más, te seguiré, amor mío, el viejo Igor no te abandonará entre chacales hambrientos. Cuando el mundo te atosigue te acariciaré los pies y habrá una confesión de fidelidad mansa y perpetua para inaugurar tu fuga. Bendita sea nuestra búsqueda de una ciudad nueva, un escenario descarado que no mida ni cuestione, permisible con el licor, que ruja y apague el centelleo de los que se han propuesto seducirte. Sin desesperados ni curiosos a la vista, propongo un brindis por la jungla generosa que nos acogerá, por sus escaparates íntimos, por su reservado, por su mármol negro, por la sonrisa del sommelier, por los ilusos que no tienen lo que hace falta para aspirar al soberbio privilegio de poseerte.

¡Cotillasssshhh! Sois peor que el mismísimo Benito.

Lucía

Antes de salir en la tele ya era famosa. Es un animal extremadamente talentoso. Simpatizaba con el ambiente en el que yo me movía, nos presentó un amigo en común.

Ella siempre tenía lugares a los que ir y gente por conocer. Nada que ver con esas fotos en las que posa taciturna como el proyecto de maniquí que se quedó en poetisa.

Me invitaba a las fiestas que hacía en su casa. Se codeaba con actrices y con cuatreros de la mode. Tenerla como amiga era un lujo que me pude permitir por pura casualidad. Yo estaba presente cuando Pete Doriarty le propuso interpretar alguno de sus poemas en sus conciertos si ella se animaba a traducirlos; nos hicimos una foto con Pete en la bañera y todo, yo que me había llevado mis útiles a cuestas me puse a tatuar búhos y figuras geométricas en los brazos de los que se dejaban, lo pasamos genial.

¿Qué tal ha quedado?

Tótem

Desmontamos el altar mayor. Perdí de vista su dulzura. Experimenté una aflicción de las que asustan. Cuando dejó de llamarme me tembló el suelo. Pasmado ante la borrasca sigilosa que trae consigo el abandono, me di por vencido. El primer día enumeré mis fallos con bolígrafo y papel. El segundo retomé la lista y taché cinco de los veintitrés escritos el día anterior. El tercero transcribí todo en un archivo de Word al que bauticé Suspicacias y actos a evitar con gente que aún no me conoce. El método no tardó en desbaratarse. Al cuarto día la lista se trocó en estrofas y ahí dejé expresadas mis más tiernas disculpas al género humano. De vez en cuando reaparecía la angustia de no tenerla cerca, mis tendencias autodestructivas se amplificaban, caía bajo la óptica derrotista. Pero derruí lo construido, evalué los daños, y me prohibí continuar improvisando. Desvinculé sus pómulos de mi historia reciente. No quedó ni uno de los recuerdos en los que solía consolarme. El tiempo avanzó como efelante lerdo. Conseguí reponerme, me propuse ser alguien mejor. El año se estaba acabando, con todo lo que ello implica. Francamente, su fantasma aún me rondaba.

Tenía programado encerrarme en casa a ver las primeras de Spike Lee entre hordas de humo blanco y pollo frito, pero mi plan se vio truncado por un mensaje de Arnau en el que me invitaba a un evento organizado por su prima, Abigail, una artista del barrio que esa misma tarde presentaba, bajo el título de Mapacho, una serie de grabados en mezzotinta que había producido iluminada por ayahuasca y barbitúricos en la trastienda de un locutorio. Llegué con veinte minutos de antelación porque tenía hambre, pero ni rastro del espumante ni de las tapas que me había prometido Arnau. Los invitados empezaron a llegar, Arnau me había escrito; todavía estaba en Poble Sec, esperando a su camello. No hubo catarsis entre yo y los grabados con los que Abigail dejó constancia de su descenso a los infiernos; al cruzármela, me hizo saber que durante el proceso creativo de Mapacho había sido inseminada por el chamán; estando ya a punto de aconsejarla mediante consignas abortistas, me dije que quizá el futuro papá era aquel señor en taparrabos de mirada impenetrable que nos observaba ofuscado desde el otro lado de la sala, y me guardé mi opinión al respecto. Llegó Arnau, intercambiamos impresiones y luego cada uno fue por su lado. Por suerte las feministas de la AMAP tenían instalado un puesto en el interior de la galería. Hurgué en los panfletos que vendían y noté con sorpresa que contaban con una sección dedicada a los literatos locales. Indagando en las contraportadas di con el poemario de Danilo Bendona.

Me dejé absorber por las estrofas en las que Bendona daba a entender que Rimbaud no fue más que un mocoso con talento para el escándalo. Inmerso en la desfachatez de sus propósitos poéticos, rechacé varias veces los piscolabis que me ofrecía un camarero de etiqueta, que iba de un lado al otro extendiendo la bandeja. Ya era tarde para comer. Dije no al cava, no a los bocaditos calientes, no a la interacción, no a fingir que podía ignorar la rareza literaria que tenía en las manos. Me quedé en un rincón, lejos del tumulto, tardé como hora y media en leerlo; Arnau se entretuvo con las de artes plásticas, no hizo falta disculparme. Volví al puesto de la AMAP y pregunté por el autor del libro, a cambio de info la más joven me incitó a comprar alguna de las camisetas que tenían; escogí la del retrato de Gertrude Stein. La militante me contó que Bendona tenía un nuevo proyecto entre manos, una biblioteca clandestina en la que despachaba bebercio y organizaba eventos estrambóticos hasta altas horas. Lo mejor era que esa covacha de bucaneros estaba situada a sólo unas pocas manzanas de la galería, y que algo se estaba tejiendo para esa noche. Encontré cómico que, con el pretexto de promover el arte, le comiese el tarro al bohemierío. Me lo imaginé de perfil, partiéndose a carcajadas, intoxicándolos con ron de baja gama en su tasca ilegal, poniendo en práctica lo tramado en su Manual del payaso indolente. Decidí ir a su encuentro, y, dado que sin un prescriptor era improbable que me dejaran acceder, Ruth, la feminista que me había puesto al corriente de las fechorías de Bendona, se ofreció a acompañarme. «Voy contigo hasta la puerta, llamo a Mauricio, él autoriza a que nos abran y tú entras. Te van a cachear en un cuartito, menos armas y líquidos todo está permitido».

Caminamos varios minutos bajo la garúa. Ruth me insinuó que Bendona conocía personalidades socialmente influyentes a las que recurría para salirse siempre con la suya, montar las que montaba en ese edificio era un corte de mangas por parte del autor a los poderes con los que no comulgaba, que eran casi todos. Llegamos, Ruth se apartó unos metros para hablar por teléfono, alguien se asomó a la ventanilla blindada y la puerta se abrió. ¡Gracias por todo, tía! ¡Que le jodan al androcentrismo!, grité a Ruth, alzando el puño en gesto de fraternidad combativa. Unos seguratas de dos metros me escanearon, me cachearon, me leyeron unas cuantas reglas y me pusieron al tanto de quiénes eran los invitados destacados, justificando así tales medidas de seguridad. Vacié mi petaca y todos en paz, era hombre libre. Lo único que quería era hincar los codos, beber algo dulce y, en el mejor de los casos, conocer personalmente al dichoso Danilo Bendona. Empujé una puerta pesadísima que daba a un salón y ahí me esperaba Mauricio, su editor.

—¿Qué tal, buen hombreee? Me llamo Mauricio, pero puedes llamarme Mauri. Ruth me contó que flasheaste con Bendona, que en dos horitas te zampaste ese ladrillo de bosta prensada que es su poemario. Nos has caído bien, carnal.

—Encantado Mauri. Sí, me patinó la mambriola su POV, es todo un lumpen —dije para no bajarle el latin flow.

—Lástima que la crítica no diga lo mismo. Se han conjurado para hundirnos, los muy pendejos.

—Bendona es un púgil, sabrá abrirse paso.

—¡Que diosito te oiga! A medianoche llega una furgoneta con doscientos ejemplares de su nuevo lanzamiento, un poemario antropológico que escribió tras su ruptura matrimonial, durante su fiebre periquera. Textos contundentes, sorpresa rica.

—¡No me jodas!

—Sí, espero al menos vender unos cincuenta hoy, de cien invitados que esperamos. La chingada mitad…

—¡Ya mismo te lo compro! —le dije manoseando la billetera.

—Tranquilo buey, tranquilo. Todo a su momento, ahora no llevo ninguno encima… además, pero si resién acabaste de leer uno, digiérelo, espera a medianoche, compadre, disfruta de la velada. Bendona prometió entretenernos con algo…

—¿Bendona va a recitar?

—No te dejará con la miel en los labios, seguro que se improvisa algo. Oye, adivina qué traigo en mi bolsillito…

—¿Qué traes en tu bolsillito, Mauri?

Palms rise to the universe, as we, moonshine and molly…

—¿Feel the warmth, we’ll never die? —le respondí, casi seguro de haber entendido lo que carajo me estuviera contando.

—¿Sí o no? —replicó con carita cómplice, seguro de que mis ojos estaban en el medio litro de caipiroska que se había pedido.

—La verdad es que planeaba una noche amparado en la abstinencia…

—Decídete rápido, que en cuanto habiliten la ruleta ya no me ves.

—Sí, venga, sí quiero. Echa lo que puedas aquí dentro que yo me apaño. ¿Cuánto te debo?

—¡Pero si hay un montón, chingado! Ésta la trae Cabrahígo de Berlín, es demoledora; la producen un clan de surfistas frustrados, y con las ganancias financian una editorial que publica movidas de tintes postsimbolistas. El mes que viene editan a un joven talento, Rupial Froos, el niño intergaláctico que cabalga potros forrado en satén.

—¿Forrado en satén?

—Sí, es un monomaníaco de los tejidos brishantes. Su fetiche, supongo.

—Comprendo, a mí de adolescente me ocurría lo mismo con el white satin

—Basta de plática, me vale tres hectáreas de verga. Trae pa’ca ese vaso que te echo con ganas.

—Sé prudente, llevo unos meses limpio —le advertí.

—Me temo que tonight tendrás que desenvolverte en el potencial creativo que confiere la mugre. Cuando suene el tambor sagrado deja que tu body siga la danza del bisonte, verás como las pinches penurias se disipan. Procura moverte, la introspección sería como invocar al mismísimo self suicide. Además, ¡El momento Bendona va a dar comienzo! ¡Invita la casa!

—Mil gracias, no te inquietes, sobreviviré.

Estaba equivocado, no tenía ni la más mínima idea de lo que me esperaba; El momento Bendona se acercaba y yo mascaba las ansias. Las cinco barras idénticas, situadas en los recovecos más inhóspitos de aquel lugar, me trastocaban la orientación. Los espejos tampoco ayudaban, las paredes estaban repletas de ellos. Reconozco que el plateado, confrontado al negro de los muros, contribuía de algún modo a mi felicidad. Se paró la música, un hombre en frac nos acomodó a punta de linterna, en el entrevero de gente perdí de vista a Mauricio, absorbí de la pajilla y sentí el toque amargo de la piña colada. Todos frente al escenario, se corrió el telón.

Ventanas de utilería, mantel hule, tostadas, reloj de pared cutre, cortinas a cuadros. La escenografía pretendía situarnos en la cocina de una familia estándar a la hora del desayuno. El páter familias era interpretado por Bendona, que leía el periódico sentado a la mesa, hasta las cejas de estimulantes. Las dos doncellas indie que lo acompañaban se desenvolvían con soltura en el trance. Una de ellas testaba resina de adormidera en una pipa metálica, acomodada en un taburete. La otra se hizo una coleta, recuperó del armario de la vajilla una mandolina y se puso a tocar. Bendona sumergió el cruasán en el capuchino que se estaba bebiendo. Silencio absoluto. La que lustraba la pipa se quitó el vestido que llevaba puesto y avanzó en lencería hasta donde se acababa la tarima para quedarse allí, a un costado. Los que estábamos delante alcanzamos a oler lo que estaba aspirando, mermaba su sensatez. El cruasán se hinchaba sobresaliendo de la taza. Con el rostro cubierto por el periódico, Bendona rompió el mutismo:

—Coágulos de regla añeja se deslizarán calle abajo cuando mi canción obscena despierte a las fulanas que sucumben en el arrabal de mi garganta. El semen estático coronará la mano de un púber celoso, la quimera del manco sujetará un estornudo y mi bilis se derramará si no nos detenemos a tiempo, nena. Los pasos resonaron en la azotea, los cañones apuntaron, ellos prometieron ocuparse de ti, es tiempo de que pagues lo que has estado derrochando, que quede bien claro, son sólo first world problems. Defiendo causas que no son mías por no tener una que me pertenezca, me reprimo, ¡el mal y la muerte en función de lo que nos tienta, así hemos sido educados los perros católicos! Arrodillemos al preso, la desdicha pertenece a los que han sido concebidos por esta bestia maternal equitativa disfrazada de beata. Lástima, horror, lujuria… ¿qué os falta?, ¿no habéis tenido suficiente? —se encendió un foco, Bendona bajó el periódico, dio la cara y prosiguió—. Policías honestos se cagarán en vuestras putas tumbas cuando los telediarios tengan que ser descifrados por amantes de las lenguas muertas. Habrá rímel y bufandas holgadas, rituales de dudoso pragmatismo presididos por un ente que gesticula y calcula minuciosamente cada pupila dilatada que se ennoblece en el vaivén hipnótico de una lengua que todos pueden ver y oír, pero nadie toca.

Sonó el tambor sagrado, pero no podía dejarme llevar por mi body, la danza del bisonte tendría que esperar. Reprimir el subidón fue un acto heroico, un mano a mano con mi niño interior del que salí victorioso. Bendona, pálido como un folio, siguió con lo suyo:

—¿De qué queréis que hable? ¿De la vestimenta translúcida? Me han iluminado incontables candelabros que colgaban como arañas patas arriba, ¡ajusticiadme con recelo! Mi imaginario fue ensalzado por cuerdas delicadas en el palacio de bronce, donde diariamente se celebran banquetes a los que las rehenes acuden a voluntad propia, traen coscurros de pan y leche de cabra, y cuando ya no queda nada que beber o masticar, recurren a metáforas que sugieren un talento más bien nulo en los quehaceres de la limpieza, de la cama y los fogones —Bendona esquivó una enciclopedia de tapa dura lanzada por un exaltado, los de seguridad se encargaron del violento con un placaje certero. Bendona se puso en pie y continuó—. Dejad de pensar que habéis cruzado el límite, porque la verdad es otra y os hará sentir unos jodidos mediocres. Dejad que yo me deprima y hable. Abran sus libretas, apunten. Seamos francos, no nos atragantemos con nuestro ángel guardián, damas y caballeros, lo único que hacemos bien después de una larga jornada laboral es masturbarnos. El dulzor de la belleza, coordinado con tu cintura y tu muñeca, se retorcerán con insistencia de coctelera atómica envolviéndote en un velo demasiado demencial, y otra vez serás tú misma, meretriz; al igual que lo serás tú, esclavo. Valor de uso, valor de cambio, cuidad del odio, podría ser vuestra mejor obra. Os lo digo yo, yo que vi a hombres trabajar en la mina, que vi a hombres colgados del camión de la basura, que vi a hombres mendigar, que vi a hombres explotar la mano de obra de otros hombres, que vi a hombres yendo a morir a la guerra… ¡Yo vi a hombres competir por mujeres, y, os lo juro, nada hasta ahora me ha producido tanta repugnancia y espanto!

El público titubeó. Mauricio, que no se había apartado de la ruleta ni para ir a mear y seguía dale que te pego, envenenado con la timba, ignoraba que a sus espaldas su editado estaba haciendo el ridículo con una performance intimista que ninguno de nosotros estaba entendiendo.

Bendona contuvo la respiración, demasiado drogado para continuar. Alguien que estaba atento le alcanzó una botella verde sin etiqueta que parecía rellena de un líquido blancuzco y él se la vació de un trago entre pecho y espalda. Comprobé con satisfacción que, al menos, lo que promulgaba en su libro no eran alardes para las candilejas, el jodido Bendona era un tipo duro, poseía las esquirlas del drama y sabía sacarles provecho. Lanzó la botella a un costado y se limpió la barba con la camiseta. Dio dos pasos y acomodó el micrófono, retomó su plegaria:

—En Bratislava pateas una piedra y te salen tres jóvenes deprimidos que escriben por escribir, que desgajan las virulencias con buenos propósitos para luego escupir las semillas en cuencos recién horneados. ¿Qué pueden aportar un puñado de mediterráneos ebrios como nosotros? ¡Dejemos que hablen ellos! Nos queda agachar la cabeza y aprender a mentir mejor, para volver a la carga con la templanza del que sabe aburrirse. ¡Coño!, ¿quién soy yo para deciros a quién debéis votar?, mi carácter no me pertenece, siempre soy otro, cada amanecer liquida al que fui ayer, carezco de ideales y los tomo prestados, no existe persona alguna capaz de tumbarme, ¡Admiradme, soy un descampista! —un espontáneo se subió al escenario a reprocharle la mierda que estaba soltando y los de seguridad lo invitaron a abandonar la escena por las buenas. Bendona se arrimó el micro a la boca y respondió a los improperios con una sonrisa tensa—. ¡Menuda novedad! Es evidente, muchacho, soy consciente de que no volveré a escribir como lo hice en mi primer verano junto a las drogas, pero de eso se trata, de eso va el juego, de lo terrible que es perder algo que suponíamos inamovible.

La audiencia se echó a reír. Derrotado, el espontáneo se retiró de la tarima con un moonwalk. Bendona contraatacó, esta vez con maneras de predicador evangelista, caminando de un lado a otro como león enjaulado, improvisando el despropósito que nos haría sentir, sin duda, personas mejores que él.

—Fíjense, queridos amigos… ¡Ahora nos dicen que nuestros antepasados portaban en sus penes espinas! ¡Menuda noticia! ¡Resulta que la evolución se debe a la monogamia! Hemos alterado nuestro miembro rey para no lastimarlas y ellas… ¿Qué han hecho ellas por nosotros? ¿Contribuir a la reproducción? Una cosa es cierta, cua…

A pesar de que aquello iba adquiriendo un tufillo misógino, nadie parecía oponerse, el morbo los contenía; pero de improviso, el vozarrón del editor retumbó en el templo de los quemados e interrumpió el recital tóxico a grito de «¡Ooooohhhh nooooo¡ ¡Jodida rueda de la fortuna! ¡Yo te maldigo!». Al darse la vuelta, Mauricio fue consciente de la metedura de pata; estaba empantanado hasta la cintura. Bendona, en el centro del escenario, alumbrado de lleno por el foco, se encogió de hombros. A pesar de lo agradecida que fue aquella interrupción, el público, al igual que Bendona, también esperaba explicaciones; así que el editor subió a la tarima, pidió la palabra y se dirigió a nosotros:

—La bola gira y eso es todo, pones la ficha y esperas a que te den por el culo. La ruleta es el único pasatiempo salvaje, aquí nadie miente ni espera ganar dinero, aquí no hay putos pendejos chingones, esos charlatanes se quedan en los bares perdiendo el tiempo pretenciosamente… pero aquí no, ¡en el tapete verde hay una sinceridad desgarradora, es la forma de perversión más pura! Basta con apostar siempre al cero hasta quedarse sin fichas, y después irse a casa con paso tranquilo y ponerse un documental de lo que sea y dormir. La vida tiene que ser siempre así de sencilla.

El público estaba tan colocado que no sabía ya qué coño estaba aplaudiendo. Bendona, cruzado de brazos a un lado de la escena, asentía reflexivo, conmovido por la franqueza de un Mauricio que, tras disculparse por su desacato, invitó al croupier a beber una michelada. Bendona notó que la aspereza en el ambiente se debía al discurso atropellado de ideas inconexas que había vomitado, y le dio por explicarse.

—Ayer mi hija me presentó al hombre que tomó su virginidad y al cual dedica sus mejores tardes, posando para él entre cojines. El muchacho es un adolescente corriente entregado a la velocidad y a las chaquetas de cuero para moteros, con hombreras y coderas robóticas, un aspirante a galán enrolado en la distracción simplista a la que sucumben los débiles de espíritu de la clase media. ¡Brindad en mi nombre, he fracasado!

Hubo aplausos, la compasión unánime indultó al paladín, su necedad los había convencido. Bendona volvía a ser el amo del garito. Los amplificadores se ponían en marcha escupiendo electro rap-rave importado de Sudáfrica. Una celebridad del graffiti explicaba a una cámara en qué consistía la obra en la que estaba trabajando actualmente. Los beats latían en los bafles para bienestar de todos, habíamos tenido suficiente sermoneo por esta noche. Yo había decidido quedarme allí tranquilo, bailando con los hombros y dándole sorbitos a una piña colada sublime, viendo cómo Abrahamowicz coqueteaba con chicas babooshka, hasta que…

—¿Qué tal va la noche, caballero? —me preguntó un tipo que estaba a mi lado, en busca de sana interacción.

—Bien, bien —le contesté.

—¿Admirando a la estrella? Puedo tomarle una foto con él si le apetece.

—No no, ni siquiera estoy familiarizado con su obra, miraba por mirar.

—Estaba bromeando. Yo ni sé quién es.

—Es Chuck Abrahamowicz, un artista londinense bastante conocidillo. Al parecer el verano pasado levantó revuelo con un graffiti de Mahoma… Me lo contó el musculitos que cachea en la entrada.

—Los artistas generan arte, los alborotadores estafan —dijo.

—¿No lo consideras un artista?

—Hace graffitis…

—¿Alors?

—Es un arte menor, está incluso por debajo del cine. La gran parte del saboteo del paisaje urbanístico sólo sirve para decorar las carpetas de los postpúberes.

—Los vándalos también tienen derecho a expresarse, ¿no? —repuse.

—Exacto. Pero no a que los llamemos artistas, por muy famosos que sean.

—Sí, puede que en eso último tenga usted razón, estimado…

—Gabriel, me llamo Gabriel. Encantado.

Mientras Gabriel desenmascaraba el arte urbano, unos músicos de jazz étnico que se habían instalado en la tarima se pusieron a tocar sin que nadie les prestara atención. El fraseo hipnótico que despedían sus instrumentos me incitaba a pedir otra piña colada. Le propuse a Gabriel invitarlo a un trago y nos acomodamos en la barra.

—¿Y qué opinas del jazz, Gabriel?

—No es lo que prefiero.

—No me sorprende.

—¿Insinúa usted que soy un carca?

—Insinúo que como fondo de escritorio tiene usted puesto un Caravaggio, le apasiona la música clásica, etc.

—El jazz es un discurso monótono que se repite en bucle, en el que unos cuantos músicos masturban a la música sobre los mismos acordes durante horas —Gabriel adoptó un aire severo—. Además es un estilo cerrado en sí mismo, mientras eso que tú llamas clásico, oh amigo Glaucón, no es un estilo sino una vorágine de creatividad bien variada. Cada autor es un mundo y cada obra puede ser totalmente diferente a la anterior, a diferencia de los autores de música pop, es decir: jazz, rock, pop…. Los que tú llamas autores de música clásica no están esclavizados por el género musical; encasillar a los músicos es cargarse la creatividad.

—Suena usted muy convincente, Gabriel.

—Ésa es la dura realidad. ¡Mire, por ahí viene Cabrahígo!

Cabrahígo, probablemente el ser más puesto de la fiesta. La mandíbula parecía salírsele, la mitad del ponche que le faltaba en el vaso se encontraba derramada en su camisa. Vivo ejemplo de mammiferus festivus en vías de extinción, pura vieja escuela.

—¿En qué andas, briboncete? —le soltó Cabrahígo a Gabriel, estrujándolo en un abrazo.

—Lo de Bendona ha sido una caca pinchada en un palo, así que aquí estoy, bebiendo algo y blasfemando contra el jazz, lo de siempre. Te presento a un amigo que acabo de hacer, no lo he tuteado aún, has llegado a tiempo, el pobre estará flipando.

—¿Qué tal, chaval? Tu cara me suena. Yo soy Cabrahígo, para servirte.

—Encantado —le dije—. ¿Te apetece sumarte a la tertulia? Aquí tu amigo Gabriel se está lefando en todo lo que admira la generación de ilusos a la que pertenecemos.

—Ya te acostumbrarás a sus perlitas. ¿A qué te dedicas, tronco?

—Hago pizzas… y cuando no estoy trabajando o emborrachándome, escribo relatos.

—¿Y qué tal son esas pizzas?

—Mejores que mis relatos.

—Entiendo… ¿Te mola el jazz?

—Sí, claro. Bueno, es decir, conozco algo, reconozco alguna que otra sutileza, pero de ahí ser capaz de comprenderlo…

—Las dos fases del jazz son antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Antes están Armstromg y Duke Ellington, el jazz de Nueva Orleans, el dixie carnal y marihuanero de analfabetos brillantes y contrabandistas de alcohol. Luego el bebop con todas sus ramificaciones, que trae consigo a la heroína. Es una música menos popular que, según dicen, se baila con la cabeza; es lo que se toca hoy en día, eran Charlie Parker, Dixie Gillespie, Bud Powell… Luego está el cool jazz, es la misma teoría del bebop pero tocado lento, sin virtuosismo, es el minimalismo de Miles Davis, Chet Baker, Gerry Mulligan… y luego ya la mierda. Si has dedicado más de diez horas de tu vida a escuchar a uno de esos que te he mencionado, siéntete un privilegiado.

—Amén.

—Y no le hagas caso a Gabrielín, que él se la casca oyendo marchas soviéticas.

Dejé a ese par de colgados que charlaran a gusto de sus cosas, intenté marcarme unos pasos in the dance floor, pero allí sólo había gente rara con ganas de exhibirse. Indicado con un neón azul que dibujaba las palabras bailongo sabrosura, atrajo mi atención un recoveco al que aún no había accedido; el ambientillo era menos artificioso que en la otra pista. Entre los cuerpos que se agitaban reconocí la silueta de Mauricio dando quiebros de cintura. Se acercó a mi posición nada más verme. «¡Escucha, escucha!», me dijo con la cara desencajada. «¡Siéntelo!» (Señalaba al techo con el dedo índice).

A pesar de llevar ahí unos minutos no había prestado atención a la música, el material de los surfistas berlineses había puesto del revés mis sentidos, estaba pensando en la dirección equivocada, me dejaba arrastrar por mi fobia al baile y eso anulaba las buenas vibras que pudieran llegarme desde el nuevo flujo sonoro. Por suerte Mauri estaba dispuesto a monopolizar mis sentidos: «¡Escucha, escucha atentamente! ¿No lo conoces?», insistió.

—¡Siéntelo! ¡Es Sósimo Sacramento! También conocido como El rey de la jarana o El ídolo de siempre, el canalla del huayno, un veterano que destila las cualidades carnales de su tradición, un romanticón incorregible, el macho alfa que fusiona folklore andino con tropitronic libidinoso acompañado de Los Diamantes de Cochamarca, solteros de oro a la izquierda del desamor, taberneros con el conrasonsito damnificado que rebuznan súplicas a la cantinera pa’que les ponga otra cervesita. Quiero producirlos, quiero expandir el género en Europa. Escucha esa arpa, ya me están entrando ganas de pasar a algo más, esta rola está sonando en el momento justo, ¡que alguien le haga una mamada al DJ!

Le di la razón, no tenía otra opción, el arpa juguetona me estaba mambeando el cráneo y el solloso contenido de Sósimo me sopapeaba con sus propósitos patriarcales. Mi boca era el puto Atacama, así que fui a por más lechita de coco. Haciendo cola en los aseos me tocó disipar una reyerta en la que uno de los implicados era Waldo, un viejo conocido al que había dejado de frecuentar. Waldo había increpado a un chaval por llevar puesta una camiseta de Reservoir Dogs y la discusión había degenerado; durante el forcejeo habían roto el dispensador de toallitas. Yo, con el redoble del tambor sagrado retumbando en mi cráneo, interpuesto entre la furia indie y el conformismo del cinéfilo de a pie, me armé de virtud y persuadí a Waldo para que se disculpara con el chavalín y olvidara el asunto, a lo que Waldo accedió, reservándose una para el último round.

—Disculpa tío, reconozco que se me fue la olla, ¿te he hecho daño? Mira, mi principal problema con Tarantino, muchas veces más que con el propio Tarantino, es con sus fans. ¿Qué pasa con sus fans? Que dicen ¡Ohhhh! ¡Hay gore! ¡Hay violencia! Hay referencias a… ¡yo qué sé! El cine de Tarantino inaugura prácticamente el postmodernismo, el cine toma conciencia de que existe el cine y se dedica a hacer collage, era su etapa videoclubera, pues con todas las cintas que se vio dijo mira, me mola mucho esta escena… de esta película… de los setenta… de la saga… hongkonesa… ¡de artes marciales de su puta madre que no se ha visto nadie! Sabes, entonces es un tío que hace cine como para sí mismo, es como el que se hace… una porno a medida, es como ay mira, es que me encantan las enanas morenas de tres brazos, entonces yo me hago una peli de enanas morenas de tres brazos y te ves a todo el mundo ahí ¡jajajajaja! ¡Mira la enana morena de tres brazos! ¿Lo pillas? Yo diría que es un cineasta en franca decadencia que hace ya mucho tiempo dijo todo lo que tenía que decir, en fin, una lenta agonía de películas interesantes. Fue un director que revolucionó todo lo que tenía que revolucionar, pero ¿ahora a qué se dedica?, ¿a hacer remakes de películas que no conoce ni su puta madre? Yo no sé hasta qué punto este hombre es honesto, yo quiero pensar que sí, que estas películas le molan, pero incluso yo que soy un aficionado a las rarezas que nunca cobraron demasiada relevancia, pienso ¡pero tío, qué coño le has visto a esta puta peli!, porque a éste le encanta reivindicar, le encanta decir ah bueno, ¡pero esta película es la mejor de su género! y es una película hecha con cuatro duros ahí en Italia en momentos bajos y te dices pues no sé, no entiendo qué hay de interesante en esta película. Encima ha engendrado a muchos hijos tontos, véase Guy Ritchie por ejemplo. Pero es verdad, el tío tiene mucha cabeza, es evidente, aunque sea para copiar escenas hay que tener cabeza y saber hacer estos collages, algunos de ellos muy bien hechos, que también tienen su mérito…

Nada más acabar su monólogo, Waldo encendió un bidi. El grupo humano que se había formado a su alrededor y yo nos reconfortamos con el aroma del ébano cuando arde bien. Una tía que se estaba lavando las manos se acercó a Waldo, pidió permiso sacándole el bidi de la boca, le dio unas caladas con escepticismo, recuperó del fondo de su bolso un bote de Vicks Vaporub y nos untó las napias. Todos los presentes apreciamos el hechizo, la pomada milagrosa santiguó el aire y pudimos respirar como deidades hermanas. La chica nos recordó que los billares ya estaban habilitados, menos Waldo y yo todos la siguieron.

—Siempre igual, ¿eh? Waldo calentando a la peñíscola —dije.

—¿Pero tú has visto al pseudopopero ese con su puta camisetita de los cojones? Tendría que haberlo hecho papilla…

—Relájate, hombre.

—Cierto, no vale la pena. Me voy a mi cápsula sónica, allí se está mejor.

—¿Cápsula sónica?

—Sí, cápsula sónica. La descubrí la primera vez que vine, es una trampilla, ¿ves esa cuerdita que cuelga del techo? Pues tiras de ahí y te sale una escalera. Hay que hacerlo cuando los aseos están vacíos, obviamente. Arriba hay un trastero, yo lo utilizo como guardarropa, aunque el sábado anterior me fue muy útil durante un trip misántropo.

—Guardaré tu secreto. Me voy a por otra piña colada. Cuídate, hazme el favor.

—Cuídate tú, zorrita. Nos estamos viendooo.

De vuelta en la zona bailongo sabrosura, lo único que me apetecía era comprar lo nuevo de Bendona, despedirme de los muchachos que tan corteses habían sido conmigo y esfumarme. Mauricio seguía en la cresta de la ola, su pelvis era pura candela, Gabriel y Cabrahígo, al igual que otros borrachuzos, habían sido atraídos por el campo magnético de la zona sabrosa. Las demás pistas se vaciaban, los invitados querían mover culo con percusiones tribales, la atmósfera se caldeaba, yo ya estaba empalagado de lo que venía bebiendo, así que acepté resignado los chupitos a sesenta grados que Gabriel me ofrecía; también asentí cuando Cabrahígo me ofreció una estupenda buchada de veneno. Me entraron a saco las ricas ganas de mover el esqueleto. Me armé de valor y me arrimé a la turba sudada sacudiéndome como un Playmobil, desentendiéndome del ritmo, atrayendo la atención de los danzantes hacia el interior de los círculos concéntricos que se formaban en mis baldosas lumínicas. Estaba tan a mis anchas, tan demasiado cómodo, que me puse a hacer el paso del gallito arrogante que gasta Mick Jagger. A alguna mente brillante se le ocurrió que sería gracioso lanzarme nachos y que yo los atrapara con la boca al tiempo que bailaba como lo haría un ave de corral dopada. Atrapé con gran acierto los nachos remojados en tabasco que me lanzó el graciosillo, pero, cuando se acabó la salsa, el muy imbécil me continuó tirando, los nachos se me fueron acumulando en el esófago y lo pasé francamente mal. Atorarse, eructar y vomitar al mismo tiempo es fisiológicamente posible, lo corroboro.

Me levanté aturdido, la camiseta de Gertrude Stein apestaba a basca, los triángulos de maíz se hinchaban en el charco de coconut milk mal digerida que había a mis pies, una cara entre las decenas que tenía enfrente se iluminó, era Ella, la zalamera estaba de vuelta, justo tenía que ser ahora, con lo que me había costado controlar la ansiedad que el aroma de su cuello me producía. Sostuve la mirada al tipo que la acompañaba, sostuve la mirada a ambos. Recordé que mi plan original era pasar el día entre pollo frito y humo blanco, viendo las primeras de Spike, porque por algún motivo esa mañana se me había metido en la cabeza que la nostalgia afro ochentera me haría olvidar por unas horas que Ella aún existía, y que podría estar en cualquier parte de la ciudad tomándose un café crème con él, ya sabes, la parejita cool sincronizando sus brillantes destinos de gente atareada, tocándose por debajo de la mesa, tocándolo, haciéndole lo que me hacía a mí, luego al dormitorio y una vez desnudos a reanudar la calentura, las mismas caras que ponía conmigo, quizá denotando más placer, pero la misma actitud al darse, mismos ojos en blanco; maneras ensayadas para hacerte sentir el único, pero lleva cuidado nene, some things are too hot to touch. Ella no estaba hecha exclusivamente a mi medida, Ella estaba hecha a medida de todos. Descubrir eso a tiempo me hubiera ahorrado unas cuantas decepciones.

—¡Alejaos! —ordené enardecido.

Pedí al barman una de esas botellas sin etiqueta que tan bien le habían sentado a Bendona y le entré con ganas, del pico. La mayoría seguía bailando al margen de mi escena, el folclore andino persistía en su ingenuidad, me di la vuelta y la parejita no había desaparecido, seguían ahí, me miraban raro, pero no por mucho tiempo porque se nos vino el horror encima. Eran ya las doce, entraron con un cargamento de libros, doscientos ejemplares de la nueva gran producción de Bendona; después escuché detonaciones, confusión extrema, todos al suelo, metralla, polvo por todas partes, algunos corrían, uno que llevaba puesto un pasamontañas abrió fuego gritando «¡Abrahamowicz, pagarás tu blasfemia!». Había cuerpos en el suelo, tropezábamos con ellos, estampida hacia la salida, yo estaba bloqueado, corrí hacia los aseos, conseguí entrar y me acordé de la cuerda, estaba solo, tiré, cayó la escalera, trepé a la cápsula sónica de Waldo y él seguía allí, extenuado, no entendía, le expliqué, nos quedamos sentados en posición fetal, atestiguando los gritos, los invitados caían como moscas. Waldo quería bajar a ayudarlos y yo, siempre tan egoísta, le dije no Waldo no, contra ellos no, que no tenemos con qué defendernos, mejor esperemos aquí hasta que los buenos vengan a rescatarnos.

Augurios

Lo más probable es que nos dejemos llevar por un ideal de ensueño y perfección que no podrá ser igualado por la realidad, mas el poder de la verdad no tardará en despertarnos. Neptuno el surreal se activará desde bien temprano influenciado por Venus y el Sol. Pero las fantasías podrían truncarse si Mercurio el travieso influye sobre Urano el salvaje, haciendo las cosas más difíciles. La entrada de la Luna en Aries el descarado a las 9:56 pm nos alentará a asumir riesgos, mientras que una cuadratura eléctrica entre Marte y Urano podría empujarnos hacia el abismo.

−R. Levine

El viernes es el terreno idóneo para que a la gente normal le asalte la vehemencia, pero R no estaba pasando por una buena racha. Tenía cita con una chica que había conocido por medio de un colega el fin de semana anterior, durante una juerga salvaje. La última copa se la acabaron tomando en casa de R. Él estaba tan ebrio que no consiguió empinarse y ella se tuvo que dormir con las ganas; a eso de las 11 am la amante resacosa se había escabullido de las sábanas aprovechando que R roncaba, frustrando así la posibilidad de un desayuno juntos y la consiguiente siesta con hipotético coito incluido.

La cita en cuestión se llevó a cabo en una cafetería orgánica, ella se había encargado de elegir el lugar y de hacer la reserva. El menú era del tipo somos lo que comemos, había velas aromáticas y ramillos de flores silvestres por doquier, regaderas de hojalata que servían de maceta a gladiolos joviales y una clientela de clase media alta a la que un grupo de barbudos deleitaba con country conceptual: un repertorio de canciones que hablaban de implosiones emocionales, sentimientos encontrados, gafas de sol graduadas y cepillos de dientes biodegradables. R pidió lo mismo que ella: colección de remolachas, crumble de manzana al trigo sarraceno y una copa con zumo de chirimoya y hielo.

Minutos más tarde R encontró la chirimoya algo empalagosa, y, aprovechando que ella estaba en el aseo, se fue hasta la barra y le encargó a la barmaid un vaso lleno de vodka artesanal para rebajar la intensidad del zumo. El efecto del cóctel no tardó en desinhibirlo, bajó la guardia y no mascó chicle; ella guiñó un ojo mientras volvía del baño. La talla reducida del local condicionaba proporcionalmente la talla de las mesas; por lo tanto, la distancia entre los comensales era lo suficientemente estrecha como para sentir el aliento de alguien que en su casa se había bebido dos o tres ron con cola, a los que ahora se había sumado un vodka.

Pero no fue el aliento lo que delató a R, R la cagó él solito al responder que eso es una farsa para subnormales cuando la chica le preguntó por su signo astrológico. En un intento desesperado por enmendar su desafortunada muestra de desprecio, R pagó la cuenta y elogió sus lunares, mas era tarde para caballerismos, la ofensa era irreparable. Con ganas de huir lo más pronto posible, la pretendida se despidió de R con un ha estado bien, pero eres un poquillo intolerante. R se infligió mortificación al verla perderse entre las siluetas de los viandantes. Sin apenas conocerla ya estaba enamorado. A él no le molestaba que la chica estuviera obsesionada con movidas esotéricas, R hubiera aceptado a cualquier trastornada escabrosa con tal de evitar otra madrugada exhalando humo, solo en el sofá, con su portátil, horneando una pizza precocinada, enfundado en un batín de poliéster del Barça.

Llegó a casa con más sed de lo habitual, era medianoche. Se recostó en el sofá con los calcetines puestos y bebió zumo hasta acabarse los dos cartones que había enfriándose. Pensó que mirar la televisión le ayudaría a no pensar. Le dio al botón y el aparato se encendió en el canal cinco. Al dejar el mando en la mesita R recordó que había olvidado tender la ropa, pero no se movió. Al subir el volumen cayó en la cuenta de que lo que había en la pantalla era un mapa astrológico; contuvo la respiración y el cenicero que tenía en los pies fue a parar al suelo. No se percató de las colillas en la alfombra, tampoco del cigarro sin encender que sostuvo en la mano durante las predicciones de los signos zodiacales a cargo de una señora de voz cándida con la cara notablemente afectada por la cirugía estética. R eligió no cambiar de canal, eligió no apagar la TV y contuvo sus ganas de ir al baño. La astróloga decretó las predicciones con rigor, con argumentos astrales, con un tono tan creíble y tan estelar que R se sintió parte de algo muy grande. Los presagios le entraron como con vaselina, se fue a la cama sonriente, con la paz que da sentirse parte de un cosmos inexplorado. Soñó bien, soñó exhausto.

La madrugada siguiente, a la misma hora, acercó el sofá a la televisión y con libreta y lápiz en mano tomó nota atento a las palabras de la astróloga. Ella le advirtió de manera resumida el tipo de males que le acecharían en el correr de la semana, incluso acabó por sugerirle que si tenía alguna duda llamara al número que aparecía en pantalla, ella o su equipo le atenderían amablemente. Efectivamente R lo hizo, y lo continuó haciendo de lunes a sábado hasta que llegó la factura del teléfono y decidió moderarse, imponerse una solución drástica: sólo llamaría los días pares.

Los más allegados a R encontraron absurdo el cambio que estaba experimentando. La intransigencia de sus amistades se querelló contra un R indefenso y testarudo, demasiado noble como para obrar en contra de su voluntad. R decidió no cohibir sus impulsos durante las charlas, descartó la moderación en los debates, y, exponiendo sin complejos su pasión astral, sacó de quicio a los escépticos. Todas las personas buenas que le rodeaban resultaron ser lo peor.

El verano pasó rápido, con las castañas y los higos llegó la calma del otoño, la pereza invernal prevaleció sin sobresaltos. Ha llovido mucho desde el último gran fracaso de R, en aquella cafetería bioorgánica. R ya no llama a la astróloga, el número de mujeres que invita a follar aumenta cada semana, no hay tiempo para los augurios. Su bronceado fluorescente habla por él, las clases de yoga le asignan agria templanza, nadie osa llevarle la contraria, él nunca se equivoca, porque obedece las órdenes que dictan los iconos contraculturales de la élite inventiva. Ya no se quema el coco usando el sentido común, considera digna la homeopatía.

El ego íntimo pide estímulos positivos y ahí están los que gobiernan, las corporaciones o los carnívoros para ser culpados de todas las desgracias que aquejan al planeta. Es evidente que R ha encontrado por fin su lugar en la sociedad de consumo. Ahora vive en el barrio de los goliardos, cerca de la cafetería de las regaderas. Con parafernalias de profeta exiliado, R se evade del peso del mundo frecuentando clubs gastronómicos, su vida transcurre en tascas de burgueses que juegan a no serlo. Su catálogo de chascarrillos folclóricos se ha desvanecido, ahora ostenta un humor sofisticado que se bate en perpetuo movimiento contra la normalidad, y a favor del cinismo recalcitrante que abanderan los cáusticos. Da clases de reiki y le permiten el derecho de pernada, convence a las ingenuas mostrándoles la colección de mezcales y máscaras de lucha libre que se trajo del país de moda. Baila, baila, baila, de puertas adentro la alegría no es condenable, el balde de mierda te cae encima cuando al que te envidia se le presenta la oportunidad de joderte. Se esmera en el equilibrio de sus horas libres compatibilizando su amanecer espiritual con las finanzas.

Aplausos para R, seducción y comodidad es todo lo que pide, la fantasía deliberada es bien real, la turbación no aporta. R marcha persiguiendo la utopía o una zanahoria, se la suda la criminalidad juvenil, niega la maldad en los pobres y cree que un mundo más justo es posible, ¿no se supone que está en lo correcto? Entonces, ¿por qué inquietarse? Ocurrió que R detectó un aumento apabullante de promiscuas esotéricas en el mercado del amor, y fue a por todas. Condenó la morbosidad del mundo occidental sin renunciar a sus fantasmas sexuales: deseó aromas de mujer en sus almohadones y un cajón con la bisutería olvidada. Se propuso saber tanto más que ellas sobre el I-Ching, sembró con paciencia los designios ulteriores, el nuevo R es el de los vinilos de folk, el de las ropas casuales, el que tiene una foto con oJodeorowsky y considera sacras tanto las escrituras de Castañeda como ir una vez a la semana al barbero para darse algunos retoques y, ya de paso, beberse algunos rones invitado por el propietario, tosiendo hasta tarde, sacando de contexto las fábulas de Mao Tse Tung, sabiendo que cuando se canse del polvo y de la noche le esperará el hotel rural que le dejaron sus abuelos, los campos con legumbres de otra época y el calendario maya en la entrada, y los aguacates con cilantro machacándose en la cocina, y las cacerolas de cobre alimentando las miradas, y los masajes novedosos de los que se vale para deleitar a senos desnudos que se recuestan en la alfombra de piel que hay junto a la estufa, en la que a menudo crepitarán los leños.

Ingravidez

Estoy pagando el desenfreno de ayer, antes de que amaneciera nos pasamos por Villajoyosa a ver de qué iba todo eso del Desembarco, menudos piratas, no sé ni cómo volvimos. Dormí dos horas, desperté creyendo que Josef Menguele me runruneaba un parte médico al oído, no le hice caso y se dio el piro. Las persianas estarán bajadas, el salón apestará a absenta y habrá hongos en los posos de café que se apilan en fregadero. Serán las dos de la tarde, aprox, siempre aprox. Estoy tumbado bocabajo, vestido, con los párpados precintados, fantaseando con un masaje. Necesito a Paquito D’Rivera o un millón de patadas en el culo, un sustento más potente que yo, acordes como chorros de arcoiris que lleguen de improviso y me encaminen. Las palabras que escribí ayer están conspirando, se dicen obra de Papaver Somnífera. Todo lo que realmente me importa está lejos. Evoco un lugar seguro, las mañanas soleadas en las que nos tomábamos de la mano, nuestros paseos por el pueblo, verla salir de la ducha el verano en que mi vecino no paraba de quejarse. Me masturbo a ciegas derritiendo una estaca de hielo. Un temblor en mis orejas me pone alerta, percibo presencias escurridizas, acaso chinches entrando por algún hueco, agitando sus alitas en mi universo, desparramado su verdor, hediondas en potencia trepando por las paredes, precipitándose al vuelo, trepando unas sobre otras. No habrán dejado ni un milímetro inmaculado, sus piececitos lo habrán pervertido todo. Me mantengo firme, sé que no vienen a por mí. Abandono bruscamente la cama, despego los ojos, llevaban cerrados tanto tiempo que me parece estar inaugurándolos, ni rastro de la plaga. Me preparo una arrocito blanco con bananas fritas y al tercer bocado ya tengo más que suficiente. Me digo que lo mejor será aplacar la fiebre con un paseo. Escondo Eso en el cierre oculto de mi cinturón. Gafas de sol más grandes que mi cara. Le espeto a mi vecina un buenos días con voz aguardentosa y me deslizo por los pasamanos haciendo el avioncito. El portal me expulsa y aterrizo en la acera de enfrente, me incorporo. ¡Domingo domingón! Aquí al lado hay un festival en el que me van a necesitar. ¡En marcha! Reparten condones en la entrada y eso se agradece, me pido dos y el segundo se lo regalo a un parapléjico que escupe sentencias tirado en el césped. Hay cola para la taquilla. Cachean y abren los bolsos pero yo ya contaba con eso así que como si nada. Si lo que quiero es captar clientes será mejor que me centre. Las parejas se interesan, les comento el precio, intentan regatear; ni para ellos ni para mí, trato justo, como pan caliente. A este ritmo me quedaré sin. Tres escenarios, aspersores, puestos de jalandria rápida, el bosque justo al lado para quien se quiera retirar a meditar, keynesianos abrazando árboles. Gallardos a los que se les ha ido la mano con la proteína pura, camisetas de tirantes con serigrafías sarcásticas, entes con sombrero que beben tónicas de alta gama, jeans de tiro alto marcando las pezuñas de camello; ha llegado la Orden del Mostacho. Dos de antinarcóticos me preguntan por algo que les alegre la nariz, a lo que yo les respondo que de eso ya me he quitado y, tras insistir, se acaban yendo a por otro imbécil que les crea. Gente pintoresca por doquier, chiringuitos con litros casi regalados y sombrillas en los cócteles, barbacoas humeantes, politoxicómanos con buenas maneras, unidos, próximos a un apocalipsis sabor maracuyá. Un abuelo con indumentaria golfista, que lleva años sin tomar productos lácteos, afirma entusiasmado que lo que le pierde es esculpir sandías, y que le produce alergia la ordinariez. Hay una niña de aspecto anacrónico y gafas de sol exageradas que ha conseguido aparecer en un catálogo de lencería de tirada nacional. También está Rubencito, el amante torero que contrae constantemente los abdominales y sonríe sin tregua. Estoy lleno de prejuicios. Podría ser peor. Me cago en el piñón fijo del hijo de furcia que pedalea con botas de combate rojas y no mira adelante. Menuda merendola se han montado estas muchachas, de las cuñas de quesaldre manchego ya sólo quedan las cortezas y ahora saquean las neveritas de poliestireno ante los gestos de beneplácito del heladero ambulante. Durante diez minutos el firmamento entró en combustión. Huelo los riffs que salen de los amplificadores, ahí viene Nachín, con otra lúgubre canción. Aromaterapia acústica, baby. Pasa la manada normcore apestando a comino, los dos estupas de antes pillan a uno de esos panolis in flagranti delicto y lo expulsan de por vida del recinto. Me consterno, la mira telescópica de Ivan Sidorenko suelta un destello entre los sanitarios portátiles. Necesito refrescar la gola, camino agazapado hasta donde despachan la priva, Lidmila Pablochenko me apunta a lo lejos entre el ramaje, ruedo unos cuantos metros por la hierba y hago un semipleno contra los que esperan en la cola. Ningún herido, pero tienen cara de soplones, la pestañí no andará lejos. Con constancia valerosa espero mi turno. La que pone los cubatas lleva el pelo suelto. La idea de amanecer a su lado me la pone gomosa. Camisa de seda celeste, lunares, esmalte oscuro, nariz ligeramente convexa, tersura en la pretina de su pantalón ajustado, ademanes de compañera ingeniosa… todo esto combinado provoca forcejeos en mi bragueta; su voz quebradiza concuerda con su proceder delicado, fijo que le gustan los putos Arctic Monkeys. A mi espalda las conversaciones simultáneas suenan como un enjambre de avispones asiáticos, los puntos de vista opuestos se enmarañan y alteran el filtro de lo que me rodea. Tal vez todos los aquí presentes estemos llevando esto demasiado lejos, malgastando nuestros mejores años, entregándoselos al hedonismo adyacente, enorgulleciéndonos de nuestra capacidad de disfrute sin tener en cuenta que, como mínimo, debemos cumplir los setenta. El rebaño está embelesado con el número de malabarismo, embaucado por la psicomotricidad, afectado por el fulgor del astro pletórico hasta el punto de no alcanzar a ver las nubes. Fauna heterogénea posa para el selfie haciendo la jodida señal de shaka. La claridad resulta irritante. Césped, cantimploras, guitarras, buenrollismo, gente fumando flores, etcétera. Hago un alto temporal, estoy viendo a Alden van Buskirk y a Timothy Leary llevar en volandas al mismísimo Noguishe. Zigzagueando, con el agua hasta las rodillas me adentro en la fuente, los presentes ni se inmutan, localizo un objeto colorido, me inclino para averiguar su condición y compruebo que se trata de un fetiche supersticioso, un páncreas de rana amortajado con cintas de colores, lo rescato del naufragio y recupero el equilibrio. En la profundidad de la fuente algo me acaricia los tobillos, acerco la vista y distingo la silueta de dos anguilas largas como mis brazos; holograma hoffmaniano que opto por ignorar; derrito los nudos quemando las cintas con un soplete doméstico que pido prestado, una vez quitadas las entierro bajo un sauce y me guardo el páncreas en la mochila. A lo lejos desde la barra me observa un dandi, sé que le doy asco, mis ojos ajustan el zoom y distingo cómo se le contrae el gaznate, puedo apreciar la espuma en su bigotillo implacable, está tenso, el episodio con el páncreas parece haberle arruinado el irish coffee, oigo su desprecio, piensa demasiado alto, el pobre está escandalizado, no tardará en desarrollar telequinesis, ¡me arrancará el badajo! Sería justo acercarme y darle algún tipo de explicación que le aclare por qué me comporto como si el mundo se fuera a acabar mañana. Pienso en lo que ese tiquismiquis ha pagado por una copichuela que no ha podido disfrutar como a él le hubiera gustado a causa de mi indiscreción, me sorprendo al descubrir que soy capaz de solidarizarme con la contrariedad de un desconocido, lo descubro y me obligo a olvidarlo, anteponiendo mi supervivencia. El dandi se esfuma, es sustituido de inmediato por un cóndor azul al que el encargado del establecimiento apunta con una ballesta, instigándolo a marcharse por donde ha venido. Han puesto mesas cilíndricas, vasijas de barro con agua fresca y granadina, montañas de cúrcuma, manteles de hule con el logotipo de Jurassic Park y gatos persas embalsamados custodian el festín. Dos golfos desgranan el exuberante minimalismo del flamenco. Un puestito improvisado vende gas hilarante. Deme tres. La algarabía de los novatos ofrece indicios desesperanzadores. Las gringas mueven los glúteos sin derecho a error. Ocupamos una posición privilegiada con respecto al resto de los terrícolas. Tengo muelles en las plantillas. Me cruzo con depredadores, veo sus auras, los relieves basculan, las grúas de la construcción podrían venirse abajo, me captura el anaranjado y su intensidad cromática en las flamas que escupen los zancudos atolondrados. Ahora sí, apetito sensual inexistente, soy incapaz de sentirme triste. Canto victoria y a tomar por culo la armonía. El ¡Boom! es la onomatopeya expansiva con la que irrumpe el espectro de la innombrable, irreal como ella misma, apartando a los que la cercan. Trae consigo el hechizo de su estrabismo, entra en escena como fiera intoxicada, llega hasta donde estoy, me arranca la lengua, nuestras mandíbulas tiemblan zafándose del los ejes, no opongo resistencia, me desplomo ante su inefable exquisitez cual fetichista sumiso dibujado por Schulz; en un descuido se ha esfumado, abrazo el aire, se me cae una uña, muerdo la polvareda y me consuelo difamando las contorsiones que me ha negado con su partida; a la diva etérea le vale madre la trama unificada, una voluntad de orígenes perversos define sus fundamentos, mi locuela no ha venido a entretenernos con desenlaces. Acéptalo y supéralo. Las nubes surcan la bóveda celeste a la velocidad de un time-lapse, las caléndulas se abren con idéntica celeridad. La vida es un caos de posibilidades, nada es inoportuno. La multitud se agolpa para el número del encantador de serpientes, dos cobras se alzan al oír las primeras notas de flauta, tomo a una por el cuello y la alzo con el fin de controlarla por los dos extremos. Me introduzco la punta de la cola en el orificio nasal derecho, y, mientras me tapo el otro, aspiro hondo hasta que su capucha actúa como traba; el animal se frena en seco y no atino a absorberla por completo; abre sus colmillos alterada y el público se acojona, su cabeza se escurre y se pudre en el interior de mi nariz a la segunda esnifada. Saltimbanquis alucinados reparten caramelos, azafatas de OCB regalan filtros, los gurises calientan las lonjas en el anfiteatro, el candombe va repiqueteando y se arma el desfile de comparsa Lubola, mentes evocadoras, paraísos remotos, la cuerda de tambores barre con todo a su paso. Gigantes y cabezudos se emborrachan con la chirigota, los de la murga tiran espirales de chorizo criollo a la parrilla. El gramillero, autoridad facultativa del bantú en el río de los pájaros, lanza enaguas a la hoguera. Bebo refresco de yerba mate para temperar la añoranza del desarraigo. Toca escampar. Si agudizo los sentidos un poco más, así como están de intrincados, me va a estallar el marote. Tengo que echar la raba, que alguien me alcance una palangana limpia, si sigo en esta vía habrá pocas posibilidades de que escriba la gran novela latinoamericana sobre la amistad, la ternura y la demencia. Me digo que ya está escrita en mi cabeza, que bastaría con un poco de disciplina para que se diera el parto definitivo, pero no es cierto, así que laissez-faire a los charlatanes aplicados, que diseminen sus glosas infectas, y quien aspire a algo más elevado, que escuche a Don Alfredo Zitarrosa.

Gracias mil al imperio

A principio de los años noventa, al sur de la línea ecuatorial, un niño se entretiene con un gato en una sala de espera improvisada. Está en una casa de techos bajos y paredes descuidadas. El olor a mueble viejo y el del puchero que se cocina lentamente en alguna parte se aúnan, creando un vínculo hiriente impropio de los días festivos. Una colección de estatuillas de santos sincretistas adorna el pasillo. En el salón comedor, un retablo dedicado a la mujer de los siete maridos, la temida Pomba Shira, se encarga de bendecir la casa; la figura de medio metro, esculpida groseramente y en la que predominan el negro y el rojo, no transmite ni un poquito de condescendencia. La Pomba Shira es escoltada por un tríptico que da la impresión de haber sido pintado por el violador del cañaveral. Hay unos cuantos velones encendidos y otros tantos derretidos por completo. A los pies de la terrible entidad se puede ver una maraña de cera multicolor, en ella se distinguen numerosas tijeras que han sido parcialmente cubiertas.

En el suelo, sobre una bandeja plateada, hay una treintena de velas verdes sin encender en las que alguien ha tallado, con una aguja, nombres y apellidos en letras mayúsculas. Incontables collares cuelgan de las paredes. San Jorge atravesando el pecho de la bestia. Fotos de gente calva a causa de la quimioterapia se apelotonan en una repisa ruinosa. El inmortal Philco amarillo de doce pulgadas emite un programa dedicado al sector agropecuario local. Una botella de refresco vacía y sin etiqueta retiene unas margaritas. Los sofás de fabricación brasileña adquiridos en una ciudad fronteriza, dos veranos atrás, están protegidos por unas toallas en las que destacan los tucanes fucsia. Hay estampitas de santos impíos por todas partes, banderines de Peñarol en las estanterías de una biblioteca, crucigramas, monigotes de mirra acribillados con agujas y semienterrados en granos de pimienta negra. Velones con forma de verga y otros tantos con forma de pareja abrazada sucumben en la mesita de mármol con los bustos consumidos, con las mechas que arderán hasta que la eficacia del gualicho sea palpable.

El niño abandona el gato y se arrima a curiosear en el cofre que hay en el centro de la mesa; accede a ella subiéndose a una silla, clava sus rodillas en la superficie de la mesa y lo abre; nada, vacío. No muy lejos avista un baúl de viaje y se dirige a investigar; al abrirlo, un enjambre de polillas polvorientas surge del interior y forma una nube que se le incrusta en el tabique. El tufo a ruina acaba apartándolo del rincón sagrado. El crío recupera el equilibrio, pero la nausea persiste; echa un ojo al otro extremo del salón y se encuentra con que la estufa a leña ha sido clausurada, otro amasijo de candelas fundidas se ha hecho con el lugar en el que antes se carbonizaba leña. A diferencia de la anterior, esta comunión orgiástica de velas parece admitir únicamente a las fabricadas con cebo porcino.

El caos de ofrendas ocupa casi por completo la base de la estufa, destaca entre el desorden una piedra del tamaño de un bebé en la que alguien ha pintado un tosco rostro inexpresivo. El acceso a la cámara de humos ha sido taponado por un espejo. Un frasquito con la saliva de una enferma de sida que ha pagado por ser curada reposa en el fondo de un copón con aguardiente. El trocito de pellejo seco de un presidiario con sífilis pide clemencia en un platito de arcilla. Ciertos devotos han dejado más indicios de podredumbre: bolsitas con vellos púbicos de ex amantes, mechones de cabello de nueras impertinentes, preservativos usados de yernos estériles, menstruación coagulada en un tampón, garrapatas consagradas en cautiverio para perros de vecinos confianzudos. El imaginario social se atrofia desde este templo.

Una puerta se abre y se cierra en el pasillo, la voz de un hombre que se excusa por no disponer de más tiempo se escucha cada vez más cerca. El niño simula jugar con los cordones de sus zapatillas. A la tortuga ninja que el pequeño lleva estampada en su camiseta se le ha despegado un ojo, pero no es grave, se ha dado cuenta a tiempo y no se le ha perdido por cualquier parte, lo pegará de nuevo, como viene haciendo desde que se la compraron. Ahora lo urgente es irse, porque ya casi es la hora, va a comenzar otra aventura de los héroes con nombres de pintores renacentistas, sí, las cuatro tortugas adolescentes mutantes adictas a la pizza que luchan contra el mal en las alcantarillas de NYC bajo las órdenes de una rata gigante. Motivo suficiente para no tirar la toalla.

Milonga

Os propongo una nueva forma de amar. Mantengamos las distancias. Mitifiquémonos.

*****

Anoche se durmió vestido, viendo una pelea de muay thai en streaming. El radiador no funciona. Está nublado. El parloteo de dos abuelitas que se han detenido a saludarse bajo su ventana le llega distorsionado, como emitido desde ultratumba. Son casi las ocho. El repartidor de cerveza empuja con el pie un barril de acero, haciéndolo rodar hasta la entrada del bar. Crujen las primeras hojas mustias del otoño. Suena la primera alarma. Fermín atraviesa entresueños la confusión propia del nómada que preferiría yacer eternamente inactivo. La alarma se prolonga, anuncia el retorno a lo tangible. Su columna no reconoce el colchón en el que lleva horas abandonado al reposo. Definitivamente algo no encaja. Intuye el vacío en la habitación. Aumentan las pulsaciones. Entorpece en vano la conversión que lo separará del bendito ensueño. Chapotea aturdido en la intranquilidad. El sentimiento de extravío lo cachetea. Percibe cómo las capas del sobresalto se van rasgando. Entreabre los ojos. Entiende por qué no hay muebles. Apaga la alarma. La calma se asienta. Pantufla izquierda en pie derecho y viceversa. Avanza por el apartamento como un zombi con el ordenador bajo el brazo. Escarba entre los cartones de la mudanza. Desenrosca con esfuerzo la cafetera moka. Le pega un mordisco a una porción de pizza que pasó la noche a temperatura ambiente. No escatima en mayonesa con las otras tres porciones que hay en el plato. La aceituna como guinda. Ahora café, cigarro y el periódico en línea. Cenizas al suelo. Otro atentado en Turquía. Vídeo gracioso de mascotas intrépidas. La segunda alarma está sonando. Se arrastra hasta la habitación y la desactiva. Mete panza en el espejo del armario. Vuelve a sentarse. Absorbe información. Se acondiciona. La tercera alarma le avisa de que es la hora de la ducha. El deber ingrato le espera. Hoy debuta como reponedor en el hipermercado del centro comercial. El agua caliente que cae por su espalda le provoca un ronroneo. No hay toalla. Dos canas nuevas en el espejo. Maquinilla desechable con las hojas oxidadas. Agua y dentífrico. Chupito de enjuague bucal. Antitranspirante de bolita. Colonia made in Taiwan. Listo para prosperar. Dispuesto al yugo. Hasta que se pregunta por el uniforme. No sabe dónde lo metió. No está en las cajas que hay apiladas en el salón. Baraja la putada de haber perdido algún bulto durante el traslado. Está completamente seguro de haber olvidado algo en el autobús. El tiempo se acorta. Tanto la camisa como el pantalón son imprescindibles. Ahora sí que la cagué, la cagué, la cagué, la cagué. El encargado le dijo que en la empresa se premia a los puntuales. Entra en pánico. Lo ve oscuro. Ningún familiar que le saque las castañas de la hoguera. Amigos lejos. Flaquea. El permiso de trabajo no se renovará automáticamente. Si no hay permiso hay que volver a casita. Una reflexión fatalista paraliza a Fermín. Fuera se pone a llover. Gotones contra el vidrio. Un relámpago le esclarece la memoria. Busca entusiasmado la bolsa en la que estaban guardados los botes de conserva. Y sí. Todo lo que necesita para presentarse a trabajar debidamente está allí. Se dice que lo de la impuntualidad lo arreglará contando alguna patraña. Pero no. Resulta que uno de los frascos de chimichurri casero se partió. La indumentaria es una esponja aceitosa con trazas de orégano y perejil que apesta a vinagre.

Fermín toma asiento. Delante tiene a dos lameculos del mandamás. Les explica lo del lío con el chimichurri y la ropa. Entrega el uniforme sin lavar como prueba de su mala fortuna. Pide disculpas por no haber llamado antes. Asegura estar recuperándose recién ahora del pico de estrés que le produjo el percance. Menciona la hidroxicina. Los dos lameculos le enseñan la puerta y se despiden conteniendo la risa. Fermín sale cabizbajo, pensando que este tipo de escarmientos no son producto del azar. No localiza la salida, ha olvidado por dónde entró. Se cuela en la escalera de emergencia. Abre la puerta que da a la azotea y el aire fresco lo tranquiliza. La lluvia se ha detenido. Se acusa de postergar obligaciones. Se pone las gafas y alcanza a ver la carretera. Se autoproclama white trash iberoamericana. Ahora le urge perder de vista a su especie. La vida, que ya era difícil de sobrellevar con euros ahorrados, no promete satisfacciones inmediatas. El mero hecho de plantearse lo que hará mañana lo pone a andar hacia la cornisa. Detiene el paso a unos centímetros del borde. Asoma la cabeza. Se trata del patio de las basuras. Nueve metros. Caída libre. Sabía que llegaría este día. Lo encara con dignidad. Se agarra bien a la escalera metálica y comienza a bajar. Se da una pausa en el descansillo. No hay cámaras a la vista. Verifica que abajo no lo esperen perros genéticamente modificados para matar. La estructura en la que está sentado le hiela el culo. Cambia de escalera. Sigue bajando. Ha localizado el botín. Dos metros lo separan de las napolitanas de jamón y queso. Otra escalera. Divisa unos postrecitos achocolatados. Toca tierra. Trepa al contenedor. Más escarba, más encuentra. Explora la mina de alimentos vencidos saltando de contenedor en contenedor e improvisa un meneíto de caderas como festejo. Llena la mochila de papeo y se escapa saltando la valla.

Al día siguiente se vuelve viral una copia de la grabación, registrada por las cámaras de seguridad del centro comercial, en la cual se ve a Fermín hurgando en los desperdicios del hipermercado. El vídeo va acompañado de una descripción en la que se puede leer lo ocurrido en la oficina del lameculos más joven, incluidos los detalles del chimichurri y el uniforme. Los internautas ya están al tanto de cómo se descarriló su primer y último día como reponedor. El asunto se debate. Los gerentes piden disculpas. La opinión pública trata el tema como una cuestión de Estado. Los sindicatos piden explicaciones al gobierno. Definitivamente alguien ha metido la pata. El tipo que compró la cinta a los lameculos y luego subió el vídeo a internet es citado a declarar. Testifica que a las tres de la tarde casi todo el personal estaba al tanto de la historia de Fermín. Casi todos se habían dado una vuelta por el despacho del lameculos para ver la bolsa con el uniforme aceitoso. A las tres y media el encargado de seguridad ya estaba cotilleando por los pasillos sobre lo que las cámaras habían grabado. A las cuatro, los dos lameculos y el de seguridad ataban cabos y la idea de hacer leña con el árbol caído iba tomando forma. La precariedad laboral que afectaba a Fermín fue motivo de mofa en la empresa, desde las limpiadoras hasta el supervisor, pasando por el encargado de depósito y las cajeras, hasta llegar a los oídos de las dependientas de las tiendas de ropa, que se ocuparon de divulgarlo al resto de empleados del centro comercial.

Se pudrió la torta. Hasta los despolitizados del país se indignan. Hasta el último tonto del pueblo se define. En el periódico de la oposición se publica una columna que incluye una reseña biográfica del prohombre del basural. Un escritor respetado organiza un acto en apoyo al que acuden varios cantautores reconocidos. Un poeta urbano recita un discurso encaminado en proponer a Fermín como icono generacional. El partido neonazi manifiesta su apoyo al joven pese a ser un inmigrante. No soportan ver a un caucásico que pasa hambre. Lumpenproletariado y jóvenes creativos falsifican la desesperación sincera de los que no han tenido otra opción. Anarcocapitalistas presencian la función devorando popcorn. La ilustración oscura la achaca a la ultracompetitividad del sistema. Hija garrula de folclórica cocainómana dedica unas palabras de aliento a Fermín en el programa de chismes para el que colabora. Han tocado al vulnerable que no debían. Izquierda populista e izquierda neoliberal se pelean por instrumentalizarlo. Por la calle se escuchan consignas. Eslóganes que ponen a temblar al engominado Cerdito Violencia y a su panda de corruptos bronceados.

El pueblo se rinde a Fermín, el último humillado, que sigue sin pronunciarse. El prohombre se niega a conceder entrevistas. Montajes sentimentalistas con la imagen de su imagen copan las redes sociales. Se tensa el ambiente en las gradas de los estadios. Un actor prestigioso alza el puño en horario de máxima audiencia y en cada hogar el padre de familia vuelve a sentirse un veinteañero. Sus esposas aprueban el alzamiento. Los que mandan lo ven oscuro. La rabia ya tiene una diana certera. A nadie le importa que colgar ladrones de guante blanco sea ilegal. Se suceden los escraches. Hierve el tumulto. Tres estudiantes muertos. Fin del raciocinio. El rol del individuo queda obsoleto. Todos están de acuerdo en quién es el enemigo.

El Estado se defiende. Aparece un testigo que afirma estar al tanto de los derrapes del venerado. Se presenta como amigo de Fermín. Desvela en programas de dudoso rigor periodístico los trapos sucios de su antiguo compañero de juerga. Por un buen fajo de dinero público, describe para todo el país el after del que salieron intoxicados una mañana de mascletá, antes de inmiscuirse entre unas rejas para acortar camino y recorrer el centro de la plaza en la que estaba instalada la pirotecnia, ambos dándole alegres caladas a sus cigarrillos deformes hasta que apareció un policía exaltado. También relata cuando Fermín se presentó en aquellos bloques flamencos a por tapioca y el patriarca le prohibió a la prole venderle y no lo dejaban irse porque veían en él cara de poli y tuvo que mostrar su permiso de residencia. Y cuando en la cena de empresa mandó volcar una pizca de M en el zumillo del jefe sin que éste se pispase y una hora más tarde le pidió un aumento. Y cuando estando con un tal Fabio Fusquet robaron y quemaron una bandera de la Santa Faz en el ocaso de un botellón. Y cuando, en esas innobles mañanas de sábado, Fermín se dormía a punto de llegar a casa y tenía que despertarlo el señor de la licorería de abajo, con algo de remordimiento por haberle vendido el día anterior el veneno que había permitido semejante estado. Y cuando montó en el coche de un desconocido y a ciento sesenta por la autovía dirección Elda el tipo le ordenó que se quitara la camiseta y, a pesar de que el acosador conducía sin manos con intención de extorsionarlo, Fermín no cedió. Y cuando estando solo en la terraza de un bistró se puso a conversar incoherencias con un grupo de manuches que bebían en la mesa de al lado y acabó retando al bocazas de la banda a echar un pulso, y le ganó, pero tuvo que salir corriendo. Y cuando se dio un chapuzón en el puerto dejándose hundir por la inercia y dos jubilados rubios que hacían ejercicio en el muelle lo sacaron a flote. Y cuando en el quinto piso de un hotel sus dedos aguantaron lo que había que aguantar agarrados de la barandilla y estuvo suspendido algunos segundos en el vacío, para ganarle la apuesta a unos cocineros vascos que estaban de vacaciones. Y cuando se bebió toda esa leche de maría y el volcán entró en erupción pasadas las dos horas, sorprendiéndolo en su balcón y él creyendo que vivía en una planta baja siendo que estaba en un tercero, con un pie al otro lado de la barandilla, dispuesto a bajar un rato a tomar el aire, hasta que Cristian Díaz, un amigo de Constitución que vivía con él en esa época, le salvó la vida haciéndolo entrar en razón. Y cuando consiguió cerrar el ventanal con acristalamiento múltiple justo a tiempo, impidiendo que una piedra del tamaño de un puño arrojada sin motivo aparente por un borracho desde el jardín comunal le abriera la cabeza, y no le quedó otra que llamar a la policía para que el seguro cubriera los daños y su casa apestaba a cannabis pero los agentes hicieron como si nada y la que entonces era su novia pasó miedo y mucha vergüenza. Y cuando un ratero que se coló en los baños de la estación de trenes para robarle acabó con la nuca estampada contra la loza de los orinales, y no se movía, pero cuando llegó la ley el malandrín revivió y él se libró de algún tipo de condena injusta por aplicar defensa propia. Y así hasta agotar todas las historias morbosas que había presenciado y demás batallitas que Fermín le había confesado durante esas noches en que se la sudaba todo y fardaba de sus imprudencias.

Nadie habla del desempleo. Todos los estratos sociales sintonizan las apariciones del chivato en las que desenmascara a Fermín, al que representa como un politoxicómano indócil, un vividor puesto de ácidos en el despeñadero, dándoselas de singular, empuñando el ron, Escohotado como coartada, perreándole a un botellín de Heineken vacío en el medio de la pista, desluciendo el terciopelo rojo del Swing en la calle Jorge Juan a pasitos del ayuntamiento, contaminando ámbitos con su turbación, con sus idas y venidas al baño, con su misma mierda de siempre, litigando en trance con boas en los brazos, evitando el rebaño de carnaza joven que se estruja, apartado, porfiado, acorralado por cucharas pegajosas, columpiando el papel de aluminio, sacando y metiendo velocidad en la nevera, él al final del viaje, Fermín en la agonía de la resaca, anhelando el sosiego de la vejez. Expuesto queda el retrato del hijo de un país humilde que entró en la pubertad con la culpa a cuestas, cuando su primera eyaculación lo pilló dormido. El hijo de una familia humilde con lágrimas en los ojos, rogándole al supremo que haga la vista gorda e insistiendo en que no se volverá a repetir.

Por primera vez, Fermín se exprime públicamente. Escoge una televisión privada. Pide cien mil por adelantado y el contrato es redactado a su antojo. Comparece con los ojos irritados, alega alergia a todo, ni el entrevistador ni la audiencia le están creyendo. Se quita el micro, lo deja sobre el sillón y se retira del plató. El abucheo es general.

Plañidera

Aquella mañana, el marido de la florista sobrecargaba los ramos con crisantemos verdes, y los balcones belle époque evocaban una añoranza de las que por aquí poca gente se atreve a confesar. Cazatendencias llegados de la Gran Manzana fumaban envueltos en bufandas sin perder de vista a un grupo de bengalíes que, difuminados en la neblina, se asignaban las calles que recorrerían deslizando publicidad por los buzones. Los camareros servían cafés golosos y cruasanes dorados en platos de porcelana; la terraza acristalada, desbordada de turistas sajones, era un monumento efímero a la salud económica de los blanquitos. París era una estudiante de ciencias políticas, ojerosa y con los tacones en la mano, que compraba cerveza de jengibre acompañada de un cretino que sujetaba un racimo de globos color pastel. La ciudad se enfurecía en las marquesinas maldiciendo el chaparrón, la natura seguía su curso. Crucé la calle y me introduje en la boca del metro. Elegí el vagón y el asiento de siempre y me dejé caer con las expectativas puestas en la cabezada que me echaría recostado a la ventanilla. Al sentarme sentí en mis huevos una molestia punzante. Busqué una y otra vez la posición ideal, sin éxito, hasta que el viaje llegó a su fin. Sorteé las ocho horas de trabajo en cocina con gesto compungido, intrigado por la aflicción en mi entrepierna.

De vuelta a casa saqué mis conclusiones. Según mi parecer, la culpa era de un balonazo desafortunado que me había dejado retorciéndome sobre el césped artificial. La ocasión de acercarme al deporte, que prometía apartarme ileso de la nicotina y la vorágine sedentaria en la que estaba asentado, había resultado contraproducente. Así daba comienzo una de esas temporadas en las que la esperanza del afectado va convirtiéndose en autodesprecio. Semanas de incomodidad y falso ocio en las que experimenté el síndrome del patriota de sofá y me acostumbré al pánico palpando mis partes sacras, que para ese momento ya estaban en alerta roja.

Los huevos me dolían y la única respuesta a mi sufrimiento era una conjetura creada y evaluada por mí mismo. Al darme cuenta de que la explicación del pelotazo carecía de lógica, en un alarde detectivesco que sólo compartí conmigo mismo, deduje que el culpable era la soltura de mis bóxer de lycra, comprados hace años en los mejores bazares chinos de Alicante. Tiré a la basura la veintena de calzoncillos descoloridos y me hice con un surtido de slips ajustados cien por cien algodón. La tela ceñía las nueces, frustrando el movimiento pendular y el consiguiente zarandeo que se producía en la bolsa escrotal cuando mis piernas entraban en movimiento. Si bien las nuevas prendas suavizaban la violencia, la zona continuaba dando avisos. Algo no iba del todo bien en mi cuerpo.

Pasaron las lunas y la situación no mejoró, me dolían las bolas al sentarme, al caminar, al eyacular, al trabajar y mientras dormía. Varias veces al día el testículo derecho amagaba con remontar más allá del escroto, sensación turbadora donde las haya que acrecentó la inquietud del joven emigrante desamparado que soy, malacostumbrado a que mis genitales no me den más problemas que la burocracia de la patria que me acoge.

Fui al doctor y éste me dirigió a un radiólogo. En vísperas de la ecografía me obsesioné con que lo que tenía ahí era una enfermedad maligna; tan asustado estaba que ni fui capaz de buscar en internet la respuesta a mis síntomas. Acabé operado de una doble hernia inguinal. Viví un suspenso desquiciante desde que el anestesista me explicó los detalles hasta el día de la operación. Me agujerearon en tres puntos de la zona abdominal y me hicieron un corte de tres centímetros en la cavidad del ombligo. Antes de la operación me obligaron a una ducha desinfectante, no fue agradable, el cojón derecho insistía con ascender bajo el chorrazo de agua tibia, los hilos de povidona yodada dibujaban ramificaciones coloradas en la palidez temblorosa de mis muslos. Entré a la clínica por la mañana, en ayunas, y salí el mismo día por la noche. Pisé la calle con una llama resguardada entre mis manos, y, a pesar del frío que me impedía respirar con normalidad, ese cigarrillo me supo a recompensa. La anestesia general, ese gran invento.

La primera noche tras la operación amagué con desmayarme al descubrir en mi ombligo un tapón de sangre coagulada del tamaño de una uva. Cené platos a base de soja durante semanas hasta leer que provocaba alzhéimer, cáncer y otras cosas desagradables; esa noche, tras creerme el artículo que publicaba un consumidor indignado, entré en crisis y vomité la ensalada de tofu y quinoa abrazado a la taza del inodoro. En todo momento temía que algo jodido se desencadenase en la zona operada, abocándome de nuevo al quirófano. No podía dormir de otra manera que no fuera boca arriba, así que tenía la espalda hecha una mierda. Embarullado en delirios improductivos me resistí al llanto, me entregué resignado al paracetamol sin entender por qué el bueno del cirujano había descartado recetarme un opiáceo.

El efecto nocebo arremolinaba mi rutina, puse en duda mis argumentos contra el mundo y me juzgué, desprecié mi acento y di la razón a los patriotas. La desdicha se desplazaba de la cervical a las piernas, de los oídos a los dientes y de la taquicardia a los miembros dormidos. El miedo injustificado al placer y mi hedonismo confluyeron enmarcados en un estado postoperatorio insufrible. Era habitual la sensación de que, en cada movimiento que osaba hacer, alguien conseguía rajarme el vientre con un hierro mal afilado. La pena postquirúrgica, que fue de una intensidad hasta entonces desconocida para mí, perduró durante las semanas en que me vi obligado a resistir en mis treinta metros cuadrados. Leí apasionadamente artículos en los que el villano era Monsanto, puse a punto mi sistema digestivo con yogures y pan de centeno, era habitual verme haciendo las compras en supermercados orgánicos, confluyendo sin complejos con la clase creativa y su subcultura histérica de socialdemócratas paternalistas. Conocí sus aspiraciones e intransigencias, pero no logré esforzarme lo suficiente como para respetarlos, aprendí que a pesar de su terco activismo les aterra la popularización de sus hábitos alimenticios y demás signos de distinción que emplean en aras de afirmar su superioridad.

La desesperación creció, recorría mi apartamento encorvado, con el abdomen quejumbroso, del sofá al váter y del váter al reino de algún demonio malparido, que se mudaba de rincón para despistarme y provocaba fenómenos ondulatorios que se enroscaban en las cañas de bambú barnizadas que tenía como ornamento. Cada noche la misma secuencia, el macho cabrío del POP ensanchaba el pecho desafiante y se burlaba de mi perplejidad haciendo maniobras pectorales con el torso desnudo, escribía en la pared mensajes ingenuos con letras infantiles empleando un carbón del tamaño de mi cabeza que había amarrado con celo a la punta de su cetro; se tocaba, eyaculaba dulce de leche, me apuntaba con su falo venoso, perdía el seso con mis sahumerios, me servía el brebaje luciferino que le brotaba de los pezones y no dejaba de insistir hasta que me bebía al menos tres chupitos.

¡Yo soy tu hijo, Papu! ¡No me hagas esto!, le grité en una ocasión; y para mi desgracia conseguí conmoverlo, se arrancó la barba a gritos y batió su cornamenta para rebañar las bocanadas espesas de humo que emanaban de una pipa que nadie fumaba. Al verlo sumido en la histeria, le advertí: ¡Bestia defectuosa que surcas la cima del infierno con tu vara del neolítico y tus pezuñas brillantes, ya sé dónde darte para que te duela! Afina el tono cuando seas la voz que me aconseja, porque no te temo. Pon a bailar mis palmeras agrestes, pero cuando lo hagas ataca de frente, porque mi odio hacia los que habitan este planeta es inmenso. A partir de ahora te declaro mi contrincante, lanza tu lluvia de bosta, aquí te espero.

Lo que al principio era invocación sin respuesta a los espectros intangibles, se materializó en respuesta tardía de alucinación visionaria. Algo se despertó espantado por mis ruegos y amenazas, el señor de las moscas aceptó el desafío que le había lanzado. Dos fuerzas polarizadas se enfrentaron para conquistarme y el ángel me sonrió mostrándome un cáliz verde tallado en piedra con mis iniciales grabadas en cursiva. Tuve paz algunos días, pero la explosión demográfica me acorralaba, el mundo era esa puta ciudad y los enfermos no podían volar, los aviones y las playas aún no se habían inventado. Cuando menos me lo esperaba, el caído contraatacó con reproches.

¿Qué haces viendo la tele como si nada? Te está por caer una grande, nene. ¿Era inimaginable, verdad? Tú que tanto te habías burlado del final, ya ves lo que te ha tocado; una muy jodida. Morirás en esta buhardilla con aguacero y sin nada escrito. Deberías haberle prestado más atención a las señales que llevaba años dándote tu cuerpo. Tienes las defensas a ras del suelo, mequetrefe. Una simple gripe te mandaría al otro barrio antes de que empezaras a estornudar. Los días futuros están tan lejos que no los alcanzarás a vivir, comadreja. ¿Sabes lo que es un dentista, coleguita? Tu familia se ha acostumbrado a no tener noticias de ti y tu currículum dice que no has acabado la secundaria. Hunde la cabeza en los hombros y considérate dichoso, al menos has llegado hasta aquí.

Encendí candelabros con los dedos manchados de mostaza. Abrí las ventanas a pesar de la lluvia y me dormí temiendo las dolencias con las que lidiaría al despertarme. Me enganché al magnesio y a los Actimeles. Malinterpreté a la gente y apagué el móvil. Evité el papel de cocina con estampados frutales por si acaso al sonarme la nariz confundiera el rojo cereza con un petar de venas y la duda me oprimiera el pecho. Otra noche más, el caído reanudó su juicio:

¿Quién irá mañana a por víveres, chico primate? ¿Quién sacudirá las cortinas cuando el sol entre? ¿Quién se ensuciará el zapato por ti, al pisar la araña gladiadora recurrente que venga a visitarte? ¿Cuántas más veces empezarás el día con ganas de volver a casa, aun sabiendo que estás lejos porque así lo has querido? Mírate las manos y cuenta los huesos. La vida se te escurre en tanto te empeñas en seguir jugando al hijo esquizofrénico. Tú, el enano victimista, la última esperanza de la baja estofa, el sin patria, bastión de los adictos a la recompensa inmediata. La próxima vez que te cepilles la dentadura podrida, sostenle la mirada a tu reflejo y hazte la siguiente pregunta: «¿He resultado ser el ejemplo que honra a los adversarios del multiculturalismo?». Te recuerdo que un parto de nalgas sin cesárea en un hospital del tercer mundo casi te estrangula con tu propio cordón; considéralo un presagio.

Mi esposa estaba en casa de viernes a domingos, el resto de la semana tenía que desplazarse por motivos laborales. Así que adoptamos un gato adulto. Fui feliz con él un mes, durante esta fracción de tiempo moderó con su ronroneo aletargante los espectros que captaba mi pseudopercepción, rellené mis días con su presencia, puse mi ternura a su servicio y él no me defraudó. Todo era muy bonito hasta que desarrollé una alergia sin precedentes en mi historial clínico y me vi obligado a entregárselo a mis suegros, que aceptaron encantados a tan adorable criatura. No tuve otra opción.

Con el animalito fuera de casa no bastaba, había pelos de felino por doquier. Adquirí una aspiradora con filtro especial y abusé de la lejía sin un por qué. Leí en Wikipedia que la caspa microscópica de gato podría durar hasta seis meses dispersada en el ambiente. Por algún motivo que aún no he entendido, prescindí de ir a ver a mi doctor de cabecera para que me facilitara un tratamiento. Alentado por la farmacéutica compré cápsulas de echinacea para espabilar mi sistema inmunitario, me entregué a los colirios homeopáticos y a la cetirizina. En lo que abarca una semana murieron dos colegas, uno el martes y otro el domingo. Mi cerebro dio un vuelco imprevisto, temí como nunca a la nada y me autoproclamé el próximo de los muy mortales en ser señalado por Doña Desgracia. Visité una iglesia, pedí un montón de favores, prometí ser bueno; arrodillada a mi lado, la corpulenta abuela sin techo que insulta a los madrugadores en el metro Convention cuchicheaba una plegaria para sí misma. Tras un mes de baja volví al trabajo.

Los techos de París eran de un plateado enmohecido, sus calles un mal sitio para hacer amigos. Aspirantes a islamikaze exigían sus derechos en la Bastilla. Desconfiados y desconfiadas se ignoraban en los vagones del metropolitano. Discípulos de Piketty lo postulaban como presidente. Turistas ensimismados saciaban sus expectativas literarias fotografiándose frente a una histórica librería sin alma del Quartier latin, cuya caja registradora, según cuenta la leyenda, caga billetes de quinientos. La primavera trajo polen y días exageradamente soleados, el inesperado calor produjo picos de polución históricos que a su vez provocaron tres días de servicios públicos gratuitos y conducción alterna según el número de matrícula. Me ardían los ojos. Las autoridades aconsejaban no hacer deporte al aire libre e insistían en el riesgo que suponía permitir a ancianos, niños y enfermos salir a la calle. La arenilla bajo los párpados me alejó del teclado, las lecturas en la pantalla eran un flagelo aplazable. Las descamaciones del epitelio felino perduraban a pesar de la furia en la aspiradora y las ventanas ventilando de par en par. Me compré una libreta con espiral de tapa dura y un lápiz portaminas, pero abandoné el puño y letra tras la primera estrofa, horrorizado por mi caligrafía.

Las derrotas sufridas, de las que siempre me había enorgullecido, resonaban al comenzar el día y anulaban mi amor propio; a partir de ahí, mis expectativas se empantanaban. Las inquietudes trepaban por mi espalda, arruinando el almuerzo que preparaba con esmero. Las siestas me hundían en pasajes oníricos recurrentes; la de un centauro que tocaba su guitarra sentado bajo una higuera con mis genitales colgando del clavijero, dada su fortaleza simbólica, era la única fantasmagoría decente de entre todas las que me tocaba afrontar. Durante la hora sucia, en ese espacio obsoleto que abarcaba de las cinco hasta las siete y media de la tarde, el tiempo se estiraba como un chicle atómico en la nada. Gnomos diabólicos me chantajeaban cuando involuntariamente abría mi bestiario y permitía una procesión de criaturas que se prolongaba ordenadamente hasta el último tercio de la noche. Los últimos en desfilar eran una pareja de mosquitos sin alas con ojos como sandías a los que, por algún motivo que no recuerdo, yo suponía intelectualmente superdotados. Estas inteligencias superiores no me horrorizaban, al contrario: uno de ellos, más concretamente el espécimen hembra, me recordaba a una compañerita de clase de cuando era niño; en una ocasión, me atreví a pedirle a la criatura femenina que sujetara unas carpetas y caminara por el apartamento con cadencia de estudiante introvertida, a fin de recrear el personaje al que el niño que fui amaba en silencio. Desde luego, la alienígena se negó; las proezas, cuando son verdaderas, causan resacas repugnantes.

La mañana siguiente me confortó oír a los vecinos discutir trivialidades con la ventana abierta. Conseguí reproducir al detalle lo que en mi memoria era la imagen exacta de Doria, la indulgente y tristona anoréxica con coeficiente intelectual de ciento treinta que me pasaba sus apuntes sin apenas conocerme y sin pedir nada a cambio. Saqué fuerzas del café, expuesto al traumatismo físico, el dolor persistía al moverme y me obsesioné con que algo iba mal y tarde o temprano acabaría internado de nuevo. Me preparé con desgana un bol de galletitas digestivas sumergidas en leche de cabra y le eché un vistazo a la edición digital de un periódico socialdemócrata de gran tirada. Era evidente, los azucarados años noventa se habían frenado en seco el once de septiembre, restaurando las ideas innatas de una gran parte de la población que se había malacostumbrado a ganar cuando los primeros hijos del baby boom empezaban a jubilarse. El porvenir había dejado de ser un lugar seguro.

Un miércoles vi materializada la reina de las pesadillas, ocurrió mientras me comía un bol de cereales con yogur líquido de fresa; mi lengua captó una anomalía entre los copos de maíz que crujían por mi dentadura. Nueve años antes, el nervio de mi paleta derecha había muerto a causa de una infección. El diente se había oscurecido con el tiempo y yo lo conservaba en ese estado por no gastar una fortuna en un implante de titanio y cerámica, hasta que llegó este día y me encontré masticando y escupiendo trozos de mi incisivo central, del que quedaba una mitad; a causa del desprendimiento se alcanzaba a ver sus entrañas ennegrecidas por el avance de la caries. Ese mismo día fui al dentista; me dijo que había sido una inconsciencia abandonar el diente a su suerte, y que por fortuna aún quedaba la raíz para sujetar la prótesis; me puso una provisoria y pagué parte de la definitiva. Volví a mi hogar con la certeza de que los milagros existían, la sopa de champiñones estaba tibia y era cremosa, bajé a por unas birras mexicanas y lo celebré yéndome a dormir más temprano. Algo cercano al optimismo me reconfortó hasta que concilié el sueño. No hubo espectros esa noche, tampoco treparon por mi cama una legión de escarabajos.

Habían pasado dos meses desde la operación, tuve cita con el cirujano y me sentí ridículo al explicarle mis miedos y dolencias, me dijo que necesitaba ejercitar la zona con un poco de deporte y las molestias desaparecerían. Recuperé mi confianza en la ciencia, fui a ver a mi doctor de cabecera y éste me recetó unas pastillas, un espray y un colirio; sustancias milagrosas que me han permitido ver, escribir y respirar con normalidad hasta ahora, a pesar de que aún quedan pelos de mi ex mascota en el armario de la ropa y en las tripas del colchón.

Fui la lamentatriz derrotista que pintó con dedos y témperas su nombre y epitafio en la cabecera del lecho nupcial.

El mes premio resultó ser nuevamente agosto, y aquí estoy por fin de vacaciones al sur del Mondúver, ordenando los meses aprensivos en chanclas, con el trago fermentado enfriándome la yema de los dedos. Llevo puesta mi guayabera preferida, sonrío orgulloso y muestro mi diente nuevo a la vez que el camarero apunta otras dos cañitas y unas bravas. Son las diez de la mañana. Poco me importa el marketing geopolítico de Hamás o el despiadado modus operandi del vencedor para con el vencido.

Beati Hispani

Quibus vivere bibere est

I

La silueta de un toro de lidia imponía sus catorce metros de concordia patriótica. La comarca se preparaba con optimismo para la segunda mitad de temporada. Jubilados epicúreos perdían sus chanclas en la arena. Viejos amigos bebían vino ecológico en un cortijo y fotografiaban el perfume cítrico de la huerta. Niñas de la aldea blanca se aburrían en la plaza. Plantas suculentas cicatrizaban a la sombra. El azul cobalto del Mediterráneo se confrontaba a su débil reflejo en el cielo despejado de Sefarad. Abuelitos abatidos por la siesta se perdían las primeras caladas de sus nietos. Campesinos maceraban el licor de níspero que mitigaría las ganas de ingerir carnes rojas durante los embarazos. Papá conejo conciliaba el sueño en un laberinto a dos metros bajo tierra. Las lagartijas trepaban por los barrancos. Torres de alta tensión escoltaban la carretera. El betún amagaba con arder. El verano estaba en su cénit.

Hernán se había empecinado en atravesar medio país con el objetivo de entrevistar a Darío Báez, narrador sutil para algunos, elitista sórdido para otros, anciano pornógrafo para la gran mayoría. Obtuvo la dirección del escritor vía un contacto que manejaba, a la sombra, información confidencial extraída del mundillo literario. El informante insistió en lo hostil que podría llegar a resultar el encuentro, dado el carácter arisco del autor, al que calificó de acérrimo. Pero Hernán se consideraba un todoterreno y no tenía nada que perder, se ganaba la vida escribiendo en una revista masculina líder en el sector y, a grandes rasgos, se podría decir que le iba bien. Pero el estilo de sus crónicas breves, ya de por sí cáustico y poco conciso, había degenerado y los mandamases amenazaban con reestructurar la plantilla. La entrevista a Darío Báez era su conejo en la chistera, y también una perfecta coartada para desfasar durante las merecidas vacaciones sin dejar de producir el jugoso material con el que se libraría de quedarse en la puta calle en septiembre. La ocurrencia de entrevistar a tan trasnochado personaje se debía a la devoción que Don Tabernero, redactor jefe de la revista, profesaba a viva voz por dicho autor.

A mano izquierda tenía la mar, a mano derecha las montañas. Las palmas de sus manos transpiraban y dejaban pegajoso el volante, las gafas de sol se resbalaban con el sudor que le caía de la frente. El respaldo se adhería como velcro a su espalda y sus testículos se asaban allende la bragueta. Llevaba tres horas con el aire acondicionado estropeado. La emisora mal sintonizada amenazaba con volverlo mongólico. En el paisaje divisó por fin los rascacielos de Benidorm y calculó que ya no debía de estar muy lejos del pueblo. Aplazó el sofoco encendiendo un cigarrillo e hizo un alto en la gasolinera. Llenó la guantera de bebidas energéticas y se hizo con un ventilador minúsculo que incluía baterías recargables. Al retomar la ruta fue perturbado en reiteradas ocasiones por los espejismos que encharcaban varios tramos de asfalto. En un cruce, una prostituta en bikini al resguardo de una sombrilla le ofreció algo tibio y viscoso. Él sacudió la cabeza diciendo NO y las hormigas enloquecieron entre los cantos rodados.

Aparcó el coche en la calle principal, caminó un cuarto de hora hasta que se acabó el pueblo y encontró al fin la casa. El tejado se caía a pedazos, las plantas trepadoras amenazaban con cubrir un tercio de la fachada. Hizo sonar el timbre varias veces, nadie atendió. Las cigarras, enganchadas a los naranjos, se rompían en chirridos. Abrió el portón del costado y avanzó por el sendero sin pensar, dando por supuesta la dilatada sobremesa con la que se estarían distrayendo los vecinos.

Se paseó por el jardín trasero con las manos metidas en los bolsillos, con la maleza hasta las rodillas, con la duda de si era una casa abandonada lo que había ido a buscar. Al llegar a la glorieta clavó sus ojos en el tapiz de parras y se sintió extrañamente conmovido ante la agresividad con que las vides habían cubierto la totalidad de la pérgola. Las ramas habían tejido una tupida maraña, un manto sereno, un refugio sólido de sombra fresca en el que no dudó en guarecerse. A través de uno de los escasos recovecos que concedían las hojas distinguió una nube exageradamente lechosa. Arrancó una uva del racimo más próximo y la dejó caer, para después deslizarla con el zapato hasta al hocico de un gato sin dueño que le hacía compañía; el felino olisqueó la piel púrpura y se espantó por nada, escabulléndose por debajo del alambrado que separaba la propiedad del descampado.

La puerta trasera se abrió y apareció un joven con un cigarrillo colgando del labio; llevaba una boina ladeada y una camiseta de tirantes blanca en tela de rejilla, su pecho estaba adornado con collares de semillas y sus muñecas con bisutería barata y cuero. Avanzó, se acercó al trípode de Hernán y amagó con patearlo. El periodista, con intención de restarle importancia al desacato, preguntó por Báez y le explicó lo de la entrevista; el muchachito frunció el ceño para la cámara y puso morros de patito. Sin que el cretino se lo pidiera, Hernán enseguida se dio cuenta de que lo que el muy presumido pretendía era que le hiciera unas cuantas fotos para subir a su perfil del Feis.

Después de unas cuantas capturas y varias cervezas que el macarra había estado trayendo de la cocina durante la sesión, los dos se sentían lo suficientemente seguros como para charlar sin prejuicios. El joven dijo llamarse Teo y aclaró de antemano que él y su chica no vivían allí, que se instalaban ocasionalmente, fin de semana sí, fin de semana no. Le contó que Báez se había largado del terreno por culpa de unas cuantas pulgas que tomaron el control de la casa y acabaron despertando rasgos esquizoides en su conducta. En la mañana en que se entregó a la locura se había cumplido ya un mes desde la aparición de la primera pulga. El viejo dio portazo en pijama y pantuflas y, tras recorrer doscientos metros, entró en un supermercado y pidió asilo político. Hasta la hora del cierre no pudieron llevárselo. Una vez rehabilitado, le dejaron marcharse de la clínica en la que había estado retenido contra su voluntad durante cinco meses. Su hija le informó de la completa exterminación de los parásitos con los que había tenido la mala fortuna de compartir techo, pero él prefirió no regresar al escenario original de su calvario. Se compró un ático en el centro de Alicante y se negó a vender la propiedad que despreciaba. Desde entonces, la única que le sacaba provecho al caserón era Candela, su nieta.

Teo le dijo que ese sábado, a pesar de que Candela se había quedado en la ciudad por un cumpleaños, él había venido igualmente, ya que necesitaba desconectar de su curro y echar unas birras viendo el boxeo. Hernán comprobó la hora en su muñeca y pidió amablemente la nueva dirección de Báez. Teo aceptó, pero con la condición de que se quedara a pasar la noche y lo acompañara a pillar algo de droga y más hielo. Al principio Hernán esquivó el trato, pero más tarde se lo replanteó y optó por aceptar la oferta.

Teo le lanzó un casco roñoso desde la puerta del cuarto de baño y le dijo que esperara en el salón comedor mientras él cagaba. Hernán se dejó caer en un sillón de mimbre y encendió un cigarrillo sin dejar de abanicarse con las manos. El escritorio de Báez seguía allí. El ordenador estaba cubierto por un tapete de piel que había curtido un aficionado, las bibliotecas de bambú atestadas de lomos impíos, la sección de novela negra eran tres pilas de dos metros que amenazaban con desplomarse. Sobresalían medicamentos de un cajón a medio abrir, un ejemplar destartalado de Mi corazón es una casa helada en el fondo del infierno servía de posavasos a la cerveza que estaba bebiendo el bribón, con el que Hernán estaba a punto de ir a comprar tema a la casa de un gitano elegante que vivía cerca del cementerio y al que apodaban El Guchi.

II

Un mosquito sobrevolaba mi oreja, abrí un ojo y me reconfortó comprobar que aún estaba en la antigua casa de Báez. El teléfono móvil me sacaba de dudas, era lunes, es decir, habían pasado solamente dos días. Me alcé y marché meditabundo, di vueltas en la habitación rascándome las nalgas hasta llegar a la ventana, corrí la cortina y mi vista se encaprichó con una puesta de sol sanguínea, el ocaso dejaba al descubierto la rareza de las sillas de hierro, la claridad se replegaba y daba una tregua a los azulejos de la piscina vacía, ardía la brisa en la parafraseada calma de la costa.

No había hecho otra cosa que desperdiciar el tiempo en beber como un reo. Algo no iba bien, recordaba vagamente una pala y a Teo dándome órdenes. Tras un esfuerzo titánico, me vinieron a la memoria varias versiones de las idas al cajero automático y deduje que, probablemente, habíamos ido a visitar a El Guchi más de una vez. Bajé a la cocina a por algo de agua fresca y me encontré con que la nevera estaba desenchufada, barajé la posibilidad de que Teo estuviera detrás de todo aquello. Desquiciado, busqué mi cámara por toda la casa y no la encontré; tampoco estaba mi mochila con el ordenador. Aún tenía las llaves del coche en el bolsillo del pantalón, la billetera también. Me escurrí por una ventana porque las puertas estaban bajo llave. Presenté la denuncia ante las autoridades competentes y me desplacé hasta la playa en busca de ducha fría y cama limpia.

Me alojé en un hotel tirando a decente, amanecí desayunando bollería industrial y zumo de manzana. Terminé de leer la obra más cuestionada de Báez y el balance fue positivo. Pasé un buen rato en la barra ojeando el periódico local e intercambiando impresiones con el conserje, su esposa no paraba de advertirnos del calor sofocante que nos preparaba la jornada y lo concurrida que estaría la playa a media tarde. Hice un par de llamadas, pedí nuevamente unos cuantos favores a viejos conocidos y conseguí la dirección correcta. Me bebí unos cuantos anises con la pareja de veteranos y me fui por las ramas, acogí efusivamente a los mochileros despistados que habían venido a hospedarse y me presenté ante las clientas más atractivas como el hijo del matrimonio que durante sus vacaciones echa una mano en el negocio; pero mentí mal, y ninguna quiso creerme. Más tarde, un par de cafés irlandeses y unas cuantas caladas de rubio me pusieron en mi sitio. Fui al centro comercial y compré ropa elegante. Una ducha fría me despojó de la náusea amarillenta con que la ebriedad machaca justo antes de disiparse.

La Ley llamó al hotel y me citó en comisaría, mis pertenencias no habían sido robadas. El oficial me explicó que, el domingo, un vecino les había llamado al ver a dos jóvenes disfrazados de toreros —y con enormes gafas de sol— enterrando objetos en el descampado contiguo a la antigua casa del escritor; incluso habían comenzado a prender una hoguera. Al oír esto, la memoria me habilitó imágenes esclarecedoras, me vislumbré diseñando un mapa del tesoro en compañía de Teo; él cavaba con tenacidad mientras yo le animaba, con la mochila metida en una bolsa de basura en una mano y, en la otra, el mechero que acabaría por encender la fogata, hecha con guías telefónicas. El oficial hizo un gesto que oscilaba entre la reprobación y la vergüenza ajena.

Me di asco. Recuperé el material y me permití un último trago en la tasca de enfrente. Conduje hacía Alicante sin perder de vista la costa, estaba muy cerca de lo que había venido a buscar. Saqué unos comprimidos que tenía en el bolsillito de la mochila y uno de ellos fue a parar a mis adentros, arrastrado por un torrente de cerveza muy fresca. Me encendí un cubanito y, al levantar la vista, la majestuosidad de un peñasco me estremeció. Pisé el acelerador. Algo semejante a la satisfacción me acompañó durante todo el trayecto.

III

Un castillo fortificado custodia la bahía desde la cima del monte. Aparco el coche en la ladera y monto hasta un barrio de peatonales empinadas. Macetas floridas, azulejería, rejas de forja, gatos aburridos, abuelas tejiendo, fuentes secas. Dejo atrás el encanto del casco antiguo y sus bares impíos. Bordeo el Mercado Central, la aplicación me comunica que me acerco a su domicilio. Hago sonar el séptimo, alguien respira en el telefonillo, se abre el portal. Un ascensor me lleva hasta la cima. La puerta espera entreabierta, oigo una balada intimista que proviene del interior del apartamento, una voz femenina me invita a pasar, obedezco; la corriente de aire provoca un portazo a mis espaldas. Teo, en pantuflas y sobre una alfombra sintética de estampado vacuno, suelta una carcajada cómplice y festeja mi presencia dando brincos y batiendo las palmas al estilo orangután. La nieta del viejo se presenta como Candela Báez; yo me presento como Hernán, un periodista interesado en entrevistar a su abuelo. Teo me abraza efusivamente y suelta algunos comentarios relacionados con la parranda que nos montamos no hace mucho. Le pido que me recuerde el motivo por el cual habíamos enterrado objetos en el terreno baldío y, sobre todo, que me explique por qué coño me encerró en la casa. Me responde que hay cosas que es mejor dejar que se diluyan en el tiempo, que yo me había desenvuelto con naturalidad durante la ofrenda descampista y que eso me honraba, me pide disculpas por encerrarme y me ofrece un abrazo que sugiere arrepentimiento honesto. Le doy mi perdón, les confieso que la entrevista a la que aspiro es una idea que nació muerta. Candela, la nieta del escritor, me frota el hombro en señal de aliento.

La música que nos llega desde el pasillo reviste las paredes de un marrón distendido. Teo me narra nuevos detalles del tiempo que pasamos juntos; según él, durante esos dos días sucedió algo mágico entre nosotros y esa comunión sigue vigente a ojos del descampado. Me comenta lo bien que le habló a Báez de mí y me asegura una entrevista jugosa. Abruptamente, una figura delgada irrumpe haciendo sonar un saxofón con ternura, dando saltitos y con los ojos fuera de órbita. Lo reconozco, se trata del hombre al que he venido a ver y lo único que lleva puesto son unas botas militares. Lunares y escroto a la vista, pellejo plegado sobre pellejo, melena de plata alborotada, barba límpida, muslos transparentes, rodillas como nudos, sonrisa unilateral y gafas redondas. Báez saluda a todos de una vez con un desairado buenaaaaaas. Nos damos un firme apretón de manos y le trasmito mi intención de entrevistarlo, él accede a medias y me consuela con un quizá más tarde. Pide a su nieta y a Teo que vayan al mercado a por lo necesario para preparar algunas paellas y organizar una comilona en la terraza. ¡No escatiméis en vino!, les grita, ¡estáis advertidos! El viejo busca números en una agenda e invita a una veintena de amigas, que confirman al instante su asistencia. Bebemos ron sin pausa y le damos al palique, me cuenta la historia de sus treinta bonsáis al tiempo que los riega. La terraza del ático mide sesenta metros cuadrados y la mitad está techada; las vistas son de tarjeta postal.

IV

Candela y Teo han vuelto. Báez fríe ajos, cebollas y pimientos. Hay tomates deformes en la tabla. Alcachofas de entrañas violetas en la cesta. Magro troceado. Habas rozagantes. Mejillones. Laurel. Aceite virgen extra estallando simultáneamente en cuatro paelleras de las grandes. Azafranal en vena. Corona de ñoras para el anciano que rellena el vaso con el rabo al aire; los granos de arroz bomba se cuecen en amarillo. Van llegando las invitadas. Las hermanas cincuentonas sonrojadas, la presidenta del ateneo, las lectoras leales del abuelo locuaz y las maduras de escotes lubricados. Se descorchan tintos y blancos. Llegan más invitados. Su nieta reparte guantes de látex para los que prefieren comer con los dedos. El arroz está en su punto. Mesa kilométrica en forma de U. Hay whisky japonés, hay jolgorio en conversaciones cruzadas, hay alguien que corta compulsivamente rodajas de pan, la palabra ha claudicado, todos saben que éste es el lugar en el que hay que estar, el anfitrión pasa de mariconadas foráneas y se decanta por un tinto local. Tenedorazo va, tenedorazo viene. Sin flaquear ante la lluvia de alioli de la alquimia arrocera, Báez se reclina sobre su asiento y recita:

Los algarrobos se ahuecan sobre sí mismos
su contorsión nos habla de cien años de sequía.
Pero yo soy un hombre y no comprendo
la utilidad de sufrir tan largo tiempo.

Báez calla y le llueven los besos. El poeta ha dicho. Ahora resulta que el del bar de abajo sube con sus amigotes y traen un carro de la compra hasta arriba de flanes. El postre es anunciado por un par de niños alborotados que empuñan cucharitas. Algunas de las señoras se animan con el baile. Una multitud de amigos de Teo que no habían sido invitados se suman al festejo y Báez recibe con abrazos a las jovencillas que los acompañan. Gente mayor con ganas de templar apura el espejo de caramelo, colonia y talco en el dobladillo almidonado, gotas de orina secándose en la cremallera. El anfitrión se ha puesto un sombrero de paja de la marca Cerol. Teo se aproxima a la ensaladera que contiene el ponche estrella, compuesto por cava, naranja y vodka, para dejar caer algo dentro y revolver discretamente con el cucharón, como si nada hubiese ocurrido. Vasos que se vacían, platos desechables apilados en un rincón, pasan los minutos y la alegría se acrecienta. Chaparrón de cerveza, hueso de aceituna en el cenicero, júbilo pagano, cuchillazo al melón y estocada al jamonal.

El charlatán al que nadie invitó se calza la gorra y dice adiós. Unos señores discuten sobre trajes a medida. Las ninfas se descalzan para hacer malabares. El amigo pastelero ha alquilado una fuente de chocolate a último momento y la pone en marcha ante la ovación del gentío. Rodajas de banana y fresas resplandecientes son ensartadas en palillos redondos; con una brocheta frutal en cada mano, el abuelo improvisa una yincana de lo más pícara en la que el premio es un monte de Venus esculpido en mármol. Báez saca el cochinillo que guardaba celosamente en la nevera, lo acomoda en su regazo y valiéndose del cadáver se anima con la ventriloquía; con los ojos cerrados, el cerdito inerte interpreta a capela un clásico del punk peruano, hasta que Báez se aburre del número burlesco que está ejecutando y lo interrumpe alzándose, irritado por su propia desfachatez. Enaltecido por los aplausos, pide silencio con el rostro tomado por el rigor, sujeta con una mano las patas traseras del cochinillo y con otra las delanteras, coloca el cuerpo inerte del lechón en posición horizontal y, agitándolo hacia atrás y hacia delante, apunta a los invitados con la cabeza del animal, ¡Os presento al cerdo metralleta!, emulando los disparos de un arma vetusta, ¡Tra-tra-tra-tra-tra! ¡Encended la barbacoa coño, que este lechoncillo huele a pólvora!

La atractiva amiga de Candela, que hace media hora bailaba danza clásica en un rincón, se acerca ahora a Báez y le pide que acepte bailar una bachata bien apretaditos. Baeza analiza la figura de la bailarina, ajustada en la sutileza del leotardo, y acepta. El novio de la chica, un musculitos con trenzas asiduo a la música de Jah, se encuentra visiblemente afectado ante la pesadilla materializada que supone ver a la mujer que uno ama restregando sus glúteos prietos contra la pelvis de un anciano en pelotas. Nada puede hacer el pobre, salvo resignarse y tragar.

Báez ha ido a vestirse, la terraza está que explota. Suena el timbre, es El Guchi, charlan cinco minutos y el sujeto se larga tan rápido como ha llegado. Báez se guarda algo en el bolsillo. Coxis que van y coxis que vienen. Pantalones elásticos imitan el encanto visual del cuero. Asalariados bien remunerados se retuercen al son de compases barriobajeros. Pintalabios rojos en rostros pálidos con vestiditos de otra época. Un grupete de veteranos se entretiene jugando al Carcassonne, uno de ellos invita a uñas de yeyo a los curiosos. Candela echa más hielo a los ponches y añade también un poco de azúcar. El tiempo les hace creer que no está pasando. Tres generaciones entregadas al ritual más antiguo, delirando hasta que el músculo padre lo permita, prolongando la alegría como si no hubiese un mañana, sin sospechar de la ominosa resaca que les alcanzará cuando todo esto acabe.

Hernán ha olvidado por completo qué lo ha traído a esta punta del país, así que aprovecha un acercamiento al solicitado Báez para ir al grano y le pregunta si tiene pensado publicar en breve una nueva novela, a lo que el autor responde con un , agregando que lo próximo que publique vendrá con sorpresa. El periodista indaga en la respuesta y el entrevistado corresponde vomitándole en la camisa. Hernán se da la vuelta y le comenta a un tipo disfrazado de huevo frito que pasaba por ahí que ya es hora de buscar una compañera de baile y de pasar a un alcohol más potente; minutos después, arruina su última oportunidad de bailar acompañado al decirle a una chica que su buen gusto para vestir suple con éxito su falta de personalidad.

Tras unos cuantos chupitos de Listerine, Báez vuelve a acercarse a Hernán y se disculpa por el indeseable incidente; le invita a su mejor coñac, sirve dos copas. Hasta le trae una camisa limpia. Hincan los cuatro codos en la balaustrada de granito, señalan el mar, señalan las montañas, donde la ciudad amaga con acabarse aparecen los descampados, explica el profeta al discípulo aventajado. Báez habla de hacer algunos cambios, de reeducar, de encaminar la responsabilidad que implica la supuesta muerte de dios, haciendo especial hincapié en la necesidad de un espacio neutral. Se contradice, el discurso parece improvisado, como una batería que crea espacio para que se desarrollen los demás instrumentos; con estruendo y galope invita al aprendiz a amplificar el concepto, la idea, el proyecto que lo ocupa.

Le revela que su próximo libro vendrá con fotos que realizó durante sus paseos matutinos, osadas fábulas en muladares improvisados, en terrenos con menos bolsas residuales que escombros de edificios vecinos. Suelta batallitas, hazañas de sus veintitantos vividas cerca de estos parajes, sirve dos coñacs más y ya van seis. Le ofrece habanos, se pone serio y advierte de lo que vendrá. Los jefes de familia sentados en la escalera, con la recámara llena y el dedo que se impacienta. Jovencitas disimulando sus respectivas virginidades por miedo a que se las arrebaten los instaladores de puertas blindadas. Amas de casa recluidas, machetes en la encimera. Las fuerzas del orden descuidando la disciplina y traicionándose hasta tumbar la jerarquía que los contiene. Al desplegarse estrategias contradictorias la mayoría desertará, las revueltas serán una carnicería. Obsoletos los discursos, obsoletos los reinos, los ministerios y el lujo. Más egoístas de lo que hemos sido el peor de nuestros días, estaremos conformes si pasa una semana sin que nos muela a palos una turbamulta o nos orine encima un jinete del camino, cuando nos toque ir al quinto coño a por agua.

Un par de vejestorios y un treintañero sobresaltado interrumpen la conversación e intentan convencer a Báez de que vuelva al jolgorio y conceda el honor de su presencia a los invitados. Hernán se pone agresivo con los impertinentes y el escritor les pide paciencia, los invita a marcharse. Ocho coñacs y la verborrea del anfitrión ya ha secuestrado al periodista:

El descampado será mi redención. Acudo a él tres veces por semana con mis herramientas y ejercito brazos, profundizo en la tierra. Es un lugar poco frecuentado, tengo sobornados a los que pasean por allí a sus perros. Al irme, cubro el hueco con tablas y tapetes de hierba artificial. Excavo por la mañana, escribo por la tarde, leo por la noche. Candela y su novio se persuadieron de la importancia del proyecto, la mayoría de los que festejan ahí a tus espaldas también están al tanto y siguen mi ejemplo. Formaremos una legión de excavadores, cuando la voz se corra entre los escogidos. Deshojo la espera entre obra y obra, en ellas desgasto mi tiempo libre; no hay reposo. Esta semana he acabado de comprar los materiales y artefactos, lo guardo todo en un garaje que he alquilado. Me mueve el ansia de comenzar a colocar las planchas de acero corrugado, de dar los últimos retoques en la despensa y en el evacuador, antes de enterrarlo todo. El próximo invierno espero haber avanzado lo suficiente como para poder asegurar las ventilaciones y poner el generador en marcha. Una vez terminada mi obra, volverán mis sueños de cuna, escampará el insomnio que me asola desde que me sitiaron aquellos inquilinos indeseables. Seguramente ya te habrán hablado de ellos. Báez calla. ¿Qué ocurrió exactamente con esas pulgas?, pregunta Hernán, sacando la grabadora y presionando el botón. A ese cajón prefiero no asomarme. He sido arrojado al mundo, arrojo libros al mundo, me leen, me angustio. Pero que no se confundan, diles que soy como el dragón, que tan pronto se sumerge en el océano como se alza sobre las nubes.