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Con tintes de nostalgia y humor ácido, Berlín rescata el aliento de una Europa pintada por Magritte: desvencijada, nocturna, asolada por la lluvia. En un viaje histérico que refleja la agitación de una juventud sin propósito claro en la vida, el viejo continente se convierte en un escenario demencial en el que el tedio y la normalidad amenazan con destruirlo todo. Cansados de ver la vida pasar frente a una pantalla, dos amigos compartirán hostal y confesiones alrededor de un pitillo, comida rápida y alcohol. Deambularán por las calles que un día pisaron Kakfa, Hesse, Stendhal y que ahora inundan las ratas, a la sombra de edificios señoriales de una época distante.

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Con tintes de nostalgia y humor ácido, Berlín rescata el aliento de una Europa pintada por Magritte: desvencijada, nocturna, asolada por la lluvia. En un viaje histérico que refleja la agitación de una juventud sin propósito claro en la vida, el viejo continente se convierte en un escenario demencial en el que el tedio y la normalidad amenazan con destruirlo todo. Cansados de ver la vida pasar frente a una pantalla, dos amigos compartirán hostal y confesiones alrededor de un pitillo, comida rápida y alcohol. Deambularán por las calles que un día pisaron Kakfa, Hesse, Stendhal y que ahora inundan las ratas, a la sombra de edificios señoriales de una época distante.

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Berlín − Capítulos

«Al que se apasiona por la fama póstuma no se le ocurre pensar que cada uno de los que le recuerde rápidamente morirá también, después, a su vez, el que haya tomado el relevo, hasta que todo el recuerdo se extinga por completo, yendo a través de seres que se encienden y se apagan».

−Marco Aurelio

I

No pensábamos hacer nada especial en verano. Quizá ir un par de veces a la playa, cenar de vez en cuando, tomar cervezas en el Steve y, por lo demás, estar tirados en el sofá hasta que el calor nos despegara del suelo. Silva no había terminado aún la carrera y a mí me quedaba un año, así que estábamos inmersos en el clásico hastío del universitario medio, y llevábamos una vida absolutamente normal para dos jóvenes que irrumpían en la veintena, a saber: dificultades económicas leves, una especie de misantropía que no impedía sin embargo mantener a los buenos amigos y, claro está, varias relaciones fallidas a la espalda —mi último compromiso estaba a punto de terminar con estrépito—. Pero la normalidad se presentaba por entonces como una especie de escándalo, una amenaza que resultaría definitiva cuando nos alcanzase de lleno. Quizá porque empezaba a percibir que mi vida no conducía a ninguna parte, en una de aquellas soporíferas tardes en las que me quedaba pasmado frente al monitor haciendo scroll sobre las últimas novedades de Facebook, abrí la conversación de mi buen amigo Silva y le propuse hacer el viaje de nuestras vidas.

Podría habérselo pedido a otro, pero los animales heridos olemos la sangre y definitivamente Ignacio Silva era el único, de entre los vivos, que podría cometer una locura tal, crear materia a partir del cansancio. Así que aceptó sin pensarlo y, de pronto, como si la fragancia hubiese estado siempre tras la puerta, embriagados ahora con la decisión de abrirla, nuestras mentes se convirtieron en un hervidero de propuestas delirantes, ensoñaciones que hubieran sido vinculantes con la realidad de no haber existido una muralla que se nos aparecía infranqueable ante nosotros: no teníamos ni un euro y, por desgracia, tampoco vivíamos en los Estados Unidos de Truman, donde la combinación de un pulgar y una sonrisa permitían subsanar casi todos los retos que una árida carretera secundaria proponía. Pero esta travesía continental ya había infectado nuestro ánimo y pasó a ser el único fin relevante en nuestras vidas; nada tras ella importaba realmente, y así se lo hice entender a mis padres al llegar de nuevo a casa, cuando les comuniqué que iba a desperdiciar todas mis oportunidades de futuro en un estúpido viaje alrededor de Europa.

II

¿Cómo empezar a recaudar dinero para, al menos, poder partir? En un país con una tasa de paro mayor al veinticinco por ciento, las opciones que manejábamos eran escasas y, esto era más preocupante, ilegales. Pronto declinamos heroicidades de gran magnitud como atracar sucursales bancarias o reventar búnkeres repletos de obras de arte en Qatar. Silva no era Moriarty, estaba muy lejos de serlo y pronto advertimos que trabajar, y trabajar muy duro pasaba por ser la única oportunidad para que su viejo y cansado Ford Ka del 96 arrancara desde lo más profundo de la costa mediterránea hacia un viaje infinito por la aún más vieja y cansada Europa.

Mis noches en Madrid, donde pasaba un año de intercambio, se consumieron entre frenéticos brainstormings tras la pantalla del ordenador, fantaseando junto a Silva sobre las epopeyas que se escribirían en nuestro honor a lo largo de las rutas que planeábamos. Aquel verano sería la última parada de nuestras vidas, y en concreto septiembre se presentaba como el gran vacío universal, irrelevante cuando nos encontráramos postrados en la cima del mundo. Esta disposición del alma transcurría en el mismo sentido que la conciencia colectiva: viajar era la solución definitiva, la herramienta final de aprendizaje. El movimiento implica cambio que, en sí mismo, es el único estado aceptable, el remedio universal para todos los problemas que puedan surgir. Pero como siempre decía Rubio, no era más que torpeza. Y yo sólo trataba de huir.

Los días transcurrían atropelladamente y seguía viviendo más para mis objetivos que para mí mismo; dejé a un lado los suicidios de Vila-Matas y me dediqué exclusivamente a satisfacer los de nuestra hoja de cálculo. Acuchillar por la espalda toda fuente de enriquecimiento intelectual parece ser la vía más rápida para ganar dinero en los nuevos tiempos. No tardaron en volverse grises los días y tampoco se demoró el insomnio en golpearme con crudeza, un insomnio voluntario, derivado de someter la mente al estrés más excitante para que se mantuviera siempre alerta, en busca de nuevas ideas lucrativas. No deseaba convertirme en millonario, por el momento, ni alcanzar ningún privilegiado estatus burgués, tan sólo, y era muy fácil decirlo, necesitaba unos pocos miles de euros para lanzarme a la aventura. En aquellos días que se sucedían como atragantados me di cuenta de lo mucho que había cambiado mi vida en pocos años. Había pasado de habitar mundos complacientes a desarrollar mis funciones y capacidades vitales en uno mucho más cruel, gris y aburrido, la realidad, que consiste básicamente en trabajos que no quieres hacer, situaciones estresantes por las que no quieres pasar y una serie de trámites burocráticos y sociales que no pueden acabar en otra cosa que en un sábado noche solo en casa, acompañado de un whisky con hielo a las dos de la mañana, escuchando Una semana en el motor de un autobús mientras te cortas las venas con un posavasos.

Crecer es darse cuenta de que casi siempre la realidad se presenta angustiosa y extraña. Antes pasaba los días fascinado ante informaciones redactadas por adultos hastiados, aburridos de sí mismos, profesionales que sólo hacían su trabajo, al fin y al cabo. Cualquier construcción textual mínimamente elaborada producía en mí una gran admiración: todavía no era capaz de entender los procesos comunicativos, los mecanismos de la persuasión, todos los mensajes me alcanzaban como una flecha airada sobre el que se dirige al gran salto. Era moderadamente feliz, o todo lo que puede llegar a serlo alguien cuya química es poco propensa a favorecer estados eufóricos, entre los mundos tridimensionales del Reino Champiñón, trotando sobre Epona a través de las grandes praderas de Hyrule o surcando a toda velocidad la costa californiana en una lancha que costaba miles de dólares, arrancándole las pegatinas a uno y a otro ante la estupefacción de la autoridad portuaria.

Me mantuve cuerdo mientras le di exclusiva importancia a las paredes de mi habitación. Todo parecía hecho a medida: carecía de compañía fraternal, con todo lo que eso conlleva en una familia occidental, y los estudios japoneses diseñaban entornos ideales donde podía desarrollar la mayoría de mis capacidades, todas ellas etéreas, pues ya desde muy pronto el profesor de gimnasia del colegio, tachando mi nombre con el ceño fruncido, me descartó en su pronóstico de futuros medallistas olímpicos. Los primeros amigos se mantenían distantes, conscientes de mi temprana imperfección, precavidos de la suya. En definitiva, era yo quien controlaba cada uno de los aspectos de mi vida.

Me guardaré de ofrecer demasiados detalles del proceso traumático que supone la transferencia del espíritu de la infancia a la vida adulta, desde el momento en que somos capaces de habitar otros mundos hasta que realmente nos vemos obligados a ocuparnos del nuestro y comprobamos que no, no existen valores inquebrantables ni moral deseable, pertenecemos a nuestra propia fábula, nos hemos quedado solos. Es en ese momento cuando estamos, básicamente, jodidos; porque hay que seguir la ruta, y esto es lo más divertido, ¡la ruta ni siquiera está trazada! Sí, sí, irá trazándose a medida que existamos y a cada noche que se desdibuje vendrá alguien a hablarnos de voluntad, de justicia, de karma… Pero lo cierto es que fuimos construidos sin frenos y, coronada la pendiente, no tenemos marcha atrás: las ruedas del mundo se han abandonado a la inercia, y entonces ya no queda otra que agradecerles el simple hecho de que sigan girando.

La clave era compaginar todos los trabajos a tiempo parcial posibles. Así empecé a ganar dinero en Madrid, contando los días que restaban hasta el inicio: impartía clases de enseñanza media que atentaban mi escasísima paciencia, aceptaba pequeños encargos a particulares relacionados con la maquetación web y, como broche, soportaba de la mejor manera posible mi último año de universidad, un verdadero calvario que se habría saldado con mis huesos pulverizados de haberse prolongado un año más, rodeado de personas que se pasaban el día hablando de creatividad y todas esas demencias. Cada vez creía menos en el amor y más en la realidad; me estaba pudriendo.

Silva también se empleaba a tiempo completo con vistas a satisfacer el objetivo, pero lo cierto es que, dado que él vivía en Alicante y allí las opciones de conseguir trabajo eran exiguas, se estaba desesperando. Fue así hasta que una noche, tras haber depositado 77 solicitudes de empleo, todas ellas sin respuesta, retozándose en el límite de la impaciencia, reconoció lo difícil que le estaba resultando, lamentó intuir que nuestro ardiente anhelo no iba a ser suficiente. Yo había bajado ese fin de semana a Alicante y estábamos tomando unas cervezas con Nebras. Fue entonces cuando decidimos empezar a apostar.

III

El juego semiprofesional me transportó a un estado que coqueteaba con todas las características de la ludopatía primaria y, si bien al principio fue planteado como un recurso imprescindible para conseguir el dinero necesario, se acabaría convirtiendo con el paso de los días en la distracción principal de cada nueva jornada, un motivo por el que incorporarse de la cama a primera hora. Gritábamos y temblábamos de incredulidad y locura mientras asistíamos como maníacos a los goles de nuestros acólitos en el minuto 93 de partido; sufríamos ataques de pánico y fueron noches irrepetibles en la soledad compartida de nuestros cuartos, soledad a la que en ocasiones se unía el Gaviota, viejo amigo de Silva, a quien conocí en la universidad, uno de esos hombres altos y obstinados que vuelcan todas sus capacidades en una única tarea y no cesan hasta que son los mejores en ella. Pero aunque acabo de realizar una aproximación al retrato del éxito, no era éste la prioridad del Gaviota, que casi siempre entregaba su talento a actividades poco lucrativas y de escaso valor cultural. En una palabra, se viciaba a muerte al League of Legends. Y también empezó a sacar tiempo para las apuestas donde, a falta de un objetivo tangible, premiaba más la diversión que el beneficio —aunque toda esta situación se ha revertido: acaba de comprarse una casa y le debo bastante dinero—.

Ganar era tan fácil como perder y, pese a que Silva, amante de las ciencias exactas que ya comenzaba a destacar en sus predicciones estadísticas, me advirtió de la elevada probabilidad de que perdiera todo mi dinero, no le escuché como suelo hacer y como haría cualquier hijo único y, en efecto, acabé perdiendo todo mi dinero de manera lamentable. Tampoco es que me considerase un gurú del autocontrol, pero uno siempre tiene expectativas favorables acerca de su inteligencia.

Silva no perdía el tiempo y fue quizá el salitre mediterráneo lo que le impulsó a contactar con Rashovic, un hombre de edad e inclinaciones inciertas que aseguraba ser natural de Macedonia y experto en apuestas y quien, a cambio de una pequeña cantidad mensual —su cartera de clientes era enorme—, le proveería de los pronósticos seguros de diversos equipos de fútbol procedentes de todas las competiciones del mundo, incluyendo aquellos de países que creía extinguidos.

Días después, lejos de escarmentar y tras haber reunido una cantidad suficiente de efectivo, preparé a lo grande mi regreso triunfal al circo de las casualidades. En el marco de esta nueva situación volví a engancharme y, pese a mi inicial escepticismo, no tardamos en surfear el euro ante la tímida euforia de Silva, que en realidad tenía calculado y controlado en todo momento el proceso y se encargaba de recordármelo cada vez que, en un ataque de esquizofrenia nerviosa, le proponía inverosímiles riesgos que él sabía que acabarían con todo nuestro capital en las urnas de un crematorio soviético. Cuando llegaran las cenizas yo sería el encargado de esparcirlas sobre el río seco, me aseguró, eres un hijo puta bastardo, cálmate de una vez, me decía. Me insultaba y humillaba sin contemplaciones hasta que entraba en razón, lo que nunca tardaba más de cinco minutos en conseguir.

Amábamos el deporte porque, en el fondo, tenía algo de heroico y absurdo. Así que nos sentíamos definitivamente realizados malgastando tardes y noches enteras en una nueva distracción que se acercaba sigilosamente al negro. Ya no creíamos en la humanidad, desde luego, pero sí en el Borussia Dortmund y en los cuatro goles que anotó Sir Robert Lewandowski al Real Madrid en la ida de la semifinal de la Champions, así como en la diestra metálica de David Ferrer, o en el arquero milagroso del Club América mexicano, que fusiló la portería visitante con un gol de cabeza al lanzarse en plancha a por el balón en el último minuto cuando jugaban con uno menos; necesitaban marcar dos goles —se pagaba a trescientos contra uno— para forzar la prórroga… y lo hicieron —después se alzaron con la copa en la tanda de penaltis… me quedé a verlo—, o en la clase inescrutable de Tony Parker para el doble ganador de los Spurs sobre la misma bocina. Por primera vez creíamos en Dios, se estaba manifestando en racimos de probabilidad uniformada, salvajes criaturas depiladas y vestidas de corto. Y era definitivamente real.

Además de saciar nuestros instintos ludópatas también exprimimos cada punto débil del sistema, casi siempre por genialidades de Silva ideadas después de muchas horas de calculadora y comida enlatada, y El Gaviota y yo nos limitábamos a aportar pequeñas mejoras que iluminábamos tras reflexiones desordenadas, descartadas y reformuladas a la velocidad del relámpago. Y a veces, aunque la disertación estuviese fuera de lugar en este contexto, incluso me permitía unos minutos al día para comentar con Silvia la últimas excentricidades de los ya decrépitos directores de la Nouvelle Vague, su último gran descubrimiento de la producción de Plath o la poco velada conexión que el último disco de los Antlers había establecido con su obra; en definitiva, nos complacía revivir años en los que aún eran reales los sentimientos, aunque, de haber vivido en ellos, seguramente también habríamos añorado tiempos mejores.

Silvia me ilustraba las historias olvidadas de Saint-Germain-des-Prés con pequeñas pinceladas del Café de Flore, y se ilusionaba con sus lánguidas y confusas intenciones de viajar en verano; a veces coincidíamos en el Barrio y nos veíamos y sobre los mugrosos adoquines me describía con el pulso acelerado la belleza de los grandes cestos florales de Le Marché Des Enfants Rouge, el mercado cubierto más antiguo de París, y encendía sin descanso los cigarrillos que asomaban por su cajetín de Lucky Strike, que pronto habría de abandonar a la fuerza, y entrábamos al Steve y las guitarras de Morrissey prendían la noche con su luz que nunca se apaga… después el sol se asomaba por el embarcadero y los graznidos de las gaviotas nos indicaban el camino de regreso a casa.

IV

Madrid es el gran purgatorio, un punto de encuentro definitivo para la especie humana. El lugar donde se reúnen los que deciden empezar a morir, proceso que puede extenderse toda una vida. Y allí conviven todos ellos, los vivos y los muertos, apoyándose en la transición.

Descubrí una profunda tristeza al marcharme, pues debía despedirme de algunas personas con las que me había sentido cómodo durante mi reducida estancia en la capital. Dos de ellos eran también estudiantes de intercambio, procedentes de Norteña, que había conocido pocos días después de recoger las llaves del piso, despegar el celofán de las cajas, llenar la nevera con cerdadas, etc. Superada una primera fase de indiferencia espontánea a la que fui sometido, supe que aquella amistad duraría para siempre, porque así es la gente del norte. Ánder era un aspirante a broker navarro, introvertido, puntilloso y aficionado al automovilismo y las videoconsolas. Janette, tras una vida en Getxo, vino a Madrid para apreciar el arte y aterrizó temerosa, por si alguno de sus actos pudiera reportarle felicidad inmediata. También teníamos otro amigo que había nacido en una isla, se llamaba Padro.

Padro despierta entre brumas tras una de las noches más largas del verano. La destrucción voluntaria de los recuerdos le conmina a recomenzar el camino de la vida, queda transportado hacia esa época en que los adultos le miraban y no había gris en sus ojos. Pero esto sólo ocurre mientras se queda agazapado sobre el colchón, temblando con la tibieza de los días claros; después baja las escaleras, cruza el portal, atraviesa la calle, mira ese pivote blanco y le impacta la certeza de que no hay literatura a dos metros bajo tierra.

Los focos del Ocho y Medio iluminaban parcialmente la sala, señalaban el fin de una era con Boys Don’t Cry amargando de fondo. Por suerte, a las seis de la mañana todos somos prácticamente invencibles. El aire templado y seco de mediados de junio flotaba sobre las calles de Madrid y una remilgada luz matutina se desperezaba tímidamente por los gastados edificios de Malasaña. No pudimos reconocernos cuando, en la salida, desparramados entre las macetas, nos cogimos en círculo y empezamos a desprender alcohol por los ojos. Pero no quedaba tiempo para la poesía, estábamos completamente destrozados y, esto era seguro, no había nada más que pudiera hacerse en esta ciudad por ahora, así que nos dijimos adiós y me lancé tembloroso hacia el primer vagón de la Línea 1 de metro. En su interior correteaban unas niñas que apenas alcanzarían la mayoría de edad y no paraban de emitir insoportables grititos agudos; mis tímpanos no estaban preparados para esa frecuencia y quise se murieran, pero son sólo niñas, pensé. Dos señoras conversaban a mi derecha, ajenas al escándalo, con la sensación de integridad que proporciona saber que tú ya has dormido.

—Los borrachos al llegar a casa, para que no les regañen, regañan primero —dijo una de ellas.

Introduzco la llave en la cerradura de abajo y después en la de arriba para coger las maletas, las he dejado preparadas por la tarde. No hay espejos en mi habitación, mi reflejo me incomoda, no quiero que me persiga. Cierro la puerta y me detengo un instante en el primer giro de llave, pero completo el movimiento; llamo al ascensor con la esperanza de no haber olvidado algo importante y subo al vagón, que ahora circula sobre las vías en sentido contrario.

V

Los informativos intercalaban noticias sobre la ola de calor que se aproximaba hacia las playas del este con pruebas fehacientes de corrupción en el seno del partido que gobernaba. La selección nacional de fútbol había perdido estrepitosamente contra Brasil en Maracaná, y las malas lenguas ya hablaban del fin de la hegemonía del juego de toque auspiciado por Luis Aragonés.

Subido en el autobús que recorría todo el camino desde el casco antiguo alicantino —el Barrio— hasta mi casa, observaba con la cabeza apoyada contra el cristal cómo bajaban por la avenida aquellos hombres y mujeres, los mismos que habían subido por esa misma avenida años atrás y que continuarían de esa forma, subiendo y bajando por la avenida hasta el final de los tiempos. El ambiente estaba tan enrarecido que se filtró hasta los poros de mi casa y, pocos días después de haber regresado, estalló la guerra contra Fabrizio, mi padre, en ocasiones tan parecido a mí que apenas se aguantaba a sí mismo. Las trincheras quedaron establecidas, el tratado de paz inalcanzable. Pero el día en que partí, como si la certeza de una tragedia se materializara de forma inapelable sobre aquella calle destartalada y llena de cagadas de perro que era la mía, los lazos de sangre y la influencia de mi madre santa propiciaron una despedida menos fría de lo esperado. Habría sido él quien me tranquilizara cuando le llamé, con un hilo de voz, desde un hostal en el centro de Huesca y le expliqué que el coche había quedado inservible, es más, ya iba camino del desguace y, agrandando la magnitud de la tragedia, nos encontrábamos a la espera de una llamada del seguro para encontrar la solución que nos trajera de vuelta a casa.

Las calles de Huesca nos parecieron desoladoras, y arrastrábamos las maletas con una vaguedad infinita. Tras más de seis horas en la carretera nos sentíamos agotados; decidimos hospedarnos en el hostal más barato. Silva desenfundó su guitarra folk y se sentó en la cama, yo fui a darme una ducha rápida y caí rendido sobre uno de los colchones de la habitación. No tenía asuntos pendientes y, por primera vez en todos aquellos meses, me sentía verdaderamente tranquilo, había aceptado mi derrota; el juego había terminado y, con él, la obligación de ser un digno competidor; nunca había imaginado que encontraría la paz en un emplazamiento tan amable, tan alejado de nuestros anhelos y, tras anunciar nuestro regreso a casa, desaparecí entre la cálida oscuridad de mis párpados mientras los acordes de Hey There, Delilah! se deslizaban por las paredes, trepando tenebrosos hacia algún lugar distinto al nuestro.

Al despertar nos dirigimos rápidamente al taller, donde un mécanico canoso y apuesto de la Ford nos confirmó con desconsuelo —y algo que, tras haberle contado lo que pretendíamos hacer con ese coche, percibí como una leve sorna— que se trataba de un problema serio, tan serio que no nos quedaba otra opción que enviarlo al corredor de la muerte de los coches, sólo que no habría visita sacerdotal ni ocuparía la portada de los periódicos, simplemente se desvanecería y nadie se acordaría de él jamás, porque era sólo un coche, por mucho que Silva le hubiese cogido cariño. Aguardamos interminables horas bajo la furia solar de Huesca, que a mediados de julio se precipitaba verticalmente sobre las naves del complejo industrial. Después de conseguir que el seguro nos proporcionara un modo de volver a Alicante, vimos aparecer hacia el final del secarral, como una bruma, al taxista que se habían visto obligados a mandarnos. Llegó ataviado con un conjunto blanco ibicenco, sandalias ocre bien calzadas, abrió nuestro maletero y, sin mediar palabra, comenzó a sacar todos los bultos que se apilaban uno sobre el otro, disponiéndolos con una impecable geometría en la parte trasera de su monovolumen gigantesco, sin duda una prebenda del mismísimo guardián de la carretera. Una vez estuvimos acomodados en el interior, tan espacioso y envolvente que me sentí como un polluelo arrojado hacia un galpón repleto de paja, desplegó su elocuente magia de taxista y su primer truco fue hacer desaparecer nuestro asombro. Se valió de una historia datada en pocos años atrás, cuando había subido a un matrimonio que aseguraba tener hijos en París y en Francia; después de haberlos visitado, recorrían el camino de vuelta en una furgoneta de dimensiones desproporcionadas y se quedaron tirados en mitad de las montañas, mientras cruzaban los Pirineos; llevaban de polizón una televisión de plasma, regalo de la mayor, que intentaron encajar de todas las formas posibles en el maletero y en los asientos traseros, y en vista de que aquello no era posible el marido la cogió por encima de los hombros y acabó tirándola por un acantilado.

—A mi hija le sobraba una —comentaba su madre con desdén.

El taxista procedía de tierras superiores; de aspecto sencillo pero acomodado, las canas revelaban una madurez bien llevada. Silva se había animado un poco y le contaba indignado que las multas de tráfico eran una estafa, una absoluta mentira. En tanto yo tomaba ibuprofeno, él explicaba que durante su viaje a los Estados Unidos había sido sancionado por aparcar en sentido contrario a la circulación, y encima, a más de ocho pulgadas del bordillo. Pero pasaba que no sólo tenía el coche perfectamente aparcado, pues es meticuloso, sino que al preguntarle a un joven oriundo que pasaba por allí, éste se encogió de hombros y con una sonrisa cómplice se disculpó en nombre de la patria con un oooh, I’m sooo sorry maaan. El taxista ibicenco reía comedido, siempre elegante y, observándole desde atrás por el retrovisor central, pude intuir por los pliegues que se estiraban desde sus pómulos que se complacía de haberse topado con alguien con quien hablar.

—Allí todo el mundo tiene coche, uno por persona, ése es el pacto —añadió Silva—. Recuerdo la casa de la familia adoptiva donde me quedé tres semanas, en las afueras californianas. Era un lugar precioso, regado de verde. Primero vi aparecer a aquel hombre cubierto de canas, de complexión ancha, con sus tirantes vaqueros y su camisa a cuadros. Los dedos de las manos ya no le bastaban para contar sus nietos, me dijo; había sido toda su vida arquitecto pero ya no, ya sólo era un jubilado más, una pequeña molestia, decía. Vivía con su mujer en una cómoda casa americana de tres pisos, y me dio la impresión de que era uno de esos hombres que están de vuelta de todo y encuentran la paz en el cuidado de su jardín, viendo crecer sus plantas, aparejando las tejas cuando se desprenden a causa del mal tiempo un par de días antes de Acción de Gracias. Todas esas ocupaciones le mantenían alejado de la agitación y las vicisitudes de la gran ciudad. En cambio alojaba en su garaje un Ranchera Chevrolet negro reluciente, una bestia de un tamaño descomunal muy poco común en las carreteras europeas, pero fácil de ver en las autovías de seis o siete carriles americanas, por más que sea un vehículo diseñado para andar por terraplenes. Esto se podía entender vista su naturaleza de 4×4. Pero él no sólo limitaba las visitas a la ciudad a las estrictamente necesarias, sino que tampoco tenía intención de emprender más aventuras rurales. De hecho, me comentó que por lo general casi nunca cogía el coche. Así que un día cualquiera, durante un abundante desayuno de leche, huevo batido y bacon, me decidí a preguntarle por qué mierdas mantenía un coche así para el uso que le daba y, como gastaba doce litros de combustible como si fuese agua, tampoco resultaba, en realidad, un vehículo propicio para conducir de vez en cuando. El buen hombre frunció el ceño como si hubiese pasado una mosca, empezó a untar mantequilla en un panecillo tostado y mientras se lo llevaba a la boca dijo:

«No sé, nunca me lo había planteado. Supongo que me gustan los coches grandes».

En Zaragoza nos asignaron un Opel Corsa, previa fianza de doscientos euros que desembolsé con el ceño fruncido como el anciano, y nos despedimos del taxista agradeciéndole mucho más que el cumplimiento del servicio. Ya subidos en el nuevo coche nos internamos por la ciudad y Silva se puso a gritar que estaban todos locos, jodidos pirados, blasfemaba de manera incontenible porque ni siquiera una habilidad depurada con los años podía controlar lo inesperado de quienes se ponen a exclamar y a retozarse como si se libraran de una babosa gigante en mitad de la carretera. Pienso en cuánto desearía tener un mando a distancia con el que controlar los movimientos de los hombres, fantaseo con la posibilidad de mantenerlos inmóviles, callados, sin causar problemas.

Nos deslizamos por el asfalto hasta que sin darnos cuenta aparecimos frente a Fabrizio, concretamente en Malibú, donde los primeros años solía quemar las interminables horas del tedio mediterráneo, un lugar idóneo para los exiliados italianos que encontraron cobijo en las aguas templadas de la orilla opuesta, junto a la brisa marina y el aroma a ginebra. El bar recordaba a un antiguo cabaret que había vivido tiempos mejores, sin embargo retenía cierto encanto, con sus grandes techos altos y una única iluminación provista por lámparas tenues, equidistantes, desviando con su brillo la atención hacia un billar donde dos jóvenes, desgarbados e insolentes, se adentraban en la profunda noche de aquella lápida. El camarero, equipado con una camiseta sport y el cansancio de cien lustros, nos sirvió tres botellines y preparó un aperitivo mientras nos contaba no sólo cómo habían ido sus vacaciones, sino también las conclusiones que había extraído tras un profundo análisis de nuestro drama, incidiendo con gran énfasis en las cuestiones técnicas del funcionamiento del coche ya aniquilado; pero no tardó en retirarse de la conversación a hurtadillas cuando, cansado de preámbulos tras tantas horas estériles de viaje, le pregunté a mi padre si había tomado una decisión definitiva acerca de algo que él mismo había sugerido como una posibilidad remota en nuestra última llamada: prestarnos su coche.

Los silencios que interrumpieron la conversación siguiente se extendieron hasta varios minutos. Silva empuñaba su botellín y atendía de reojo a la máquina de Juegging, que le invitaba con sus neones y su embrujo a adentrarse de nuevo; no estaba acostumbrado a perder el control. Yo empecé a notar que mis pulmones funcionaban muy por debajo de su capacidad y el corazón cada vez me latía más despacio y una jauría de hormigas crepitaba sobre mis brazos, agitándose uniformes, volviéndome histérico.

Tanto Silva como yo habíamos hecho todo lo que estaba en nuestra mano, pero en cualquier caso hemos fracasado, pensaba Silva, las excusas son para otros. Fabrizio pestañeaba a un ritmo vertiginoso, pisaba una colilla tras otra y caminaba en pasos cortos sobre la acera, interpretando la agonía. Le resultaba muy difícil comprenderla, al fin y al cabo, pero deseaba acabar con ella. De la ceniza del último cigarrillo aplastado renació la posibilidad de partir. Fabrizio hundió su mano en el bolsillo superior de la chaqueta, rescató las llaves, las puso en mi mano con una expresión de derrota que a día de hoy aún no he sabido descifrar, le di un abrazo y me giré inmediatamente hacia Silva, que con la mirada perdida permanecía ajeno a las celebraciones de una nueva realidad que era ya imparable: estábamos de vuelta en la carretera.

VI

El estrés intenso y prolongado nos llevó a partir de nuevo el 18 de julio de 2013 con gran indiferencia. Nos parecía que conducíamos cumpliendo las exigencias de una tarea rutinaria e impuesta, simplemente habíamos retrocedido a la era medieval, convertidos en dos simples campesinos, bronceados y escuálidos, cuya única misión sería recoger lentejas cada cierto tiempo. El viaje iba bien hasta que, en mitad de la noche y a la altura de, otra vez, Huesca, un parachoques negro y enorme apareció en la carretera, como si el camión que nos precedía hubiera estado soltando pequeños lastres para evitar que le siguieran. Silva intentó esquivarlo con un giro de volante, pero a ciento veinte las cosas suceden muy deprisa. Estalló un estruendo intenso, el coche se sacudió violentamente de arriba a abajo y nos miramos con espanto y maldijimos a Fernando el Católico y a cientos de años de historia de la Corona de Aragón, por mucho que Alicante hubiera pertenecido a ella, ¡con más motivo! El irritante silbido que se escuchaba en la parte izquierda del coche hacía presagiar un pinchazo, así que paramos en la cuneta, bajamos con los chalecos reflectantes equipados y, certificando no tener que lamentar más daños que una pequeña grieta en el parachoques, decidimos arrancar de nuevo, no sin antes verter nuestra orina sobre la flora aragonesa mientras los turismos y los camiones desgarraban el viento a nuestras espaldas.

No hay peor tragedia que la premonitoria. Si el drama se consuma, si no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca, si mi poblado queda arrasado por un tsunami, al menos puedo aceptar mi propio destino y maldecirlo, y conoceré tan a fondo la miseria y la desdicha que seré capaz de apreciar cada tregua como la gran aparición de la esencia. Pero cuando me acostumbro a caminar desconfiado de mis propios pasos, la tensa calma que precede cada pisada es una losa inextirpable, y cada momento alegre me alcanza como una anomalía, una brecha fortuita en el negro fluido del paso del tiempo.

Durante las horas siguientes no pude otra cosa que dibujar cada facción de la cara de Fabrizio, cada pliegue de su piel quedaba representado con exactitud sobre el cristal, un cristal maleable que adquiría rasgos antropomórficos y reproducía incansable cada temor infundado, cada advertencia; y no eran pocas. Mi padre había desarrollado durante toda su vida una diabólica percepción del fin, como si toda la tierra los ríos los valles estuvieran encogiéndose centímetro a centímetro, levantándose y plegándose hasta encerrarnos en su abrazo. En los días previos al viaje se le vinieron a la cabeza tantos posibles agravios que se sumió en el silencio, incapaz de procesarlos todos.

No terminarían las conmociones; por poco se me sale el corazón cuando, minutos después del incidente, recibí una llamada de uno de mis compañeros de piso alertándome de que había llegado una carta del juzgado; debería testificar de nuevo en las diligencias previas de un proceso judicial absurdo que llevaba varios meses persiguiéndome de forma no menos absurda, pero por suerte la fecha de citación no afectaba a los planes del viaje. Al fin sentimos que la vida empezaba a tener sentido cuando nos cruzamos con un cartel azul y desteñido que anunciaba el inicio de la ascensión a los Pirineos. Vamosss, gritaba Silva con los ojos desorbitados. Estos incidentes nos habían recordado la esencia del viaje, conducíamos hacia lo inesperado. En un momento ya estábamos en Francia y subíamos a las cinco de la mañana por los mismos repechos de los pueblos que tantas veces había visto, de niño, desde la comodidad del sofá de mi casa, junto a mi abuelo, con las voces de Perico Delgado y Carlos de Andrés sobrevolando aquellos paisajes verdes, frondosos, extáticos, imágenes que me transmitían la quietud de la existencia.

VII

A la llegada de las primeras luces los trabajadores franceses comenzaron a desfilar por las empinadas rampas de Oloron-Sainte-Marie, y poco después el sol ya se alzaba imponente sobre las casas ajardinadas de Orthez. Cruzamos una villa tras otra, y en cierto momento nos vimos inmersos en una niebla que bañaba de manera uniforme tanto nuestro espacio como las umbrosas landas de la carretera que se dirigía a Gascogne, amontonadas en los flancos como espectadores gigantes del abismo. Apenas podíamos seguir las líneas del asfalto debido a la escasa visibilidad, el sueño arreciaba y desempeñaba la penosa función de desviar cada orden que dábamos a nuestros músculos hacia algún lugar entre la niebla. Silva resoplaba cada vez con mayor frecuencia y se tambaleaba sobre el volante, así que decidimos envolver el coche entre un tractor y una chapelle y nos desvanecimos en los asientos, arropados por la nube juguetona que había decidido descender a la misteriosa tierra de la Aquitania. De aquí a un par de horas estaríamos no sólo vivos, sino también en condiciones de movernos hacia Burdeos, y con eso nos bastaba. Queríamos llegar a la capital cuanto antes.

Poco después ya visitábamos el centro histórico de Burdeos, un caos de otra época en el que cada elemento parecía estar en constante cambio, y en mitad de la calzada una pizarra escrita en tiza que decía, «Hot? Come on in, We’ve got beer colder than your ex-girlfriend’s heart». De camino al camping, en el coche, apenas podía contener el descenso de mis párpados; guillotinaba conversaciones y las dejaba a medias, completaba oraciones medio minuto después de haberlas empezado, primero sujeto, después verbo… espera, no, sujeto… complemento directo, uf, o respondía de forma aleatoria a las preguntas que Silva me iba haciendo. La esfera atenta del plenilunio vigilaba el camping a lo alto y, como ya habíamos dejado preparadas nuestras tiendas, nos abandonamos en ellas nada más pisar el césped y dormimos, más de doce horas, y con la sobredosis de un descanso reparador pero imperfecto apuntamos la brújula hacia el norte y pisamos el acelerador a fondo rumbo a París.

Allí nos esperaba Pit, amigo de la infancia de Silva que, como tantos españoles, había salido del país para buscarse la vida y de paso alguna francesa. En Francia la demanda de fisioterapeutas superaba con mucho el número de profesionales y, completada la titulación, Pit hizo las maletas y se mudó a Bleury como enlace hacia la capital, en la que recaló unos meses después tras aceptar un sueldo neto que triplicaba el que podía disfrutarse en nuestros feudos.

Intentamos aprovechar para buscar aparcamiento por la zona cercana al Louvre y ver el ambiente, pero se encontraba atestada de coches y turistas yendo de un lado a otro sin ningún orden. Decidimos aproximarnos a la periferia para encontrar aparcamiento gratuito y nos perdimos. Los parisinos tenían una forma de conducir que a Silva le resultaba irritante, se mostraba muy desgastado por la tensión de nadar entre tiburones. Lamenté no haberme sentido, al llegar, tan impresionado como aquellos a quienes la belleza de París había evocado todo tipo de sensaciones. No me fascinaron sus cielos grises, ni su calor sofocante. El verano en general es una estación injusta para las grandes ciudades.

—¡Otra vez estamos en el puto palacio de Sarkozy! —gritó la cuarta vez que pasamos ante la bandera tricolor.

Antes de que lo rodeáramos una quinta, recibimos un mensaje de Pit diciendo que encontraríamos sitio en una calle cercana a su casa, y desde allí podríamos coger el metro hacia Trocadero, donde nos esperaba con unos amigos. Confiamos en su palabra y subimos a un vagón en el que un hombre negro dignificaba las profundidades parisinas, cantaba Oh, it’s a beautiful day rasgando una guitarra desvencijada y las parisinas eran realmente bellas.

Pit nos había citado a los pies de la Torre Eiffel, y cuando llegamos a Champs-de-Mars lo encontramos sentado en el césped junto a Dios, también un antiguo amigo de Silva y Pit, y con ellos dos personas desconocidas. Uno de ellos, Fran, alto, de cabello oscuro y lacado, confesó ser también fisioterapeuta y vivir en la capital francesa por motivos similares a los de Pit; aunque volveré pronto a Madrid, aseguraba. A su derecha, ataviado con un sombrero pirata, asaltando con la mirada a las parisinas que al levantarse dejaban airear sus muslos a merced de las suaves corrientes alisias, se presentaba el ilustre y apocado Yasim, de padres sirios pero nacido en Venezuela; en apariencia inofensivo dada su baja estatura, unas afables gafas de pasta negras se pertrechaban bajo las alas de su sombrero corsario. Concluidas las pertinentes formalidades, cuando la conversación a cuatro bandas comenzó a ser todo lo fluida que deseábamos, Yasim pensó que sería más productivo levantarse y conceder armoniosas reverencias a cada mujer atractiva que acechase su coto de caza, el cual comprendía, más o menos, un radio de cinco a diez metros desde nuestra posición. Una parisina tras otra se sucedía ante sus ojos y todas ellas recibían una gran muestra de respeto y admiración del distinguido pirata Yasim. Asistimos con perplejidad al espectáculo hasta que decidió sentarse de nuevo con nosotros en el césped y se volvió taciturno, comedía sus palabras, las seleccionaba con cautela, porque mientras lo hacía le otorgábamos una gran atención.

—Es que aquí no hay manera. Pero funciona, ¿sabes? —Su acento era suave y exótico, como si se hubiese caído con delicadeza de una palmera, fruto de la madurez—. Me acuerdo muy bien de aquel día en Bleury. Todavía no conocía a Pit y estaba aburrido en mi casa, así que salí a la calle y cogí del contenedor más cercano un pedazo de cartón que alguien había abandonado. Lo recorté hasta formar un rectángulo y rotulé sobre él, con permanente: «Embrasse-moi, s’il vous plaît». Y salí a la calle así, no sólo vestido como un pirata, sino comportándome como tal, en busca de mi tesoro. Pasaron muchas chicas jóvenes y todas ellas declinaron cualquier esfuerzo por disimular la leve risita que se les escapaba al verme, antes de seguir caminando distraídas. Debo reconocerlo, estuve a punto de desertar. Pero de pronto llegó ella, preciosa con su vestidito turquesa, y se detuvo a medio metro de mí. Quedé hipnotizado ante la suavidad de sus manos, ¿sabes? Aún hoy puedo reproducir en mi mente la curva que se formó en la horquilla de sus labios cuando los acercó a los míos… y después llegó el momento que hizo que valiera la pena toda esta vida de penurias en el mar —concluyó mientras se quitaba el sombrero, como si se fuese a tirar por la borda.

La ardiente tarde parisina amenazaba con dar paso al crepúsculo y las luces de la Torre Eiffel se pusieron a parpadear de forma frenética, lo que interpretamos como una señal para comprar queso y vino, regresar y tomárnoslo junto a los árboles centenarios y los bohemios. Dios, que tenía el mismo aspecto que la última vez que lo vi, bajito y compacto y robusto, con esa constante expresión de complacencia y locura, nos dijo que el día anterior habían estado cenando y bebiendo a orillas del Sena hasta altas horas por lo que, en principio, tenía potestad para aconsejarnos sobre qué vino beber, qué queso comer y con qué pan acompañar.

Así que volvimos a Champs-de-Mars, ya iluminados artificialmente por aquella torre que, de tantas ocasiones vista en películas, fotografías e historias ajenas, había perdido todo su significado. Pero lo cierto es que el ambiente invitaba a quedarse allí y a tomar aquella gorgonzola junto a otros muchos tipos de quesos cremosos, incluyendo entre ellos uno con olor a cuadra que dio pie a innumerables comentarios. Cuando ya estuvimos acomodados en el césped, Dios se animó a destapar un vino fermentado en Burdeos y, a causa de la liberación del gas comprimido, el corcho salió despedido hacia el cielo y fue a caer en la falda de una parisina que bebía vino junto a sus amigos, los cuales se giraron para analizarnos con el rabillo de ojo y farfullaron, en un tono inaudible, lo que probablemente fueran graves injurias.

Era sábado noche y estábamos en París, por lo que no podíamos hacer otra cosa que salir. Decidimos por unanimidad empezar la noche en el apartamento de Pit, una vivienda comprimida pero acogedora donde aseamos nuestras apariencias, a excepción de Yasim, que decidió seguir afrontando nuevos retos con su atuendo de pirata adquirido en un escaparate de disfraces lowcost. Ya arropado en su interior, no tardó en crecerse y expuso todo su repertorio de chistes xenófobos y machistas con los que solía arrancarnos una carcajada, ya que no a todos se nos había ocurrido que la maldad pudiese ser tan divertida.

—Las colombianas nacieron para ser folladas. Está en su genoma, forma parte de su naturaleza, no hay nada malo en ello, ¿cómo podría culparlas? Es más, ¿cómo podría considerarse esta cualidad deleznable? No, no, nada de eso. ¿Y sabéis quién me dijo todo esto? Mi padre —concluyó solemne mientras volvía a sacarse el sombrero.

El vodka y el bourbon empezaron a ser despachados con asombrosa celeridad, mezclados en ocasiones con una deliciosa gaseosa anaranjada llamada Orangina. Entretanto atendíamos con leve interés a la pantalla del televisor, que reproducía una grabación del Lollapalooza del año anterior.

—Los DJs ya no son como los de antes —dijo Fran—. Simplemente están ahí, ponen sus temas, dan tres saltos, pero lo hacen sin ilusión, como quien prepara un Colacao a su hijastro. No tienen sangre.

—Seguro que también dan masajes —dije yo, y algunos rieron y Fran quería estrangularme con afecto.

A mí la profesión de pinchadiscos ya me parecía poco respetable, desde que algunos se convencieron de que ya no se encargaban de la noble tarea de seleccionar la música, sino que eran algo más, eran artistas, y como tales merecían un estatus, un respeto mucho mayor del que obtenían a cambio de sus inspiradas sesiones. Este desbordamiento del ego DJ, por lo menos en el entorno alternativo en España, había coincidido con el aumento de la popularidad de la música indie y su inevitable perversión posterior. El indie desde finales de los 80 podía responder a la necesidad de las bandas de explorar nuevos sonidos —con influencias sobre todo británicas—, de alejarse de la Movida y el pop comercial que proliferaba de la mano de Mecano y otros tantos, en definitiva, de reventar la escena sin llamar mucho la atención. Realmente lo consiguieron: los primeros discos de Los Planetas, el hit de Los Fresones Rebeldes o la obra maestra y único disco de Family no serán superados. Pero de forma progresiva el indie fue olvidándose de explorar, ser alternativo molaba, uno podía diferenciarse con una etiqueta que además excluía todo lo aburrido. Viente años después, indie era una especie de responsabilidad que recaía mucho menos en las bandas que en todo lo que rodeaba a su público. Se había masificado. Hoy ya no existe una forma de entender la música, sino un ansia de pertenencia, y por tanto ha sido necesario establecer un código. Gafas de pasta, ropa raída, ligereza emocional y un look pretendidamente homosexual deben bastar para ser aceptado en cualquier entorno alternativo del planeta. Por supuesto se trata de un movimiento social. Las cumbres se celebran principalmente en festivales, encuentros masivos de grupos mediocres y one hit wonders, con alguna rara excepción —promotores con buen gusto, dignidad y dinero, lo que casi nunca es compatible—. Como la mayoría sólo pretende drogarse, el cartel no importa mucho. Se suele optar por el MDMA o el speed, y los más atrevidos se meten una tripi de vez en cuando. Los mojigatos, ansiosos o precavidos se conforman con cantidades desorbitadas de alcohol. Alguna vez se presenta algún abstemio al que todos miran raro. Por supuesto, también los nuevos tiempos han dado buenas bandas y éstas acuden a los festivales, casi siempre en horas intempestivas. Pero por lo general, y aunque en realidad antes tampoco era distinto, pocos atienden con deleite cuando Jota murmura tres palabras incomprensibles, ya no interesa conocer la opinión de los perdedores. Y sin embargo, ahora todos fingen lo contrario. Lo que ha tenido lugar en los últimos años es la suplantación de un movimiento que pertenece a una generación olvidada. Por otro lado, aquellos que eran jóvenes a principios de los 90 y se tomaban demasiado en serio a sí mismos, enloquecidos y aún solteros, ahora reclaman su lugar en la escena, rechazando todo lo nuevo. Para ellos la nueva generación indie ha vencido y, como tales, no como supervivientes, sino como indiscutibles vectores de un movimiento diferenciador, sus nuevos paladines revientan con absoluta impunidad los cimientos sobre los que se asentaron y meten el rabo en cualquier sitio que esté libre con el pretexto de actuar en nombre de su Dios Morrisey y son, en definitiva, existencialistas venidos a menos que se mean fuera de la taza a propósito. Pero ocurre que a todo el mundo le gusta ser un idiota de vez en cuando.

La Señora Tartamuda vivía enfrente de la ventana que daba al patio interior; poco acostumbrada a los decibelios aceptables que manejamos de forma inconsciente los españoles como parte de nuestra cultura, se acercó para pedirnos amablemente que bajáramos el volumen y nos fuésemos a la mierda. Pit se disculpó en un sorprendente francés, cerró la puerta y la ventana del salón y se giró con expresión cansada, dejando tras de sí un espeso silencio sobre el patio interior. Pit lucía un aspecto similar al que recordaba haberle visto en Alicante dos años atrás, pero ahora su rostro desprendía un tedio fosilizado; no era un tedio reconocible a simple vista, pero estaba ahí, determinaba todos sus rasgos definitivos, como si una oleada salvaje de acontecimientos hubiese desnaturalizado su apariencia para siempre.

Yo ya empezaba a ver triple y, gracias a Dios —el divino, no nuestro amigo—, alguien decidió que ya estaba bien y que era momento de coger el metro para largarnos de aquel edificio. Bajamos a las profundidades de París desde la Place d’Italie, donde nos topamos con unos revisores que realizaban controles rutinarios de tickets, práctica muy habitual por aquellas fechas en que los turistas nos hacíamos los despistados a la hora de sacar el billete. Yo no sabía, En mi país se llama diferente y ¡Vaya con el Estado de bienestar!, próximamente en sus mejores cines.

Una de las trabajadoras era una bella parisina encajada en un parco uniforme añil reglamentario, pero aun así atractiva con su melena rubia y ondulada. Acompañada por otros dos revisores, Yasim preguntó al más bajito si podría sacarle una foto junto a ella, petición a la que ambos accedieron de inmediato, entusiasmados por combatir el tedio. En el lapso en que el desaforado flash trató de contribuir a inmortalizar el momento, Yasim realizó un giro de cuello espléndido y deslizó sus tendones, como si fueran mantequilla, para plantarle un beso en la mejilla mientras la mujer se ponía increíblemente colorada. Los revisores nos miraban descompuestos y hacían pocos esfuerzos por contener las carcajadas. Yasim se despidió con una reverencia, regresó con su botín bajo el sombrero y nos apresuramos para no perder el tren que se detenía junto a nosotros.

A partir de este punto todo lo que recuerdo está mediatizado por los meses que llevaba sin inmunodeprimir mi sistema nervioso con productos etílicos. Haber mezclado bourbon con vodka y vino de a saber qué uva infernal no parecía buena idea pero, qué narices, habíamos llegado vivos a París tras muchísimas complicaciones y ya no quedaba más obstáculo que nuestra cordura. En el tren nos encontramos a un grupo de polacas que no tardaron en unirse a nosotros, aunque una de ellas en realidad venía de Orense y parecía ser el faro de las tres restantes, ellas sí, polacas, tímidas polacas que no hablaban demasiado y además se mostraban visiblemente molestas con el devenir de la noche. Tampoco tardó Silva en fijar su atención en Ivy, la cual no sólo era la más guapa con esa expresión gélida en su rostro y su largo cabello negro, sino que también daba signos de ser la única capaz de mantener una conversación que fluyera en ambas direcciones. Por lo que a mí respecta, apenas podía ya balbucear dos o tres onomatopeyas más propias de un lenguaje animal altamente simplificado que de un ser humano como, en principio, éramos todos los allí presentes.

Entramos en un bar y, minutos u horas después, advertí que había perdido mi boina en algún punto del trayecto. Yo no podía adivinar que aquel portero negro, de dos metros de altura y gordo como una pelota de baloncesto con esteroides me impediría entrar después de haber declinado la búsqueda de mi boina. No podía saberlo y, en consecuencia, me quedé allí plantado durante lo que me parecieron décadas. En mitad del vacío, al parecer, pulsando algunas teclas del móvil con escaso criterio, envié un mensaje en árabe a una vieja conocida con la que hacía meses que no tenía contacto. Por supuesto, yo no sabía árabe, y ella tampoco. Cuando estaba a punto de perder la esperanza los vi salir por la puerta y la gallega me ofreció un cigarrillo, lo acepté, lo encendí, empezó a hablarme de su colegio mayor y yo sólo tenía ganas de encontrar un retrete, arrodillarme y meter la cabeza en el circo de los horrores hasta el final de los tiempos.

Me negaron la entrada en dos o tres locales más y, con toda probabilidad, habría pasado solo el resto de la noche de no haber sido porque los encargados del derecho de admisión de los pubs tampoco encontraban aceptable que el joven y apuesto pirata Yasim ejecutase de sus conquistas con esas pintas; así que permanecíamos excluidos de la fiesta de forma iterativa, cansados y taciturnos, porque amar sin sombrero no es lo mismo. Silva seguía acechando a Ivy y ella sonreía y yo los perdía de vista cada vez que bajaba la cabeza para analizar la composición del asfalto. En cierto punto Pit nos comunicó a Yasim y a mí que se retiraba, que estaba hasta la polla. Nos llevó a la catedral de Notre-Dame y empezó a hablar con lentitud pero sin procurar ni una sola pausa, conteniendo la respiración, marcando con serenidad los tiempos de un soliloquio que brillaba con luz propia, al menos en cuanto a puesta en escena.

—Este año ha sido un verdadero infierno, necesito irme de aquí. ¿Habéis visto a esos negros cabrones? Se anudan una corbata, se plantan cinco horas delante de una puerta con su barriga enorme y te tratan como si fueses a cargarte a Napoleón el Grande, negándote la entrada sin explicación alguna. Odio París. No puedo hacer otra cosa que odiar esta ciudad de mierda. ¡Mira, y ahora se pone a llover! ¡A cuarenta grados y encima lloviendo!

Pit alzó una mano hacia el cielo en un gesto que en cualquier otra situación habría resultado heroico, pero ahora era sólo un dedo lamentable apuntando hacia el cielo, la premonición de una catástrofe inminente, un tímido desafío a lo inevitable en el mejor de los casos, a pocos pasos de la catedral cuya lúgubre fachada se mantenía erguida como una sombra gigantesca que poco contrastaba con la noche parisina. Permanecimos sentados en unos escalones de piedra durante un rato, cara a cara con Notre-Dame mientras veíamos a las ratas desfilar ante nosotros, bordeando la catedral en busca de paraísos inconcebibles para nuestros sentidos.

Odio París, repetía Pit, Odio París… Y nos echamos a andar.

VIII

Los destellos de sol que se dirigen oblicuos hacia mis ojos apenas me permiten ver, entornándolos, una corriente de piernas que se cruzan en todas direcciones. No reconozco ningún elemento que me indique dónde estoy, pero por algún motivo, estoy seguro, se trata de mi lugar de origen. Alzo una mano sobre mi frente, a modo de visera, y levanto la vista. Estoy en medio de una avenida gigante. Sorteo las manchas lumínicas que se superponen como panales bajo mis párpados y me entretengo entre la angustia de esta desconcertante postal. Tras un edificio acristalado comienza a emerger el amanecer del mundo, representado por tres esferas metálicas incandescentes dispuestas a modo de triángulo, como se sitúan las bolas de una partida de billar sin comenzar, justo antes de que la blanca desate una entropía definitiva. Las esferas son perfectas desde un punto de vista geométrico, ejercen una atracción inexorable sobre la atención ciudadana, no por lo insólito del fenómeno, de por sí algo extraño, sino debido a una fuerza magnética que va más allá de los límites de la comprensión. De pronto, las esferas ascienden y, lentamente, se fusionan con el haz de luz prístina que inunda el cielo. Entonces todos prosiguen su camino, pues les ha sido encomendado un objetivo, se dirigen hacia algún sitio, han encontrado su lugar. Y caminan levemente aturdidos, conscientes de que acaban de presenciar una revelación histórica, algo que de tan completo es irreal, no son más que el espectador escupido de forma brutal a la vida en la salida del cine.

Desperté ante esa luz blanca y cegadora que resultó ser el techo del salón de Pit. El aura dominical inundaba toda la estancia, y me llevó unos cuantos segundos darme cuenta de que estaba tumbado boca arriba sobre un colchón; cuando pude girarme, a costa de un esfuerzo kafkiano —fue casi un retorcimiento—, vi a Dios, Yasim y Silva esparcidos por la sala y durmiendo a pierna suelta.

Pit salió de su habitación de forma lo suficientemente escandalosa como para despertarlos a todos, lo que tácitamente agradecí porque empezaba a flotar sobre pátinas de náusea. Silva nos contó mientras se enjuagaba los ojos que había llegado un par de horas más tarde que nosotros y, tras comprobar que nadie respondía al timbre, asumiendo que dormir en la calle no era una opción, trepó por la fachada valiéndose de técnicas felinas hasta alcanzar la ventana.

—¡Eh! Ya son más de las dos. Si queréis presenciar la llegada del Tour, deberíamos darnos prisa. Es decir, como queráis, eres tú —dijo Pit señalándome— quien está ilusionado por verla.

Hice un gesto afirmativo y me fijé en que ya se había asentado en Pit la expresión de una pesadumbre definitiva. Como mantenía la compostura del estoico que habita en la gran urbe, su metamorfosis seguía sin concretarse, pero una crisálida invisible erosionaba su personalidad y presagiaba la caricatura del hombre que había sido.

¿Qué os parece un poco de pollo frito?, propuse, y nadie estuvo en desacuerdo al ceñirse al principio de gorushidad que parecía regir todas nuestras decisiones, así que nos dirigimos al KFC más cercano. Pedimos varios cubos y treinta servilletas. Nos dio algunas menos y Silva insistió en que no podían ser menos de treinta. Tíos, estoy viendo cómo la grasa que flota sobre la Coca-Cola forma la silueta de una calavera, comentaba Dios poco después con la cabeza gacha y las manos empapadas en aceite. Salimos de ahí y pusimos camino a la colina de Montmartre, en cuya cima un par de agentes cacheaban a dos carteristas, uno parecía argelino y el otro era más oscurillo. Pit se mantenía en un segundo plano farfullando Odio París de vez en cuando. Odio París, Odio París, Odio París. El calor resultaba más propio del infierno, más o menos cuarenta grados, una temperatura que derrite el ánimo y todo lo demás, aun así callejeamos abriéndonos paso entre los turistas que sostenían conos de helado y souvenirs, enlorzados dentro de camisetas blancas de tirantes empapadas en sudor, y un poco al margen de todo eso una mujer entrañable de pelo canoso extendía sus pinceles a lo largo de un lienzo virgen y trataba de retratar con una sonrisa la asfixiante imagen de un Montmartre encendido, repleto de terrazas enfervorecidas y turistas estafados que perseguían a los tahúres a lo largo y ancho de una torridez imposible.

Aquella tarde, como estaba planeado, acudimos a los Champs-Élysées para recibir a Chris Froome, consolidado como líder de la carrera y cuyo recorrido por las principales calles parisinas debía limitarse a un mediático paseo triunfal, donde sería aplaudido y venerado por lo menos hasta que se publicaran los resultados del próximo control de dopaje. A la altura del Arc de Triomphe, donde la organización dispuso la llegada, las primeras filas habían quedado ya inaccesibles desde bien pronto pese al calor, y ahora estaban colmadas de parisinos pegados a las vallas como moscas que tanto se adhieren a una crème brûlée como a una montaña de huevos camperos en descomposición. Aunque estaba bastante cansado, no quería perder la ocasión de ver de cerca tan mítico acontecimiento, así que abandoné al grupo y recorrí la ribera enrejada de los Champs-Élysées durante tres kilómetros, sin tomar un solo desvío salvo el necesario para sortear las gradas VIP por el distrito de Madaleine, donde se sucedían edificios imponentes uno tras otro, todos ellos ocupados por grandes firmas de moda, fluían ríos de turistas en ambas direcciones, cargados con grandes bolsas y yo corría con cierta angustia, pero nadie me miraba porque París es la ciudad de los desquiciados.

Llegué a la zona del Palais Royal y contemplé con solemnidad la pirámide del Louvre, pero estaba sediento y el arte carece de utilidad en situaciones extremas. La llegada a meta de los ciclistas estaba estipulada a diez minutos vista, por lo que ya debían de estar a punto de alcanzar mi posición. Avancé y vi con gran deleite cómo se abría ante mí un espacio amplísimo sobre el Sena, atravesado por el Pont du Carrousel. Finalmente había encontrado un espacio libre para asistir a la furia del pelotón desde un mirador privilegiado, ¡y ahí llegaban los ciclistas!, envueltos en un aura mágica que ascendía desde el río y arropaba a los corredores mientras se cruzaban por mis ojos y recreaban todas esas tardes viendo la televisión junto a mi abuelo, sentado a su lado mientras comíamos galletas y admirábamos a vista de pájaro los mosaicos que los campesinos extendían sobre las dehesas, el plato grande que se asomaba en las rampas del doce por ciento, la desaparición progresiva de la cubierta vegetal en los grandes puertos de montaña, el aficionado que trataba de correr más que el ciclista y las ilusiones asfixiadas por un hors catégorie.

IX

El día siguiente era lunes, por tanto laborable; así que nos quedamos Silva y yo solos y decidimos dedicarnos a dar vueltas por la ciudad sin demasiadas expectativas. Aquella mañana llovía, como de costumbre, y las calles parisinas derrochaban aflicción y pesadumbre. Anduvimos por las calles de Saint-Germain-des-Prés y no tardamos en toparnos con el Café de Flore; lucía igual que en las fotos, abarrotado de distinguidos turistas con aires de haber terminado hace cinco minutos de desentrañar todos los dilemas que atormentan a nuestra especie, y también camareros de camisa blanca, pantalón negro y buena talla desplazándose diligentes de mesa en mesa. Así que nos adentramos en las callejuelas que apenas podían retener los ecos del jazz tocado en tiempos mejores, no como los pasos de Silvia, con sus palabras inundándolo todo, sí, pero del jazz aún debía de quedar algo, estaba convencido.

En las repisas de los bajos edificados reposaban multitud de libros usados, en su mayoría de autores extranjeros, clásicos adaptados al francés como Lettre au père de Kafka, el cual tomé justo antes de dedicarle un apurado merci monsieur a su propietario, que se reclinaba sobre una barandilla ribeteada con su camisa de franela roja y un pitillo entre los labios. Dirigió su mirada hacia nosotros y asintió con desgana y yo me prometí aprender francés; podré devolvérselo algún día, decirle cuánto me ha gustado.

Como el sol ya había alcanzado su máximo esplendor y ahora descendía con lentitud hacia su exilio, nos aproximamos a los escalones de Notre-Dame para tomar un respiro. Mientras la noche anterior habíamos visto desfilar allí a las ratas, ahora su piedra proyectaba una orquesta de adolescentes uniformados que interpretaban temas contemporáneos con una técnica admirable. La ruptura que provoca el atardecer en las grandes ciudades es un fenómeno salvaje. La oscuridad confiere a sus calles una atmósfera embriagadora que atrae tanto a los yonquis como a los grandes empresarios, a los grandes pensadores como a las ratas. Conscientes de que la oscuridad dispone un espacio antagónico a la vida, diseñada por el demiurgo para la hibernación y el descanso, todos ellos se lanzan a la calle dispuestos a devorar cada célula de normalidad que encuentran a su paso, constriñen sus ideales, en definitiva, despejan el camino del monstruo. Cualquiera puede refugiarse en la noche, la noche no es más que la segunda oportunidad para los cobardes. Y sin embargo, la noche no está hecha para cualquiera y eso es algo que todas las ratas saben.

En la Rue de la Bûcherie tomé un sobre de ibuprofeno cuando nos frenamos para ver a una banda callejera que hacía sonar multitud de instrumentos en una especie de anarquía deliberada. Clarinete, contrabajo, armónica, todos sonaban improvisados a la vez que construían una esfera rítmica agradable a los sentidos. Un rastafari rubio se agitaba al ritmo de la música y se retorcía lentamente, después, con prolongados espasmos bajo la armónica, jaleaba a un público entregado que ya les rodeaba con sus cámaras compactas, gritaba, gritaba y todos hacían el coro, tarareaban al ritmo que él marcaba. El cielo amenazaba con cerrarse y entendimos que la jornada había llegado a su fin.

Desperté el día siguiente sobre el colchón hinchable que Pit había tenido a bien disponerme sobre el suelo de su comedor, y al desperezarme saqué el brazo derecho fuera del colchón; lo levanté empapado de agua. El salón se había inundado y Pit masculló que odiaba París y no pensaba llamar de nuevo al fontanero.

Sólo nos quedaba una noche en la ciudad. Por supuesto, seguía lloviendo sin parar. Habíamos esquivado veinticuatro horas de multa por estacionar sin ticket en día laborable, y tentar la paciencia de los franceses otras veinticuatro nos parecía arriesgar demasiado. Pero cualquier cosa es interesante si arriesgas lo suficiente a que va a suceder, así que lo dejamos donde estaba y expedimos dos billetes de metro. Debíamos volver al puto palacio de Sarkozy, y nos adentramos en la boca de metro más cercana; era casi mediodía y decenas de ejecutivos se aferraban sobre los asideros de los vagones, contrariados, severos, obsesionados con ser eternos. Había salido el sol y la humedad inundaba el subterráneo, respirar apenas era un privilegio a treinta y siete grados húmedos bajo tierra. Pensé, en un destello de claridad o lo que fuera, que el hombre no está hecho para soportar este ritmo de vida, que debe permanecer en el campo pastando las cabras o cultivando arrozales si es chino, leyendo el periódico a primera hora de la mañana en una cautivadora parcela rural con un sombrero de paja, esposa y tres hijos.

Nos escupimos hacia la superficie y más allá del zaguán los jardines presentaban un aspecto encantador entre sus claroscuros celestes, pero era martes y la entrada al museo, cumpliendo con su día de cierre, se presentaba sencillamente impossible debido a un error fatal de cálculo. Volvimos al piso a media tarde y La Señora Tartamuda mantuvo otra cordial charla con Pit en la que nos volvió a mandar a la mierda, esta vez sin sutilezas, por lo que pude apreciar en el tono de su voz. Pasaron más de cinco minutos en los que intercambiaron impresiones en francés entre terribles dificultades porque ella con frecuencia se encasquillaba en una sílaba, sobre todo en las que acababan en i, con lo que a veces parecía que le hubiera entrado un ataque de hipo, si no un infarto, y según se iba agitando tardaba todavía más en completar las palabras; me asomé por la rendija y vi a ambos hacer aspavientos, de pronto se escuchó un portazo y apareció Pit por la puerta con cara de deflagrar la Bastilla de un momento a otro. Nos ofrecimos a acompañarle, pero estaba muy cansado y añadió que cenaría cualquier cosa y se iría pronto a la cama. Yasim ya estaba de vuelta en Bleury y Fran tenía otros planes, por lo que Silva y yo nos marchamos a contemplar la silueta iluminada de la Torre Eiffel, esta vez aupados sobre la meseta de Trocadero, por si el ángulo determinara la belleza. Nos sentamos en unos escalones que pertenecían al epicentro de una plaza repleta de vendedores ambulantes y amantes de la belleza instantánea, y bien cómodos sobre el cemento bebimos un par de latas de cerveza Steinburg rescatadas del maletero mientras aquella estructura metálica y espídica resplandecía sobre los bajos fondos de la ciudad. En algún punto de esta contemplación captamos la atención de un larguirucho parisino que se sentó junto a nosotros con una sonrisa esquizofrénica aunque amable, tenía los ojos muy abiertos y el pelo castaño y corto, como recién salido de un cómic de aventuras para niños. Sus padres eran argentinos, nos dijo, pero él había vivido siempre en París, así que no sabía mucho español; nos pidió papel pero no teníamos, fuego pero tampoco, entonces preguntó si nos íbamos a meter un poco de coca esta noche, yo lo hago todos los días, dijo mientras se llevaba el índice a la nariz e inspiraba con fuerza sin dejar de sonreír entre espasmos; después saludó a un mendigo que pareció surgir de nuestra sombra, al parecer eran íntimos, más tarde se unió un hombre negro y fuerte y realizaron el saludo del gueto, se pusieron a hablar acaloradamente mientras se retorcían y aleteaban y jamás volvimos a hablar con ellos ni con nadie que estuviera en aquella plaza.

Queríamos cerrar nuestra última noche a lo grande. Nos sumergimos de nuevo en la ciudad subterránea y allí nos dirigimos hacia Truskel, un pub con olor añejo, de tonos verdes y pardos muy frecuentado por el underground parisino donde habían tocado bandas míticas como John Maus y New Order. Aquí conversamos y bailamos frenéticamente con las bellas y amargas parisinas durante horas hasta que ya no pudimos más y nos despedimos de alguna de ellas. Ni a altas horas de la madrugada circulaba el metro, ni teníamos dinero para subir a un taxi, ni conocíamos la ruta espontánea que trazaban los buses, así que nos arrastramos durante una hora bajo la lluvia torrencial que se desató nada más emprendimos el camino de vuelta y sí, quizá podía entender de manera aproximada la razón por la que Pit odiaba esta ciudad; ciertamente no podía desprenderme de la extraña hostilidad de su ambiente ni de la fatídica humedad que ahogaba el espíritu en pleno mes de agosto, pero también me resultaba imposible negar que existía un matiz, muy difícil de explicar con palabras, que cubría delicadamente cada repisa de manera más agradable que la lluvia, y es que había algo hermoso y sombrío en cómo caminábamos, fulminados cuesta arriba, sobre la tierra mayor de una Francia cuyas calles fueron sumideros de tantas personas admirables a lo largo de la historia.

X

Berlín hace soniditos cuando nadie la escucha, ti ti ri, ti ti ri y se sonroja cuando su amiga Mon y yo nos asomamos al salón y nos hace tanta gracia que la tumbamos sobre el sofá y le pellizcamos los mofletes hasta hacerle daño.

Berlín se pierde en un gran recinto y cuando nos encontramos ya no me quiere y me pongo algo triste.

Berlín come lonchitas de pavo durante toda la semana, pero ahora está acostada a mi lado en su cama de princesa, como todos los domingos cuando atardece, y disfruta muy sonriente de una gran tarrina de helado.

Berlín me lleva en coche a la farmacia y paso miedo.

Berlín ha olvidado entregar un documento, se abraza a mí muy fuerte y yo le acaricio el pelo y le digo que todo está bien, que ya lo enviará otro día.

Berlín deja pasar el tren en el andén de enfrente, espera que yo también lo haga. El tren va a efectuar su entrada en la estación y el estruendo metálico irrumpe con furia en el subsuelo. Cuando el vagón se frena ante mí me proporciona un frágil escudo y me invita a a subir, entonces escucho su llanto, me inclino sobre el cristal interior sin que pueda verme y tiemblo, si por lo menos pudiera descifrar lo que corretea por su corazón minúsculo y herido podría abandonarme en la ignorancia… pero el oscuro abismo me invita a asomarme, una y otra vez, hasta que me pierdo en la misma ilusión de la caída y arrastro a todos conmigo, venid, venid que todo ha terminado.

18:45 Un poco de ansiedad, televisión demasiado alta, humedad, la misma historia de siempre, no sacaré ningún provecho de estas horas… la cama sigue sin hacer, ¿vendrán los lobos esta noche? (al fin)

XI

—Bueno, parece que mi vida comienza a carburar en Madrid. Un par de nuevos proyectos en marcha, el primer gran encargo a punto de llegar… y además me han confirmado una entrevista de la que puede salir algo…

—¡Ya ves! —me interrumpió Nebras con su energía habitual—, Estamos los dos en medio de esa brecha. La de tener la angustia del vacío pero también la certeza de que terminaremos en unos meses alcanzando la gloria más absoluta, ¿entiendes? Justo en ese punto en que Cristóbal Colón llevaba tres meses en el mar y los marineros se lo querían cargar. Pero si aguantas una semana… llegas a tierra y eres el dueño del Nuevo Mundo.

Nebras carraspeó al otro lado del teléfono y continuó:

—Oye, ¿y hace cuánto que no escribes?

—Bueno, no he estado muy inspirado últimamente, me siento y tengo la sensación de que no hay nada que pueda aportar, todo está escrito ya…

—Lógico, con tanto esfuerzo para encontrar trabajo ni siquiera tendrás tiempo.

—Pues estar sin hacer nada suele ser mucho peor, ya sabes, se relajan las neuronas y todo eso.

—¡Totalmente! —respondió entre risas—. El punto medio aristotélico es la clave.

—Supongo que ninguna mujer se ha hecho fuerte en tu corazón todavía —dije algo afectado para cambiar de tema.

—Ahora que estoy empezando a dibujar no es algo que me preocupe, la verdad. He salido de fiesta una vez desde que empezó el año, no te digo más. Darle forma a mis ideas está haciéndome recobrar el pulso.

—Ya, si yo estoy igual, con pocas ganas pero al final acabo saliendo casi todas las semanas con Isaac, también él está lanzando un proyecto y parece que, de nuevo, le irá mucho mejor que a cualquiera. Pero vamos, salgo como quien va a tirar la basura, algo rutinario que se hace para no acumular la mierda en casa.

—Borracho eres demasiado para las tías, deberías contenerte, tío. Todo esto te pasa porque bebes demasiado, ya lo sabes.

—Es difícil sentarse a escribir cuando hace mucho que no abrazas a nadie —dije para desviar la atención de nuevo.

—Ya… menos mal que me dijiste que no ibas a salir más, que estabas harto de todo esto… ¡al final siempre vuelves, zorra!

—Es el mítico sandwich solitario con birra, la soledad previa del que va a salir de fiesta, sentado sobre la mesa blanca y el halógeno asfixiante.

—Entonces reconoces que te apetece…

—Me apetece pero no me apetece, es la paradoja de la fiesta —dije.

—¡Exacto! —Y destapó una carcajada limpia; Nebras siempre reía sin reservas.

Debía ser inesperada, pero como todas las fiestas sorpresa fue descubierta con antelación y, como ella adoraba a Pablo, aquella noche se vio obligada a sacar lo mejor de sus dotes interpretativas —y no le resultó fácil ya que pasaba los días recluida en un laboratorio— para hacerse la sorprendida cuando advirtió, al entrar con Pablo por la puerta principal del local, que una veintena de personas le esperábamos con pancartas, guirnaldas y nuestras mejores sonrisas para felicitarla por su vigésimotercer año en la tierra. Nebras, buen amigo de la infancia de Pablo, había subido conmigo a la primera planta para, asomados desde el pretil de madera ennegrecida, arrojar una decena de globos en el momento en que Miriam entrara junto a su novio por la puerta. Pero calculamos mal el tiempo de descenso de los globos y, para cuando estos se hicieron visibles en el nivel inferior, la pareja ya había pasado de largo y se encontraba saludando a los asistentes con gran diligencia. Nebras se alejó del pretil airado y dijo:

—Ni puto caso.

Y bajó las escaleras. El local era pequeño, lúgubre, sólo la presencia de una primera planta abuhardillada le confería una mínima sensación de amplitud. Nebras y Pablo habían estado toda la semana seleccionando cuidadosamente una lista de canciones funk para que sonaran durante la fiesta, pero el dueño del local hizo efectiva la ambivalencia de los contratos verbales y acabó poniendo lo que le salió de los cojones, en palabras de Nebras, principalmente grandes éxitos de electrolatino ante la indignación de los anfitriones y la tácita gratitud de las que se habían puesto tacones y minuciosos vestidos aquella noche.

Desfilaron las primeras copas y con ellas la disgregación por núcleos y yo como siempre acabé fugándome con Nebras. Bajamos las escaleras y tuve que esperar un par de minutos porque Nebras había decidido besar a una chica de la planta baja y no quiso salir hasta que lo hizo. Fuera nos sentamos él y yo y también estaban allí un par de amigas de Miriam, hablábamos de asuntos sin importancia cuando apareció un hombre sin pelo ataviado con una larga capa de cuero negro, su cara constreñida, con los órganos, quizá, demasiado cerca los unos de los otros, se acercó a Nebras y consiguió que se levantara, y estando erguidos frente a frente le agarró ambos brazos y comenzó a agitarlos con una falta de profesionalidad alarmante.

—¿Qué estás haciendo? —le dije.

—Nada que te incumba —replicó mientras le soltaba los brazos y se acercaba a mí, dándome un empujón y haciendo leves intentos por golpearme.

—Será mejor que te quedes quieto —dijo mirando a Nebras y después a las dos amigas con el rabillo del ojo

—. Ese chico debería estarme agradecido, le he perdonado la vida.

—Pero algo quieres conseguir, ¿verdad? —dijo la chica de pelo rubio y rizado, sumándose a mi causa con prudencia femenina.

—Le estoy leyendo.

—¿Leyendo el qué?

—La verdad. Sé que está ahí, sólo tengo que esperar el momento adecuado y podré alcanzarla, la verdad que él ya conoce y la de todos en realidad, porque la verdad es una.

—¿Cómo? ¿Agitándole los brazos, sin más? —añadió la chica. Nebras miraba al vacío con los ojos blancos.

—Existe una verdad muy sencilla que está presente en todas las fases de la vida, pero tú no la conoces: si no tienes ojos, no puedes ver.

—Eso es cierto, no puedo decir que no lo sea —dije con aire precavido y él me miró con cara de dejar de ser amigos.

—Tío, ¿has encontrado algo? —interrumpió Nebras, que ya sentía cómo se desprendían sus brazos del torso. El hombre contrajo más sus órganos faciales y se torció violentamente con grandes gestos de dolor, para reincorporarse como si hubiese sufrido un espasmo.

—Ahora sí, ahora lo he visto claro… tan claro que voy a tener que matarte. —Y sin que pudiéramos seguir el movimiento sumergió el brazo derecho bajo su capa y encañonó a Nebras, que quedó tendido en el suelo y retrocedía con el rostro desencajado. Era el único que no se había enterado de que era un revólver de plástico y acabó gateando como los cangrejos hasta toparse con la pared, y como no podía escalar muros se fue corriendo y desapareció por una escalinata que subía hacia el castillo.

—Queda demostrado que para alcanzar la verdad primero hay que estar dispuesto a aceptarla. Y ahora, es vuestro turno —dijo, y señaló a las chicas—. Sólo necesito que os levantéis, y sé que lo haréis, porque vosotras confiáis en mí, ¿verdad?

—Cualquiera le dice que no —susurré, aunque pudo escucharme y se giró hacia mí y dejó entrever una leve sonrisa estertórea.

Volví a entrar al local y en la primera planta estaban Pablo y Miriam bailando grandes éxitos y con ellos una bella italiana, ella había venido con los tacones más altos, ella miraba al frente con su expresión salvaje, ella se adentraba en el baño con Nebras porque es lo que él siempre hace, en primer lugar los azulejos y la porcelana y después se las lleva hacia el castillo para perderse entre los arbustos, como el gato recopila todos sus vicios ocultos detrás del sofá. Miriam por su parte había abandonado definitivamente la interpretación, y ya entregada a la combustión espontánea bailó junto a Pablo durante toda la noche en el fondo de una probeta, bajo los halógenos ficticios de un laboratorio en llamas.

De vuelta en la planta baja vi a un hombre con gafas y camisa a cuadros que, apoyado en la pared, observaba a las mujeres que se cruzaban con gesto de no iba a hablarte porque no quiero descubrir que en realidad tienes un gusto pésimo y todo lo que piensas es basura pero eres bella y yo estoy solo así que allá vamos, pero cuando pasaba alguna que le gustaba apretaba los labios y permanecía siempre quieto, apoyado en la pared, mirando a las chicas y pensando todo eso.

De nuevo en el exterior, bajé las escaleras que a mano derecha desembocaban en una pequeña plaza hendida, aquí estaba Nebras junto a otro amigo suyo que había traído hierba para que fumáramos todos, y flirteaban con un par de chicas que no conocíamos de nada y a una de ellas Nebras le dijo:

—Tu cara me suena.

—¿Eso no es un programa de televisión? Creo que te estás confundiendo.

—No, no… tu cara me suena, de verdad.

—Olvídalo, no nos hemos visto antes, siempre me acuerdo de esas cosas.

Entonces Nebras señaló el pilar de piedra ocre desgastada que había a su espalda y le dijo:

—¿Que no? Doy una vuelta al pilar y sé quién eres.

Regresé al local por pura inercia, escalé hacia la primera planta, que ahora estaba vacía y llena de residuos de la euforia, y me incliné sobre el pretil desde donde habíamos intentado contribuir al espectáculo. Nebras había sido un buen amigo mío desde aquellos tiempos muertos del instituto, en que nos sentábamos sobre la barandilla de las escaleras del primer piso y mirábamos hacia abajo, intentando huir del precipicio, observando el correteo —veloz, recurrente y esquivo, como el de las cucarachas— de los alumnos y maestros por los pasillos inferiores. Desgranábamos sus debilidades en voz alta como senadores pertrechados en la parte noble del coliseo, aterrorizados por la perspectiva de caer junto a los gladiadores y vernos obligados a combatir. Era como si, tan sólo mirando hacia abajo, percibiéramos con una claridad asombrosa el reflejo de nuestra oscuridad final.

Como no había nada que hacer volví a bajar y me colé en el almacén. Nada más introducirme en el negro quedé flanqueado por dos armarios de cobre, sin puertas correderas, que revelaban en su interior innumerables botellines de cerveza huecos; un crujido metálico me indicó que estaba caminando sobre sus chapas. Hacia el fondo había otra puerta de hierro que traspasé para aparecer en un pasillo estrecho, iluminado por un deslumbrante fulgor blanco que revelaba una sucesión de puertas y más puertas idénticas y enfrentadas que convergían hacia el final del túnel. Y así me puse a hablar solo mientras recorría aquel desfiladero con paso alegre, algo que hasta entonces sólo había atribuido a los locos… tullidos o perturbados que ya caminan como torpes funambulistas hacia el fin de sus días. Y de tanto imaginarme que me caía, me caí.

XII

Atravesamos plácidamente las campiñas del norte de Francia donde el cielo, de un azul inmenso, nos abría paso hacia Calais formando un túnel mágico y centrífugo que exoneraba los cirros en corrientes celestiales. La intensidad del cielo contrastaba con las vastas llanuras anaranjadas que se extendían hacia ambos flancos de la carretera, donde algunas balas cilíndricas de heno se esparcían anárquicamente sobre el terreno y, también, de vez en cuando, estas tierras más bien pardas se interrumpían con la aparición de edificaciones aisladas, viejas, atravesadas por caminos de tierra que se abrían irreverentes desde el asfalto hacia la naturaleza. Pensábamos sobre todo en la vida de aquellos hombres, exhaustos pero dichosos, anhelábamos ser el Hombre del Molino.

Alcanzamos rápidamente el extremo de Pas-de-Calais y allí nos erigimos en flamantes titulares de un billete para cruzar el Canal de la Mancha a más de cincuenta metros bajo la superficie. Si me hubiese parado a pensarlo el tiempo suficiente podría haber dibujado el horror, recreado con absoluta precisión en mi cabeza aquellas tuneladoras gigantes y obscenas horadando pasadizos descomunales en las profundidades marinas. Claro que eso a los ingenieros británicos no les quitó el sueño, y a mí en ese momento tampoco. Para acceder al eurotunnel tuvimos que aguardar en una discreta fila de embarque junto a los pasajeros con los que compartiríamos vagón una vez admitidos en el tren de carga. Estaban justo delante de nuestro coche. Eran cinco y su vehículo, un Volkswagen rojo y desabrido. Bajaron del automóvil como si se hubiese liberado algún gas mortal allí dentro y empezaron a hacer aspavientos, aleteaban, jadeaban, corrían en círculos divergentes, sacaron un frisbee, se lanzaron el frisbee, eran perros detrás de un frisbee. Después se cansaron y lo cambiaron por una pelota de rugby que comenzó a desplazarse levitando sobre el aire ligero de Calais.

La barrera automática se elevó y los cinco corrieron enfurecidos hacia el coche, uno de ellos se asignó el asiento de piloto mientras aullaba I drive, I drive con su marcado acento norteño y, tras calar el motor un par de veces, los hizo salir escopetados hacia el interior del túnel. Dentro tampoco se quedaron quietos. El piloto, vestido con un atuendo inglés de vaqueros y coderas, muy similar a lo que llevaba el resto, extrajo de la guantera una pelota de tenis y, con un gesto despótico, indicó al resto que debían bajarse del coche. Como si obedecieran a una coreografía planificada y ensayada durante meses, replegaron las ventanillas hasta hacerlas desaparecer por la rendija y se lanzaron la pelota a través de los asientos delanteros; así permaneció la pelota, sobrevolando la tapicería de un lado a otro del vagón mientras el sistema de sonido, anticuado pero potente, hacía vibrar el acero atlántico con las guitarras de los Vaccines; Jay Jay Pistolet hacía estallar Norgaard en aquel carromato viejo y gastado que se sentía orgulloso de volver a casa, porque Inglaterra es el único lugar del mundo donde la buena música es pop.

Durante la media hora que duró el trayecto continuaron dinamitando la sórdida paz submarina con gritos, exclamaciones breves y atronadoras risotadas, sorry, sorry! lamentaban ante el atónito padre de familia cuya luna trasera habían golpeado con el frisbee. Silva y yo los observábamos con gran atención. Su actitud nos parecía admirable; la vida es triste y ellos lo habían entendido a tiempo.

El túnel nos escupió directamente a la autopista de Folkestone, una línea recta hasta Londres donde pronto comprobamos que nos adelantaban a toda velocidad por la derecha, como manda el código de circulación inglés. Hay muchas maneras de consternar los sentidos y casi todas ellas se ensañan más con las costumbres que con la inteligencia. Sin embargo, y pese a que la travesía por la isla no estaría libre de sobresaltos, asimilamos los nuevos axiomas viales con relativa rapidez y, a partir de ese momento, no hicimos más que pensar en millas, medir en pies y sufrir en libras.

Pero basta de eso. Entramos por la autopista del sur y buscamos el hostal donde habíamos reservado una habitación, probablemente la más cochambrosa en varios kilómetros a la redonda, acorde a su precio. Así fue como recalamos en el distrito de Brent, situado al noroeste, al parecer uno de los barrios negros de Londres, expositor universal del pollo frito, bulevar de gangas y calles impregnadas de actitudes irreverentes, africanos, jamaicanos, todos comprando fruta y quedándose pasmados frente a las tiendas de discos, en cuyo exterior se apilaban grandes hileras de mesitas desvencijadas cubiertas con vinilos de grandes éxitos de funk, northern soul, reggae, jazz, algunos bailaban, todos sonreían, cruzamos esquinas en las que se frenaba un negro y esperaba a que pasara otro y se entregaban una papelina y se marchaban.

Las calles de Brent vibraban atestadas de negocios locales coronados por rótulos gigantescos, como si certificaran su posición jerárquica a través del tamaño. Brent se presentaba ante el mundo como una verdadera galería de arte vanguardista dedicada al pollo frito y sus vitrinas, con frecuencia, nos tentaban a través de suculentos folletos que anunciaban ofertas irresistibles. Como estábamos famélicos nos dirigimos al restaurante que, tras un fugaz reconocimiento de 360º, galardonamos con el Rótulo de Mayor Tamaño (RMT). Pedimos pollo frito como literalmente no podía ser de otra manera, aderezado con patatas fritas mientras el dependiente, que era jamaicano, nos miraba con una mezcla de solidaridad y deferencia. El día anterior había descarrilado un tren de alta velocidad en Santiago causando más de setenta muertos y nosotros nos habíamos enterado de la noticia unas pocas horas antes, Silva lo había leído en un vagón de metro donde, por lo visto, solían dejar cada mañana sobre su posadera de terciopelo rojo acolchado un buen número de periódicos locales. Maradona —así lo llamábamos por su increíble parecido al Pelusa— nos había oído hablar en castellano y quería conocer de primera mano lo sucedido. Su preocupación nos conmovió y advertí, porque a mí me sucedió algo parecido, que hizo sentir un poco culpable a Silva, al no haber podido notar en su interior más que un gélido temblor pasajero tras leer aquellos titulares en grande. Solemos distribuir nuestra empatía por criterios de proximidad y, a miles de kilómetros del siniestro y sin familiares implicados, el impacto quedaba drásticamente atenuado en nuestro equilibrio, como la brecha indolente que se abre entre la picadura de una avispa y el aterrizaje sobre la piel de una mosca. En cambio, a Maradona la noticia parecía afectarle de un modo personal, lo que consolidó la certeza de que éramos monstruos impávidos, así que decidimos comer pollo frito hasta reventar.

Mientras devorábamos la carne y descuajábamos las piezas con las manos, Maradona vio pasar por delante de la puerta a una madre árabe que caminaba por la calle con su hija, corrió hacia ellas agitado, les rogó que esperaran un momento, y ellas acataron como sólo se acata cuando has perdido el orgullo. Juntas dibujaban un paisaje desangelado y tierno. La mujer llevaba velo y una desgarbada túnica de colores pardos. La niña, con su pelo descubierto del color del ébano, vestía unos pantaloncitos cortos negros y una camiseta rosa de tirantes desteñida. Maradona se inclinó de cuclillas ante ella, compensando la diferencia de altura.

—Yo hoy no tengo hambre… ¿tú tienes hambre? —preguntó con esa mueca en la frontera entre la empatía y el ridículo con la que algunos adultos se dirigen a los niños.

—Sí —respondió la niña, y sonrió tras una rápida vacilación. Su madre miraba al frente sin pestañear, languideciendo, como si una varilla de rebozado picante estuviese perforando su orgullo.

Maradona entró al restaurante, desapareció bajo el mostrador y volvió con un recipiente de cartón que contenía un pizpireto menú infantil con mucha más comida de la que el minúsculo estómago de la niña podía procesar en dos días. La mujer cogió la mano de Maradona y la apretó entre las suyas, le dio las gracias y se fueron. Ahora ya no había lugar para la duda, Maradona era un santo que había descendido de los cielos para hacernos sentir miserables, lo que nos entristeció y nos hizo engullir aún más rápido la carne, que era todo lo que podíamos hacer por el momento. Nos sentíamos desdichados, pero contentos.

—A la gente negra le encanta el pollo frito, pero a los blancos… ¡puaj! —dijo Maradona con una mueca de asco—. Ellos piensan que es basura —añadió mientras removía las piezas de pollo bajo el mostrador con una indiferencia que nos hizo recobrar el ánimo.

Maradona quiso saber a dónde nos dirigíamos, estaremos por aquí unos cuantos días, respondimos, y después si todo va bien nos cruzaremos con los belgas. Maradona se mostró satisfecho con la respuesta y nos indicó que había estado hace poco en Barcelona con unos amigos, dijimos que había edificios bonitos, prometimos volver a su restaurante y nos largamos.

Antes de bajar al centro regresamos al hostal para apaciguar la fiera que se agitaba en nuestro estómago. En la recepción advertimos que se trataba de un negocio regentado por pakistaníes y uno de ellos nos ayudó a conectar nuestros cargadores a las tomas de corriente inglesas, en las que no encajaban. Cuando le comentamos el problema se hundió bajo su escritorio y regresó a la superficie como flamante poseedor de unas tijeras. Parecía que todo iba a saltar por los aires de un momento a otro mientras hurgaba con sus manos cafeinadas en el encaje, pero aquello funcionó. Por lo visto la única diferencia entre nuestros enchufes y los suyos radica en una toma de seguridad que, si no se acciona, impide la entrada de las dos clavijas relevantes. A fin de cuentas, nuestra cultura y la británica separadas por unas simples tijeras, pensaría un lerdo. El hostal estaba compuesto por una red laberíntica de angostos pasillos recubiertos por un tapizado grana —más bien un tono escarlata invadido por los ácaros—, millas de tejido barato con motivos hindúes que conferían a la estancia una cierta pasividad exótica. Hacia el fondo una claraboya tamizaba la luz del mediodía, que penetraba desaforada dotando a aquel santuario del descanso de un cariz místico y agradable. Exploramos la habitación y pronto descubrimos que el suelo de nuestro baño disfrutaba de un desnivel no inferior al diez por ciento, y cuando uno se sentaba en las espuertas fecales debía cerrar bien las piernas para no quedar atrapado entre la mampara y el azulejo.

Cogimos un double decker que se dirigía al centro y avanzamos como equilibristas hacia el piso superior. Un hombre negro se acercó a dos italianos con gafas de aviador que estaban sentados en la parte trasera, The less you sleep, the more money you earn; the more you sleep, the less money you earn, les decía mientras gesticulaba con los brazos y, como sus palabras eran muy razonables, los italianos no tenían más remedio que asentir.

En Westminster un grupo de jamaicanos reproducían un show elástico frente al Támesis ante la atenta mirada de los turistas, fue su música frenética la que nos condujo hasta el London Eye y en lo más alto pensé que no me quería morir, al menos no todavía. Londres resplandecía a mis pies, resquebrajada y enorme, y también pensé que si fuéramos gaviotas todo sería diferente, etc, después me avergoncé de estos pensamientos y me entró mal de alturas. Silva, ajeno a mis tribulaciones en una esquina de aquella cabina descomunal, permanecía inmóvil con la mirada fija en un sol que se desvanecía bajo el horizonte urbano, como contemplando el Gran Incendio.

Nos metimos en otro autobús doble, me senté en la ventana y me puse a mirar por ella, los carteles publicitarios retroiluminados se deslizaban ante mis ojos como diapositivas frenéticas, casi podía sentir el logotipo del anunciante escapándose del soporte luminoso y perforándome la frente para posicionarse favorablemente en mi escala de preferencias. Bajo esas luces caminaban los hombres, sombríos, y tuve la sensación de que en esta ciudad todo el mundo parece estar buscando algo, pero nadie sabe bien qué; nunca olvidaremos esta noche, me dijo Silva.

Bajamos cerca del Soho y entramos a un lugar llamado The Roxy, donde nos movimos al ritmo de Hallucinations y bebimos cócteles gigantes con desconocidos. Uno de ellos era espigado y castaño, puro hueso, como si la tela de su camisa estuviese absorbiendo todo el agua de su cuerpo, dejándole al descubierto. Hablaba muy deprisa y parecía excitado, tenía un poco de pluma aunque le acompañaba una rubia preciosa a la que no dejaba de mirar. Nos habló de nuevo del accidente de Santiago y nos rodeó por los hombros, trazando un arco férreo con sus escuálidos brazos.

—Ahora somos una familia —declaró melancólico—, y vamos a entrar a este after como una familia. Nadie se queda detrás. Yo a los españoles os llevo en el corazón, el resto, ¡ah, que se mueran! —exclamó girándose hacia un pakistaní estrábico que aguardaba con su rickshaw a una distancia prudencial, con la esperanza, demostrando visión comercial, de que el grupo se disolviera y alguno de nosotros volviese a casa aprovechándose de su lánguido y económicamente abusivo pedaleo.

En algún momento de la noche se nos pasó a todos por la cabeza que no íbamos a vivir más allá de unas horas. El inglés espigado y la rubia se contemplaban, palpaban sus traseros con lujuria y asco, ocasionalmente la chica rubia se acercaba a Silva o a mí y nos procuraba gestos lascivos mientras el inglés espigado observaba la escena con los ojos inyectados en sangre y sonrisas coléricas. De alguna manera acabamos hablando con un colombiano que también estaba en la puerta del after y detestaba a los ecuatorianos. Al principio lo confundimos con uno de ellos y se mostró muy ofendido, nos reprochó que en absoluto, los ecuatorianos son como más indios, más inferiores, dijo. Lo que bullía dentro de aquel after resultó ser una fiesta privada y lógicamente no nos dejaron pasar, allí se sucedían incesantemente, bajo la atenta mirada del mastodóntico guardián trajeado que custodiaba la puerta de entimg_size=”full” img_size=”full” alignment=”center” css=”.vc_custom_1476697347484{margin-top: -35px !important;}”rada con el ceño fruncido, pequeñas ráfagas de hombrecitos apocados, acompañados por grandes mujeres envueltas en elegantes vestidos negros de cuello abierto. Así pues, formábamos parte de una ecuación cuyas diversas resoluciones abocaban indistintamente al fracaso: un gaylord inglés, un colombiano racista y misántropo —no confío en los africanos, no confío en los europeos, no confío en los esquimales—, una rubia guapísima, Silva y yo, enfrentando las inquinas de otros dos pakistaníes que intentaban convencernos para llevarnos a un club de striptease por veinte libras propina aparte. El colombiano era repugnante y parecía estar forrado. Intercedí para que nos invitara a todos, pero su generosidad parecía limitada por una suerte de cordura involuntaria. Todos éramos seres abyectos y no entraba en nuestros planes el irnos, habíamos acabado en el mismo punto de Londres en mitad de la noche por algún motivo y no queríamos despreciar la furia del destino. Pero no había mucho más que hacer. Regresamos al hotel Dios sabe cómo, y cuando pulsamos el timbre de la fachada exterior, gris, amortajada, tras lo que percibí como una eternidad, apareció por fin el recepcionista con las pestañas selladas bajo los párpados, sintiéndonos a través de vías alternativas, pues tras aprovisionarse de una manta se había echado a descansar sobre el suelo de su cubículo, apenas un conjunto de cuatro baldosas junto a la alacena, y ahora lo habíamos despertado.

XIII

Despertamos temprano para aprovechar el desayuno que ofrecía el hostal, un buffet del que me serví zumo de naranja y pan tostado hasta que la sirvienta —que estaba encargada de tostar cuantos quisiéramos y rellenar la jarra— empezó a tratarme con expresión de forastero non grato. Las mañanas segregan un aroma renovado que infunde a la voluntad el deseo de hacer cosas, así que nos pusimos en marcha. Fue mientras caminaba hacia la lavandería cuando adquirí conciencia de las tareas rutinarias, las que antes realizaba de manera automática y ahora debía andar kilómetro y medio para tener calcetines limpios el día siguiente. Sólo entonces entendí que estaba lejos de casa.

Comenzaba la tarde y fuimos al centro a dar una vuelta. A un par de manzanas de la estación de tren de Willesden Junction dos negros se pasaban papelinas y billetes frente a la entrada de una comisaría. Hablábamos bastante bien inglés —Silva mejor que yo—, pero no entendíamos nada de lo que los conductores de metro retransmitían a través del interfono de los vagones, así que nos concentrábamos en la expresión de los viajeros para deducir la naturaleza del mensaje, y cada vez que el conductor abría el canal yo creía que se trataba de un aviso de bomba y empezaba a sudar con violencia, hasta que comprobaba que nadie huía despavorido y conseguía tranquilizarme. Después caminamos hacia una parada de bus para efectuar el transbordo; sentado al lado de una marquesina que anunciaba la nueva película de Winding Refn, Only God Forgives, un hombre con rastas rezaba el ramadán en un iPad mientras esperaba la llegada de su línea. La noche comenzaba a cerrarse sobre las casas de ladrillo. El conductor, un asiático bajito, ni siquiera miró nuestro título de transporte cuando subimos.

Habíamos quedado en la plaza de Picadilly Circus con Jandro, con quien en el pasado había realizado algunos trabajos relacionados con el dibujo corporativo, él era diseñador gráfico y, aunque ambos estuvimos viviendo en Madrid en el mismo espacio de tiempo, no habíamos sentido la necesidad de vernos desde aquella tarde que nos presentaron por correo electrónico, práctica que, por cierto, sería catalogada como alienante por los que otorgan a las nuevas tecnologías la consideración de antagonistas del impulso homínido primigenio de salir a la calle, como si la distancia física que media entre dos personas determinara funestamente su intercambio de pareceres. Me siento de algún modo obligado a hacer aquí un breve y furioso inciso acerca de la naturaleza de la comunicación digital, que, más allá de catalizar las agitaciones sociales tan celebradas por los defensores de la democracia, además, en un plano más íntimo, facilita el proceso de filtrado de actitudes tendenciosas e imprecisiones derivadas de la inmediatez, responsables de que todo lo interesante que tiene una persona pueda quedar maniatado por ciertas exigencias coyunturales. De hecho, conocí a buena parte de los amigos que conservo a través de medios virtuales, desde los cuales fuimos accediendo a campos concéntricos cada vez más próximos al núcleo; atravesábamos las fronteras de la confianza de fuera hacia dentro, no en sentido inverso, que es lo que sucede ahora, y son tan frágiles los nuevos vínculos que se harán pedazos como la tierra seca se resquebraja ante el menor apremio.

—Hay muchas cosas que no conocemos de nosotros. Y eso me gusta —confesóme un día Rubio.

A Jandro lo acompañaba su hermano Daniel, o el gañán de Vallecas, como lo llamaba Silva en privado. Jandro era fino, alargado y fresco como el cáñamo, su tabique nasal quedaba atravesado por un aro metálico que le confería cierto aire bovino, también los lóbulos perforados por dos anillos extensores pero, pese a la complejidad de su aspecto, de algún modo Jandro seguía luciendo actual y respetable. Daniel, de visita en la capital británica, era un calco exacto de su hermano; por un momento pensé que quizá se hubiera desdoblado de su eje en los inicios, alumbrando un espejismo simétrico e independiente, adquiriendo Daniel en la mitosis, sin embargo, una expresión más inquisitiva y escéptica. No estuvieron exentos los primeros minutos de tensas contemplaciones telepáticas, como si en cualquier momento fuéramos a darnos media vuelta para batirnos dos a dos en duelo bajo los afiches de neón que centelleaban periféricos a nuestras cabezas. Pero no llegó la sangre al río —que estaba a tres calles— y conversamos sobre planes pasados y fracasos futuros y Jandro nos contó que en su pueblo un día le atracaron cuatro tíos pero él tenía una navaja; lo narraba con serenidad y palabras malsonantes mientras bebía, escupía y fumaba en fases cíclicas, hasta que en una de ellas paró de hacer todo eso y dejó la historia a medias. Sin embargo Daniel, atendiendo a la necesidad de epilogar la hagiografía de los bajos fondos esbozada por su hermano, añadió que a él una vez le atracaron y se llevaron todo el dinero que llevaba encima; entonces se fue a su casa y regresó rápidamente a la escena del crimen con un cuchillo jamonero, pero para entonces esos cabrones ya se habían largado.

Estábamos sentados en las escaleras de la fuente cuando de pronto un hombre que se desplazaba en tramos exiguos mediante espasmos empezó a gritar. Desde fuera de campo apareció otro hombre fornido y rubio que se dirigió hacia él con firmeza e intentó pacificarlo con un apretón de manos, el más tenso y ardiente del nuevo siglo, e intercambiaron unas palabras agarrándose de la nuca con las dos manos, estrechando el espacio entre sus cabezas, configurando una bóveda, después se fueron, comenzó a llover y el cielo se inundó de gaviotas que batían sus alas en cualquier dirección y se perdían bajo la inmensidad del ocaso.

Correteamos por las calles de Londres sin ningún propósito hasta que unas horas más tarde acabamos en el mismo sitio, redimidos, porque aunque Daniel no aceptaba que su hermano fuera tan abiertamente homosexual, terminamos convenciéndole de que éste era un hecho que no tenía realmente importancia; nos dimos cuenta de que todos estábamos cansados y éramos humanos por igual, la universalidad de la carne, la hiperconciencia, etc. Picadilly Circus representaba la esencia, la complejidad de la noche reducida y cuando todas las discotecas cerraron sólo había un lugar al que ir, pertenecíamos a aquel cruce de caminos. Un hombre alopécico apareció con un saxo y comenzó a tocar, nos acercamos y a su vez lo hizo más gente, cada vez más y más y más, saltábamos y al caer ya éramos veinte o sesenta, sudábamos, el hombre del saxo se inclinaba sobre sí mismo, se retorcía buscando un poco de aire, daba vueltas sobre su eje y sobre el nuestro, dominaba el mundo, Mr. Saxo Beat, diez minutos después ya era sólo un hombre tocando un saxo y todos se fueron.

Volvimos a sentarnos en la fuente y se acercó arrastrando los pies un inglés pálido, rubio y loco que flirteaba sin éxito con los grupos de chicas que estaban sentadas en los peldaños con sus amigas, pasaba de unas a otras según iba fracasando en el intento, a veces se giraba hacia nosotros con ojos vidriosos y abiertos y gritaba I’m the mad english!!!!!, parecía simpático y mórbido, me propuse ayudarle pero aquello era imposible, él era la antítesis de la sutileza y si había algún rasgo canónico que las mujeres buscaran en un hombre él definitivamente no lo tenía, después vino un hombre negro muy musculado que se puso a hablar con nosotros y le vendió farlopa al rubio loco después de que nos hiciéramos todos una foto. Entonces desapareció y nos quedamos viendo cómo the mad english se hacía una raya perfectamente alineada sobre el borde de la fuente. Persistió en su empeño y no puede negarse que al menos su determinación fuera admirable, lo intentó con otro grupo de jovencitas que reían, ji ji, ji ji, se acercaba a ellas y el fracaso siempre en ciernes, entonces se giraba hacia donde estábamos, eufórico y compungido y decía, I’ve tried, I’ve tried

Silva estiró el cuello, enfocó hacia lo lejos y vio que llegaba nuestro bus por Regent Street, abriéndose paso entre una maraña de focos que rompían la noche londinense en esa sinuosa curva siempre alerta, dispuesta a traer algo nuevo, entre sus colosales edificios iluminados por millones de antorchas, en el Hotel Café Royal los despertadores atronaban con la llegada del nuevo día y corrimos con mucha urgencia porque estábamos decididos a coger ese bus o morir en el intento, gritamos goodbye aunque ya nadie nos oía, y menos los hermanos que se arrastraban por el asfalto londinense como serpientes en busca de la manzana prohibida, y antes de darnos cuenta ya nos encontrábamos frente a la puerta de nuestro santuario del descanso, esperando a que el pakistaní saliera de su mortaja con los párpados pegados al suelo.

XIV

Mientras Silva se bajaba del coche para llenarlo de combustible, un grupo de cuatro o cinco rusos bebían vodka sobre una ruina de ladrillo que se erguía como un islote en mitad de la calzada. El cielo parecía una enorme alfombra blanca en movimiento y nos abandonamos sobre ella para que nos condujera hacia York, un pueblecito de aspecto medieval donde el tiempo parecía en rebelión silenciosa, negándose a transcurrir. En la plaza principal un hombre dignificaba la atmósfera sentado sobre una silla angulosa de cedro; cuando le pregunté extasiado por la naturaleza de su instrumento, me contestó orgulloso que lo que reposaba bajo la huella de sus dedos era un autoharp eléctrico; así que se trataba de cuerdas alemanas, mecidas por un gran hombre de papada profusa y pelo canoso que componía soterrado bajo un borsalino blanco, chubasquero azul marino, gafas de montura sencilla y así veintinueve años, chico. Aquel hombre rozaba las cuerdas como si no quisiera implicarse con su música, como si anhelase un fluir espontáneo de la melodía sin verse obligado a introducir la presencia de unas grandes y arrugadas manos, las suyas, que acariciaban mansamente las cuerdas frente a la catedral inabarcable.

La vida parecía congelada en el York Minster de media tarde, pero el color que se degradaba en el cielo nos advirtió de nuestro error, así que Silva volvió al volante y nos catapultó hasta las afueras de Leeds, donde pensábamos alquilar un camping de última hora. Los sudafricanos han interpretado tradicionalmente la lluvia como una invitación inequívoca y bienintencionada de Dios hacia las puertas del cielo, y a mí me hubiera gustado mantener una conversación con San Pedro porque, de nuevo, recibimos una cuidada selección de exequias angelicales vomitadas con desprecio desde el paraíso o, fusilando toda lírica, se nos vino encima un aguacero como jamás habíamos visto. En vista del panorama abandonamos la idea de dormir bajo techos de dudosa rigidez y buscamos cobijo en Mánchester; allí nos quedamos en un hotel de tres estrellas cerca de Old Trafford, el teatro de los sueños, aprovechando una escandalosa oferta de última hora.

El nuevo día amaneció como había terminado el anterior, con una ráfaga de agua estrellándose contra los grandes ventanales de la habitación, contra el asfalto, contra los semáforos, contra los contenedores, bañando a todos ellos por igual con una ecuanimidad impropia de las catástrofes naturales, quizá por eso pensamos que no lo era y bajamos para comenzar un nuevo día.

Resguardado en la zona techada del exterior un hombre mayor fumaba con tranquilidad su pitillo:

Welcome to Manchester! —nos dijo con una sonrisa eterna y, cambiándose el cigarrillo de mano, alzó su dedo hacia el cielo y gritó—: This is everyday’s Manchester!

Tras una emocionante visita por Old Trafford nos dirigimos al centro de Mánchester, que confirmó nuestra impresión de que era tosca y gris, también admirable en su orgullo hooligan de primera ciudad industrial, riachuelos serpenteaban por los alrededores de la catedral que se veía, a lo lejos, desde el punto donde habíamos quedado con Dick el granaíno, otro diseñador gráfico con el que compartí piso en Madrid hasta que se quedó sin dinero y volvió con su madre biológica, que ya había emigrado a Mánchester y se había casado con un pakistaní, con el que tenía dos hijas. Había muchos pakistaníes allí, debido a la colonización; también en la plaza donde estábamos algunos de ellos vendían salchichas y otros hablaban, pero también vendían salchichas, creo.

Dick se liaba un cigarro y lamía el papel. Dick era bajito, rapado, de ojos fúnebres pero intensos bajo su gorra de los Dodgers. No había cambiado en nada desde la última vez que le vi, hablaba muy rápido, sin dar tregua, como si tuviese que liberar con urgencia todo lo que le abrasa por si sobreviniese la explosión definitiva, pero hasta que eso no ocurriera él no se rendiría, por mucho que le incomodara todo esto seguiría teniendo fuerzas para quejarse en voz alta. Dick me seguía transmitiendo fragilidad en su forma de moverse como si fuera una onda, pero en su nueva etapa conseguía de algún modo contener el vínculo entre cuerpo y alma, había en él una vitalidad inesperada; ahora sus esclusas funcionaban de manera envidiable.

Dick había traído consigo a un amigo español que también llevaba una gorra negra pero puesta del revés, lo que le otorgaba una configuración aerodinámica favorable, pese a su gran envergadura. Tejida sobre la visera podía leerse la palabra «Brooklyn», estampada en una tipografía norteamericana y en consecuencia excesiva, era alto y lánguido y fumaba hierba en intervalos coléricos con los párpados entrecerrados. Había dejado de llover al fin. Los brazos le colgaban del torso y cuando caminaba parecía desplazarse con la inercia del viento, sin mediar ningún tipo de esfuerzo en el proceso. Tomamos unas cervezas en un local escondido bajo un puente y Masacrai, así se llamaba en Facebook, nos confesó que era vegano desde que había visto un vídeo en YouTube.

—Es el ciclo de la vida —apunté contrariado.

—Es el ciclo que nosotros hemos creado —replicó Masacrai.

Decía eso y yo se lo perdonaba en un momento en el que el fervor hacia lo divino, gracias a internet, el avance de la ciencia y el interés de las cadenas generalistas en que la población adore a dioses paganos (sus contertulios), había sufrido de algún modo una simplificación del acto de fe, convirtiéndose en un proceso material. El hombre europeo podía abandonarse sin sufrimiento, amparado por la perspectiva del fin. Pero empezaba a darse cuenta de que la asimilación científica suponía un acto de fe en sí misma, y ese salto sin red se presentaba confuso, complejo, los paradigmas resultaban mucho menos digestivos que los salmos. (Y además la ciencia ofrece millones de revelaciones a quienes se adentran lo suficiente en ella, pero encuentra su freno en las cuestiones que más angustian al hombre). Necesitaba creer en algo que ofreciera respuestas sencillas y, a ser posible, sin esforzarse en exceso. Pero como tal cosa no existe (aunque la pizza ha intentado ocupar ese lugar), eligió denunciarse a sí mismo, autoinfligirse asco. La alternativa a este castigo no se sostuvo: colmarse de experiencias y pensamientos trascendentales para acabar vomitándolo todo. Al final del día sólo quedaba la angustia. Así la misantropía se fue convirtiendo en la tendencia del nuevo siglo: el hombre como prototipo fallido, como torpeza evolutiva. Este rechazo frontal al individuo se ha propagado rápidamente gracias a su efecto analgésico. Incluso podría decirse que la manera que tienen de divertirse los jóvenes es una forma de castigarse, de entender prematuramente su estupidez y olvidar, de paso, su trágico destino. Y al margen del hedonismo se encuentran las personas concienciadas, que cada día alumbran nuevas asociaciones de misántropos, más o menos organizadas, cuya misión es preservar todo aquello que nuestra especie, estúpida, imperfecta y arrogante, amenaza con destruir: la tierra, las plantas, los animales… sin caer en la cuenta de que son completamente ignorados por aquello que intentan proteger, como blandiendo una espada hacia el vacío.

—Pues el marido de mi madre me odia —dijo Dick, que no era de meterse en berenjenales—. Cada vez que me siento a comer con ellos se me queda mirando fijamente con una mueca de asco, como si yo fuese un cerdo, y ya me habría devorado si no lo tuviese prohibido. No soporta que defienda a mi madre cuando la trata peor que a los escombros. Encima ayer fue mi cumpleaños y sus amigos me regalaron un panel de madera con el nombre de Alá tallado, el típico regalo de mierda que se hacen. Mi madre quiere divorciarse cuanto antes, pero le aterra decírselo. Algún día me volveré loco y… ¡entonces va a saber quién es el Granaíno, hostia!

La lluvia comenzó a caer de nuevo. Masacrai y él se adelantaron por las calles estrechas de Mánchester y Silva y yo los observábamos desde la distancia, nosotros estábamos cansados, ellos andaban con gran tristeza, eran exiliados. Iba cerrándose la noche mientras paseábamos por estas calles históricas y me acordé de Nebras cuando nos topamos con el 42n Street, imaginé las calles teñidas de un éxtasis fluorescente y frenético, sepelio de narcotraficantes caídos, entelequias aferrándose al espíritu de la Haçienda. Poco antes de salir le había prometido elevarme hasta la cima de una azotea con la camiseta de los Stone Roses que él mismo había diseñado y que llevaba puesta y desde allí, con el mundo a mis pies, arrojar billetes de de cincuenta libras al ritmo de Sally Cinnamon bajo una lluvia profética, pero ya teníamos reservadas dos camas esa misma noche en un hostal de mala muerte en nuestro próximo destino, así que nuestra única opción era despedirnos y así lo hicimos, sin grandes ceremonias, pero prometiendo vernos todos de nuevo en Liverpool o en cualquier otra parte, no aquí de nuevo, no con la densa lluvia, eso sí era seguro.

XV

Existe una línea que se expande sobre los límites de un segmento secreto, y sólo mi muerte la desdibuja, porque esa línea no es más que concepto, necesita una maquinaria del terror que la procese, a fin de cuentas, me necesita. Y si depende de mí, ¿por qué tengo tanto miedo? Aunque no la comprendo, defino su existencia, y sin embargo me controla, pretende hacerme creer que lo verdadero no empieza ni acaba conmigo, me dice que no soy más que un obstáculo para la eternidad, y que apenas existiré unas cuantas generaciones más, un par, quizá, si hago las cosas bien, mientras otros hombres, aunque privados de consciencia, sobrevivirán a las civilizaciones a través de sus obras, algo sin duda reservado a los genios, una clase a la que yo no pertenezco, una clase para la que sólo queda mirar a las estrellas y bendecirlas porque la muerte acecha y cuando ellas se apaguen ya no habrá esperanza para nadie.

A una clase de razonamiento similar puede aspirar el hombre a través del meticuloso estudio de la complejidad y su posterior descarte, pero es también sin duda el delirio que alcanza, sin mediación del esfuerzo o la angustia del conocimiento, el esbirro que aprieta el gatillo por primera vez y taladra un cuerpo a quemarropa. La sangre crepitaba por mis venas, perforábamos la noche con la luz tuberculosa de los faros delanteros. En la carretera los arbustos se insinuaban a mi derecha, sibilinos, atemorizados por el paso del tiempo.

El hostal que teníamos reservado estaba en la misma calle que Anfield, dato que desconocíamos cuando hicimos la reserva, y dos casualidades seguidas ya eran muchas. Cuando nos aproximamos a la zona vimos que estaba situado al final de una calle típica inglesa, flanqueada por adosados individuales de ladrillo rojo en los que el cartero debía de pararse cada trece segundos. Después de invadir un carril en sentido contrario y eludir por poco un accidente frontal llegamos a la zona ajardinada —por decir algo— de nuestro nuevo refugio, que consistía en un cuadrado enorme de cemento y dos dedos de césped en el borde. Una veintena de turismos, junto a alguna furgoneta de particulares, conformaban el perímetro del cuadrado dejando libre el centro, como si buscaran que un helicóptero aterrizase en su seno. Aunque quedaba alguna plaza libre, conocedores de la rigidez normativa de la cultura inglesa, aparcamos el coche a dos manzanas del hostal.

Entramos y aparecemos en la recepción, como es habitual, claro. A mano derecha hay un desnivel escalonado cuya pared, repleta de ornamentos relacionados con los Beatles, marca el ascenso hacia las habitaciones del nivel superior; la mirada inquisitiva de Lennon a la altura del tercer peldaño nos recuerda que pisamos una tierra sagrada.

Se asoma un inglés acalorado, de complexión fuerte, pelo blanquecino y camisa abierta, parece uno de esos veteranos de guerra norteamericanos que se toman un daiquiri en la cubierta de su yate. Silva da un paso al frente:

—Hola, teníamos una reserva. —Pasan los segundos y la conversación no fluye hacia ambos lados, eso suele ser problemático si no eres político. Silva le mira fijamente, quizá se ha presentado de forma inadecuada, ha profanado su espacio sagrado al no realizar una reverencia ante los Beatles al entrar, o igual aquel hombre acalorado y corpulento no es más que un simple huésped que ha abandonado su asueto para fumarse un cigarrilo y está tomándose demasiadas libertades: Silva no puede saberlo. Silva mira y yo le devuelvo la mirada y volvemos a girarnos hacia el hombre que aguarda, al parecer, nuestras instrucciones.

Estoy cerca de coger una llave del casillero y atenderle:

—Su habitación, señor. Acompáñenos.

Pero las facciones de su rostro se contraen progresivamente hacia una agresividad inmóvil y devastadora que nos hace entender de una vez que no estamos tratando ni con un huésped ni con un sucio empleado raso, sino con el legítimo dueño del distinguido Anfield Road Inn.

—¿Podemos aparcar aquí? —pregunta Silva tras solucionar el malentendido.

—No.

Nos quedamos callados otros cinco segundos, sin saber qué decir. Esperamos una explicación de cortesía, una motivación sólida para tan rotundo desplante.

—No —reitera, negando con la cabeza con los labios sellados.

De pronto, para nuestro alivio, irrumpe en escena otro hombre, tras atravesar una cortina que filtra sin éxito alguna fiesta a la que no estamos invitados. Éste es un inglés bajito y servicial que lleva unas relucientes gafas circulares. Me veo reflejado en su lente derecha, no tengo muy buen aspecto, nos pregunta por la reserva, se la damos, ambos desaparecen. Regresan pronto y el inglés servicial, que se presenta como Milton, nos informa de nuestra situación:

—No es aquí donde pasarán ustedes la noche. Ahora estamos en un hotel regentado por Roger —apunta señalándole, mientras traza un semicírculo hacia su derecha con la mano abierta—, sólo que tengo situada aquí la recepción de mi hostal, que es el que les corresponde; se estarán ustedes preguntando por qué; bien, principalmente por motivos de espacio. En cualquier caso, esperen un momento, se lo ruego.

Desaparecen de nuevo escaleras arriba ante un Lennon reverencial. Silva y yo volvemos a mirarnos y empiezo a sentirme como en una película de Von Trier. Bajan.

—Bien, podemos ofrecerles una habitación aquí, en este hotel, por veinte libras más.

—Pero nosotros hemos reservado un hostal —replica Silva.

—¿Se trata de una cuestión semántica? —inquiere Milton con curiosidad y deferencia.

—Es más bien de solvencia.

—Hmm… ¿Qué podríamos hacer entonces?

—No sé, díganoslo usted.

—¿No preferirían quedarse en una habitación AQUÍ, en un HOTEL, y no en ese hostal que podría estar más sucio pero también más limpio?

—Escuche, pero es su hostal…

—Yo he de mirar por el beneficio del cliente y, con la objetividad en la mano —dice mirándose la palma—, aquí van a sentirse mucho más cómodos. No podría consentir lo contrario, viniendo ustedes desde tan lejos.

—Bueno, ¿pero entonces nos lo deja al mismo precio?

—No —interviene Roger, ajeno hasta el momento.

—Pero cuando vean la habitación ni siquiera les importará pagar un poco más —concilia Milton—. Tomen la llave, suban, echen un vistazo y entonces tomaremos una decisión entre todos.

Vamos a la planta superior y en el ascenso me parece que Lennon nos mira con una sonrisilla burlona. La habitación no está mal, pero no podemos ofrecerles más de diez libras extra entre los dos. Nuestro presupuesto es limitado, cometer excesos es una consecuencia de sobrevivir, un derecho que se acumula, oiga, es la puta pirámide de Maslow, intentamos explicárselo y mientras lo hacemos nuevos gritos reverberan tras la cortina y se pierden entre una cumbia. Milton acaba cediendo y nos ofrece una cama doble en una habitación de su hostal, junto a otros dos huéspedes. Aceptamos porque el día ha sido muy largo y no esperábamos comodidades en cualquier caso. Milton nos informa de que son de un lugar llamado Murcia, para sorpresa de Silva que se vuelve loco, no puede creer que haya coincidido con dos paisanos. Salimos del edificio y nos dirigimos hacia el hostal; resulta que está nueve números más allá, donde la calle empieza a curvarse, y nos toca andar hasta allí con medio maletero a cuestas. Resulta también que no eran dos sino tres nuestros compañeros de alcoba, y además sólo hay cuatro camas, tres de las cuales ya ocupadas, lo descubrimos al llegar al final del corredor porque están todos reunidos en una especie de salón-comedor donde beben cerveza y juegan a las damas con música clásica, nos presentamos y tras comentar este hecho seguimos con nuestras vidas.

El hostal se presenta como una casita de dos pisos principalmente de madera, toda la planta inferior y la escalera cubiertas con una moqueta y, en cierto modo, el edificio desde dentro crea la ilusión de que se encuentra colgando sobre un campo de centeno, suspendido a merced de las estrellas. Casi todas las puertas están abiertas y nos fijamos en que en cada habitación duermen cuatro personas, excepto en la nuestra, donde ya es evidente que se han cometido irregularidades. Poco después de instalarnos en ella aparecen dos de los murcianos, uno alto y ancho con la silueta y la expresión de un oso pardo, el otro metalero, largos cabellos oscuros algo mugrientos y una camiseta de Motörhead. Cuentan que han estado en Mánchester también y ahora están aquí, pero que nada de viajes por Europa ni historias, se vuelven ya a Murcia en un par de días. También nos dicen que el quinto compañero se acaba de ligar a una de las alemanas del piso inferior y dormirá con ella, ¡gracias a Dios!, así que nos cederán una de las camas grandes.

Silva se dirige al baño masculino, donde se encuentra a una mujer que con una especie de gelatina azul adherida a ambos lados de la cara derrama una botella de enjuague bucal, masculla un quejido, permanece inclinada quince segundos mirando fijamente las nauseabundas estrías que tejen el entramado de azulejos del suelo y se va tambaleándose.

Bajamos al coche a recoger algunas cosas y nos encontramos a otro murciano, diferente a los anteriores, no tiene nada que ver con ellos, no quiere saber nada de ellos, porque está sentado encima de un armario de caoba semiempotrado en mitad del corredor de la planta baja lo que, encontrándose de viaje en solitario y como diría Burroughs, supone un desaire deliberado hacia sus paisanos, que siguen jugando a las damas. Sostiene un cigarrillo en su mano derecha y no hemos escuchado bien su nombre, así que lo llamamos Murciano. Estoy aquí por casualidad, nos dice; Murciano ha cogido un vuelo hacia Liverpool con el pretexto de aprender un poco de inglés y lleva alojado en este pozo cinco días, en los que no ha aprovechado demasiado el tiempo.

—La verdad es que estaba hasta los huevos. Sólo quería airearme un poco. En unos días me moveré a Londres, y de ahí, a saber. No quiero pensar ahora mismo, eso es todo.

Murciano es imponente, tostado y luce barba de día y medio, lo que es el estándar en la costa levantina. Sus ojos transmiten hastío, pero también empuje y determinación. Murciano se debate entre su móvil, la conversación y nosotros, no quiere dejar atrás a ninguno; mientras se decide comentamos la coincidencia geográfica, aunque a mí no me sorprende que unos cuantos españoles, y encima del sur, hayamos coincidido en la baldosa de Liverpool que presta sus servicios de hospedaje al menor precio. Murciano nos observa con amnistía, perdonándonos por los pecados cometidos, los que cometeremos y los suyos propios, nos dice que hay dos gemelas holandesas que llevan aquí tres días y van siempre puestísimas y atamos cabos con lo sucedido en el baño. Inesperadamente se abre una puerta del corredor y aparece el psicópata de la recepción con un perro gigante que parece un lobo, ¿cómo se llamaba? Roger. Sí, es el troglodita de hace un momento irrumpiendo con un perro gigante en el corredor de la planta baja. Movida. Se queda mirándonos pasmado y nos pregunta si vamos a gritar tanto como aquella holandesa loca. Nos reímos de forma histérica porque apenas podemos entender lo que ha dicho, su acento es muy cerrado y su lobo, gigantesco.

—Anda todo el día merodeando con esa bestia —dice Murciano en voz baja tras desaparecer Roger por la puerta, no sin antes permitir que su fiera nos obsequie con un gruñido mientras le engulle la oscuridad de la habitación—, hace un par de noches una de las holandesas salió de su habitación desnuda y se puso a correr y a gritar por todo el hostal. Entonces Roger salió de la suya y destrozó una Heineken en el balaustre del pasamanos. Los aullidos del vidrio se me clavaron como alfileres en mitad del sueño, salí a ver qué pasaba y vi a la holandesa huyendo en bolas y despavorida a su habitación. Así son las cosas en Anfield Road Inn. ¿Quieres la fase REM? Tendrás que pagarla. ¿Quieres aparcar aquí? No puedes. Y hay más. El día que llegué me encontré con la mujer de la limpieza, tendría unos cuarenta, ella combatía los ácaros y yo relajaba mi espíritu, nuestros roles definidos, no había nada de extraño. Pues bien, esa misma tarde me encontré con Roger en el recibidor y me soltó que la limpiadora me quería follar. Y desde entonces cada vez que nos cruzamos…

«Te la podrías haber follado —grita entre aspavientos—. Te la podrías haber follado, ¡y ahora se ha ido!».

—Pero ahí no acaba la cosa. Ayer se me acercó con un barreño repleto de condones y lubricantes, elevó su mano izquierda y juntó sus dedos índice y corazón, como si hiciera el gesto de las comillas pero en posición horizontal:

«Mira, si mojas un poco y se los metes así…».

Intercambiamos algunos datos y quedamos en tomar algo por ahí pronto. Silva y yo nos retiramos a descansar, pero no pego ojo hasta bien entrada la noche porque por fin hemos ingresado en la residencia oficial de los chiflados, y ha resultado ser un lugar propenso a la endogamia y la amargura.

XVI

Las primeras luces inundan la habitación, literalmente, ya que no hay cortinas; en cualquier caso, no es esta luz la que me despierta; el oso pardo, que reposa a mi derecha en la parte alta de una litera, ajeno a la llamarada del nuevo día, parece que se ha tragado un tractor; atiendo horrorizado y confuso a sus ronquidos en dos fases: en la primera pone el motor en marcha y en la segunda libera seis onzas de hidrógeno sometidas a la presión de un reactor nuclear; así debe de sonar la novena sinfonía de Beethoven ejecutada con el esfínter, quiero arrojarlo por la ventana y darme a la fuga. Trato de desperezarme y quedo envuelto en un fogonazo de luz que proyecta una dispersión de innumerables motas de polvo blanquecinas, flotando ilimitadas, sin restricciones; es la luz genuina, privada de su potencial, ignorante de saberse convertida en aquella luz de mediodía que despedaza la voluntad del que la recibe, pesaroso y cansino. No, esta luz llena de vida; me contagio con su aroma.

Nos encantaría poder disfrutar de un escenario mítico como es Anfield, por supuesto, pero ya hemos cedido una cantidad considerable de nuestro patrimonio líquido para entrar en Old Trafford, así que nos vamos al centro de la ciudad, donde buscamos desesperada e infructuosamente alguna franquicia de comida rápida y acabamos devorando una porción de pizza reseca que nos cuesta muchas libras. Vemos buena parte de los Albert Dock y decidimos que Liverpool es una ciudad agradable. Volvemos al hostal.

Antes de regresar al centro tomamos unas cervezas con Murciano en el patio interior, manga larga porque pese a ser verano hace frío en Anfield Road, liamos algunos cigarrillos y abrimos tres Steinburgs, calientes, porque llevan en el maletero desde que salimos de Alicante. Nos dice que está viviendo en León para ascender a sargento, le quedan tres años allí como mecánico de aviones del ejército del aire y ahora disfruta de dos de meses de permiso, nos enseña su foto de carné y por la fecha de expedición compruebo que ya han pasado casi tres años, en la fotografía estampada luce una larga melena castaña de esas que parece imposible que crezcan en personas rectas, y comparada con su aspecto actual me parece como si, tras haber fallecido, el misericordioso le hubiese concedido una segunda oportunidad redentora, reapareciendo entonces en mitad de la jungla, ya bendecido con la paz que otorgan los kilos, en armonía con los animales, y bien ocupado se mantuvo mientras duró la época de tormentas, recolectando frutos, reuniendo leña, incluso coleccionando hongos, pero cuando un buen día la naturaleza no tuvo más que ofrecerle, se rapó, ingresó en el ejército y decidió hacerse un hombre, eso era todo, ésa era la historia de su vida. Y ahora no sabe qué hacer. ¿Quedarse con su familia en Murcia y disfrutar de la compañía de sus viejos amigos? No, eso es algo que pertenece a una realidad que él ya no es capaz de comprender, una realidad que acepta como suya y tiene en buena estima, pero sus signos se presentan ante él confusos, rodeados de vacío, inhumanos. Por eso ha venido a Liverpool, para repudiar los signos, para sumergirse en la insignificancia sin verse obligado a culparse por ello. Si no puede hacer frente al problema después de haberlo intentado por todos los medios, huir siempre será preferible a afrontarlo de manera imprecisa.

Estamos sentados en la terraza, rodeados de paredes tibias, pequeñas empalizadas de yeso que contienen las ráfagas de viento histérico de Anfield Road. La mesa de madera, tallada con espacios transversales dispuestos en líneas paralelas, mis dedos se escurren entre ellas. De pronto aparece el compañero de habitación de Murciano, a quien se presentó como Thomas; a otro le dijo que se llamaba Mohamed. Piel cafeinada, barba profusa, rasgos de Oriente Medio. Sabe algo de español, palabras sueltas. Alza su mano derecha en señal de saludo, sonríe, entra por la puerta que da a la pequeña cocina-comedor, lava platos con diligencia, desaparece.

—Lleva aquí más de un mes y se ha quedado sin pasta, así que ahora trabaja para el hostal. No os extrañéis si lo veis fregando la escalera.

Recorremos Anfield Road en busca de un taxi y llegamos hasta las afueras del estadio, Steven Gerrard preside imponente la fachada principal. Como ninguno aparece, decidimos llamarlo, un furgón acude en nuestro rescate y nos subimos en la parte trasera, donde nos sentamos cara a cara, con los asientos enfrentados. Quedo ubicado en la parte derecha, en el mismo sentido en que nos desplazamos. Las farolas, los árboles, los edificios se difuminan lánguidamente, se estiran a mi paso y jamás desaparecen, permanece su estela, fusionada con la siguiente, así hasta formar una masa amorfa de colores desgarrados, el vidrio se interpone entre mis ojos y ella, pero me resulta una figura reconocible; pese a no estar en casa, aún puedo desentrañar el código.

—¿Qué estás mirando? Si puedes distinguir alguna silueta en mitad de la noche y con esta niebla, no sé qué haces conmigo en este bus. Mereces algo mejor. —Soltó una carcajada y me regaló una palmadita en la espalda. Me giré hacia la izquierda y allí estaba mi compañero de viaje, Yusef, un marroquí que llevaba doce años viviendo en Girona; trabajo en la construcción, me dijo, soy uno de los que aún se mantienen en pie tras el estallido de la burbuja, ya ves.

Conversamos siguiendo la corriente de opinión polarizada de la clase política que la sociedad española mantenía desde principios del nuevo decenio, es decir, generalmente desfavorable, en parte porque mis argumentos eran pobres y no aportaban ningún enfoque novedoso, en parte porque estaba demasiado confuso para mantener una conversación progresiva; así que nos estancamos en el diálogo de encaje, un partido de ping pong en el que ninguno quiere asestar un golpe mortal. No había cogido un bus a las dos de la mañana rumbo a Barcelona para disputar un estúpido partido de tenis, desde luego. Hacía mucho que las cosas se habían torcido entre nosotros. En realidad, desde el mismo momento en que nos conocimos entendimos que estábamos destinados a destruirnos. Pero aun así nos construimos, por pura inercia, creamos una grieta en el espacio y nos introdujimos en ella; aunque nos quedásemos sin oxígeno, siempre sería mejor que vivir al descubierto. Y la propia inercia la mantuvo abierta tanto tiempo que nos acostumbramos a perder el aliento, y nos quisimos tanto que… que… pero sin darnos cuenta se estrechaba… y cuando tras abandonar la ciudad quisimos volver a ella nos encontramos que la grieta había desaparecido, la hojas secas del otoño la habían saciado, y si queríamos afrontar la situación tendríamos que hacerlo expuestos, pero ya nos habíamos olvidado de respirar… ¡Estúpidos amantes! Inconscientes animalillos que no conocen la impermeabilidad de sus límites. Y si ahora me dirigía hacia ella no me movía la pretensión de sofocar un incendio que en su fase final se extingue sin fuerza dejando paso a la muerte, tan sólo quería recoger las cenizas y llevármelas conmigo, retener el recuerdo de la tragedia.

Horas antes Rubio había llegado a Madrid para pasar unos días con su novia, y durante la tarde me llamó por si podíamos vernos, algo que sucedía poco, así que acepté y le propuse tomar algo en un mexicano que paraba a mitad de camino de la Calle Mayor, donde se iba a hospedar —ya que ella aún vivía con sus padres y yo no era un buen amigo—. Pedimos varios tacos y unas cuantas cervezas regadas en tequila. Rubio trataba de incomodarme mientras sacudía sus carrillos con parsimonia, a fin de hacer trizas los frijoles, y sus brazos apoyados encima de la mesa en forma de cruz ocupaban un área imponente. Ya desprendía el aura de un gran médico.

—Mis amigos me han hablado de Escohotado, les gusta. Parece una cosa que tenéis todos en común —dijo Rubio.

—Es muy bueno, y además tiene razón. Todo el mundo debería hacer lo que quiera.

—Ya… oye, ¿y por qué en el amor no crees en eso?

Me detuve unos segundos para pensar la respuesta. Es algo a lo que Rubio a menudo me obliga.

—El amor es un contrato voluntario entre dos personas que en principio se han elegido libremente —dije—. Aunque sus cláusulas sean etéreas y alejarlo de la abstracción sea insostenible, e incluso la propia idea de amor pueda parecer ridícula a veces, aún se pueden respetar ciertos límites. En cuanto a la sociedad yo no le debo nada porque no la he elegido, ni se me ha ofrecido una idea clara de cuáles eran mis obligaciones y cuáles mis derechos, ni me he prestado voluntariamente a aceptar sus condiciones; en definitiva, se me ha impuesto pertenecer a una estructura imposible.

Rubio mantuvo la mirada sobre mis ojos y noté que recibía el comentario con cierto cinismo, pero le había complacido con mi respuesta, aunque fuera inexperta. Y es que Rubio siempre se comportaba como si las palabras no tuvieran en él ningún efecto, pero lo cierto es que le atravesaban como un bumerán que roza la carne y pasa de largo. Después recibía el golpe con expresión desencajada, sucedía hasta con las más insignificantes. Sus gafas rectangulares le conferían un falso poder.

—Entiendo… True Love Waits, ¿eh? —dijo. Entonces aguantamos una sonrisa leve, con mi taco de guacamole suspendido en el aire, hasta que estalló la presa y armamos un gran escándalo… ¡qué bueno era verte de vez en cuando, Rubio!

Hicimos una pausa para pedir un par de tacos más y Rubio se distrajo con unas guirnaldas de colores cálidos que pendían desde una protuberancia cédrea cercana al techo. Entretanto pasó por delante un mariachi dispuesto a servir tequilas a un grupo desconocido que cantaba rancheras en la terraza.

—Esto no me gusta —dijo Rubio con la mirada aún puesta en las guirnaldas.

—¿El qué?

—Esto.

—Ya…

—¿Y qué hacemos?

—No sé… espera aquí, pide otro par de tacos. Da igual si pican. Tengo que salir un momento.

Marqué su número con espanto. Al otro lado del teléfono su voz sonaba vacía, como si me hablara desde un altura inalcanzable. Le había mandado un correo comunicándole que la incertidumbre y la culpa se estaban haciendo insoportables, y ella respondió dos días más tarde diciéndome que no quería hacerse daño. Lo que más me hipnotizaba de Berlín es que no era de este mundo, pertenecía a una dimensión hierática en la que le resultaba imposible medir las consecuencias de sus actos; su inconsistencia me parecía irresistible. Sus ojos azules, vulnerables. Su rubio, dorado. Y sus mejillas, bondadosas. Nada tenía Berlín que hiciera presagiar el terrible sufrimiento que encerraba y que pronto pasaría a pertenecerme para siempre.

—Te diré lo que voy a hacer. Cogeré un taxi a la estación y me subiré en el primer bus que se dirija a Barcelona. Supongo que llegaré cuando amanezca, pero no hace falta que vengas a buscarme. Ya conozco el camino.

La noche se deslizaba insoportable ahí afuera. Miré de reojo a Yusef para cerciorarme de que seguía durmiendo y me incliné hacia mi reflejo en la ventana, que se perdía entre la oscuridad… fue así que aparecí bajo sus sábanas, y ya no quise escalar hacia la superficie durante un tiempo, pero cuando lo hice encontré refugio teniéndola entre mis brazos, ella es una gatita libre que sólo busca pequeñas raciones de humanidad… No pude soportar la idea de proteger a alguien y por un momento estuve a punto de desprenderla, pero el olor de su cuerpo inundaba las primeras luces y cuando me levanté a por agua Berlín me miró y me dijo con sus ojos somnolientos, vuelve a la cama, ojos que parecían decir, todo lo que tememos ya se ha ido, entonces me estremecí con el crujido de los muelles al inclinarme, cerré los ojos y pensé, que los dioses nos protejan.

XVII

Como una grieta forzada a odiarse a sí misma…
así es como deben de sentirse las flores.

—Anónimo

No volví a hablar con Rubio hasta que hubieron pasado un par de semanas y tuvo que ser, como era habitual, a través de mensajería instantánea.

—Estoy construyendo una base de datos sobre películas —comenté.

—Ah.

—No creo que sirva de mucho.

—Dentro de nada se me va a deteriorar la conexión, quizá no recibas mis mensajes.

—No pasa nada. Si me suicido dejaré una nota.

—Vale. ¿Me mencionarás?

—No creo. Aunque el taco que comimos estaba buenísimo.

—Me alegra que te gustara. Pero no vuelvas allí, por si acaso el sabor no era cosa del taco. Ah, eres demasiado impulsivo. En hombres, el suicidio se lleva a cabo por impulso. Así que sé consciente de lo que podría ocurrir, y teme tus actos.

—Tengo demasiado vértigo, Rubio. No creo que pudiera tirarme por la ventana. Carezco de armas de fuego, desconozco la composición del cianuro.

—Temes el filo de los cuchillos.

—Eso creo. Así que no hay ningún riesgo.

—No creas.

—Bueno, pero tú tienes Crohn.

—El viernes vuelvo a Madrid, ¿nos veremos?

—Supongo que no, Rubio.

El taxista nos advierte de que es martes y no hay mucho movimiento en el centro de Liverpool. Murciano mira el móvil distraído y Silva se termina la cerveza. Entramos a The Cavern, un hombre sostiene una guitarra y con la voz rasgada versiona una canción de los Beatles, la gente sonríe y bebe cerveza bajo el eco de esta canción que parece llevar sonando aquí durante décadas, The Goodbye Song, el hombre que sostiene la guitarra no es más que el enlace entre aquellos tiempos y el presente, se limita a reproducir de forma mecánica las pautas que marcaron personas más exitosas. No puede decirse que sea arte, pero existe una sana ilusión por invocar el acto. Salimos de allí y nos movemos de un pub a otro según van cerrando, a mitad de camino entre dos de ellos nos topamos con los demás murcianos del hostal y volvemos a The Cavern, ahora suena Please Remember How I Feel About You, ¡míticos y trillados Beatles! Es una zanja angosta que se arrodilla bajo el subsuelo, un clásico bar inglés con arcos negros abovedados funcionando como ancla entre secciones, todas las paredes pintadas con nombres, todos estamos muy agitados, nerviosos, sin saber cómo comportarnos, ridículos. El oso pardo ruge y profiere cortejos grotescos y ofensivos, desternillantes, dirige su mirada a las inglesas con descaro y les grita con un acento que pretende ser británico, VINO TINTA, y también cosas peores, locuciones que el curtido lector, ya entrado en modales, entenderá que omita.

Entramos en un lugar donde pinchan música actual, lo que suele ser sinónimo de música espantosa, lo cual ahora también se cumple, pero voy borracho. Silva entra entero al baño y sale con un pound menos; por lo visto, al despegarse de su orinal, un negro sentado frente al lavabo —con un festín de gominolas en el regazo— le ha ofrecido jabón, abierto el agua del grifo con diligencia, regalado un chupa-chups y sustraído una libra. Y así todas las noches, muchacho, le ha confesado a Silva.

Estoy de pie con un cubata y me parece que todas las discotecas del mundo son iguales, salir de fiesta es como ir a la carnicería, sólo que evitas el mal trago de saludar a tus vecinos con suficiencia. En lo demás, poca diferencia: coges número al entrar, te sitúas delante del mostrador y eliges, entre las que quedan, la pieza que mejor aspecto tiene. Y a partir de ahí todo depende de que tengas el dinero suficiente para pagarla.

Entro yo al servicio y efectivamente aquí está el hombre negro, la silla apenas puede contener su envergadura, entro a uno de los retretes con puerta porque me siento observado y cuando acabo me sacudo y hago el amago de escabullirme, pero acabo rechazando amablemente sus servicios, lo que de manera inevitable nos lleva a encontrarnos. Por aplacar la tentación de irme corriendo, le pregunto cualquier cosa:

Are you working here?

No, you’re working here —me dice tras examinarme desde la base, y comienza a reírse sin mesura y yo tampoco puedo contenerme. Le cuento que estoy viajando por Europa, me contesta que ojalá pudiera él hacer lo mismo, respondo que me encantaría que pudiera hacerlo, nos despedimos con un saludo en tres fases, tres golpes secos y verticales con los puños cerrados, le digo que cualquier trabajo no es mejor que el suyo, le extiendo una libra.

Nuestros compañeros de habitación siguen tirándole a todas, el oso pardo parece desatado, fuera de control, va a hacer que nos expulsen, el resto contribuimos a exaltarlo porque somos extranjeros. Murciano se mantiene un poco al margen, ha encontrado a otro paisano tirado sobre la barra y está describiéndole los pormenores de la mecánica aplicada a vehículos civiles terrestres, ya que en su tiempo muerto ha conseguido especializarse en la reparación de piezas. Silva discute con un soviético que, al parecer, alberga expectativas algo irreales acerca de una rubia, británica y arisca, que baila en la tarima con parsimonia y tosquedad bajo unos labios escarlata, el ruso se molesta porque Silva está adentrándose en territorio marcado y le amenaza en un perfecto inglés con partirle la cara. Mientras, otra chica inglesa, morena, de pómulos carnosos y dulces, me asegura estar estudiando español, pero ella no me entiende cuando yo hablo español, y yo tampoco cuando ella lo hace en inglés, así que la conversación se apaga y nos alejamos.

Los números retroceden extenuados sobre el panel luminoso, se precipitan frenéticamente en cuenta regresiva hacia el final y tras la barra nos amontonamos inquietos, esperando nuestro turno mientras la carne palpita. Tratamos de esquivar la putrefacción. Nuestros amigos de Mánchester no aparecen y un hombre negro sigue ofreciendo jabón y dulces frente al lavabo.

XVIII

Abandonamos la habitación de puntillas. Los primeros filamentos de luz llegaban a Anfield Road tamizados desde las alturas por una pátina macilenta y brumosa. En el corredor de la planta baja apenas se escuchaba más que el crujido de la madera a nuestro paso, amortiguado por acción de la moqueta, y me estremecí cuando pasamos por la puerta de Roger y me pareció sentir la respiración de su bestia al otro lado. Ya era momento de devolver las llaves y regresar a Francia, así que caminamos hacia la recepción del hotel comprobando al llegar, con escasa sorpresa, que el aparcamiento seguía ofreciendo plazas libres. Golpeé la puerta para hacer notar nuestra presencia y escuchamos pasos que se aproximaban en línea recta; abrió la puerta un blanquito que, pertrechado bajo un mono de trabajo salpicado de pintura, nos inquirió con extrañeza, preguntando qué era lo que queríamos, por supuesto nuestra parte de la fianza, le dije. Se alejó unos metros y regresó con otra llave para asegurarse de que lleváramos ambas, la suya y la nuestra, a una vivienda que estaban reformando dos números más al fondo de la calle. Nos dirigimos hacia allí y encontramos un pequeño jardín atravesado por un sendero de cartones que desembocaban en un marco donde debería haber una puerta, pero en su lugar había un gran vacío rectangular que pronto pasó a rellenar Thomas, cuyo mono también había quedado masacrado por la acción indiscriminada de los acrílicos. Asintió enérgicamente cuando le entregamos las dos llaves y, tras desaparecer a toda prisa, como en una carrera de relevos, dejó paso a un Milton que se presentó con su sonrisa aterradora. Evitando cualquier contacto visual intercambiamos acero moldeado por papiro de curso legal y nos lanzamos disparados hacia el fondo del mar.

Llovía con histeria aquella mañana de principios de agosto, pero empezábamos a acostumbrarnos e incluso recibíamos con cierta alegría cuando rompía a llover con fuerza y empañaba el paisaje y los árboles se estiraban hacia el cielo en agradecimiento. De la misma opinión parecía un funcionario del Estado, que se desternillaba en mitad de la autovía tras un descomunal panel luminoso que decía «Keep calm and enjoy the weather» en versos blancos sobre un fondo azul y una corona.

Cerca de la bifurcación situada en la salida sur de Londres nuestro coche fue detenido, junto a los de otros cientos, a causa de un accidente de tráfico, según advertían otros paneles informativos más serios. El sol empezaba a abrirse paso entre las nubes indecisas, las sirenas de las ambulancias nos superaban desde ambos flancos, nos mantuvieron prácticamente parados durante media hora. Según avanzaban los minutos nos fuimos dando cuenta de que no se trataba de un incidente menor. La música hiphopera que escupía el turismo de un negro se alzaba como una daga ante el silencio. Seguidamente irrumpió bajo el cielo un helicóptero que se puso a trazar varios círculos concéntricos sobre sí mismo y, tras seis giros completos, inició un descenso cauteloso. El vendaval generado por las aspas centrifugaba las copas de los grandes árboles, desterrando el débil ramaje, abriéndose paso hacia el infierno.

El tráfico se reanudó y, según avanzábamos, fuimos encontrando grandes hileras de vehículos policiales, camiones de mantenimiento, ambulancias con la puerta trasera entreabierta y sanitarios corriendo fuera de sí. El coche que nos precedía siguió atronando con sus versos hasta que, en el cruce, el destino nos condujo por caminos diferentes. Como si un telón dramático se apartara del proscenio, la hilera de coches destapó al moverse a una mujer con un peto naranja postrada sobre un cuerpo inmóvil, presionando con ambas manos el esternón de un hombre abandonado en el asfalto, en mitad de una bifurcación que parecía dirimir, en realidad, el camino entre este mundo y el siguiente.

Silva resopló, puso el pie en el acelerador y estranguló el embrague. Todo sucedía demasiado deprisa, de tan veloz resultaba incomprensible, pero a pesar de todo nuestras constantes vitales se mantenían en orden. Por la rendija de la ventanilla se infiltró un aire gélido que determinó todo mi cuerpo y me clavó sobre el asiento durante las horas siguientes, inmóvil, aterrado por convertirme en aquel hombre del asfalto.

XIX

La llegada a Brujas fue más bien desagradable, pues tras las primeras estimaciones presupuestarias nos dimos cuenta de que estábamos gastando mucho más dinero del que teníamos y, de seguir de este modo, nos veríamos obligados a dar media vuelta antes de alcanzar siquiera la mitad del recorrido. Era necesario realizar ciertos ajustes en la ruta y las cosas se pusieron algo tensas entre Silva y yo. Habíamos parado en un McDonalds y comíamos una hamburguesa que estaba muy buena pero no solucionaba nuestros problemas. Me di cuenta mientras sostenía una patata frita de que Silva y yo en el fondo éramos bastante parecidos, y en ese momento vi con gran claridad por qué me costaba tanto entenderme y convivir conmigo mismo, la lucha es siempre contra mi cerebro y estamos programados para perder, por instinto de supervivencia debemos perder, pero eso a Silva no le gustaba, él no cedía a mis exigencias, que eran incondicionales, igual que las suyas, así que la situación se mantuvo bajo control mientras duraron las hamburguesas con queso, pero con el último bocado desatamos toda la tensión acumulada de aquellos meses previos tan escalofriantemente reales.

Tuvimos que pedir dos hamburguesas con queso más para llegar a un acuerdo: por lo pronto, dormiríamos esta noche en los asientos del coche y eliminaríamos la escapada por la Selva Negra, la tímida incursión sueca en Malmö y la ruta por la costa mediterránea francesa, todo esto de manera provisional porque quién sabía qué aterradores imprevistos podían empujarnos a modificar de nuevo la ruta en el futuro, siendo evidente que, en el mejor de los escenarios, llegados a la tierra del Buda quedaríamos abocados a la mendicidad o al patrocinio, obligados a vender el coche o algún órgano para poder comprar dos billetes de avión que nos llevaran de vuelta a casa. Con nuestros sellos ya estampados sobre el concilio de Brujas, regresamos al coche y lo movimos hacia un descampado en el que desfilaba una procesión silenciosa de vehículos desiertos; recliné el asiento de copiloto, cerré los ojos y me sentí protegido por el reflejo gris que la luna proyectaba sobre todos ellos; mientras me dormía Silva deslizaba unos acordes tranquilos que resonaban sobre la tierra mojada y el olor a asfalto y combustible, acordes tranquilos y llenos de paz, respiraba el verano y éramos libres y yo estaba lleno de tristeza y expectativas.

XX

Fue un despertar complicado, como todos los que tienen lugar dentro de un coche. Silva se había recostado entre nuestras provisiones y yacía estirado en diagonal sobre los escombros; la pata de la mesa de camping se inmiscuía entre una rendija de sus costillas, y su pie derecho, más cerca de mi cara de lo que me hubiese gustado, quedaba encajado entre la parte que conecta el respaldo con la cabecera en el asiento de piloto. Ya algo desentumecidos decidimos movernos hacia los canales y detuvimos el coche en la orilla del más próximo; desde la barandilla podía contemplarse el aire limpio de la nueva mañana frenando su avance ante aquellos edificios sin malicia que se alineaban siguiendo la dirección del agua, y los primeros asalariados comenzaban a dirigirse hacia sus puestos en la tranquila ciudad, nos observaban atónitos porque permanecíamos hacinados en nuestro coche, en la parte trasera la gran sepultura con toda esa montonera de escombros pero fuera, fuera toda esa gran belleza instantánea, un contraste excesivo para los que merodean cada mañana por estos adoquines que se extienden y se frenan ante el ascenso de murallas góticas y, en definitiva, posan sus pies gastados y sus manos pálidas sobre las páginas de una historia de otra época con la complacencia de quien observa un cuadro.

Después de recorrerlo durante horas nos decidimos a pasear por el lago de Minnewater, había dado una tregua la lluvia y el césped del parque colindante parecía el mejor lugar donde caer muertos. Los destellos del atardecer se petrificaban ante la quietud del lago, que enseñaba en su reflejo una copia imperfecta de aquel paraje rebosante de verde que tanto complacía a los cisnes. Ya en la hierba algunos brujenses se organizaban en pequeños aquelarres festivos y tocaban canciones insidiosas en las que concedían mucha importancia a la percusión, pues el encargado de los bombos desprendía una energía superior y los demás dependían plenamente de su entusiasmo. Silva dijo que nos alejáramos, se sentó en un banco que reposaba bajo el ramaje y, acompañado de su guitarra, empezó a marcar unas notas que repetía una y otra vez, dejando transcurrir el tiempo en un segundo plano. Fue entonces cuando se acercó el somalí que unos minutos atrás, mientras cruzábamos un pequeño puente de madera sobre un riachuelo, nos había intentado vender una cuartilla de papel mascado la cual, según aseguró, era en realidad un valioso permiso de estacionamiento en la ciudad. Ahora traía consigo una bici y un perro, se sentó junto a nosotros y empezó a cantar No Woman No Cry de forma muy desacompasada, arengaba a Silva para que hiciera el acompañamiento con la guitarra y él accedía a regañadientes porque había algo que no podía negarse y es que el somalí cantaba realmente mal y mentía de forma reiterada sobre la identidad de su perro, que al principio se llamaba Willy, poco después era Frisky, en los estribillos lo rebautizaba como Pequeño Speedy y al final el perro se marchó cabizbajo entre los árboles pardos, cansado de todo eso.

XXI

Y empecé a gritar

¿Por qué se muere todo el mundo?

¿Por qué se muere todo el mundo?

Aunque nadie había muerto

que yo supiera

—Anónimo

Nunca he albergado verdadero interés en conocer las obras de los grandes pintores y escultores de la humanidad. Consideré desde una fase temprana de mi vida que el arte era lo único que merecía la pena, sí, pero también que podía presentarse en tantas formas y tan diferentes que forzarme a estudiarlo para forjar un buen gusto artístico supondría contradecir la propia idea del arte; así pues, es probable que si el cultivado lector dispone ante mí una gran obra yo sea completamente incapaz de identificarla y, por tanto, de apreciarla, lo que me convierte con escaso margen de error en un ignorante.

No estaba interesado en la manera embellecida en que otros autores reproducían la realidad, yo sabía que era incapaz de verla de esa manera, así que me negaba a utilizar unos ojos ajenos que me recordaran lo que los míos no podían ver, y si la intensidad de mi faro resultaba tibia prefería una oscuridad permanente. Cuando contemplo un cuadro puedo permanecer fascinado ante esos colores y esas formas pero carezco de motivación para estudiarlas, no trascienden en mí más allá de una vaga idea de la belleza, son como un atardecer en el campo. De igual modo me sucede con lo que se cruza ante mis ojos en la vida diaria, percibo los objetos y cuerpos vivos sin aristas, indefinidos, entes borrosos a los que identifico pero no comprendo, privados de profundidad, es más tarde cuando, de repente, olvidados ya, todos esos elementos se entrelazan esbozando una esencia, chocan entre sí todas esas aristas y complicaciones y sólo de vez en cuando consigo ponerlos en orden, pero para cuando esto sucede ya son formas que tan sólo pertenecen a mi mundo, sólo yo puedo comprenderlas mientras que ahí fuera los objetos siguen presentándose borrosos, cansinos.

René Magritte, por algún motivo, escapaba a todas estas consideraciones. Era sin duda el único pintor que me gustaba, y me inspiraba incluso algo parecido al culto. La recepcionista del museo dedicado al belga era rubia, atractiva en términos generales, y cuando le pedí el descuento en la entrada que me acreditaba como persona de edad temprana me comentó sorprendida que parecía más viejo; ¡sólo por la barba!, puntualizó apurada. En el interior los compartimentos bañados en gris intenso proponían un entorno hosco y agradable, conformando pasillos laberínticos de escasa pérdida; pero como el horario para visitas estaba por terminar, recorríamos los compartimentos en flujos incoherentes.

Las plantas del museo estaban dispuestas de tal manera que forzaran itinerarios, de esto se encargaban unos tornos que jalonaban los tramos desde el piso superior hacia el inferior, como la novela que empieza a numerarse en cuenta regresiva hacia al final y sugestiona así la experiencia. La segunda planta estaba dedicada a la convulsa etapa en que el pintor regresó a Francia tras la ocupación germana, convulsa porque dejó atrás a su mujer en pleno proceso de apendicitis, sin duda, pero también por su ruptura con el surrealismo francés —y, por extensión, con su círculo de amigos— encabezado por Breton, ya cegado por la necesidad de trascender en una segunda fase del movimiento que, de tan esforzada, había perdido toda posibilidad de resultar atractiva.

Caminaba entre los dobleces de la segunda planta cuando advertí que un vigilante se estaba dedicando a perseguirme a la vez que yo perseguía a dos chicas belgas, ambas poseedoras de una belleza fuera de lo común, capaz de reflejarse hasta en el ocaso de los muros, vale, quizá exagero pero sin duda una belleza tan deslumbrante que hasta el menos circunspecto de los vigilantes podría haber adivinado las intenciones de un turista despeinado y solitario que camina dando tumbos, balanceándose impreciso sobre la amenaza del toque de queda.

La suavidad de sus pelos castaños, sus facciones redondeadas bajo los ojos claros y la sensación de que a cada paso, con cada pequeño desplazamiento que efectuaban, iban tejiendo una cuerda de seda invisible que se enredaba en mis tobillos con ligereza y me arrastraba inexorable hacia su refugio, probablemente con entrada desde un gran recibidor de estilo victoriano; pase, pase al refectorio, me diría la criada, ya está lista la cena, las señoritas le esperan impacientes.

En un giro pronunciado de la pared, el vigilante rompió filas y quedó fuera de juego, y ya sin su devastadora influencia permanecimos los tres inmóviles frente a un lienzo de tremendas dimensiones, pájaros aturquesados florecían enraizados sobre la tierra fértil de una isla exigua, sin duda una ventana hacia el futuro, de algún modo pensé que hubiera incomodado a Magritte si yo, investido con la boina que ya no tenía porque perdí en París, Odio París repetía ahora Pit en algún lugar del mundo, dirigiera unas delicadas palabras a aquellas dos chicas belgas, y construyera ingeniosas frases con alguna fórmula, recurrente, sí, pero de probada eficacia, con el objetivo de entablar con ellas una conversación tentativa. Él quizá hubiera preferido que permaneciésemos inmóviles, enfrentados a la montaña que ni es águila ni es roca, y por no ser nada lo es todo, la montaña que desconoce su verdadero impulso, las futuras crías descansando sobre la paja y abrazando la oscuridad del descenso, la salvaje prominencia del relieve, un cielo apagado tan inmenso que hace dudar de en qué dirección está el abismo y la luna sobre todos ellos, asfixiada por la presión del marco, y sin embargo tan libre.

Una calma insoportable se posaba sobre la ciudad. De hecho, parecía una calma que siempre hubiese pertenecido a ella, y a ella fuese a pertenecer hasta el final de los tiempos, como si cada parcela de tierra en el mundo estuviese bendecida por particulares e intransferibles propiedades mágicas y la de Bruselas fuese esa calma, insoportable, sí, pero también sosegante. Me reuní con Silva en la Place Royal y nos fuimos a cenar algo, durante el día habíamos acometido la visita de algunos lugares significativos y en cualquier caso ya todos estaban vistos, así que no queríamos saber nada más de las cosas trascendentes por hoy. Recogimos la multa pertinente por aparcar y no abonar la tasa, Silva dijo movida muy seria si esto nos llega a casa y fuimos al Quick, una cadena de comida rápida popular en la zona; allí nos atendió Antonio, le pedimos dos swissburgers y no tardó en advertir que éramos españoles, id cenando, nos dice, en cinco minutos me sentaré con vosotros. Y en efecto aparece con su bandejita a cuestas y se une a la cena.

—Éste es mi último año aquí, que me den por muerto si tengo que quedarme otro más. Ahora estoy ahorrando para poder volver a España. Y eso que bueno, no es que éste sea el trabajo soñado pero por lo menos pagan bien, abonan las horas extra, en fin, ya sabéis, todas esas cosas que nos parecen impensables.

Antonio traía una bandeja repleta de pollo, presentado en una gran variedad de raciones: una pieza rebozada que empapaba el recipiente de cartón, otra aprisionada en medio de dos rebanadas de pan con pepitas y canónigos, otra que había resbalado y yacía en la bandeja formando un riachuelo de aceite, etc. Cuando dimos el festín por terminado nos dirigimos a la puerta porque su turno empezaba en cinco minutos y aún no había podido encenderse el cigarrillo. Es la única manera de sobrevivir aquí, dijo. La fricción de la piedra con la rueda dentada invocó la llama y, en ese preciso instante, decenas, quizá cientos de patinadores se deslizaron a toda velocidad por la avenida; cuando el último de ellos pasó frente a nosotros ya se había prendido el pitillo, a pesar del viento.

Su padre, italiano, llevaba, como mínimo, de manera consciente, dos años luchando contra el cáncer, mientras que su madre, asturiana, tras un periodo de separación amistosa en el que ella intentó rehacer su vida en Estambul, al enterarse de la enfermedad de Pippo, había regresado a Norteña para cuidarle; lo primero es la familia, ése era su pensamiento estrella, y no es de extrañar porque la influencia que sembró su marido siguió creciendo en ella, influencia ajena a la distancia y el paso del tiempo, tiempo que en cualquier caso no habría hecho más que favorecer la propagación de su doctrina. Y cada vez que se sentaba en la silla del comedor y pensaba en él sentía como si cada célula de su cuerpo dejara de pertenecerle y le sacudía un ligero temblor en el pecho.

Antonio estaba reuniendo dinero para volver a Barcelona, donde había vivido durante un par de años. Su hermano mayor ya estaba casado y tenía un dúplex en Mallorca. A nuestra izquierda permanecían sentados, en pleno suelo, dos mendigos negros, ambos de tupidas rastas, que se levantaron sin esfuerzo y entraron con un vaso de plástico a rellenarse la bebida ante la transigencia de los empleados. Los dispensadores estaban colocados junto a la puerta de salida, muy alejados del mostrador, y entre medio un mar yermo. Ningún empleado se embarcará para ahuyentar a unos grumetillos que volverán pronto al abordaje tras ser repelidos con buenas palabras, ¡mi coronel, déjeme encañonarlos, o permítame el mal de altura!

Antonio, aunque recelaba de esa clase de gente, tampoco estaba por la labor de intervenir, no en sus quince minutos de asueto. Iba consumiéndose su cigarrillo y, por temor a quedarnos sin pretexto, siendo tan débil nuestro vínculo, me encendí yo uno. Silva se esforzaba en formular preguntas genéricas, pero todas las cuestiones que pueden ser compartidas con extraños habían quedado ya, por ambas partes, más que resueltas. Siguiendo la estela de los patinadores apareció por la avenida un autobús de dos pisos con terraza, un número imposible de jóvenes belgas bebían y gritaban desde allí arriba, y en la planta baja un DJ abatido pinchaba tras la cabina del conductor. Antonio dijo que debía volver al servicio. Preguntó si saldríamos esta noche, nos vamos a Holanda, pero ha sido un placer; lo fue de verdad, y así nos despedimos.

Abandonar tierras belgas no estuvo exento de la típica saudade peregrina, pero especialmente reseñable fue el dolor, sobre todo el de Silva. Nos encomendábamos ya al camino que se dirigía hacia el Atomium, esa horripilante estructura metálica que, en superposición con la noche estrellada, conservaba algo de mágico y admirable, cuando Silva empezó a sentirse mal, quejándose de fuertes dolores en la zona baja del estómago, nivel abisal, para entendernos, se retorcía sobre el volante y esto no era buena señal, la última vez que le había visto mostrándose humano acababan de reventarle el cuádriceps, una patada vengativa jugando al fútbol, aunque no debería emplearse el verbo jugar en vano, jugar implica cierta inocencia y muy cerca estuvo Silva de quedarse cojo para siempre, él que, como todos, pero especialmente él, precisa tanto del movimiento, un tullido con veinte años. Nunca más había vuelto a quejarse, ni el más ínfimo gesto, ni una leve cefalea, todo lo que sucedía dentro de su cuerpo recibía en las alturas el mismo trato que el tonto del pueblo en los comicios, en cambio ahora replegaba todo su cuerpo hasta casi desaparecer, primero se retorcía dentro del coche, sobre el volante, como una S, y más tarde entre las briznas de césped mientras el Atomium nos observaba desde la distancia con sus grandes ojos tristes. Estuve contemplando con impotencia aquella extraña danza hasta que, ya sentados con cierta compostura sobre la hierba húmeda, le propuse lo más lógico, Silva, vámonos al hospital, que sirva de algo el seguro médico. Fue escuchar la tentación de la derrota y rápidamente recuperó la rigidez y me lanzó una mirada inexpresiva:

—Si tengo que morir hoy, mejor nos vamos poniendo en marcha. No seré yo el que llegue tarde a su propio entierro.

—Desgraciado, no me sirves de mucho vivo, imagínate muerto.

—Venga va, no exageres. Es sólo una infección, mañana ya se habrá ido.

—Ya no es sólo lo que tengas, que, sin ánimo profético, no parece leve. Es cuestión de que nos vamos a meter en mitad de la carretera y apenas puedes pisar el embrague, hijo de puta.

—En peores nos habremos visto, tío. Además, hemos pagado un dinero muy serio para reservar el hotel, no podemos llegar tarde. El enfermo debe dormir en cama, y cuál mejor que la del Manofa.

Nos metimos en el coche. Silva era el troll definitivo. Las luces de Bruselas quedaron impregnadas en el espejo retrovisor como balazos cálidos que renunciaban a adentrarse por aquellas carreteras vacías y oscuras, pero se fueron empequeñeciendo y borrando hasta que nos olvidamos de ellas. Los sintetizadores de La noche inventada retumbaban en el interior, miré aburrido por el ventanal y, pese al dolor ajeno y las contradicciones de siempre, me sentí agradecido de que aquella noche todas las estrellas pintadas fueran de plata.

XXII

Las gasolineras desprenden un aire cálido por la noche; fumando, tosiendo, aliviando fluidos, postrados sobre una mesa frigorífica se encuentran los amigos de la carretera. En la umbrosa espátula negra que se extiende por las vías secundarias permanecen olvidados algunos pequeños focos de luz despierta, focos que resplandecen en rebeldía; cuando cae la noche, el alquitrán abandona su efervescencia para reunirse con el silencio.

—Mejor si repostáis en uno de los pueblos que irán apareciendo según os alejéis de aquí. Los de fuera suelen llenar el depósito en estos surtidores, casi al doble de precio, pensando que no llegarán a Holanda y quedarán atrapados para siempre en la espesura —nos indicó un buen hombre mientras dirigía su mano hacia unos helechos sombríos que se ocultaban entre las balizas, hacia el otro lado de la carretera—. Pero veréis luces a mitad del camino y, en cualquier caso, la fe siempre encuentra solución para los problemas inmediatos.

I want to drive you through the night, down the hills (We’ll go all, all, all night long)
I’m gonna tell you something you don’t want to hear (We’ll go all, all, all night long)
I’m gonna show you where it’s dumped, but have no fear (We’ll go all, all, all night long)

Silva apenas podía escuchar los aullidos de su sistema nervioso, atenuados por la música. La esperanza de alcanzar pronto nuestro destino le permitía atender a las necesidades de un volante engreído, severo, irritante en su circularidad.

Llegamos todavía de madrugada y avanzamos lentamente, intentando no atropellar a quien se cruzara por delante, lo que en Ámsterdam no es fácil, ni siquiera de noche. Los neones rojizos se alzaban a nuestra izquierda como enormes resistencias olvidadas; en el segundo piso una mujer imponente de largo cabello castaño fumaba un pitillo, deslavazaba entre el carmín de sus labios una bocanada de hollín que se aplastaba hacia el cristal, también se aprende la indiferencia.

Hacía una noche estupenda. Quizá desconozca el abnegado lector, firme en su decisión de no viajar, que en una capital como Ámsterdam, y esto se acentúa especialmente aquí, es imposible encontrar aparcamiento gratuito en las zonas circundantes al centro; para estacionar el coche, pues, nos vimos obligados a descender hacia el distrito sur de la locura, hasta que tras aguardar ante incontables semáforos en rojo encontramos un parking residencial que no mostraba signos de ser privado. Estaba situado en paralelo a una de esas grandes avenidas, compuestas por dos sentidos separados por una mediana, en la que decenas de bicicletas permanecían semimuertas entre los soportes metálicos clavados en la tierra, bicicletas por lo general oxidadas y con el seguro corrido, así que pronto abandoné mi deseo de pedalear despreocupado por las calzadas vacías. Como el turno de trenes que se dirigían al centro había terminado y nada iba a impedir que perdiéramos esta noche de hotel ya pagada, lo único que podíamos hacer era descansar el máximo posible. Tras adentrarme en la maleza del pequeño bosque que se amontonaba al otro lado de la carretera, con vistas a la última evacuación del día, volví al coche y para entonces ya dormía Silva a pierna suelta, abrazado sobre el volante.

XXIII

La mañana se infiltró por la luna delantera, despertándonos sin remedio. Conocíamos muy bien el protocolo de actuación de esa luz blanca que se afilaba como un cuchillo entre los párpados, alertando del cambio de turno. En el tranvía cuatro holandeses rubios con gafas de sol se mofaban de los que no podían subirse al vagón, por estar éste lleno, anegado por la densa lava antropomórfica que forma las multitudes en espacios cerrados; por suerte aquello se movía sobre la superficie de la ciudad y sus nítidos ventanales creaban una leve ilusión de amplitud, imaginaba que más allá de todas esas cabezas sudorosas, a un lado y a otro, se encontraría el exterior, con su atmósfera opresiva cortada por nuestro avance.

Irrumpiendo ya en el centro de la ciudad, llevados por los raíles, vimos los canales flanqueados por cientos de manos portadoras de la bandera del orgullo gay, se agitaban al paso de las barcazas revestidas en cuero y contagiaban festivas el temblor de sus tambores infernales, provocando pequeños seísmos en los bajos fondos de los horreos en los que desearíamos haber estado. Pero por fin nuestra parada. Las calles de Ámsterdam ardían entre hordas de turistas y la marihuana resecaba el aire, ya no es posible que olamos peor, pensé, todo estará bien. Llegamos al Manofa, un hotel nada confortable donde al parecer íbamos a tener el placer de convivir con ratas, la sombra de Notre-Dame era extensa y se proyectaba en línea recta sobre el continente recordándonos que viajar no lleva a ningún sitio. Le dije a Silva en el recibidor que no somos las personas más despreciables que las de hace un tiempo, sólo que ahora nuestra opinión es más fácil de escuchar y podemos manifestar todas nuestras fobias y deseos oscuros, demostrar cómo somos en realidad, seres egoístas, envidiosos y perversos, aunque también maravillosos, pero el odio y la sed de venganza se mantienen intactos, cada vez los misiles son más transparentes. Silva aceptó la reflexión y me invitó a que me callara, no dijo nada pero me miró frunciendo su frente sudorosa cuyos pliegues dibujaban algo parecido a un pentagrama, y aunque no soy músico ya hace tiempo que aprendí a leer entre líneas.

Aseados y felices salimos a la calle y pedimos un gran cucurucho de pommes frites coronado con mayo y cheddar, escandalosamente bueno nos lo tomamos en la Plaza Dam tras cruzar la Damrak, la gran avenida soportaba sobre sí el movimiento frenético de raíles, sandalias, restos de comida fosilizada, perros, coprolitos, risitas nerviosas, sudor esparcido, gatos, otros residuos químicos que se agitaban sinuosos en un gran espejismo comunitario, como se difuminan las siluetas de mecánicos y monoplazas en la parrilla de salida de un gran premio.

En la plaza, sentados en los escalones se nos acercaron tres personas de origen africano, dos parecían gays, ella concedía menos pistas, al no portar bandera. Uno de ellos le preguntó a Silva si tenía la polla grande, él contestó, depende de para qué, la chica intervino, ¿y si es para mí?, así que se quedaron ellos dos rodeándole, ella se inclinó hacia mi boca y apestaba a vodka, me ofreció marihuana y yo le di mi cucurucho con patatas, ya casi exento de salsas.

La noche acaecía y destapamos una botella de whisky en la habitación. Bajamos las escaleras que daban al exterior y entonces, girando la manzana, casi ejecutando una vuelta completa al gigante de ladrillo encontramos incrustado en los bajos el portón del Winston, un cartel abigarrado anunciaba noche indie así que entramos, no queríamos escuchar nada peor de lo necesario, no somos jóvenes borrachos que aceptamos lo que escoge para nosotros el destino, nosotros miramos al destino a los ojos y le decimos: no existes, y él nos mira y dice: sí existo, y ahí queda todo.

El ambiente era agradable, efectivamente las canciones bien elegidas y podías dar un sorbo a la cerveza sin que alguien pasara por tu lado y te pusiera perdido, no realmente espacioso, pero al parecer los jueves no son el día fuerte de la semana en el Winston; según pasaban las horas fue entrando más gente y me sentía cómodo, aunque en cierta manera seguía dominado por la idea de la cuenta regresiva y de que todos éramos contingentes, etc, etc. Silva dijo movida seria, se quedó embobado mirando su copa y desapareció en dirección a los baños. Pensé que no habría plan equivocado si fuéramos lo suficientemente borrachos, así que cuando Silva apareció le arrastré hacia la barra y nos gastamos todo lo que llevábamos encima en jarras de cerveza rubia, chupitos de tequila, etc, hasta que sin darnos cuenta el Winston ya echaba el cierre y nos vimos escupidos en el exterior junto a un joven espigado que tendría unos veinte años, de facciones puntiagudas y un perturbador pelo de seta.

Ahora caminamos por las baldosas de De Wallen, que reciben con ligereza los rastros de luz salvaje sobre su superficie mortecina, el chico con pelo de seta nos indica que tiene novia, pero las palabras se quedan en palabras, dice: y además soy bisexual. Yo te digo, mirra, si quierres chicas… prietas, veinte, si quierres… chicas —dice con gesto de apetito, una sonrisa pícara se eleva—, cincuenta. Yo te digo. Mirra, yo te digo. Habla como un autómata, descuartizando las palabras, yuxtaponiendo pequeñas morfologías intuitivas. El chico con pelo de seta me invita a pagarle para que se acueste conmigo, le digo que no; mientras, Silva dirige su atención hacia una latina que ha escapado de su vitrina, interesada en nuestro alboroto nos llama con el dedo reclamándonos la cuota de cincuenta, pero Silva gira la cabeza y se va a la habitación del hotel maldiciendo y retorciéndose, curiosa dolencia, extraña afección la que le está matando, pero él es fuerte, se sobrepondrá, o eso espero. Paseamos por todo el ancho del distrito y al pasar por las cabinas el hombre con pelo de seta me palpa el trasero con disimulo, dice todo el tiempo bueno, vale, mirra seguido de palabras incomprensibles, pero me insiste, quiere que le hable en castellano, no me entiende y se enfada cuando lo hago en inglés, ya estaríamos ambos muertos en necesidad de cooperación por emergencia bélica, lustrosas condecoraciones florales bordeando mi epitafio, las siembras de la muerte no son más que pequeñas estribaciones del honor, pronunciaría el párroco-coronel en la sepultura, en cambio él no, él habría sido incinerado y arrojado al Pacífico sin más victoria, y cuando las gaviotas emitieran su repugnante graznido en señal de duelo esas cenizas se limitarían a recitar un discurso perentorio basado en bueno, vale, mirra y se hundirían para siempre.

Ámsterdam era también una ciudad demencial, con motocicletas haciendo interiores a bicis en curvas cerradas a las seis de la mañana. En los canales flotaban democráticamente los cajetines de tabaco y los vasos de tubo de plástico como grandes piezas de mampostería; las ondas acuáticas reflejaban el eco turbio de la mañana incipiente, es el precio que paga una ciudad por saciar los deseos del hombre.

Tuve que desprenderme de él acelerando el paso hasta el punto en que ya no fuese capaz de seguirme, me desplacé tan deprisa que perdí la orientación y, tres manzanas después, nos volvimos a encontrar, pero ya no quedaba en él ningún interés. Yo le había decepcionado, yo, que desconocía las virtudes de la ignorancia y el deseo. Iba lo suficientemente sereno para comprender que llegar a la habitación del hotel iba a suponer un reto mayúsculo, por suerte en la intersección con uno de los canales un señor negro con barba que iba montado en una bici me pidió con mucha educación que me parara y tanto hizo él, tras estrangular el freno no sin cierta sutileza, como si después de todo no quisiera renunciar al estilo.

Buenos días, me dijo mientras la suela de sus zapatos tomaba contacto con el pavé; me preguntó cómo estaba y adónde iba, y si tenía dinero, le dije que ni una moneda y no mentía, como también me vi obligado por una fuerza extraña a confesarle que, si bien conocía mi destino, seguía faltándome la manera de llegar; entonces introdujo su mano izquierda en un escondrijo que la tela de su camisa había hilado sobre el pecho y, antes de continuar su paseo, extrajo de allí un cigarrillo que colocó en mi mano y me dijo:

—Ahora sólo necesitas un poco de fuego.

XXIV

—Las palomas son como las ratas del aire, se comen toda la mierda de las ciudades. No entiendo cómo pueden hacerle gracia a la gente —decía Silva.

Un grupo de holandeses conversaba en un banco próximo al Herengracht, junto al mercado de las flores. El que llevaba una gorra se levantó y en un ataque de furia arrancó tres bicis de la barandilla y las tiró al canal, alzó los puños hacia el cielo en señal de victoria y se marchó gritando ante la estupefacción de sus amigos, que se quedaron pálidos en el banco. Después, mientras dábamos un paseo por las callejuelas, nos cruzamos con un matrimonio que hacía beatbox junto a su hija, avanzaban con paso alegre y el hermano adolescente iba algo rezagado y caminaba con cara de ésta no es mi familia.

Planeábamos salir unas horas más tarde sin demasiada carga en las piernas, ya que Nebras siempre señalaba estar bien de piernas como la clave de una buena juerga, y siempre que me veía por el Barrio me decía, ¿cómo andas de piernas esta noche?, por lo que acordamos retozar toda la tarde por las inmensas praderas verdes del Voldenpark. Es curioso cómo el turista se ve legitimado a perder el tiempo sin el menor cargo de conciencia, libre de complacer su impulso. El lago resplandecía bronceado por las últimas luces y Silva me hablaba de América, de la posibilidad de recalar en los Mountaniers durante su próxima estancia en North Carolina, quizá incluso soñar con jugar algún día en la MLS, si conseguía ponerse en forma.

Después dimos un paseo por la Damrak y entramos a un coffee shop, donde el tiempo decidió encogerse. En la Damrak los elementos seguían evaporándose aunque ya fueran presas laceradas del crepúsculo. Yo le dije que la gente nos miraba y él se reía, me contestaba, es tu cerebro inmunodeprimido el que habla, ¡no lo escuches!, y empezaba a hacer aspavientos cortantes con la mano en horizontal, ¡no lo escuches!, como invitando a la inacción. Subimos a nuestra alcoba heterosexual porque pasamos por la puerta del hotel y parecía buena idea hacer eso, nos tumbamos en la cama boca arriba y escuchamos Lesser Matters flotando sobre el colchón.

—Movida seria, tío. Movida muy seria.

Pasó algún tiempo. Atisbé a Silva por una rendija de la puerta que daba al pasillo, la había dejado entornada al salir y por ella pude observar cómo su escorzo se acercaba hacia ella, se engrandecía y desdibujaba al mismo tiempo, y finalmente entraba a la habitación y me decía con una indiferencia terrorífica que acababa de expulsar una piedra al mear. Así pues, dentro de lo preocupante del suceso, entendimos que ya había pasado y no volvimos a darle mayor importancia al asunto, si bien quedará para la curiosidad de la ciencia el desmedido desapego por el peligro que demostraba el bueno de Silva.

Estábamos tumbados de nuevo sobre la cama cuando nos dimos cuenta de aquello que parecía tan evidente, que el chico de pelo de seta probablemente fuera un cazador de turistas, un simple promotor del libertinaje remunerado y nosotros sólo hubiéramos representado un diente más de su engranaje de márketing contracultural.

—Dominaba un castellano prehistórico, pero sabía perfectamente cómo definir a una mujer que tiene unos kilos de más: prieta. Sabía usar esa puta palabra —decía Silva.

No hay nada peor que la consciencia plena, ver las aristas de la realidad, comprender sus pliegues. Bien sabe el hombre antiguo que trascender la nebulosa sólo conduce a la locura. De esta forma recorro tranquilo la senda de la vida, sabiendo que, en caso de tropezar, aguarda en la sombra el siempre interesante universo del alcohol y la autocomplacencia. Bebimos unas cervezas en el hotel y nos dirigimos de nuevo hacia el local del día anterior, era noche de drum and bass y en esta ocasión sobrevolaban cerca del techo densas nubes de cerveza que descendían rápidamente sobre los torsos, algunos desnudos, que rebotaban entre sí supeditados a la gran mirada esquiva. Silva y yo nos perdimos pronto pese al tamaño del local, nunca la relatividad había adquirido tanto sentido. Recuerdo estar hablando con una rubia tan guapa y tan asiática… sentarme después junto a Silva en el bordillo de la acera de enfrente y tener la sensación de que el grupo que estaba a nuestra izquierda gritaba demasiado; su presencia nos resultaba inquietante y molesta, pero decidimos quedarnos por si algo ocurriera. Permanecimos allí durante horas asimilando nuestra marcha. Ámsterdam nos había acogido en el seno de su insana demencia y nos aterraba la idea de volver a manejarnos bajo una camisa de fuerza. Silva me dijo que ya era suficiente, que si no había pasado algo ya, jamás pasaría, y se fue al hotel. Yo me levanté unos minutos después y empecé a andar hacia las callejuelas en las que el peligro acechaba en cada esquina, doblé un par de ellas y en la tercera me dejé llevar entre sus luces; el escalofrío estaba próximo.

XXV

Cruzamos la frontera alemana a tientas, como guiados por la invisibilidad y sin embargo sabiendo muy bien qué hacer: conducir, hidratarnos, mantenernos despiertos; habiendo llegado hasta aquí no debería suponer un problema. Incluso cuando una buena parte de la humanidad consideraba ya las fronteras del mundo como una gigantesca grieta artificial del devastador terremoto que era la construcción de las naciones, el hecho de rebasar la línea política que las separaba suponía para nosotros un acontecimiento épico, jalonábamos nuestros éxitos a través de estos pequeños puntos de control, así como el atleta supera una valla tras otra, cada una más alta que la anterior hasta que acaba dándose de bruces contra el Muro.

Apenas nos acompañaban en la autopista unos cuantos camioneros que atravesaban el continente con su avance lento pero despiadado, en el carril derecho dibujaban una trazada demoledora y tuve la impresión de que en una de esas curvas que parecían no terminar nunca de cerrarse, presos de su propia perfección, se dejarían hipnotizar por la belleza de su inercia condenándonos al fin de nuestros días.

Durante buena parte de la madrugada el trayecto se redujo a una cadencia inconstante de estos perturbadores presagios, pero en la incorporación de una carretera secundaria la realidad tomó las riendas, ya que la policía alemana encontró en nosotros una buena razón para sospechar. Siendo el nuestro el único turismo en cien kilómetros a la redonda, nos temíamos que algo malo estaba a punto de suceder. Contraje levemente las piernas y Silva clavó los ojos en el retrovisor. Con un poco de suerte no se trataría más que de un par de impostores kosovares que pretendieran hacernos parar en el arcén y quitarnos la vida, pensé, cualquier cosa sería preferible a responder ante dos patrullas alemanes en mitad de la noche. Movida seria, movida seria, repetía Silva. Acabó rozando el freno porque la heroicidad es para otros y el coche nos rebasó por la izquierda, quedando resituado de inmediato en nuestro carril. Ya pensábamos que seguiría su curso cuando advertimos un detalle trascendental: llevaba solapado sobre la luna trasera un panel luminoso que amenazaba con informarnos. Y lo hizo: «PLEASE, STOP THE CAR IN THE NEXT EXIT».

La salida más próxima conducía a una estructura siniestra, allí no había amigos de la carretera sino una estación de servicio espectral, quedaban los dispensadores perfilados por un resplandor lunar que les confería un estado de abandono perturbador y ficticio. Bajaron dos personas del vehículo, uno de ellos bajito y umbroso, la conductora una mujer enorme, teñida de rubio y con cara de no estar pasando sueño que apenas pudo cruzar la puerta cuando trató de escapar del interior del vehículo. La gendarme se acercó a nosotros y nos dio las buenas noches, lo primero que trató de comprobar era si hablábamos alemán, pero enseguida abandonó el asunto. Hizo un gesto señalando hacia el maletero para que el enjuto agente se deslizara por su sombra y ayudara a comenzar el registro, y mientras removían la inmundicia nos preguntaron si llevábamos drogas, lo cierto es que algo llevábamos pero no sabíamos dónde, así que era mejor callarse y dejar que no encontraran nada, como así sucedió; entonces la pobre mujer ordenó a Silva rellenar un pequeño bote de plástico que el apocado oficial acababa de despojar de su envoltorio, Silva asintió y se alejó hacia los surtidores, pasaron unos minutos en los que sólo se oyeron algunos zumbidos graves de los camiones al pasar, como si un gigante estuviera despedazando la autovía con una katana, y vimos a Silva regresar corriendo a nuestra posición a por una botella de agua de litro, de la que se bebió la mitad antes de mirarnos con cara de loco y perderse de nuevo. La gendarme me daba conversación en inglés fluido, y entre medias a veces un qué tal en Holanda y yo profería una risita de discapacitado, hasta que por fin Silva regresó definitivamente con el bote de plástico lleno y se bebió el medio litro de agua que quedaba, se dirigió a los agentes y dijo, esto es bueno para los riñones, y se rió y lo decía de verdad porque había tenido un cólico.

XXVI

Al final de la Gran Vía se oculta el cementerio de los vivos, una extensa plaza donde los candelabros languidecen y doran con su mortecina luz el obelisco de Cervantes, que observa con ojos vagos a quienes cruzan los olivos. Más allá de su zona de protección, en una arteria del foso, la noche se vuelve a encender hacia Martín de los Heros; allí un grupo de jóvenes insolentes debaten algún punto crítico de la película que acaban de proyectar en los Golem. En la terraza de enfrente, dos enamorados disfrutan de un mojito con los brazos al descubierto, porque a pesar del viento helado que acaba de aparecer por las calles de Madrid como un susurro triste, el calor del alcohol hace su efecto.

Inconsistente, fatigado, fuera de órbita, en la primera intersección de este bulevar vanguardista descansa el Bar Rodríguez, uno de esos bares a los que uno va toda su vida y se acaba muriendo sin saber muy bien por qué. Bueno, esta vez había ido a ver un partido.

La historia de este partido resultaría irrelevante de no ser porque aquella noche… ¡Maldita noche que lo cambió todo! Aunque también nos hizo soñar durante un tiempo. Fue el fin de semana anterior a que casi todos nos fuéramos de Alicante, puede que tardáramos un tiempo en coincidir de nuevo, pero no queríamos grandes celebraciones en cualquier caso; Berlín y yo habíamos pasado casi todo el día en (su) cama revoloteando, no completamente a oscuras, más bien con la tenue luz azulada que se filtraba entre las persianas, insinuando sus hombros, recorriendo todo su torso hasta que se perdía hacia los muslos, un terrible fulgor reservado para los amantes, cada vez de un azul más pálido según retrocedía la tarde y entonces se hacía inevitable amarnos. Pero sonó el teléfono y volvieron las dudas.

Llamaron Silva y Nebras, estaban tomando unas cañas en el Steve y querían que nos uniéramos, en realidad sólo querían que me uniera yo, porque cuando estaba con ella me comportaba dócilmente, tomaba consciencia del sufrimiento y la existencia, etc, pero no podía dejarla sola, no acercándose a mi frente con ojos tan hondos, tan heridos, mirarlos fijamente es como perderse en un mar en calma, buceo y los pececillos me hacen cosquillas en los tobillos, y no hay maldad en su atracción lunar, y son tan cálidas sus tardes… el nivel del agua asciende, y entiendo que estoy ahogándome, pero ya no hay nada que pueda hacerse, y es mejor dejarlo estar. Me incorporé y dejé pasar algo más de luz desperezando la tensión de la polea, me abroché una camisa muy arrugada de estar esparcida por el suelo y ella se dirigió con sus pies de bailarina hacia el aseo para maquillarse un poco; yo me quedé sentado en su alcoba de princesa, con la espalda apoyada sobre una cabecera de madera oscura con ribetes, las paredes teñidas de granate, si estiraba el empeine casi podía tocar el tope de la cama con mis dedos, pies peludos de bestia, y ella tan frágil… a mi izquierda un espejo de estilo barroco sobre el escritorio, todo formaba parte de un cuento que Dickens había escrito para ella, pero ¡Oh, Berlín, cuánto habías ensuciado sus páginas! Y qué mal acabó aquella noche, que era la última…

Llegamos al Steve y los encontramos en la barra, estaban ellos y seis más, así que no fue complicado. El Steve consistía en un rectángulo lúgubre y empapelado de mugre donde ponían música independiente y grandes éxitos del post-punk americano de los noventa, a veces un poco de grunge y hacia el final de la noche todavía se animaban con el drone, la cerveza era tan barata que en ocasiones se agotaba el barril y el dueño, Blanquer, que era un joven muy afable sin visión empresarial, tenía que abandonar momentáneamente los platos —también se encargaba de pinchar la música, lánguidamente— para dirigirse al local de al lado y comprarles uno, entonces empezaba a llegar gente y más gente y miento si digo que allí no hemos pasado las mejores noches.

Estábamos bebiendo cerveza y hablando tranquilamente del futuro cuando irrumpió desde la puerta un hombre corpulento, de mirada hosca, acompañado por otros dos hombres, uno regordete y otro que había estado saliendo con Berlín durante un tiempo, así que todos conocían a Berlín de algún modo. Aunque lo cierto es que, de todos los que frecuentaban los espacios nocturnos alternativos de la ciudad, era raro encontrar a uno que no la conociera de algún modo.

En aquel momento yo no tenía ni idea de quién era aquel hombre hosco y corpulento, pero Nebras no compartía esta ignorancia; Ricardo, Ricardo… musitaba con los ojos centelleantes. Durante nuestra etapa de bachilleres, Nebras solía pasar algunas tardes en la filmoteca del instituto, en el segundo sótano, el refugio para los que ya viven bajo tierra. En el salón de actos un grupo de estudiantes se reunía cada semana para decidir qué película se proyectaría el viernes, y dado que apenas eran ellos los únicos espectadores que acudían, les bastaba con cualquier elección que pudiera colmar sus inquietudes colectivas; así que casi siempre impregnaban las sesiones con tintes idealistas propios de la adolescencia. Aquel año, El acorazado Potemkin se proyectó tres veces.

De entre todos los que participaban en la elección de la película, la voz de Alicia se elevaba inalcanzable sobre el resto. Cuando ella hablaba todos atendían con una especie de veneración que resultaba completamente natural, como quien se inclina junto a la ventana para escuchar una tormenta. Uno de los pocos que solía acudir a la cita sin haber participado en la organización previa era el propio Nebras, que rara vez pestañeaba mientras Alicia, de pie con sus largos vestidos de tonos claros, realizaba la presentación del movimiento artístico que precedía cada composición fílmica… ¡y cómo incluso la profesora de griego permanecía a su lado en silencio y asentía!, sin tener un sólo comentario que añadir, si acaso realizando alguna corrección puntual respecto a la fecha exacta de algunos acontecimientos que Alicia no estaba muy interesada en recordar.

Entiendo perfectamente que Nebras quedara atrapado una y otra vez en la calidez de la atmósfera que ella misma generaba a su alrededor, cuando se atusaba de manera desinteresada su fino cabello castaño y con las manos alzadas dejaba relucir el colgante de plata que siempre llevaba puesto; pero Nebras tiene un corazón complicado y, de la misma forma que un día la arropaba entre sus brazos y le juraba amor eterno, al siguiente devolvía plena atención a sus libros de historia.

Aunque Nebras siempre ha experimentado un buen gusto por el cine, pronto se hizo evidente para los responsables de la filmoteca que Alicia era la única razón por la que casi cada viernes se quedaba sentado en la tercera fila, detrás de todos ellos, y también era cierto que apenas se le oía respirar y no le hubiera importado adoptar una presencia incorpórea para contaminar lo menos posible su esencia. De manera gradual su aliento fue volviéndose cada vez más cálido para el cuello de Ricardo, conocedor de que cada palabra que escapaba de los labios de Alicia era ahora admirada con la misma devoción que la suya, o quizá aún mayor, y que a partir de entonces se vería obligado a compartir cada sonrisa, la que en algunas noches fue suya y a veces —la mayoría— de otros tantos, y el ardor en su nuca ya era puro fuego hacia el final, y si amándola de esa manera pudo contenerse tanto tiempo sólo se explica siendo un cobarde.

Alicia era una mujer esencialmente libre y curiosa, por lo que la osadía de Nebras, aderezada con una selección de palabras poco suntuosas y su actitud sencilla, bastó para que una de esas tardes se quedaran hablando tras la proyección e hicieran el amor sobre el púlpito de roble viejo, junto a la lona blanca en cuya superficie permanecía congelada la mirada atónita de un Ewan McGregor que interpretaba su papel en Trainspotting.

A partir de aquel día Nebras dejó de ir a la filmoteca y propuso a Alicia realizar actividades en la superficie. Tras la quinta o sexta ascensión al castillo dejaron de citarse a altas horas y decidieron hacerse amigos, lo que irritó aún más a Ricardo, que ahora sentía un viento helado tras de sí y tiritaba de frío y rabia. Así pasaron los meses y llegó una noche en que ellos dos se encontraron en una discoteca, Ricardo se plantó entre Nebras y la chica que lo acompañaba y se puso a hablar con ella y le invitó a una copa. Entonces Nebras le agarró del cuello de la camiseta delante de todo el mundo y le dijo:

—No sabes qué terreno estás pisando.

Unas semanas después volvieron a coincidir en el mismo lugar, pero ahora era Ricardo quien estaba con aquella chica que no trascenderá en la vida de nadie, y menos en la mía, pero que dio el pistoletazo de salida a una guerra que contó con varios episodios de similar naturaleza y que no cesaron en un buen tiempo, al no poder ninguno demostrar su hombría sin que pareciese una muestra de lealtad hacia la señorita que quedaba en disputa.

De modo que Nebras sabía muy bien quién era aquel hombre hosco y corpulento, Ricardo, que entraba por la puerta y se aproximaba a nosotros, pegados a la barra. Entonces volvió a musitar su nombre con los ojos inyectados en sangre y provocó que mi cerebro relacionara esa sonrisa mortificante con la del protagonista de sus confesiones, y qué podría haber hecho yo cuando se acercó a Berlín y la rodeó con sus brazos ásperos y permaneció así durante lo que me parecieron horas, si no es apoyar mis dedos suavemente en su hombro y, con sus garras todavía envileciendo el suave cabello dorado de Berlín, susurrarle al oído:

—Si vuelves a tocarla te estampo la cabeza contra la barra.

Jamás se montó en el Steve una agitación tan grande como la de aquella noche, y faltaría de nuevo a la verdad si dijera que en el rostro de Berlín no se intuía un cierto orgullo derivado de mis medidas extremas. El local se había empezado a llenar y, cuando apareció Blanquer por la puerta sosteniendo un nuevo barril de cerveza y jadeando, todos los presentes —que ya eran muchos en este punto— se habían agolpado en las esquinas formando una circunferencia vacía en el interior, donde quedamos nosotros seis situados bajo la bola de espejos que giraba hermética y demencial, como una aureola implacable que presidiera el área de exclusión. Nebras y Silva iniciaron una pequeña escaramuza con los dos amigos de Ricardo, en realidad sólo con el que había conocido a Berlín de algún modo, porque el regordete pronto pasó a engrosar, y nunca mejor dicho, la cuantía del público que, desde las lindes del pabellón, nos arengaba y enardecía el consumo de la poca cerveza que quedaba.

Me quedé frente a frente con Ricardo. Su sonrisa mortificante se había abierto paso hacia una mueca de sorpresa y falsa hombría al mismo tiempo, pero antes de que pudiéramos intercambiar opiniones se giró hacia la pared y le endosó un derechazo tan fuerte que todavía recuerdo la cara que se le quedó a Blanquer en la puerta, y cómo soltó el barril del susto, fracturando una astilla y derramando toda la cerveza por las baldosas mugrientas, y cómo todos los que estaban pendientes de lo nuestro se inclinaron ante el barril y se lamentaron durante horas.

Ricardo tuvo el brazo derecho en cabestrillo más de tres meses. Lo sé porque pasado ese tiempo Nebras me contó que se encontraron de nuevo en la discoteca habitual. Nebras iba con otra chica, eso sí, más alta y más guapa de lo habitual, cuando Ricardo se acercó e hizo lo mismo de siempre, pero el portero ya les había advertido de que a la próxima no volvían a entrar en su puta vida, entonces Nebras no tuvo más remedio que esperar a que los dos estuviesen en el exterior del recinto y decirle:

—Si vuelves a hacerlo te rompo el otro brazo.

Que Berlín no hubiese realizado el mínimo movimiento para zafarse de sus garras es algo que me persiguió durante los meses siguientes, en los que estuvimos a distancia. Me torturaba pensando que la razón de que no se hubiese apartado pudiera consistir en un hechizo, un simple verso que susurrado al oído permaneciera inextirpable en su voluntad y tiranizara sus deleites, hasta que llego y quedo ante todos como un animal que mira a los ojos al hechizo y lo rechaza, pero el hechizo ya nos ha destruido.

El destino del hombre está marcado por sucesos absurdos. Dejamos morir la noche frente al Steve apoyados en el extenso muro, que sostenía con su conglomerado de piedra un pequeño parque fantasmagórico sobre nuestras cabezas; allí sentados nos agazapamos dentro de una burbuja de silencio que nadie se atrevió a romper por si acaso fuera ella la que nos proporcionara el oxígeno. Entonces vimos pasar a un alemán con la camiseta del Dortmund y Silva lo señaló y dijo, ¡hostia puta!

Algunos meses después empezamos a apostar y entonces, reunidos de nuevo los tres, inmersos en la lúgubre oquedad que era en realidad el Steve, Silva y yo —Nebras tenía otros planes para los que no necesitaba una gran suma de dinero— acordamos depositar todas nuestras esperanzas de partir en el equipo al que habíamos jurado pertenecer eternamente, aquella noche tan trágica que fue la última y ahora me parece como de otra vida.

De manera que había ido al Bar Rodríguez a ver un partido, sí, pero de mayor trascendencia que ninguno hasta la fecha, porque el Dortmund había alcanzado las semifinales de la Champions y se enfrentaba en el partido de ida contra el Real Madrid, equipo que no precisa de introducción para cualquiera que sepa cambiarse de calcetines. Sabíamos que era casi imposible que saliera vivo de la eliminatoria, como también reconocíamos la necesidad de que un milagro revirtiera nuestra situación económica. Si los milagros existen, y hay muestras sobradas de que las probabilidades causales son infinitas, debía suceder ahora.

Enormes banderas ondeando en ambos fondos, amarillas y negras, como una marea de luz interrumpida, suena el himno de la Champions y los nervios se erizan, las piernas del once alemán crepitan alentadas por el calor de la grada, se agitan, tiemblan, mitad a causa de los nervios, mitad por combatir la calma. Lewandowski lleva 31 goles esta temporada, una barbaridad, Jürgen Klopp se muerde el labio, José Mourinho saca papada con los brazos en jarra y sus manos resguardadas en la marsupia, ruge, ruge, ruge la gradaaa, Silva y yo no entendemos nada de lo que dicen pero seguro que los jugadores del Madrid tampoco y sin embargo lo sienten en sus huesos.

Pita el árbitro, abro los ojos y el marcador ya anuncia el minuto seis, veo a Diego López deslizar una mano brutal tras el slalom y tiro cruzado de Reus, vamosss, me escribe Silva desde su casa, está escuchándolo por la radio, Gündoğan abre a Mario Götze, pone un centro magnífico al área, donde duele, con rosca y por detrás de la defensa, Lewandowski le gana a Pepe la carrera y el Signal Iduna Park estalla con la primera diana del ariete polaco, vamosssssssss.

Real Madrid indolente, posesión pero pocas ideas, barullo en el centro del campo, penalti muy dudoso no pitado sobre Reus y como suele pasar en el fútbol, siendo como es tan puto, en la jugada siguiente Hummels, que llevaba un año de escándalo, ejecuta un pase atrás malísimo, se queda demasiado corta la cesión, Higuaín roba y culmina el pase de la muerte al borde del descanso, empata el Real Madrid, nunca un pase había sido mejor descrito porque sentí que me moría, todos celebrándolo a mi alrededor, Hummels se lleva las manos a la cabeza y los jugadores fosforitos se comen al árbitro a excepción de Lewandowski, que se retira al vestuario con la media sonrisa del perturbado.

Arranca la segunda mitad, sale algo dubitativo el Madrid, saben que está nuestro viaje en juego, no quieren arrebatárnoslo, vamosss, Silva se ha puesto a levantar bloques de acero de veinte kilos en cada brazo y ha desenchufado la radio, no puedo más, me dice, y justo entonces Lewandowski hace el segundo, la coloca suave en el poste tras cazar un mal tiro de Reus. El tercero llega cinco minutos después, el polaco se mueve en el área como una pantera y clava el balón en la escuadra derecha para acabar de amargarle la noche a Pepe. Enloquecemos.

El fosforito eléctrico mueve el balón de un lado a otro del campo a una velocidad frenética, como si lo condujera por rutas milenarias ya trazadas, diseñadas por un meticuloso arquitecto romano, y ellos sólo le proporcionaran el impulso necesario. Gündoğan está a punto de hacer el cuarto pero ésta es la noche del polaco, la noche de Sir Robert Lewandowski que ya se ha ganado la distinción y que transforma un penalti que Klopp no quiere ni ver. Sólo cuando las banderas amarillas y negras arropan e inundan el estadio es consciente de que ha completado una gesta.

Quizá porque ésta fue desde el principio la historia de una derrota, el Dortmund acabó perdiendo el título en el último suspiro de la final. En cualquier caso, la magnitud de la hazaña de Lewandowski influyó de tal manera en nuestro ánimo que, cuando tocó a su fin el periodo de tiempo que transcurrió entre este partido, su posterior clasificación agónica y su derrota en la gran final, Silva y yo ya habíamos conseguido cuanto necesitábamos para lanzarnos a la carretera.

Ahora, cuando apenas han transcurrido dos meses desde que aquel tímido polaco nos llenara de esperanza y ya son más de seis países los que hemos recorrido, cogemos un desvío de quinientos kilómetros y conducimos hacia Dortmund para presentar nuestros respetos.

XXVII

Silva exprimía el coche por las pistas de aterrizaje, conocidas en Alemania como autovías, y la aguja del velocímetro se agitaba nerviosa hacia el final, consciente de su propia limitación. Por el flanco izquierdo nos rebasaban aviones sin parar y Silva se reía a carcajadas, y gritaba vamosss cada vez que uno de ellos nos dejaba atrás. Rodábamos camino a Bremen cuando nos vimos envueltos en otro aguacero terrible, la lluvia se deslizaba oblicua y vigorosa por los cristales privándonos de los pequeños placeres de un paisaje discreto. Como teníamos que conducir pegados al carril derecho debido a la austeridad de nuestro motor, quedábamos siempre atrapados detrás de los camiones que, más que rodar, surfeaban sobre los pequeños embalses provisionales que se formaban en el asfalto y nos escupían a la cara toda el agua en modo spray, como si fuésemos un muro grafiteado o el lienzo de un pésimo artista.

Antes de llegar a la ciudad-estado decidimos hacer una parada en Worpswede, donde un paisaje puntillista nos abrazaba. Para llegar hasta la colonia de artistas cruzamos carreteras selváticas de un solo carril y algunos tractores que trabajaban el terreno en la llanura nos saludaban a nuestro paso, como si en lugar de un coche condujéramos la diligencia que lleva al empresario del pueblo de vuelta a casa. Un par de horas después Silva ya caminaba con la camiseta de Lewandowski por el precioso tablero medieval que conforman las calles de Bremen y, a la altura de la sinuosa Böttcherstrasse, a causa del inevitable choque de miradas que propiciaba la estrechez de su calzada, advertimos el hecho de que nos miraban mal con más frecuencia de la que nos gustaría. Una amable señora prometió explicarnos el motivo en mitad de un bulevar, pero después nos preguntó si estábamos locos, nos regaló una mirada condescendiente y se marchó maldiciendo. Más tarde nos enteramos de que las desavenencias entre Bremen y Dortmund se remontaban a una rivalidad futbolística centenaria.

La luz quemaba todas las fotos, arreciaba el hambre y un orzuelo se emancipaba en mi ojo derecho, sin duda era el día propicio para comerse un kebab destructivo. La comida turca era aparentemente deliciosa en esta zona debido a la abundante inmigración y contaba con numerosos e insistentes prescriptores en todo el mundo, así que nos dirigimos a la zona ferroviaria en busca de uno. Por desgracia el que obtuvimos lucía inocuo, excesivamente saludable, cuando miro a un rollo de kebab espero que parezca que va a matarme, aunque acabe no haciéndolo. Disfruto al ver en sus entrañas el camino hacia la muerte, porque soy un poeta.

Nos acercamos al hostal para coger algo de aire y, tras una pequeña siesta, disputamos una partida de ajedrez en una especie de salita común donde algunas mujeres clavaban sus diminutos ojos en las pantallas de su ordenador. Quizá sea el ajedrez el juego que mejor refleja la personalidad de sus contendientes: mientras mi mente era un hervidero de ideas poco meditadas que conllevaban acciones impulsivas, Silva congelaba su rostro y escogía el movimiento óptimo, sin importar cuánto tiempo consumiera en el proceso. Tras un asedio constante a mi pobremente liderado ejército, contemplé con gran tristeza cómo mi rey de madera se desplomaba con estrépito sobre el tablero. ¿Cómo jugarían los veganos? ¿Sin matar a los caballos? ¿Estarían también en contra de la representación?

De regreso por la zona de la estación de tren nos detuvimos a la altura de un McDonalds repleto de gente extraña, se sientan, se levantan, se sientan en otro sitio diferente, merodean, traman. Después, en un pub irlandés cuyas paredes estaban recubiertas de billetes internacionales de curso legal, un hombre de aspecto harapiento, borracho y de pronóstico reservado se despojó de la chaqueta que llevaba puesta e irrumpió a bailar en torno a su asiento cuando se deslizaron los primeros acordes de Sultans of Swing sobre la barra.

—Si a punta de pistola nos obligaran a levantarnos, a comer el mejor manjar posible, a dormir una siesta, a acostarnos con la mujer más bella, a una vida programada sin sueños ni ambiciones, ¿crees que seríamos felices? —preguntó Silva de forma totalmente aleatoria.

—Eso se parece a lo que describe Huxley en Un mundo feliz, cambiando armas de fuego por fármacos. Puedes leerlo si quieres, pero Huxley era un pésimo novelista —contesté.

Habíamos quedado con un grupo de chicas españolas en otro pub. La razón principal fue que la más activa de ellas, Nuria, nos había abordado en las literas por la tarde, justo cuando nos preparábamos para salir y, como somos compañeros de albergue, nos dijo, lo lógico es que toméis algo con nosotras esta noche. En el nuevo bar pedimos varias jarras de Becks, jugamos a las cartas y hablamos de temas intrascendentes como la hoja de ruta de nuestros viajes; siempre las noches en grupo transcurren en mitad de una extraña tensión hasta que aparece Tim. Tim es el arquitecto, el gran catalizador de las dimensiones; toda noche legendaria comparte un elemento en común y es que posee su propio Tim. Tuve la certeza de que habíamos encontrado el nuestro cuando se acercó al borde de la mesa donde estaba yo sentado y me susurró:

—Si me dejas jugar una mano, os invito a una ronda.

—No hay problema, pero no hay suficientes cartas, tendrás que jugar la mía. ¿Conoces las reglas?

—¡Perfecto, perfecto! No las conozco, pero puedes explicarme…

Y así lo hice, omitiendo detalles vagos y tácticas intrascendentes para una contienda de esta bajeza. Tim fruncía el ceño y sudaba sin parar y estiraba la cabeza hacia delante para recibir mis palabras con la mayor nitidez posible; cuando estaba a punto de terminar me interrumpió alzando la palma de su mano por encima de la mesa y dijo:

—No me gusta… no me gusta, pero lo entiendo.

Detrás de Tim, sentado sobre un taburete de la barra, un hombre alargado nos miraba encogido bajo su camisa azul. Respondía al nombre de Mark y no hizo ningún gesto destacable hasta que, unos minutos después, se acercó con otra ronda y la dispuso sobre la mesa, atrayendo la atención de todos menos la de Tim, que sudaba y sudaba mientras perdía una mano tras otra, con las mejillas enrojecidas de fervor; su tez blanca palidecía con cada gota de sudor que se derramaba desde la cúspide, donde el cabello rubio empezaba a estar a cada momento menos presente.

Tim se golpeaba el pecho y dirigía sin parar el dedo índice hacia la montura metálica de sus gafas, no a causa de un tic molesto o una pose, sino porque realmente se le caían, quizá fruto de unas patillas laxas, mal atornilladas. Dijo que él era el Germanator y nadie tuvo algo que objetar. Pensábamos que Mark, que había regresado a su posición en la barra y seguía observándonos, era un buen amigo de Tim que le acompañaba en esta noche de desenfrenos como en otras tantas, al menos esa era la conexión que podía deducirse del modo en que ambas presencias ocupaban un espacio cálido, pero al ser cuestionado sobre la naturaleza de su amigo Tim aclaró que no lo conocía en absoluto, los dos habían nacido en Bremen y estaban saliendo de fiesta, eso era todo.

Tim trabajaba en la compraventa especulativa de cobre y bronce, da mucho dinero, pero no puedo dormir desde hace tres meses, dijo. Tim se giró hacia mí y le hice un gesto de aprobación, sabes cosas, le dije, y él resopló y me dijo, ellas son muy duras… especialmente Nuria y Cécile, y les miró sonriente. Su barriga iba adquiriendo progresivamente la forma de una esfera y llegó un punto en que pensé que los botones de su camisa no aguantarían la presión y uno de ellos renunciaría, saliendo disparado en cualquier dirección. Tim permanecía erguido sobre el asiento, pero a ratos resoplaba y se venía abajo. Pepa le preguntó por qué estaba aquí y Tim contestó que por ella. En el mismo instante un alemán que pasaba se dio un golpe brutal con Nuria, que se había echado hacia atrás suspendiendo la silla sobre dos patas, y ya decía un grupo español que el equilibrio es imposible, y ambos acabaron en el suelo.

No se había recuperado Nuria del todo cuando Tim le dijo que ella era la niña de quien todos huían en el colegio, pero al advertir el sufrimiento de los varones por contener la risa se vio obligado a realizar rápidamente un giro autobiográfico en su discurso: su padre fue soldado y de ahí la presión que siempre había tenido que soportar desde niño. La vida empresarial no es muy diferente a la trinchera, decía, tienes que mantenerte siempre en forma; si pierdes la guerra, quiebra el país; si das luz verde a la transacción equivocada, se hunde tu empresa. Tim desveló cómo se expresaba en alemán el hecho de ir borracho y le dije, das emotional.

Tras habernos cortejado con tantas pintas que pensaba que las cartas se habían convertido en vino y esto era la última cena, Tim proclamó su marcha. Se levantó de la mesa empapado en sudor y, con un gesto, indicó a Mark que le acompañara. Mark ya llevaba un rato sentado con nosotros, presidiendo la mesa y soportando de la mejor manera posible todas las preguntas que Mathilde y Cécile, a su lado, le formulaban, dado que ellas eran francesas y él conocía un poco el idioma. Subimos agotados al hostal y Nuria nos invitó a dormir con ellas en su habitación, había espacio de sobra para todos al estar la reserva lejos de su máxima ocupación. Mathilde me ofreció alguna especie de sobao francés con mantequilla, exquisito, Nuria apuntó que la mantequilla y lo francés era inseparable y me dormí aterido bajo una sábana cuya complexión rozaba la transparencia. Desperté horas más tarde tras uno de los descansos menos reparadores que recuerdo, la luz irrumpía sin oposición a través de los ventanales, algunas chicas ya se habían despertado y permanecí boca arriba con los ojos cerrados, anestesiado con el suave balanceo del francés de Cécile.

XXVIII

El mar del norte se precipitaba con sus tonos azules hacia los dos flancos del abismo, pero en el centro, como una osadía indescriptible se alzaba el Storebælt, uno de los puentes suspendidos más largos del mundo, y por él avanzábamos. Silva no guardaba buenos recuerdos de Escandinavia y había interpuesto cuantos argumentos había tenido en sus manos para impedir que la ruta recalase en la península. Todo este rechazo se remontaba a dos navidades atrás, cuando se embarcó junto a Dios y Pit en un viaje exprés al oeste de Dinamarca, en una oferta desesperada clásica de las aerolíneas cuando no cubren las plazas esperadas. Al llegar se encontraron las calles regadas de nieve y las verjas de los comercios bajadas, las familias guarecidas en sus casas, entraron al único bar abierto y la camarera ni les miraba.

—Los españoles estamos alerta, nos observamos. Si entra alguna chica, nos giramos. Si aparece un tío, miramos desafiantes para marcar territorio. En el resto de Europa seas quien seas te miran con desprecio, y en Dinamarca directamente no existes —se quejaba Silva.

Todo cambió, sin embargo, cuando nos encontramos con una adorable pareja de ancianos a la que preguntamos si estábamos obligados a pagar el aparcamiento en esta zona. La mujer era de un rubio que jugueteaba con el blanquecino, con una voz tan fina que parecía a punto de desaparecer. Apenas podía sostenerse gracias al apoyo de su marido, que acabó por resolvernos la duda. El hombre, de ojos azules de una bondad inexplicable, levantó su brazo arrugado y tremuloso para indicarnos que en la Eskildsgade no era necesario abonar ninguna tasa, pero en cualquier caso hacía ya mucho tiempo que no aparcaba su coche y no podía estar seguro, porque todo cambia muy rápido. Mientras pronunciaba estas palabras su esposa asentía tímida, como disculpándose por no ofrecernos una respuesta más precisa. Si había una manera de no sucumbir ante tanta ternura yo no la conocía, y vi en la expresión relajada de Silva que ya había enterrado cualquier reticencia a venerar la cálida frialdad de estas tierras.

Descansa mejor el ser humano cuando siente sus pertenencias estacionadas en un lugar inmóvil, el viaje había sido largo y, una vez arropamos nuestro coche entre otros de su misma naturaleza, doblamos la esquina de la Eskildsgade para alcanzar nuestro lugar de reposo. Este albergue contaba con inmensas habitaciones en las que podían dormir, o intentarlo, hasta un total de treinta y dos personas; ni la más barroca de las descripciones del horror podría evocar los ronquidos infames que provenían de la parte baja de mi litera, un estruendo de locomotora cuya cadencia se perpetuó durante buena parte de la noche, al menos aquella en la que me mantuve consciente, pues acabé rindiéndome al sueño en algún momento y desperté viendo a una pelirroja en posición de perrito en la litera de enfrente, buscando algo entre las sábanas con sus braguitas de lunares rojos. Desde la recepción provenía un solo de jazz que pretendía llenarnos de vitalidad para afrontar un nuevo día.

El margen establecido para la visita normativa de Copenhague era mínimo, y la mayor parte del tiempo la perdimos en el Kastellet, antigua ciudadela con puntas de lanza en forma de estrella, repleta de terraplenes ajardinados que sostenían cañones a los que Silva se encaramó y cabalgó a horcajadas hasta que empezó a diluviar y bajamos a resguardarnos en los porches. En vista de que no amainaba, paseamos por la gravilla del corredor central y había algo increíble en exponerse bajo la lluvia libremente. Tanto las callejuelas que cruzaban los canales como las grandes avenidas desprendían un aura encantadora, y yo sólo pensaba en casarme con una danesa y tener hijos dorados de ojos azules. De vuelta en el hostal aprovechamos la agradable soportabilidad de la brisa que precede a una noche veraniega, salimos al jardín interior y nos sentamos a comer pipas en una mesa de madera atornillada sobre la tierra húmeda, esparcida en forma de ronchas sobre el césped. Jugamos dos partidas de ajedrez y en una de ellas incluso gané a Silva, demasiado precavido ante mi falta de orgullo.

Sin expectativa alguna —al ir bastante al límite de piernas— nos dirigimos hacia The Moose, un local recomendado por dos o tres personas nacidas aquí cerca. The Moose era el nombre que recibía un espacio lóbrego, grafiteado, estrecho, oscuro, los márgenes de pared que permanecían libres de spray revelaban un color granate y verdoso, hacia el final el local se estrechaba todavía más y de repente escaleras que descendían hacia un habitáculo tenebroso, con mesas bajas atestadas de humo y un futbolín majestuoso en el centro. Para reservar turno en el futbolín existía un pequeño ritual que consistía en dejar una moneda de cinco coronas sobre la mesa. Así fue, tras contribuir con la mía, como me tropecé literalmente con Danes, una suiza pelirroja que tenía un trébol de cuatro hojas tatuado en el antebrazo y un par de amigas en Mallorca. Danes me agarró inesperadamente de la mano y colocó una pinta de Tuborg en ella, arrastrándome de inmediato de vuelta hacia la mesa donde aún reposaban mis cinco coronas. Ganamos la primera partida con la contundencia de la pareja que lleva toda la vida amándose y aquello era perfecto, pero en la siguiente apareció otra cuyo amor no era ficticio y nos bajó a la tierra completando un partido impecable. Ella no manejaba con destreza los mandos, pero él, dominado por el tatuaje inmenso que se enraizaba desde su hombro, movía a sus jugadores como si fuesen una extensión de sus dedos, y repartía juego con pases milimétricos que hacían avanzar al balón zigzagueante una línea tras otra hasta acabar dentro de la portería, sin que nadie hubiera disfrutado en el proceso. Danes se había echado un novio danés con apariencia de vikingo retirado que ahora conversaba con Silva sobre sistemas informáticos en la zona donde The Moose empezaba a estrecharse, tenía el cabello rubio, largo y fino, relajado bajo un sombrero de tela exquisita, como pude comprobar cuando me lo prestó tras aparecer junto a su chica. Silva tragaba saliva y, aunque no podíamos comunicarnos abiertamente, entendí muy bien lo que estaba tratando de decirme.

Danes y su novio siguieron invitándonos a botellines de Tuborg hasta que en cierto momento se fueron. A estas alturas de la noche Silva seguía sorprendiéndose de cuánto había cambiado su opinión sobre los daneses, somos una piñata de prejuicios, decía, pero ya acabó la fiesta, y se iba a pedir otro par de Tuborg. Para hacer tiempo me puse a hablar con una danesa guapísima que estaba apoyada en una de esas pequeñas barras que se adhieren a la pared para dejar ahí los vasos, y a veces también los abrigos en los ganchos apostados en la parte inferior, intercambiábamos opiniones sobre temas frugales cuando un brazo gigante irrumpió entre nosotros y se extendió hasta el muro, era el de un danés de dos metros que se giró y me preguntó si todo iba bien, le dije que sí, se giró hacia su novia y ella le dijo que también.

Parecía destinado aquella noche a meterme en problemas, pero no pasó nada. Si algo he aprendido de la vida es que casi nunca pasa nada. Eran más de las seis de la mañana, momento en el cual todos los lugares razonables del mundo cierran. Obviamente The Moose no era un lugar razonable. Los tenues destellos del nuevo día ya colisionaban con las vidrieras eclesiásticas que funcionaban como tragaluces, pero aquel antro seguía siendo un hervidero de gente que entraba y salía ininterrumpidamente; sin ningún orden ni propósito aparente, la noche se movía entre todo aquello. Y digo la noche porque una noche no acaba hasta que todo el mundo tiene intención de irse a dormir, y justo entonces aparecieron unos italianos que invitaron a tequila. Eran cuatro y uno hablaba por teléfono todo el tiempo. El italiano es un idioma que se presta a ser gritado, especialmente cuando se transmite por teléfono.

Después apareció por allí Tom, un ugandés rapado que lucía gafas de aviador y nos invitó a más rondas de Tuborg. En el preciso instante en que nos veía a alguno sin cerveza, aparecía con otra y la ponía en nuestra mano, llevaba aquí veinte años y estaba en The Moose sólo para ver y disfrutar, habla con esa rubia, le decíamos, te busca con la mirada, ve a por ella, pero Tom movía la cabeza de un lado a otro y decía, sólo ver y disfrutar, sólo ver y disfrutar.

Ya nos quedamos con Tom el resto de la noche y en algún punto se unió a nosotros un danés alocado que nos contó vicisitudes de su vida diaria en un dudoso inglés, y tras sorber una especie de zumo de naranja empezó a hablar muy rápido, trastabillándose e intercalando términos daneses, y ya no pudimos entender nada. Su alopecia formaba una herradura áurea en las alturas, y sus ojos saltones y la rugosidad de su piel hacían que me recordase a una rana. Nos invitó a todos a varios zumos de naranja mientras no paraba de decir I’m generous, I’m generous… lo repitió tantas veces que Tom tuvo que hacer que se callara. No era un tipo a quien convenía enfadar.

Después futbolín con Silva y volvió a repetirse la historia. Primera partida ganada por cinco a cuatro, ellas molestas porque en su opinión nos habíamos dejado remontar hasta el empate a cuatro, Silva les dijo que en efecto y se fueron de muy mala gana. En la segunda partida nos apalizó un gordito que jugaba junto a una chica que llevaba un gorro de marinera. El danés generous desapareció entre la multitud de la barra, había ido a por cambio, regresó con dos monedas y estampé una de ellas contra el cristal, buscando revancha. Pero el gordito y la marinera ya no estaban y ocupaba su lugar una de las chicas que se había molestado con Silva en la primera partida, esta vez venía acompañada por un danés pícaro que tenía dibujada en la cara una sonrisa permanente y nos miraba desafiante, con sus ojos pequeños y abiertos despachando a sus rivales como si nada. La chica ofendida se ocupaba de la línea defensiva y, tras encajar un gol intrascendente para el resultado en un mal despeje, el danés pícaro se giró hacia nosotros y tapándose la boca dijo:

Never play with a woman.

Empatamos de nuevo a cuatro en la siguiente partida pero no pudimos deshacer la contienda, puesto que una de las pelotas había desaparecido. El danés pícaro introdujo en el interior un mechero con la intención de usarlo como última bola. Obviamente no funcionó. El mechero se quedó dentro y ladear el futbolín mientras lo sacudíamos para expulsarlo a esas horas parecía una buena idea. Obviamente no lo era. Empecé a tumbar la mesa y Silva se situó en el lado opuesto, ofreciendo resistencia para que no volcara del todo. Entonces apareció uno de los camareros maldiciendo y exclamando que las patas iban a partirse, y además estaban cerrando. Cuando empezaba a dar media vuelta para marcharse, el danés pícaro le frenó con una sonrisa y dijo:

—Eh, las patas están donde se supone que tienen que estar.

La chica molesta quería seguir jugando y nos exhortaba con insistencia a seguir inclinando la mesa para ver si conseguíamos que, por lo menos, saliera el mechero —que ni siquiera era suyo—. Pero regresó el camarero y desalojó la sala mientras la chica ofendida le rogaba que, por favor, nos dejara quedarnos cinco minutos más, que ya casi lo habíamos sacado. Obviamente no nos dejó.

Cuando evacuaba el local, a la altura de su zona angosta, me encontré de nuevo con los italianos. Estaban hablando con alguien a quien me acerqué y dije oh, eres el nuevo del grupo; se miraron todos entre ellos y nos fuimos. Siempre hay alguien nuevo en el grupo.

El hombre ha elaborado complejos mecanismos internos para garantizar la cordura. Por ejemplo, no estamos preparados para asistir a una transición día-noche-día manteniéndonos despiertos todo el tiempo. Es por esa razón que caminábamos por las calles de Copenhague como si atravesáramos una pecera, el aire adquiría una trascendencia inusual que afectaba el movimiento y las luces de los semáforos, de los árboles, del mismo cielo nos alcanzaban extrañas, como si hubiesen sido intencionadamente apuntadas hacia nuestras retinas, y aun así seguían resultando suaves y melancólicas.

En el albergue fuimos al baño con la comida que había sobrado y bañé un panecillo redondo en aceite de oliva, hasta que el panecillo fue incapaz de absorber más aceite y empezó a inundarse todo. Silva devoraba cacahuetes aromatizados con cebolla y queso, entró un tío rubio y nos dijo, long night, uh?, y se marchó entre risas. Así que volvíamos a estar todos hacinados en los compartimentos que dividían aquella trinchera infecta, productos pasivos de la fabricación en serie, repartidos en bloques de literas enfrentadas, así como los huevos se disponen en los cartones de docena, con el pequeño matiz de que en lugar de cáscaras de carbono sin fisuras estábamos compuestos de una materia prima incontrolable… pedos, eructos y ronquidos condensados en la composición de un aire tan denso como el hierro.

Tuvimos que huir hacia el coche cargados con todos los bultos, porque el checkout del albergue estaba fijado a las diez de la mañana. Según Silva, el recepcionista había venido personalmente a despertarnos pasadas las diez, pero como yo no me encontraba lejos del estado al que un especialista se refiere como clínicamente muerto, el recepcionista zarandeó a Silva y éste emitió un gruñido. Media hora después volvió para reprenderlo, amenazó con tirarnos un cubo de agua y Silva me despertó a toda prisa porque ya no estaba Tom para sacarnos las castañas del fuego. Habíamos dormido menos de una hora y desde algún lugar del pasillo se escuchó la voz de un paisano que gritaba a pleno pulmón, ¡ha sido el puto moro ese extraño!, decía desgañitándose. Salimos de allí como pudimos. Mi cabeza estaba al borde del estallido y nada más llegar al coche me tragué un sobre de ibuprofeno sin agua, hice un ovillo con el saco de dormir, lo encajé entre el respaldo y la ventanilla y me eché a dormir. De tanto en tanto me asaltaba una repentina vigilia y escuchaba desternillarse a los daneses que pasaban por nuestro lado. El coche, desde fuera, no debía de lucir muy diferente a un sarcófago. Una vez conseguimos reponernos y tratamos de arrancar el motor, nos dimos cuenta de que habíamos dejado el coche encendido desde la noche anterior cuando vinimos a beber y a escuchar I Still Remember, adiós batería, tirados en mitad de la Eskildsgade. Un turismo que buscaba aparcamiento nos preguntó si nos íbamos, no, le decimos, nos hemos quedado sin batería y estamos esperando a la grúa. Se ríe. Todo le hace gracia a los daneses. Después llegó la grúa. Bajó de ella un hombre castaño con pinta de náufrago dominguero y empezó a formularnos algunas preguntas rutinarias que Silva contestó con desgana, mientras el mecánico no paraba de repetir yeah, yeah, that’s perfect, yeah.

El Storebælt lucía magnífico hacia su vertiente occidental. Las nubes, escarpadas, se apilaban en estratos que iban encogiéndose hacia el horizonte, convertido en una pradera ardiente que se inclinaba suavemente hacia el abismo; sobre la superficie del puente, los vehículos que cruzaban el paso en sentido contrario nos deslumbraban con sus ojos ralos, y las bombillas del gran violín metálico nos señalaban el camino de vuelta a casa. Pero aún teníamos algunas cuentas pendientes con el viejo mundo, así que abrimos las ventanillas y respiramos la corriente de aire salado que se abría paso hacia nuestros pulmones, henchidos de libertad y buenos pensamientos, hasta el punto en que si nos hubieran preguntado qué pasaba por nuestra cabeza en ese momento, y creo que puedo hablar en nombre de ambos, sólo habríamos podido dar una respuesta: ahora somos invencibles.

XXIX

El hostal de Hamburgo nos esperaba en la Reeperbahn, el corazón del barrio de Sankt Pauli y uno de los distritos rojos más populares de Europa. Como llegamos a altas horas, la avenida era ya un desfiladero lumínico dedicado al culto al sexo. Incontables neones de todos los colores se superponían uno tras otro, interesantes y excesivos, asaltando la oscuridad por la fuerza. Los guardaespaldas de la Reeperbahn simulaban que les importábamos para llevarnos a ver mujeres desnudas, pero de los miserables ya sólo nos separa la dignidad, dijo Silva, porque el bolsillo cada vez pesa menos. En algunos callejones perpendiculares los paneles luminosos seguían desplegándose como un acordeón desgastado, y llegando al hostal cruzamos por delante de una puerta doble que, según se abría hacia dentro, alejaba de su eje dos muslos embebidos en unas medias de rejilla.

Dormimos en una habitación tan aseada y libre de ruido que nos despertamos creyendo que todo había sido un sueño, y en efecto lo había sido, un sueño magnífico. Desayunamos un café con bollos casi a las cuatro de la tarde y nos dirigimos hacia el paseo del Elba. Quedé completamente hechizado por el tono púrpura de los ladrillos gastados, y lo mortecino que se respiraba en la silueta de las descomunales embarcaciones allí atracadas. De vez en cuando, al paso de la S-Bahn, desde los raíles suspendidos a nuestras espaldas se desataba un leve rumor que se confundía con el del mar. Allá a lo lejos, la segunda línea de puerto quedaba emborronada por una neblina macilenta y me sentí por un momento desprendido de la materia.

Ya el lector conoce que no era Silva especialmente adicto al drama, pero de vuelta en el hostal tuvimos que abordar un dilema que llevábamos postergando desde el comienzo del viaje, un dilema serio, y esta vez no íbamos a tener hamburguesas con queso a mano como en Brujas. El conflicto era el siguiente: para el camino de vuelta, Silva pretendía parar en Barcelona un par de días, aprovechando que Dios podía alojarnos, mientras que yo era partidario de llegar hasta Milán y pasar olímpicamente de la ciudad condal, plan que disgustaba en sobremanera a Silva, que se negaba a adentrarse de pleno en los Alpes y prefería bordearlos por el norte.

Las discusiones con Silva siempre suponían una carrera de fondo, pero daba igual cuánto le aguantara el ritmo porque en cada giro siempre aprovechaba para colocar la meta en un lugar diferente. Las implicaciones tácticas de una batalla dialéctica no suponían para él un reto mucho mayor que las de una partida de ajedrez, y aunque para mover un alfil podía emplear más de diez minutos, ahora repelía un argumento tras otro con la agilidad de un espadachín formado en el seno de la Guardia Real. Fuimos agotando en un par de horas todos los condicionantes que podían decantar la decisión hacia un lado u otro, consumo de gasolina, noches adicionales, italianas, alojamiento, y si bien Silva, además de ser el único capaz de conducir, contaba con un mayor respaldo de la lógica, no lograba encontrar argumentos que evidenciaran plenamente que mi opción era menos válida. El problema residía en que no contábamos con la presencia de un juez imparcial a quien pudiéramos convencer con largos testimonios, en cuyo caso la decisión final quedaría sujeta a la influencia de ciertas sutilezas, sino que uno debía aplastar sin ambages el argumento del otro, de forma que quedara absolutamente claro que el suyo era el único amparado por la Razón Universal.

Estábamos ya desquiciados. Silva seguía negándose a cruzar los Alpes, yo le dije que había perdido el espíritu aventurero y él me dijo que no sabía con quién estaba hablando; tras esto hubo una bronca épica y decidimos aplicar la fuerza bruta. Jugaríamos una partida al futbolín, donde yo partía como favorito, y otra partida al billar, terreno favorable para Silva. En caso de empate, una moneda de cinco coronas decidiría en qué escenario se dirime la batalla final.

En el futbolín no hubo sorpresas y me llevé un partido plácido, mientras que en el bola ocho salí verdaderamente escaldado. La moneda no me fue amable y Silva eligió billar. Todo lo que pude hacer durante la partida fue ejecutar carambolas rastreras que taponaran el acceso de la bola negra hacia su destino final, pues a Silva sólo le quedaba meter ésa y yo tenía todavía la mayor parte de las mías esparcidas sobre el tapete. No realicé bien una de esas maniobras y dejé un escenario franco para la derrota, con la negra a un palmo de la esquina donde debía entrar para certificar mi fracaso. Pero tuvo tan mala suerte Silva que la blanca, al impactar furibunda sobre la negra, la envió hacia uno de los ángulos que bordeaban el agujero con tanta potencia que rebotó dos veces en las esquinas paralelas y acabó colándose por un lateral.

Silva se pasó dos días sin hablarme, y casi destroza su móvil contra el asiento del coche. En cualquier caso, no me sentía en disposición de juzgarle o hacerle sentir vergüenza, porque si algo he aprendido de los ignorantes es a despreciar lo enrevesado, y entiendo que la vida es sobre todo cabrearte por perder una partida de billar hasta perder el sentido, envolver todas tus pertenencias en un saco para tirarlas por la ventana y trabajar veinte años para comprar otras nuevas, sentarte en un cartón tirado en el suelo, construir una balsa con las sobras de IKEA y navegar por aguas internacionales, pegarte cabezazos contra la pared cuando la vecina no se calla, salir a la calle y no agachar la cabeza ante nadie a menos que el cielo esté turbado. La vida, en definitiva, es leer este párrafo y decir, pero qué basura estás contando. Se acabaron los formalismos. Paga tus deudas, admira la belleza, odia a todo el mundo y deja de hacer caso a las personas que intentamos enseñarte a vivir.

XXX

Habíamos parado un momento en la catedral de St. Marien para utilizar el servicio, ubicado en el segundo sótano, y en aquel momento el sol brillaba allí afuera, brillaba en los vitrales abovedados que se incrustaban entre el ladrillo y brillaba también en la cúspide, donde el turquesa se desconchaba de puro agotamiento. Como buenos ciudadanos de educación europea que somos tiramos de la cadena al terminar, pero esta vez advertimos que, junto al torrente hidráulico que resbalaba por la porcelana, se vertía también sobre nosotros una extraña culpa. Abandonamos la iglesia arrastrando este pesar embarazoso y aceptamos la tormenta que se desató nada más pusimos un pie en el exterior como una consecuencia lógica de nuestros actos. Lo normal hubiese sido apresurarnos hacia el coche maldiciendo pero, siendo las circunstancias de esta manera, optamos por caminar con dignidad y no formularnos más preguntas de las necesarias.

Sencillamente no podía dejar de llover, no mientras siguiéramos vivos. Habíamos encallado el coche en unos de esos aparcamientos que vistos desde arriba se asemejan a las teclas invertidas de un piano, entonces alguien llega y mete el morro de frente y lo encaja dentro del espacio delimitado sin mayor problema, como si una tecla extraviada volviese al lugar que siempre le ha correspondido. Las lunas del coche, en su cara externa, habían quedado recubiertas por completo de una fina capa de agua masacrada que se renovaba a mayor velocidad que el parabrisas, de tal manera que podíamos ver lo que sucediera en el interior del vehículo, pero eso era todo. Silva pisó el embrague y retrocedió tímidamente un par de pies hasta que nos sacudió un golpe, triste y hondo, como el de un tambor. Silva dejó caer su cabeza sobre el volante y se quedó así unos segundos; entonces bajó y recibió también el impacto del cielo, que ahora se precipitaba sobre nosotros como una lluvia de lanzas. Me asomé por la ventana y vi una enorme masa gris emborronada, toda mi atención acaparada por un círculo perfecto cruzado por una estrella de tres puntas sobre su parte delantera; incluso un profano del automovilismo como yo sabía que se trataba de la insignia de un Mercedes, como sabía que no había peor vehículo sobre la faz de la tierra con el que tener un percance.

En la masa gris se dibujó una puerta y vi salir de ella a un hombre comprimido, rígido, de esa clase de personas que parecen ser castigadas con un terrible dolor cada vez que desplazan un músculo, y para evitarlo permanecen con expresión atónita todo el tiempo, como si contemplasen un monolito. Pensé que era muy moreno, concentré la mirada y percibí sus rasgos orientales, quizá otomanos. A juzgar por la fluidez con la que empezó a pronunciar palabras en alemán en muy mal tono, y teniendo en cuenta su edad, que rondaría los cuarenta, lo más probable es que se tratara uno de tantos inmigrantes turcos que cruzaron la frontera a finales de siglo.

Silva intentaba disculparse, pero el otomano se limitaba a trazar forzosos aspavientos y maldecir en lenguas bárbaras. Al no obtener de Silva la respuesta que esperaba, optó por llamar mi atención preguntándome si hablaba alemán; yo negué con la cabeza, casi disculpándome. Llevaba barba de dos días y vestía un jersey verdoso, lúgubre, como de cenagal, y debajo una prenda de tonos claros. En general su estilo era digno del propietario de un Mercedes, no había duda, y con su sonriente panza se revelaba a salvo de las penosas tribulaciones del empresario atormentado.

Está muy serio y cabreado, quiere treinta euros o llama a la policía. Polizei, polizei, thirty euros, polizei, eso es todo lo que decía, y ciertamente no se puede transmitir un mensaje con mayor claridad. Siguió repitiendo lo mismo sin añadir ni una palabra y me pregunté cómo era posible que supiera referirse a la cuantía del billete y no a cualquier otra cosa, de lo cual confirmé dos hipótesis, una, que no se había criado en Hamburgo, pues cualquier niño escogido al azar podría armar una sentencia en inglés con sujeto y predicado, algo que escapaba al control de este otomano rígido, y dos, que algo de rufián tenía, porque quién se toma tanto cuidado en aprender a nombrar exclusivamente las decenas; una cosa es empezar a construir la casa por el tejado, y otra muy distinta es darse todo un baño de arcilla.

Silva insistía en que el parachoques estaba intacto, se inclinaba sobre la zona del impacto y la señalaba como si allí se concretase la cuadratura del círculo; después recobraba la verticalidad y le decía, en esencia, que no le iba a dar una mierda. Di gracias a Dios por que el hombre no pudiera entender esto último.

El otomano rígido se puso a tomar datos de nuestra matrícula cuando de pronto, sin motivo aparente, levantó el bolígrafo. Nos miraba con estupor. Spanish?, preguntó antes de esbozar una leve sonrisa de esas que se calientan por dentro, y comenzó a reírse como un lunático durante un buen rato, después se calmó y siguió repitiendo polizei, polizei, thirty euros, polizei, pero con menos entusiasmo, como un mantra que se revela insuficiente, y seguía enseñándonos su smartphone de última generación, aunque ya no anotaba más dígitos de nuestra matrícula, tan sólo premonizaba una inminente llamada. La conversación estaba ya volviéndose inaguantable, absurda y trágica, una de esas discusiones cíclicas que sólo se soportan cuando hay una fuerte atracción física de por medio, y en ocasiones ni eso.

Salí del coche por el asiento del copiloto y, al levantarme, despeñé el móvil contra el asfalto (lo estaba sosteniendo entre los muslos). La pantalla parecía ahora un caleidoscopio lamentable. El otomano seguía repitiendo lo mismo con su clásica rigidez hasta que Silva lo condujo hasta nuestro parachoques, que lucía aún más lamentable que la pantalla de mi móvil, a causa del accidente que habíamos sufrimos a la altura de Huesca; eso es un daño de verdad, dijo Silva, y sólo entonces el buen otomano se liberó de sus ataduras y, tras un gesto pensativo, miró el rasguño de su Mercedes y rió como jamás ha reído un hombre; levantó el pulgar, nos dio un apretón de manos y enseguida vimos a aquella masa gris perderse majestuosa entre la lluvia de lanzas que se desplomaban sobre la ciudad púrpura.

XXXI

A unos cuantos kilómetros de llegar a Berlín empecé a sentir que mi cuerpo se destensaba, precipitándose sobre sí mismo, un desplome repentino e invertebrado. Noté que mi piel, ya despojada de su carga, se encendía en una danza cálida pero imprecisa, entonces me transportaba a un lugar donde pisaba tierra húmeda y la oscuridad olía a fuego, me adentraba en ella y aparecía en las suaves crestas de una orilla donde otros invertebrados se mecían junto a las olas en esa danza cálida pero imprecisa.

Allí encontré las palabras de Rubio y sólo entonces pude comprenderlas, él tiene por costumbre enviarlas a esa clase de sitios. Rubio creía que la masturbación era la causa de todos sus problemas, la razón de su conducta y su autocompasión deleznable. Y por un instante yo, varado en la orilla leve, también pensé de la misma manera, así como en las pocas ganas que tenía de tocarme mientras me acercaba al corazón de la troika; por el momento, no podía más que contener a duras penas este tibio desánimo febril.

El hostal, situado al fondo de una de las mortecinas calles que se desplegaban junto al Spree hasta formar un cabo, parecía más un caserón de campo que un edificio urbano. Aunque en el recinto había espacio como para que todos los vecinos de la Alt-Stralau estacionasen allí sus vehículos y aún sobrase sitio, un cartel indicaba que sólo los huéspedes estaban autorizados a hacerlo. Dejamos el coche pegado a la valla que marcaba el límite entre aquel edificio, que lucía como un bloque de cemento olvidado, y un terreno de juego verde y rubicundo en el que un grupo de chicas uniformadas le daban patadas a un balón bajo la viva luz de los focos. Entramos y no había nadie en la recepción, sólo un montón de sobres esparcidos entre folletos que anunciaban visitas guiadas y frankfurts gigantes, y en uno de ellos encontré mi nombre escrito, dentro estaba la llave y una carta de bienvenida en la que se nos deseaba que no tuviéramos ningún problema porque no habría nadie para resolverlo.

Uno de los momentos más delicados de la estancia se dio cuando me sustrajeron el jabón corporal mientras regresaba a la habitación a por una toalla, ya que las duchas eran comunes y un viaje no resultaba suficiente para transportar todo lo necesario de un lado a otro, más teniendo en cuenta la estructura penosa de estos pasillos interminables y sombríos y mi olor a muerte, y cuando me di cuenta de que me faltaba ya me había dado de bruces con el fluir del agua, pero de todos modos salí al pasillo con lo puesto y exclamé algunas cosas que habrían escandalizado a alguien si hubiera sabido pronunciarlas en el idioma adecuado.

Nuestra habitación estaba desangelada, pero guardaba cierto encanto rural y me senté en un sillón de corte renacentista a leer a Auster por puro contraste; justo enfrente, sobre una pequeña mesa de madera con muescas verticales, palidecía un volumen grueso y amarillento, laminado con una cubierta verde que rezaba en letras doradas: «Neue Testament».

Ajeno a mi lectura, Silva terminaba con la vida de las arañas gigantes que colgaban del techo, utilizando un bote de Pringles con una meticulosidad más propia del artesano: en primer lugar procuraba la rendición del bicho, emboscándolo entre la pared de yeso y la cavernosa circularidad del bote de patatas, después lo sepultaba enroscando la tapa, y concluía el ritual agitándolo con una crueldad sin límites, generando de este modo un sonido espantoso al rebotar en las paredes de uno y otro extremo.

Dormimos tanto tiempo que despertamos cuando la luz amarillenta de las farolas ya empezaba a cubrir los brotes urbanos del Spree. Una amiga de Nebras llevaba viviendo un año en la ciudad y habíamos pactado vernos con ella esta noche; aunque el termómetro enloquecía, la urgencia del turista me empujó al exterior. En las calles vacías de agosto el relente era agradable y hueco y caminamos junto al río durante más de cinco kilómetros para encontrarnos con Natalia, aunque a mitad nos detuvimos en un puestecillo donde pedimos un plato de kebab y nos lo comimos con las manos mientras los alemanes nos miraban con cara de oh Dios mío voy a morir. Me gustó comprobar que en Alemania no ponen ketchup en los kebabs, como casi siempre hacen en Madrid, en lugar de salsa de tomate especiada que es lo que manda la tradición; es el ketchup una cosa deliciosa, pero hay que saber con qué mezclarlo porque, en general, como diría Easton Ellis, al ketchup no le gusta mezclarse.

Llegamos a una estación abandonada y allí estaba Natalia con su gran belleza rústica, acompañada por dos amigas; una de ellas, alicantina como yo, me intensificó el olor a muerte hasta el punto en que ya no pude discernir si provenía de mí mismo; la otra chica era una japonesa bajita y risueña con los ojos almendrados profundamente divertida de oírnos hablar en español, miraba fijamente a la persona que estuviera hablando y estiraba el cuello, movía la cabeza de un lado a otro como accionada por un resorte y sonreía ampliamente. Cuando alguien propuso ir a la estación de nosequé, gritó en una explosión súbita de felicidad Sí sí síiiiii y todos nos echamos a reír. Silva decidió que esta noche la japonesa iba a ser su hermana pequeña.

—Es muy guapa, pero tiene ese aura que las hace totalmente vulnerables y obliga al impulso sexual a olvidarse del asunto —me apuntó en un receso.

Fuimos a la estación de nosequé, vino una francesa, dijo algunas cosas y se fueron la japonesa y ella y nos quedamos los otros cuatro, caminábamos sin demasiado acierto mientras pensábamos en nuestros asuntos, entonces apareció un joven al que por lo visto conocían, montaba en bicicleta y dijo que esta semana volvería ya a España, lo mismo que Natalia, entonces la alicantina se puso un poco pesada porque él no le había dicho nada y pensaba desaparecer sin despedirse y tenían que quedar y el otro sonreía y no sabía dónde meterse. Dijo que en el local de atrás un amigo suyo tocaba la batería en una jam session y había más españoles allí dentro y podíamos pasar, pero gracias a Dios teníamos otros planes.

Subimos al S-Bahn sin comprar el billete, comiendo otro plato de kebab con las manos ante el estupor berlinés, que según avanzaba la noche era cada vez más tibio y, al bajar, paramos en un puesto de currywurst sobre el puente porque a la alicantina le entró hambre. Allí se unió Sheila, una mexicana pequeñita y gruesa que se sentó a nuestro lado, sobre el tablón de madera húmeda, y creo que tenía dificultades para encontrar las palabras que expresaran lo que corría por su cabecita latina. Ahora nos movíamos por la Alemania soviética, próxima a la Alexanderplatz y su torre de televisión, símbolo de la RDA, y acabamos todos en un bar atestado de ornamentos rusos. El lugar estaba decorado con desmanida elegancia, punteado con bombillas rojizas que colgaban de unas paredes más bien granates, interrumpidas por algunos azulejos de baño intercalados, y en el fondo del salón una cortina malva recubierta de tiras plateadas que centelleaban. Cualquier palabra que hubiera podido decir en aquel lugar estuvo muy lejos de regirse por los principios de coherencia básicos, y en pocas palabras puedo decir que estuve a punto de desmayarme entre la fiebre, los kilómetros caminados y los chupitos de vodka.

Un malagueño se acercó a nuestra mesa y nos presentó a un montón de alemanes, sumarían unos quince y no parecían adherirse a las leyes gravitatorias comunes, flotaban a merced del humo que se contoneaba por las mesas y contagiaba con su calma aquel rincón. Entre la neblina destacaba inconfundible la presencia de una mujer de rasgos delirantes, pelo negro y delicados brazos tatuados con motivos tailandeses, sonreía el buda tras la severidad y el malagueño, que flirteaba con ella con la confianza de quien ya ha pecado, nos la presentó y su sonrisa, no la del buda sino una muy diferente, disparaba una sensualidad paralizante, era una sonrisa roja, la que presagia la existencia de una belleza arrolladora, qué hombre tan afortunado, el malagueño, porque ella tiene esa cualidad realmente escasa en las mujeres de ser terrenal, de interesarse por las cosas ajenas y derretir con la mirada sin esperar nada a cambio.

El humo se expandía incesante, me puse a hablar con un italiano, después se unió Silva y a él le dijo:

—Quédate en Berlín.

A todo lo que Silva le decía, el italiano respondía:

—Quédate en Berlín.

El malagueño comenzó a pagar rondas de chupitos que me parecieron muy anisados, nos llegaban sin interrupción, acabábamos el brindis y ya teníamos a noventa grados la diligencia del camarero, que posaba como si fuese una esfinge con otra bandeja metálica regada de nuevo anís. Dijo el malagueño que se iría de aquí por una serie de motivos muy complejos para ser explicados en este momento, en cualquier caso en el lapso máximo de un mes decidiría el rumbo de su nueva vida, quizá de vuelta en esta ciudad; resoplaba con pesar y hablaba despacio, nos sugirió que nos liásemos uno. El camarero emprendió finalmente un viaje sin retorno hacia la mesa del rincón, donde ya estábamos todos mimetizados con la bruma y el fluir de los sentidos. Después Silva, Natalia, su amiga y yo escapamos de allí y nos dirigimos hacia la Warschauerstrasse, una zanja devastadora y oscura bajo el puente, donde las discotecas se erigían sobre casas en ruinas que acompañaban el paso de unas vías férreas en desuso, ahora sepultadas bajo la mugre. Quisimos entrar en una de ellas, pero el portero de la discoteca nos echó a patadas y acabamos comiendo pipas alrededor de un charco.

XXXII

Desperté con un dolor de cabeza terrible, recordando con excesiva claridad el sueño. Había sido siniestramente elaborado a fuego lento en un entorno febril; a buen seguro él era responsable de esta cefalea. En mi piso compartido de Madrid había tenido un compañero esquivo, de un olor nauseabundo, que rara vez salía de su habitación hasta que todos los demás estuviéramos a buen recaudo tras las puertas de nuestros compartimentos, entonces uno podía escuchar sus pasos huecos desde el pasillo, bajo la oscuridad del pasillo la punta de sus pies hacía estremecer los sentidos al rebotar contra el parqué, los crujidos anunciaban la llegada del nigromante, se desplazaba como pez en el agua en la oquedad. Una de sus distracciones más recurrentes era la de auscultar conversaciones ajenas cuando se producían éstas en algún lugar estanco de la casa, entonces multiplicaba sus excursiones por el corredor hasta el punto en que era capaz de coger y dejar el mismo yogur del frigorífico hasta una decena de veces en la misma noche, siempre con sus auriculares inhalámbricos Sennheiser RS II atronando con los comentarios de sus compañeros de quest en World of Warcraft. Curiosidad especial despertaban en él los gemidos de la novia de Chak, compañero del ala noroeste que elegía la noche de cada jueves para desfogarse, o las disertaciones nocturnas de Ricciolo y sus colegas italianos a las seis de la mañana en la cocina, hablando a gritos tras una cortina de humo. En cualquier caso, y esto siempre sucedía así, de cualquier acontecimiento que tuviera lugar entre las paredes de nuestro piso, siempre se escuchaban primero los crujidos, y después todo lo demás.

Puesto que no había rincón de la casa al que su alcance no cubriera, pronto nos vimos obligados a otorgarle un nombre en clave, Igor. A los pocos meses ya nos habíamos olvidado por completo de su nombre real y muchos, todavía hoy, son incapaces de recordarlo.

El sueño fue el siguiente. Estoy sentado en el escritorio cuando sin motivo alguno (para desesperación de Freud), me dirijo a su cuarto, abro la puerta sin preguntar y pronuncio su nombre con voz pausada y siniestra (I… gor…) mientras le dedico una peineta. Entonces se forma una especie de vórtice en mitad de la habitación, junto a la bicicleta estática y el volante y la lavadora y el frigorífico y la vajilla se abre un agujero negro que me teletransporta a su mundo, al Mundo Igor, donde él es un hombre respetable y espigado que viste de traje. Camino con él hacia la azotea de una planta de oficinas y me enseña cómo se gana la vida: en el mundo del porno. Ése es su verdadero yo y no otro (¡cállate Freud!), de repente aparecen sus subordinados de rodaje, mastodontes embadurnados en aceite que amenazan con empujarme al vacío sin dejar de sonreír (¡perdóname, Freud!), y tengo la horrible sensación de que no podré escapar de aquí mientras no reconozca la legitimidad de su nueva vida, mientras no considere su humanidad. La cosa es que al final acabo haciendo amigos en el mundillo, y gracias a Igor empiezo a labrarme un nombre en el porno. Hay un momento extraño, sin embargo, cuando me propina un puñetazo bestial al entrar de nuevo en su habitación, que sigue siendo la misma, y me agarra del cuello de mi camisa hawaiana alzándome un palmo del suelo y empapado en lágrimas me grita:

—¡¡¡Mi nombre es Rigoberto!!!

La única visita guiada que realizamos durante el viaje fue precisamente a las catacumbas de Berlín, ya que consideraron indispensable dividirnos en núcleos escoltados para completar el trayecto. Atravesamos antiguos búnkeres tapizados con algún metal radiactivo mientras un hombre joven, con aspecto de historiador recién licenciado, nos explicaba con un entusiasmo impropio de la naturaleza de este trabajo que todavía seguían desactivándose bombas en Berlín y Brandemburgo a causa de la altura del nivel freático y la composición arenosa del subsuelo y, aunque algunas estaban controladas, otras permanecían enterradas en lugares desconocidos y habían ido estallando a lo largo de los años y podrían seguir haciéndolo durante los próximos cincuenta.

El guía acercó un dedo a la pared y arrastró la yema de su dedo índice por la superficie:

—Ni se os ocurra tocar las paredes y, si lo hacéis, lavaos bien las manos antes de comer nada con ellas. Estas paredes fueron recubiertas con un material —creo que era fósforo— que retenía los rastros de luz porque, cuando sonaba la señal de alarma, en una sala de esta capacidad podían entrar fácilmente cien personas; y si ahora no somos más de quince y podríamos tejer una red que ocupara todo el perímetro con sólo abrir los brazos, imaginad lo que sucedía cuando se producía un ataque y tenían que permanecer todos inmóviles, apelotonados en la oscuridad, y en ocasiones entraba algún herido y sus gritos se mezclaban con las explosiones y sabían que ahí fuera eran sus casas las que se estaban derrumbando.

Las vitrinas dispuestas a lo largo de los compartimentos por los que íbamos avanzando mostraban algunas características de la vida en Berlín durante el transcurso de la guerra, representadas en gran medida por algunos utensilios antibélicos que Hitler instaba a sus ciudadanos a comprar para financiar la guerra, así como muestras que documentaban la manera en que el régimen mantenía entretenida a la población.

—Fútbol, filarmónica y cine épico en color. Y se preguntan por qué los alemanes nunca se llegaron a rebelar —apuntaba Silva.

Se acercaba el mediodía y quería probar el presunto mejor kebab de Berlín, así que me dirigí hacia Mehringdamm. Silva estaba cansado y se fue al hotel a echarse una siesta. Entré a un bar cercano al puesto de kebab porque la cola era inmensa, fácilmente había un centenar de personas esperando, y yo pensé que si entraba al bar de al lado y tomaba una cerveza todo se arreglaría. El camarero, un tipo calvo con un piercing en el lóbulo izquierdo y por supuesto tatuado, como todo el mundo en Berlín, me preguntó de qué tamaño quería la cerveza:

—Las hay grandes y pequeñas.

—¿Cuál es el precio de la más pequeña?

—Has llegado justo al inicio de la hora feliz. Ahora sólo hay pequeños precios.

—Pequeños precios y gran tamaño está bien —sonreí.

—¡Pequeños precios y gran diversión, eso es! —concluyó el camarero, y se fue a servirme una pinta.

El bar resultó ser de un barroquismo inesperado, repleto de retratos stalinianos y placas y banderas que recubrían casi la totalidad del espacio, lleno de símbolos incomprensibles, en el centro una de las dos mesas de billar estaba ocupada por dos alemanes corpulentos; la bola número 4, morada y lisa, escapó del tapete provocando un sonido atronador al impactar en el suelo; en la televisión el St. Pauli aventajaba al Bochum por dos a uno; el delantero africano del equipo visitante se revolvió felino en el área y ajustó el balón cerca del poste, ¡lástima!, el portero del St. Pauli realiza una magnífica estirada para salvar el empate.

La cerveza no hizo más que incrementar mi apetito, así que salí y me coloqué tras una señora que había entendido que muchas veces el talento es insistencia. La espera se había prolongado por lo menos quince metros, lo que suponía media hora adicional. Mientras esperaba sudoroso y famélico y observaba la hilera de personas que aguardaban pacientemente su recompensa, me pareció que era lo único en la vida de un hombre que tras mucho esperar se consigue y se disfruta: no una casa, no un buen trabajo, no una mujer. Un simple kebab.

Pasó la tarde y me reencontré con Silva en la Postdammer, donde se celebraba cada año una nueva edición del Festival de Cine de Berlín. Jennifer Anniston contestaba en la alfombra roja algunas preguntas sobre su nueva película, probablemente otra comedia infumable, y el cielo parecía un paraguas inmenso de colores radiactivos que se tornaba violeta y después azul, inundando el cóncavo espacio de una artificialidad agradable para el turista. Después merodeamos por la Alexanderplatz y me dirigí hacia una carpa en la que unos feriantes ennegrecían salchichas y filetes, toneladas de carne cocinadas sobre una descomunal barbacoa cilíndrica. Me acerqué a ella decidido y pedí dos montaditos de filete de cerdo adobado, entonces fui hacia la posición de Silva, que se había sentado en un bordillo alejado del tumulto, y le ofrecí un montadito humeante: en agradecimiento por haber llegado hasta aquí, dije. Se sorprendió porque suelo ser bastante ávaro y nos lo comimos bajo la torre de televisión, hablamos de mujeres y de lo felices que seríamos si encontráramos a alguien diferente, renacía el malditismo y todo rebosaba en aquella plaza en la que decenas de asaderos humeaban bajo sus carpas, y entre dos de ellas se retorcía un contorsionista sobre la cuerda ante la atenta mirada de turistas extasiados, mientras que otros, más prácticos, preferían callejear entre las hileras de lona buscando ropa de segunda mano. Cerca del bordillo desde el que podíamos disfrutar del espectáculo sin implicarnos, un joven escuálido sostenía una trompeta más grande que él y trataba de interpretar las aperturas de Star Wars y Game of Thrones con inmensa agonía, soltamos una carcajada y no pude evitar sentirme triste en Berlín, porque todo parecía irreal, por alguna razón que no alcanzo a describir me sentía aplastado por la Tristeza Universal, como si nuestro sitio no fuese ninguno de los que tenemos acceso, simplemente caminamos, caminamos, nos mantenemos frenéticos porque es lo único que podemos hacer para no olvidar nuestro nombre.

XXXIII

«La tecnología cambiará el mundo, pero en ningún caso estará al servicio de su destrucción».

—Isaac, a los 16 años.

De camino a Dresden y posteriormente a Praga me viene a la cabeza toda esa gente rica que en estos momentos está gastando su fortuna en casinos y yates en costas de ensueño, pienso en los ugandeses rasgando la tierra con sus uñas raídas y pienso en el adolescente americano aburrido en su cuarto, lleno de posters y tablas de skate, pienso en lo aleatorio que es el flujo de la vida y el dinero, estar en un lado o en otro sólo responde a la pura casualidad, existe el mérito, por supuesto, pero en un escenario de proporciones descomunales el tablero ejerce una influencia decisiva. Silva me habla de la fusión nuclear y divaga sobre los combustibles fósiles y lo maravillosa que es la ciencia, anhela presenciar la inauguración de la primera central de fusión nuclear en funcionamiento, contemplar al hombre alcanzando el fenómeno de la singularidad, asistir a la función en la que se desvelará el misterio de la gran danza sináptica, vamos a ciento cincuenta por la autovía y es cierto, de todos los flujos de la vida, la carretera es el nuestro.

Atravesamos varios pasos montañosos perseguidos por el curso del Danubio, que descendía con la vigilancia del librepensador y la calma del demiurgo que ha volcado todo su poder en la creación de una obra maestra, y ahora aspira plácido los deleites de la Gran Pipa. En la cuenca del cauce no había una nube de más y tampoco de menos; era admirable la templada insistencia con que el sol doraba las praderas verdes que se azoraban sobre la ribera, y las complacientes casas allí apiladas que desafiaban a la gravedad, algunas de las cuales se extendían hasta adentrarse en los bosques. Las sinuosas carreteras por las que avanzábamos se debatían entre claros y oscuros en su paso por los túneles, ante la irreverencia de los ciervos imaginarios y los conductores suicidas.

Llegamos al hostal desorientados pasada la hora de la merienda, con los tímpanos zumbando, buscando inútilmente nuestra constante. Liquidamos los trámites y casi se nos salen los ojos de órbita cuando nos enteramos de que disponíamos de sauna y piscina climatizada, pero cuando fuimos a comprobarlo estaba todo el mundo gritando y desfalleciendo del calor, así que nos fuimos a morir a las literas.

Puede que durmiéramos más de quince horas seguidas. Despertamos ya de día y fuimos directos hacia la boca de metro, porque el hostal quedaba un poco distante de los lugares que queríamos visitar. También debíamos cambiar una vez más de divisa, por suerte Silva conocía todos los multiplicadores, esto era importante para prevenir el fraude; por el contrario, mi cartera era un pozo de herrumbre y hacía semanas que me limitaba a repartir monedas sin ningún criterio, y algunos comerciantes me las devolvían de muy mala gana.

También iba acostumbrándome poco a poco al balanceo del nuevo sonido; el checo oscila en un tono caramelizado y trascendente, las sílabas merecen la atención. Bajamos los más de cien escalones del Clementinum no sin cierta agonía y nos sentamos en uno de los bancos más próximos al órgano; había allí un majestuoso piano de cola acompañado por una presencia femenina que desprendía un aura tal que podría haber iluminado por completo la nave central, pero la misericordia le poseía, el fulgor de lo divino es una luz que brilla hacia dentro y revela senderos íntimos, desde fuera el resto se resigna a lo evidente. El reverso de su torso se destapaba hacia los hombros, donde una sencilla coleta recogía su pelo castaño, liso y brillante; con su vestido de cuello abierto ribeteado en tonos claros acariciaba las teclas como bendecida por los dioses y sus dedos, largos y elegantes, elegían el momento preciso para descender y condensar el sonido; de vez en cuando levantaba la mirada y sonreía a los que estábamos sentados tras ella, atenazados por el Ave María. Desde mi posición su cuerpo quedaba sesgado por la cintura y bajo el órgano podía ver cómo sus pies pisaban los pedales dentro de unas deportivas blancas; de cintura para arriba se debía a nosotros, su público inexperto, pero en la intimidad se comunicaba con Mozart con sus zapatillas harapientas.

Pensé en acercarme y suplicarle, llámame cuando bajes a la tierra, pero me dije, yo no soy esa clase de persona. Iba a casarme con ella, lo tenía decidido.

Dimos vueltas y vueltas por Malá Strana, bordeamos la zona noble del castillo y nos adentramos en el callejón de oro, hogar de orfebres y delincuentes en el pasado, ahora la casita de Kafka empapelada con ejemplares en tapa dura de sus mejores obras —me compré uno—; recorrimos cada callejuela de la Staré Město, admiramos la imponente torre del Reloj Astronómico, visitamos la sinagoga y rezamos sobre las lápidas del viejo cementerio judío, no nos regodeamos ni por un momento en la pereza porque todo aquello era realmente bonito y digno de ver, y cuando el sol ya se rendía iniciamos la subida por la falda del monte Petřín; no levantaba mucho más de trescientos metros, pero el cansancio lo convirtió en poco menos que uno de los catorce ochomiles, y sentimos lo mismo que siente una hormiga cuando se dirige hacia la madriguera, con sus pasitos cortos y felices y una miga de pan entre las patas y llega un gracioso y le pone el pie en mitad del camino. Estábamos decididos a coronar el monte porque en lo alto habíamos visto una torre, y queríamos tener Praga a nuestros pies. A mitad de camino nos quedamos completamente a oscuras, nos sentamos en un tronco asimétrico y respiramos hondo cuando se levantó una brisa agradable; pero más adelante el camino se estrechaba y lamentamos profundamente no haber cogido algo de abrigo. Tras perdernos nueve veces alcanzamos la base de la torre; guardaba ésta un parecido asombroso con su homónima parisina, que encuentre las razones quien esté interesado. Un cartel blanquecino anunciaba la posibilidad de montar en ascensor por unas cuantas coronas, en cualquier caso comenzamos la subida a pie porque es lo que hacen los hombres, y nos vimos inmersos en una escalera de caracol eterna que giraba sobre sí misma envuelta en un cilindro metálico, y en ocasiones se abría paso hacia el exterior y dejaba penetrar la noche que flotaba sobre las copas de los árboles.

El viento se había desatado y hacía crujir toda la estructura metálica, también me sobresaltaba el quejido de los peldaños de hojalata al pisarlos y entonces el vértigo activaba la lucha entre identidades, la prudente y la que desea saltar. Sentí que me desplomaba y cuando pensé que estaba a punto de hacerlo me encontré en todo lo alto, las estrellas brillaban ahí arriba y todo lo demás se empequeñecía bajo nuestros pies: la zona amurallada del castillo sobre el altiplano, el descenso vertiginoso de las luces domésticas que desembocaban en el río encendido, el Karlův most que se imponía y conectaba los caparazones cobrizos de las viviendas bajas, pálidas y despiertas, atentas a las ráfagas de viento que se revolvían entre los arcos abovedados de sal aguamarina y se crispaban hacia la torre, con el beneplácito de la tierra y el bosque. Pero a pesar de todo los crujidos me estremecían y me hacían sentir inquieto, y las estrellas estaban tan lejos… pensé que si algo malo me sucedía entonces, de seguro no llegarían a tiempo.

XXXIV

La encargada de la torre nos indicó un camino más franco para el descenso, compuesto por adoquines que se extendían en constante pendiente hasta la ribera del Moldava. El descenso fue lento y contemplativo porque era algo a lo que la noche se prestaba, y tras quedar paralizados en la barandilla del Kampa, que separaba la tierra sólida de las luces del río, nos dejamos engullir por el metro y volvimos a la superficie a la altura de Muzeum. En el paseo que cruzaba toda la avenida nos apropiamos de un banco y abrimos unas latas de cerveza ante la indiferencia de los agentes que caminaban de un lado a otro, e incluso uno de ellos se zampaba una porción de pizza. Delante de nosotros dos bancos; ella en el que está algo escorado a la izquierda, y en el de enfrente un hombre que tiene la misma cara que uno de mi colegio que se dedicaba a meter la cabeza de los niños en los contenedores del patio, con los pinos allí impasibles ante la barbarie; parecía como ido cuando, de repente, se acercaron dos hombres a su banco e intercambiaron los móviles de manera no figurada, es decir, el móvil de uno pasó a ser el móvil del otro; después, sin dirigirse una sola palabra se fueron y volvieron a dejar solo al hombre que metía la cabeza de los niños en los contenedores.

La mayor parte de la noche la pasamos en un comic bar decorado con viñetas espectaculares a todo color y dining booths, era una refinada estancia con aroma a sótano donde la afluencia parecía escasa; pero nos tomamos algo, exploramos unas escaleras que se adentraban en lo profundo y descubrimos que conducían al verdadero sótano, en el que todos se agitaban en mitad de un caos indescriptible; atronaba la música pop, increíble y exótica, muy del este, y cada vez que terminaba una canción y empezaba otra nueva todos aullaban, alzaban sus cervezas, sus copas y lo ponían todo perdido, bailaban despreocupados como los gatos negros y blancos de Kusturica y pensé en que no iba a pasar nada porque también yo fuera feliz un rato; Silva por su parte decía movida seria, movida seria, vamosss, y alucinaba con las checas, tienen una belleza del este, pero su rostro mezcla rasgos salvajes e indómitos con cierta dulzura centroeuropea, me dijo, y suspiraba todo el tiempo.

Lo principal allí era el pop, pero de vez en cuando intercalaban ritmos de salsa, rock alternativo, reggaeaton o la versión original del Bésame Mucho, aquello era un locura sin igual con la que todos parecían estar de acuerdo; si en algún momento decaía el ritmo, sin duda era porque aguardaban el subidón del estribillo para volver a romperse.

Sin saber muy bien cómo Silva se dispersó, o tal vez fui yo, el caso es que acabé hablando con un hombre larguirucho que llevaba una camisa blanca a cuadros azules, ligeramente rubio, a decir verdad una de esas caras que se olvidan al instante, él me hablaba de techno y de otras cosas, trabajaba como miembro del cuerpo de seguridad de unos populares cines praguenses, me contó algunas anécdotas, claro, como que Tom Hardy acudió a una presentación y le saludó no como si fuese un simple segurata, sino alguien, a esto sí presté atención porque Warrior era una de mis películas favoritas y en gran parte se debía al bueno de Hardy, que en la película era más propenso a saludar a guantazos. El larguirucho se fue gritando techno, techno!, agitando los brazos como si bombearan sangre, y la siguiente vez que le vi estaba besando salvajemente a una rubia que parecía una ejecutiva, atrapada dentro de un vestido negro y ajustado que combinaba con sus reflectantes gafas de pasta.

En la salida del local se nos acercaron dos mujeres bajitas y morenas, guapísimas, como todas las checas. Una de ellas se aproximó más que la otra, tenía un piercing metálico en la lengua que se encargó de enseñarnos antes de alentarnos con un dulce blowjob?

Decidimos volver al hostal caminando, y si no andamos mil kilómetros entonces ya no lo haremos nunca. Por el camino discutimos sobre asuntos realmente estúpidos, y cuando uno aceleraba su paso el otro ralentizaba el suyo, en el cruce de algunas esquinas perdíamos contacto visual y dejábamos de ser amigos, porque en tales circunstancias tan sólo podíamos creer en aquello que viéramos, y yo me había quitado las lentillas en el baño.

XXXV

Estábamos de nuevo en la carretera cuando nos cruzamos con un turismo que llevaba puestas las largas en una nacional, entonces le dije a Silva, mételas tú también a modo de protesta, me hizo caso y cuando el turismo pasó por nuestro lado activó una luz aún más cegadora, no las llevaba puestas, risas, suena La era punk y rezamos por no dormirnos.

Pasamos toda la noche conduciendo, atravesando países a golpe de Monster, y llegamos a Budapest bajo un cielo que implosionaba y se mostraba cálido y preceptor del fin, Silva se abalanzaba sobre el volante y mi mente ya iba cavando la zanja. Los trayectos agónicos formaban parte de la belleza, sin duda, pero por otro lado también empezaba a recordar con melancolía las noches inocuas, aquellas en las que abría el periódico digital y me encontraba con rostros irreales, la foto del gordito que gobierna en Korea, el insoportable tedio de las paredes ralas, la rutina del scroll, al día siguiente levantarme a mediodía y bajar a por algo de comida, tumbarme a ver el partido y mañana otro y el siguiente otro porque siempre hay partido, la botella de whisky, un café, otro café y ah, ya se ha hecho de día, los paseos por la avenida cuando cierro la puerta y me dejo las llaves en casa hasta que viene él, ella, cualquiera que pueda reconciliarme con la botella es bienvenido, miles de eventos uno tras otro sucediendo ahí fuera, complacerme por el simple hecho de que sucedan aunque yo no los disfrute, saber que yo podría disfrutarlos, pero no quiero, la pantalla muestra el nuevo ridículo de los comunistas que conocí en la Complutense, el espidifén en soledad, las llamadas a la hora de la siesta, el venderse por dinero, el despreciarse, hacer palomitas cuando acaba de descargarse el nuevo capítulo, y volver a hacer scroll, siempre hay algo arriba y abajo, el crepitar de las hojas de los árboles más allá de la ventana cuando se hace de noche y la ciudad queda en silencio, empezar a leer un nuevo libro, claudicar el anterior, escribir una reseña y prenderle fuego horas después plenamente consciente de lo absurdo, observar el éxito, ridiculizar el éxito, anhelarlo y despreciarlo.

En la habitación que nos asignaron había una colombiana que estaba viajando por toda Europa, sigo una guía al dedillo, nos dijo, y no me alejo ni un momento de sus exigencias. Se llamaba Blanca, había pasado el último año estudiando en Madrid y, establecida su base, cada mes se iba a ver un país diferente. Había amado Portugal, pero no se quedaría allí a vivir ni loca. Antes se pegaría un tiro.

El sueño era delirante, pero Blanca insistió en presentarnos a toda la gente que compartía habitación con nosotros, entonces nos alcanzó el tañido de una campana atronadora y aquello se volvió trascendente; ella viajaba sola, ahora había conocido a un par de holandesas rubias y gordas que estaban hartas de ver a españoles, así que ya teníamos algo en común, y Dios sabe que el cansado y harapiento viajero se agarra a la más leve afinidad para entablar un afecto; pero por un motivo u otro no llegamos a tener ninguna conversación interesante con ellas y en realidad ni siquiera un intercambio de palabras que mereciera el título de conversación. También andaba por allí un alemán que se había quedado solo porque sus amigos cogieron el billete de vuelta dos días antes y a él no le dio la gana, Blanca nos dijo que era muy tímido y apenas hablaba y efectivamente miraba mucho hacia abajo cuando nos presentaron. Blanca siguió contándonos muchas cosas, como que su prolongada estancia en Budapest había sido incierta: tenía billete para Florencia, y muchas ganas de visitarla, de hecho, pero se acercó el día del viaje y de pronto empezó a ponerse muy nerviosa, se puso a llorar y llamó a Colombia para cerciorarse de que todo estaba bien, llamó a su mamá y ella le dijo, prefiero que pierdas todos los billetes y reservaciones antes de matarte por el nerviosismo.

—¿Y España? La amo. Eso sí, no soporto la siesta. Por Dios juro que podría pasar allí el resto de mis días, pero me cago en los putos españoles de mierda, a partir de las dos y hasta las seis, el país está literalmente muerto.

Las primeras luces regaban abiertamente cada rincón de la estancia, aun así caímos fulminados en el acto y no despertamos hasta que de la luz temprana no quedaba más que un tímido resplandor azulado, rocé con el antebrazo la barra de hierro que sostenía la litera y me sorprendió su calidez inesperada. Ya era hora de cenar, así que fuimos todos a una pequeña cocina apostada en mitad del pasillo. Blanca había mandado al alemán a por mayonesa para la pasta, pero acababa de recibir un mensaje suyo que decía, todas las tiendas están cerradas, me he ido a beber con unos polacos. Silva se retorcía de la risa. Yo me preparaba un sandwich de atún y Blanca me preguntó si sabía que la mayonesa venía de Mahón, una ciudad de la isla de Mallorca. Me acordé entonces de Padro y lo imaginé bebiendo gintonics sin descanso, atrayendo a decenas de mujeres guapas alrededor de una fogata en alguna zona boscosa y húmeda de la isla; qué gran desgracia de nuestro tiempo es la sabiduría plena, pues me enteré unas horas más tarde de que Mahón pertenecía en realidad a Menorca, otra isla situada al noroeste donde no estaba Padro, ni había fogatas, ni chicas guapas, sólo un lugar desconocido y triste que no aparecía en la guía de Blanca.

En el instituto tuve un profesor de filosofía que me preguntó si escogería la verdad bajo cualquier condición, le dije que sí, por muy dura que sea, añadí, y con el paso de los años son tantas las revelaciones que he esquivado que no hay día que no me acuerde de su maldita pregunta y su irónico gesto circunspecto y su verruga, entonces me planteo el sentido de mi existencia y si vale la pena ceder tanto y pienso, algún día visitaré a Padro, quizá a finales de octubre.

En el comedor principal tres brasileños se hacían un cubata con cola y whisky canadiense y uno dijo que mi camiseta era bonita, llevaba una de los Spurs, la de Tony Parker. Silva seguía inmerso en la preparación de sus hamburguesas cuando Blanca cogió unas especias olvidadas en la alacena y proclamó, ¡éstas son gratuitas!; Silva se preguntó si también habría ketchup y ella sentenció, estás pidiéndole demasiado a la vida.

Blanca era bajita y carnosa, pero tenía el fuego latino que te paraliza y enloquece al mismo tiempo, con los ojitos como hundidos y las orejas un poco de soplillo. Su autoridad y paso firme nos permitieron disfrutar de las lindezas de la ciudad y de los fuegos artificiales en la fiesta grande nacional a ritmo de música épica húngara, con miles y miles de personas apelotonadas, suspendidas sobre el Danubio, aquello era mágico pero yo sólo pensaba en perderme entre su piel tostada y después dormir, dormir ocho horas por lo menos, es difícil que el hombre desee otra cosa.

Las luces seguían desmoronándose como estrellas caídas sobre el río, y de vez en cuando una palmera blanca se abría paso hacia el cielo y estallaba, iluminando el puente de las cadenas y propagando un tenue reflejo en el río, grisáceo, leve, rugoso y el palacio del Buda contemplaba el espectáculo desde la colina; nosotros desde el otro puente nos sentíamos húngaros, abandonados entre todas la banderas que ondeaban a lo alto y entre el público extasiado que alzaba sus teléfonos móviles a dos manos como si buscaran cobertura, aquí estaban ellos, torpes humanos gelatinosos, tratando de comprender; la luz se ahogaba sobre el Danubio y después la oscuridad maldita y los recuerdos.

XXXVI

Durante el viaje recibimos numerosos correos y mensajes escritos por personas que nos tenían en un punto entre intermedio y alto de su escalafón de estima; por ejemplo, Pit le envió a Silva un mail en el que relataba que al volver de Galicia se había encontrado el congelador colmado de hielo, y mientras Silva me lo contaba imaginaba a Pit llevándose la mano a la barbilla, pensativo, y después suspirando, puliendo y redondeando estalactitas, oteando el glaciar y maldiciendo, Odio París, desmantelando los árticos mientras las parejas de jóvenes europeos desfilaban cogidos de la mano bajo su ventana. Poco después nos enteramos a través de Dios de que se había mudado a una colonia francesa del Caribe; vivía allí en la casita de paja de una hondureña, entre aguas plácidas y palmeras suaves, y pocos días antes de regresar tuvo que aplazar su vuelo al contraer el dengue, uno de los peores jamás vistos, en palabras del médico.

De mi madre me llegó la noticia de que todo iba muy bien por casa y que la nueva manía de Fabrizio era que, dirección que apareciera en los informativos o en cualquier programa que retransmitieran en ese momento, se levantaba del sofá o de la mesa y corría hacia el ordenador para localizar la calle y el número exacto en Google Street. También dijo que atrapaba moscas.

Silvia me envió una foto en la que aparecía sonriente junto a Nebras, Berlín y Mon; tomaban unos tercios en el Steve.

Mi amigo Jose me contó que Flavio acababa de comprarse un descapotable rojo, pero lo que le gustaba de verdad era cerrar las persianas de su habitación, servirse una Coca-Cola con hielo y conducir camiones a través de la noche en el simulador.

Estábamos rodeados entre la pared y una litera sitiada por un par de húngaras guapísimas, raciales, una de ellas nos miraba cuando hablábamos y tenía la sonrisa de quien sabe que todo esto es una broma. En la recepción sonaba música techno, leve electrónica centroeuropea como en la mayoría de los albergues destinados a hospedar jóvenes mochileros. Fuera, en la Andrássy út en dirección a Oktogon, un ómnibus descapotable recorría la ciudad con todos aquellos aristócratas tostándose bajo el sol con una audioguía, sin recorrer las calles ni dejar pegadas las suelas a la suciedad del asfalto, ni esquivar los vómitos, ni intercambiar euros por florines y ser víctimas de una estafa, en fin, toda esa clase de encuentros interesantes que la distancia impide.

Visitamos algunos lugares que teníamos anotados y regresamos al hostal a media tarde, tras haber visitado el balneario y el mirador y degustado un meloso riszes huz gracias a la fogosidad del papikra, también presente en el delicioso goulash del Gran Salón del Mercado de Budapest, donde la luz del medio día se filtraba entre las claraboyas, reformadas tras un siglo de decisiones equivocadas. Al llegar me senté en la cama, Silva hizo lo propio y Blanca por su parte también había decidido descansar un rato, darle una tregua a su guía, o dársela a sí misma, el caso es que apareció por allí un hooligan que decía:

—Mi cuerpo está cansado, mi cerebro dice que siga adelante, por eso voy a seguir adelante, ¡soy joven!

—Suerte para la caza de esta noche —le deseó Blanca.

—Sí, sí… cazar mujeres… todo es como una pecera, cuando tienes al pez grande… —Se queda pensativo—. Bueno, si es una mujer grande, la tiras y te vas a por otra, dices: ¡no quiero el grande, quiero el pequeño!

El hooligan se olió la comprometida zona donde acaba el torso y empieza el brazo y dijo que apestaba, e inmediatamente lanzó un suspiro:

—Bah, no es importante, a las mujeres les gustan los olores.

—Permíteme dudarlo —replicó Blanca.

—Sí, está en el subconsciente. —Y se acarició la sien suavemente.

En la habitación había dos desconocidos más, uno de ellos no hablaba y el otro, también inglés, rubio e imberbe y con las manos sudorosas, se dedicaba a darle palmadas en el pecho con la mano abierta al hooligan cada vez que se éste se dirigía a Blanca, le decía, uuuh te la vas a hacer, y cuando se desveló que tanto su amigo como ella estudiaban arquitectura le dio una palmada tan fuerte que casi le perfora el esternón.

—Son menos imbéciles cuando no han bebido —dijo el que había permanecido callado, quebrantando su silencio. Nos miramos todos y sonreímos, excepto Blanca que parecía haberse tragado un limón.

—Bebo porque forma parte de nuestra cultura, no puedo hacer nada, las cosas son así, la madre mece, el viento silba, el perro ladra y el inglés bebe —apuntó el hooligan ante el ataque.

Nos miró buscando un cómplice, quiso cargarnos el peso de la apatía ya que era sábado, fuera gran fiesta, y él nos preguntaba todo el tiempo si íbamos a salir, pero los tres abandonaríamos el país con las primeras luces: Silva conduciría cientos de kilómetros y Blanca, de todos modos, era una mujer de principios. Los amigos del hooligan salieron de la habitación, él besó la mano de Blanca y se despidió de ella con un sencillo nice to meet you, después nos lo dijo a nosotros y también a los casilleros de la taquilla.

XXXVII

—¿Qué es lo primero que harás al llegar? —pregunté.

—Voy a bajarme porno, sólo porque puedo —dijo Silva, pisando el acelerador a medias.

Los días encontraban su fin precipitadamente, podía sentirlo en la inclinación con que se desplomaba la lluvia sobre las lápidas obedientes del Theresienstadt, mirada atenta de la Estrella, entonces llegaba la noche y el único sonido era el del agua, un sonido natural y complaciente que no precisa de atención, sólo agradecimiento y espera, podía sentirlo en la oblicua uniformidad del cielo desdibujado, y en cómo se arremolinaban los torbellinos de brizna errática cuando quedaban expuestos ante la luz estable de las farolas.

Cada vez con mayor intensidad mis impulsos animales iban ganando terreno, escuchaba con lastimosa frecuencia a lo que nos hace humanos, y encima me sentía mal porque somos los únicos animales que tenemos remordimientos por seguir nuestro instinto. Jugamos con Schatz a las cartas y bebimos cerveza sobre unos escalones de cemento que contenían el suave murmullo de los secretos del lago; Silva se fue con ella al aparcamiento y yo me quedé viendo amanecer en mitad de la calma que bañaba tres fronteras, Bregenz, Lindau y más allá estaba Rorschach, las luces artificiales del horizonte iban desapareciendo y daban paso a una bruma que espesaba el aire, como una pesadumbre. El sol se levantaba a mis espaldas; tras la colina, Bregenz tomó un cariz rojizo y me sentí contento de abandonar la huida y regresar a la rutina que tanto odio, porque hay cosas a las que estoy atado, mi voz animal aún se asfixia entre las trabas y el amasijo moral que he construido para asegurar mi supervivencia, no soy un verdadero rebelde, no quiero serlo, tan sólo deseo una celda nauseabunda, protagonizar experiencias brutales pero saber que siempre habrá un barrote mal soldado, una salida de emergencia, porque de todo me acabo cansando por igual en cuanto ya es conocido.

El camino de vuelta cruzaba tierras helvéticas. En la aduana suiza el maletero del coche no fue investigado a fondo, a causa de su pestilencia; nadie se juega la integridad física por un par de destilados. Un agente fronterizo, horrorizado por el olor, nos preguntó si llevábamos a bordo alguna sustancia estupefaciente, a lo que Silva contestó, tenemos latas de cerveza por todas partes, y también una botella de Mozart caramelizado… si es que puedes encontrarla.

¡Qué grandeza la de las cataratas rebajándose a la altura del caudal! Los turistas extasiados ante tanta cinética, y cuánto pierde al ser observada por la multitud, sin embargo el brillo incontestable del Rhin ganando aplomo era algo mucho más fuerte, no nos importó perdernos entre las montañas, arriba, abajo, otra escalada a las alturas y de vuelta en el valle, observábamos el movimiento del sol y el estiramiento de los musgos, queríamos dominar las latitudes, comprender las coordenadas, pero no éramos Hijos del Viento. Decidimos conducir hacia el sur, ya no suponían un impedimento los Alpes, sino un mal menor, pero pronto nos reconocimos en rutas endémicas que conducían siempre hacia el punto de partida. Desolación pero enseguida Silva se vino arriba y creyó saber por dónde íbamos, intentó hacerse por lo menos Amigo del Viento pero no, pasábamos una y otra vez por delante de los mismos carteles, no había nadie, asaltamos a un conductor de autobús que había pinchado una rueda y dijo que Alemania estaba por ahí, pero igual no, que ni idea; en las rotondas nos lanzábamos hacia la salida que tuviera el nombre bárbaro más cosmopolita, por si allí hubiera wifi; nos adentrábamos en el pueblo y buscábamos la calle principal, lo cual no era difícil porque a veces sólo había una, y arrastrábamos el coche con lentitud a través de ella con la ventanilla bajada, como dos mafiosos esperando a que de una de las casas saliera el alcalde. Pero no pudimos desencriptar ninguna señal que nos diera acceso a los mapas. Tampoco pudimos hacer más preguntas, casi nadie circulaba a medio día por estas carreteras centelleantes y abrasadas, y en cualquier caso estábamos demasiado lejos de la frontera del suroeste como para que una vaga indicación hubiera sido efectiva. Dónde estaba ahora el hombre corriente, el que instala carteles señalizadores en mitad de la carretera, el que hornea pan de centeno, el que socorre al polizón perdido, toda esa gente tan alejada de la literatura.

Sin conexión a internet iba a resultar imposible alcanzar la frontera alemana. Suiza no formaba parte de la jodida Unión Europea, por tanto en su territorio se aplicaba la tarifa de datos estándar para el resto del mundo, es decir, del todo desproporcionada, y la máxima sanción te arrodillaba en plenitud con sólo entrar en la página de la operadora a fin de encontrar un número de asistencia. Y es que además de no tener acceso a internet desde el dispositivo de Silva, desde donde consultábamos los mapas, también le habían bloqueado la línea telefónica, al haber rebasado algún límite del demonio. En definitiva, nos quedamos con la cuenta a cero, y Dios sabe qué hubiese sido de nosotros si Isaac no me hubiese ingresado el dinero necesario para pagar dos mil kilómetros más de combustible.

Así que las discrepancias personales quedaron redimidas por la urgencia. Más allá de haber impuesto mi supremacía en los juegos recreativos, no habría Barcelona, ni Milán, ni costa francesa, ni desfiles sobre la alfombra roja de Mónaco. El único objetivo era llegar a casa, y a ser posible sin los pies por delante. Sin duda bordearíamos los Alpes.

En los primeros kilómetros apareció la angustia; cada hora que pasábamos alejados de nuestro destino conllevaba una llamada de auxilio, una agónica necesidad de alimento por parte de nuestras caprichosas e ineludibles células y, además, en el maletero estaban sentándose las bases del nuevo tifus. Sin saber muy bien cómo encauzamos una ruta exitosa y Silva condujo del tirón hasta Friburgo a unos estrictos ciento veinte; después quisimos ir más allá, aguantamos hasta que el cartel de Girona se nos apareció como una epifanía y nos echamos a dormir sobre el asiento estacionados en el primer terraplén que encontramos, compartiendo espacio con, como mínimo —era de noche y la visibilidad limitada—, una vaca.

Despertamos como si hubiésemos recibido una paliza, y la vaca había desaparecido, pero nos pusimos en marcha, abrimos las ventanas y recobramos la fuerza dejando penetrar el salitre que se desplazaba desde el flanco izquierdo hacia la tierra profunda; jamás he visto un brillo tan plácido como el del Mediterráneo. Silva sabía que se acercaba el momento y recordaba entusiasmado la pérdida de la supremacía de su Cartagena natal, ahora ya no es ni capital de provincia y se ha convertido en un sitio relativamente marginal, me decía entre risas, pero hace unos doscientos años a alguien se le fue la cabeza y, aprovechando que la ciudad era una fortaleza natural amurallada y contaba con recursos y ejército, declaró el cantón independiente de Cartagena, acuñó una moneda y declaró la guerra a España, y también a Inglaterra y Francia por apoyar a España.

Y la conversación acabó alcanzando a Aníbal que, al frente del ejército norteafricano, una vez conquistada la península, decidió partir hacia Roma con una manada de elefantes en busca de la sangre de sus enemigos mortales, la de aquellos que su padre Amílcar le había hecho jurar que derramaría. El general del ejército romano, Escipión el Africano, le ganó la partida a Asdrúbal, su hermano —aquí nos hicimos un lío, hablábamos a tientas, casi poseídos—, yendo por mar hasta Qart Hadasht, conquistándola, rebautizándola como Cartagonova y cortándole los suministros a Aníbal, que llevaba una década enseñándole a los romanos por primera vez el miedo. Aníbal atravesó una y otra vez las escarpadas alpinas, e incluso tras replegar sus tropas hacia el norte de África, donde se vio obligado a capitular, continuó viajando y viajando, forjó nuevas alianzas y utilizó cualquier conflicto diplomático como pretexto para participar en nuevas escaramuzas, bajo el mandato de nuevos reyes, ya con la senectud en sus hombros, incapaz de renunciar a su instinto, y prefirió darse muerte antes que ver su naturaleza extinta.

En la orilla mediterránea algunas gaviotas imprimían sus patitas en la arena húmeda, otras sobrevolaban el azul inmenso; a lo lejos no se contemplaba más que una inabarcable luz despierta que cubría el reverso del mundo, serena, reveladora de una nueva época, similar a las anteriores, a decir verdad, pero alguien escribirá los matices; una llamada de Nebras nos anunciaba su exilio hacia tierras frías y fijaba el próximo destino, vamosss, vamosss gritaba Silva sin soltar el volante ni un momento. Nos desplazábamos a velocidad constante por el asfalto que se desplegaba desde los confines de la vieja y cansada tierra, deslicé el brazo por la ventanilla y noté cómo el aire se estremecía a nuestro paso; bajo el acantilado se extendía el gran desierto azul de los eternos y por un momento nos sentimos como Aníbal, cruzando los Pirineos en busca de la derrota más importante de nuestras vidas.