Capítulo III: Dictadura química

El juego semiprofesional me transportó a un estado que coqueteaba con todas las características de la ludopatía primaria y, si bien al principio fue planteado como un recurso imprescindible para conseguir el dinero necesario, se acabaría convirtiendo con el paso de los días en la distracción principal de cada nueva jornada, un motivo por el que incorporarse de la cama a primera hora. Gritábamos y temblábamos de incredulidad y locura mientras asistíamos como maníacos a los goles de nuestros acólitos en el minuto 93 de partido; sufríamos ataques de pánico y fueron noches irrepetibles en la soledad compartida de nuestros cuartos, soledad a la que en ocasiones se unía el Gaviota, viejo amigo de Silva, a quien conocí en la universidad, uno de esos hombres altos y obstinados que vuelcan todas sus capacidades en una única tarea y no cesan hasta que son los mejores en ella. Pero aunque acabo de realizar una aproximación al retrato del éxito, no era éste la prioridad del Gaviota, que casi siempre entregaba su talento a actividades poco lucrativas y de escaso valor cultural. En una palabra, se viciaba a muerte al League of Legends. Y también empezó a sacar tiempo para las apuestas donde, a falta de un objetivo tangible, premiaba más la diversión que el beneficio —aunque toda esta situación se ha revertido: acaba de comprarse una casa y le debo bastante dinero—.

Ganar era tan fácil como perder y, pese a que Silva, amante de las ciencias exactas que ya comenzaba a destacar en sus predicciones estadísticas, me advirtió de la elevada probabilidad de que perdiera todo mi dinero, no le escuché como suelo hacer y como haría cualquier hijo único y, en efecto, acabé perdiendo todo mi dinero de manera lamentable. Tampoco es que me considerase un gurú del autocontrol, pero uno siempre tiene expectativas favorables acerca de su inteligencia.

Silva no perdía el tiempo y fue quizá el salitre mediterráneo lo que le impulsó a contactar con Rashovic, un hombre de edad e inclinaciones inciertas que aseguraba ser natural de Macedonia y experto en apuestas y quien, a cambio de una pequeña cantidad mensual —su cartera de clientes era enorme—, le proveería de los pronósticos seguros de diversos equipos de fútbol procedentes de todas las competiciones del mundo, incluyendo aquellos de países que creía extinguidos.

Días después, lejos de escarmentar y tras haber reunido una cantidad suficiente de efectivo, preparé a lo grande mi regreso triunfal al circo de las casualidades. En el marco de esta nueva situación volví a engancharme y, pese a mi inicial escepticismo, no tardamos en surfear el euro ante la tímida euforia de Silva, que en realidad tenía calculado y controlado en todo momento el proceso y se encargaba de recordármelo cada vez que, en un ataque de esquizofrenia nerviosa, le proponía inverosímiles riesgos que él sabía que acabarían con todo nuestro capital en las urnas de un crematorio soviético. Cuando llegaran las cenizas yo sería el encargado de esparcirlas sobre el río seco, me aseguró, eres un hijo puta bastardo, cálmate de una vez, me decía. Me insultaba y humillaba sin contemplaciones hasta que entraba en razón, lo que nunca tardaba más de cinco minutos en conseguir.

Amábamos el deporte porque, en el fondo, tenía algo de heroico y absurdo. Así que nos sentíamos definitivamente realizados malgastando tardes y noches enteras en una nueva distracción que se acercaba sigilosamente al negro. Ya no creíamos en la humanidad, desde luego, pero sí en el Borussia Dortmund y en los cuatro goles que anotó Sir Robert Lewandowski al Real Madrid en la ida de la semifinal de la Champions, así como en la diestra metálica de David Ferrer, o en el arquero milagroso del Club América mexicano, que fusiló la portería visitante con un gol de cabeza al lanzarse en plancha a por el balón en el último minuto cuando jugaban con uno menos; necesitaban marcar dos goles —se pagaba a trescientos contra uno— para forzar la prórroga… y lo hicieron —después se alzaron con la copa en la tanda de penaltis… me quedé a verlo—, o en la clase inescrutable de Tony Parker para el doble ganador de los Spurs sobre la misma bocina. Por primera vez creíamos en Dios, se estaba manifestando en racimos de probabilidad uniformada, salvajes criaturas depiladas y vestidas de corto. Y era definitivamente real.

Además de saciar nuestros instintos ludópatas también exprimimos cada punto débil del sistema, casi siempre por genialidades de Silva ideadas después de muchas horas de calculadora y comida enlatada, y El Gaviota y yo nos limitábamos a aportar pequeñas mejoras que iluminábamos tras reflexiones desordenadas, descartadas y reformuladas a la velocidad del relámpago. Y a veces, aunque la disertación estuviese fuera de lugar en este contexto, incluso me permitía unos minutos al día para comentar con Silvia la últimas excentricidades de los ya decrépitos directores de la Nouvelle Vague, su último gran descubrimiento de la producción de Plath o la poco velada conexión que el último disco de los Antlers había establecido con su obra; en definitiva, nos complacía revivir años en los que aún eran reales los sentimientos, aunque, de haber vivido en ellos, seguramente también habríamos añorado tiempos mejores.

Silvia me ilustraba las historias olvidadas de St. Germain-de-Prés con pequeñas pinceladas del Café de Flore, y se ilusionaba con sus lánguidas y confusas intenciones de viajar en verano; a veces coincidíamos en el Barrio y nos veíamos y sobre los mugrosos adoquines me describía con el pulso acelerado la belleza de los grandes cestos florales de Le Marché Des Enfants Rouge, el mercado cubierto más antiguo de París, y encendía sin descanso los cigarrillos que asomaban por su cajetín de Lucky Strike, que pronto habría de abandonar a la fuerza, y entrábamos al Steve y las guitarras de Morrissey prendían la noche con su luz que nunca se apaga… después el sol se asomaba por el embarcadero y los graznidos de las gaviotas nos indicaban el camino de regreso a casa.


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Capítulos

I. Nick Cave (and the seeds)
II. Las nuevas dimensiones del tablero
III. Dictadura química
IV. Ochoymedio
V. Fabrizio
VI. Sombras alargadas

VII. Odio París
VIII. Hors catégorie
IX. Truskel
X. Un día de abril
XI. Laboratorio en llamas
XII. Nuevo Mundo
XIII. El gañán de Vallecas
XIV. Sally Cinnamon
XV. Anfield Road
XVI. True Love Waits
XVII. Vino Tinta
XVIII. El hombre del asfalto
XIX. Verano
XX. Pequeño Speedy
XXI. Swissburger
XXII. Toda la noche conduciendo
XXIII. De Wallen
XXIV. Oro, incienso y mirra
XXV. Impostores
XXVI. La noche que lo cambió todo
XXVII. Mantequilla
XXIII. Broen
XXIX. Intelectuales
XXX. La ciudad púrpura
XXXI. Síii
XXXII. Crujidos
XXXIII. El ascenso al monte Petřín
XXXIV. Gato esquivo
XXXV. La fiesta nacional
XXXVI. Ser joven
XXXVII. Mediterráneo