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Capítulo II: Las nuevas dimensiones del tablero

¿Cómo empezar a recaudar dinero para, al menos, poder partir? En un país con una tasa de paro mayor al veinticinco por ciento, las opciones que manejábamos eran escasas y, esto era más preocupante, ilegales. Pronto declinamos heroicidades de gran magnitud como atracar sucursales bancarias o reventar búnkeres repletos de obras de arte en Qatar. Silva no era Moriarty, estaba muy lejos de serlo y pronto advertimos que trabajar, y trabajar muy duro pasaba por ser la única oportunidad para que su viejo y cansado Ford Ka del 96 arrancara desde lo más profundo de la costa mediterránea hacia un viaje infinito por la aún más vieja y cansada Europa.

Mis noches en Madrid, donde pasaba un año de intercambio, se consumieron entre frenéticos brainstormings tras la pantalla del ordenador, fantaseando junto a Silva sobre las epopeyas que se escribirían en nuestro honor a lo largo de las rutas que planeábamos. Aquel verano sería la última parada de nuestras vidas, y en concreto septiembre se presentaba como el gran vacío universal, irrelevante cuando nos encontráramos postrados en la cima del mundo. Esta disposición del alma transcurría en el mismo sentido que la conciencia colectiva: viajar era la solución definitiva, la herramienta final de aprendizaje. El movimiento implica cambio que, en sí mismo, es el único estado aceptable, el remedio universal para todos los problemas que puedan surgir. Pero como siempre decía Rubio, no era más que torpeza. Y yo sólo trataba de huir.

Los días transcurrían atropelladamente y seguía viviendo más para mis objetivos que para mí mismo; dejé a un lado los suicidios de Vila-Matas y me dediqué exclusivamente a satisfacer los de nuestra hoja de cálculo. Acuchillar por la espalda toda fuente de enriquecimiento intelectual parece ser la vía más rápida para ganar dinero en los nuevos tiempos. No tardaron en volverse grises los días y tampoco se demoró el insomnio en golpearme con crudeza, un insomnio voluntario, derivado de someter la mente al estrés más excitante para que se mantuviera siempre alerta, en busca de nuevas ideas lucrativas. No deseaba convertirme en millonario, por el momento, ni alcanzar ningún privilegiado estatus burgués, tan sólo, y era muy fácil decirlo, necesitaba unos pocos miles de euros para lanzarme a la aventura. En aquellos días que se sucedían como atragantados me di cuenta de lo mucho que había cambiado mi vida en pocos años. Había pasado de habitar mundos complacientes a desarrollar mis funciones y capacidades vitales en uno mucho más cruel, gris y aburrido, la realidad, que consiste básicamente en trabajos que no quieres hacer, situaciones estresantes por las que no quieres pasar y una serie de trámites burocráticos y sociales que no pueden acabar en otra cosa que en un sábado noche solo en casa, acompañado de un whisky con hielo a las dos de la mañana, escuchando Una semana en el motor de un autobús mientras te cortas las venas con un posavasos.

Crecer es darse cuenta de que casi siempre la realidad se presenta angustiosa y extraña. Antes pasaba los días fascinado ante informaciones redactadas por adultos hastiados, aburridos de sí mismos, profesionales que sólo hacían su trabajo, al fin y al cabo. Cualquier construcción textual mínimamente elaborada producía en mí una gran admiración: todavía no era capaz de entender los procesos comunicativos, los mecanismos de la persuasión, todos los mensajes me alcanzaban como una flecha airada sobre el que se dirige al gran salto. Era moderadamente feliz, o todo lo que puede llegar a serlo alguien cuya química es poco propensa a favorecer estados eufóricos, entre los mundos tridimensionales del Reino Champiñón, trotando sobre Epona a través de las grandes praderas de Hyrule o surcando a toda velocidad la costa californiana en una lancha que costaba miles de dólares, arrancándole las pegatinas a uno y a otro ante la estupefacción de la autoridad portuaria.

Me mantuve cuerdo mientras le di exclusiva importancia a las paredes de mi habitación. Todo parecía hecho a medida: carecía de compañía fraternal, con todo lo que eso conlleva en una familia occidental, y los estudios japoneses diseñaban entornos ideales donde podía desarrollar la mayoría de mis capacidades, todas ellas etéreas, pues ya desde muy pronto el profesor de gimnasia del colegio, tachando mi nombre con el ceño fruncido, me descartó en su pronóstico de futuros medallistas olímpicos. Los primeros amigos se mantenían distantes, conscientes de mi temprana imperfección, precavidos de la suya. En definitiva, era yo quien controlaba cada uno de los aspectos de mi vida.

Me guardaré de ofrecer demasiados detalles del proceso traumático que supone la transferencia del espíritu de la infancia a la vida adulta, desde el momento en que somos capaces de habitar otros mundos hasta que realmente nos vemos obligados a ocuparnos del nuestro y comprobamos que no, no existen valores inquebrantables ni moral deseable, pertenecemos a nuestra propia fábula, nos hemos quedado solos. Es en ese momento cuando estamos, básicamente, jodidos; porque hay que seguir la ruta, y esto es lo más divertido, ¡la ruta ni siquiera está trazada! Sí, sí, irá trazándose a medida que existamos y a cada noche que se desdibuje vendrá alguien a hablarnos de voluntad, de justicia, de karma… Pero lo cierto es que fuimos construidos sin frenos y, coronada la pendiente, no tenemos marcha atrás: las ruedas del mundo se han abandonado a la inercia, y entonces ya no queda otra que agradecerles el simple hecho de que sigan girando.

La clave era compaginar todos los trabajos a tiempo parcial posibles. Así empecé a ganar dinero en Madrid, contando los días que restaban hasta el inicio: impartía clases de enseñanza media que atentaban mi escasísima paciencia, aceptaba pequeños encargos a particulares relacionados con la maquetación web y, como broche, soportaba de la mejor manera posible mi último año de universidad, un verdadero calvario que se habría saldado con mis huesos pulverizados de haberse prolongado un año más, rodeado de personas que se pasaban el día hablando de creatividad y todas esas demencias. Cada vez creía menos en el amor y más en la realidad; me estaba pudriendo.

Silva también se empleaba a tiempo completo con vistas a satisfacer el objetivo, pero lo cierto es que, dado que él vivía en Alicante y allí las opciones de conseguir trabajo eran exiguas, se estaba desesperando. Fue así hasta que una noche, tras haber depositado 77 solicitudes de empleo, todas ellas sin respuesta, retozándose en el límite de la impaciencia, reconoció lo difícil que le estaba resultando, lamentó intuir que nuestro ardiente anhelo no iba a ser suficiente. Yo había bajado ese fin de semana a Alicante y estábamos tomando unas cervezas con Nebras. Fue entonces cuando decidimos empezar a apostar.


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Capítulos

I. Nick Cave (and the seeds)
II. Las nuevas dimensiones del tablero
III. Dictadura química
IV. Ochoymedio
V. Fabrizio
VI. Sombras alargadas

VII. Odio París
VIII. Hors catégorie
IX. Truskel
X. Un día de abril
XI. Laboratorio en llamas
XII. Nuevo Mundo
XIII. El gañán de Vallecas
XIV. Sally Cinnamon
XV. Anfield Road
XVI. True Love Waits
XVII. Vino Tinta
XVIII. El hombre del asfalto
XIX. Verano
XX. Pequeño Speedy
XXI. Swissburger
XXII. Toda la noche conduciendo
XXIII. De Wallen
XXIV. Oro, incienso y mirra
XXV. Impostores
XXVI. La noche que lo cambió todo
XXVII. Mantequilla
XXIII. Broen
XXIX. Intelectuales
XXX. La ciudad púrpura
XXXI. Síii
XXXII. Crujidos
XXXIII. El ascenso al monte Petřín
XXXIV. Gato esquivo
XXXV. La fiesta nacional
XXXVI. Ser joven
XXXVII. Mediterráneo